Gabriel Garca Mrquez - Del amor y otros demonios

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Gabriel Garca Mrquez - Del amor y otros demonios

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DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS Gabriel Garca Mrquez EDITORIAL SUDAMERICANA BUENOS AIRES PRIMERA EDICION Mayo de 1994 OCTAVA EDICION Febrero de 1995 IMPRESO EN CHILE Queda hecho el depsito que previene la ley 11.723. 1994, Editorial Sudamericana S.A., Humberto 1531, Buenos Aires ISBN: 950-07-0928-7 1994, Gabriel Garca Mrquez Derechos exclusivos para ARGENTINA, CHILE, URUGUAY y PARAGUAY: EDITORIAL SUDAMERICANA S.A., Humberto 1531, Buenos Aires, Argentina. Prohibida su venta en los dems pases del rea idiomtica de la lengua castellana. Para Carmen Balcells baada en lgrimas Parece que los cabellos han de resucitar mucho menos que las otras partes del cuerpo TOMS DE AQUINO De la integridad de los cuerpos resucitados, (cuestin 80, cap. 5) El 26 de octubre de 1949 no fue un da de grandes noticias. El maestro Clemente Manuel Zabala, jefe de redaccin del diario donde haca mis primeras letras de reportero, termin la reunin de la maana con dos o tres sugerencias de rutina. No encomend una tarea concreta a ningn redactor. minutos despus se enter, por telfono de .que estaban vaciando las criptas funerarias del antiguo convento de Santa Clara, y me orden sin ilusiones: Date una vuelta por all a ver qu se te ocurre. (El histrico convento de las clarisas, convertido en hospital desde haca un siglo, iba a ser vendido para construir en su lugar un hotel de cinco estrellas. Su preciosa capilla estaba casi a la intemperie por el derrumbe paulatino del tejado, pero en sus criptas permanecan enterradas tres generaciones de obispos y abadesas y otras gentes principales. El primer paso era desocuparlas, entregar los restos a quienes los reclamaran, y tirar el saldo en la fosa comn, Me sorprendi el primitivismo del mtodo. Los obreros destapaban las fosas a piocha y azadn, sacaban los atades podridos que se desbarataban con slo moverlos, y separaban los huesos del mazacote de polvo con jirones de ropa y cabellos marchitos. Cuanto ms ilustre era el muerto ms arduo era el trabajo, porque haba que escarbar en los escombros de los cuerpos y cerner muy fino sus residuos para rescatar las piedras preciosas y las prendas de orfebrera. El maestro de obra copiaba los datos de la lpida en un cuaderno de escolar, ordenaba los huesos en montones separados, y pona la hoja con el nombre encima de cada uno para que no se confundieran. As que mi primera visin al entrar en el templo fue una larga fila de montculos de huesos, recalentados por el brbaro sol de octubre que se meta a chorros por los portillos del techo, y sin ms identidad que el nombre escrito a lpiz en un pedazo de papel. Casi medio siglo despus siento todava el estupor que me caus aquel testimonio terrible del paso arrasador de los aos. All estaban, entre muchos otros, un virrey del Per y su amante secreta; don Toribio de Cceres y Virtudes, obispo de esta dicesis; varias abadesas del convento, entre ellas la madre Josefa Miranda, y el bachiller en artes don Cristbal de Eraso, que haba consagrado media vida a fabricar los artesonados. Haba una cripta cerrada con la lpida del segundo marqus de Casalduero, don Ygnacio de Alfaro y Dueas, pero cuando la abrieron se vio que estaba vaca y sin usar. En cambio los restos de su marquesa, doa Olalla de Mendoza, estaban con su lpida propia en la cripta vecina. El maestro de obra no le dio importancia: era normal que un noble criollo hubiera aderezado su propia tumba y que lo hubieran sepultado en otra. En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, all estaba la noticia. La lpida salt en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derram fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto ms tiraban de ella ms larga y abundante pareca, hasta que salieron las ltimas hebras todava prendidas a un crneo de nia. En la hornacina no qued nada ms que unos huesecillos menudos y dispersos, y en la lpida de cantera carcomida por el salitre slo era legible un nombre sin apellidos: Sierva Mara de Todos los ngeles. Extendida en el suelo, la cabellera esplndida meda veintids metros con once centmetros. El maestro de obra me explic sin asombro que el cabello humano creca un centmetro por mes hasta despus de la muerte, y veintids metros le parecieron un buen promedio para doscientos aos. A m, en cambio, no me pareci tan trivial, porque mi abuela me contaba de nio la leyenda de una marquesita de doce aos cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que haba muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros. La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel da, y el origen de este libro. Gabriel Garca Mrquez Cartagena de Indias, 1994 UNO Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpi en los vericuetos del mercado el primer domingo de diciembre, revolc mesas de fritangas, desbarat tenderetes de indios y toldos de lotera, y de paso mordi a cuatro personas que se le atravesaron en el camino. Tres eran esclavos negros. La otra fue Sierva Mara de Todos los ngeles, hija nica del marqus de Casalduero, que haba ido con una sirvienta mulata a comprar una ristra de cascabeles para la fiesta de sus doce aos. Tenan instrucciones de no pasar del Portal de los Mercaderes, pero la criada se aventur hasta el puente levadizo del arrabal de Getseman, atrada por la bulla del puerto negrero, donde estaban rematando un cargamento de esclavos de Guinea. El barco de la Compaa Gaditana de Negros era esperado con alarma desde haca una semana, por haber sufrido a bordo una mortandad inexplicable. Tratando de esconderla haban echado al agua los cadveres sin lastre. El mar de leva los sac a flote y amanecieron en la playa desfigurados por la hinchazn y con una rara coloracin solferina. La nave fue anclada en las afueras de la baha por el temor de que fuera un brote de alguna peste africana, hasta que comprobaron que haba sido un envenenamiento con fiambres manidos. A la hora en que el perro pas por el mercado ya haban rematado la carga sobreviviente, devaluada por su psimo estado de salud, y estaban tratando de compensar las prdidas con una sola pieza que vala por todas. Era una cautiva abisinia con siete cuartas de estatura, embadurnada de melaza de caa en vez del aceite comercial de rigor, y de una hermosura tan perturbadora que pareca mentira. Tena la nariz afilada, el crneo acalabazado, los ojos oblicuos, los dientes intactos y el porte equvoco de un gladiador romano. No la herraron en el corraln, ni cantaron su edad ni su estado de salud, sino que la pusieron en venta por su sola belleza. El precio que el gobernador pag por ella, sin regateos y de contado, fue el de su peso en oro. Era asunto de todos los das que los perros sin dueo mordieran a alguien mientras andaban correteando gatos o pelendose con los gallinazos por la mortecina de la calle, y ms en los tiempos de abundancias y muchedumbres en que la Flota de Galeones pasaba para la feria de Portobelo. Cuatro o cinco mordidos en un mismo da no le quitaban el sueo a nadie, y menos con una herida como la de Sierva Mara, que apenas si alcanzaba a notrsele en el tobillo izquierdo. As que la criada no se alarm. Ella misma le hizo a la nia una cura de limn y azufre y le lav la mancha de sangre de los pollerines, y nadie sigui pensando en nada ms que en el jolgorio de sus doce aos. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 9 Bernarda Cabrera, madre de la nia y esposa sin ttulos del marqus de asalduero, se haba tomado aquella madrugada una purga dramtica: siete granos de antimonio en un vaso de azcar rosada. Haba sido una mestiza brava de la llamada aristocracia de mostrador; seductora, rapaz, parrandera, y con una avidez de vientre para saciar un cuartel. Sin embargo, en pocos aos se haba borrado del mundo por el abuso de la miel fermentada y las tabletas de cacao. Los ojos gitanos se le apagaron, se le acab el ingenio, obraba sangre y arrojaba bilis, y el antiguo cuerpo de sirena se le volvi hinchado y cobrizo como el de un muerto de tres das, y despeda unas ventosidades explosivas y pestilentes que asustaban a los mastines. Apenas si sala de la alcoba, y aun entonces andaba a la cordobana, o con un balandrn de sarga sin nada debajo que la haca parecer ms desnuda que sin nada encima. Haba hecho siete cmaras mayores cuando regres la criada que acompa a Sierva Mara, y no le habl del mordisco del perro. En cambio, le coment el escndalo del puerto por el negocio de la esclava. Si es tan bella como dicen puede ser abisinia, dijo Bernarda. Pero aunque fuera la reina de Saba no le pareca posible que alguien la comprara por su peso en oro. Querrn decir en pesos oro, dijo. No, le aclararon, tanto oro cuanto pesa la negra. Una esclava de siete cuartas no pesa menos de ciento veinte libras, dijo Bernarda. y no hay mujer ni negra ni blanca que valga ciento veinte libras de oro, a no ser que cague diamantes. Nadie haba sido ms astuto que ella en el comercio de esclavos, y saba que si el gobernador haba comprado a la abisinia no deba de ser para algo tan sublime como servir en su cocina. En esas estaba cuando oy las primeras chirimas y los petardos de fiesta, y enseguida el alboroto de los mastines enjaulados. Sali al huerto de naranjos para ver qu pasaba. Don Ygnacio de Alfaro y Dueas, segundo marqus de Casalduero y seor del Darin, tambin haba odo la msica desde la hamaca de la siesta, que colgaba entre dos naranjos del huerto. Era un hombre fnebre, de la cscara amarga, y de una palidez de lirio por la sangra que le hacan los murcilagos durante el sueo. Usaba una chilaba de beduino para andar por casa y un bonete de Toledo que aumentaba su aire de desamparo. Al ver a la esposa como Dios la ech al mundo se anticip a preguntarle: Qu msicas son esas? No s, dijo ella. A cmo estamos? El marqus no lo saba. Debi de sentirse de veras muy inquieto para preguntrselo a su esposa, y ella deba de estar muy aliviada de su bilis para haberle contestado sin un sarcasmo. Se haba sentado en la hamaca, intrigado, cuando se repitieron los petardos. Santo Cielo, exclam. A cmo estamos! La casa colindaba con el manicomio de mujeres de la Divina Pastora. Alborotadas por la msica y los cohetes, las reclusas se haban asomado a la 10 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios terraza que daba sobre el huerto de los naranjos, y celebraban cada explosin con ovaciones. El marqus les pregunt a gritos que dnde era la fiesta, y ellas lo sacaron de dudas. Era 7 de diciembre, da de San Ambrosio, Obispo, y la msica y la plvora tronaban en el patio de los esclavos en honor de Sierva Mara. El marqus se dio una palmada en la frente. Claro, dijo. Cuntos cumple? Doce, dijo Bernarda. Apenas doce?, dijo l, tendido otra vez en la hamaca. Qu vida tan lenta! La casa haba sido el orgullo de la ciudad hasta principios del siglo. Ahora estaba arruinada y lbrega, y pareca en estado de mudanza por los grandes espacios vacos y las muchas cosas fuera de lugar. En los salones se conservaban todava los pisos de mrmoles ajedrezados y algunas lmparas de lgrimas con colgajos de telaraa. Los aposentos que se mantenan vivos eran frescos en cualquier tiempo por el espesor de los muros de calicanto y los muchos aos de encierro, y ms aun por las brisas de diciembre que se filtraban silbando por las rendijas. Todo estaba saturado por el relente opresivo de la desidia y las tinieblas. Lo nico que quedaba de las nfulas seoriales del primer marqus eran los cinco mastines de presa que guardaban las noches. El fragoroso patio de los esclavos, donde se celebraban los cumpleaos de Sierva Mara, haba sido otra ciudad dentro de la ciudad en los tiempos del primer marqus. Sigui siendo as con el heredero mientras dur el trfico torcido de esclavos y de harina que Bernarda manejaba con la mano izquierda desde el trapiche de Mahates. Ahora todo esplendor perteneca al pasado. Bernarda estaba extinguida por su vicio insaciable, y el patio reducido a dos barracas de madera con techos de palma amarga, donde acabaron de consumirse los ltimos saldos de la grandeza. Dominga de Adviento, una negra de ley que gobern la casa con puo de fierro hasta la vspera de su muerte, era el enlace entre aquellos dos mundos. Alta y sea, de una inteligencia casi clarividente, era ella quien haba criado a Sierva Mara. Se haba hecho catlica sin renunciar a su fe yoruba, y practicaba ambas a la vez, sin orden ni concierto. Su alma estaba en sana paz, deca, porque lo que le faltaba en una lo encontraba en la otra. Era tambin el nico ser humano que tena autoridad para mediar entre el marqus y su esposa, y ambos la complacan. Slo ella sacaba a escobazos a los esclavos cuando los encontraba en descalabros de sodoma o fornicando con mujeres cambiadas en los aposentos vacos. Pero desde que ella muri se escapaban de las barracas huyendo de los calores del medioda, y andaban tirados por los suelos en cualquier rincn, raspando el cucayo de los calderos de arroz para comrselo, o jugando al macuco ya la tarabilla en la fresca de los corredores. En aquel mundo opresivo en el que nadie era libre, Sierva Mara lo era: slo ella y slo all. De modo que era all donde se celebraba la fiesta, en su verdadera casa y con su verdadera familia. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 11 No poda concebirse un bailongo ms taciturno en medio de tanta msica, con los esclavos propios y algunos de otras casas de distincin que aportaban lo que podan. La nia se mostraba como era. Bailaba con ms gracia y ms bro que los africanos de nacin, cantaba con voces distintas de la suya en las diversas lenguas de frica, o con voces de pjaros y animales, que los desconcertaban a ellos mismos. Por orden de Dominga de Adviento las esclavas ms jvenes le pintaban la cara con negro de humo, le colgaron collares de santera sobre el escapulario del bautismo y le cuidaban la cabellera que nunca le cortaron y que le habra estorbado para caminar de no ser por las trenzas de muchas vueltas que le hacan a diario. Empezaba a florecer en una encrucijada de fuerzas contrarias. Tena muy poco de la madre. Del padre, en cambio, tena el cuerpo esculido, la timidez irredimible, la piel lvida, los ojos de un azul taciturno, y el cobre puro de la cabellera radiante. Su modo de ser era tan sigiloso que pareca una criatura invisible. Asustada con tan extraa condicin, la madre le colgaba un cencerro en el puo para no perder su rumbo en la penumbra de la casa. Dos das despus de la fiesta, y casi por descuido, la criada le cont a Bernarda que a Sierva Mara la haba mordido un perro. Bernarda lo pens mientras tomaba antes de acostarse su sexto bao caliente con jabones fragantes, y cuando regres al dormitorio ya lo haba olvidado. No volvi a recordarlo hasta la noche siguiente porque los mastines estuvieron ladrando sin causa hasta el amanecer, y temi que estuvieran arrabiados. Entonces fue con la palmatoria a las barracas del patio, y encontr a Sierva Mara dormida en la hamaca de palmiche indio que hered de Dominga de Adviento. Como la criada no le haba dicho dnde fue el mordisco, le levant la sayuela y la examin palmo a palmo, siguiendo con la luz la trenza de penitencia que tena enroscada en el cuerpo como una cola de len. Al final encontr el mordisco: un desgarrn en el tobillo izquierdo, ya con su costra de sangre seca, y unas excoriaciones apenas visibles en el calcaal. No eran pocos ni triviales los casos de mal de rabia en la historia de la ciudad. El de ms estruendo fue el de un gorgotero que andaba por las veredas con un mico amaestrado cuyas maneras se distinguan poco de las humanas. El animal contrajo la rabia durante el sitio naval de los ingleses, mordi al amo en la cara y escap a los cerros vecinos. Al desdichado saltimbanco lo mataron a garrote limpio en medio de unas alucinaciones pavorosas que las madres seguan cantando muchos aos despus en coplas callejeras para asustar a los nios. Antes de dos semanas una horda de macacos luciferinos descendi de los montes a pleno da. Hicieron estragos en porquerizas y gallineros, e irrumpieron en la catedral aullando y ahogndose en espumarajos de sangre, mientras se celebraba el tedeum por la derrota de la escuadra inglesa. Sin embargo, los dramas, ms terribles no pasaban a la historia, pues ocurran entre la poblacin negra, donde escamoteaban a los mordidos para tratarlos con magias africanas en los palenques de cimarrones. A pesar de tantos escarmientos, ni blancos ni negros ni indios pensaban en la rabia, ni en ninguna de las enfermedades de incubacin lenta, mientras no 12 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios se revelaban los primeros sntomas irreparables. Bernarda Cabrera procedi con el mismo criterio. Pensaba que las fabulaciones de los esclavos iban ms rpido y ms lejos que las de los cristianos, y que hasta un simple mordisco de perro poda causar un dao a la honra de la familia. Tan segura estaba de sus razones, que ni siquiera le mencion el asunto al marido, ni volvi a recordarlo hasta el domingo siguiente, cuando la criada fue sola al mercado y vio el cadver de un perro colgado de un almendro para que se supiera que haba muerto del mal de rabia. Le bast una mirada para reconocer el lucero en la frente y la pelambre cenicienta del que mordi a Sierva Mara. Sin embargo, Bernarda no se preocup cuando se lo contaron. No haba de qu: la herida estaba seca y no quedaba ni rastro de las escoriaciones. Diciembre haba empezado mal, pero pronto recuper sus tardes de amatista y sus noches de brisas locas. La Navidad fue ms alegre que en otros aos por las buenas noticias de Espaa. Pero la ciudad no era la de antes. El mercado principal de esclavos se haba trasladado a La Habana, y los mineros y hacendados de estos reinos de Tierra Firme preferan comprar su mano de obra de contrabando y a menor precio en las Antillas inglesas. De modo que haba dos ciudades: una alegre y multitudinaria durante los seis meses que permanecan los galeones, y otra soolienta en el resto del ao, a la espera de que regresaran. No volvi a saberse nada de los mordidos hasta principios de enero, cuando una india andariega conocida con el nombre de Sagunta toc a la puerta del marqus a la hora sagrada de la siesta. Era muy vieja, y andaba descalza a pleno sol con un bordn de carreto y envuelta de pies a cabeza en una sbana blanca. Tena la mala fama de ser remiendavirgos y abortera, aunque la compensaba con la buena de conocer secretos de indios para levantar desahuciados. El marqus la recibi de mala gana, de pie en el zagun y demor en entender lo que quera, pues era una mujer de gran parsimonia y circunloquios enrevesados. Dio tantas vueltas y revueltas para llegar al asunto, que el marqus perdi la paciencia. Sea lo que sea, dgamelo sin ms latines, le dijo. Estamos amenazados por una peste de mal de rabia, dijo Sagunta, y yo soy la nica que tengo las llaves de San Huberto, patrono de los cazadores y sanador de los arrabiados. No veo el porqu de una peste, dijo el marqus. No hay anuncios de cometas ni eclipses, que yo sepa, ni tenemos culpas tan grandes como para que Dios se ocupe de nosotros. Sagunta le inform que en marzo habra un eclipse total de sol, y le dio noticias completas de los mordidos el primer domingo de diciembre. Dos haban desaparecido, sin duda escamoteados por los suyos para tratar de hechizarlos, y un tercero haba muerto del mal de rabia en la segunda semana. Haba un cuarto que no fue mordido sino apenas salpicado por la baba del mismo perro, y estaba agonizando en el hospital del Amor de Dios. El alguacil mayor haba hecho envenenar aun centenar de perros sin dueo en lo que iba del mes. En una semana ms no quedara uno vivo en la calle. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 13 De todos modos, no s qu tenga yo que ver con eso, dijo el marqus. y menos a una hora tan extraviada . Su nia fue la primera mordida, dijo Sagunta. El marqus le dijo con una gran conviccin: Si as fuera, yo habra sido el primero en saberlo. Crea que la nia se senta bien, y no le pareca posible que algo tan grave le hubiera ocurrido sin que l lo supiera. As que dio la visita por terminada y se fue a completar la siesta. No obstante, esa tarde busc a Sierva Mara en los patios del servicio. Estaba ayudando a desollar conejos, con la cara pintada de negro, descalza y con el turbante colorado de las esclavas. Le pregunt si era verdad que la haba mordido un perro, y ella le contest que no sin la menor duda. Pero Bernarda se lo confirm esa noche. El marqus, confundido, pregunt: Por qu Sierva lo niega?. Porque no hay modo de que diga una verdad ni por yerro, dijo Bernarda. Entonces hay que proceder, dijo el marqus, porque el perro tena el mal de rabia. Al contrario, dijo Bernarda. ms bien, el perro debi morir por morderla a ella. Eso fue por diciembre y la muy descarada est como una flor. Ambos siguieron atentos a los rumores crecientes sobre la gravedad de la peste, y aun contra sus deseos tuvieron que conversar otra vez sobre asuntos que les eran comunes, como en los tiempos en que se odiaban menos. Para l era claro. Siempre crey que amaba a la hija, pero el miedo al mal de rabia lo obligaba a confesarse que se engaaba a s mismo por comodidad. Bernarda, en cambio, no se lo pregunt siquiera, pues tena plena conciencia de no amarla ni de ser amada por ella, y ambas cosas le parecan justas. Mucho del odio que ambos sentan por la nia era por lo que ella tena del uno y del otro. Sin embargo, Bernarda estaba dispuesta a hacer la farsa de las lgrimas y a guardar un luto de madre adolorida por preservar su honra, con la condicin de que la muerte de la nia fuera por una causa digna. No importa cul, precis, siempre que no sea una enfermedad de perro. El marqus comprendi en ese instante, como una deflagracin celestial, cul era el sentido de su vida. La nia no se va a morir, dijo, resuelto. Pero si tiene que morir ha de ser de lo que Dios disponga . El martes fue al hospital del Amor de Dios, en el cerro de San Lzaro, para ver al arrabiado de que le habl Sagunta. No fue consciente de que su carroza de crespones mortuorios iba a ser vista como un sntoma ms de las desgracias que se estaban incubando, pues haca muchos aos que no sala de su casa sino en las grandes ocasiones, y haca otros muchos que no haba ocasiones ms grandes que las infaustas. La ciudad estaba sumergida en su marasmo de siglos, pero no falt quien vislumbrara el rostro macilento, los ojos fugaces del caballero incierto con sus tafetanes de luto, cuya carroza abandon el recinto amurallado y se dirigi a campo traviesa hacia el cerro de San Lzaro. En el hospital, los leprosos 14 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios tirados en los pisos de ladrillos lo vieron entrar con sus trancos de muerto, y le cerraron el paso para pedirle una limosna. En el pabelln de los furiosos continuos, amarrado a un poste, estaba el arrabiado. Era un mulato viejo con la cabeza y la barba algodonadas. Estaba ya paralizado de medio cuerpo, pero la rabia le haba infundido tanta fuerza en la otra mitad, que debieron amarrarlo para que no se despedazara contra las paredes. Su relato no dejaba dudas de que lo haba mordido el mismo perro ceniciento del lucero blanco que mordi a Sierva Mara. Y lo haba babeado, en efecto, aunque no sobre la piel sana sino en una lcera crnica que tena en la pantorrilla. Esa precisin no fue bastante para tranquilizar al marqus, que abandon el hospital horrorizado por la visin del moribundo y sin una luz de esperanza para Sierva Mara. Cuando volva a la ciudad por la cornisa del cerro encontr a un hombre de gran apariencia sentado en una piedra del camino junto a su caballo muerto. El marqus hizo detener el coche, y slo cuando el hombre se puso de pie reconoci al licenciado Abrenuncio de Sa Pereira Cao, el mdico ms notable y controvertido de la ciudad. Era idntico al rey de bastos. Llevaba un sombrero de alas grandes para el sol, botas de montar, y la capa negra de los libertos letrados. Salud al marqus con una ceremonia poco usual. Benedictus qui venit in nomine veritatis, dijo. Su caballo no haba resistido de bajada la misma cuesta que haba subido al trote, y se le revent el corazn. Neptuno, el cochero del marqus, trat de desensillarlo. El dueo lo disuadi. Para qu quiero silla si no tendr a quin ensillar, dijo. Djela que se pudra con l. El cochero tuvo que ayudarlo a subir en la carroza por su corpulencia pueril, y el marqus le hizo la distincin de sentarlo a su derecha. Abrenuncio pensaba en el caballo. Es como si se me hubiera muerto la mitad del cuerpo, suspir. Nada es tan fcil de resolver como la muerte de un caballo, dijo el marqus. Abrenuncio se anim. ste era distinto, dijo. Si tuviera los medios, lo hara sepultar en tierra sagrada. Mir al marqus a la espera de su reaccin, y termin: En octubre cumpli cien aos. No hay caballo que viva tanto, dijo el marqus. Puedo probarlo, dijo el mdico. Serva los martes en el Amor de Dios, ayudando a los leprosos enfermos de otros males. Haba sido alumno esclarecido del licenciado Juan Mndez Nieto, otro judo portugus emigrado al Caribe por la persecucin en Espaa, y haba heredado su mala fama de nigromante y deslenguado, pero nadie pona en duda su sabidura. Sus pleitos con los otros mdicos, que no perdonaban sus aciertos inverosmiles ni sus mtodos inslitos, eran constantes y sangrientos. Haba inventado una pldora de una vez al ao que afinaba el tono de la salud y alargaba la vida, pero causaba tales trastornos del juicio los primeros tres das que nadie ms que l se arriesgaba Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 15 a tomarla. En otros tiempos sola tocar el arpa a la cabecera de los enfermos para sedarlos con cierta msica compuesta a propsito. No practicaba la ciruga, que siempre consider un arte inferior de dmines y barberos, y su especialidad terrorfica era predecir a los enfermos el da y la hora de la muerte. Sin embargo, tanto su buena fama como la mala se sustentaban en lo mismo: se deca, y nadie lo desminti nunca, que haba resucitado a un muerto. A pesar de su experiencia, Abrenuncio estaba conmovido por el arrabiado. El cuerpo humano no est hecho para los aos que uno podra vivir, dijo. El marqus no perdi una palabra de su disertacin minuciosa y colorida, y slo habl cuando el mdico no tuvo nada ms que decir. Qu se puede hacer con ese pobre hombre?, pregunt. Matarlo, dijo Abrenuncio. El marqus lo mir espantado. Al menos es lo que haramos si furamos buenos cristianos, prosigui el mdico, impasible. Y no se asombre, seor: hay ms cristianos buenos de los que uno cree. Se refera en realidad a los cristianos pobres de cualquier color, en los arrabales y en el campo, que tenan el coraje de echar un veneno en la comida de sus arrabiados para evitarles el espanto de postrimeras. A fines del siglo anterior una familia entera se tom la sopa envenenada porque ninguno tuvo corazn para envenenar solo a un nio de cinco aos. Se supone que los mdicos no sabemos que esas cosas suceden, concluy Abrenuncio. Y no es as pero carecemos de autoridad moral para respaldarlas. A cambio de eso, hacemos con los moribundos lo que usted acaba de ver. Los encomendamos a San Huberto, y los amarramos a un poste para que puedan agonizar peor y por ms tiempo No hay otro recurso?, pregunt el marqus. Despus de los primeros insultos de la rabia, no hay ninguno, dijo el mdico. Habl de tratados alegres que la consideraban como enfermedad curable, con base en frmulas diversas: la heptica terrestre, el cinabrio, el almizcle, el mercurio argentino, el anagallis flore purpureo. Pamplinas, dijo. Lo que pasa es que a unos les da la rabia y a otros no, y es fcil decir que a los que no les dio fue por las medicinas. Busc los ojos del marqus para asegurarse de que segua despierto, y concluy: Por qu tiene tanto inters? Por piedad, minti el marqus. Contempl desde la ventana el mar aletargado por el tedio de las cuatro, y se dio cuenta con el corazn oprimido de que haban vuelto las golondrinas. An no se alzaba la brisa. Un grupo de nios trataba de cazar a pedradas un alcatraz extraviado en una playa cenagosa, y el marqus lo sigui en su vuelo fugitivo hasta que se perdi entre las cpulas radiantes de la ciudad fortificada . La carroza entr en el recinto de las murallas por la puerta de tierra de la Media Luna y Abrenuncio gui al cochero hasta su casa a travs del 16 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios bullicioso arrabal de los artesanos. No fue fcil. Neptuno era mayor de setenta aos, y adems indeciso y corto de vista, y estaba acostumbrado a que el caballo siguiera solo por las calles que conoca mejor que l. Cuando dieron por fin con la casa, Abrenuncio se despidi en la puerta con una sentencia de Horacio. No s latn, se excus el marqus. Ni falta que le hace!, dijo Abrenuncio. Y lo dijo en latn, por supuesto. El marqus qued tan impresionado, que su primer acto al volver a casa fue el ms raro de su vida. Le orden a Neptuno que recogiera el caballo muerto en el cerro de San Lzaro y lo enterrara en tierra sagrada, y que muy temprano al da siguiente le mandara a Abrenuncio el mejor caballo de su establo. Despus del alivio efmero de las purgas de antimonio, Bernarda se aplicaba lavativas de consuelo hasta tres veces al da para sofocar el incendio de sus vsceras, o se sumerga en baos calientes con jabones de olor hasta seis veces para templar los nervios. Nada le quedaba entonces de lo que fue de recin casada, cuando conceba aventuras comerciales que sacaba adelante con una certidumbre de adivina, tales eran sus logros, hasta la mala tarde en que conoci al Judas Iscariote y se la llev la desgracia. Lo haba encontrado por casualidad en una corraleja de ferias pelendose a manos limpias, casi desnudo y sin ninguna proteccin, contra un toro de lidia. Era tan hermoso y temerario que no pudo olvidarlo. Das despus volvi a verlo en una cumbiamba de carnaval a la que ella asista disfrazada de pordiosera con antifaz, y rodeada por sus esclavas vestidas de marquesas con gargantillas y pulseras y zarcillos de oro y piedras preciosas. Judas estaba en el centro de un crculo de curiosos, bailando con la que le pagara, y haban tenido que poner orden para calmar las ansias de las pretendientas. Bernarda le pregunt cunto costaba. Judas le contest bailando: Medio real. Bernarda se quit el antifaz. Lo que te pregunto es cunto cuestas de por vida, le dijo. Judas vio que a cara descubierta no era tan pordiosera como pareca. Solt la pareja, y se acerc a ella caminando con nfulas de grumete para que se le notara el precio. Quinientos pesos oro, dijo. Ella lo midi con un ojo de tasadora rejugada. Era enorme, con piel de foca, torso ondulado, caderas estrechas y piernas espigadas, y con unas manos plcidas que negaban su oficio. Bernarda calcul: Mides ocho cuartas. Ms tres pulgadas, dijo l. Bernarda le hizo bajar la cabeza al alcance de ella para examinarle la dentadura, y la perturb el hlito de amonaco de sus axilas. Los dientes estaban completos, sanos y bien alineados. Tu amo debe estar loco si cree que alguien te va a comprar a precio de caballo, dijo Bernarda. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 17 Soy libre y me vendo yo mismo, contest l. Y remat con un cierto tono: Seora. Marquesa, dijo ella. l le hizo una reverencia de cortesano que la dej sin aliento, y lo compr por la mitad de sus pretensiones. Slo por el placer de la vista, segn dijo. A cambio le respet su condicin de libre y el tiempo para seguir con su toro de circo. Lo instal en un cuarto cercano al suyo que haba sido del caballerango, y lo esper desde la primera noche, desnuda y con la puerta desatrancada, segura de que l ira sin ser invitado. Pero tuvo que esperar dos semanas sin dormir en paz por los ardores del cuerpo. En realidad, tan pronto como l supo quin era ella y vio la casa por dentro, recobr su distancia de esclavo. Sin embargo, cuando Bernarda haba dejado de esperarlo y durmi con sayuela y pas la tranca en la puerta, l se meti por la ventana. La despert el aire del cuarto enrarecido por su grajo amoniacal. Sinti el resuello de minotauro buscndola a tientas en la oscuridad, el fogaje del cuerpo encima de ella, las manos de presa que le agarraron la sayuela por el cuello y se la desgarraron en canal mientras le roncaba en el odo: Puta, puta. Desde esa noche supo Bernarda que no quera hacer nada ms de por vida. Se enloqueci por l. Se iban por las noches a los bailes de candil en los arrabales, l vestido de caballero con levita y sombrero redondo que Bernarda le compraba a su gusto, y ella disfrazada de cualquier cosa al principio, y despus con su propia cara. Lo ba en oro, con cadenas, anillos y pulseras, y le hizo incrustar diamantes en los dientes. Crey morir cuando se dio cuenta de que se acostaba con todas las que encontraba a su paso, pero al final se conform con las sobras. Fueron los tiempos en que Dominga de Adviento entr en su dormitorio a la hora de la siesta, creyendo que Bernarda estaba en el trapiche, y los sorprendi en pelotas haciendo el amor por el suelo. La esclava se qued ms deslumbrada que atnita con la mano en la aldaba. No te quedes ah como una muerta, le grit Bernarda. o te vas, o te revuelcas aqu con nosotros . Dominga de Adviento se fue con un portazo que le son a Bernarda como una bofetada. Ella la convoc esa noche y la amenaz con castigos atroces por cualquier comentario que hiciera de lo que haba visto. No se preocupe, blanca, le dijo la esclava. Usted puede prohibirme lo que quiera, y yo le cumplo.Y concluy: Lo malo es que no puede prohibirme lo que pienso. Si el marqus lo supo se hizo bien el desentendido. A fin de cuentas, Sierva Mara era lo nico que le quedaba en comn con la esposa, y no la tena como hija suya sino slo de ella. Bernarda, por su parte, ni siquiera lo pensaba. Tan olvidada la tena, que de regreso de una de sus largas temporadas en el trapiche la confundi con otra por lo grande y distinta que estaba. La llam, la examin, la interrog sobre su vida, pero no obtuvo de ella una palabra. Eres idntica a tu padre, le dijo. Un engendro. 18 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Ese segua siendo el nimo de ambos el da en que el marqus regres del hospital del Amor de Dios y le anunci a Bernarda su determinacin de asumir con mano de guerra las riendas de la casa. Haba en su premura un algo frentico que dej a Bernarda sin rplica. Lo primero que hizo fue devolverle a la nia el dormitorio de su abuela la marquesa, de donde Bernarda la haba sacado para que durmiera con los esclavos. El esplendor de antao segua intacto bajo el polvo: la cama imperial que la servidumbre crea de oro por el brillo de sus cobres; el mosquitero de gasas de novia, las ricas vestiduras de pasamanera, el lavatorio de alabastro con numerosos pomos de perfumes y afeites alineados en un orden marcial sobre el tocador; el beque porttil, la escupidera y el vomitorio de porcelana, el mundo ilusorio que la anciana baldada por el reumatismo haba soado para la hija que no tuvo y la nieta que nunca vio. Mientras las esclavas resucitaban el dormitorio, el marqus se ocup de poner su ley en la casa. Espant a los esclavos que dormitaban a la sombra de las arcadas y amenaz con azotes y ergstulas a los que volvieran a hacer sus necesidades en los rincones o jugaran a suerte y azar en los aposentos clausurados. No eran disposiciones nuevas. Se haban cumplido con mucho ms rigor cuando Bernarda tena el mando y Dominga de Adviento lo impona, y el marqus se regodeaba en pblico de su sentencia histrica: En mi casa se hace lo que yo obedezco. Pero cuando Bernarda sucumbi en los tremedales del cacao y Dominga de Adviento muri, los esclavos volvieron a infiltrarse con gran sigilo, primero las mujeres con sus cras para ayudar en oficios menudos, y luego los hombres ociosos en busca de la fresca de los corredores. Aterrada por el fantasma de la ruina, Bernarda los mandaba a que se ganaran la comida mendigando en la calle. En una de sus crisis decidi manumitirlos, salvo a los tres o cuatro del servicio domstico, pero el marqus se opuso con una sinrazn: Si han de morirse de hambre, es mejor que se mueran aqu y no por esos andurriales. No se atuvo a frmulas tan fciles cuando el perro mordi a Sierva Mara. Invisti de poderes al esclavo que le pareci de ms autoridad y mayor confianza, y le imparti instrucciones cuya dureza escandaliz a la misma Bernanda. A la primera noche, cuando la casa estaba ya en orden por primera vez desde la muerte de Dominga de Adviento, encontr a Sierva Mara en la barraca de las esclavas, entre media docena de jvenes negras que dorman en hamacas entrecruzadas a distintos niveles. Las despert a todas para impartir las normas del nuevo gobierno. Desde esta fecha la nia vive en la casa, les dijo. Y spase aqu y en todo el reino que no tiene ms que una familia, y es slo de blancos. La nia resisti cuando l quiso llevarla en brazos al dormitorio, y tuvo que hacerle entender que un orden de hombres reinaba en el mundo. Ya en el dormitorio de la abuela, mientras le cambiaba el refajo de lienzo de las esclavas por una camisa de noche, no logr de ella una palabra. Bernarda Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 19 lo vio desde la puerta: el marqus sentado en la cama luchando con los botones de la camisa de dormir que no pasaban por los ojales nuevos, y la nia de pie frente a l, mirndolo impasible. Bernarda no pudo reprimirse. Por qu no se casan?, se burl y como el marqus no le hizo caso, dijo ms: No sera un mal negocio parir marquesitas criollas con patas de gallina para venderlas a los circos. Algo haba cambiado tambin en ella. A pesar de la ferocidad de la risa su rostro pareca menos amargo, y haba en el fondo de su perfidia un sedimento de compasin que el marqus no advirti. Tan pronto como la sinti lejos, le dijo a la nia: Es una gorrina . Le pareci percibir en ella una chispa de inters: Sabes lo que es una gorrina?, le pregunt, vido de una respuesta. Sierva Mara no se la concedi. Se dej acostar en la cama, se dej acomodar la cabeza en las almohadas de plumas, se dej cubrir hasta las rodillas con la sbana de hilo olorosa al cedro del arcn sin hacerle la caridad de una mirada. l sinti un temblor de conciencia: Rezas antes de dormir? La nia no lo mir siquiera. Se acomod en posicin fetal por el hbito de la hamaca y se durmi sin despedirse. El marqus cerr el mosquitero con el mayor cuidado para que los murcilagos no la sangraran dormida. Iban a ser las diez y el coro de las locas era insoportable en la casa redimida por la expulsin de los esclavos. El marqus solt los mastines que salieron en estampida hacia el dormitorio de la abuela, olfateando las hendijas de las puertas con latidos acezantes. El marqus les rasc la cabeza con la yema de los dedos, y los calm con la buena noticia: Es Sierva, que desde esta noche vive con nosotros. Durmi poco y mal por las locas que cantaron hasta las dos. Lo primero que hizo al levantarse con los primeros gallos fue ir al cuarto de la nia, y no estaba all sino en el galpn de las esclavas. La que dorma ms cerca despert asustada. Vino sola, seor, dijo, antes de que l le preguntara nada. Ni siquiera me di cuenta. El marqus saba que era cierto. Indag cul de ellas acompaaba a Sierva Mara cuando la mordi el perro. La nica mulata, que se llamaba Caridad del Cobre, se identific tiritando de miedo. El marqus la tranquiliz. Encrgate de ella como si fueras Dominga de Adviento, le dijo. Le explic sus deberes. Le advirti que no la perdiera de vista ni un momento y la tratara con afecto y comprensin, pero sin complacencias. Lo ms importante era que no traspasara la cerca de espinos que hara construir entre el patio de los esclavos y el resto de la casa. En la maana al despertar y en la noche antes de dormir deba darle un informe completo sin que l se lo preguntara. Fjate bien lo que haces y cmo lo haces, 20 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios concluy. Has de ser la nica responsable de que estas mis rdenes se cumplan. A las siete de la maana, despus de enjaular los perros, el marqus fue a casa de Abrenuncio. El mdico le abri en persona, pues no tena esclavos ni sirvientes. El marqus se hizo a s mismo el reproche que crea merecer. stas no son horas de visita, dijo. El mdico le abri el corazn, agradecido por el caballo que acababa de recibir. Lo llev por el patio hasta el cobertizo de una antigua herrera de la que no quedaban sino los escombros de la fragua. El hermoso alazn de dos aos, lejos de sus querencias, pareca azogado. Abrenuncio lo aplac con palmaditas en las mejillas, mientras le murmuraba al odo vanas promesas en latn. El marqus le cont que al caballo muerto lo haban enterrado en la antigua huerta del hospital del Amor de Dios, consagrada como cementerio de ricos durante la peste del clera. Abrenuncio se lo agradeci como un favor excesivo. Mientras hablaban, le llam la atencin que el marqus se mantuviera a distancia. l le confes que nunca se haba atrevido a montar. Temo tanto a los caballos como a las gallinas, dijo. Es una lstima, porque la incomunicacin con los caballos ha retrasado a la humanidad, dijo Abrenuncio. Si alguna vez la rompiramos podramos fabricar el centauro. El interior de la casa, iluminado por dos ventanas abiertas a la mar grande, estaba arreglado con el preciosismo vicioso de un soltero empedernido. Todo el mbito estaba ocupado por una fragancia de blsamos que induca a creer en la eficacia de la medicina. Haba un escritorio en orden y una vidriera llena de pomos de porcelana con rtulos en latn. Relegada en un rincn estaba el arpa medicinal cubierta de un polvo dorado. Lo ms notorio eran los libros, muchos en latn, con lomos historiados. Los haba en vitrinas y en estantes abiertos, o puestos en el suelo con gran cuidado, y el mdico caminaba por los desfiladeros de papel con la facilidad de un rinoceronte entre las rosas. El marqus estaba abrumado por la cantidad. Todo lo que se sabe debe de estar en este cuarto, dijo. Los libros no sirven para nada, dijo Abrenuncio de buen humor. La vida se me ha ido curando las enfermedades que causan los otros mdicos con sus medicinas. Quit un gato dormido de la poltrona principal, que era la suya, para que se sentara el marqus. Le sirvi un cocimiento de hierbas que l mismo prepar en el hornillo del atanor, mientras le hablaba de sus experiencias mdicas, hasta que se dio cuenta de que el marqus haba perdido el inters. As era: se haba levantado de pronto y le daba la espalda, mirando por la ventana el mar hurao. Por fin, siempre de espaldas, encontr el valor para empezar. Licenciado, murmur. Abrenuncio no esperaba el llamado. Aj? Bajo la gravedad del sigilo mdico, y slo para su gobierno, le confieso que es verdad lo que dicen, dijo el marqus en un tono solemne. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 21 El perro rabioso mordi tambin a mi hija. Mir al mdico y se encontr con un alma en paz. Ya lo s, dijo el doctor. Y supongo que por eso ha venido a una hora tan temprana. As es, dijo el marqus. Y repiti la pregunta que ya haba hecho sobre el mordido del hospital: Qu podemos hacer? En vez de su respuesta brutal del da anterior, Abrenuncio pidi ver a Sierva Mara. Era eso lo que el marqus quera pedirle. As que estaban de acuerdo, y el coche los esperaba en la puerta. Cuando llegaron a la casa, el marqus encontr a Bernarda sentada al tocador, peinndose para nadie con la coquetera de los aos lejanos en que hicieron el amor por ltima vez, y que l haba borrado de su memoria. El cuarto estaba saturado de la fragancia primaveral de sus jabones. Ella vio al marido en el espejo, y le dijo sin acidez: Quines somos para andar regalando caballos? El marqus la eludi. Cogi de la cama revuelta la tnica de diario, se la tir encima a Bernarda, y le orden sin compasin: Vstase, que aqu est el mdico. Dios me libre, dijo ella. No es para usted, aunque buena falta le hace, dijo l. Es para la nia. No le servir de nada, dijo ella. O se muere o no se muere: no hay de otra. Pero la curiosidad pudo ms: Quin es? Abrenuncio, dijo el marqus. Bernarda se escandaliz. Prefera morirse como estaba, sola y desnuda, antes que poner su honra en manos de un judo agazapado. Haba sido mdico en casa de sus padres, y lo haban repudiado porque propalaba el estado de los pacientes para magnificar sus diagnsticos. El marqus la enfrent. Aunque usted no lo quiera, y aunque yo lo quiera menos, usted es su madre, dijo. Es por ese derecho sagrado que le pido dar fe del examen. Por m hagan lo que les d la gana, dijo Bernarda. Yo estoy muerta. Al contrario de lo que poda esperarse, la nia se someti sin remilgos a una exploracin minuciosa de su cuerpo, con la curiosidad con que hubiera observado un juguete de cuerda. Los mdicos vemos con las manos, le dijo Abrenuncio. La nia, divertida, le sonri por primera vez. Las evidencias de su buena salud estaban a la vista, pues a pesar de su aire desvalido tena un cuerpo armonioso, cubierto de un vello dorado, casi invisible, y con los primeros retoos de una floracin feliz. Tena los dientes perfectos, los ojos clarividentes, los pies reposados, las manos sabias, y cada hebra de su cabello era el preludio de una larga vida. Contest de buen nimo y con mucho dominio el interrogatorio insidioso, y haba que conocerla demasiado para descubrir que ninguna respuesta era verdad. Slo se puso tensa cuando el mdico encontr la cicatriz nfima en el tobillo. La astucia de Abrenuncio le sali adelante: Te caste? 22 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios La nia afirm sin pestaear: Del columpio. El mdico empez a conversar consigo mismo en latn. El marqus le sali al paso: Dgamelo en ladino. No es con usted, dijo Abrenuncio. Pienso en bajo latn. Sierva Mara estaba encantada con las artimaas de Abrenuncio, hasta que ste le puso la oreja en el pecho para auscultarla. El corazn le daba tumbos azorados, y la piel solt un roco lvido y glacial con un recndito olor de cebollas. Al terminar, el mdico le dio una palmadita cariosa en la mejilla. Eres muy valiente, le dijo. Ya a solas con el marqus, le coment que la nia saba que el perro tena mal de rabia. El marqus no entendi. Le ha dicho muchos embustes, dijo, pero ese no. No fue ella, seor, dijo el mdico. Me lo dijo su corazn: era como una ranita enjaulada. El marqus se demor en el recuento de otras mentiras sorprendentes de la hija, no con disgusto sino con un cierto orgullo de padre. Quizs vaya a ser poeta, dijo. Abrenuncio no admiti que la mentira fuera una condicin de las artes. Cuanto ms transparente es la escritura ms se ve la poesa, dijo. Lo nico que no pudo interpretar fue el olor de cebollas en el sudor de la nia. Como no saba de ninguna relacin entre cualquier olor y el mal de rabia, lo descart como sntoma de nada. Caridad del Cobre le revel ms tarde al marqus que Sierva Mara se haba entregado en secreto a las ciencias de los esclavos, que la hacan masticar emplasto de manaj y la encerraban desnuda en la bodega de cebollas para desvirtuar el maleficio del perro. Abrenuncio no dulcific el mnimo detalle de la rabia. Los primeros insultos son ms graves y rpidos cuanto ms profundo sea el mordisco y cuanto ms cercano al cerebro, dijo. Record el caso de un paciente suyo que muri al cabo de cinco aos, pero qued la duda de si no habra sufrido contagio posterior que pas inadvertido. La cicatrizacin rpida no quera decir nada: al cabo de un tiempo imprevisible la cicatriz poda hincharse, abrirse de nuevo y supurar. La agona llegaba a ser tan espantosa que era mejor la muerte. Lo nico lcito que poda hacerse entonces era apelar al hospital del Amor de Dios, donde tenan senegaleses diestros en el manejo de herejes y energmenos enfurecidos. De no ser as, el marqus en persona tendra que asumir la condena de mantener a la nia encadenada en la cama hasta morir. En la ya larga historia de la humanidad, concluy, ningn hidrofbico ha vivido para contarlo . El marqus decidi que no habra una cruz por pesada que fuera que no estuviera resuelto a cargar. De modo que la nia morira en su casa. El mdico lo premi con una mirada que ms pareca de lstima que de respeto. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 23 No poda esperarse menos grandeza de su parte, seor, le dijo. y no dudo de que su alma tendr el temple para soportarlo. Insisti una vez ms en que el pronstico no era alarmante. La herida estaba lejos del rea de mayor riesgo y nadie recordaba que hubiera sangrado. Lo ms probable era que Sierva Mara no contrajera la rabia. y mientras tanto?, pregunt el marqus. Mientras tanto, dijo Abrenuncio, tquenle msica, llenen la casa de flores, hagan cantar los pjaros, llvenla a ver los atardeceres en el mar, denle todo lo que pueda hacerla feliz. Se despidi con un voleo del sombrero en el aire y la sentencia latina de rigor. Pero esta vez la tradujo en honor del marqus: No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. 24 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios DOS Nunca se supo cmo haba llegado el marqus a semejante estado de desidia, ni porqu mantuvo un matrimonio tan mal avenido cuando tena la vida resuelta para una viudez apacible. Habra podido ser lo que hubiera querido, por el poder desmesurado del primer marqus, su padre, Caballero de la Orden de Santiago, negrero de horca y cuchillo y maestre de campo sin corazn, a quien el rey su seor no escatim honores y prebendas ni castig injusticias. Ygnacio, el heredero nico, no daba seales de nada. Creci con signos ciertos de retraso mental, fue analfabeto hasta la edad de merecer, y no quera a nadie. El primer sntoma de vida que se le conoci a los veinte aos fue que estaba de amores y en disposicin de casarse con una de las reclusas de la Divina Pastora, cuyos cantos y gritos arrullaron su infancia. Se llamaba Dulce Olivia. Era hija nica en una familia de talabarteros de reyes y haba tenido que aprender el arte de hacer sillas de montar para que no se extinguiera con ella una tradicin de casi dos siglos. A esa rara intromisin en un oficio de hombres se atribuy el que hubiera perdido el juicio, y de tan mala manera, que cost trabajo ensearla a que no se comiera sus propias miserias. Salvo por eso, habra sido un partido ms que mejor para un marqus criollo de tan escasas luces. Dulce Olivia tena un ingenio vivo y buen carcter, y no era fcil descubrir que estaba loca. Desde la primera vez que la vio, el joven Ygnacio la distingui en el tumulto de la terraza, y ese mismo da se entendieron por seas. Ella, cocotloga insigne, le mandaba mensajes en palomitas de papel. l aprendi a leer y escribir para corresponder con ella, y ese fue el principio de una pasin legtima que nadie quiso entender. Escandalizado, el primer marqus conmin al hijo a que hiciera un desmentido pblico. No slo es cierto, le replic Ygnacio, sino que tengo la licencia de ella para pedir su mano.Y ante el argumento de la locura, contest con el suyo: Ningn loco est loco si uno se conforma con sus razones. El padre lo desterr en sus haciendas con un mandato de dueo y seor que l no se dign utilizar. Fue una muerte en vida. Ygnacio tena terror de los animales, menos de las gallinas. Sin embargo, en las haciendas observ de cerca una gallina viva, se la imagin aumentada al tamao de una vaca, y se dio cuenta de que era un endriago mucho ms pavoroso que cualquier otro de la tierra o del agua. Sudaba fro en la oscuridad y despertaba sin aire en la madrugada por el silencio fantasmal de los potreros. El mastn de presa que velaba sin pestaear frente a su dormitorio lo inquietaba ms que los otros peligros. l lo haba dicho: Vivo espantado de estar vivo. En el destierro adquiri el talante lgubre, la catadura sigilosa, la ndole contemplativa, las maneras lnguidas, el habla despaciosa, y una vocacin mstica que pareca condenarlo a una celda de clausura. Al primer ao de destierro lo despert un fragor como de ros crecidos, y era que los animales de la hacienda estaban abandonando sus dormideros a Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 25 campo traviesa y en silencio absoluto bajo la luna llena. Derribaban sin ruido cuanto les impidiera el paso en lnea recta a travs de dehesas y caaverales, torrenteras y pantanos. Delante iban los hatos de ganado mayor y las caballeras de carga y de paso, y detrs los cerdos, las ovejas, las aves de corral, en una fila siniestra que desapareci en la noche. Hasta las aves de vuelo largo, incluidas las palomas, se fueron caminando. Slo el mastn de presa amaneci en su sitio de guardia frente al dormitorio del amo. Ese fue el principio de la amistad casi humana que el marqus mantuvo con aqul y con muchos mastines que le sucedieron en la casa. Desbordado por el terror en la heredad desierta, Ygnacio el joven renunci a su amor y se someti a los designios del padre. A ste no le bast con el sacrificio del amor, y le impuso la clusula testamentaria de casarse con la heredera de un grande de Espaa. Fue as como despos en una boda de estruendo a doa Olalla de Mendoza, una mujer muy bella de grandes y varios talentos, a la que mantuvo virgen para no concederle ni la gracia de un hijo. De resto, sigui viviendo como lo que siempre fue desde su nacimiento: un soltero intil. Doa Olalla de Mendoza lo puso en el mundo. Iban a misa mayor, ms a mostrarse que a cumplir, ella con basquias de muchos vuelos y mantos de resplandor, y la toca de encajes almidonados de las blancas de Castilla, y con un squito de esclavas vestidas de seda y cubiertas de oro. En vez de las chinelas de andar por la casa que usaban en la iglesia hasta las mas remilgadas, llevaba botines altos de cordobn con adornos de perlas. Al contrario de otros principales que usaban pelucas anacrnicas y botones de esmeralda, el marqus vesta en cuerpo con ropas de algodn, y birrete blando. Sin embargo, siempre asisti obligado a los actos pblicos porque nunca pudo vencer el espanto de la vida social. Doa Olalla haba sido alumna de Scarlatti Domnico en Segovia, y haba obtenido con honores la licencia para ensear msica y canto en escuelas y conventos. Lleg de all con un clavicordio en piezas sueltas, que ella misma arm, y diversos instrumentos de cuerda que tocaba y enseaba a tocar con gran virtud. Form un conjunto de novicias que santific las tardes de la casa con los nuevos aires de Italia, de Francia, de Espaa, y del cual lleg a decirse que estaba inspirado por la lrica del Espritu Santo. El marqus pareca negado a la msica. Se deca, al modo francs, que tena manos de artista y odo de artillero. Pero desde el da en que desembalaron los instrumentos se fij en la tiorba italiana, por la rareza de su doble clavijero, el tamao de su diapasn, el nmero de su encordadura y su voz ntida. Doa Olalla se empe en que la tocara tan bien como ella. Pasaban las maanas cancaneando ejercicios bajo los rboles del huerto, ella con paciencia y amor y l con una tozudez de picapedrero, hasta que el madrigal arrepentido se les entreg sin dolor. La msica mejor tanto la armona conyugal, que doa Olalla se atrevi a dar el paso que le faltaba. Una noche de tormenta, tal vez fingiendo un miedo que no senta, se fue a la recmara del marido intacto. Soy duea de la mitad de esta cama, le dijo, y vengo por ella. 26 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios l se mantuvo en sus trece. Segura de convencerlo por la razn o por la fuerza, ella sigui en los suyos. La vida no les dio tiempo. Un 9 de noviembre estaban tocando a do bajo los naranjos, porque el aire era puro y el cielo alto y sin nubes, cuando un relmpago los ceg, un estampido ssmico los sac de quicio, y doa Olalla cay fulminada por la centella. La ciudad sobrecogida interpret la tragedia como una deflagracin de la clera divina por una culpa inconfesable. El marqus orden funerales de reina, en los cuales se mostr por primera vez con los tafetanes negros y la color macilenta que haba de llevar hasta siempre. Al regreso del cementerio lo sorprendi una nevada de palomitas de papel sobre los naranjos del huerto. Atrap una al azar, la deshizo, y ley: Ese rayo era mo. Antes de terminar el novenario haba hecho donacin a la iglesia de los bienes materiales que sustentaron la grandeza del mayorazgo: una hacienda de ganado en Mompox y otra en Ayapel, y dos mil hectreas en Mahates, a slo dos leguas de aqu, con varios hatos de caballos de monta y de paso, una hacienda de labranza y el mejor trapiche de la costa caribe. Sin embargo, la leyenda de su fortuna se fundaba en un latifundio inmenso y ocioso, cuyos linderos imaginarios se perdan en la memoria ms all de los pantanos de La Guaripa y los bajos de La Pureza hasta los manglares de Urab. Lo nico que conserv fue la mansin seorial con el patio de la servidumbre reducido al mnimo, y el trapiche de Mahates. A Dominga de Adviento le entreg el gobierno de la casa. Al viejo Neptuno le mantuvo la dignidad de cochero que le concedi el primer marqus, y lo encarg de velar por lo poco que quedaba de la caballeriza domstica. Por primera vez solo en la tenebrosa mansin de sus mayores, apenas si poda dormir en la oscuridad, por el miedo congnito de los nobles criollos de ser asesinados por sus esclavos durante el sueo. Despertaba de golpe, sin saber si los ojos febriles que se asomaban por los tragaluces eran de este mundo o del otro. Iba en puntillas a la puerta, la abra de pronto, y sorprenda a un negro que lo aguaitaba por la cerradura. Los senta deslizarse con pasos de tigre por los corredores, desnudos y embadurnados de grasa de coco para que no pudieran atraparlos. Aturdido por tantos miedos juntos orden que las luces permanecieran encendidas hasta el amanecer, expuls a los esclavos que poco a poco se apoderaban de los espacios vacos, y llev a la casa los primeros mastines amaestrados en artes de guerra. El portn se cerr. Relegaron los muebles franceses cuyos terciopelos apestaban por la humedad, vendieron los gobelinos y las porcelanas y las obras maestras de relojera, y se conformaron con hamacas de lampazo para entretener el calor en las recmaras desmanteladas. El marqus no volvi a misa ni a retiros, ni llev el palio del Santsimo en las procesiones, ni guard fiestas ni respet cuaresmas, aunque sigui puntual en el pago de los tributos a la Iglesia. Se refugi en la hamaca, a veces en el dormitorio por los sopores de agosto, y casi siempre para la siesta bajo los naranjos del huerto. Las locas le tiraban sobras de cocina y le gritaban obscenidades tiernas, pero cuando el gobierno le ofreci el favor de mudar el manicomio, se opuso por gratitud con ellas. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 27 Vencida por los desaires del pretendido, Dulce Olivia se consol con la aoranza de lo que no fue. Se escapaba de la Divina Pastora por los portillos del huerto cada vez que poda. Amans e hizo suyos los mastines de presa con cebos de buen amor, y dedicaba sus horas de sueo a cuidar de la casa que nunca tuvo, a barrerla con escobas de albahaca para la buena suerte y a colgar ristras de ajo en los dormitorios para espantar a los mosquitos. Dominga de Adviento, cuya mano derecha no dejaba nada al azar, muri sin descubrir por qu los corredores amanecan ms limpios de como anochecan, y las cosas que ordenaba de un modo amanecan de otro. Antes de cumplir un ao de viudo, el marqus sorprendi por primera vez a Dulce Olivia fregando los trastos de cocina que le parecan mal tenidos por las esclavas. No cre que te atrevieras a tanto, le dijo. Porque sigues siendo el pobre diablo de siempre, le contest ella. As se reanud una amistad prohibida que por lo menos una vez se pareci al amor. Hablaban hasta el amanecer, sin ilusiones ni despecho, como un viejo matrimonio condenado a la rutina. Crean ser felices, y tal vez lo eran, hasta que uno de los dos deca una palabra de ms, o daba un paso de menos, y la noche se pudra en un pleito de vndalos que desmoralizaba a los mastines. Todo volva entonces al principio, y Dulce Olivia desapareca de la casa por largo tiempo. A ella le confes el marqus que su desprecio por las fortunas terrestres y los cambios de su modo de ser no haban sido por devocin sino por el pavor que le caus la prdida sbita de la fe cuando vio el cuerpo de la esposa carbonizado por el rayo. Dulce Olivia se ofreci para consolarlo. Le prometi ser su esclava sumisa tanto en la cocina como en la cama. l no se rindi. Nunca ms me casar, le jur. Antes de un ao, sin embargo, se haba casado a escondidas con Bernarda Cabrera, la hija de un antiguo capataz de su padre venido a ms en el comercio de ultramarinos. Se haban conocido cuando ste la encarg de llevar a la casa los arenques en salmuera y las aceitunas negras que eran la debilidad de doa Olalla, y cuando ella muri sigui llevndoselas al marqus. Una tarde en que Bernarda lo encontr en la hamaca del huerto le ley el destino escrito a flor de piel en su mano izquierda. El marqus se impresion tanto con sus aciertos que sigui llamndola a la hora de la siesta aunque no tuviera nada que comprar, pero pasaron dos meses sin que l tomara la iniciativa de nada. As que ella lo hizo por l. Lo acaball en la hamaca por asalto y lo amordaz con las faldas de la chilaba que l llevaba puesta, hasta dejarlo exhausto. Entonces lo revivi con un ardor y una sabidura que l no habra imaginado en los placeres desmirriados de sus amores solitarios, y lo despoj sin gloria de su virginidad. l haba cumplido cincuenta y dos aos y ella veintitrs, pero la diferencia de edades era la menos perniciosa. Siguieron haciendo el amor en la siesta, de prisa y sin corazn, a la sombra evanglica de los naranjos. Las locas los alentaban con canciones procaces desde las terrazas, y celebraban sus triunfos con aplausos de estadio. Antes de que el marqus tomara conciencia de los riesgos que lo acechaban, 28 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Bernarda lo sac del estupor con la novedad de que estaba encinta de dos meses. Le record que no era negra, sino hija de indio ladino y blanca de Castilla, de modo que la nica aguja para zurcir la honra era el matrimonio formal. l le dio largas hasta que el padre de ella llam al portn a la hora de la siesta con un arcabuz arcaico en bandolera. Era de verba lenta y ademanes suaves, y le entreg el arma al marqus sin mirarlo a la cara. Sabe qu es eso, seor marqus?, le pregunt. El marqus no saba qu hacer con el arma en las manos. Hasta donde alcanza mi ciencia, creo que es un arcabuz, dijo. y pregunt, de veras intrigado: Para qu lo usa? Para defenderme de los piratas, seor, dijo el indio, todava sin mirarlo a la cara. Ahora lo traigo por si su merced me quiere hacer la gracia de matarme antes que yo lo mate. Lo mir a la cara. Tena unos ojitos tristes y mudos, pero el marqus entendi lo que no le decan. Le devolvi el arcabuz y lo invit a seguir adelante para celebrar el acuerdo. El prroco de una iglesia vecina ofici la boda dos das despus, con los padres de ella y los padrinos de ambos. Cuando terminaron, Sagunta apareci de donde nadie supo y coron a los recin casados con las guirnaldas de la felicidad. Una maana de lluvias tardas, bajo el signo de Sagitario, naci sietemesina y mal Sierva Mara de Todos los ngeles. Pareca un renacuajo descolorido, y el cordn umbilical enrollado en el cuello estaba a punto de estrangularla. Es hembra, dijo la comadrona. Pero no vivir. Fue entonces cuando Dominga de Adviento prometi a sus santos que si le concedan la gracia de vivir, la nia no se cortara el cabello hasta noche de bodas. No bien lo haba prometido cuando la nia rompi a llorar. Dominga de Adviento, jubilosa, cant: Ser santa!. El marqus que la conoci ya lavada y vestida, fue menos clarividente. Ser puta, dijo. Si Dios le da vida y salud. La nia, hija de noble y plebeya, tuvo una infancia de expsita. La madre la odi desde que le dio de mamar por la nica vez, y se neg a tenerla con ella por temor de matarla. Dominga de Adviento la amamant, la bautiz en Cristo y la consagr a Olokun, una deidad yoruba de sexo incierto, cuyo rostro se presume tan temible que slo se deja ver en sueos, y siempre con una mscara. Traspuesta en el patio de los esclavos Sierva Mara aprendi a bailar desde antes de hablar, aprendi tres lenguas africanas al mismo tiempo, a beber sangre de gallo en ayunas y a deslizarse por entre los cristianos sin ser vista ni sentida, como un ser inmaterial. Dominga de Adviento la circund de una corte jubilosa de esclavas negras, criadas mestizas, mandaderas indias, que la baaban con aguas propicias, la purificaban con la verbena de Yemay y le cuidaban como un rosal la rauda cabellera que a los cinco aos le daba a la cintura. Poco a poco, las esclavas le haban ido colgando los collares de distintos dioses, hasta el nmero de diecisis. Bernarda haba agarrado ya con mano firme el poder de la casa, mientras el marqus vegetaba en el huerto. Su primer empeo fue restablecer la fortuna Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 29 repartida por el marido, escudada en los poderes del primer marqus. ste, en su tiempo, haba obtenido licencias para vender cinco mil esclavos en ocho aos, con el compromiso de importar al mismo tiempo dos barriles de harina por cada uno. Con sus trpalas maestras y la venalidad de los aduaneros vendi la harina pactada, pero tambin vendi de contrabando tres mil esclavos ms, lo cual lo convirti en el tratante individual ms afortunado de su siglo. Fue a Bernarda a quien se le ocurri que el buen negocio no eran los esclavos sino la harina, aunque el negocio grande, en realidad, era su increble poder de persuasin. Con una sola licencia para importar mil esclavos en cuatro aos, y tres barriles de harina por cada uno, hizo el agosto de su vida: vendi los mil negros convenidos, pero en vez de tres mil barriles de harina import doce mil. El ms grande contrabando del siglo. La mitad del tiempo la pasaba entonces en el trapiche de Mahates, donde estableci el ncleo de sus asuntos por la cercana del ro Grande de la Magdalena para el trfico de todo con el interior del virreinato. A la casa del marqus llegaban noticias sueltas de su prosperidad, de la cual no renda cuentas a nadie. En el tiempo que pasaba aqu, aun antes de las crisis, pareca otro mastn enjaulado. Dominga de Adviento lo dijo mejor: El culo le caba en el cuerpo. Sierva Mara ocup por primera vez un lugar estable en la casa cuando muri su esclava, y arreglaron para ella el dormitorio esplndido donde vivi la primera marquesa. Le nombraron preceptor que le imparti lecciones de espaol peninsular y nociones de aritmtica y ciencias naturales. Trat de ensearle a leer y escribir. Ella se neg, segn dijo, porque no entenda las letras. Una maestra laica la inici en la apreciacin de la msica. La nia demostr inters y buen gusto, pero no tuvo paciencia para aprender ningn instrumento. La maestra renunci sobrecogida y dijo al despedirse del marqus: No es que la nia sea negada para todo, es que no es de este mundo. Bernarda haba querido apaciguar los propios rencores, pero muy pronto fue evidente que la culpa no era de la una ni de la otra, sino de la naturaleza de ambas. Viva con el alma en un hilo desde que crey descubrir en la hija una cierta condicin fantasmal. Temblaba slo de pensar en el instante en que miraba hacia atrs y se encontraba con los ojos inescrutables de la criatura lnguida de los tules vaporosos y la cabellera silvestre que ya le daba a las corvas. Nia!, le gritaba, te prohbo que me mires as!. Cuando ms concentrada estaba en sus negocios senta en la nuca el aliento sibilante de serpiente en acecho, y daba un salto de pavor. Nia!, le gritaba. Haz ruido antes de entrar! Ella le aumentaba el susto con una retahla en lengua yoruba. De noche era peor, porque Bernarda despertaba de golpe con la sensacin de que alguien la haba tocado, y era que la nia estaba a los pies de la cama mirndola dormir. Fue intil el intento de la esquila en el puo, porque el sigilo de Sierva Mara le impeda que sonara. Lo nico que esa criatura tiene de 30 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios blanca es el color, deca la madre. Tan cierto era, que la nia alternaba su nombre con otro nombre africano que se haba inventado: Mara Mandinga. La relacin hizo crisis una madrugada en que Bernarda despert muerta de sed por los excesos del cacao, y encontr una mueca de Sierva Mara flotando en el fondo de la tinaja. No le pareci en realidad una simple mueca flotando en el agua, sino algo pavoroso: una mueca muerta. Convencida de que era un maleficio africano de Sierva Mara contra ella, resolvi que las dos no caban en la casa. El marqus intent una mediacin tmida, y ella lo fren en seco: o ella o yo. De modo que Sierva Mara volvi al galpn de las esclavas, aun cuando su madre estaba en el trapiche. Segua siendo tan hermtica como cuando naci, y analfabeta absoluta. Pero Bernarda no estaba mejor. Haba tratado de retener a Judas Iscariote igualndose a l, y en menos de dos aos perdi el rumbo de los negocios, y el de la vida misma. Lo disfrazaba de pirata nubio, de as de copas, de rey Melchor, y se lo llevaba a los arrabales, sobre todo cuando fondeaban los galeones y la ciudad se prenda en una parranda de medio ao. Se improvisaban tabernas y burdeles en los extramuros para los comerciantes que venan de Lima, de Portobelo, de La Habana, de Veracruz, a la rebatia de los gneros y mercancas de todo el mundo descubierto. Una noche, muerto de la borrachera en una cantina de galeotes, Judas se le acerc a Bernarda con gran misterio. Abre la boca y cierra los ojos, le dijo. Ella lo hizo, y l le puso en la lengua una tableta del chocolate mgico de Oaxaca. Bernarda lo reconoci y lo escupi, pues desde nia tena una aversin especial contra el cacao. Judas la convenci de que era una materia sagrada que alegraba la vida, aumentaba la fuerza fsica, levantaba el nimo y fortaleca el sexo. Bernarda solt una risa explosiva. Si eso fuera as, dijo, las monjitas de Santa Clara seran toros de lidia . Estaba ya cogida por la miel fermentada, que consuma con sus amigas de escuela desde antes de casarse, y sigui consumindola no slo por la boca sino por los cinco sentidos en el aire caliente del trapiche. Con Judas aprendi a masticar tabaco y hojas de coca revueltas con cenizas de yarumo, como los indios de la Sierra Nevada. Prob en las tabernas el canabis de la India, la trementina de Chipre, el peyote del Real de Catorce, y por lo menos una vez el opio de la Nao de China por los traficantes filipinos. Sin embargo, no fue sorda a la proclama de Judas en favor del cacao. De regreso de todo lo dems, reconoci sus virtudes, y lo prefiri a todo. Judas se volvi ladrn, proxeneta, sodomita ocasional, y todo por vicio, pues nada le faltaba. Una mala noche, delante de Bernarda, se enfrent a manos limpias con tres galeotes de la flota por un pleito de barajas, y lo mataron a silletazos. Bernarda se refugi en el trapiche. La casa qued al garete, y si no naufrag desde entonces fue por la mano maestra de Dominga de Adviento, que termin de formar a Sierva Mara como quisieron sus dioses. El marqus se haba enterado apenas del derrumbe de la esposa. Del trapiche llegaban Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 31 voces de que viva en estado de delirio, que hablaba sola, que escoga los esclavos mejor servidos para compartirlos en sus noches romanas con sus antiguas compaeras de escuela. La fortuna venida por agua, por agua se le iba, y estaba a merced de los pellejos de miel y los costales de cacao que mantena escondidos por aqu y por all para no perder tiempo cuando la acosaban las ansias. Lo nico seguro que le quedaba entonces eran dos mcuras repletas de doblones de a cien y de a cuatro, en oro puro, que en tiempos de vacas gordas haba enterrado debajo de la cama. Era tanto su deterioro, que ni el marido la reconoci cuando volvi de Mahates por ltima vez, al cabo de tres aos continuos, poco antes de que el perro mordiera a Sierva Mara. A mediados de marzo, los riesgos del mal de rabia parecan conjurados. El marqus, agradecido con su suerte, se propuso enmendar el pasado y conquistar el corazn de la hija con la receta de felicidad aconsejada por Abrenuncio. Le consagr todo su tiempo. Trat de aprender a peinarla y a tejerle la trenza. Trat de ensearla a ser blanca de ley, de restaurar para ella sus sueos fallidos de noble criollo, de quitarle el gusto del escabeche de iguana y el guiso de armadillo. Lo intent casi todo, menos preguntarse si aquel era el modo de hacerla feliz. Abrenuncio sigui visitando la casa. No le era fcil entenderse con el marqus, pero le interesaba su inconsciencia en un suburbio del mundo intimidado por el Santo Oficio. As se les iban los meses del calor, l hablando sin ser odo bajo los naranjos floridos, y el marqus pudrindose en la hamaca a mil trescientas leguas marinas de un rey que nunca lo oy nombrar. En una de esas visitas fueron interrumpidos por el lamento lgubre de Bernarda. Abrenuncio se alarm. El marqus se hizo el sordo, pero el quejido siguiente fue tan desgarrador que no pudo ignorarlo. Quienquiera que sea est necesitando un responso, dijo Abrenuncio Es mi esposa en segundas nupcias dijo el marqus. Pues tiene el hgado deshecho, dijo Abrenuncio. Cmo lo sabe? Porque se queja con la boca abierta, dijo el mdico. Empuj la puerta sin permiso y trat de ver a Bernarda en la penumbra del cuarto, y no estaba en la cama. La llam por su nombre, y ella no le contest. Entonces abri la ventana y la luz metlica de las cuatro se la mostr en carne viva, desnuda y abierta en cruz en el suelo, y envuelta en el fulgor de sus flatos letales. Su piel tena el color mortecino de la atrabilis rebosada. Levant la cabeza, encandilada por el resplandor de la ventana abierta de golpe, y no reconoci al mdico a contraluz. A l le bast una mirada para ver su destino. Te est cantando la lechuza, hija ma, le dijo:, Le explic que an era tiempo de salvarla, siempre que se sometiera a una cura urgente de purificacin de la sangre. Bernarda lo reconoci, se incorpor como pudo, y se solt en improperios. Abrenuncio los soport impasible mientras volva a cerrar la ventana. Ya de salida se detuvo ante la hamaca del marqus y precis el pronstico: 32 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios La seora marquesa morir a ms tardar el 15 de septiembre, si es que antes no se cuelga de una viga. El marqus, inalterable, dijo: Lo nico malo es que el 15 de septiembre est tan lejos. Segua adelante con el tratamiento de felicidad para Sierva Mara. Desde el cerro de San Lzaro vean por el oriente las cinagas fatales, y por el occidente el enorme sol colorado que se hunda en el ocano en llamas. Ella le pregunt qu haba del otro lado del mar, y l le contest: El mundo. Para cada gesto suyo encontr en la nia una resonancia inesperada. Una tarde vieron aparecer en el horizonte, con las velas a reventar, la Flota de Galeones. La ciudad se transform. Padre e hija se solazaron con los tteres, con los tragadores de fuego, con las incontables novedades de feria que llegaron al puerto en aquel abril de buenos presagios. Sierva Mara aprendi ms cosas de blancos en dos meses que nunca antes. Tratando de hacerla otra, tambin el marqus se volvi distinto, y lo fue de un modo tan radical que no pareci una mudanza del carcter sino un cambio de naturaleza. La casa se llen de cuantas bailarinas de cuerda, cajas de msica y relojes mecnicos se haban visto en las ferias de Europa. El marqus desempolv la tiorba italiana. La encord, la afin con una perseverancia que slo poda entenderse por el amor, y volvi a acompaarse las canciones de antao cantadas con la buena voz y el mal odo que ni los aos ni los turbios recuerdos haban cambiado. Ella le pregunt por esos das si era verdad, como decan las canciones, que el amor lo poda todo. Es verdad, le contest l, pero hars bien en no creerlo. Feliz con las buenas nuevas, el marqus empez a pensar en un viaje a Sevilla para que Sierva Mara se restableciera de sus pesares callados y terminara su educacin del mundo. Las fechas y el rumbo estaban ya acordados, cuando Caridad del Cobre lo despert de la siesta con la noticia brutal: Mi pobre nia, seor, ya se est volviendo perro. Llamado de urgencia, Abrenuncio desminti la supersticin popular de que los arrabiados terminaban por ser iguales al animal que los mordi. Comprob que la nia tena un poco de fiebre, y aunque sta se consideraba una enfermedad en s misma y no un sntoma de otros males, no la pas por alto. Le advirti al atribulado seor que la nia no estaba a salvo de cualquier mal, pues el mordisco de un perro, con rabia o sin ella, no preservaba contra nada. Como siempre, el nico recurso era esperar. El marqus le pregunt: Es lo ltimo que puede decirme? La ciencia no me ha dado los medios para decirle nada ms, le replic el mdico con la misma acidez. Pero si no cree en m le queda todava un recurso: confe en Dios. El marqus no entendi. Hubiera jurado que usted era incrdulo, dijo. El mdico no se volvi siquiera a mirarlo: Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 33 Qu ms quisiera yo, seor. El marqus no se confi a Dios, sino a todo el que le diera alguna esperanza. En la ciudad haba otros tres mdicos graduados, seis boticarios, once barberos sangradores y un nmero incontable de curanderos y dmines en mesteres de hechicera, a pesar de que la Inquisicin haba condenado a mil trescientos a distintas penas en los ltimos cincuenta aos, y ejecutado a siete en la hoguera. Un mdico joven de Salamanca le abri a Sierva Mara la herida sellada y le puso unas cataplasmas custicas para extraer los humores rancios. Otro intent lo mismo con sanguijuelas en la espalda. Un barbero sangrador le lav la herida con la orina de ella misma y otro se la hizo beber. Al cabo de dos semanas haba soportado dos baos de hierbas y dos lavativas emolientes por da, y la haban llevado al borde de la agona con pcimas de estibio natural y otros filtros mortales. La fiebre cedi, pero nadie se atrevi a proclamar que la rabia estuviera conjurada. Sierva Mara se senta morir. Al principio haba resistido con el orgullo intacto, pero a las dos semanas sin ningn resultado tena una lcera de fuego en el tobillo, la piel escaldada por sinapismos y vejigatorios, y el estmago en carne viva. Haba pasado por todo: vrtigos, convulsiones, espasmos, delirios, solturas de vientre y de vejiga, y se revolcaba por los suelos aullando de dolor y de furia. Hasta los curanderos ms audaces la abandonaron a su suerte, convencidos de que estaba loca, o poseda por los demonios. El marqus haba perdido toda ilusin cuando apareci Sagunta con la llave de San Huberto. Fue el final. Sagunta se desnud de sus sbanas y se embadurn de unturas de indios para restregar su cuerpo con el de la nia desnuda. Esta se resisti de pies y manos a pesar de su debilidad extrema, y Sagunta la someti por la fuerza. Bernarda oy desde su cuarto los alaridos dementes. Corri a ver qu pasaba, y encontr a Sierva Mara pataleando en el piso, y a Sagunta encima de ella, envuelta en la marejada de cobre de la cabellera y aullando la oracin de San Huberto. Las azot a ambas con los hicos de la hamaca. Primero en el suelo, encogidas por la sorpresa, y luego corretendolas por los rincones hasta que le falt el aliento. El obispo de la dicesis, don Toribio de Cceres y Virtudes, alarmado con el escndalo pblico de los trastornos y desvaros de Sierva Mara, le mand al marqus un recado sin precisiones de causa, de fecha o de hora, lo cual fue interpretado como un indicio de suma urgencia. El marqus se sobrepuso a la incertidumbre y acudi el mismo da sin anunciarse. El obispo haba asumido su ministerio cuando ya el marqus se hallaba retirado de la vida pblica, y apenas si se haban visto. Adems, era un hombre condenado por su mala salud, con un cuerpo estentreo que le impeda valerse de s mismo, y corrodo por un asma maligna que pona a prueba sus creencias. No haba estado en numerosas efemrides pblicas en que su falta era inconcebible, y en las pocas a que concurra guardaba una distancia que lo iba convirtiendo poco a poco en un ser irreal. El marqus lo haba visto algunas veces, siempre de lejos y en pblico, pero el recuerdo que conservaba de l le qued de una misa concelebrada a la que asisti bajo palio y llevado en andas por dignatarios del gobierno. Por el 34 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios cuerpo enorme y el aparato de sus ornamentos pareca a simple vista un anciano colosal, pero el rostro lampio de rasgos puntuales, con unos raros ojos verdes, conservaba intacta una belleza sin edad. A la altura de las andas tena un nimbo mgico de Sumo Pontfice, y quienes lo conocan de cerca lo sentan tambin en el brillo de su sabidura y su conciencia del poder. El palacio donde viva era el ms antiguo de la ciudad, con dos pisos de espacios enormes y en ruinas, de los cuales el obispo no ocupaba ni la mitad de uno. Estaba junto a la catedral, y tena con sta un claustro comn de arcos renegridos, y un patio con un aljibe en ruinas entre matorrales desrticos. Hasta la fachada imponente de piedra labrada y sus portones de maderas enterizas revelaban los estragos del abandono. El marqus fue recibido en la puerta mayor por un dicono indio. Reparti limosnas menudas entre los grupos de mendigos que se arrastraban en el zagun, y entr en la penumbra fresca de la casa en el momento en que sonaron en la catedral y resonaban en su vientre las campanadas enormes de las cuatro de la tarde. El corredor central estaba tan oscuro que segua al dicono sin verlo, pensando cada paso para no tropezar con estatuas mal puestas y escombros atravesados. Al final del corredor haba una pequea antesala mejor iluminada por un tragaluz. El dicono se detuvo all, le indic al marqus que se sentara a esperar, y sigui por la puerta contigua. El marqus permaneci de pie, escudriando en la pared principal un gran retrato al leo de un joven militar con el uniforme de gala de los alfreces del rey. Slo cuando ley la placa de bronce en el marco, se dio cuenta de que era el retrato del obispo joven. El dicono abri la puerta para invitarlo a pasar, y el marqus no tuvo que moverse para ver otra vez al obispo cuarenta aos ms viejo que en el retrato. Era mucho ms grande e imponente de cuanto se deca, an agobiado por el asma y vencido por el calor. Sudaba a chorros y se meca muy despacio en un mecedor filipino, abanicndose apenas con un abanico de palma, y con el cuerpo inclinado hacia adelante para respirar mejor. Llevaba unas abarcas de labriego y una camisola de lienzo basto con pedazos luidos por los abusos del jabn. La sinceridad de su pobreza se notaba a primera vista. Sin embargo, lo ms notable era la pureza de sus ojos, slo comprensible por algn privilegio del alma. Dej de mecerse tan pronto como vio al marqus en la puerta, y le hizo una seal afectuosa con el abanico. Adelante, Ygnacio, le dijo. sta es tu casa. El marqus se sec en los pantalones el sudor de las manos, franque la puerta y se encontr en una terraza al aire libre, bajo un palio de campnulas amarillas y helechos colgados, desde donde se vean las torres de todas las iglesias, los tejados rojos de las casas principales, los palomares adormilados por el calor, las fortificaciones militares perfiladas contra el cielo de vidrio, y el mar ardiente. El obispo tendi con toda intencin su mano de soldado, y el marqus le bes el anillo. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 35 A causa del asma su respiracin era grande y pedregosa, y sus frases estaban perturbadas por suspiros inoportunos y por una tos spera y breve, pero nada afectaba su elocuencia. Estableci de inmediato un intercambio fcil de minucias cotidianas. Sentado frente a l, el marqus agradeci aquel prembulo de consolacin, tan rico y dilatado, que fueron sorprendidos por las campanadas de las cinco. Ms que un sonido fue una trepidacin que hizo vibrar la luz de la tarde y el cielo se llen de palomas asustadas. Es horrible, dijo el obispo. Cada hora me resuena en las entraas como un temblor de tierra. La frase sorprendi al marqus, pues era lo mismo que l haba pensado cuando dieron las cuatro. Al obispo le pareci una coincidencia natural. Las ideas no son de nadie, dijo. Dibuj en el aire con el ndice una serie de crculos continuos, y concluy: Andan volando por ah, como los ngeles. Una monja de servicio llev una garrafa con frutas picadas en un vinazo de dos orejas, y un platn de aguas humeantes que impregnaron el aire de un olor medicinal. El obispo aspir el vapor con los ojos cerrados, y cuando emergi del xtasis era otro: dueo absoluto de su autoridad. Te hemos hecho venir, dijo al marqus, porque sabemos que ests necesitando de Dios y te haces el distrado. La voz haba perdido sus tonalidades de rgano y los ojos recobraron el fulgor terrenal. El marqus se tom de un sorbo la mitad del vaso de vino para ponerse a tono. Su Seora Ilustrsima debe saber que arrastro la ms grande desgracia que puede sufrir un ser humano, dijo, con una humildad desarmante. He dejado de creer. Ya lo sabemos, hijo, replic el obispo sin sorpresa. Cmo no bamos a saberlo!Lo dijo con una cierta alegra, pues tambin l, siendo alfrez del rey en Marruecos, haba perdido la fe a los veinte aos en medio del fragor de un combate. Fue la certidumbre fulminante de que Dios haba dejado de ser, dijo. Aterrado, se entreg a una vida de oracin y penitencia. Hasta que Dios se apiad de m y me indic el camino de la vocacin, concluy. As que lo esencial no es que t no creas, sino que Dios siga creyendo en ti. Y de eso no hay duda, pues es l en su diligencia infinita el que nos ha iluminado para brindarte este alivio. Haba querido sobrellevar mi desgracia en silencio, dijo el marqus. Pues muy mal lo has logrado, dijo el obispo. Es un secreto a gritos que tu pobre nia rueda por los suelos presa de convulsiones obscenas y ladrando en jerga de idlatras. No son sntomas inequvocos de una posesin demonaca? El marqus estaba espantado. Qu quiere decir? Que entre las numerosas argucias del demonio es muy frecuente adoptar la apariencia de una enfermedad inmunda para introducirse en un cuerpo inocente, dijo. y una vez dentro no hay poder humano capaz de hacerlo salir. 36 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios El marqus explic las vicisitudes mdicas del mordisco del perro, pero el obispo encontr siempre una explicacin a su favor. Pregunt lo que sin duda saba de sobra: Sabes quin es Abrenuncio? Fue el primer mdico que vio a la nia, dijo el marqus. Quera oirlo de tu propia voz, dijo el obispo. Sacudi una campanilla que mantena a su alcance, y un sacerdote de unos treinta aos bien llevados apareci en el acto, como un genio liberado de una botella. El obispo lo present como el padre Cayetano Delaura, nada ms, y lo hizo sentar. Llevaba una sotana casera para el calor y las barcas iguales a las del obispo. Era intenso, plido, de ojos vivaces, y el cabello muy negro con un mechn blanco en la frente. Su aliento breve y sus manos febriles no parecan los de un hombre feliz. Qu sabemos de Abrenuncio?, le pregunt el obispo. El padre Delaura no tuvo que pensarlo. Abrenuncio de Sa Pereira Cao, dijo, como deletreando el nombre. Y enseguida se dirigi al marqus: Ha reparado, seor marqus, en que el ltimo apellido significa perro en lengua de portugueses ? En estricta verdad, continu Delaura, no se saba si aquel era su verdadero nombre. De acuerdo con los expedientes del Santo Oficio era un judo portugus expulsado de la pennsula y amparado aqu por un gobernador agradecido, al que le cur una potra de dos libras con las aguas depurativas de Turbaco. Habl de sus recetas mgicas, de la soberbia con que vaticinaba la muerte, de su presumible pederastia, de sus lecturas libertinas, de su vida sin Dios. Sin embargo, el nico cargo concreto que le haban hecho era el de resucitar a un sastrecillo remendn de Getseman. Se consiguieron testimonios serios de que estaba ya amortajado y en el atad cuando Abrenuncio le orden levantarse. Por fortuna, el mismo resucitado afirm ante el tribunal del Santo Oficio que en ningn momento haba perdido la conciencia. Lo salv de la hoguera, dijo Delaura. Por ltimo, evoc el incidente del caballo muerto en el cerro de San Lzaro y sepultado en tierra sagrada. Lo amaba como a un ser humano, intercedi el marqus. Fue una afrenta a nuestra fe, seor marqus, dijo Delaura. Caballos de cien aos no son cosa de Dios. El marqus se alarm de que una broma privada hubiera llegado a los archivos del Santo Oficio. Intent una tmida defensa: Abrenuncio es un deslenguado, pero creo con toda humildad que de ah a la hereja hay un buen trecho. La discusin habra sido agria e interminable de no ser porque el obispo los puso en el rumbo perdido. Digan lo que digan los mdicos, dijo, la rabia en los humanos suele ser una de las tantas artimaas del Enemigo. El marqus no entendi. El obispo le hizo una explicacin tan dramtica que pareci el preludio de una condena al fuego eterno. Por fortuna, concluy, aunque el cuerpo de tu nia sea irrecuperable, Dios nos ha dado los medios de salvar su alma. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 37 La opresin del anochecer ocup el mundo. El marqus vio el primer lucero en el cielo malva, y pens en su hija, sola en la casa srdida, arrastrando el pie maltratado por las chapuceras de los curanderos. Pregunt con su modestia natural: Qu debo hacer? El obispo se lo explic punto por punto. Lo autoriz para usar su nombre en cada gestin, sobre todo en el convento de Santa Clara, donde deba internar a la nia a la mayor brevedad. Djala en nuestras manos, concluy. Dios har el resto. El marqus se despidi ms atribulado que cuando lleg. Desde la ventana de la carroza contempl las calles desoladas, los nios bandose desnudos en los charcos, la basura esparcida por los gallinazos. A la vuelta de la esquina vio el mar, siempre en su puesto, y lo asalt la incertidumbre. Lleg a la casa en tinieblas con el toque del ngelus, y por primera vez desde la muerte de doa Olalla lo rez en voz alta: El ngel del Seor anuncio a Mara. Las cuerdas de la tiorba resonaban en la oscuridad como en el fondo de un estanque. El marqus sigui a tientas el rumbo de la msica hasta el dormitorio de la hija. All estaba, sentada en la silla del tocador, con la tnica blanca y la cabellera suelta hasta el piso, tocando un ejercicio primario que haba aprendido de l. No poda creer que fuera la misma que haba dejado al medioda postrada por la inclemencia de los curanderos, a menos que hubiera ocurrido un milagro. Fue una ilusin instantnea. Sierva Mara se percat de su llegada, dej de tocar, y recay en la afliccin. La acompa toda la noche. La ayud en la liturgia del dormitorio con una torpeza de pap prestado. Le puso al revs la camisa de dormir y ella tuvo que quitrsela para ponrsela al derecho. Fue la primera vez que la vio desnuda, y le doli ver su costillar a flor de piel, las teticas en botn, el vello tierno. El tobillo inflamado tena un halo ardiente. Mientras la ayudaba a acostarse, la nia segua sufriendo a solas con un quejido casi inaudible, y a l lo sobrecogi la certidumbre de que estaba ayudndola a morir. Sinti el apremio de rezar por primera vez desde que perdi la fe. Fue al oratorio, tratando con todas sus fuerzas de recuperar el dios que lo haba abandonado, pero era intil: la incredulidad resiste ms que la fe, porque se sustenta de los sentidos. Oy toser a la nia varias veces en la fresca de la madrugada, y fue a su dormitorio. Al pasar vio entreabierta la alcoba de Bernarda. Empujo la puerta por el apremio de compartir sus dudas. Estaba dormida bocabajo en el piso y con un ronquido fragoroso. El marqus permaneci asomado con la mano en la aldaba, y no la despert. Le habl a nadie: Tu vida por la de ella. Y corrigi enseguida: Nuestras dos vidas de mierda por la de ella, carajo! La nia dorma. El marqus la vio inmvil y mustia y se pregunt si prefera verla muerta o sometida al castigo de la rabia. Le arregl el mosquitero para que no la sangraran los murcilagos, la arrop para que no siguiera tosiendo, y permaneci en vela junto a la cama, con el gozo nuevo de que la amaba como nunca haba amado en este mundo. Entonces tom la determinacin 38 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios de su vida sin consultarla con Dios ni con nadie. A las cuatro de la maana, cuando Sierva Mara abri los ojos, lo vio sentado junto a su cama. Es hora de irnos, dijo el marqus. La nia se levant sin ms explicaciones. El marqus la ayud a vestirse para la ocasin. Busc en el arcn unas chinelas de terciopelo, para que el contrafuerte de los botines no le maltratara el tobillo, y encontr sin buscarlo un vestido de gala que haba sido de su madre cuando era nia. Estaba averaguado y percudido por el tiempo, pero era claro que no haba sido usado dos veces. El marqus se lo puso a Sierva Mara casi un siglo despus sobre los collares de santera y el escapulario del bautismo. Le vena un poco estrecho, y eso aumentaba de algn modo su antigedad. Le puso un sombrero que encontr tambin en el arcn, y cuyas cintas de colores no tenan nada que ver con el vestido. Le qued exacto. Por ltimo le hizo una maletita de mano con una saya de dormir, un peine de dientes apretados para sacar hasta las liendres del carngano, y un pequeo breviario de la abuela con bisagras de oro y tapas de ncar. Era domingo de ramos. El marqus llev a Sierva Mara a la misa de cinco, y ella recibi de buen nimo la palma bendita sin saber para qu. A la salida vieron amanecer desde la carroza. El marqus en el asiento principal, con la maletita en las rodillas, y la nia impvida en el asiento de enfrente viendo pasar por la ventana las ltimas calles de sus doce aos. No haba manifestado la mnima curiosidad por saber para dnde la llevaban vestida de Juana la Loca y con un sombrero de carcavera a una hora tan temprana. Al cabo de una larga meditacin el marqus le pregunt: Sabes quin es Dios? La nia neg con la cabeza. Haba relmpagos y truenos remotos en el horizonte, el cielo estaba encapotado, y el mar spero. A la vuelta de una esquina les sali al paso el convento de Santa Clara, blanco y solitario, con tres pisos de persianas azules sobre el muladar de una playa. El marqus lo seal con el ndice. Ah lo tienes, dijo. y despus seal a su izquierda: Vers el mar a toda hora desde las ventanas. Como la nia no le hizo caso, le dio la nica explicacin que le dara jams sobre su destino: Vas a temperar unos das con las hermanitas de Santa Clara . Por ser domingo de ramos haba en la puerta del torno ms mendigos que de costumbre. Algunos leprosos que se disputaban con ellos las sobras de las cocinas se precipitaron tambin con la mano extendida hacia el marqus. l les reparti limosnas exiguas, una a cada uno, hasta donde le alcanzaron los cuartillos. La tornera lo vio con sus tafetanes negros, y vio a la nia vestida de reina, y se abri paso para atenderlos. El marqus le explic que llevaba a Sierva Mara por orden del obispo. La tornera no lo dud por el talante con que lo dijo. Examin el aspecto de la nia, y le quit el sombrero. Aqu estn prohibidos los sombreros, dijo. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 39 Se qued con l. El marqus quiso darle tambin la maletita, y ella no la recibi: No le har falta nada. La trenza mal prendida se desenroll casi hasta el piso. La tornera no crey que fuera natural. El marqus trat de enrollarla. La nia lo apart, y se la arregl sin ayuda con una habilidad que sorprendi a la tornera. Hay que cortrsela, dijo. Es una manda a la Santsima Virgen hasta el da que se case, dijo el marqus. La tornera se inclin ante la razn. Tom a la nia de la mano, sin darle tiempo para una despedida, y la pas por el torno. Como el tobillo le dola al caminar, la nia se quit la chinela izquierda. El marqus la vio alejarse, cojeando del pie descalzo, y con la chinela en la mano. Esper en vano que en un raro instante de piedad se volviera a mirarlo. El ltimo recuerdo que tuvo de ella fue cuando acab de atravesar la galera del jardn, arrastrando el pie lastimado, y desapareci en el pabelln de las enterradas vivas. 40 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios TRES El convento de Santa Clara era un edificio cuadrado frente al mar, con tres pisos de numerosas ventanas iguales, y una galera de arcos de medio punto alrededor de un jardn agreste y sombro. Haba un sendero de piedras entre matas de pltano y helechos silvestres, una palmera esbelta que haba crecido ms alto que las azoteas en busca de la luz, y un rbol colosal, de cuyas ramas colgaban bejucos de vainilla y ristras de orqudeas. Debajo del rbol haba un estanque de aguas muertas con un marco de hierro oxidado donde hacan maromas de circo las guacamayas cautivas. El edificio estaba dividido por el jardn en dos bloques distintos. A la derecha estaban los tres pisos de las enterradas vivas, apenas perturbados por el resuello de la resaca en los acantilados y los rezos y cnticos de las horas cannicas. Este bloque se comunicaba con la capilla por una puerta interior, para que las monjas de clausura pudieran entrar en el coro sin pasar por la nave pblica, y oir misa y cantar detrs de una celosa que les permita ver sin ser vistas. El precioso artesonado de maderas nobles, que se repeta en los cielos de todo el convento, haba sido construido por un artesano espaol que le dedic media vida por el derecho de ser sepultado en una hornacina del altar mayor. All estaba, apretujado tras las losas de mrmol con casi dos siglos de abadesas y obispos, y otras gentes principales. Cuando Sierva Mara entr en el convento las monjas de clausura eran ochenta y dos espaolas, todas con sus servicios, y treinta y seis criollas de las grandes familias del virreinato. Despus de hacer sus votos de pobreza, silencio y castidad, el nico contacto que tenan con el exterior eran las escasas visitas en un locutorio con celosas de madera por donde pasaba la voz pero no la luz. Estaba junto a la puerta del torno, y el uso era reglamentado y restringido, y siempre en presencia de una escucha. A la izquierda del jardn estaban las escuelas, los talleres de todo, con una poblacin profusa de novicias y maestras de artesanas. Estaba la casa de servicio, con una cocina enorme de fogones de lea, un mesn de carnicera y un gran horno de pan. Al fondo haba un patio siempre empantanado por las lavazas donde convivan varias familias de esclavos, y por ltimo estaban los establos, un corral de chivos, la porqueriza, el huerto y las colmenas, donde se criaba y se cultivaba cuanto haca falta para el buen vivir. Al final de todo, lo ms lejos posible y dejado de la mano de Dios, haba un pabelln solitario que durante sesenta y ocho aos sirvi de crcel a la Inquisicin, y segua sindolo para clarisas descarriadas. Fue en la ltima celda de ese rincn de olvido donde encerraron a Sierva Mara, a los Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 41 noventa y tres das de ser mordida por el perro y sin ningn sntoma de la rabia. La tornera que la haba llevado de la mano se encontr al final del corredor con una novicia que iba para las cocinas, y le pidi que la llevara con la abadesa. La novicia pens que no era prudente someter al fragor del servicio a una nia tan lnguida y bien vestida, y la dej sentada en uno de los bancos de piedra del jardn para recogerla ms tarde. Pero la olvid de regreso. Dos novicias que pasaron despus se interesaron por sus collares y sus anillos, y le preguntaron quin era. Ella no contest. Le preguntaron si saba castellano, y fue como hablarle a un muerto. Es sordomuda, dijo la novicia ms joven. O alemana, dijo la otra. La ms joven empez a tratarla como si careciera de los cinco sentidos. Le solt la trenza que tena enrollada en el cuello y la midi por cuartas. Casi cuatro, dijo, convencida de que la nia no la oa. Empez a desbaratarla, pero Sierva Mara la intimid con la mirada. La novicia se la sostuvo y le sac la lengua. Tienes los ojos del diablo, le dijo. Le quit un anillo sin resistencia, pero cuando la otra trat de arrebatarle los collares se revolvi como una vbora y le dio en la mano un mordisco instantneo y certero. La novicia corri a lavarse la sangre. Cuando cantaron la tercia Sierva Mara se haba levantado una vez para tomar agua en el estanque. Asustada, regres al banco sin beber, pero volvi cuando se dio cuenta de que eran cnticos de monjas. Quit la nata de hojas podridas con un golpe diestro de la mano, y bebi en el cuenco hasta saciarse sin apartar los gusarapos. Luego orin detrs del rbol, acuclillada y con un palo listo para defenderse de animales abusivos y hombres ponzoosos, como se lo ense Dominga de Adviento. Poco despus pasaron dos esclavas negras que reconocieron los collares de santera y le hablaron en lengua yoruba. La nia les contest entusiasmada en la misma lengua. Como nadie saba por qu estaba all, las esclavas la llevaron a la cocina tumultuosa, donde fue recibida con alborozo por la servidumbre. Alguien se fij entonces en la herida del tobillo y quiso saber qu le haba pasado. Me lo hizo madre con un cuchillo, dijo ella. A quienes le preguntaron cmo se llamaba, les dio su nombre de negra: Mara Mandinga. Recuper su mundo al instante. Ayud a degollar un chivo que se resista a morir. Le sac los ojos y le cort las criadillas, que eran las partes que ms le gustaban. Jug al dibolo con los adultos en la cocina y con los nios del patio, y les gan a todos. Cant en yoruba, en congo y en mandinga, y aun los que no entendan la escucharon absortos. Al almuerzo se comi un plato con las criadillas y los ojos del chivo, guisados en manteca de cerdo y sazonados con especias ardientes. A esa hora todo el convento saba ya que la nia estaba all, menos Josefa Miranda, la abadesa. Era una mujer enjuta y aguerrida, y con una mentalidad estrecha que le vena de familia. Se haba formado en Burgos, a 42 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios la sombra del Santo Oficio, pero el don de mando y el rigor de sus prejuicios eran de dentro y de siempre. Tena dos vicarias capaces, pero estaban de sobra, porque ella se ocupaba de todo y sin ayuda de nadie. Su rencor contra el episcopado local haba empezado casi cien aos antes de su nacimiento. La causa primera, como en los grandes pleitos de la historia, fue una divergencia mnima por asuntos de dinero y jurisdiccin entre las clarisas y el obispo franciscano. Ante la intransigencia de ste, las monjas obtuvieron el apoyo del gobierno civil, y ese fue el principio de una guerra que en algn momento lleg a ser de todos contra todos. Respaldado por otras comunidades, el obispo puso el convento en estado de sitio para rendirlo por hambre, y decret el Cessatio a Divinis. Es decir: el cese de todo servicio religioso en la ciudad hasta nueva orden. La poblacin se dividi en pedazos, y las autoridades civiles y religiosas se enfrentaron apoyadas por unos o por otros. Sin embargo, las clarisas seguan vivas y en pie de guerra al cabo de seis meses de asedio, hasta que se descubri un tnel secreto por donde las abastecan sus partidarios. Los franciscanos, esta vez con el apoyo de un nuevo gobernador, violaron la clausura de Santa Clara y dispersaron a sus monjas. Se necesitaron veinte aos para que se calmaran los nimos y se restituyera a las clarisas el convento desmantelado, pero al cabo de un siglo Josefa Miranda segua cocinndose a fuego lento en sus rencores. Los inculc en sus novicias, los cultiv en sus entraas ms que en su corazn, y encarn todas las culpas de su origen en el obispo De Cceres y Virtudes y en todo el que tuviera algo que ver con l. De modo que su reaccin era previsible, cuando le avisaron, de parte del obispo, que el marqus de Casalduero haba llevado al convento a su hija de doce aos con sntomas mortales de posesin demonaca. Slo hizo una pregunta: Pero es que existe un tal marqus? La hizo con doble veneno, porque era asunto del obispo, y porque siempre neg la legitimidad de los nobles criollos, a los cuales llamaba nobles de gotera. A la hora del almuerzo no haba podido encontrar a Sierva Mara en el convento. La tornera le haba dicho a una vicaria que un hombre de luto le entreg al amanecer una nia rubia, vestida como una reina, pero no haba averiguado nada sobre ella, porque era justo el momento en que los mendigos estaban disputndose la sopa de cazabe del domingo de ramos. Como prueba de su dicho le entreg el sombrero de cintas de colores. La vicaria se lo mostr a la abadesa cuando estaban buscando a la nia, y la abadesa no dud de quin era. Lo agarr con la punta de los dedos y lo repar a la distancia del brazo. Toda una seorita marquesa con un sombrero de maritornes, dijo. Satans sabe lo que hace. Haba pasado por ah a las nueve de la maana, camino del locutorio, y se haba demorado en el jardn discutiendo con los albailes los precios de una obra de aguas, pero no vio ala nia sentada en el banco de piedra. Tampoco la vieron otras monjas que debieron pasar por all varias veces. Las dos novicias que le quitaron el anillo juraron que no la haban visto cuando pasaron por all despus de que cantaron la tercia. La abadesa acababa de hacer la siesta cuando oy una cancin de una sola voz que llen el mbito Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 43 del convento. Tir del cordn que penda al lado de su cama, y una novicia apareci al instante en la penumbra del cuarto. La abadesa le pregunt quin cantaba con tanto dominio La nia, dijo la novicia. Todava adormilada, la abadesa murmur: Qu voz tan bella. y enseguida dio un salto: Cual nia! No s, le dijo la novicia. Una que tiene el traspatio alborotado desde esta maana. Santsimo Sacramento!, grit la abadesa. Salt de la cama. Atraves el convento a las volandas, y lleg hasta el patio de servicio guindose por la voz. Sierva Mara cantaba sentada en un banquillo, con la cabellera extendida por los suelos, en medio de la servidumbre hechizada. Tan pronto como vio a la abadesa dej de cantar. La abadesa levant el crucifijo que llevaba colgado del cuello. Ave Mara Pursima, dijo. Sin pecado concebida, dijeron todos. La abadesa blandi el crucifijo como un arma de guerra contra Sierva Mara. Vade retro, grit. Los criados retrocedieron y dejaron a la nia sola en su espacio, con la vista fija y en guardia. Engendro de Satans, grit la abadesa. Te has hecho invisible para confundirnos . No lograron que dijera una palabra. Una novicia quiso llevarla de la mano, pero la abadesa se lo impidi aterrada. No la toques, grit. y luego a todos: Nadie la toque. Terminaron por llevarla a la fuerza, pataleando y tirando al aire dentelladas de perro, hasta la ltima celda del pabelln de la crcel. En el camino se dieron cuenta de que estaba embarrada de sus excrementos, y la lavaron a baldazos en el establo. Tantos conventos en esta ciudad y el seor obispo nos manda los zurullos, protest la abadesa. La celda era amplia, de paredes speras y el techo muy alto, con nervaduras de comejn en el artesonado. Junto a la puerta nica haba una ventana de cuerpo entero con barrotes de madera torneada y los batientes atrancados con un travesao de hierro. En la pared del fondo, que daba al mar, haba otra ventana alta condenada con crucetas de madera. La cama era una base de argamasa con un colchn de lienzo relleno de paja y percudido por el uso. Haba un poyo para sentarse y una mesa de obra que serva al mismo tiempo de altar y lavatorio, bajo un crucifijo solitario clavado en la pared. All dejaron a Sierva Mara, ensopada hasta la trenza y tiritando de miedo, al cuidado de una guardiana instruida para ganar la guerra milenaria contra el demonio. Se sent en el catre, mirando los barrotes de hierro de la puerta blindada, y as la encontr la criada que le llev el platn de la merienda a las cinco de la tarde. No se inmut. La criada trat de quitarle los collares y ella la agarr por la mueca y la oblig a soltarlos. En las actas del convento que 44 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios empezaron a levantarse esa noche la criada declar que una fuerza del otro mundo la haba derribado. La nia permaneci inmvil mientras la puerta se cerr y se oyeron los ruidos de la cadena y las dos vueltas de la llave en el candado. Vio lo que haba de comer: unas piltrafas de cecina, una torta de cazabe y una jicara de chocolate. Prob el cazabe, lo mastic y lo escupi. Se acost boca arriba. Oy el resuello del mar, el viento de agua, los primeros truenos de abril cada vez ms cerca. Al amanecer del da siguiente, cuando volvi la criada con el desayuno, la encontr durmiendo sobre los matorrales de paja del colchn, que haba destripado con los dientes y las uas. Al almuerzo se dej llevar de buenos modos al refectorio de las internas sin votos de clausura. Era un saln amplio, con una bveda alta y ventanas grandes, por donde entraba a gritos la claridad del mar y se oa muy cerca el estruendo de los cantiles. Veinte novicias, jvenes la mayora, estaban sentadas frente a una doble fila de mesones bastos. Tenan hbitos de estamea ordinaria y la cabeza rapada, y eran alegres y bobaliconas, y no ocultaban la emocin de estar comiendo su pitanza de cuartel en la misma mesa de una energmena. Sierva Mara estaba sentada cerca de la puerta principal, entre dos guardianas distradas, y apenas si probaba bocado. Le haban puesto una bata igual a la de las novicias, y las chinelas todava mojadas. Nadie la mir mientras coman, pero al final varias novicias la rodearon para admirar sus abalorios. Una de ellas trat de quitrselos. Sierva Mara se encabrit. A las guardianas que trataron de someterla se las quit de encima con un empelln. Se subi en la mesa, corri de un extremo al otro gritando como una poseda verdadera en zafarrancho de abordaje. Rompi cuanto encontr a su paso, salt por la ventana y desbarat las prgolas del patio, alborot las colmenas y derrib las talanqueras de los establos y las cercas de los corrales. Las abejas se dispersaron y los animales en estampida irrumpieron aullando de pnico hasta en los dormitorios de la clausura. No ocurri nada desde entonces que no fuera atribuido al maleficio de Sierva Mara. Varias novicias declararon para las actas que volaba con unas a las transparentes que emitan un zumbido fantstico. Se necesitaron dos das y un piquete de esclavos para acorralar el ganado y pastorear las abejas hasta sus panales y poner la casa en orden. Corri el rumor de que los cerdos estaban envenenados, que las aguas causaban visiones premonitorias, que una de las gallinas espantadas se fue volando por encima de los tejados y desapareci en el horizonte del mar. Pero los terrores de las clarisas eran contradictorios, pues a pesar de los aspavientos de la abadesa y de los pavores de cada quien, la celda de Sierva Mara se convirti en el centro de la curiosidad de todas. La queda de la clausura rega desde que cantaban las vsperas, a las siete de la noche, hasta la prima para la misa de seis. Las luces se apagaban y slo permanecan las de las pocas celdas autorizadas. Sin embargo, nunca como entonces era tan agitada y libre la vida del convento. Haba un trfico de sombras por los corredores, de murmullos entrecortados y risas reprimidas. Se jugaba en las celdas menos pensadas, lo mismo con baraja espaola que Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 45 con dados cargados, y se beban licores furtivos y se fumaba tabaco liado a escondidas desde que Josefa Miranda lo prohibi dentro de la clausura. Una nia endemoniada dentro del convento tena la fascinacin de una aventura novedosa. Aun las monjas ms rgidas escapaban de la clausura despus del toque de queda, y se iban en grupos de dos o tres para hablar con Sierva Mara. Ella las recibi con las uas, pero pronto aprendi a manejarlas segn el humor de cada quien y de cada noche. Una pretensin frecuente era que les sirviera de estafeta con el diablo para pedirle favores imposibles. Sierva Mara imitaba voces de ultratumba, voces de degollados, voces de engendros satnicos, y muchas se creyeron sus picardas y las sentaron como ciertas en las actas. Una patrulla de monjas travestidas asaltaron la celda una mala noche, amordazaron a Sierva Mara y la despojaron de sus collares sagrados. Fue una victoria efmera. En las prisas de la huida, la comandante del atraco dio un traspi en las escaleras oscuras y se fractur el crneo. Sus compaeras no tuvieron un instante de paz mientras no devolvieron a su duea los collares robados. Nadie volvi a perturbar las noches de la celda. Para el marqus de Casalduero fueron das de luto. Ms haba tardado en internar a la nia que en arrepentirse de su diligencia, y sufri un pasmo de tristeza del que nunca se repuso. Merode varias horas alrededor del convento preguntndose en cul de sus ventanas incontables estaba Sierva Mara pensando en l. Cuando regres a la casa vio a Bernarda en el patio tomando el fresco de la prima noche. Lo estremeci el presagio de que iba a preguntarle por Sierva Mara, pero apenas lo mir. Solt los mastines y se acost en la hamaca de la alcoba con la ilusin de un sueo eterno. Pero no pudo. Los alisios haban pasado y era una noche ardiente. Las cinagas mandaban toda clase de sabandijas aturdidas por el bochorno y rfagas de zancudos carniceros, y haba que quemar bostas de vaca en los dormitorios para espantarlos. Las almas se hundan en el sopor. El primer aguacero del ao se esperaba entonces con tanta ansiedad como haba de rogarse seis meses despus que escampara para siempre. Apenas despunt el alba el marqus se fue a casa de Abrenuncio. No haba acabado de sentarse cuando sinti por anticipado el inmenso alivio de compartir su dolor. Fue a su asunto sin prembulos: He depositado la nia en Santa Clara. Abrenuncio no entendi, y el marqus aprovech su desconcierto para el golpe siguiente. Ser exorcizada, dijo. El mdico respir a fondo y dijo con una calma ejemplar: Cunteme todo. Entonces el marqus le cont: la visita al obispo, sus ansias de rezar, su determinacin ciega, su noche en blanco. Fue una capitulacin de cristiano viejo que no se reserv ni un secreto para su complacencia. Estoy convencido de que fue un mandato de Dios, concluy. Quiere decir que ha recuperado la fe, dijo Abrenuncio. Nunca se deja de creer por completo, dijo el marqus. La duda persiste. 46 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Abrenuncio lo entendi. Siempre haba pensado que dejar de creer causaba una cicatriz imborrable en el lugar en que estuvo la fe, y que impeda olvidarla. Lo que le pareca inconcebible era someter una hija al castigo de los exorcismos. Entre eso y las hechiceras de los negros no hay mucha diferencia, dijo. y peor an, porque los negros no pasan de sacrificar gallos a sus dioses, mientras que el Santo Oficio se complace descuartizando inocentes en el potro o asndolos vivos en espectculo pblico. La participacin de monseor Cayetano Delaura en la visita al obispo le pareci un precedente siniestro. Es un verdugo, dijo, sin ms vueltas. y se perdi en una enumeracin erudita de antiguos autos de fe contra enfermos mentales ejecutados como energmenos o herejes. Creo que matarla hubiera sido ms cristiano que enterrarla viva, concluy. El marqus se santigu. Abrenuncio lo mir, trmulo y fantasmal con sus tafetanes de duelo, y volvi a ver en sus ojos las lucirnagas de la incertidumbre que nacieron con l. Squela de ah, le dijo. Es lo que quiero desde que la vi caminando hacia el pabelln de las enterradas vivas, dijo el marqus. Pero no me siento con fuerzas para contrariar la voluntad de Dios. Pues sintase, dijo Abrenuncio. Tal vez Dios se lo agradezca algn da . Esa noche el marqus solicit una audiencia al obispo. La escribi de su puo y letra con una redaccin enmaraada y una caligrafa infantil y la entreg en persona al portero para estar seguro de que llegaba a su destino. El obispo fue notificado el lunes de que Sierva Mara estaba lista para los exorcismos. Haba terminado la merienda en su terraza de campnulas amarillas, y no le prest una atencin especial al recado. Coma poco, pero con una parsimonia que poda prolongar el ritual por tres horas. Sentado frente a l, el padre Cayetano Delaura le lea con una voz bien impostada y un estilo algo teatral. Ambas cosas convenan a los libros que l mismo elega a su gusto y criterio. El viejo palacio era demasiado grande para el obispo, que se bastaba de la sala de visitas y el dormitorio, y la terraza descubierta donde haca las siestas y coma hasta que empezaba la estacin de lluvias. En el ala opuesta estaba la biblioteca oficial que Cayetano Delaura haba fundado, enriquecido y sostenido de mano maestra, y que se tuvo en su tiempo entre las mejores de las Indias. El resto del edificio eran once aposentos clausurados, donde se acumulaban escombros de dos siglos. Salvo la monja de turno que serva la mesa, Cayetano Delaura era el nico que tena acceso a la casa del obispo durante las comidas, y no por sus privilegios personales, como se deca, sino por su dignidad de lector. No tena ningn cargo definido, ni ms ttulo que el de bibliotecario, pero se le consideraba como un vicario de hecho por su cercana del obispo, y nadie conceba que ste tomara sin l alguna determinacin de importancia. Tena su celda personal en una casa contigua que se comunicaba por dentro con el palacio, y en la cual estaban las oficinas y las habitaciones de los funcionarios de la dicesis, y las de media docena de monjas al servicio Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 47 domstico del obispo. Sin embargo, su verdadera casa era la biblioteca, donde trabajaba y lea hasta catorce horas diarias, y donde tena un catre de cuartel para dormir cuando lo sorprendiera el sueo. La novedad de aquella tarde histrica fue que Delaura haba trastabillado varias veces en la lectura. Y ms inslito an que salt una pgina por error y continu leyendo sin advertirlo. El obispo lo observ a travs de sus espejuelos mnimos de alquimista, hasta que pas a la pgina siguiente. Entonces lo interrumpi divertido: En qu piensas? Delaura se sobresalt. Debe de ser el bochorno, dijo. Por qu? El obispo sigui mirndolo a los ojos. Seguro que es algo ms que el bochorno, le dijo. y repiti en el mismo tono: En qu estabas pensando? En la nia, dijo Delaura. No hizo ninguna precisin, pues desde la visita del marqus no haba para ellos otra nia en el mundo. Haban hablado mucho de ella. Haban repasado juntos las crnicas de endemoniados y las memorias de santos exorcistas. Delaura suspir: So con ella. Cmo pudiste soar con una persona que nunca has visto?, le pregunt el obispo. Era una marquesita criolla de doce aos, con una cabellera que le arrastraba como la capa de una reina, dijo. Cmo poda ser otra? El obispo no era hombre de visiones celestiales, ni de milagros ni flagelaciones. Su reino era de este mundo. As que movi la cabeza sin conviccin, y sigui comiendo. Delaura reanud la lectura con ms cuidado. Cuando el obispo termin de comer, lo ayud asentarse en el mecedor. Ya instalado a gusto, el obispo dijo: Ahora s, cuntame el sueo. Era muy simple. Delaura haba soado que Sierva Mara estaba sentada frente a la ventana de un campo nevado, arrancando y comindose una por una las uvas de un racimo que tena en el regazo. Cada uva que arrancaba retoaba en seguida en el racimo. En el sueo era evidente que la nia llevaba muchos aos frente a aquella ventana infinita tratando de terminar el racimo, y que no tena prisa, porque saba que en la ltima uva estaba la muerte. Lo ms raro, concluy Delaura, es que la ventana por donde miraba el campo era la misma de Salamanca, aquel invierno en que nev tres das y los corderos murieron sofocados en la nieve. El obispo se impresion. Conoca y quera demasiado a Cayetano Delaura para no tomar en cuenta los enigmas de sus sueos. El lugar que ocupaba, tanto en la dicesis como en sus afectos, lo tena bien ganado por sus muchos talentos y su buena ndole. El obispo cerr los ojos para dormir los tres minutos de la siesta vespertina. Mientras tanto, Delaura comi en la misma mesa, antes de rezar juntos las oraciones de la noche. No haba acabado cuando el obispo se estir en el mecedor y tom la decisin de su vida: 48 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Hazte cargo del caso. Lo dijo sin abrir los ojos y solt un ronquido de len. Delaura acab de comer y se sent en su poltrona habitual bajo las enredaderas en flor. Entonces el obispo abri los ojos. No me has contestado, le dijo. Cre que lo haba dicho dormido, dijo Delaura. Ahora lo estoy repitiendo despierto, dijo el obispo. Te encomiendo la salud de la nia. Es lo ms raro que me haya acaecido jams, dijo Delaura. Quieres decir que no? No soy exorcista, padre mo, dijo Delaura. No tengo el carcter ni la formacin ni la informacin para pretenderlo. y adems, ya sabemos que Dios me ha asignado otro camino. As era. Por gestiones del obispo, Delaura estaba en la lista de tres candidatos al cargo de custodio del fondo sefardita en la biblioteca del Vaticano. Pero era la primera vez que se mencionaba entre ellos, aunque ambos lo saban. Con mayor razn, dijo el obispo. El caso de la nia, llevado a bien, puede ser el impulso que nos falta . Delaura era consciente de su torpeza para entenderse con mujeres. Le parecan dotadas de un uso de razn intransferible para navegar sin tropiezos por entre los azares de la realidad. La sola idea de un encuentro, aun con una criatura indefensa como Sierva Mara, le helaba el sudor de las manos. No, seor, decidi. No me siento capaz. No slo lo eres, replic el obispo, sino que tienes de sobra lo que a cualquier otro le faltara: la inspiracin . Era una palabra demasiado grande para que no fuera la ltima. Sin embargo, el obispo no lo conmin a aceptar de inmediato sino que le concedi un tiempo de reflexin, hasta despus de los duelos de la Semana Santa que empezaba aquel da. Ve a ver ala nia, le dijo. Estudia el caso a fondo y me informas . Fue as como Cayetano Alcino del Espritu Santo Delaura y Escudero, a los treinta y seis aos cumplidos, entr en la vida de Sierva Mara y en la historia de la ciudad. Haba sido alumno del obispo en su clebre ctedra de teologa de Salamanca donde se gradu con los honores ms altos de su promocin. Estaba convencido de que su padre era descendiente directo de Garcilaso de la Vega, por quien guardaba un culto casi religioso, y lo haca saber de inmediato. Su madre era una criolla de San Martn de Loba, en la provincia de Mompox, emigrada a Espaa con sus padres. Delaura no crea tener nada de ella hasta que vino al Nuevo Reino de Granada y reconoci sus nostalgias heredadas. Desde su primera conversacin con l en Salamanca, el obispo De Cceres y Virtudes se haba sentido frente a uno de esos raros valores que adornaban a la cristiandad de su tiempo. Era una helada maana de febrero, y a travs de la ventana se vean los campos nevados y al fondo la hilera de lamos en el ro. Aquel paisaje invernal haba Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 49 de ser el marco de un sueo recurrente que iba a perseguir al joven telogo por el resto de su vida. Hablaron de libros, por supuesto, y el obispo no poda creer que Delaura hubiera ledo tanto a su edad. l le habl de Garcilaso. El maestro le confes que lo conoca mal, pero lo recordaba como un poeta pagano que no mencionaba a Dios ms de dos veces en toda su obra. No tan pocas veces, dijo Delaura. Pero eso no era raro aun en los buenos catlicos del Renacimiento. El da en que l hizo sus primeros votos, el maestro le propuso que lo acompaara al reino incierto de Yucatn, donde acababa de ser nombrado obispo. A Delaura, que conoca la vida en los libros, el vasto mundo de su madre le pareca un sueo que nunca haba de ser suyo. Le costaba trabajo imaginarse el calor opresivo, el eterno tufo de carroa, las cinagas humeantes, mientras desenterraban de la nieve los corderos petrificados.AI obispo, que haba hecho las guerras de frica, le era ms fcil concebirlos. He odo decir que nuestros clrigos enloquecen de felicidad en las Indias, dijo Delaura. Y algunos se ahorcan, dijo el obispo. Es un reino amenazado por la sodoma, la idolatra y la antropofagia. Y agreg sin prejuicios: Como tierra de moros. Pero tambin pensaba que ese era su atractivo mayor. Hacan falta guerreros tan capaces de imponer los bienes de la civilizacin crstiana como de predicar en el desierto. Sin embargo, a los veintitrs aos, Delaura crea tener resuelto su camino hasta la diestra del Espritu Santo, del cual era devoto absoluto. Toda la vida so con ser bibliotecario mayor, dijo. Es para lo nico que sirvo. Haba participado en las oposiciones para un cargo en Toledo que lo pondra en el rumbo de ese sueo, y estaba seguro de alcanzarlo. Pero el maestro era obstinado. Es ms fcil llegar a santo como bibliotecario en Yucatn que como mrtir en Toledo, le dijo. Delaura replic sin humildad: Si Dios me concediera la gracia, no quisiera ser santo sino ngel . No haba acabado de pensar en la oferta de su maestro cuando fue nombrado en Toledo, pero prefiri a Yucatn. Nunca llegaron, sin embargo. Haban naufragado en el Canal de los Vientos despus de setenta das de mala mar, y fueron rescatados por un convoy maltrecho que los abandon a su suerte en Santa Mara la Antigua del Darin. All permanecieron ms de un ao, esperando los correos ilusorios de la Flota de Galeones, hasta que al obispo De Cceres lo nombraron interino en estas tierras, cuya sede estaba vacante por la muerte repentina del titular. Viendo la selva colosal de Urab desde el batel que los llevaba al nuevo destino, Delaura reconoci las nostalgias que atormentaban a su madre en los inviernos lgubres de Toledo. Los crepsculos alucinantes, los pjaros de pesadilla, las podredumbres exquisitas de los manglares le parecan recuerdos entraables de un pasado que no vivi. 50 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Slo el Espritu Santo poda arreglar tan bien las cosas para traerme a la tierra de mi madre, dijo. Doce aos despus el obispo haba renunciado al sueo de Yucatn. Haba cumplido setenta y tres bien medidos, estaba murindose de asma, y saba que nunca ms vera nevar en Salamanca. Por los das en que Sierva Mara entr en el convento tena resuelto retirarse una vez allanado para su discpulo el camino de Roma. Cayetano Delaura fue al convento de Santa Clara al da siguiente. Llevaba el hbito de lana cruda a pesar del calor, el acetre del agua bendita y un estuche con los leos sacramentales, armas primeras en la guerra contra el demonio. La abadesa no lo haba visto nunca, pero el ruido de su inteligencia y su poder haba roto el sigilo de la clausura. Cuando lo recibi en el locutorio a las seis de la maana le impresionaron sus aires de juventud, su palidez de mrtir, el metal de su voz, el enigma de su mechn blanco. Pero ninguna virtud habra bastado para hacerle olvidar que era el hombre de guerra del obispo. A Delaura, en cambio, lo nico que le llam la atencin fue el alboroto de los gallos. No son sino seis pero cantan como ciento, dijo la abadesa. Adems, un cerdo habl y una cabra pari trillizos. Y agreg con ahnco: Todo anda as desde que su obispo nos hizo el favor de mandarnos este regalo emponzoado. Igual alarma le causaba el jardn florecido con tanto mpetu que pareca contra natura. A medida que lo atravesaban le haca notar a Delaura que haba flores de tamaos y colores irreales, y algunas de olores insoportables. Todo lo cotidiano tena para ella algo de sobrenatural. A cada palabra, Delaura senta que era ms fuerte que l, y se apresur a afilar sus armas. No hemos dicho que la nia est poseda, dijo, sino que hay motivos para suponerlo. Lo que estamos viendo habla por s, dijo la abadesa. Tenga cuidado, dijo Delaura. A veces atribuimos al demonio ciertas cosas que no entendemos, sin pensar que pueden ser cosas que no entendemos de Dios. Santo Toms lo dijo ya l me atengo, dijo la abadesa: A los demonios no hay que creerles ni cuando dicen la verdad En el segundo piso empezaba el sosiego. A un lado estaban las celdas vacas cerradas con candado durante el da, y enfrente la hilera de ventanas abiertas al esplendor del mar. Las novicias no parecan distraerse de sus labores, pero en realidad estaban pendientes de la abadesa y su visitante mientras se dirigan al pabelln de la crcel. Antes de llegar al final del corredor, donde estaba la celda de Sierva Mara, pasaron por la de Martina Laborde, una antigua monja condenada a cadena perpetua por haber matado a dos compaeras suyas con un cuchillo de destazar. Nunca confes el motivo. Llevaba all once aos, y era ms conocida por sus evasiones frustradas que por su crimen. Nunca acept que estar presa de por vida fuera igual a ser monja de clausura, y era tan consecuente que se haba ofrecido para seguir cumpliendo la condena como sirvienta en el pabelln de las enterradas vivas. Su obsesin Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 51 implacable, a la que se consagr con tanto ahnco como a su fe, era la de ser libre aunque tuviera que volver a matar. Delaura no resisti la curiosidad un tanto pueril de asomarse a la celda por entre las barras de hierro de la ventanilla. Martina estaba de espaldas. Cuando se sinti mirada se volvi hacia la puerta, y Delaura padeci al instante el poder de su hechizo. Inquieta, la abadesa lo apart de la ventanilla. Tenga cuidado, le dijo. Esa criatura es capaz de todo. Tanto as?, dijo Delaura. As de tanto, dijo la abadesa. Si de m dependiera estara libre desde hace mucho tiempo. Es una causa de perturbacin demasiado grande para este convento. Cuando la guardiana abri la puerta, la celda de Sierva Mara exhal un vaho de podredumbre. La nia yaca bocarriba en la cama de piedra sin colchn, atada de pies y manos con correas de cuero. Pareca muerta, pero sus ojos tenan la luz del mar. Delaura la vio idntica a la de su sueo, y un temblor se apoder de su cuerpo y lo empap de un sudor helado. Cerr los ojos y rez en voz baja, con todo el peso de su fe, y cuando termin haba recobrado el dominio. Aunque no estuviera poseda por ningn demonio, dijo, esta pobre criatura tiene aqu el ambiente ms propicio para estarlo. La abadesa replic: Honor que no merecemos. Pues haban hecho todo para mantener la celda en el mejor estado, pero Sierva Mara generaba su propio muladar. Nuestra guerra no es contra ella sino contra los demonios que la habiten, dijo Delaura. Entr caminando en puntillas para sortear las inmundicias del piso, y asperj la celda con el hisopo del agua bendita, murmurando las frmulas rituales. La abadesa se aterroriz con los lamparones que iba dejando el agua en las paredes. Sangre!, grit. Delaura le impugn su ligereza de juicio. No porque el agua fuera roja tena que ser sangre, y aun sindolo, no tena por qu ser cosa del diablo. Ms justo sera pensar que sea un milagro, y ese poder es slo de Dios, dijo. Pero no era lo uno ni lo otro, porque al secarse en la callas manchas no eran rojas sino de un verde intenso. La abadesa enrojeci. No slo las clarisas, sino todas las mujeres de su tiempo tenan vedada cualquier clase de formacin acadmica, pero ella haba aprendido esgrima escolstica desde muy joven en su familia de telogos insignes y grandes herejes. Al menos, replic, no neguemos a los demonios el poder simple de cambiar el color de la sangre. Nada es ms til que una duda a tiempo, replic Delaura en el acto, y la mir de frente: Lea San Agustin. Muy bien ledo que lo tengo, dijo la abadesa. Pues vuelva a leerlo, dijo Delaura. 52 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Antes de ocuparse de la nia le rog de muy buen tono a la guardiana que saliera de la celda. Luego, sin la misma dulzura, le dijo a la abadesa: Usted tambin, por favor. Bajo su responsabilidad, dijo ella. El obispo es la jerarqua mxima, dijo l. No tiene que recordrmelo, dijo la abadesa, con un sesgo de sarcasmo. Ya sabemos que ustedes son los dueos de Dios. Delaura le regal el placer de la ltima palabra. Se sent en el borde de la cama y revis a la nia con el rigor de un mdico. Segua temblando, pero ya no sudaba. Vista de cerca, Sierva Mara tena rasguos y moretones, y la piel estaba en carne viva por el roce de las correas. Pero lo ms impresionante era la herida del tobillo, ardiente y supurada por la chapucera de los curanderos. Mientras la revisaba, Delaura le explic que no la haban llevado all para martirizarla, sino por la sospecha de que un demonio se le hubiera metido en el cuerpo para robarle el alma. Necesitaba su ayuda para establecer la verdad. Pero era imposible saber si ella lo escuchaba, y si comprenda que era una splica del corazn. Al trmino del examen, Delaura se hizo llevar un estuche de curaciones, pero impidi que entrara la monja boticaria. Ungi las heridas con blsamos y alivi con soplos suaves el escozor de la carne viva, admirado de la resistencia de la nia ante el dolor. Sierva Mara no contest a ninguna de sus preguntas, ni se interes por sus prdicas, ni se quej de nada. Fue un comienzo descorazonador que persigui a Delaura hasta el remanso de la biblioteca. Era el mbito ms grande de la casa del obispo, sin una sola ventana, y las paredes cubiertas por vidrieras de caoba con libros numerosos y en orden. En el centro haba un mesn con cartas de marear, un astrolabio y otras artes de navegacin, y un globo terrqueo con adiciones y enmiendas hechas a mano por cartgrafos sucesivos a medida que iba aumentando el mundo. Al fondo estaba el rstico mesn de trabajo con el tintero, el cortaplumas, las plumas de pavo criollo para escribir, el polvo de cartas y un florero con un clavel podrido. Todo el mbito estaba en penumbra, y tena el olor del papel en reposo, y la frescura y el sosiego de una floresta. Al fondo del saln, en un espacio ms reducido, haba una estantera cerrada con puertas de tablas ordinarias. Era la crcel de los libros prohibidos conforme a los espurgatorios de la Santa Inquisicin, porque trataban de materias profanas y fabulosas, y historias fingidas. Nadie tena acceso a ella, salvo Cayetano Delaura, por hacerla pontificia para explorar los abismos de las letras extraviadas. Aquel remanso de tantos aos se convirti en su infierno desde que conoci a Sierva Mara. No volvera a reunirse con sus amigos, clrigos y laicos, que compartan con l los deleites de las ideas puras, y organizaban torneos escolsticos, concursos literarios, veladas de msica. La pasin se redujo a entender las marrulleras del demonio, y a eso consagr sus lecturas y Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 53 reflexiones durante cinco das con sus noches, antes de volver al convento. El lunes, cuando el obispo lo vio salir con paso firme, le pregunt cmo se senta. Con las alas del Espritu Santo, dijo Delaura. Se haba puesto la sotana de algodn ordinario que le infunda un nimo de leador, y llevaba el alma acorazada contra el desaliento. Falta le hacan. La guardiana contest sus saludos con un gruido, Sierva Mara lo recibi con un mal ceo, y era difcil respirar en la celda por los restos de comidas viejas y excrementos regados por el suelo. En el altar, junto a la lmpara del Santsimo, estaba intacto el almuerzo del da. Delaura cogi el plato y le ofreci a la nia una cucharada de frijoles negros con la manteca cuajada. Ella lo esquiv. l insisti varias veces, y la reaccin de ella fue igual. Delaura se comi entonces la cucharada de frijoles, la sabore, y se la trag sin masticar con gestos reales de repugnancia. Tienes razn, le dijo. Esto es infame. La nia no le prest la menor atencin. Cuando le cur el tobillo inflamado se le crisp la piel y sus ojos se humedecieron. l la crey vencida, la alivi con susurros de buen pastor, y al fin se atrevi a zafarle las correas para darle una tregua al cuerpo estragado. La nia flexion los dedos varias veces para sentir que an eran suyos y estir los pies entumidos por las amarras. Entonces mir a Delaura por primera vez, lo pes, lo midi, y se le fue encima con un salto certero de animal de presa. La guardiana ayud a someterla y a amarrarla. Antes de salir, Delaura sac del bolsillo un rosario de sndalo y se lo colg a Sierva Mara encima de sus collares de santera. El obispo se alarm cuando le vio llegar con la cara araada y un mordisco en la mano que dola de slo verlo. Pero ms lo alarm la reaccin de Delaura, que mostraba sus heridas como trofeos de guerra y se burlaba del peligro de contraer la rabia. Sin embargo, el mdico del obispo le hizo una curacin severa, pues era de los que teman que el eclipse del lunes siguiente fuera el preludio de graves desastres. En cambio, Martina Laborde, la vulneraria, no hall la menor resistencia en Sierva Mara. Se haba asomado en puntillas a la celda, como al azar, y la haba visto amarrada de pies y manos en la cama. La nia se puso en guardia, y mantuvo sus ojos bajos y alerta hasta que Martina le sonri. Entonces sonri tambin y se entreg sin condiciones. Fue como si el alma de Dominga de Adviento hubiera saturado el mbito de la celda. Martina le cont quin era, y por qu estaba all para el resto de sus das, a pesar de que haba perdido la voz de tanto proclamar su inocencia. Cuando le pregunt a Sierva Mara las razones de su encierro, ella pudo decirle apenas lo que saba por su exorcista: Tengo adentro un diablo. Martina la dej en paz, pensando que menta, o que le haban mentido, sin saber que ella era una de las pocas blancas a quienes les haba dicho la verdad. Le hizo una demostracin del arte de bordar, y la nia le pidi que la 54 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios soltara para tratar de hacerla igual. Martina le mostr las tijeras que llevaba en el bolsillo de la bata con otros tiles de costura. Lo que quieres es que te suelte, le dijo. Pero te advierto que si tratas de hacerme mal tengo cmo matarte . Sierva Mara no puso en duda su determinacin. Se hizo soltar, y repiti la leccin con la facilidad y el buen odo con que aprendi a tocar la tiorba. Antes de retirarse, Martina le prometi conseguir el permiso para ver juntas, el lunes prximo, el eclipse total de sol. Al amanecer del viernes, las golondrinas se despidieron con una amplia vuelta en el cielo, y rociaron calles y tejados con una nevada de ail nauseabundo. Fue dificil comer y dormir mientras los soles del medioda no secaron el fiemo empedernido y las brisas de la noche depuraron el aire. -Pero el terror prevaleci. Nunca se haba visto que las golondrinas cagaran en pleno vuelo ni que la hedentina de su estircol estorbara para vivir. En el convento, desde luego, nadie dud de que Sierva Mara tuviera poderes bastantes para alterar las leyes de las migraciones. Delaura lo sinti hasta en la dureza del aire, el domingo despus de la misa, mientras atravesaba el jardn con una canastilla de dulces de los portales. Sierva Mara, ajena a todo, llevaba todava el rosario colgado del cuerpo, pero no le contest el saludo ni se dign mirarlo. l se sent a su lado, mastic con deleite una almojbana de la canastilla, y dijo con la boca llena: Sabe a gloria. Acerc a la boca de Sierva Mara la otra mitad de la almojbana. Ella la esquiv, pero no se volvi hacia la pared, como las otras veces, sino que le indic a Delaura que la guardiana los espiaba. l hizo un gesto enrgico con la mano hacia la puerta. Qutese de ah, orden. Cuando la guardiana se apart, la nia quiso saciar sus hambres atrasadas con la media almojabana, pero escupi el bocado. Sabe a mierda de golondrina, dijo. Sin embargo, su humor cambi. Facilit la curacin de las peladuras que le escocan la espalda, y le prest atencin a Delaura por primera vez cuando descubri que tena la mano vendada. Con una inocencia que no poda ser fingida le pregunt qu le haba pasado. Me mordi una perrita rabiosa con una cola de ms de un metro, dijo Delaura. Sierva Mara quiso ver la herida. Delaura se quit la venda, y ella toc apenas con el ndice el halo solferino de la inflamacin, como si fuera una brasa, y ri por primera vez. Soy ms mala que la peste, dijo. Delaura no le contest con los Evangelios sino con Garcilaso: Bien puedes hacer esto con quien pueda sufrirlo Se fue enardecido por la revelacin de que algo inmenso e irreparable haba empezado a ocurrir en su vida. La guardiana le record al salir, de parte de la abadesa, que estaba prohibido llevar comida de la calle por el riesgo de que alguien les mandara alimentos envenenados, como ocurri durante el asedio. Delaura le minti que haba llevado la canastilla con Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 55 licencia del obispo, y sent una protesta formal por la mala comida de las reclusas en un convento clebre por su buena cocina. Durante la cena le ley al obispo con un nimo nuevo. Lo acompa en las oraciones de la noche, como siempre, y mantuvo los ojos cerrados para pensar mejor en Sierva Mara mientras rezaba. Se retir a la biblioteca ms temprano que de costumbre, pensando en ella, y cuanto ms pensaba ms le crecan las ansias de pensar. Repiti en voz alta los sonetos de amor de Garcilaso, asustado por la sospecha de que en cada verso haba una premonicin cifrada que tena algo que ver con su vida. No logr dormir. Al alba se dobl sobre el escritorio con la frente apoyada en el libro que no ley. Desde el fondo del sueo oy los tres nocturnos de los maitines del nuevo da en el santuario vecino. Dios te salve Mara de Todos los ngeles, dijo dormido. Su propia voz lo despert de pronto, y vio a Sierva Mara con la bata de reclusa y la cabellera a fuego vivo sobre los hombros, que tir el clavel viejo y puso un ramo de gardenias recin nacidas en el florero del mesn. Delaura, con Garcilaso, le dijo de voz ardiente: Por vos nac, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero. Sierva Mara sonri sin mirarlo. l cerr los ojos para estar seguro de que no era un engao de las sombras. La visin se haba desvanecido cuando los abri, pero la biblioteca estaba saturada por el rastro de sus gardenias. 56 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios CUATRO El padre Cayetano Delaura fue invitado por el obispo a esperar el eclipse bajo la prgola de campnulas amarillas, el nico lugar de la casa que dominaba el cielo del mar. Los alcatraces inmviles en el aire con las alas abiertas parecan muertos en pleno vuelo. El obispo se abanicaba despacio, en una hamaca colgada de dos horcones con cabrestantes de barco, donde acababa de hacer la siesta. Delaura se meca a su lado en un mecedor de mimbre. Ambos estaban en estado de gracia, tomando agua de tamarindo y mirando por encima de los tejados el vasto cielo sin nubes. Poco despus de las dos empez a oscurecer, las gallinas se recogieron en las perchas y todas las estrellas se encendieron al mismo tiempo. Un escalofro sobrenatural estremeci el mundo. El obispo oy el aleteo de las palomas retrasadas buscando a tientas los palomares en la oscuridad. Dios es grande, suspir. Hasta los animales sienten . La monja de turno le llev un candil y unos vidrios ahumados para mirar el sol. El obispo se enderez en la hamaca y empez a observar el eclipse a travs del cristal. Hay que mirar con un solo ojo, dijo, tratando de dominar el silbido de su respiracin. Si no, se corre el riesgo de perder ambos . Delaura permaneci con el cristal en la mano sin mirar el eclipse. Al cabo de un largo silencio, el obispo lo rastre en la penumbra, y vio sus ojos fosforescentes ajenos por completo a los hechizos de la falsa noche. En qu piensas?, le pregunt. Delaura no contest. Vio el sol como una luna menguante que le lastim la retina a pesar del cristal Oscuro. Pero no dej de mirar. Sigues pensando en la nia, dijo el obispo. Cayetano se sobresalt, a pesar de que el obispo tena aquellos aciertos con ms frecuencia de la que hubiera sido natural. Pensaba que el vulgo puede relacionar sus males con este eclipse, dijo. El obispo sacudi la cabeza sin apartar la vista del cielo. y quin sabe si tienen razn?, dijo. Las barajas del Seor no son fciles de leer. Este fenmeno fue calculado hace milenios por los astrnomos asirios, dijo Delaura. Es una respuesta de jesuita, dijo el obispo. Cayetano sigui mirando el sol sin el cristal por simple distraccin. A las dos y doce pareca un disco negro, perfecto, y por un instante fue la media noche a pleno da. Luego el eclipse recobr su condicin terrenal, y empezaron a cantar los gallos del amanecer. Cuando Delaura dej de mirar, la medalla de fuego persista en su retina. Sigo viendo el eclipse, dijo, divertido. Adonde quiera que mire, ah est. El obispo dio el espectculo por terminado. Se te quitar dentro de unas horas, dijo. Se estir sentado en la hamaca, bostez y dio gracias al Seor por el nuevo da. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 57 Delaura no haba perdido el hilo. Con mis respetos, padre mo, dijo, no creo que esa criatura est poseda. Esta vez el obispo se alarm de veras. Por qu lo dices? Creo que slo est aterrorizada, dijo Delaura. Tenemos pruebas a manta de Dios, dijo el obispo. O es que no lees las actas? S. Delaura las haba estudiado a fondo, y eran ms tiles para conocer la mentalidad de la abadesa que el estado de Sierva Mara. Haban exorcizado los lugares donde la nia estuvo en la maana de su ingreso, y cuanto haba tocado. A quienes estuvieron en contacto con ella los haban sometido a abstinencias y depuraciones. La novicia que le rob el anillo el primer da fue condenada a trabajos forzados en el huerto. Decan que la nia se haba complacido descuartizando un chivo que degoll con sus manos, y se comi las criadillas y los ojos aliados como fuego vivo. Haca gala de un don de lenguas que le permita entenderse con los africanos de cualquier nacin, mejor que ellos mismos entre s, o con las bestias de cualquier pelaje. Al da siguiente de su llegada, las once guacamayas cautivas que adornaban el jardn desde haca veinte aos amanecieron muertas sin causa. Haba fascinado a la servidumbre con canciones demonacas que cantaba con voces distintas de la suya. Cuando supo que la abadesa la buscaba, se hizo invisible slo para ella. Sin embargo, dijo Delaura, creo que lo que nos parece demonaco son las costumbres de los negros, que la nia ha aprendido por el abandono en que la tuvieron sus padres. Cuidado!, lo alert el obispo. El Enemigo se vale mejor de nuestra inteligencia que de nuestros yerros. Pues el mejor regalo para l sera que exorcizramos una criatura sana, dijo Delaura. El obispo se encresp. Debo entender que ests en rebelda? Debe entender que mantengo mis dudas, padre mo, dijo Delaura. Pero obedezco con toda humildad . As que volvi al convento sin convencer al obispo. Llevaba en el ojo izquierdo un parche de tuerto que le haba puesto su mdico mientras se le borraba el sol impreso en la retina. Sinti las miradas que lo siguieron a lo largo del jardn y de los corredores sucesivos hasta el pabelln de la crcel, pero nadie le dirigi la palabra. En todo el mbito haba como una convalecencia del eclipse. Cuando la guardiana le abri la celda de Sierva Mara, Delaura sinti que el corazn se le reventaba en el pecho y apenas si poda tenerse en pie. Slo por sondear su humor de esa maana le pregunt a la nia si haba visto el eclipse. En efecto, lo haba visto desde la terraza. No entendi que l llevara un parche en el ojo si ella haba mirado el sol sin proteccin y estaba bien. Le cont que las monjas lo haban visto de rodillas y que el convento se 58 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios haba paralizado hasta que empezaron a cantar los gallos. Pero a ella no le haba parecido nada del otro mundo. Lo que vi es lo que se ve todas las noches, dijo. Algo haba cambiado en ella que Delaura no poda precisar, y cuyo sntoma ms visible era un timo de tristeza. No se equivoc. Apenas haban empezado las curaciones, la nia fij en l sus ojos ansiosos y le dijo con voz trmula: Me voy a morir . Delaura se estremeci. Quin te lo dijo? Martina, dijo la nia. La has visto? La nia le cont que haba ido dos veces a su celda para ensearla a bordar, y haban visto juntas el eclipse. Le dijo que era buena y suave y que la abadesa le haba dado permiso de hacer las clases de bordado en la terraza para ver los atardeceres en el mar. Aj, dijo l, sin parpadear. y te dijo cundo te vas a morir? La nia afirm con los labios apretados para no llorar. Despus del eclipse, dijo. Despus del eclipse pueden ser los prximos cien aos, dijo Delaura. Pero tuvo que concentrarse en las curaciones para que ella no notara que tena un nudo en la garganta. Sierva Mara no dijo ms. l volvi a mirarla, intrigado por su silencio, y vio que tena los ojos hmedos. Tengo miedo, dijo ella. Se derrumb en la cama y se solt en un llanto desgarrado. l se sent ms cerca y la reconfort con paliativos de confesor. Slo entonces supo Sierva Mara que Cayetano era su exorcista y no su mdico. Y entonces por qu me cura?, le pregunt. A l le tembl la voz: Porque te quiero mucho. Ella no fue sensible a su audacia. Ya de salida, Delaura se asom a la celda de Martina. Por primera vez de cerca vio que tena la piel picada de viruela, el crneo pelado, la nariz demasiado grande y los dientes de rata, pero su poder de seduccin era un fluido material que se senta de inmediato. Delaura prefiri hablar desde el umbral. Esa pobre nia tiene ya demasiados motivos para estar asustada, dijo. Le ruego que no se los aumente. Martina se desconcert. Nunca se le habra ocurrido pronosticar a nadie el da de su muerte, y mucho menos a una nia tan encantadora e indefensa. Slo la haba interrogado sobre su estado, y por tres o cuatro respuestas se dio cuenta de que menta por vicio. La seriedad con que Martina lo dijo le bast a Delaura para comprender que Sierva Mara le haba mentido tambin a l. Le pidi perdn por su ligereza, y le rog que no le hiciera ningn reclamo a la nia. Yo sabr bien lo que hago, concluy. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 59 Martina lo envolvi en su hechizo. S quin es su reverencia, dijo, y s que siempre ha sabido muy bien lo que hace. Pero Delaura llevaba un ala herida, por la comprobacin de que Sierva Mara no haba necesitado la ayuda de nadie para incubar en la soledad de su celda el pnico de la muerte. En el curso de esa semana, la madre Josefa Miranda le hizo llegar al obispo un memorial de quejas y reclamos, escrito de su puo y letra. Peda que se relevara a las clarisas de la tutela de Sierva Mara, considerada por ella como un castigo tardo por culpas ya purgadas de sobra. Enumeraba una nueva lista de sucesos fenomenales incorporados a las actas, y slo explicables por un contubernio descarado de la nia con el demonio. El final era una za personal contra ella, y del abuso de llevar comida al convento contra las prohibiciones de la regla. El obispo le mostr el memorial a Delaura tan pronto como regres a casa, y l lo ley de pie, sin que se le moviera un msculo de la cara. Termino enfurecido. Si alguien est posedo por todos los demonios es Josefa Miranda, dijo. Demonios de rencor, de intolerancia, de imbecilidad. Es detestable! El obispo se admir de su virulencia. Delaura lo not, y trat de explicarse en un tono tranquilo. Quiero decir, dijo, que le atribuye tantos poderes a las fuerzas del mal, que ms bien parece devota del demonio. Mi investidura no me permite estar de acuerdo contigo, dijo el obispo. Pero me gustara estarlo. Lo reprendi por cualquier exceso que hubiera podido cometer, y le pidi paciencia para sobrellevar el genio aciago de la abadesa. Los Evangelios estn llenos de mujeres como ella, aun con peores defectos, dijo. y sin embargo Jess las enalteci. No pudo continuar, porque el primer trueno de la estacin retumb en la casa y se escap rodando por el mar, y un aguacero bblico los apart del resto del mundo. El obispo se tendi en el mecedor y naufrag en la nostalgia. Qu lejos estamos!, suspir. De qu? De nosotros mismos, dijo el obispo Te parece justo que uno necesite hasta un ao para saber que es hurfano? y a falta de respuesta, se desahog de su aoranza: Me llena de terror la sola idea de que en Espaa hayan dormido ya esta noche. No podemos intervenir en la rotacin de la tierra, dijo Delaura. Pero podramos ignorarla para que no nos duela, dijo el obispo. Ms que la fe, lo que a Galileo le faltaba era corazn . Delaura conoca aquellas crisis que atormentaban al obispo en sus noches de lluvias tristes desde que la vejez se lo tom por asalto. Lo nico que poda hacer era distraerlo de sus bilis negras hasta que lo venciera el sueo. A fines de abril se anunci por bando la llegada inminente del nuevo virrey, don Rodrigo de Buen Lozano, de paso para su sede de Santa Fe. Vena con su squito de oidores y funcionarios, sus criados y sus mdicos personales, y un cuarteto de cuerda que le haba regalado la reina para sobrellevar los 60 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios tedios de las Indias. La virreina tena algn parentesco con la abadesa y haba pedido que la alojaran en el convento. Sierva Mara fue olvidada en medio de la abrasin de la cal viva, los vapores del alquitrn, el tormento de los martillazos y las blasfemias a gritos de las gentes de toda ley que invadieron la casa hasta la clausura. Un andamio se derrumb con un estrpito colosal, y un albail muri y siete obreros ms quedaron heridos. La abadesa atribuy el desastre a los hados malficos de Sierva Mara, y aprovech la nueva ocasin para insistir en que la mandaran a otro convento mientras pasaba el jubileo. Esta vez el argumento principal fue que la vecindad de una energmena no era recomendable para la virreina. El obispo no le contest. Don Rodrigo de Buen Lozano era un asturiano maduro y apuesto, campen de pelota vasca y de tiro a la perdiz, que compensaba con sus gracias los veintids aos que le llevaba a la esposa. Se rea con todo el cuerpo, aun de s mismo, y no perda ocasin de demostrarlo. Desde que percibi las primeras brisas del Caribe, cruzadas de tambores nocturnos y fragancias de guayabas maduras, se quit los atuendos primaverales y andaba despechugado por entre los corrillos de las seoras. Desembarc en mangas de camisa, sin discursos ni alardes de lombardas. En honor suyo se autorizaron fandangos, bundes y cumbiambas, aunque estaban prohibidos por el obispo, y corralejas de toros y peleas de gallos en descampado. La virreina era casi adolescente, activa y un poco dscola, e irrumpi en el convento como un ventarrn de novedad. No hubo rincn que no registrara, ni problema que no entendiera, ni nada bueno que no quisiera mejorar. En el recorrido del convento quera agotarlo todo con la facilidad de una primeriza. Tanto, que la abadesa crey prudente ahorrarle la mala impresin de la crcel. No vale la pena, le dijo. Slo hay dos reclusas, y una est poseda por el demonio. Bast decirlo para despertar su inters. De nada le vali que las celdas no hubieran sido preparadas ni las reclusas advertidas. Tan pronto como se abri la puerta, Martina Laborde se arroj a sus pies con una splica de perdn. No pareca fcil despus de una fuga frustrada y otra conseguida. La primera la haba intentado seis aos antes, por la terraza del mar, con otras tres monjas condenadas por distintas causas y con diversas penas. Una lo logr. Fue entonces cuando clausuraron las ventanas y fortificaron el patio bajo la terraza. El ao siguiente, las tres restantes amarraron a la guardiana, que entonces dorma dentro del pabelln, y escaparon por una puerta de servicio. La familia de Martina, de acuerdo con su confesor, la devolvi al convento. Durante cuatro aos largos sigui siendo la nica presa, y no tena derecho a visitas en el locutorio ni a la misa dominical en la capilla. De modo que el perdn pareca imposible. Sin embargo, la virreina prometi interceder ante el esposo. En la celda de Sierva Mara el aire estaba todava spero por la cal viva y los resabios del alquitrn, pero haba un orden nuevo. Tan pronto como la Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 61 guardiana abri la puerta, la virreina se sinti hechizada por un soplo glacial. Sierva Mara estaba sentada, con la tnica rada y las chinelas sucias, y cosa despacio en un rincn iluminado por su propia luz. No levant la vista hasta que la virreida la salud. sta perciba en su mirada la fuerza irresistible de una revelacin. Santsimo Sacramento, murmur, y dio un paso dentro de la celda. Cuidado, le dijo la abadesa al odo. Es como una tigra . La agarr del brazo. La virreina no entr, pero la sola visin de Sierva Mara le bast para hacerse al propsito de redimirla. El gobernador de la ciudad, que era soltero y mariposn, le ofreci al virrey un almuerzo de hombres solos. Toc el cuarteto de cuerda espaol, toc un conjunto de gaitas y tambores de San Jacinto, y se hicieron danzas pblicas y mojigangas de negros que eran parodias procaces de los bailes de blancos. A los postres, una cortina se abri en el fondo de la sala, y apareci la esclava abisinia que el gobernador haba comprado por su peso en oro. Estaba vestida con una tnica casi transparente que aumentaba el peligro de su desnudez. Despus de mostrarse de cerca a la concurrencia ordinaria se detuvo frente al virrey, y la tnica resbal por su cuerpo hasta los pies. Su perfeccin era alarmante. El hombro no haba sido profanado por el hierro de plata del traficante, ni la espalda por la inicial del primer dueo, y toda ella exhalaba un hlito confidencial. El virrey palideci, tom aliento, y con un gesto de la mano borr de su memoria la visin insoportable. Llvensela, por el amor de Nuestro Seor, orden. No quiero verla ms en el resto de mis das . Tal vez como represalia por la frivolidad del gobernador, la virreina present a Sierva Mara en la cena que la abadesa les ofreci en su comedor privado. Martina Laborde les haba advertido: No traten de quitarle los collares y las pulseras, y vern lo bien que se porta. As fue. Le pusieron el traje de la abuela con que lleg al convento, le lavaron y peinaron la cabellera suelta para que le arrastrara mejor, y la virreina misma la llev de la mano a la mesa del esposo. Hasta la abadesa qued asombrada de su prestancia, de su luz personal, del prodigio de la cabellera. La virreina murmur al odo del esposo: Est poseda por el demonio. El virrey se resisti a creerlo. Haba visto en Burgos una energmena que defec sin pausas toda una noche hasta rebosar el cuarto. Tratando de evitarle a Sierva Mara un destino semejante, la encomend a sus mdicos. Estos confirmaron que no tena ningn sntoma de la rabia, y coincidieron con Abrenuncio en que ya no era probable que la contrajera. Sin embargo, nadie se crey autorizado para dudar de que estuviera poseida por el demonio. El obispo aprovech la fiesta para reflexionar sobre el memorial de la abadesa y la situacin final de Sierva Mara. Cayetano Delaura, a su vez, intent la purificacin previa al exorcismo, y se encerr a cazabe y agua en la biblioteca. No lo consigui. Pas noches de delirio y das en vela escribiendo versos desaforados que eran su nico sedante para las ansias del cuerpo. 62 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Algunos de esos poemas se encontraron en un legajo apenas descifrable cuando la biblioteca fue desmantelada casi un siglo despus. El primero, y el nico legible por completo, era el recuerdo de s mismo a los doce aos, sentado sobre su bal de escolar bajo una tenue llovizna de primavera, en el patio empedrado del seminario de vila. Acababa de llegar despus de varios das de mula desde Toledo, con un vestido de su padre arreglado a su medida, y aquel bal que pesaba dos veces ms que l, porque su madre haba puesto dentro cuanto le hiciere falta para sobrevivir con honra hasta el final del noviciado. El portero ayud a ponerlo en el centro del patio, y all lo abandon a su suerte bajo la llovizna. Llvalo al tercer piso, le dijo. All te indicaran cul es tu lugar en el dormitorio. En un instante el seminario en pleno estaba asomado a los balcones del patio, pendiente de lo que l hara con el bal, como el protagonista nico de una obra de teatro que slo l ignoraba. Cuando comprendi que no contaba con nadie, sac del bal las cosas que poda llevar en los brazos, y las subi al tercer piso por las empinadas escaleras de piedra viva. El pasante le indic su lugar en las dos hileras de camas del dormitorio de novicios. Cayetano puso sus cosas encima de la cama, volvi al patio y subi cuatro veces ms hasta terminar. Por ltimo agarr de la manija el bal vaco y lo subi a rastras por las escaleras. Los maestros y alumnos que lo vean desde los balcones no se volvan a mirarlo cuando pasaba por cada piso. Pero el padre rector lo esper en el rellano del tercero cuando subi con el bal, e inici los aplausos. Los dems lo imitaron con una oracin. Cayetano supo entonces que haba sortear con creces el primer rito de iniciacin del seminario, que consista en subir el bal hasta el dormitorio sin preguntar nada y sin ayuda de nadie. La rispidez de su ingenio, su buena ndole y el temple su carcter fueron proclamados como ejemplo para el noviciado. Sin embargo, el recuerdo que ms haba demarcarlo fue su conversacin de esa noche en la oficina del rector. Lo haba citado para hablarle del nico libro que encontraron en su bal, descosido, incompleto y sin cartulas, tal como l lo rescat por azar de unos cajones de su padre. Lo haba ledo hasta donde pudo en las noches del viaje, estaba ansioso por conocer el final. El padre recto quera saber su opinin. Lo sabr cuando termine de leerlo, dijo l. El rector, con una sonrisa de alivio, lo guard bajo llave. No lo sabrs nunca, le dijo. Es un libro prohibido. Veintisis aos despus, en la umbra biblioteca del obispado, cay en la cuenta de que haba ledo cuantos libros pasaron por sus manos, autorizados o no, menos aqul. Lo estremeci la sensacin de que una vida completa terminaba aquel da. Otra, imprevisible, empezaba. Haba iniciado sus oraciones de la tarde, al octavo da de ayuno, cuando le anunciaron que el obispo lo esperaba en la sala para recibir al virrey. Era una visita imprevista, aun para el virrey, a quien se le ocurri a destiempo en el curso de su primer paseo por la ciudad. Tuvo que contemplar los Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 63 tejados desde la terraza florida mientras llamaban de urgencia a los funcionarios ms cercanos y ponan un poco de orden en la sala. El obispo lo recibi con seis clrigos de su estado mayor. A su diestra sent a Cayetano Delaura, a quien present sin ms ttulo que su nombre completo. Antes de empezar la charla el virrey revis con una mirada de conmiseracin las paredes descascaradas, las cortinas rotas, los muebles artesanales de los ms baratos, los clrigos empapados de sudor dentro de sus hbitos indigentes. El obispo, tocado en el orgullo, dijo: Somos hijos de Jos el carpintero. El virrey hizo un gesto de comprensin, y se lanz aun recuento de sus impresiones de la primera semana. Habl de sus planes ilusorios para incrementar el comercio con las Antillas inglesas una vez restaadas las heridas de la guerra, de los mritos de la intervencin oficial en la educacin, de estmulos a las artes y las letras para poner estos suburbios coloniales a tono con el mundo. Los tiempos son de renovacin, dijo. El obispo comprob una vez ms la facilidad del poder terrenal. Tendi hacia Delaura su ndice tembloroso, sin mirarlo, y dijo al virrey: Aqu el que se mantiene al corriente de esas novedades es el padre Cayetano El virrey sigui la direccin del ndice, y se encontr con el semblante lejano y los ojos atnitos que lo miraban sin pestaear. Le pregunt a Delaura con un inters real: Has ledo a Leibniz? ., As es, excelencia, dijo Delaura, y precis: Por la ndole de mi cargo. Al final de la visita se hizo evidente que el inters mayor del virrey era la situacin de Sierva Mara. Por ella misma, explic, y por la paz de la abadesa, cuya tribulacin lo haba conmovido. Todava carecemos de pruebas terminantes, pero las actas del convento nos dicen que esa pobre criatura est poseda por el demonio, dijo el obispo. La abadesa lo sabe mejor que nosotros. Ella piensa que habis cado en una trampa de Satans, dijo el virrey. No slo nosotros, sino la Espaa entera, dijo el obispo. Hemos atravesado el mar ocano para imponer la ley de Cristo, y lo hemos logrado en las misas, en las procesiones, en las fiestas patronales, pero no en las almas . Habl de Yucatn, donde haban construido catedrales suntuosas para ocultar las pirmides paganas, sin darse cuenta de que los aborgenes acudan a misa porque debajo de los altares de plata seguan vivos sus santuarios. Habl del batiburrillo de sangre que haban hecho desde la conquista: sangre de espaol con sangre de indios, de aquellos y estos con negros de toda laya, hasta los mandingas musulmanes, y se pregunt si semejante contubernio cabra en el reino de Dios. A pesar del estorbo de su respiracin y de su tosecita de viejo, termin sin concederle una pausa al virrey: Qu puede ser todo eso sino trampas del Enemigo? 64 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios El virrey estaba demudado. El desencanto de Su Seora Ilustrsima es de suma gravedad, dijo. No lo vea as Su Excelencia, dijo el obispo de muy buen modo. Trato de hacer ms evidente la fuerza de la fe que requerimos para que estos pueblos sean dignos de nuestra inmolacin. El virrey retom el hilo. Hasta donde entiendo, los reparos de la abadesa son de carcter prctico, dijo. Piensa que quizs otros conventos tuvieran mejores condiciones para un caso tan dificil. Pues sepa Su Excelencia que escogimos a Santa Clara sin vacilar, por la entereza, la eficacia y la autoridad de Josefa Miranda, dijo el obispo. y Dios sabe que tenemos la razn. Me permitir transmitrselo, dijo el virrey. Ella lo sabe de sobra, dijo el obispo. Lo que me inquieta es por qu no se atreve a creerlo. Al decirlo sinti pasar el aura de una crisis de asma inminente, y apresur el final de la visita. Cont que tena pendiente un memorial de cargos de la abadesa que prometa resolver con el ms ferviente amor pastoral tan pronto como la salud le diera una tregua. El virrey se lo agradeci, y puso trmino a la visita con una cortesa personal. Tambin l sufra de un asma pertinaz, y le ofreci sus mdicos al obispo. ste no lo crey del caso. Todo lo mo est ya en las manos de Dios, dijo. Tengo la edad en que muri la Virgen. Al contrario de los saludos, la despedida fue lenta y ceremoniosa. Tres de los clrigos, y entre ellos Delaura, acompaaron al virrey en silencio por los corredores lgubres hasta la puerta mayor. La guardia virreinal mantena a raya a los mendigos con una cerca de alabardas cruzadas. Antes de subir a la carroza, el virrey se volvi hacia Delaura, lo seal con su ndice inapelable, y le dijo: No dejes que me olvide de ti. Fue una frase tan imprevista y enigmtica, que Delaura slo alcanz a corresponder con una reverencia. El virrey se dirigi al convento para contarle a la abadesa los resultados de la visita. Horas despus, ya con el pie en el estribo, ya pesar del acoso de la virreina, le neg el indulto a Martina Laborde, porque le pareci un mal precedente para los muchos reos de lesa majestad humana que encontr en las crceles. El obispo haba permanecido inclinado hacia adelante, tratando de apagar los silbidos de su respiracin con los ojos cerrados, hasta que Delaura regres. Los ayudantes se haban retirado en puntillas y la sala estaba en sombras. El obispo mir en torno suyo y vio las sillas vacas alineadas contra la pared, ya Cayetano solo en la sala. Le pregunt en voz muy baja: Hemos visto jams un hombre tan bueno? Delaura respondi con un gesto ambiguo. El obispo se incorpor con un movimiento difcil y permaneci apoyado en el brazo de la poltrona hasta Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 65 que te domin la respiracin. No quiso cenar. Delaura se apresur a encender un candil para alumbrarle el camino del dormitorio. Hemos estado muy mal con el virrey, dijo el obispo. Haba alguna razn para estar bien?, pregunt Delaura. No se toca a la puerta de un obispo sin un anuncio formal. El obispo no estaba de acuerdo y se lo hizo saber con una gran vivacidad. Mi puerta es la de la Iglesia, y l se comport como un cristiano de los de antes, dijo. El impertinente fui yo por culpa de mi mal de pecho, y algo he de hacer por enmendarlo. Ya en la puerta del dormitorio haba cambiado de tono y de tema, y despidi a Delaura con una palmadita familiar en el hombro. Ruega por m esta noche, le dijo. Temo que sea muy larga. En efecto, se sinti morir con la crisis de asma que haba presentido durante la visita. Como no lo alivi un vomitivo de trtaro ni otros paliativos extremos, tuvieron que sangrarlo de urgencia. Al amanecer haba recobrado el buen nimo. Cayetano, desvelado en la biblioteca vecina, no se enter de nada. Empezaba los rezos de la maana cuando le anunciaron que el obispo lo esperaba en su dormitorio. Lo encontr desayunando en la cama con un tazn de chocolate acompaado de pan y queso, respirando como un fuelle nuevo y con el espritu exaltado. A Cayetano le bast con verlo para darse cuenta de que sus decisiones estaban tomadas. As era. Contra la solicitud de la abadesa, Sierva Mara se quedaba en Santa Clara, y el padre Cayetano Delaura segua a cargo de ella con la confianza plena del obispo. No se mantendra bajo rgimen carcelario, como hasta entonces, y deba participar de las ventajas generales de la poblacin del convento. El obispo agradeca las actas, pero su falta de rigor contrariaba la claridad del proceso, de modo que el exorcista deba proceder segn su propio criterio. Orden por ltimo que Delaura visitara al marqus en nombre suyo, con poderes para resolver cuanto hiciera falta, mientras l tena tiempo y salud para atenderlo en audiencia. No habr ninguna instruccin ms, le dijo el obispo para terminar. Que Dios te bendiga. Cayetano corri al convento con el corazn desmandado, pero no encontr a Sierva Mara en su celda. Estaba en la sala de actos, cubierta de joyas legtimas y con la cabellera extendida a sus pies, posando con su exquisita dignidad de negra para un clebre retratista del squito del virrey. Tan admirable como su belleza era el juicio con que obedeca al artista. Cayetano cay en xtasis. Sentado en la sombra y vindola a ella sin ser visto, le sobro el tiempo para borrar cualquier duda del corazn. A la hora nona el retrato estaba terminado. El pintor lo escudri a distancia, le dio dos o tres pinceladas finales, y antes de firmarlo le pidi a Sierva Mara que lo viera. Era idntica, parada en una nube, y en medio de una corte de demonios sumisos. Ella lo contempl sin prisa y se reconoci en el esplendor de sus aos. Por fin dijo: Es como un espejo. Hasta por los demonios?, pregunt el pintor. 66 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios As son, dijo ella. Terminada la pose, Cayetano la acompa hasta la celda. Nunca la haba visto caminar, y lo haca con la gracia y la facilidad con que bailaba. Nunca la haba visto con un traje distinto del balandrn de reclusa, y el vestido de reina le daba una edad y una elegancia que le revelaron hasta qu punto era ya una mujer. Nunca haban caminado juntos, y le encant el candor con que se acompaaban. La celda era distinta gracias a los dones de persuasin de los virreyes, que en la visita de despedida haban convencido a la abadesa de las buenas razones del obispo. El colchn era nuevo, las sbanas de lino y las almohadas de plumas, y haban puesto utensilios para el aseo cotidiano y el bao del cuerpo. La luz del mar entraba por la ventana sin crucetas y resplandeca en las paredes recin encaladas. Como la comida era la misma de la clausura, ya no fue necesario llevar nada de fuera, pero Delaura se las arregl siempre para pasar de contrabando algunas exquisiteces de los portales. Sierva Mara quiso compartir la merienda, y Delaura se conform con uno de los bizcochuelos que sustentaban el prestigio de las clarisas. Mientras coman, ella hizo un comentario casual: He conocido la nieve. Cayetano no se alarm. En otra poca se habl de un virrey que quiso traer la nieve de los Pirineos para que la conocieran los aborgenes, pues ignoraba que la tenamos casi dentro del mar en la Sierra Nevada de Santa Marta. Tal vez, con sus artes novedosas, don Rodrigo de Buen Lozano haba coronado la hazaa. No, dijo la nia. Fue en un sueo. Lo cont: estaba frente a una ventana donde caa una nevada intensa, mientras ella arrancaba y se coma una por una las uvas de un racimo que tena en el regazo. Delaura sinti un aletazo de pavor. Temblando ante la inminencia de la ltima respuesta, se atrevi a preguntarle: Cmo termin ? Me da miedo contrselo, dijo Sierva Mara. l no necesit ms. Cerr los ojos y rez por ella. Cuando termin era otro. No te preocupes, le dijo. Te prometo que muy pronto sers libre y feliz, por la gracia del Espritu Santo. Bernarda no se haba enterado hasta entonces de que Sierva Mara estaba en el convento. Lo supo casi por casualidad, una noche en que encontr a Dulce Olivia barriendo y ordenando la casa, y la confundi con una alucinacin de las suyas. En busca de alguna explicacin racional, se dio a registrar cuarto por cuarto, y en el recorrido cay en la cuenta de que no haba visto a Sierva Mara desde haca tiempo. Caridad del Cobre le dijo lo que saba: El seor marqus nos avis que se iba muy lejos y que no la veramos ms. Como la luz estaba encendida en el dormitorio del marido, Bernarda entr sin tocar. Estaba desvelado en la hamaca, entre el humo de las bostas que ardan a fuego lento para espantar a los mosquitos. Vio a la extraa mujer transfigurada por la bata de seda, y tambin pens que era Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 67 una aparicin, porque estaba plida y mustia, y pareca venir de muy lejos. Bernarda le pregunt por Sierva Mara. Hace das que no est con nosotros, dijo l. Ella lo entendi en el peor sentido y tuvo que sentarse en el primer silln que encontr para tomar a lento. Quiere decir que Abrenuncio hizo lo que haba que hacer, dijo. El marqus se santigu: jDios nos libre! Le cont la verdad. Tuvo el cuidado de explicarle que no la haba informado a tiempo porque quiso tratarla, de acuerdo con lo que ella quera, como si hubiera muerto. Bernarda lo escuch sin parpadear con una atencin que no le haba merecido en doce aos de mala vida comn. Saba que iba a costarme la vida, dijo el marqus, pero en pago de la de ella. Bernarda suspir: Quiere decir que ahora nuestra vergenza es de dominio pblico. Vio en los prpados del marido el destello de una lgrima, y un temblor le subi de las entraas. Esta vez no era la muerte sino la certidumbre ineludible de lo que tarde o temprano tena que suceder. No se equivoc. El marqus se levant de la hamaca con sus ltimas fuerzas, se derrumb frente a ella y se solt en un llanto spero de viejo inservible. Bernarda capitul por el fuego de las lgrimas de hombre que se escurrieron por sus ingles a travs de la seda. Confes, con todo lo que odiaba a Sierva Mara, que era un alivio saber que estaba viva. Siempre he entendido todo, menos la muerte, dijo. Volvi a encerrarse en su cuarto, a melaza y cacao, y cuando sali al cabo de dos semanas era un cadver errante. El marqus haba notado trajines de viaje desde muy temprano, y no les prest atencin. Antes que calentara el sol vio salir a Bernarda por el portn del patio en una mula mansa, y seguida por otra con el equipaje. Muchas veces se haba ido as, sin muleros ni esclavos, sin despedirse de nadie ni dar razones de nada. Pero el marqus supo que aquella vez se iba para no volver, porque adems del bal de siempre llevaba las dos mcuras repletas de oro puro que tuvo enterradas durante aos debajo de la cama. Tirado a la bartola en la hamaca, el marqus recay en el terror de que lo acuchillaran los esclavos, y les prohibi entrar en la casa aun durante el da. As que cuando Cayetano Delaura fue a visitarlo por orden del obispo, tuvo que empujar el portn y entrar sin ser invitado, porque nadie respondi a los aldabonazos. Los mastines se alborotaron en sus jaulas, pero l sigui adelante. En el huerto, con la chilaba sarracena y el gorro toledano, el marqus haca la siesta en la hamaca, cubierto por completo por los azahares de los naranjos. Delaura lo contempl sin despertarlo, y fue como ver a Sierva Mara decrpita y hecha trizas por la soledad. El marqus despert, y tard en reconocerlo por el parche en el ojo. Delaura levant la mano con los dedos extendidos en seal de paz. Dios lo guarde, seor marqus, dijo. Cmo est? Aqu, dijo el marqus. Pudrindome. 68 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Apart con una mano lnguida las telaraas de la siesta y se sent en la hamaca. Cayetano se excus por entrar sin ser invitado. El marqus le explic que nadie haca caso del aldabn porque se haba perdido la costumbre de recibir visitas. Delaura habl en tono solemne: El seor obispo, muy atareado y mal del asma, me manda en representacin suya. Una vez cumplido el protocolo inicial, se sent junto a la hamaca y fue al asunto que le abrasaba las entraas. Quiero informarle que me ha sido encomendada la salud espiritual de su hija, dijo. El marqus lo agradeci y quiso saber cmo estaba. Bien, dijo Delaura, pero quiero ayudarla a que est mejor. Explic el sentido y el mtodo de los exorcismos. Le habl de la potestad que dio Jess a sus discpulos para expulsar de los cuerpos los espritus inmundos, y sanar enfermedades y flaquezas. Le cont la leccin evanglica de Legin y los dos mil cerdos endemoniados. Sin embargo, lo primordial era establecer si Sierva Mara estaba en realidad poseda. l no lo crea, pero requera la ayuda del marqus para disipar cualquier duda. Ante todo, dijo, quera saber cmo era la hija antes de entrar en el convento. No lo s, dijo el marqus. Siento que la conozco menos cuanto ms la conozco. Lo atormentaba la culpa de haberla abandonado a su suerte en el patio de los esclavos. A eso atribua sus silencios, que podan durar meses; las explosiones de violencia irracional, la astucia con que se burlaba de la madre colgndoles a los gatos el cencerro que ella le pona en el puo. La mayor dificultad para conocerla era su vicio de mentir por placer. Como los negros, dijo Delaura. Los negros nos mienten a nosotros, pero no entre ellos, dijo el marqus. En el dormitorio, Delaura separ con una sola mirada lo que fue la profusa utilera de la abuela y los objetos nuevos de Sierva Mara: las muecas vivas, las bailarinas de cuerda, las cajas de msica. Sobre la cama, tal como la hizo el marqus, segua la maletita con que la llev al convento. La tiorba cubierta de polvo estaba de cualquier modo en un rincn. El marqus explic que era un instrumento italiano cado en desuso, y magnific las facultades de la nia para tocarla. Empez afinndola por distraccin, y no slo termin tocndola de buena memoria, sino cantando la cancin que cantaba con Sierva Mara. Fue un instante revelador. La msica le dijo a Delaura lo que el marqus no haba acertado a decirle de la hija. ste, a su vez, se conmovi tanto que no pudo terminar la cancin. Suspir: No se imagina lo bien que le quedaba el sombrero. Delaura se contagi de su emocin. Veo que la quiere mucho, le dijo. No se imagina cunto, dijo el marqus.Dara el alma por verla . Delaura sinti una vez ms que el Espritu Santo no se saltaba el mnimo detalle. Nada ser ms fcil, dijo, si podemos demostrar que no est poseda Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 69 Hable con Abrenuncio, dijo el marqus. Desde el principio ha dicho que Sierva esta sana, pero slo l puede explicarlo. Delaura vio su encrucijada. Abrenuncio poda serle providencial, pero hablar con l poda tener implicaciones indeseables. El marqus pareci leerle el pensamiento. Es un gran hombre, dijo. Delaura hizo un gesto significativo con la cabeza. Conozco los expedientes del Santo Oficio, dijo. Cualquier sacrificio ser poco para recuperarla, insisti el marqus. y como Delaura no daba muestras de nada, concluy: Se lo ruego por el amor de Dios. Delaura, con una grieta en el corazn, le dijo: Le suplico que no me haga sufrir ms. El marqus no insisti. Cogi la maletita sobre la cama y le pidi a Delaura que se la llevara a la hija. Al menos sabr que pienso en ella, le dijo. Delaura huy sin despedirse. Protegi la maletita bajo la capa y se envolvi en ella, porque llova a mares. Tard en darse cuenta de que su voz interior iba repitiendo versos sueltos de la cancin de la tiorba. Empez a cantarla en voz alta, azotado por la lluvia, y la repiti de memoria hasta el final. En el barrio de los artesanos dobl a la izquierda de la ermita, todava cantando, y toc a la puerta de Abrenuncio. Al cabo de un largo silencio, se oyeron los pasos cojitrancos, y la voz medio dormida: Quin es! La ley, dijo Delaura. Fue lo nico que se le ocurri para no gritar el nombre. Abrenuncio abri el portn creyendo que en verdad era gente del gobierno, y no lo reconoci. Soy el bibliotecario de la dicesis, dijo Delaura. El mdico le franque el paso en el zagun en penumbra, y lo ayud a quitarse la capa ensopada. En su estilo propio le pregunt en latn: En qu batalla perdi ese ojo? Delaura le cont en su latn clsico el percance del eclipse, y se extendi en detalles sobre la persistencia del mal, aunque el mdico del obispo le haba asegurado que el parche era infalible. Pero Abrenuncio slo le puso atencin a la pureza de su latn. Es de una perfeccin absoluta, dijo asombrado. De dnde es? De vila, dijo Delaura. Pues ms meritorio an, dijo Abrenuncio. Le hizo quitar la sotana y las sandalias, las puso a escurrir, y le ech encima su capa de liberto sobre las calzas atascadas. Luego le quit el parche y lo tir en el cajn de la basura. Lo nico malo de ese ojo es que ve ms de lo que debe, dijo. Delaura estaba pendiente de la cantidad de libros apelmazados en la sala. Abrenuncio lo not, y lo condujo a la botica, donde haba muchos ms en estantes altos hasta el techo. Espritu Santo!, exclam Delaura. Esto es la biblioteca del Petrarca. Con unos doscientos libros ms, dijo Abrenuncio. 70 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Lo dej curiosear a gusto. Haba ejemplares nicos que podan costar la crcel en Espaa. Delaura los reconoca, los hojeaba engolosinado y los repona en los estantes con el dolor de su alma. En posicin privilegiada, con el eterno Fray Gerundio, encontr a Voltaire completo en francs, y una traduccin al latn de las Cartas Filosficas. Voltaire en latn es casi una hereja, dijo en broma. Abrenuncio le cont que era traducido por un monje de Coimbra que se daba el lujo de hacer libros raros para solaz de peregrinos. Mientras Delaura lo hojeaba, el mdico le pregunt si saba francs. No lo hablo, pero lo leo, dijo Delaura en latn, y agreg sin falsos pudores: y adems griego, ingls, italiano, portugus y un poco de alemn. Se lo pregunto por lo que dijo de Voltaire, dijo Abrenuncio. Es una prosa perfecta. Y la que ms nos duele, dijo Delaura. Lstima que sea de un francs. Usted lo dice por ser espaol,dijo Abrenuncio. A mi edad, y con tantas sangres cruzadas, ya no s a ciencia cierta de dnde soy, dijo Delaura. Ni quin soy. Nadie lo sabe por estos reinos, dijo Abrenuncio. Y creo que necesitarn siglos para saberlo. Delaura conversaba sin interrumpir el examen de la biblioteca. De pronto, como le ocurra a menudo, se acord del libro que le confisc el rector del seminario a los doce aos, y del cual recordaba slo un episodio que haba repetido a lo largo de la vida a quien pudiera ayudarlo. Recuerda el ttulo?, pregunt Abrenuncio. Nunca lo supe, dijo Delaura. y dara cualquier cosa por conocer el final. Sin anuncirselo, el mdico le puso enfrente un libro que l reconoci al primer golpe de vista. Era una antigua edicin sevillana de Los cuatro libros del Amads de Gaula. Delaura lo revis, trmulo, y se dio cuenta de que estaba a punto de ser insalvable. Al fin se atrevi: Sabe que ste es un libro prohibido? Como las mejores novelas de estos siglos, dijo Abrenuncio. Y en lugar de ellas ya no se imprimen sino tratados para hombres doctos. Qu leeran los pobres de hoy si no leyeran a escondidas las novelas de caballera? Hay otras, dijo Delaura. Cien ejemplares de la edicin prncipe del Quijote se leyeron aqu el mismo ao en que fueron impresos. Se leyeron no, dijo Abrenuncio. Pasaron por la aduana hacia los distintos reinos. Delaura no le puso atencin, porque haba logrado identificar el precioso ejemplar del Amads de Gaula. Este libro desapareci hace nueve aos del captulo secreto de nuestra biblioteca y nunca le hallamos el rastro, dijo. Deb imaginrmelo, dijo Abrenuncio. Pero hay otros motivos para considerarlo un ejemplar histrico: circul durante ms de un ao de mano en mano, por lo menos entre once personas, y por lo menos tres murieron. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 71 Estoy seguro de que fueron vctimas de algn efluvio ignoto, Mi deber sera denunciarlo al Santo Oficio, dijo Delaura. Abrenuncio lo tom en broma: He dicho una hereja? Lo digo por haber tenido aqu un libro prohibido y ajeno, y no haberlo denunciado. Ese y muchos otros, dijo Abrenuncio, sealando con un amplio crculo del ndice sus anaqueles atestados. Pero si fuera por eso usted habra venido hace tiempo, y yo no le hubiera abierto la puerta. Se volvi hacia l, y concluy de buen talante: En cambio, me alegro de que haya venido ahora, por el placer de verlo aqu. El marqus, ansioso por la suerte de su hija, me sugiri que viniera, dijo Delaura. Abrenuncio lo hizo sentar frente a l, y ambos se abandonaron al vicio de la conversacin, mientras una tormenta apocalptica convulsionaba el mar. El mdico hizo una exposicin inteligente y erudita de la rabia desde el origen de la humanidad, de sus estragos impunes, de la incapacidad milenaria de la ciencia mdica para impedirlos. Dio ejemplos lamentables de cmo se la haba confundido desde siempre con la posesin demonaca, al igual que ciertas formas de locura y otros trastornos del espritu. En cuanto a Sierva Mara, al cabo de casi ciento cincuenta das no pareca probable que la contrajera. El nico riesgo vigente, concluy Abrenuncio, era que muriera como tantos otros por la crueldad de los exorcismos. La ltima frase le pareci a Delaura una exageracin propia de la medicina medieval, pero no la discuti, porque serva bien a sus indicios teolgicos de que la nia no estaba poseda. Dijo que los tres idiomas africanos de Sierva Mara, tan diferentes del espaol y el portugus, no tenan ni mucho menos la carga satnica que les atribuan en el convento. Haba numerosos testimonios de que tena una fuerza fisica notable, pero no haba ninguno de que fuera un poder sobrenatural. Tampoco se le haba probado ningn acto de levitacin o adivinacin del futuro, dos fenmenos que por cierto servan tambin como pruebas secundarias de santidad. Sin embargo, Delaura haba procurado el apoyo de cofrades insignes, y aun de otras comunidades, y ninguno se haba atrevido a pronunciarse contra las actas del convento ni a contrariar la credulidad popular. Pero era consciente de que ni sus criterios ni los de Abrenuncio convenceran a nadie, y mucho menos los dos juntos. Seramos usted y yo contra todos, dijo. Por eso me sorprendi que viniera, dijo Abrenuncio. No soy ms que una pieza codiciada en el coto de caza del Santo Oficio. La verdad es que ni siquiera s a ciencia cierta por qu he venido, dijo Delaura. A no ser que esa criatura me haya sido impuesta por el Espritu Santo para probar la fortaleza de mi fe. 72 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Le bast con decirlo para liberarse del nudo de suspiros que lo oprima. Abrenuncio lo mir a los ojos, hasta el fondo del alma, y se dio cuenta de que estaba a punto de llorar. No se atormente en vano, le dijo con un tono sedante. Tal vez slo haya venido porque necesitaba hablar de ella . Delaura se sinti desnudo. Se levant, busc los rumbos de la puerta, y no escap en estampida porque estaba a medio vestir. Abrenuncio lo ayud a ponerse la ropa todava mojada, mientras trataba de demorarlo para seguir la charla. Con usted conversara sin parar hasta el siglo venturo, le dijo. Trat de retenerlo con un frasquito de un colirio transparente para curar la persistencia del eclipse en su ojo. Lo hizo regresar de la puerta para buscar la maletita que haba olvidado en algn lugar de la casa. Pero Delaura pareca presa de un dolor mortal. Agradeci la tarde, la ayuda mdica, el colirio, pero lo nico que concedi fue la promesa de volver otro da con ms tiempo. No poda soportar el apremio de ver a Sierva Mara. Apenas si advirti, ya en la puerta, que era noche cerrada. Haba escampado, pero los albaales estaban rebosados por la tormenta, y Delaura se ech por el medio de la calle con el agua a los tobillos. La tornera del convento trat de cerrarle el paso por la proximidad de la queda. l la hizo a un lado : Orden del seor obispo. Sierva Mara se despert asustada y no lo reconoci en las tinieblas. l no supo cmo explicarle por qu iba a una hora tan distinta y agarr al vuelo el pretexto: Tu padre quiere verte. La nia reconoci la maletita, y la cara se le reencendi de furia. Pero yo no quiero, dijo. l, desconcertado, le pregunt por qu Porque no, dijo ella. Prefiero morirme. Delaura trat de zafarle la correa del tobillo sano creyendo que la complaca. Djeme, dijo ella. No me toque. l no le hizo caso, y la nia le solt una rfaga de escupitajos en la cara. l se mantuvo firme, y le ofreci la otra mejilla. Sierva Mara sigui escupindolo. l volvi a cambiar la mejilla, embriagado por la vaharada de placer prohibido que le subi de las entraas. Cerr los ojos y rez con el alma mientras ella segua escupindolo, ms feroz cuanto ms gozaba l, hasta que se dio cuenta de la inutilidad de su rabia. Entonces Delaura asisti al espectculo pavoroso de una verdadera energmena. La cabellera de Sierva Mara se encresp con vida propia como las serpientes de la Medusa, y de la boca sali una baba verde y un sartal de improperios en lenguas de idlatras. Delaura blandi su crucifijo, lo acerc a la cara de ella, y grit aterrado: Sal de ah, quienquiera que seas, bestia de los infiernos. Sus gritos atizaron los de la nia, que estaba a punto de romper las hebillas de .las correas. La guardiana acudi asustada y trat de someterla, pero slo Martina lo consigui con sus maneras celestiales. Delaura huy. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 73 El obispo estaba inquieto de que no hubiera llegado a la lectura de la cena. Se dio cuenta de que flotaba en una nube personal donde nada de este mundo ni del otro le importaba, como no fuera la imagen terrorfica de Sierva Mara envilecida por el diablo. Huy a la biblioteca pero no pudo leer. Rez con la fe exacerbada, cant la cancin de la tiorba, llor con lgrimas de aceite ardiente que le abrasaron las entraas. Abri la maletita de Sierva Mara y puso las cosas una por una sobre la mesa. Las conoci, las oli con un deseo vido del cuerpo, las am, y habl con ellas en hexmetros obscenos, hasta que no pudo ms. Entonces se desnud el torso, sac de la gaveta del mesn de trabajo la disciplina de hierro que nunca se haba atrevido a tocar, y empez a flagelarse con un odio insaciable que no haba de darle tregua hasta extirpar en sus entraas hasta el ltimo vestigio de Sierva Mara. El obispo, que haba quedado pendiente de l, lo encontr revolcndose en un lodazal de sangre y de lgrimas. Es el demonio, padre mo, le dijo Delaura. El ms terrible de todos. 74 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios CINCO El obispo lo llam a captulo en su oficina y escuch sin contemplaciones su confesin descarnada y completa, consciente de que no estaba oficiando un sacramento sino una diligencia judicial. La nica debilidad que tuvo con l fue mantener en secreto su verdadera falta, pero lo despoj de sus encomiendas y privilegios sin ninguna explicacin pblica, y lo mand a servir de enfermero de leprosos en el hospital del Amor de Dios. l suplic el consuelo de decir la misa de cinco para los leprosos, y el obispo se lo concedi. Se arrodill con una sensacin de alivio profundo, y rezaron juntos un Padre Nuestro. El obispo lo bendijo y lo ayud a incorporarse. Que Dios se apiade de ti, le dijo. Y lo borr de su corazn. Aun despus de que Cayetano haba empezado a cumplir la condena, altos dignatarios de la dicesis intercedieron a su favor, pero el obispo fue inquebrantable. Descart la teora de que los exorcistas terminan posedos por los mismos demonios que quieren conjurar. Su argumento final fue que Delaura no se haba concretado a enfrentarlos con la autoridad inapelable de Cristo, sino que incurri en la impertinencia de discutir con ellos sobre asuntos de fe. Fue eso, dijo el obispo, lo que comprometi su alma y lo puso al borde de la hereja. Sorprendi ms, sin embargo, que el obispo hubiera sido tan severo con su hombre de confianza por una culpa que mereca a duras penas una penitencia de velas verdes. Martina se haba hecho cargo de Sierva Mara con una devocin ejemplar. Tambin ella estaba atribulada por la negativa del indulto, pero la nia no lo advirti hasta una tarde de bordado en la terraza, cuando alz la vista y la vio baada en lgrimas. Martina no le ocult su desesperacin: Prefiero estar muerta a seguir murindome en este encierro. Su nica esperanza, dijo, eran los tratos de Sierva Mara con sus demonios. Quera saber quines eran, cmo eran, cmo negociar con ellos. La nia enumer seis, y Martina identific a uno como un demonio africano que alguna vez haba hostigado la casa de sus padres. Una nueva ilusin la anim. Quisiera hablar con l, dijo. y precis el mensaje: A cambio de mi alma. Sierva Mara se regode en la picarda. No tiene habla, dijo. Uno lo mira a la cara y ya sabe lo que dice. Con toda seriedad le prometi avisarle para que se viera con l en la siguiente visitacin. Cayetano, por su parte, se haba sometido con humildad a las condiciones infames del hospital. Los leprosos, en estado de muerte legal, dorman por los suelos en barracas de palma con pisos de tierra aplanada. Muchos se arrastraban como mejor podan. Los martes, da de curacin general, eran agotadores. Cayetano se impuso el sacrificio purificador de lavar los cuerpos menos vlidos en las artesas del establo. En esas estaba el primer martes de la penitencia, con la dignidad sacerdotal reducida al burdo camisn de enfermero, cuando apareci Abrenuncio en el alazn que le regal el marqus. Cmo va ese ojo?, le pregunt. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 75 Cayetano no le dio pie para hablar de su desgracia o condolerse de su estado. Le agradeci el colirio que, en efecto, le haba borrado de la retina la imagen del eclipse. No tiene nada que agradecerme, le dijo Abrenuncio. Le di lo mejor que conocemos para el deslumbramiento solar: gotas de agua lluvia. Lo invit a que lo visitara. Cayetano le explic que no poda salir a la calle sin licencia. Abrenuncio no le dio importancia. Si usted conoce las ir debilidades de estos reinos, sabr que las leyes no se cumplen por ms de tres das, le dijo. Puso la biblioteca a su disposicin para que continuara sus estudios mientras le hacan justicia. Cayetano lo oy, con inters pero sin ninguna, ilusin. . Ah le dejo esa angustia, concluyo Abrenuncio espoleando el caballo. Ninguno de ellos puede haber hecho un talento como el suyo para malbaratarlo trafricando mulatos. El martes siguiente le llev de regalo el tomo de las Cartas Filosficas en latn. Cayetano lo hoje, lo olfate por dentro, calcul su valor. Cuanto ms lo apreciaba menos entenda a Abrenuncio. Quisiera saber por qu me complace tanto, le dijo. Porque los ateos no acertamos a vivir sin los clrigos, dijo Abrenuncio. Los pacientes nos encomiendan sus cuerpos, pero no sus almas, y andamos como el diablo, tratando de disputrselas a Dios. Eso no va con sus creencias, dijo Cayetano. Ni yo mismo s cules son, dijo Abrenuncio. El Santo Oficio lo sabe, dijo Cayetano. Al contrario de lo que pudiera pensarse, aquel dardo entusiasm a Abrenuncio. Venga a casa y lo discutimos despacio, dijo. No duermo ms de dos horas por noche, y siempre a retazos, as que cualquier momento ser bueno. Espole el caballo y se fue. Cayetano aprendi pronto que un poder grande no se pierde a medias. Las mismas personas que antes lo cortejaban por su privanza le sacaban el cuerpo como a un leproso. Sus amigos de las artes y las letras mundanas se hicieron de lado para no tropezar con el Santo Oficio. Pero a l le daba lo mismo. No tena ms corazn que para Sierva Mara, y aun as no le bastaba. Estaba convencido de que no habra ocanos ni montaas, ni leyes de la tierra o el cielo, ni poder del infierno que pudieran apartarlos. Una noche, por una inspiracin desmesurada, escap del hospital para colarse de cualquier modo en el convento. Haba cuatro puertas. La principal, que era la del torno; otra de igual tamao del lado del mar, y dos pequeas de servicio. Las dos primeras eran infranqueables. A Cayetano le fue fcil identificar desde la playa la ventana de Sierva Mara en el pabelln de la crcel, por ser la nica que ya no estaba condenada. Revis el edificio palmo a palmo desde la calle buscando en vano una brecha mnima por donde escalarlo. Estaba apunto de rendirse cuando record el tnel por donde la poblacin abasteca el convento durante el Cessatio a Divinis. Los tneles, de cuarteles o de conventos, eran muy de la poca. Haba no menos de seis conocidos en la ciudad, y otros se fueron descubriendo en el curso de los aos con sus 76 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios arandelas de folletn. Un leproso que haba sido sepulturero le revel a Cayetano cul era el que buscaba; un albaal en desuso que comunicaba el convento con un solar vecino donde el siglo anterior estuvo el cementerio de las primeras clarisas. Sala justo debajo del pabelln de la crcel, y frente a un muro alto y spero que pareca inaccesible. Sin embargo, Cayetano consigui escalarlo al cabo de muchos intentos frustrados, como crea conseguirlo todo por el poder de la oracin. El pabelln era un remanso en la madrugada. Seguro de que la vigilante dorma fuera, slo se cuid de Martina Laborde, que roncaba con la puerta entreabierta. Hasta ese momento lo haba tenido en vilo la tensin de la aventura, pero cuando se vio frente a la celda, con el candado abierto en la argolla, el corazn se le sali de quicio. Empuj la puerta con la punta de .los dedos, dej de vivir mientras dur el chillido de los goznes, y vio a Sierva Mara dormida a la luz de la veladora del Santsimo. Ella abri los ojos de pronto, pero se demor para reconocerlo con el camisn de lienzo de los enfermeros de leprosos. El le mostr las uas ensangrentadas. Escal la tapia, le dijo sin voz. Sierva Mara no se conmovi. Para qu, dijo. Para verte, dijo l. No supo qu ms decir, aturdido por el temblor de las manos y las grietas de la voz. Vyase, dijo Sierva Mara. l neg con la cabeza varias veces por miedo de que le fallara la voz. Vyase, repiti ella. O me pongo a gritar. l estaba entonces tan cerca que poda sentir su aliento virgen. As me maten no me voy, dijo. Y de pronto se sinti del otro lado del terror, y agreg con voz firme: De modo que si vas a gritar puedes empezar ya . Ella se mordi los labios. Cayetano se sent en la cama y le hizo el relato minucioso de su castigo, pero no le dijo las razones. Ella entendi ms de lo que l era capaz de decir. Lo mir sin recelos y le pregunt por qu no tena el parche en el ojo. Ya no me hace falta, dijo l, alentado. Ahora cierro los ojos y veo una cabellera como un ro de oro. Se fue al cabo de dos horas, feliz, porque Sierva Mara acept que volviera, siempre que le llevara sus dulces favoritos de los portales. Lleg tan temprano la noche siguiente que an haba vida en el convento, y ella tena el candil encendido para terminar el bordado de Martina. La tercera noche llev mechas y aceite para alimentar la luz. La cuarta noche, sbado, estuvo varias horas ayudndola a espulgarse de los piojos que haban vuelto a proliferar en el encierro. Cuando la cabellera qued limpia y peinada, l sinti una vez ms el sudor glacial de la tentacin. Se acost junto a Sierva Mara con la respiracin desacordada y se encontr con sus ojos difanos a un palmo de los suyos. Ambos se aturdieron. l, rezando de miedo, le sostuvo la mirada. Ella se atrevi a hablar: Cuntos aos tiene? Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 77 Cumpl treinta y seis en marzo, dijo l. Ella lo escudri. Ya es un viejecito, le dijo con un punto de burla. Se fij en los surcos de su frente, y agreg con toda la inclemencia de su edad: Un viejecito arrugado. El lo tom con buen nimo. Sierva Mara le pregunt por qu tena un mechn blanco. Es un lunar, dijo l. De afeite, dijo ella. De natura, dijo l. Tambin mi madre lo tuvo. Hasta entonces no haba dejado de mirarla a los ojos y ella no daba muestras de rendirse. l suspir hondo, y recit: Oh dulces prendas por m mal halladas . Ella no entendi. Es un verso del abuelo de mi tatarabuela, le explic l. Escribi tres glogas, dos elegas, cinco canciones y cuarenta sonetos. Y la mayora por una portuguesa sm mayores gracias que nunca fue suya, primero porque l era casado, y despus porque ella se cas con otro y muri antes que l. Tambin era fraile? Soldado, dijo l. Algo se movi en el corazn de Sierva Mara, pues quiso oir el verso de nuevo. l lo repiti, y esta vez sigui de largo, con voz intensa y bien articulada, hasta el ltimo de los cuarenta sonetos del caballero de amor y de armas, don Garcilaso de la Vega, muerto en la flor de la edad por una pedrada de guerra. Cuando termin, Cayetano tom la mano de Sierva Mara y la puso sobre su corazn. Ella sinti dentro el fragor de su tormenta. Siempre estoy as, dijo l, y sin darle tiempo al pnico se liber de la materia turbia que le impeda vivir. Le confes que no tena un instante sin pensar en ella, que cuanto coma y beba tena el sabor de ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes, como slo Dios tena el derecho y el poder de serIo, y que el gozo supremo de su corazn sera morirse con ella. Sigui hablndole sin mirarla, con la misma fluidez y el calor con que recitaba, hasta que tuvo la impresin de que Sierva Mara se haba dormido. Pero estaba despierta, fijos en l sus ojos de cierva azorada. Apenas se atrevi a preguntar: Y ahora? Ahora nada, dijo l. Me basta con que lo sepas. No pudo seguir. Llorando en silencio pas su brazo por debajo de la cabeza de ella para que le sirviera de almohada, y ella se enrosc en su costado. Permanecieron as, sin dormir, sin hablar, hasta que empezaron a cantar los gallos, y l tuvo que apurarse para llegar a tiempo a la misa de cinco. Antes que se fuera, Sierva Mara le regal el precioso collar de Odda: dieciocho pulgadas de cuentas de nacar y coral. El pnico haba sido reemplazado por la zozobra del corazn. Delaura no tena sosiego, haca las cosas de cualquier modo, flotaba, hasta la hora feliz en que hua del hospital para ver a Sierva Mara. Llegaba jadeando a la celda ensopado por las lluvias perpetuas, y ella lo esperaba con tal ansiedad que la sola sonrisa de l le devolva el aliento. Una noche fue ella quien tom la iniciativa con los versos 78 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios que aprenda de tanto orlos. Cuando me paro a contemplar mi estado ya ver los pasos por donde me has trado, recit. y pregunt con picarda: Cmo sigue? Yo acabar, que me entregu sin arte a quien sabr perderme y acabarme, dijo l. Ella lo repiti con la misma ternura, y continuaron as hasta el final del libro, saltando versos, pervirtiendo y tergiversando los sonetos por conveniencia, jugueteando con ellos a su antojo con un dominio de dueos. Se durmieron de cansancio. La guardiana entr con el desayuno a las cinco, en medio de la algazara de los gallos, y ambos despertaron asustados. Se les par la vida. La vigilante puso el desayuno en la mesa, hizo una inspeccin de rutina con el farol, y sali sin ver a Cayetano en la cama. Lucifer es un bicho, se burl l cuando recobr el aire. Tambin a m me ha vuelto invisible. Sierva Mara tuvo que refinar su astucia para que la vigilante no volviera a entrar en la celda aquel da. Tarde en la noche, despus de una jornada entera de retozos, se sentan amados desde siempre. Cayetano, entre broma y de veras, se atrevi a zafarle a Sierva Mara el cordn del corpio. Ella se protegi el .pecho con las dos manos, y hubo un destello de furia en sus ojos y una rfaga de rubor le encendi la frente. Cayetano le agarr las manos con el pulgar y el ndice, como si estuvieran a fuego vivo, y se las apart del pecho. Ella trat de resistir, y l le opuso una fuerza tierna pero resuelta. Repite conmigo, le dijo: En fin a vuestras manos he venido. Ella obedeci. Do s que he de morir, prosigui l, mientras le abra el corpio con sus dedos helados. Ella lo repiti casi sin voz, temblando de miedo: Para que slo en m fuese probado cunto corta una espada en un rendido. Entonces la bes en los labios por primera vez. El cuerpo de Sierva Mara se estremeci con un quejido, solt una tenue brisa de mar y se abandon a su suerte. l se pase por su piel con la yema de los dedos, sin tocarla apenas, y vivi por primera vez el prodigio de sentirse en otro cuerpo. Una voz interior le hizo ver qu lejos haba estado del diablo en sus insomnios de latn y griego, en los xtasis de la fe, en los yermos de la pureza, mientras ella conviva con todas las potencias del amor libre en las barracas de los esclavos. Se dej guiar por ella, tanteando en las tinieblas, pero se arrepinti en el ltimo instante y se desbarranc en un cataclismo moral. Permaneci bocarriba con los ojos cerrados. Sierva Mara se asust de su silencio y su quietud de muerte, y lo toc con un dedo. Qu le pasa?, le pregunt. Djame ahora, murmur l. Estoy rezando. En los das siguientes slo tuvieron instantes de sosiego mientras estaban juntos. No se saciaron de hablar de los dolores del amor. Se agotaban a besos, declamaban llorando a lgrima viva versos de enamorados, se cantaban al odo, se revolcaban en cenagales de deseo hasta el lmite de sus fuerzas; exhaustos pero vrgenes. Pues l haba decidido mantener su voto hasta recibir el sacramento, y ella lo comparti. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 79 En las pausas de la pasin intercambiaron pruebas excesivas. l le dijo que sera capaz de cualquier cosa por ella. Sierva Mara le pidi con una crueldad infantil que se comiera por ella una cucaracha. l la atrap antes de que ella pudiera impedirlo, y se la comi viva. En otros desafos vesnicos l le pregunt si se cortara la trenza por l, y ella dijo que s, pero le advirti en broma o en serio que en ese caso tendra que casarse con ella para cumplir la condicin de la manda. l llev a la celda un cuchillo de cocina,y le dijo: Veamos si es cierto. Ella se volvi de espaldas para que l pudiera cortar de raz. Lo inst: Atrvase. No se atrevi. Das despus, ella le pregunt si se dejara degollar como un chivo. l dijo que s con firmeza. Ella sac el cuchillo y se dispuso a probarlo. l salt de terror con el escalofro final. T no, dijo. T no. Ella, muerta de risa, quiso saber por qu, y l le dijo la verdad: Porque t s te atreves. En los remansos de la pasin empezaron a disfrutar tambin de los tedios del amor cotidiano. Ella mantena la celda limpia y en orden para cuando l llegaba con la naturalidad del marido que volva a casa. Cayetano la enseaba a leer y escribir y la iniciaba en el culto de la poesa y la devocin del Espritu Santo, a la espera del da feliz en que fueran libres y casados. Al amanecer del 27 de abril, Sierva Mara empezaba a dormirse despus que Cayetano abandon la celda, cuando entraron a buscarla sin anuncio para iniciar los exorcismos. Fue el ritual de un condenado a muerte. La llevaron a rastras al abrevadero, la lavaron a baldazos, la despojaron a tirones de sus collares y le pusieron el camisn brutal de los herejes. Una monja de jardinera le cort la cabellera hasta la altura de la nuca con cuatro mordiscos de unas cizallas de podar, y la arroj a la hoguera encendida en el patio. La monja peluquera acab de tundirle los cabos del tamao de media pulgada, como lo usaban las clarisas debajo del velo, y fue echndolos al fuego a medida que los cortaba. Sierva Mara vio la deflagracin dorada y oy la crepitacin de la lea virgen y sinti el tufo acre de cuerno quemado sin que se le moviera un msculo de su rostro de piedra. Por ltimo le pusieron una , camisa de fuerza, la taparon con un trapo fnebre y dos esclavos la llevaron a la capilla en una parihuela de soldados. El obispo haba convocado al Cabildo Eclesistico, compuesto por prebendados esclarecidos, y estos haban escogido a cuatro de los suyos para que lo asistieran en el procedimiento de Sierva Mara. En un ltimo acto de afirmacin el obispo se sobrepuso a las miserias de su salud. Dispuso que la ceremonia no fuera en la catedral, como en otras ocasiones memorables, sino en la capilla del convento de Santa Clara, y asumi en persona la ejecucin del exorcismo. Las clarisas encabezadas por la abadesa estuvieron en el coro desde antes de los maitines, y all los cantaron con acompaamiento de rgano, conmovidas por la solemnidad del da que despuntaba. Enseguida entraron los prelados del Cabildo Eclesistico, los prebostes de tres rdenes y los principales del Santo Oficio. Aparte de estos ltimos, no haba ni 80 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios habra ningn civil. El obispo entr el ltimo en atuendo de gran ceremonia, llevado en andas por cuatro esclavos y con un aura de afliccin inconsolable. Se sent frente al altar mayor,junto al catafalco de mrmol de los funerales grandiosos, en una poltrona giratoria que le facilitaba el manejo del cuerpo. A las seis en punto, los dos esclavos llevaron a Sierva Mara en la parihuela, con la camisa de fuerza y todava tapada con el pao morado. El calor se hizo insoportable durante la misa cantada. Los bajos del rgano retumbaban en el artesonado, y apenas si dejaban grietas para las voces inspidas de las clarisas invisibles detrs de las celosas del coro. Los dos esclavos medio desnudos que haban llevado la parihuela de Sierva Mara permanecieron en guardia junto a ella. La descubrieron al final de la misa y la dejaron tendida como una princesa muerta sobre el catafalco de mrmol. Los esclavos del obispo lo pusieron junto a ella en la poltrona, y los dejaron solos en un amplio espacio frente al altar mayor. Lo que sigui fue una tensin invivible y un silencio absoluto que parecan el preludio de algn prodigio celestial. Un aclito puso al alcance del obispo el acetre del agua bendita. l agarr el hisopo como un mazo de guerra, se inclin sobre Sierva Mara, y la asperj a lo largo del cuerpo murmurando una oracin. De pronto profiri el conjuro que estremeci los fundamentos de la capilla. Quienquiera que seas, grit. Por orden de Cristo, Dios y Seor de todo lo visible y lo invisible, de todo lo que es, lo que fue y lo que ha de ser, abandona ese cuerpo redimido por el bautismo vuelve a las tinieblas. Sierva Mara, fuera de s por el terror, grit tambin. El obispo aument la voz para acallarla, pero ella grit ms. El obispo aspir a fondo y volvi a abrir la boca para continuar el conjuro, pero el aire se le muri dentro del pecho y no pudo expulsarlo. Se derrumb de bruces, boqueando como un pescado en tierra, y la ceremonia termin con un estrpito colosal. Cayetano encontr aquella noche a Sierva Mara tiritando de fiebre dentro de la camisa de fuerza. Lo que ms lo indign fue el escarnio del crneo pelado. Dios del cielo, murmur con una rabia sorda, mientras la liberaba de las correas. Cmo es posible que permitas este crimen. Tan pronto como qued libre, Sierva Mara le salt al cuello, y permanecieron abrazados sin hablar mientras ella lloraba. l la dej desahogarse. Luego le levant la cara y le dijo: No ms lgrimas. Y enlaz con Garcilaso : Bastan las que por vos tengo lloradas. Sierva Mara le cont la terrible experiencia de la capilla. Le habl del estruendo de los coros que parecan de guerra, de los gritos alucinados del obispo, de su aliento abrasador, de sus hermosos ojos verdes enardecidos por la conmocin. Era como el diablo, dijo. Cayetano trat de calmarla. Le asegur que a pesar de su corpulencia titnica, su voz tormentosa y sus mtodos marciales, el obispo era un hombre bueno y sabio. As que el pavor de Sierva Mara era comprensible, pero no corra ningn riesgo. Lo que quiero es morirme, dijo ella. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 81 Te sientes furiosa y derrotada, como me siento yo por no poder ayudarte, dijo l. Pero Dios ha de gratificarnos en el da de la resurreccin. Se quit el collar de Odda que Sierva Mara le haba regalado, y se lo puso a ella a falta de los suyos. Se tendieron en la cama, uno al lado del otro, y compartieron sus rencores, mientras el mundo se apagaba y slo iba quedando el cositeo del comejn en el artesonado. La fiebre cedi. Cayetano habl en las tinieblas. En el Apocalipsis est anunciado un da que no amanecer nunca, dijo. Quiera Dios que sea hoy. Sierva Mara habra dormido una hora desde que se fue Cayetano, cuando un ruido nuevo la despert. Frente a ella, acompaado por la abadesa, estaba un sacerdote viejo de talla imponente, de piel parda atesada por el salitre, con la testa de crines paradas, las cejas agrestes, las manos montaraces, y unos ojos que invitaban a la confianza. Antes de que Sierva Mara acabara de despertar, el sacerdote le dijo en lengua yoruba: Te traigo tus collares . Los sac del bolsillo, tal como la ecnoma del convento se los haba devuelto por exigencia suya. A medida que se los colgaba en el cuello a Sierva Mara los iba enumerando y definiendo en lenguas africanas: el rojo y blanco del amor y la sangre de Chang, el rojo y negro de la vida y la muerte de Eleggu, las siete cuentas de agua y azul plido de Yemay. l se paseaba con tacto sutil del yoruba al congo y del congo al mandinga, y ella lo segua con gracia y fluidez. Si al final pas al castellano fue slo por consideracin con la abadesa, incrdula de que Sierva Mara fuera capaz de tanta dulzura. Era el padre Toms de Aquino de Narvez, antiguo fiscal del Santo Oficio en Sevilla y prroco del barrio de los esclavos, escogido por el obispo para sustituirlo en los exorcismos por sus impedimentos de salud. Su historial de hombre duro no dejaba dudas. Haba llevado a la hoguera a once herejes,judos y mahometanos, pero su crdito se fundaba sobre todo en las almas numerosas que haba logrado arrebatarles a los demonios ms astutos de Andaluca. Era fino de gustos y maneras con la diccin dulce de los canarios. Haba nacido aqu, hijo de un procurador del rey que se cas con su esclava cuarterona, y haba hecho su noviciado en el seminario local una vez demostrada la limpieza de su linaje por cuatro generaciones de blancos. Sus buenas calificaciones le merecieron el doctorado en Sevilla, donde vivi y predic hasta sus cincuenta aos. De regreso a la tierra haba pedido la parroquia ms humilde, se apasion por las religiones y las lenguas africanas, y vivi como otro esclavo entre los esclavos. Nadie pareca mejor hecho para entenderse con Sierva Mara y enfrentarse con ms razn a sus demonios. Sierva Mara lo reconoci al instante como un arcngel de salvacin, y no se equivoc. En presencia de ella desarticul los argumentos de las actas y le demostr a la abadesa que ninguno de ellos era terminante. Le ense que los demonios de Amrica eran los mismos de 82 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Europa, pero su advocacin y su conducta eran distintas. Le explic las cuatro reglas de uso para reconocer la posesin demonaca y le hizo ver qu fcil resultaba al demonio servirse de ellas para que se creyera lo contrario. Se despidi de Sierva Mara con un pellizco de cario en la mejilla. Duerme tranquila, le dijo. Con peores enemigos me las he visto . La abadesa qued tan bien dispuesta, que lo invit al clebre chocolate perfumado de las clarisas, con las galletitas de ans y los prodigios de repostera reservados a los elegidos. Mientras lo tomaban en el refectorio privado, l imparti sus instrucciones para los pasos siguientes. La abadesa las acat complacida. No tengo ningn inters en que a esa infeliz le vaya bien o mal, dijo. Lo que le ruego a Dios es que salga cuanto antes de este convento. El padre le prometi que pondra la mayor diligencia para que fuera asunto de das, ojal de horas. Al despedirse en el locutorio, ambos complacidos, ni el uno ni el otro poda imaginarse que nunca ms volveran a verse. As fue. El padre Aquino, como lo llamaban sus feligreses, se fue caminando hasta su iglesia, pues haca tiempo que rezaba poco y lo compensaba ante Dios reviviendo cada da el martirio de sus nostalgias. Se demor en los portales, aturdido por los pregones de los vendedores de todo, a la espera de que bajara el sol para atravesar el barrizal del puerto. Compr los dulces ms baratos y una fraccin de la lotera de los pobres con la ilusin incorregible de ganrsela para restaurar su templo perdulario. Se entretuvo una media hora conversando con las matronas negras, sentadas como dolos monumentales frente a las baratijas de artesana expuestas en el suelo sobre esteras de yute. Hacia las cinco cruz el puente levadizo de Getseman, donde acababan de colgar el cadver de un perro gordo y siniestro para que se supiera que haba muerto de rabia. El aire tena el olor a rosas de principios de mayo, y el cielo era el ms difano del mundo El barrio de los esclavos, al borde mismo de la marisma, estremeca por su miseria. En las barracas de arcilla con techos de palma se conviva con los gallinazos y los cerdos, y los nios beban del pantano de las calles. Sin embargo, era el barrio ms alegre, de colores intensos y voces radiantes, y ms al atardecer, cuando sacaban las sillas para gozar de la fresca en mitad de la calle. El prroco reparti los dulces entre los nios de la marisma, y se qued con tres para su cena. El templo era un rancho de bahareque y techo de palma amarga con una cruz de palo en el caballete. Tena escaos de tablones macizos, un solo altar con un solo santo y un plpito de madera donde el prroco predicaba los domingos en lenguas africanas. La casa cural era una prolongacin de la iglesia por detrs del altar mayor, donde el prroco viva en condiciones mnimas en un cuarto con una cama de viento y una silla rstica. Al fondo haba un patiecito pedregoso y una prgola de parras con racimos pasmados, y una cerca de espinas que lo separaba de la marisma. La nica agua de beber era la de un aljibe de argamasa en un rincn del patio. Un sacristn viejo y una nia hurfana de catorce aos, ambos mandingas conversos, eran los ayudantes en la iglesia y en la casa, pero no hacan falta despus del rosario. Antes de cerrar la puerta, el prroco se comi los tres Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 83 ltimos dulces con un vaso de agua, y se despidi de los vecinos sentados en la calle con su frmula de rutina en castellano: Buenas y santas noches os depare Dios a todos. A las cuatro de la maana el sacristn que viva, a una cuadra de la iglesia dio los primeros toques para la misa nica. Antes de las cinco, en vista de que el padre se demoraba, fue a buscarlo en su cuarto. No estaba. Tampoco lo encontr en el patio. Sigui buscndolo en los alrededores, porque a veces se iba a conversar desde muy temprano en los patios vecinos. No lo encontr. A los pocos feligreses que acudieron les anunci que no haba misa porque no encontraban al prroco. A las ocho, ya con el sol caliente, la nia del servicio fue a sacar agua del aljibe, y all estaba el padre Aquino, flotando bocarriba con las calzas que se, dejaba puestas para dormir. Fue una muerte triste y sentida, y un misterio que nunca se esclareci, y que la abadesa proclam como la prueba terminante de la inquina del demonio contra su convento. La noticia no lleg hasta la celda de Sierva Mara, que se qued esperando al padre Aquino con una ilusin inocente. No supo explicarle a Cayetano quin era, pero le transmiti su gratitud por la devolucin de los collares y la promesa de rescatarla. Hasta entonces les haba parecido a ambos que el amor les bastaba para ser felices. Fue Sierva Mara quien se dio cuenta, desengaada por el padre Aquino, de que la libertad dependa slo de ellos mismos. Una madrugada, despus de largas horas de besos, le suplic a Delaura que no se fuera. l lo tom a la ligera y se despidi con un beso ms. Ella salt de la cama y se abri de brazos en la puerta. O no se va o me voy yo tambin. Le haba dicho a Cayetano en alguna ocasin que le hubiera gustado refugiarse con l en San Basilio de Palenque, un pueblo de esclavos fugitivos a doce leguas de aqu, donde sera recibida sin duda como una reina. A Cayetano le pareci una idea providencial, pero no la vincul con la fuga. Confiaba ms bien en formalismos legales. En que el marqus recobrara a su hija con la comprobacin indiscutible de que no estaba poseda, y en obtener el perdn y la licencia de su obispo para integrarse a una comunidad civil donde las bodas de clrigos o de monjas fueran tan frecuentes que no escandalizaran a nadie. De modo que cuando Sierva Mara lo puso en la encrucijada de quedarse o llevrsela, Delaura trat de distraerla una vez ms. Ella se le colg del cuello y lo amenaz con gritar. Estaba amaneciendo. Asustado, Delaura logr liberarse con un empelln, y escap en el momento en que empezaban los maitines. La reaccin de Sierva Mara fue feroz. Por cualquier contrariedad banal le ara la cara a la guardiana, se encerr con tranca y amenaz con prenderle fuego a la celda e incinerarse en ella si no la dejaban irse. La guardiana, fuera de s por la cara ensangrentada, le grit: Atrvete, bestia de Belzeb. 84 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios Como nica rplica, Sierva Mara le prendi fuego al colchn con la lmpara del Santsimo. La intervencin de Martina con sus modos sedantes impidi la tragedia. De todos modos, la guardiana pidi en el informe de aquel da que la nia fuera trasladada a una celda mejor protegida en el pabelln de la clausura. La ansiedad de Sierva Mara apresur la de Cayetano por encontrar un recurso inmediato distinto de la fuga. Trat de ver en dos ocasiones al marqus, y en ambas fue impedido por los mastines, que encontr sueltos y de su cuenta en la casa sin dueo. La verdad era que el marqus n volvera a estar all. Vencido por sus miedos interminables, haba tratado de refugiarse al amparo de Dulce Olivia, y ella no le dio puertas. La haba llamado por todos los medios desde que le empezaron las soledades, y slo haba recibido respuestas de burlas en pajaritas de papel. De pronto apareci sin ser llamada y sin anunciarse. Haba barrido y compuesto la cocina, inservible por falta de uso, y la marmita borboritaba a fuego alegre en la hornilla. Estaba vestida de domingo con volantes de organza, y acicalada con afeites y blsamos de moda, y lo nico que tena de loca era un sombrero de grandes alas con peces y pjaros de trapo. Te agradezco que hayas venido, le dijo el marqus. Me senta muy solo. y termin con un lamento: He perdido a Sierva. Es culpa tuya, dijo ella sin darle importancia. Hiciste todo para que se perdiera. La cena era un ajiaco al modo criollo, con tres carnes y lo ms escogido de la huerta. Dulce Olivia lo sirvi con unas maneras de seora de casa que le iban muy bien a su atuendo. Los perros bravos la seguan acezantes, se le enredaban entre las piernas, y ella los entretena con susurros de novia. Se sent a la mesa frente al marqus, como podran haber estado cuando eran jvenes y no le teman al amor, y comieron en silencio, sin mirarse, sudando a raudales y tomando la sopa con un desinters de matrimonio viejo. Despus del primer plato, Dulce Olivia hizo una tregua para suspirar, y tom conciencia de sus aos As hubiramos sido, dijo. El marqus se contagi de su crudeza. La vio gorda y envejecida, con dos dientes menos, y los ojos marchitos. As hubieran sido, quizs, si l hubiera tenido el coraje de contrariar a su padre. Tal pareces en tu sano juicio, le dijo. Siempre lo he estado, dijo ella. Fuiste t el que no me vio nunca como era . Yo te distingu entre la montonera cuando todas eran jvenes y bellas y era difcil distinguir a la mejor, dijo l. Me distingu yo misma para ti, dijo ella. T no. Siempre fuiste como ahora: un pobre diablo. Me insultas en mi propia casa, dijo l. La inminencia del altercado entusiasm a Dulce Olivia. Es tan ma como tuya, dijo. Como es ma la nia aunque la haya parido una perra.Y sin dar tiempo a la rplica, concluy: Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 85 Y lo peor son las malas manos en que la has dejado. En las manos de Dios, dijo l. Dulce Olivia grit enfurecida: . En las del hijo del obispo, que la tiene emputecida y empreada . Si te muerdes la lengua te envenenas!, grit el marqus, escandalizado. Sagunta aumenta pero no miente, dijo Dulce Olivia. Y no intentes humillarme, que ya slo te quedo yo para empolvarte la cara cuando te mueras. Era el final de siempre. Sus lgrimas empezaron a caer en el plato como goterones de sopa. Los perros se haban dormido, pero los despert la tensin del pleito y alzaron las cabezas alertas y grueron con la garganta. El marqus sinti que le faltaba el aire. Ya ves, dijo furioso, es as como hubiramos sido. Ella se levant sin terminar. Quit la mesa, lav los platos y las cazuelas con una rabia srdida, y a medida que los lavaba iba rompindolos en el fregadero. l la dej llorar, hasta que vaci los escombros de la vajilla como una avalancha de granizo en el cajn de la basura. Se fue sin despedirse. El marqus no supo nunca, ni lo supo nadie, en qu momento Dulce Olivia haba dejado de ser ella, y slo segua siendo una aparicin en las noches de la casa. El infundio de que Cayetano Delaura era hijo del obispo haba sustituido al ms antiguo de que eran amantes desde Salamanca. La versin de Dulce Olivia, confirmada y pervertida por Sagunta, deca en efecto que Sierva Mara estaba secuestrada en el convento para saciar los apetitos satnicos de Cayetano Delaura, y que haba concebido un hijo de dos cabezas. Sus saturnales, deca Sagunta, haban contaminado a la comunidad enera de las clarisas. El marqus no se repuso jams. Tantaleando en el tremedal de la memoria busc un refugio contra el terror, y slo encontr el recuerdo de Bernarda enaltecido por la soledad. Trat de conjurarlo con las cosas que ms odiaba de ella, sus vientos ftidos, sus repostadas rspidas, sus juanetes de gallo, y cuanto ms quera envilecerla ms se la idealizaban los recuerdos. Derrotado por la aoranza le mand recados de tanteos al trapiche de Mahates donde la supona desde que se fue, y all estaba. Le mand razn de que olvidara sus rencores y regresara a casa, para que ambos tuvieran al menos con quin morir. Ante la falta de respuesta, se fue a buscarla. Tuvo que remontar los afluentes de la memoria. La hacienda que haba sido la mejor del virreinato, estaba reducida a la nada. Era imposible distinguir el camino entre la maleza. Del ingenio solo quedaban los escombros, las mquinas carcomidas por el xido, las osamentas de los dos ltimos bueyes todava uncidas al brazo del trapiche. El pozo de los suspiros era lo nico que pareca con vida a la sombra de los totumos. Antes de divisar la casa entre las breas calcinadas de los caaverales, el marqus percibi el perfume de los jabones de Bernarda, que haba terminado por ser su olor natural, y se dio cuenta de cun ansioso estaba por verla. En la baranda del prtico, sentada en un mecedor y comiendo cacao con la mirada inmvil en el horizonte, all estaba. Tena una 86 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios saya de algodn rosado y el cabello todava hmedo por el bao reciente en el pozo de los suspiros. El marqus la salud antes de subir los tres escalones del portal: Buenas tardes. Bernarda le contest sin mirarlo, como si el saludo hubiera sido de nadie. El marqus subi a la baranda, y desde all recorri el horizonte completo con una mirada continua por encima de la maleza. Hasta donde alcanzaba la vista no haba sino monte salvaje y slo los totumos del pozo. Qu se ha hecho la gente?, pregunt. Bernarda, igual que su padre, volvi a contestarle sin mirarlo. Se han ido todos, dijo. No hay un ser vivo en cien leguas a la redonda . l entr en busca de un asiento. La casa estaba desportillada, y unos arbustos de florecitas moradas despuntaban por entre los ladrillos del piso. En el comedor estaba la mesa antigua con las mismas sillas carcomidas por el comejn, el reloj parado en una hora de quin saba cundo, y todo en un aire de un polvo invisible que se senta al respirar. El marqus se llev una de las sillas, se sent junto a Bernarda, y le dijo en voz muy baja: He venido por usted. Bernarda no se inmut, pero hizo con la cabeza una afirmacin apenas perceptible. l le cont su estado: la casa solitaria, los esclavos agazapados detrs de los arbustos con los cuchillos listos, las noches interminables. Aquello no es vida, dijo Nunca lo ha sido, dijo ella. Tal vez pudiera serlo, dijo l. No me dira tal cosa si de veras supiera cunto lo odio, dijo ella. Tambin yo he credo siempre que la odio, dijo l, y ahora me sucede que no lo s a ciencia cierta . Bernarda le abri entonces sus entraas para que l se viera dentro a la luz del da. Le cont cmo fue que su padre la mand con el pretexto de los arenques y los encurtidos, cmo lo engaaron con el truco viejo de la lectura de la mano, cmo acordaron que ella lo violara cuando l se haca el desentendido, y cmo haban planeado la maniobra fra y certera de concebir a Sierva Mara para atraparlo de por vida. Lo nico que l deba agradecerle era que no hubiera tenido corazn para el ltimo acto acordado con su padre, que era echarle un chorro de ludano en la sopa para no tener que sufrirlo. Yo misma me puse la soga al cuello, dijo. Pero no me arrepiento. Era demasiado esperar que adems de todo tuviera que amar a esa pobre sietemesina, o a usted, que ha sido la causa de mis desgracias . Con todo, el ltimo peldao de su degradacin haba sido la prdida de Judas Iscariote. Buscndolo en otros se haba entregado a la fornicacin sin freno con los esclavos del trapiche, que era lo que ms asco le daba antes de atreverse la primera vez. Los escoga en cuadrillas y los despachaba en fila india en la guardarraya de los platanales hasta que la miel fermentada y las tabletas de cacao resquebrajaron sus encantos, y se volvi hinchada y fea, y los nimos no le alcanzaron para tanto cuerpo. Entonces empez a pagar. Primero con oropeles a los ms jvenes, segn la belleza y el calibre, y al final en oro puro con los que pudiera. Tard demasiado en descubrir que Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 87 escapaban en masa a San Basilio de Palenque para ponerse a salvo de su hambrina insaciable. Entonces supe que hubiera sido capaz de matarlos a machetazos, dijo, sin una lgrima. y no slo a ellos sino tambin a usted y a la nia, y al baratero de mi padre, y a todo el que se haba cagado en mi vida. Pero ya no era nadie para matar a nadie. Permanecieron en silencio viendo el atardecer sobre las breas. Un tropel de animales remotos se oy en el horizonte, y una voz de mujer inconsolable los llam por sus nombres, uno por uno, hasta que se hizo noche. El marqus suspir: Ya veo que no tengo nada que agradecerle. Se levant sin prisas, volvi a poner la silla en su lugar, y se fue por donde haba venido, sin despedirse y sin una luz. Lo nico que se encontr de l, dos veranos ms tarde, en una vereda sin rumbo, fue la osamenta carcomida por los gallinazos. Martina Laborde haba hecho aquel da una sesin de bordado que dur la maana entera para terminar una labor atrasada. Almorz en la celda de Sierva Mara, y luego fue a la suya para hacer la siesta. Por la tarde, ya en las ltimas puntadas, le habl con una rara tristeza. Si alguna vez sales de este encierro, o si salgo primero, acurdate siempre de m, le dijo. Ha de ser mi nica gloria. Sierva Mara no lo entendi hasta el da siguiente, cuando la guardiana la despert a gritos porque Martina no amaneci en su celda. Haban registrado a fondo el convento y no hallaron ni un rastro. La nica noticia que se tuvo de ella fue un papel escrito con su letra florida que Sierva Mara encontr debajo de la almohada: Rezar tres veces al da porque seais muy felices. Estaba todava aturdida por la sorpresa, cuando entr la abadesa con la vicaria y otras reverendas de infantera, y con una patrulla de guardias armados de mosquetes. Tendi una mano colrica para tocar a Sierva Mara, y le grit: Eres cmplice y sers castigada. La nia levant la mano libre con una determinacin que paraliz a la abadesa en su sitio. Los vi salir, dijo. La abadesa qued atnita. No estaba sola? Eran seis, dijo Sierva Mara. No pareca posible, y menos an que salieran por la terraza, cuya nica va de escape era el patio fortificado. Tenan alas de murcilago, dijo Sierva Mara aleteando con los brazos. Las abrieron en la terraza, y se la llevaron volando, volando, hasta el otro lado del mar. El capitn de la patrulla se santigu espantado y cay de rodillas. Ave Mara Pursima, dijo. Sin pecado original concebida, dijeron a coro. Fue una fuga perfecta, planeada por Martina en sus mnimos detalles con un sigilo absoluto, desde que descubri que Cayetano pasaba las noches en el 88 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios convento. Lo nico que no previ, o que no le import, fue que deba cerrar desde dentro la entrada del albaal para evitar cualquier sospecha. Los investigadores de la fuga lo encontraron abierto, lo exploraron, descubrieron la verdad, y lo tapiaron de inmediato por sus dos extremos. Sierva Mara fue mudada a la fuerza a una celda con candado en el pabelln de las enterradas vivas. Esa noche, bajo una luna esplndida, Cayetano se rompi los puos tratando de derribar la tapia del tnel. Arrebatado por una fuerza demente corri en busca del marqus. Empuj el portn sin tocar y entr en la casa desierta, cuya luz de dentro era la misma de la calle, porque los muros de cal parecan transparentes por la claridad de la luna. La limpieza, el orden de los muebles, las flores de los canteros, todo era perfecto en la casa abandonada. El quejido de los goznes haba alborotado a los mastines, pero Dulce Olivia los call en seco con una orden marcial. Cayetano la vio en las sombras verdes del patio, hermosa y fosforescente. con la tnica de marquesa y el cabello adornado de camelias vivas de olores frenticos y alz la mano con la cruz del ndice y el pulgar. En el nombre de Dios: quin eres?, pregunt. Un nima en pena, dijo ella. Y usted? Soy Cayetano Delaura, dijo l, y vengo a rogarle de rodillas al seor marqus que me escuche un instante. Los ojos de Dulce Olivia centellearon de furia. El seor marqus no tiene nada que escuchar de un rufin, dijo. y quin es usted para decirlo con tal dominio? Soy la reina de esta casa, dijo. Por el amor de Dios, dijo Delaura. Avsele al marqus que vengo a hablarle de su hija.Y sin ms vueltas, con la mano en el pecho, dijo: Muero de amor por ella. Una palabra ms y suelto los perros, dijo Dulce Olivia indignada, y seal hacia la puerta: Fuera de aqu. Era tanta la fuerza de su autoridad, que Cayetano sali de la casa caminando hacia atrs para no perderla de vista. El martes, cuando Abrenuncio entr en su cubculo del hospital encontr a Delaura destruido por las vigilias mortales. Le cont todo, desde los motivos reales de su castigo hasta las noches de amor en la celda. Abrenuncio se qued perplejo. Me hubiera imaginado cualquier cosa de usted, menos estos extremos de demencia . Cayetano, sorprendido a su vez, le pregunt: Nunca ha pasado por esto? Nunca, hijo mo, dijo Abrehuncio. El sexo es un talento y yo no lo tengo. Trat de disuadirlo. Le dijo que el amor era un sentimiento contra natura, que condenaba a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto ms efmera cuanto ms intensa. Pero Cayetano no lo oy. Su obsesin era huir lo ms lejos posible de la opresin del mundo cristiano. Slo el marqus puede ayudarnos con la ley, Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 89 dijo. He querido suplicrselo de rodillas pero no lo encontr en casa No lo encontrar nunca, dijo Abrenuncio. Las voces que le llegaron es que usted trat de abusar de la nia. Y ahora veo que desde el punto de vista de un cristiano no le falta razn. Lo mir a los ojos: No teme condenarse? Creo que ya lo estoy, pero no por el Espritu Santo, dijo Delaura sin alarma. Siempre he credo que l toma ms en cuenta el amor que Abrenuncio no pudo ocultar la admiracin que le causaba aquel hombre recin liberado de las r servidumbres de la razn. Pero no le hizo promesas falsas, y menos cuando estaba de por medio el Santo Oficio. Ustedes tienen una religin de la muerte que les infunde el valor y la dicha para enfrentarla, le dijo. Yo no: creo que lo nico esencial es estar vivo. Cayetano corri al convento. Entr a pleno da por la puerta del servicio y atraves el jardn sin precaucin alguna convencido de ser invisible por el poder de la oracin. Subi al segundo piso, atraves un corredor solitario de techos muy bajos que comunicaba los dos cuerpos del convento, y entr en el mundo silente y enrarecido de las enterradas vivas. Sin saberlo, haba pasado frente a la nueva celda donde Sierva Mara lloraba por l. Estaba a punto de alcanzar el pabelln de la crcel cuando lo fren un grito a sus espaldas: Alto! Se volvi y vio una monja con la cara cubierta por el velo, y un crucifijo alzado contra l. Dio un paso adelante, pero la monja le interpuso a Cristo. Vade retro!, le grit. 'A sus espaldas oy otra voz: Vade retro. y luego otra y otra: Vade retro. Gir varias veces sobre s mismo y se dio cuenta de que estaba en el centro de un crculo de monjas fantsticas de caras veladas que lo acosaban a gritos con sus crucifijos: Vade retro, Satanas ! Cayetano lleg al final de sus fuerzas. Fue puesto a disposicin del Santo Oficio, y condenado en un juicio de plaza pblica que arroj sobre l sospechas de hereja y provoc disturbios populares y controversias en el seno de la Iglesia. Por una gracia especial cumpli la condena como enfermero en el hospital del Amor de Dios, donde vivi muchos aos en contubernio con sus enfermos, comiendo y durmiendo con ellos por los suelos, y lavndose en sus artesas aun con aguas usadas, pero no consigui su anhelo confesado de contraer la lepra. Sierva Mara lo haba esperado en vano. A los tres das dej de comer en una explosin de rebelda que agrav los indicios de la posesin. Trastornado por la cada de Cayetano, por la muerte indescifrable del Padre Aquino... Por la resonancia pblica de una desventura que escap a su sabidura y a su poder, el obispo reasumi los exorcismos con una energa inconcebible en su estado ya su edad. Sierva Mara, esta vez con el crneo rapado a navaja y la camisa de fuerza, lo enfrent con una ferocidad satnica, hablando en lenguas o con aullidos de pjaros infernales. El segundo da se sinti un bramido inmenso de ganados embravecidos, la tierra tembl, y ya no fue posible pensar que Sierva Mara no estuviera a merced de todos los 90 Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios demonios del averno. De regreso a la celda le aplicaron una lavativa de agua bendita, que era el mtodo francs para expulsar los que pudieran quedar en sus entraas. El acoso prosigui por tres das ms. Aunque llevaba una semana sin comer, Sierva Mara logr liberar una pierna y le dio al obispo un golpe de taln en el bajo vientre que lo derrib por los suelos. Slo entonces se dieron cuenta de que haba podido soltarse porque su cuerpo era tan esculido que ya no lo sujetaban las correas. El escndalo aconsejaba interrumpir lo exorcismos, y as lo estim el Cabildo Eclesistico, pero el obispo se opuso. Sierva Mara no entendi nunca qu fue de Cayetano Delaura, por qu no volvi con su cesta de primores de los portales y sus noches insaciables. El 29 de mayo, sin alientos para ms, volvi a soar con la ventana de un campo nevado, donde Cayetano Delaura no estaba ni volvera a estar nunca. Tena en el regazo un racimo de uvas doradas que volvan a retoar tan pronto como se las coma. Pero esta vez no las arrancaba una por una, sino de dos en dos, sin respirar apenas por las ansias de ganarle al racimo hasta la ltima uva. La guardiana que entr a prepararla para la sexta sesin de exorcismos la encontr muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recin nacida. Los troncos de los cabellos le brotaban como burbujas en el crneo rapado, y se les vea crecer. Gabriel Garca Mrquez Del amor y otros demonios 91