V Certamen Literario del Agua. Obras Premiadas

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    06-Jan-2017

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  • V Certamen Literario de EMASESA

    Cuentos infantilesy relatos cortos

  • V Certamen Literario de EMASESA

    Cuentos infantilesy relatos cortos

    Amalia Ca AbascalNieves PulidoElena MarqusJuncal Baeza

  • Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorizacin escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en

    las leyes, la reproduccin total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografa y el tratamiento

    informtico, as como su distribucin.

    de los textos: sus autores, 2013 EMASESA METROPOLITANA, 2013

    Depsito legal: SE 138-2014ISBN: 978-84-942807-3-3

    Diseo grfico y produccin: Ignacio Ysasi

    Agradecimiento a los fotgrafos Raquel Vzquez y Marcelo Csar Augusto

    Ilustracin de portada:CRISTINA, Paseo de (Sevilla Ciudad) Redes de riego.

    Paseo de Cristina: Servicio de Riego: instalacin de 8 bocas sobre tuberasAbastecimiento de Aguas de Sevilla. Escala1:1250. Sevilla. [1887]

    1 plano: manuscrito, color, papel entelado; 31x 22,8 cm.

    Archivo de EMASESA. Coleccin de planos.

  • Organiza

    Centro de Documentacin del Agua de EMASESA

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    Un maestro de Kung Fu deca que hay que ser agua. Seguramente tena razn. Deberamos fluir en lugar de estancarnos, adaptarnos a cualquier circunstancia y ser transparentes, limpiar los lugares por los que pasamos y no dejar ningn olor. Cuando nos damos cuenta de todas las capacidades del agua, reconocemos que ese lquido esencial est hecho de gotas de magia que fluye cada vez que abrimos un grifo. Es algo maravilloso.

    Al mismo tiempo, no tan lejos de nosotros, ocurre algo terrible: no hay grifo y tampoco hay agua. Dos mil qui-nientos millones de personas no disponen de servicios de saneamiento, casi 800 millones no tienen acceso seguro a fuentes de agua potable y dos mil nios mueren al da por enfermedades asociadas a estas dos carencias.

    En nuestro pas estamos tan acostumbrados a que fluya el agua con un slo movimiento de la mano, que a veces la valoramos poco. Por eso este concurso es internacio-nal, lo que nos permite conocer otras realidades y apren-

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    der que los verdaderos niveles alarmantes de pobreza no estn en la carencia de bienes de consumo prescindibles (mviles, TV, coche) sino que, ms all, hay un lmite que muchas personas no superan y les impide el acceso a un elemento tan bsico como el agua.

    Todas las ciudades tienen en comn y en sus orgenes, su relacin estrecha con el acceso al agua. Sevilla, don-de EMASESA tiene su sede, fue fundada en una isla. Su historia siempre ha estado relacionada con el agua. Aqu algunas veces ha faltado el agua y otras ha sobrado, pero el cambio en la gestin de este elemento ha transformado la ciudad y a los ciudadanos.

    No hace tanto tiempo que las mquinas del mundo se movan con agua, como los molinos o los trenes a vapor. No hace tanto tiempo que los aguadores recorran las ciudades vendiendo el bien ms esencial. No hace tanto tiempo que nuestra ciudad era anegada por el ro. Hoy tenemos inmensos tanques de tormentas, embalses y has-ta grifos en nuestras casas. El agua es la verdadera medi-da de la evolucin humana.

    Estos textos reflejan esa evolucin tcnica y social, por-que la historia del agua es la historia de las sociedades.

    Elena Marqus Nez nos regala El dolor de la luna, un relato que discurre en una Galicia misteriosa, una tie-rra salpicada de agua y de leyendas.

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    Juncal Baeza Monedero dibuja con palabras ntidas im-genes que recoge en su relato El agua del mar tambin es agua.

    Slo cuatro gotas de agua, de Amaia Cia Abascal, nos demuestra con una cadena de casualidades que cuatro gotas pueden ser muchas.

    El viaje multicolor de Tomasso Benvenuto, de Nieves Pu-lido, es la historia alternativa del surgimiento de Venecia.

    Lo nico en comn de todos estos textos es el agua. El agua nos une a todos, en este caso, a travs de un ro de letras que nos obliga a bucear en un problema vital.

    Jess Maza Burgos

    Consejero Delegado de EMASESA

  • Solo cuatro gotas de agua Amalia Ca Abascal

    Primer premio cuento infantil

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    Doa Aurorita mir al cielo con la mano extendida y dijo:

    Qu fastidio! Ahora se pone a llover . Era mircoles y como todos los mircoles acababa de salir de la peluquera con el pelo recin moldeado. Doa Au-rorita no estaba dispuesta a que la lluvia le estropeara el peinado. Se meti en el portal y esper a que llegara el taxi que acababa de pedir.

    El vecino del tercero izquierda, que en ese momen-to sala con un paraguas colgado del brazo y gabardina, le contest:

    Son solo cuatro gotas. Cuatro gotitas de nada.Y lo dijo con cierto tono de desprecio, como si cua-

    tro gotas de agua fueran cualquier cosa. Las gotas de agua, que adems de incoloras, ino-

    doras e inspidas son muy poco rencorosas, no hicieron

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    caso al comentario: cayeron alegremente sobre el cristal de la puerta, justo al lado de un caracol que suba dibu-jando un surco hmedo y zigzagueante.

    El caracol se puso muy contento (le encantaba salir a comer hierba jugosa despus de haber llovido) y para demostrarlo extendi y encogi varias veces sus cuerne-cillos curiosos.

    Los cuernecillos curiosos llamaron la atencin del gato de la portera que, como nunca haba visto un cara-col, buf asustado, se encorv y eriz todos los pelos de la espalda. No es que el gato de la portera fuera muy asusta-dizo, es que hay que ponerse en su lugar: ver por primera vez un individuo viscoso que va dejando un reguero de moco y lleva una joroba a cuestas, intimida bastante.

    El bufido llam la atencin de un perro pequins que paseaba con una chica rubia. Tena un abrigo rojo y muy malas pulgas (el pequins, no la chica rubia). El perrito se abalanz hacia el portal pero cay de morros a dos milmetro de los bigotes del gato: la correa con la que le sujetaba la chica rubia era demasiado corta. Ladr dos veces, levant la pata e hizo un pis en la esquina (el pequi-ns, no la chica rubia). Ella se enfad mucho y le ri:

    Si sigues portndote as te voy a castigar sin ver la televisin . Al perrito lo que ms le gustaba en el mundo era sentarse junto a su duea en el sof. Todas las noches elega una buena pelcula y cocinaba palomi-tas de maz para los dos (la chica rubia, no el pequins).

    Al ver la acera sucia, el barrendero que la limpia-ba refunfu y sac una manguera de su carrito de la

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    limpieza. Despus de dejar la pared de la esquina como los chorros del oro, aprovech para regar un poco unas florecillas silvestres que crecan entre dos baldosas.

    Las florecillas silvestres brillaron con un lila ms lila, porque el agua les animaba mucho. Extendieron los ptalos y enderezaron los tallos.

    El lila se puso tan lila que un chico con gafas que sala de trabajar se fij en ellas y con mucho cuidado las cogi e hizo un ramillete. Luego lo coloc en un bote de refresco de limn con burbujas (que afortunadamente para las florecillas estaba vaco) y lo rellen con agua fresca en una fuente.

    El chico con gafas se mir en un escaparate y se pein de cuatro formas distintas antes de entrar en el restaurante donde sola comer de men.

    En el restaurante donde sola comer de men, la camarera se ruboriz cuando el chico con gafas le regal las florecillas silvestres con maceta de refresco de limn (eso fue justo despus de que la invitara a dar un paseo por la orilla del ro). La camarera se puso tan nerviosa que prepar mal todos los pedidos. En lugar de huevos fritos con tocino, se equivoc y sirvi huevos pasados por agua. En vez de tarta al whisky, volvi a equivocar-se y reparti jugosos trozos de sanda (pero despus de tanto equivocarse, aquella noche acert dando un paseo inolvidable junto al ro).

    Un seor gordsimo que ocupaba la mesa tres, se enfad tanto con el error de la camarera que pidi el li-bro de reclamaciones. l quera tarta al whisky con nata

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    montada, no dos rodajas de sanda, por muy dulce y fresca que estuviera. Porque haba que reconocerlo, la sanda estaba ms dulce que un beso de buenas noches y ms fresca que una sardinilla en lata recin sacada de la nevera. Pero eso no era razn suficiente para que l se quedara sin su postre.

    Yo he pedido tarta al whisky y todava no ha na-cido quin me prohba comer tarta al whisky grit el seor gordo, con las mejillas de un rojo intenso, a juego con la sanda.

    Si no le dio un patats, fue porque el cocinero le ofreci un vaso de agua y avis rpidamente a una am-bulancia (y a los bomberos, pero eso lo explicaremos ms adelante).

    En el hospital, varios mdicos muy serios lo exami-naron y uno de ellos, con bata blanca y un fonendosco-pio colgado del cuello ley el diagnstico:

    Su corazn est enfermo. Una cucharadita ms de comida con grasa y habra hecho plof!

    Plof? pregunt el seor gordo, con los ojos muy abiertos.

    Plof corrobor el mdico. Le prohbo comer tarta al whisky.

    Volvamos al cocinero: se haba dejado olvidada al fuego una sartn con calamares a la romana. En poco rato se form tal humareda, que hubo que llamar a los bomberos.

    La prxima vez escoja cocer en lugar de frer le recomend el jefe de bomberos, cuando el fuego estuvo

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    controlado, el agua es menos peligrosa que el aceite.Y ms barata aadi otro que acarreaba una

    manguera.Y no mancha dijo un tercero con uniforme y

    casco.Y es ms sana dijeron a coro todos los dems.Por eso no hay que malgastarla dijo el jefe de

    bomberos. Y aadi, sealando a la fregadera: Este grifo no cierra bien.

    El cocinero, que haba optado por poner agua a calentar para cocer unos macarrones, contest:

    Son solo cuatro gotas. Cuatro gotitas de nada.Y vuelta a empezar. Las gotas de agua que salan

    del grifo, sin hacer caso del comentario (recordemos que adems de incoloras, inodoras e inspidas no son renco-rosas) cayeron sobre el cogote de una mosca que volaba rumbo a las mermeladas. El rumbo de la mosca se vio alterado y la mosca sali a la calle, chocndose con una seora muy elegante.

    La seora elegante era Doa Aurorita, que en ese momento sala del portal porque haba visto llegar el taxi que haba solicitado. Doa Aurorita volvi a mirar al cie-lo: como era mircoles acababa de ir a la peluquera y lle-vaba el pelo recin moldeado. Adems de lavrselo con agua bien fra para darle brillo, le haban puesto tanta laca que la mosca se qued pegada sin que Doa Aurorita se diera cuenta (hasta ah la triste historia de la mosca).

    Qu fastidio! protest Doa Aurorita. No estoy dispuesta a que la lluvia me estropee el peinado.

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    Doa Aurorita retrocedi para subir a su casa a coger un paraguas en el preciso instante en que una ban-dada de palomas pasaba en vuelo rasante dejando un reguero de cacas sobre la acera. La lluvia acababa de salvar el peinado de Doa Aurorita.

    De no haber sido por aquellas cuatro gotas de agua, el caracol no habra salido de su concha, las lilas se habran quedado mustias, el chico de gafas no habra declarado su amor a la camarera, la camarera no habra

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    paseado junto al ro, nadie habra comido huevos pasa-dos por agua ni sanda (con lo dulce y fresquita que es), el corazn del seor gordo habra hecho plof y Doa Aurorita habra echado a perder su peinado.

    Solo cuatro gotas de agua consiguen que la hierba crezca ms jugosa y las florecillas ms vivas. Y que las calles estn ms limpias y los caracoles de mejor humor.

    Cuesta creer que solo cuatro gotas de agua sean capaces de tanto.

  • El viaje multicolor

    de Tomasso Benvenuto Nieves Pulido

    Segundo premio cuento infantil

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    Tommaso Benvenuto era un gigante, glotn y poeta, que viva en Sicilia. Tena bigote y una tripa redonda y enorme. Tambin tena un sombrero azul y llevaba un ramo de claveles en el ojal de su chaqueta. Como era tan grande, cuando se desperezaba por las maanas los pjaros de toda la isla huan en desbandada y se armaba tal alboroto que hasta el ltimo siciliano saba que el poeta acababa de despertarse. Pasaba lo mismo cuando el gigante se sentaba en el valle, que era como un gran sof verde y mullido, a recitar sus poemas. Su voz era tan fuerte que llegaba hasta el ltimo rincn de Sicilia. Si se levantaba para ir al ro a beber agua o a lavarse las manos antes de comer, deba poner mucho cuidado al caminar para no pisar los rboles ni tirar alguna igle-sia abajo. Ms de una vez, con la cabeza en otra parte, bam!, se caa de culo encima de un pueblo y lo dejaba

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    hecho trizas. A pesar de todos los inconvenientes que causaba, Tommaso Benvenuto era bien querido en Sici-lia. Decan que tena un corazn grande y torpe como un elefante.

    Por las noches, cuando ya la isla dorma, Tommaso Benvenuto charlaba con la luna. En realidad solo habla-ba l, pero a Tommaso eso no le importaba demasiado. Nadie como la luna sabe escuchar y comprender las in-quietudes de los poetas. Porque Tommaso Benvenuto era poeta de los pies a la cabeza, tan romntico como el que ms. Como todos los poetas quera resolver los misterios de la vida y soaba sin parar con el infinito.

    Tommaso Benvenuto viva en Sicilia a sus anchas. Sin embargo, nadie sabe cmo ni por qu, un da se le meti en la cabeza la idea de que la isla se le haba que-dado pequea. Todo le aburra: los pjaros, las flores, el viento. Todas las cosas que le haban alegrado la vida le resultaban insignificantes.

    Oh, Lunita se lamentaba el poeta, cmo pue-de ser que yo que soy tan grande me sienta tan pequeo.

    La luna brillaba enigmticamente pero no deca ni mu. Hasta el silencio de la luna empez a cansarle. As que, una maana, Tommaso Benvenuto se puso su som-brero y sin pensrselo dos veces se encamin a la costa. Quera viajar, recorrer el mundo.

    Cruz el estrecho de Messina a nado. Como era enorme, en dos o tres brazadas alcanz la orilla de Ca-labria y se sent en la playa a secarse al sol. La llegada del gigante caus un gran revuelo. Multitud de curiosos

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    se amontonaron a su alrededor. Nunca haban visto algo igual. All, tumbado en la playa como un barco pirata, el gigante recitaba poesa:

    No hay da sin noche,no hay mar sin cancin,canta la caracola multicolor.

    A Tommaso Benvenuto le encantaba la palabra multicolor. Era su palabra favorita y sus poemas siempre hablaban de cosas multicolores: las nubes, las montaas, las lagartijas. El mundo era multicolor para Tommaso Benvenuto. Incluso las vacas, blancas con manchas ne-gras para todos, eran para l multicolores.

    Una vez seco, Tommaso Benvenuto se dispuso a seguir camino. Pero al levantarse, mil tigres furiosos ru-gieron dentro de su tripa. Era como si Edna, el volcn, hubiese entrado en erupcin. Tena un hambre espanto-sa. An no haba desayunado. Qu podra comer? Una seora que se llamaba Allegra, y que era ciertamente una mujer muy alegre, le dijo que ella le preparara una sopa riqusima.

    Um a Tommaso se le hizo la boca agua, me encantar probarla.

    Allegra tard mucho tiempo en preparar la sopa. Aunque Tommaso se impacient un poco, porque te-na muchsima hambre, era una persona comprensiva y saba que no era lo mismo dar de comer a alguien normal que a un gigante. As que mientras esperaba se

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    entretuvo fantaseando con el da de su regreso a Sicilia, cuando hubiese dado la vuelta al mundo algo que, calculaba el poeta, no le llevara demasiado tiempo y se pusiese a recitar maravillosos poemas sobre pases multicolores.

    Por fin lleg la sopa. Tommaso Benvenuto nunca haba probado una sopa ms deliciosa. Llevaba apio, puerro, patatas, calabacn, zanahorias, tomate... Era una fabulosa sopa multicolor.

    Muchas gracias, muchas gracias, le dijo el poe-ta a Allegra.

    Allegra se alegr muchsimo de que se lo acabase todo y Tommaso Benvenuto estaba tan contento que se fue cantando:

    La sopa de Allegraes multicolor.Est deliciosay alegra el corazn.A quin le importaque no tenga coliflor?

    La voz se corri rpidamente. Los italianos, como se sabe, son personas amables y generosas que comparten todo lo que tienen. En cuanto escuchaban la cancin del poeta salan a darle la bienvenida con docenas de ollas llenas de sopa recin hecha. Ni que decir tiene que Tom-maso Benvenuto estaba encantado con el recibimiento. Se beba la sopa de un trago y luego segua su viaje, con

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    cuidado de dnde pona los pies para no pisar alguna vaca por el camino.

    Tommaso Benvenuto tom sopa de tomate en Co-senza, de calabaza en Salerno, de cebolla en Npoles, de espinacas en Roma, de esprragos en Florencia, de zana-horia en Ferrara. Ya cerca de Verona preguntndose qu rica sopa lo esperara se sinti de repente muy in-quieto. Una inquietud que no era la sed de aventuras que le haba empujado a dejar Sicilia, sino ms bien todo lo contrario. Se estaba haciendo pis!

    Ay, que me meo! Ay, que me meo! deca el gigante dando saltos.

    Haba tomado demasiada sopa y se haba olvidado de hacer pis. Ay. Ay. Tommaso Benvenuto ech a correr. La tierra retumb con sus pisadas. Mientras corra, grita-ba: Dnde queda el mar? Dnde queda el mar? Todos en Verona se apartaban y le sealaban, moviendo mucho los brazos, el camino a Venecia.

    Cuando el poeta divis a lo lejos el mar ya no aguant ms y se puso a hacer pis. Estuvo haciendo pis durante casi siete horas. Qu alivio cuando al fin par! Solo entonces mir a su alrededor. Qu haba suce-dido? Por todos los infinitos multicolores! Con tanta sopa haba inundado Venecia. Los venecianos se haban tenido que subir a los tejados de sus casas. Las gallinas y los burros tambin estaban sobre los tejados. Las ca-mas y las sillas flotaban a la deriva. Qu pena sinti el gigante cuando vio aquel triste espectculo. Oh, cunto lo senta.

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    No era mi intencin dijo, cmo lo lamento Y se ech a llorar. Lloraba tanto que pareca que

    el cielo se estaba desplomando. Los pobres venecianos desde los tejados y balcones le rogaron que no llorase ms porque eso solo empeorara las cosas. Tommaso Benvenuto dej de llorar. Lo mejor sera poner manos a la obra. Dejara Venecia como nueva. Puso las gallinas, los burros y los colchones a secar sobre un monte. Colo-c las casas en alto, sobre los rboles que haba tirado en

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    su carrera hacia el mar. Tambin hizo canales para que el agua pudiera correr y trajo las barcas del puerto para que los venecianos pudieran ir a la panadera, al teatro o de paseo.

    Cuando todo estuvo arreglado, Tommaso Benve-nuto ech un vistazo y pens que no haba quedado tan mal. Era hora de continuar viaje. Hara noche en Los Al-pes y luego se marchara a Rusia. Haba odo que all ha-cen una sopa muy rica de repollo, que se mora de ganas por probar. Los venecianos a partir de entonces tuvieron que ir a todas partes en barca, pero se acostumbraron pronto y no le guardaron ningn rencor a Tommaso Benvenuto. Despus de todo fue gracias al gigante que Venecia se hizo mundialmente famosa. Son cientos los poetas que cada da, desde todos los rincones del plane-ta, vienen a contemplar sus aguas multicolores porque se dice que inspiran los ms bellos poemas sobre el infinito.

  • Al dolor de la Luna Elena Marqus

    Primer premio de relato corto

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    Cuando Flora Rigueiro rompi aguas, an Jesucristo estaba siendo despojado de sus vestiduras en aquel so-lemne viacrucis de Viernes Santo. Enseguida que sinti la tibieza en sus ropajes y la agitacin de sus entraas, ech mano al vientre, y luego mir el reloj de La Con-cepcin, que jams atrasaba y ni siquiera haba dejado de funcionar durante la guerra, a pesar de que Rogelio Quintanilla, en un arrebato de furia, le dispar varias veces al conocer los avatares de la campaa del Cant-brico. La mujer tom del brazo al marido, lo arrastr discretamente bajo el prtico y le dio la noticia. Empe-zaba a llover.

    Vaya da fatdico suspir el hombre. Pues nunca pens que su primognito pidiera llegar en mo-mento tan inoportuno ni que despus de un da de sol se desatara la tormenta.

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    Florita Rigueiro se arrastr como pudo hasta su casa, mantenindose erguida por el orgullo y las contrac-ciones, vadeando los caminos lodosos de la parroquia y saludando a feligreses y devotos que acompaaban el cortejo ms por supersticiosa costumbre que por verda-dero fervor.

    Avisa a la matrona aconsej desde el jergn.Amancio Brcena volvi a suspirar y sali. Fuera

    empezaba a anochecer y la sombra de los tilos dibujaba fantasmagricas siluetas en los muros de Santo Domin-go. El hombre dio un gruido y se santigu al recuerdo de la Santa Compaa, con la que ya se haba topado en las ltimas inundaciones del puente viejo.

    Date prisa! grit entre estertores la parturien-ta. Quizs an haya tiempo de retrasar la desgracia.

    Amancio Brcena guardaba tantas supersticiones en su pequeo cerebro de alcornoque que no le poda caber ninguna ms. De eso se vali su joven esposa para cazarlo. Si el ganadero de hubiera parado a calcular las semanas y los ciclos lunares; si hubiera atendido a los cuchicheos de su suegra y a los refajos que hubo de des-envolver el da de su boda para accederle a la novia a la entrepierna, se hubiera percatado de que all, aparte de algunas arrobas de ms y un obstculo de menos, haba gato encerrado. Pero a quin iba a desgranarle sus sospe-chas de que la criatura que cuajaba en el vientre de Flora Rigueiro no era digna de llevar su apellido.

    Amancio Brcena era vaquero por vocacin e ino-cente y contentadizo por pura filosofa, o ms bien por

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    falta de ella. Desde pequeo mostr su afn por no mo-lestarse en trabajos intiles ni en cuestiones que preci-saran mucho tiempo. Tena su buen rebao de rubias, una casa con sequeiro y bodega y un campo de forraje; el suegro le recompuso el colmo del hrreo con centeno y le entreg de dote cien cepas de albario. Que su he-redero fuera Brcena, Ramrez o Castro, poco le haba de importar.

    El hombre llam a la puerta de Rosario Mndez.Qu se le ofrece.Mi esposa est de parto.Despus de recorrerlo de arriba abajo con una mez-

    cla de desprecio y compasin, la mujer recogi algunas cosas, las coloc en una bolsa y cerr la puerta con varias vueltas de llave.

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    Nunca se sabe se justific.Por el camino apenas intercambiaron dos palabras,

    lo suficiente para conocer las intenciones del nefito, sus sospechas de que la nia les saliera meiga lobismuller por venir a nacer precisamente en la noche sealada de la muerte de Cristo.

    Eso son pamplinas le dijo para tranquilizarlo, aunque tambin ella estaba convencida de los poderes mgicos de algunos rboles y del nefasto influjo de la luna sobre el agua y las mujeres.

    Cuando llegaron a la casa los recibi una algarada de aullidos y el inconfundible olor de la masacre. Flora tena colocado un pingo ensangrentado en su seno, el ca-misn manchado y el cordn umbilical an uniendo las dos vidas en una misma aureola de desgracia. Daban las diez y cuarto.

    La matrona, de un salto, anud el cordn y lo cor-t, le cur al medio feto aquella tripa purulenta y le faj el vientre hinchado del inevitable sofoco de haber naci-do, y luego se dispuso a atender a la mal parida, que se quejaba ora de fro, ora de no haber aguantado a aquella nia un poco ms entre las piernas para evitar comenta-rios y maleficios.

    ***

    Los aos pasaron, las lluvias barrieron las cepas de albario y Amancio Brcena demostr su poca habili-dad en el cultivo y en las mujeres. Flora Rigueiro, tras

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    comprobar los escasos dones de su esposo y el tiempo que perda entre planchar, recoser, trapear y sacudir, se sumi en una mudez pavorosa y empez a confundirse con el entorno y a verdearle el rostro hasta el punto de casi desaparecer. No haba nacido para esposa de pobre, se deca. Adems, no mostraba inters ni paciencia en cuestiones de educacin, y, en cuanto el maestro le dio quejas de la falta de atencin de la nia, del estilo des-maado de sus redacciones y su poca aplicacin en los asuntos cientficos, Flora decidi que lo mejor era que la nia dejara de estudiar.

    Florita Brcena tena unos ojos negros con que hip-notizaba a las vacas de su padre, y unas manos tan suaves y hbiles que arreglaba los destrozos de las vias cuando ocurra alguna calamidad. Se pasaba las horas pasean-do por el bosque, como una salvaje, donde era capaz de orientarse en plena oscuridad. La inocente criatura, sin embargo, no mostraba signo alguno de hechicera. Ms bien era un remanso de paz y estupidez.

    ***

    Pero con el tiempo la nia se convirti en una mu-jercita tan hermosa que los gaanes la rondaban da y noche, y su padre, temeroso de que las inclinaciones maternas fueran hereditarias, la vigilaba muy de cerca. Sin embargo, Florita no manifestaba ms inters que perderse entre los castaos y los tojos, jugar con los zorros y las garduas y garrapatear en un cuaderno que

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    guardaba celosamente en un bolsn de cuero que en-contr en la bodega.

    Una tarde la joven se demor en el bosque ms de la cuenta. Precisamente Amancio andaba en negocios con un vinatero del ro Umia que trataba de conven-cerlo de que aquellas cepas que languidecan en sus campos, alejadas de su ro de origen, no haban de cre-cer con salud, ni conseguir el grado exacto de acidez, ni madurar su aroma de albaricoque en el dulzor de las barricas de roble. Amancio no pensaba en sus uvas entonces, sino en su hija sacada de aquellos campos, trasladada a Santiago para enderezarla, para alejarla de aquel entorno fantasmagrico que de seguro la ha-ba de arruinar.

    Cuando por fin el comerciante sali por la puerta, Amancio Brcena pregunt:

    Dnde est Florita?Y la sombra de Flora Rigueiro se encogi de hom-

    bros y seal al camino a la espesura.La bsqueda de Amancio fue infructuosa. El ulular

    de lechuzas y milanos lo acompaaron entre los brezos y el orbaillo, y, cuando ya la daba por perdida, encontr el bolsn de cuero y una chaqueta azul adornada con hojas de melojo.

    Florita, hija. Dnde ests.Pero solo le respondi el silencio.Con las prendas en la mano recorri un nuevo tre-

    cho hasta llegar al ro. A la luz de la luna llena poda dis-tinguir el fulgor de la espuma, la terrible fosforescencia

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    de las algas, la cruel dureza del granito, el brillo imagina-rio de los diablillos y ninfas en el fondo del cauce.

    Cansado se sent junto al Eume y se ech a llo-rar, y de repente lo asaltaron algunos recuerdos sobre leyendas y mitos que siempre haba preferido mantener en el olvido.

    Amancio nunca haba seguido las locuras de la es-posa, nunca crey que la hija fuera bruja por cuestin de nacimiento ni por influjos de la luna. Sin embargo, mantena como confirmado por demostracin cientfica que el ro que ahora contemplaba necesitaba un hombre en sacrificio cada ao, segn le haban concedido los viejos dioses celtas al sentirlo traicionado en su descen-so al mar. Y eso lo tena Amancio Brcena tan claro como que hay Dios y hay infierno.

    El hombre se sec las lgrimas y abri el bolso de Florita. A estas alturas, no haba razn para mantenerle sus secretos.

    Entonces, bajo la lluvia acuciante, extrajo con cui-dado el cuaderno secreto, y, al abrirlo, descubri entre las pginas todo un regalo de poemas y cuentos en que describa Galicia entera, desde las aguas esmeralda de Ortigueira hasta el manso sonido de Las Burgas de Oren-se; desde las altas campanas del Obradoiro al dulce y neblinoso toque de Caaveiro.

    Entretenido como estaba en la lectura de aquellos versos mgicos, no not cmo el agua ruga, cmo la espuma lo agarraba por las piernas y los diablillos y ninfas lo empujaban al espejo de granito de la roca;

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    cmo el ro lo invitaba, entre silbidos, a acompaarlo al mar para cerrar el crculo. Y, cuando ya fue tarde, escuch, desde lejos, el aullido de un lobo, y la queja de la luna entre los tojos le confirm el poder absoluto de tantos maleficios.

  • El agua del Mar tambin es agua Juncal Baeza

    Segundo premio de relato corto

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    El lugar donde uno nace lo marca de por vida y, hganme caso, quien alguna vez les diga lo contrario, es que miente.

    La historia que voy a contarles solo demostrar lo que les digo y, despus de que la hayan escuchado en-tera, ustedes tampoco volvern a poner en duda que el alma de uno busca, al final de sus das, morir all donde sienta que su vida vuelve al inicio, cerrando as el crculo perfecto de la trayectoria humana. Es cierto, cranme, lo fue para Roger Malone y lo ser para m Dios quiera que dentro de mucho tiempo y tambin para cada uno de ustedes que me est escuchando ahora con esa mueca entre la sonrisa y la espera: s, eso es, exactamente esa.

    Lo ven? He visto esa expresin en cientos de ros-tros, en los ojos de todos y cada uno de los hombres a los que les he hablado de Roger. Somos rplicas unos de otros, amigos. No vayan a cometer el error de creerse

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    genuinos o en modo alguno especiales. Es una prdida de tiempo, somos idnticos, fragmentos seos recubier-tos de carne y sangre circulando distrada, nada ms. Al final del todo somos solamente eso y los msculos de nuestro rostro tiran hacia el mismo lugar cuando abri-mos los ojos sorprendidos por algo. Igual en mi que en usted, y que en aquel hombre encorvado de all al fondo.

    Roger Malone naci en un faro, y la ltima vez que lo vi tena las piernas colgadas sobre Moher en el suroeste de Irlanda. Conocen aquellos acantilados? Han tenido la inmensa fortuna de verlos con sus propios ojos? Si es as, coincidirn conmigo en que son el paisaje ms asom-broso y menos humano, a la vez, que vern jams. Si no, viajen all, caballeros, antes de morirse. Hganme caso.

    Roger rondara los cincuenta aos y apenas ciento cincuenta libras de peso, repartidas en sus brazos y pier-nas largos y en su rostro desbocado. Desde siempre tuvo la apariencia de un caballo descompuesto por el esfuerzo, como si se hubiera pasado la mitad de su vida corriendo de un lado para otro.

    Aquel da se escurra una lluvia delgada y resbalosa gris como slo lo es del todo en Irlanda por encima de sus hombros, y cada gota pegaba un salto diminuto al entrar en contacto con su jersey azul. Roger Malone mi-raba al horizonte como tratando de distinguir algo muy pequeo al fondo, contra la cortina de nubes enredadas, frunciendo los ojos plidos como una plancha de hielo.

    No me escuch llegar y detenerme justo a su espalda. Por qu ests aqu, Roger?, le dije, metindome

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    las manos enguantadas en los bolsillos y hundiendo la barbilla en los cuellos del impermeable, porque nac en un faro, me respondi, y yo me qued pensando si logra-ra distinguir el filo puntiagudo del extremo de un mstil, suponiendo que algn barco se dirigiese en ese instante hacia nosotros desde el horizonte, en mitad del vendaval.

    Sacud la cabeza salpicando gotas nfimas a mi al-rededor, para poder seguir hablando, porque la natura-leza de Roger tena para m una influencia magntica, es como si me hipnotizase, y siempre, fuesen las que fuesen mis ocupaciones, si por casualidad me topaba con l en la penumbra de un pub, terminaba haciendo exacta-mente aquello que estuviera haciendo l. De pronto y sin querer pasaban a importarme sus cosas ms que las mas propias. Saba, por ello, que si no quera terminar frun-ciendo mis ojos y con las piernas mecindose sobre las aguas, deba permanecer detrs de l, y concentrarme.

    Y eso qu tiene que ver, Roger, no sigas. No es-cuch que dijese nada a eso, pero percib una vibracin muy estrecha en lo alto de su espalda, sobre la curva de sus hombros, como si se hubiera redo un poco. O tal vez el batir de las olas contra las rocas astilladas me impidie-ron or sus palabras.

    Vmonos a casa Roger, deja ya la broma, hace fro. Quise que l me escuchase autoritario y firme, pero me temo que mis palabras tan solo sonaron a op-cin o incluso a splica. Por supuesto, Roger no se mo-vi ni un solo milmetro, y sigui mirando, y luego apo-y las manos sobre la hierba empapada, con los codos

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    perfectamente estirados. Vi el rasgn en el jersey, en el interior del brazo derecho, siguiendo la costura como si fuera una culebra esculida. Esper a ver si se levanta-ba, pero en lugar de eso.

    Te he contado alguna vez cmo era el lugar don-de nac?

    Me pregunt, y yo volv a decirle no me jodas Ro-ger, a qu viene esto ahora, por favor, y luego se me es-cap una breve patada contra el suelo, como la protesta intil de un nio pequeo cuando le obligan a acostarse aunque an no tenga ningn sueo.

    El continu sin moverse nada, y por un instante pens en largarme de all pensando en otra cosa, pero s que verdaderamente jams podra haberlo hecho; s que bajo ningn concepto le habra abandonado all tan solo, mecindose sobre las aguas y debajo de toda esa lluvia plateada, pensando en slo Dios sabe qu disparates y dispuesto a cualquier cosa.

    Nac en la base, me oyes? No en lo alto, como me hubiera gustado de haber podido elegir el lugar exacto, ah arriba, al cobijo del enorme foco de gua, compren-des. No nac casi en la tierra, en cambio, al pie de las escaleras, en mitad de una tormenta que pareca un dilu-vio, de lo abundante y fiera que era la lluvia.

    Asent, resignado a escuchar y pensando en levan-tarlo a la fuerza despus y arrastrarlo hasta casa, si no quedaba otro remedio. A esas alturas yo ya estaba calado hasta los huesos y senta hmedas hasta las paredes inter-nas del crneo y las cuencas de los ojos, pero me ajust

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    an ms fuertemente las gomas de la capucha y mascull un S abandonado a la intemperie.

    Estaban solos; mis padres, me refiero, all solos como dos proscritos escondindose, y tuve yo que venir en el peor momento; pude haber muerto, me escuchas?, sabes que lo ms sencillo hubiese sido que yo me murie-se all mismo, entre el musgo de las rocas del faro? No lo hice, si aqu me tienes es porque aguant como un anima-lito y porque mi padre me sostuvo de los tobillos, boca abajo, y al ver que no lloraba, me sac fuera del faro, asustado como un len rodeado de escopetas.

    Para qu?, le pregunt, inmerso en la historia. Roger no cambiada de postura pero hablaba cada vez

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    ms alto, tal vez para hacerse or por encima del agua-cero. Pareca dolorido y tembloroso y, sin embargo, no dejaba de tomar aire e hincharse para continuar hablan-do. Al fondo, la manta de nubes comenzaba a disiparse y por un instante me alegr pensando que tal vez dejase de llover, como si as las cosas fueran a resultar ms sen-cillas. En Irlanda la promesa de un cielo despejado suele ser simplemente una ilusin, pero en ese momento me parece que me habra credo cualquier cosa. Continu lloviendo, y Roger dijo.

    Sali del faro mi padre, con los gritos de mi ma-dre golpendolo en la espalda, y yo segua sin llorar y el estaba temiendo tener que lanzarme desde all, desde lo alto, y dejar que se me comieran enterito las olas. Qu otra cosa habra podido hacer. Esto me lo cont mi madre tiempo despus, porque lo vea a l all fuera por entre las junturas de las maderas de la puerta, y tambin porque lo conoca muy bien y saba que ese gesto que tena mi padre en la cara era el de no poder creerse lo que le estaba sucediendo. Dijo que le daba la impresin de verle jugar a la gallinita ciega conmigo sostenido por los pies, lanzando miradas angustiosas y desorientadas hacia todos los lados en medio de esa tormenta de vien-to y agua.

    Me estremec y despus me sent en el suelo. La hierba encharcada me llen los bolsillos traseros del pan-taln y carraspe un poco, empujando a Roger a seguir hablando, aunque repentinamente pareca haberse ido muy lejos de Moher. Se detuvo el tiempo unos instantes

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    mientras recorra con la mirada la espalda huesuda de Roger, con su columna vertebral de pjaro pequeo, y despus de un rato continu hablando.

    Para entonces yo deba parecer ms un pez con-gelado que un recin nacido, plido y desnudo sostenido as por los pies, hacia abajo, como un racimo de uvas blancas. Mi madre lloraba dentro y se mora de miedo, y mi padre fuera segua mirando alternativamente, prime-ro a m y despus al cielo, y luego otra vez a m, como sin comprender, como la primera vez que uno sostiene un instrumento nuevo en las manos y ni siquiera sabe bien cul es el derecho y cul el revs, y mucho menos puede hacerlo sonar. Me cont mi padre que crey ver que los destellos del foco del faro se desvanecan durante dema-siados minutos.

    Eso es imposible, le interrump, y en el instan-te siguiente ya me haba arrepentido: aquella no era mi historia. De hecho, no tena absolutamente ninguna im-portancia el que yo estuviera ah sentado detrs de Ro-ger escuchndole hablar. Poda perfectamente no haberlo estado. Si el padre de Roger deca que los destellos ya no estaban, pues bien, tal vez efectivamente no estuvieran, quiz el motor que haca girar el foco se atasc un poco y lo dej mirando hacia el otro lado, como cuando aqu en Irlanda es de noche pero en el otro extremo del mundo ya ha amanecido hace rato.

    Fue un alivio descubrir que Roger ni siquiera haba prestado atencin a mis palabras. Segua mirndose las puntas de los pies y los bajos del pantaln remangados.

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    Mi padre ah pens que definitivamente alguien se tena que haber vuelto completamente loco, el mun-do, la vida, o Dios directamente. Sigui mecindose como un tarado por la costa escarpada, caminando a ratos y apretndome con una mano las piernas, prime-ro, y despus la tripa y el hueco de las axilas. Yo estaba muerto, comprendes? En la base del punto ms ele-vado sobre la superficie del mar, no termin de nacer, me qued a medio camino como un cobarde, me mor, entiendes? Yo no era nada.

    Alc la cabeza para mirar a Roger; no terminaba de comprender a qu lugar nos iba a llevar todo aque-llo, la historia del faro, la lluvia, el acantilado a sus pies, y tampoco es que importase del todo, pero ese fue el pri-mer momento, desde que hube llegado junto a l, en que me sent asustado. Crea estar formando parte de una escena que se desarrollaba ajena a m y que, aunque en algn momento me sintiese tentado a intervenir, no me lo permitira. Ah debajo de la lluvia, tan sereno, pens que Roger estaba en peligro. Que mi amigo estaba al borde de un precipicio a la vez real y ficticio. Roger Malone, mi amigo.

    En ningn momento tuve intencin de retirarme aunque ya me senta expulsado por la propia historia, por la sucesin lenta y reptante de los minutos y por las sombras que empezbamos a arrojar contra la hierba porque el sol se estaba marchando.

    Ests aqu, Roger, qu ests diciendo estamos hablando, aqu, juntos, le dije, y dese que se volviese a

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    mirarme y me sonriese un poco con su cara de despiste y el pelo revuelto; que se levantase y al pasar me diese un puetazo en el hombro y ese peligro que pareca susu-rrarme, se desvaneciese muy callado.

    Entonces mi padre de verdad se dio por vencido conmigo, no me agit ms y, dentro de lo malo, no le deba parecer tan feo que se me tragasen las olas, por-que se arrim muy al borde, as como ahora me siento yo aqu mismo, as estaba, me ves? Tan cerca del borde que si daba un pasito pequeo ms adelante, un paso as de cortito, mrame, as, se caera dentro de las tripas del mar conmigo en sus manos. Estando as me coloc por encima de las aguas, cabeza abaj, tal y como me traa; y se secaba mientras las lgrimas o la lluvia de la cara y apretaba el puo contra el pantaln como para sacarse algo de dentro. Me iba a dejar caer como un fardo pequeo, como un animal muerto y desnudo, y no habra pasado nada, ese es el problema, me escuchas? Nada habra cambiado lo que ha sido el mundo des-pus. Y entonces fue cuando yo abr de pronto la boca, una rendija apenas y me puse a gritar.

    No supe qu decir a eso. No le entenda. Segu mi-rndole el cuerpo estrecho y los gestos de sus manos.

    Me sac rpido del abismo, metindome en tie-rra de nuevo con mpetu, y me apret contra su cuerpo como si me hubiese recuperado en pleno vuelo de la cada. Se haba desfondado, mi padre estaba deshecho como un paracadas rajado, tena el interior aliviado y sin fuerzas y casi se arrastr de rodillas dentro del

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    faro, donde le esperaba mi madre con la misma cara que tendra si se le hubiera parado el corazn en un la-tido. Ah empezamos a vivir de verdad, los tres a la vez y juntos, pero yo siempre un poco de prestado, lo ves? Yo ya tena el espritu rodando contra las rocas hacia el mar y en el ltimo momento me ataron de nuevo a la orilla y este, me escuchas, este no es mi lugar, nunca lo fue.

    Le inst, Est ella, Roger, cmo puedes ser tan egosta como

    para no pensar en ella en este momento, cmo consigues soltar esos disparates que te estoy escuchando, tenindo-la a ella; no eres justo.

    Me pregunt si tendra algn sentido forzarle a ba-jar de all arriba pisotendole las entraas, pero no me importaba. Era verdad que estaba ella, en casa, ignoran-do toda esa sarta de ideas descabelladas y terribles, esta-ba ella tan tranquila sin saber que todo esto cruzaba su mente y lo arrastraba hasta aqu sin esfuerzo; pero tam-bin era verdad que a Roger nunca le haba importado lo suficiente, y yo lo saba.

    Vmonos a casa, Roger.Me ergu levemente, inclinando el cuerpo hacia

    adelante con la intencin de levantarme poco a poco, echarle el brazo por encima de los hombros y llevrme-lo lejos. Era imposible, yo lo saba, Roger era tozudo como una mula y yo nunca antes haba detectado una determinacin tan fuerte en los msculos tensos de su cuello, o en sus palabras. Es cierto, Roger era un tipo

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    extrao, cuando caminaba pareca un buitre con las plumas del cuello revueltas, delgado como un espritu y extremadamente silencioso. Era callado, se pasaba las tardes pensativo con la mirada extendida hacia el infini-to y las pupilas firmes; un cabezota desesperante.

    T, no lo entiendes, me dijo, y sigui hablando, despus de sacudir la cabeza un par de veces a ambos lados, como si esa simple idea lo estuviese abatiendo,

    Yo no pertenezco a este lugar. Aquel da, en aque-lla tormenta, tenan que haberme dejado caer porque yo fui dbil y di un susto de muerte a mi padre, y le obligu a aparecerse como un tarado delante de mi madre, le dej sin recursos y a merced del destino y del viento, y justo cuando se decidi a hacer algo conmigo, lo nico que poda, lo ms bonito del mundo entregarme a las aguas, soltarme dentro del mar como un pescado me revolv de nuevo y le romp el esquema, y tuvo que abra-zarme porque yo no estaba muerto y escurrirse mis tobillos entre sus dedos ya habra sido impensable. l quera lanzarme, lo comprendes? Su vida hubiera sido ms sencilla y ellos dos hubiesen sido menos pobres, repartiendo lo mismo entre menos personas, y hubiera penado menos por cada torpeza ma, por mis pequeas inadaptaciones y nerviosismos de cro.

    Silencio.Quiso lanzarme.Se gir, la nica vez en todo ese rato lluvioso por

    encima de nosotros, y no s si estaba llorando o no, porque la lluvia se escurra por delante de los crista-

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    les de las gafas de alambre y pareca estar desnudo y tembloroso, y quiz alguien hubiera dicho que estaba a punto de morirse, tan delgado y con esas ojeras tan grandes y tan oscuras. Luego devolvi la vista a las aguas, se apoy en el suelo y desliz las piernas un po-quito ms adelante y las venci sobre el precipicio unos centmetros ms.

    Yo s que quiso hacerlo, no me creers, lo s, pero yo en aquel momento era solo un beb recin nacido, y no saba nada de la vida, y ni siquiera saba palpar el aire a mi alrededor, pero lo entend. Sent, aqu dentro, me oyes?, justo aqu, en esta parte, recuerdo haber sen-tido su intencin encubierta. Me tena as, cogido sobre el agua y seguro que se anticip al momento en que se me escuch llorar por toda la costa, quiz hice un breve gesto con los labios o se tensaron mis dedos pequeos en un instante. Lo que fuese, algo sucedera, cualquier cosa que el tuvo tiempo de notar, porque yo, despertndome a la vida en ese segundo, supe que estaba vacilando. Fue algo fugaz, como cuando uno siente tentaciones de hacer algo y solo duda un momento, y al momento siguiente sabe que no debera y sigue su camino tal cual; eso hizo, conmigo, con su hijo. Vacil, not cmo se aflojaban un poco sus dedos y cmo le temblaba el brazo, y quiz me imagin su barbilla levemente desencajada y sus ojos ce-rrados con fuerza y culpabilidad.

    Baj la cabeza. Se me esfumaron de la mente el pu-ado de intenciones de disuadirle y sacarlo de all y devol-verle a las calles empedradas y a las voces y a los libros.

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    Fue un instante, apenas un fragmento nfimo de segundo, pero yo lo supe. Y luego, es cierto, lo olvid, o quise olvidarlo, o tal vez consiguieron que lo apartase de dentro de m los arrullos de mi madre o el verde de la tierra; pero estaba ah y, ms tarde o ms temprano, yo volvera a reconocer entre mis dedos aquella vacilacin diminuta, aquella duda ciega. Registrara en mis manos, que son idnticas a las de mi padre, la intencin de un nudo deshecho, de una amarra a punto de soltarse, como hizo l, agotado y dolorido, cuando me tena enredado por los tobillos. Lo supe, entiendes? Despus lo record perfectamente y volvi a ocupar el espacio de mi mente aquella certeza, y lo cubri todo, hasta el ltimo rincn de mi existencia.

    Ya no le miraba. Me haba expulsado del todo y habra dado exactamente igual que me hubiese ido hace rato. Consegu entender a Roger como quien acepta algo solo porque quiere a quien lo est diciendo. Encog las piernas y apoy un instante la cabeza sobre las rodillas empapadas.

    Vas a estar bien, Roger? le dije mientras me levantaba.

    Mejor que nunca, amigo. Entonces me puse de pie y me llev las manos a la parte trasera de los panta-lones, para alisarlos, limpiarlos, yo qu s, o para tratar intilmente de arrancarles el agua y la humedad de las costuras. Me acerqu a Roger, como a un nio pequeo, y le sacud la cabeza enredando mis dedos en su pelo gris y revolucionado. Me di la vuelta y ech a andar

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    nuevamente hacia el camino, y segn daba los pasos so-bre la hierba encharcada, not que cada vez llova ms fino y que el sol se filtraba muy dbil entre las nubes. Pens que tal vez escampase durante un rato.

    Quin sabe, algunas veces suceden milagros.

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    V Certamen Literariodel Agua de Emasesa

    Participacin

    Los datos de participacin son los siguientes:

    V Certamen Literario: un total de 300 obras (155 cuentos y 145 relatos).

    La obras procedentes de fuera de Espaa son en su mayora de Amrica Latina como ya es habitual, siendo los pases con ms participacin Argentina, Mxico, Venezuela y Colombia. En cuanto a la partici-pacin por gnero destacar un 54% de mujeres frente a un 46% de hombres.

    El Fallo del jurado

    El jurado se reuni al objeto de fallar los premios el 10 de junio de 2013. Su veredicto fue el siguiente:

    En la modalidad de RELATO CORTO concedi el pri-mer premio al relato titulado Al dolor de la Luna. His-

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    toria ambientada en la Galicia Rural, lluviosa mgica y supersticiosa. Cuenta la historia de una nia cuya madre cree que es meiga por nacer la noche en que muere Cristo. La nia crece y siente una fascinacin especial por el bos-que, donde tiene lugar el dramtico desenlace del relato.

    Su autora Elena Marqus de Sevilla es licenciada en Fi-lologa Hispnica y trabaja como correctora de textos en el Parlamento de Andaluca. Ha ganado varios pre-mios de relatos, como el Paso del Estrecho 2010, el XV Certamen Literario San Jorge de Madrigueras (Al-bacete) y el V Concurso de Relato Cortos Ciudad de Huesca; y de poesa, como el III Premio del V Certamen Poemas sin rostro, convocado por Canal Literatura, y el segundo premio del Certamen de Poesa del Ayun-tamiento de Herencia. Ha participado en varias antolo-gas y publicado la novela corta El ltimo discurso del general Santibez.

    El segundo premio en la modalidad de relato corto fue para el relato titulado El agua del Mar tambin es agua. Nos cuenta una historia ambientada en la gris y lluviosa Irlanda. La historia de un hombre extrao naci-do en un faro junto al acantilado. A la edad de 50 aos se sienta al borde del acantilado asustando a un buen amigo que quiere llevarlo de vuelta a casa pues piensa que pueda tirarse al mar. El hombre extrao cuenta a su buen amigo sus pensamientos.

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    Su autora Juncal Baeza de Madrid es licenciada en Cien-cias Ambientales y estudiante de Psicologa. Trabaja como Gestor de Proyectos de Cooperacin Internacio-nal, y en los ltimos aos ha obtenido diversos premios y accsit en certmenes literarios nacionales e interna-cionales. Leer es una de sus aficiones principales, sien-do algunos de sus autores favoritos Julian Barnes, J.M. Coetzee, Juan Jos Mills o Javier Maras.

    En la modalidad de CUENTO INFANTIL el jurado otor-go el primer premio al cuanto titulado Solo cuatro go-tas de agua en el cual Doa Aurorita como protagonista nos relata la de cosas importantes que se realizan gracias a cuatro gotas de lluvia.

    Su autora Amalia Ca Abascal de Pamplona (Navarra), veterinaria de profesin pero aficionada desde pequea a la escritura. Hace 4-5 aos empez a escribir cuentos para nios y ha obtenido varios premios literarios. En octubre publica su primera novela infantil con la edito-rial Edelvives: Nada o qu tienen en comn un mago y un aprendiz de cartero.

    El segundo premio fue otorgado al cuento titulado El viaje multicolor de Tomasso Benvenuto, donde se nos cuenta la historia de un gigante glotn y poeta que viva en Sicilia. Comienza un viaje pasa por los Alpes y termi-na en Venecia.

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    Su autora Nieves Pulido de Madrid, escribe poesa y na-rrativa breve. Ha publicado un libro de poemas que se llama Grandes xitos (Diputacin de Soria, 2011) y que result galardonado con el Premio Gerardo Diego 2010. Ha participado en numerosos recitales de poesa organi-zados en cafs, teatros y libreras de Madrid. Una muestra de su trabajo est publicada en la revista digital de poesa ConVersos. Actualmente imparte un taller de narrativa para mujeres y escribe su segundo libro de poemas.

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    El jurado del V Certamen Literario del Agua de Emasesa

    Presidente del Jurado:

    Jess Maza Burgos, Consejero Delegado de Emasesa

    Componentes del Jurado:

    Antonio Rivero Taravillo (Melilla 1963) escritor, tra-ductor, ensayista y poeta espaol. Reside desde 1964 en Sevilla, donde ha desarrollado toda su carrera literaria. Ha sido director de la Casa del Libro en Sevilla, y de las revistas Mercurio y El Libro Andaluz. Entre otros ha recibido el Premio Andaluz a la Traduccin, el Premio Archivo Hispalense, En 2011 recibi el Premio Feria del Libro de Sevilla, tambin posee el Premio Comillas de Biografa y recientemente ha recibido el Premio al Me-jor ensayo publicado en 2011 del blog de crtica literaria estado crtico, por su segunda entrega de la biografa de Luis Cernuda.

    Jos Luis Rodrguez del Corral es un escritor, librero y fillogo espaol (Morn de la Frontera, Sevilla 1959). es escritor, librero y fillogo, ganador del XXV Premio La Sonrisa Vertical con su primera novela Llmalo deseo.

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    En 2005 public La Clera de Atila, novela que recrea la poca terrible y fabulosa en que empez a configurarse Europa. En 2011 obtuvo el prestigioso premio Caf Gi-jn por su novela Blues de Trafalgar.

    Rosa Daz, poeta y escritora sevillana (Sevilla 1946) poe-ta y escritora sevillana Vocal por Sevilla de la Asociacin Colegial de Escritores de Espaa, miembro de la Aso-ciacin de Crticos Andaluces Crticos del Sur, Entre otros ha obtenido los siguientes premios: Jos M Mo-rn 1983, Barro 1984, Ciudad de Alcal de Guada-ra 1986, Ruta de la Plata 1986, Ciudad de Alcal de Henares 1987, Miguel Hernndez 1992.Aljabi-be 2000Ciudad de Jan 2003. La Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Crdoba, le ha concedido la Medalla de Oro de Don Luis de Gngora y Argote. En la prxima edicin de la revista de literatura Zurgay, le dedican un amplio estudio a su poesa firmado por eminentes escritores. Este ao 2013 ser la pregone-ra de la Vel de Santa Ana.

    Eduardo Jord (Palma de Mallorca 1956) escritor y poe-ta palmense. Es licenciado en Filologa Hispnica por la Universidad de Palma de Mallorca. Tras viajar por di-versos pases del mundo se afinc en Sevilla en 1989, colabora activamente con diversos peridicos. Es autor de poemas, novelas, traducciones y libros de viajes. En-tre otros ha obtenido el III premio Mlaga de novela de

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    2007, el XIV premio Via Alta Ro-Caf Bretn de 2008, el IV premio de poesa Renacimiento de 2000 y el III pre-mio Ateneo de Sevilla de poesa de 2005.

    Rafael de Czar Sievert, Poeta, pintor y narrador espa-ol (Tetun, 1951). Es Doctor en Filologa hispnica, y Catedrtico de Literatura Espaola en la Universidad de Sevilla. Ha obtenido entre otros los siguientes premios: Finalista del premio Guernica de novela (Madrid, ao l979), Mencin especial del Premio Elisee de nove-la manuscrita, Sevilla, l98l, Finalista de los premios de poesa Ricardo Molina de Crdoba y Rafael Mon-tesinos de Sevilla. Premio extraordinario de doctorado de la Universidad de Sevilla (l985). Premio Ciudad de Sevilla para Tesis doctorales, l986, Premio MARIO VARGAS LLOSA de novela.

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    Acto de entrega de premios

    El 20 de junio se celebr el acto de entrega de premios del V Certamen Literario del Agua en el saln de actos de la sede central de EMASESA, en C/ Escuela Pas 1, Sevilla. El acto cont con la presencia de miembros del jurado y de las ganadoras de los premios.

    Abri el acto el Consejero Delegado de EMASESA Jess Maza Burgos, y sucesivamente fueron interviniendo en el mismo diferentes colaboradores.

    Nieves Pulido recoge el 2 premio en la categora de Cuento Infantil por su cuento El Viaje Multicolor de Tomasso Benvenuto de manos de Francisco Garca Rivero Secretario General de EMASESA.

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    Andrs Nadal en calidad de asesor Literario del certa-men que expuso los datos ms relevantes en cuanto a la participacin. Destacar la cantidad de obras procedentes de Amrica Latina destacando Argentina con 19 obras, Mxico con 10, Venezuela 8 y Colombia con 6.

    Rosa Daz en calidad de portavoz del jurado argumen-to el fallo del mismo y nos ilustro con una intervencin donde destac la importancia de estos certmenes para impulsar la creatividad literaria.

    Elena Marqus ganadora del primer premio en la modalidad de relato corto por el relato titulado Al Dolor de la Luna.

  • ndice

    Prlogo

    Primer premio cuento infantil Solo cuatro gotas de aguaSegundo premio cuento infantil El viaje multicolor de Tomasso Benvenuto

    Primer premio de relato corto Al dolor de la LunaSegundo premio de relato corto El agua del Mar tambin es agua

    V Certamen Literario del Agua de Emasesa Participacin El fallo del jurado El jurado del IV Certamen Literario del Agua de Emasesa Acto de entrega de premios

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