Th.W ADORNO ? th.w adorno dialctica negativa la jerga de la autenticidad obra completa,6 akal /bsica

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  • Th.W ADORNO DIALCTICA

    NEGATIVA

    LA JERGA DE LA AUTENTICIDAD

    O B R A C O M P L E T A , 6

    A K A L / B S I C A D E B O L S I L L O

  • Maqueta RAG Portada Sergio Ramrez

    Titulo original Negatwe Dialektik Jargon der Eigenthchkeit

    Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1970

    De la edicin de bolsillo, Ediciones Akal, S A , 2005 para lengua espaola

    Sector Foresta, 1 28760 Tres Cantos Madrid - Espaa

    Tel 918 061 996 Fax 918 044 028

    www.akal com

    ISBN 84-460-1673-7 Depsito legal M 30 206-2005

    Impresin Fernandez Ciudad, S L (Madrid)

    Impreso en Espaa

    Reservados todos Jos derechos De acuerdo a lo dispuesto en el articulo 270 del Cdigo Penal, podran ser castigados con penas de multa y privacin de liber-tad quienes reproduzcan sin la preceptiva autorizacin o plagien, en todo o en parte, una obta

    literaria, artstica o cientfica, fijada en cualquier tipo de soporte

    Th. W. Adorno

    Dialctica negativa -La jerga de la autenticidad

    Obra completa, 6

    Edicin de Rolf Tiedemann

    con la colaboracin de Gretel Adorno,

    Susan Bech-Morssy Klauss Schultz

    Traduccin de

    Alfredo Brotons Muoz

    -Sl-

    http://www.akal

  • Introduccin

  • La filosofa, que otrora pareci obsoleta, se mantiene con vida porque se dej pasar el instante de su realizacin. EJjjujsip^sumario de^ujgggja^iaswtgnpTtka*-lrmuiado)fdj5que4poMreMgnacinante

    ra?4SSISsffifefes^ ofrece lu-gar alguno desde el cual la teora como tal pueda ser condenada por el anacronismo del que, despus como antes, es sospechosa. Quiz la interpretacin que prometa la transicin a la prctica fue insufi-ciente. El instante del que dependa la crtica de la teora no puede prolongarse tericamente. Una praxis indefinidamente aplazada ya no es la instancia de apelacin contra una especulacin autosatisfe-cha, sino la mayora de las veces el pretexto con el que los ejecutivos estrangulan por vano al pensamiento crtico del que una praxis trans-formadora habra menester. Tcas-/habe^'rotoyla^pigrr!e*s'avdg'tgr*na con la realidad p/de,estar inmediatamente a punto de,.su produccin, la filt)'soffVest*ifo"bli,ga'd*a5a,'cr6s;ariSeasimismasin contemplaciones.

    TTo que antao, por comparacin con la apariencia de los sentidos y de toda experiencia vuelta hacia el exterior, se senta como lo abso-lutamente contrario a la ingenuidad se ha convertido por su parte, objetivamente, en tan ingenuo como hace ciento cincuenta aos ya Goethe consideraba a los pobres pasantes que buenamente se entre-gaban subjetivamente a la especulacin. El introvertido arquitecto de los pensamientos vive en la luna confiscada por los extrovertidos tc-nicosTXas cpsulas conceptuales que, segn costumbre filosfica, de-ban poder acoger al todo, a la vista de la sociedad desmesuradamente expandida y de los progresos del conocimiento positivo de la natu-raleza, parecen reliquias de la primitiva economa mercantil en me-

  • 16 Dialctica negativa

    diofdefecaFdoeapitalismSirfndustirial. Tan desmedida se ha hecho la des-proporcin, mientras tanto rebajada a tpico, entre poder y espritu alguno, que hace intiles los intentos de conceptualizar lo preponde-rante inspirados por el propio concepto de espritu/La voluntad de hacer esto denota una pretensin de poder que aquello por concep-tualizar refuta. La expresin ms patente del destino histrico de la filosofa es su regresin, impuesta por las ciencias particulares, a una ciencia particular. Si, segn sus palabras, Kant se haba liberado del concepto Te escuela al pasar al concepto csmico de la filosofa1, sta ha regresado, por la fuerza, a su concepto de escuela. Siempre que confunde ste con el concepto csmico, sus pretensiones caen en el ridculo. Hegel, a pesar de la doctrina del espritu absoluto, en el cual l inclua a la filosofa, saba a sta mero momento en la realidad, ac-tividad fruto de la divisin del trabajo, y por tanto la restringa. De ah result luego su propia limitacin, su desproporcin con la rea-lidad, y tanto ms ciertamente cuanto ms a fondo olvid esa res-triccin y rechaz como algo extrao a ella la meditacin sobre su propia posicin en un todo al que monopoliza como su objeto en lugar de reconocer cunto, hasta en su composicin interna, su ver-dad inmanente depende d~eT. Slo jina.jfilo.spfa-quese desprenda 3e tal ingenuidad vale de algn' modoil^peJ2a^eseguir*1"e^clc?pf,"-sada. Pero su autorreflexin crtica no puede detenerse ante las cum-bres ms altas de su historia. A ella le cumplira preguntar si y cmo, tras la cada de la filosofa hegeliana, es ella an posible en general, tal como Kant inquira sobre la posibilidad de la metafsica despus de la crtica del racionalismo. Si la doctrina hegeliana de la dialcti-ca representa el intento inigualado "mostrarse con conceptos filo-sficos a la altura de lo a stos heterogneo, hay que rendir cuentas de la relacin debida a la dialctica en la medida en que su intento ha fracasado.

    Ninguna teora escapa ya al mercado: cada una de ellas se pone a la venta como posible entre las opiniones concurrentes, todas someti-das a eleccin, todas devoradas. Si no hay, sin embargo, anteojeras que el pensamiento pueda ponerse para no ver esto; si igualmente cierto es que la infatuada conviccin de que la propia teora ha escapado a ese destino degenera en el elogio de s misma, tampoco la dialctica ha menester de enmudecer ante tal reserva ni ante la a sta aneja de su superfluidad, de lo arbitrario de un mtodo pegado por fuera. Su

    Sabr la posibilidad de la filosofa La dialctica no es un punto de vista 17

    nombre.no dice en principio nada

  • 18 Dialctica negativa

    te soldados. La totalidad de la contradiccin no es nada ms que la no-verdad de la identificacin total, tal como se manifiesta en sta. La contradiccin es la no-identidad bajo el dictamen de una ley que afectajfambin a lo no-idntco.

    Pero sta no es una ley cteTpensamiento, sino real. Quienje_plie-ga a la disciplina dialctica ha incuestionablemente de pagarlo con el amargo sacrificio de la diversidad cualitativa de la experiencia. Sin em-"BrgoT l empobrecimiento de la experiencia por ta dialctica, que escandaliza a las sanas intenciones, en el mundo administrado se re-vela como adecuado a la uniformidad abstracta de ste. Lo que tiene de doloroso es el dolor, elevado a concepto, por el mismo. El cono-cimiento debe sometrsele si no quiere degradar una vez ms la con-crecin a la ideologa en que realmente est comenzando a conver-tirse. Una versin modificada de la dialctica se content con su renacimiento desvigorizado: su deduccin de las aporas de Kant des-de el punto de vista de la historia del espritu y lo programado, pero no cumplido, en los sistemas de sus sucesores. Cumplir no es sino ne-gativo. La dialctica desarrolla la diferencia, dictada por lo universal, de lo particular con respecto a lo universal. Mientras que ella, l ce-sura entre sujeto y objeto penetrada en la consciencia, es inseparable del sujeto (y surca todo lo que, incluso de objetivo, piensa ste), tendra su fin en la reconciliacin. sta liberara lo no-idntico, lo desemba-razara aun de la coaccin espiritualizada, abrira por primera vez la multiplicidad de lo diverso, sobre la que la dialctica ya no tendra poder alguno. La reconciliacin sera la rememoracin de lo mltiple ya no hostil, que es anatema para la razn subjetiva. La dialctica sir-veTTa~r5onciliacin. Desmonta el carcter de coaccin lgica a que obedece; por eso se la acusa de panlogismo. En cuanto idealista, es-taba claveteada al predominio del sujeto absoluto en cuanto la fuer-za que negativamente produce cada movimiento singular del concepto y la marcha conjunta. Incluso en la concepcin hegeliana, que des-bordaba a la consciencia individual y aun a la trascendental kantiana y fichteana, tal primaca del sujeto est histricamente condenada. La desaloja no sTolaTalta de vigor de un pensamiento adormecedor, que ante la preponderancia del curso del mundo renuncia a construirlo. Ms bien, ninguna de las reconciliaciones que afirm el idealismo ab-soluto -cualquier otro result inconsecuente-, desde las lgicas has-

    TalaTpoltico-histricas, fue slida. El hecho de que el idealismo con-

    Realidady dialctica 19

    sistente no haya podido constituirse ms que como eptome de la con-tradiccin es tanto su verdad, de lgica consecuente, como el castigo que merece su logicidad en cuanto logicidad; apariencia tanto como necesaria. Pero la reanudacin del proceso a la dialctica, cuya forma no-idealista entretanto ha degenerado en dogma, lo mismo que la idea-lista en bien cultural, no decide nicamente sobre la actualidad de un modo de filosofar histricamente transmitido, o sobre la estructura filosfica del objeto de conocimiento. Hegel haba devuelto a la filo-' sofa el derecho y la capacidad de pensaFcotenidos en lugar de con-' tentarse con el anlisis de formas de conocimiento vacas y, en sentido enftico, nulas. La filosofa actual recae, cuando en general trata de algo . con contenido, en la arbitrariedad de la concepcin del mundo, o bien en aquel formalismo, aquello indiferente, contra lo que Hegel se ha-ba sublevado. La evolucin de la fenomenologa, a la que en un tiem-po anim la necesidad de contenido, hacia una evocacin del ser que rechaza todo contenido como impureza, prueba esto. El filosofar de HegeJwsoJ)rontenidos*tuvecomojfundamentoy.resultado lagrimaca,

    ~el~suj,et04!sgnJa.igmosatfsrn-ulacin,deJa

  • 20 Dialctica negativa

    cedieron a la metafsica tradicional. Por amor a lo no-conceptual, Berg-son cre, con un golpe de fuerza, otro tipo de conocimiento. La sal dialctica es arrastrada por la corriente indiferenciada de la vida; lo fijado como cosa, degradado como subalterno, no concebido junto con su subalternidad. El odio al rgido concepto universal instaura un culto de la inmediatez racional, de la libertad soberana en medio de lo no libre. Sus dos modos de conocimiento los proyecta en una oposicin tan dualista como slo lo fueron las doctrinas por l ata-cadas de Descartes y Kant; al mecnico-causal, en cuanto saber prag-mtico, el intuitivo le molesta tan poco como a la estructura burguesa la relajada despreocupacin de quienes deben su privilegio a esa es-tructura. Las tan celebradas intuiciones aparecen bastante abstractas en la misma filosofa de Bergson, apenas van ms all de la consciencia fenomnica del tiempo que incluso en Kant subyace al tiempo fsi-co-cronolgico (al espacial segn el anlisis de Bergson). Por ms que arduo de desarrollar, el comportamiento intuitivo del espritu, arcai-co rudimento de una reaccin mimtica, sigue sin duda existiendo de hecho. Lo que lo precede promete algo ms all del petrificado pre-sente. Slo intermitentemente se logran, sin embargo, las intuiciones. Todo conocimiento, incluido el propio de Bergson, ha menester de la racionalidad por l despreciada, precisamente si quiere concretarse. La duracin elevada a absoluto, el puro devenir, el actuspurus, se con-vertira en la misma atemporalidad que Bergson censura en la meta-fsica desde Platn y Aristteles. A l no le preocupaba el hecho de que lo que busca a tientas, si no es que resulte ser un fata morgana, nicamente cabra enfocarlo con el instrumental del conocimiento, mediante la reflexin sobre sus propios medios; ni el que, con un mo-do de proceder que de antemano carece de mediacin con el del cono-cimiento, se degenera en arbitrariedad. - El Husserl lgico, por el con-trario, destac ciertamente de manera ntida el modo de aprehender la esencia frente a la abstraccin generalizadora. Lo que tena en men-te era una experiencia espiritual especfica que deba poder ver la esen-cia a partir de lo particular. Ahora bien, la esencia en cuestin no se, distingua en nada de los conceptos universales corrientes. Entre las operaciones para la visin de las esencias y su terminus ad quem hay una desproporcin enorme. Ninguno de los dos intentos de evasin consiguieron escapar al idealismo: Bergson se orientaba, lo mismo que_ suTeemgos jurados positivistas, por las donnes immdiates de la cons-

    El inters de la filosofa 21

    V;_Husserl, anlogamentejjor lorfenmenos del flujo de la cons-_ciencia. Ni uno ni otro salen del permetro de la inmanencia suBje-j iva5 . Cojrtxa_ajriboTHai[5na"que insrsTF^eji3su?^55.lirSiro"Erel*=

    siguen^ decir contra WittgensteinTcTque no se puede decir. La_sencjlla contradiccindTesta demanda es la de la mismalTosofa: califica a Tita como cfialectica antes siquiera de que se enrede en sus contra-dicciones de detalle. El trabajo de la autorrefiexin filosfica consis-te en desejird^esa~paraHoja. Todo lo dems es significacin, re-construccin, hoy como en los tiempos de Hegel prefilosficas. Una confianza, por problemtica que sea, en que a la filosofa le es posi-ble; en que el concepto puede trascender al concepto, lo preparato-rio y lo que remata, y, por tanto, alcanzar lo privado de conceptos, es imprescindible a la filosofa, al igual que precisa de algo de la ingenuidad de que sta adolece. De lo contrario, debe capitular, y con ella todo el espritu. No se podra pensar la ms simple operacin, no habra ninguna verdad; dicho enfticamente: todo no sera ms que nada. Pero lo que de la verdad; se toca mediante los conceptos ms all de su abstracto cerco no puede tener ningn otro escenario que lo por l oprimido, despreciado y rechazado. La utopa del conocimiento sera abrir con conceptos lo privado de concepto$riureqg|p5nrfIo_a~ los. """" " ~"

    Semejante concepto de dialctica despierta dudas_sobre su posi-bilidad. La anticipacin de un constante movimiento entre contradic-ciones parece ensear, por muy modificada que est, la totalidad del espritu, precisamente la tesis derogada de la identidad. El espritu que no deja de reflexionar sobre la contradiccin en la cosa debe ser esta misma si es que la cosa se ha de organizar segn la forma de la con-tradiccin. La verdad que en la dialctica idealista impulsa ms all de todo lo particular como algo falso en su unilateralidad es la del todo; si no estuviese pensada de antemano, los pasos dialcticos careceran de motivacin y orientacin. A esto se ha de contestar que el objeto de la experiencia espiritual es en s, de manera sumamente real, un sistema antagonista no slo gracias a su mediacin como sujeto cog-noscente que se reencuentra en sta. La constitucin forzosa de la rea-lidad que el idealismo haba proyectado en la regin del sujeto y del espritu debe retraducirse a partir de sta. Lc^que del idealismo que-da es que el determinismo objetivo del espritu, la sociedad, es tanto una suma de sujetos como la negacin de stos. Estn en ella irreco-

  • 22 Dialctica negativa

    nocibles y desvigorizados; por eso es igual de desesperadamente ob-jetiva y concepto, lo cual el idealismo confunde con algo positivo. El_ sistema no es el del espritu absoluto, sino el del ms condicionado de todos los que disponen de l y ni siquiera son capaces de saber has-ta qu punto es propio de ellos. Radicalmente distinta de la cons-titucin terica, la preformacin subjetiva del proceso social de pro-duccin material es lo que ste tiene de irresuelto, de irreconciliado con los sujetos. Su propia razn, que, tan inconsciente como el suje-to trascendental, instaura la identidad mediante el engao, les resulta inconmensurable a los sujetos a los que ella reduce al denominador co-mn: el sujeto como enemigo del sujeto. La universalidad precedente es verdadera tanto como no-verdadera: verdadera porque constituye aquel ter que Hegel llama espritu; no-verdadera porque la suya no es an razn, sino producto del inters particular. Por eso la crtica fi-losfica de'la'identidad'trasciende a* la filosofa'. Pgjp_el hecho de que se necesite igualmente de lo no subsumible bajo la identidad -segn la terminologa marxista, del valor de uso para que la vida en gene-ral, incluso bajo las relaciones de produccin dominantes, perdure es

    "loTnefable de la utoga^Esta se introduce en lo que se ha conjurado* para que no se realice. Teniendo en cuenta la posibilidad concreta de la utopa, la dialctica es la Mitologa de la situacin falsa. Una situa-cin justa, irreductible tanto a sistema cuanto a contradiccin, se li-berara de ella.

    La filosofa, incluida la hegeliana, se expone a la objecin general de que, puesto que por fuerza tiene como material conceptos, anticipa una decisin idealista. De hecho, ninguna filosofa, ni siquiera el empi-rismo extremo, puede traer por los pelos los facta bruta y presentarlos como casos de anatoma o experimentos de fsica: ninguna puede, como no pocas pinturas quieren hacerle creer seductoramente, meter las co-sas singulares en los textos. Pero el argumento, en su generalidad for-mal, toma el concepto, tan fetichistamente como ste se exhibe inge-nuamente en su mbito, como una totalidad autosuficiente sobre la que nada puede el pensamiento filosfico. En verdad todos los con-ceptos, incluidos los filosficos, acaban en lo no-conceptual, pues son por su parte momentos de la realidad, la cual -primariamente con fi-nes de dominio de la naturaleza necesita de su formacin. Aquello como lo cual la mediacin conceptual se aparece, desde el interior, a s misma, la preeminencia de su esfera, sin la cual nada es sabido, no

    El todo antagonista - Desencantamiento del concepto 23

    debe confundirse con lo que ella es en s. Tal apariencia de algo que es en s le confiere el movimiento que le exime de la realidad a la que por su parte est uncida. De la necesidad que tiene la filosofa de operar con conceptos no puede hacerse la virtud de su prioridad, como tam-poco, aTla inversa, puede hacerse de la crtica de esta virtud el vere-lcto sumario sobre la filosofa. No obstante, la comprensin de que

    "su" esencia conceptual, a pesar de su inevitabilidad, no es su absoluto est, a su vez, mediada por la conformacin del concepto; no es una tesis dogmtica, y menos ingenuamente realista. Conceptos como el del ser al comienzo de la Lgica de Hegel significan en principio, enfticamente, lo no-conceptual; apuntan, con expresin de Lask, ms all de s. Contribuye a darles sentido el hecho de que no se conten-tan con su propia conceptualidad, a pesar de que, al incluir lo no-con-ceptual como su sentido, tienden a equipararse a ello y permanecen por tanto prisioneros en s. Su contenido les es tan inmanente, espiri-tual, como ntico, trascendente a ellos. Mediante la autoconsciencia de esto consiguen desprenderse de su fetichismo. La reflexin filos-fica se asegura de lo no-conceptual en el concepto. De lo contrario, ?ste, segn el dictamen de Kant, sera vaco; al final, en general, ya no sera el concepto de algo y, por tanto, devendra nulo. La filosofa que reconoce esto, que abroga la autarqua del concepto, quita la venda de

    _los ojos. Que el concepto es concepto aunque trata del ente en nada cambia el hecho de que est por su parte enredado en un todo no-con-ceptual contra el que nicamente su cosificacin, que por supuesto lo instaura como concepto, lo impermeabiliza. El concepto es un mo-mento como otro cualquiera en la lgica dialctica. Su ser mediado por

    Tono-conceptual sobrevive en l gracias a su significado, que por su parte fundamenta su ser concepto. Lo caracteriza tanto el referirse a To no-conceptual -tal como, en ltimo trmino, segn la teora tradi-cional del conocimiento, toda definicin de conceptos ha menester de momentos no-conceptuales, decticos- como, por el contrario, el (en cuanto unidad abstracta de los onta en l subsumidos) alejarse ce o j5ntico. Cajribjiaj^jtajdh^a hacia lo no-idntico, es ejjjozofe deJa_dialcj:ica negativa. La comprensin^del carcter constitutivo de lo no-conceptual en el concepto acabara con lacoaccin a la identidad que el concepto, sin tal reflexin que se lo impida, comporta. Su autorreflexin sobre el propio sentido aparta de la apariencia de ser en s del concepto en cuanto una unidad de sentido.

  • 24 Dialctica negativa

    El antdoto de la filosofa es el-deseneantamiento del concepto. Im-pide su propagacin: que se convierta para s mismo en el absoluto. Una idea legada por el idealismo y pervertida por ste como ningu-na otra, que ha de cambiar de funcin, es la de infinito. No cumple a la filosofa ser exhaustiva segn el uso cientfico, reducir los fenme-nos a un mnimo de proposiciones. As lo indica la polmica de Hegel contra Fichte, que parte de un proverbio. La,filosofa,quiere ms bienjibismarse literalment'een lSfrterogneo a ella,-,sin-reducirlo a ca-tegoras prefabricadas. Querra ajustarse a ello tan estrechamente como en vano deseaban hacerlo el programa de la fenomenologa y de Simmel: su meta es la exteriorizacin integral. nicamente all donde la filo-sofa no lo impone cabe aprehender el contenido filosfico. Se ha de abandonar la ilusin de que pueda confinar a la esencia en la finitud de sus determinaciones. Quiz a los filsofos idealistas la palabra in-finito se les vena a la boca con tan fatal facilidad porque queran mi-tigar la corrosiva duda sobre la magra finitud de su aparato concep-tual, incluido, pese a su intencin, el de Hegel.^La filosofa tradicional cree poseer su objeto como infinito, y por ello se hace, en cuanto fi-losofa, finita, terminada. Una filosofa modificada debera cancelar esa pretensin, no seguir convencindose a s y a los dems de que dis-ponerle lo infinito. Pero, en lugar de eso, sera ella la que, sutilmen-tejntendida, se hara infinita, por cuanto desdeara fijarse en un corpus de teoremas^ejt^merahles.jrendra su contenido en la diversidad^o aprestada por un esquema, de objetos que se le imponen o que ella busca; se abandonara verdaderamente a ellos, no los utilizara como espejos en los que reproducirse, confundiendo su copia con la con-crecin. No sera otra cosa que la experiencia plena, no reducida, en el medio de la reflexin conceptual; incluso la ciencia de la experiencia de la consciencia degrad los contenidos de tal experiencia a ejem-plos de categoras. Lo que incita a la filosofa al arriesgado empeo e su propia infinitud es la expectativa sin garantas de que cada sin-gular y particular que descifre represente en s, como la mnada leib-niziana, ese todo que como tal no deja de escurrrsele; por supuesto, segn una disarmona preestablecida, antes que como armona. El giro metacrtico contra la prima philosophia es al mismo tiempo aquel con-tra la finitud de una filosofa que alardea de infinitud y no la respe-ta. El conocimiento no interioriza por completo ninguno de sus ob-jetos. No debe preparar el fantasma de un todo. As, la tarea de una

    La infinitud 25

    interpretacin filosfica de las obras de arte no puede ser producir su identidad con el concepto, agotarlas en ste; a travs de ella, sin em-bargo, se despliega la obra en su verdad. Lo que por el contrario se puede prever, sea como proceso regulado de la abstraccin, sea como aplicacin del concepto a lo comprendido en su definicin, quiz sea til como tcnica en el ms amplio sentido: para la filosofa, que no se deja encasillar, es indiferente. Por principio siempre se puede equi-vocar, y, slo por eso, ganar algo. El escepticismo y el pragmatismo, en ltimo trmino incluso en la versin absolutamente humana de ste, la de Dewey, lo han reconocido; pero eso habra que aadirlo como fermento de una filosofa vigorosa, no renunciar a ello de antemano a favor de la prueba de su validacin, Fygnte^al dominio total del m-todo, j13iJ^opj3Ql}njsPJ2SGY

    imente> el momento deljuego que Ta^rac[i^n^e^sjixisn.ti1^aQn}uerra extirpar.. Tambin para Hegel eroste'n punto neurlgico: l rechazaba ... las especies y diferen-cias que estn determinadas por el azar externo y por el juego, no por la razn6. Eljjensamiento no ingenuo sabe qu poco alcanza de lo pensado, y sin embargo debe siempre hablar como si lo tuviera com-pletamente. Esto lo aproxima a la payasada. Los rasgos de sta puede negarlos tanto menos cuanto que son lo nico que le abre la esperanza a lo que le est vedado. La filosofa es lo ms serio de todo, pero tam-

    "poco es tan seria. Algo que aspira a lo que ello mismo no es ya a priori, y sobre lo que no tiene ningn poder garantizado pertenece al mismo tiempo, segn su propio concepto, a una esfera de lo incondiciona-do de la que la esencia conceptual hizo un tab. No de otro modo puede el concepto representar la causa de lo que l suplant, la mi-mesis, que apropindose de algo de sta en su propio comportamiento, sin perderse en ella. En tal medida, aunque por una razn totalmen-te diferente que en Schelling, no es el momento esttico accidental para la filosofa. No menos, sin embargo, compete a sta superarlo en la perentoriedad de sus intelecciones de lo real. Esta y el juego son sus polos. La afinidad de la filosofa con el arte no autoriza a la pri-mera a tomar prstamos del segundo, menos an en virtud de las in-tuiciones que los brbaros toman por la prerrogativa del arte. Tam-poco en el trabajo artstico caen stas casi nunca aisladamente, como rayos desde lo alto. Han crecido junto con la ley formal de la obra; si se las quisiese preparar separadamente, se disolveran. El pensamien-to, adems, no guarda fuentes cuya frescura lo liberara de pensar; no

  • 26 Dialctica negativa

    se dispone de ningn tipo de conocimiento que sea absolutamente dis-tinto del que se tiene, ante el que presa del pnico y en vano huye el intuicionismo. Una filosofa que imitara al arte, que quisiera conver^. tirse por s misma en obra de arte, se tachara a s misma.Postulara

    TFprtensin de identidad: que su objeto se absorbiera en ella conce-diendo a su modo de proceder una supremaca a la que lo heterog-neo se acomoda a priori en cuanto material, mientras que justamen-te su relacin con lo heterogneo es temtica para la filosofa. El arte y la filosofa no tienen lo que les es comn en la forma o en eFpro^ cedimiento configurador, sino en un modo de proceder que prohibe la pseudomorfosis. Ambos mantienen la fidelidad a su propio conte-nido a travs de su oposicin; el arte, al hacerles dengues a sussigni-^ ficados; la filosofa, al no prenderse de nada inmediato. El concepto filosfico no ceja en el anhelo que anima al arte en tanto aconceptual

    "y~cuyo_cumplimiento escapa de su inmediatez como de una apariencia. "rgano del pensar e igualmente el muro entre ste y lo que se ha de pen- _, ^sar, el concepto niega ese anhelo. Tal negacin la filosofa no puede ni_ esquivarla ni plegarse a ella. A eira~compete el empeo de llegar ms all del concepto por medio del concepto.

    Incluso tras el repudio del idealismo, no puede, por supuesto en un sentido ms amplio que en el demasiaacTposTtvamente hegelia-no , prescindir_de kesj^eculacin que el idealismo puso en bjaga y que con l cay en desgracia. AJos_positivistas no les resulta difcil acu-sar de especulacin al materialismo marxista, que parte dejeyes.de ja_ esencia objetiva, de ningn modo de datos inmediatos o de propo-siciones protocolarias. Para purificarse de la sospecha de ideologa,

    Si, por lo dems, aun hoy en da el escepticismo es con frecuencia considerado como un enemigo irresistible de todo saber positivo en general y por tanto tambin de la filosofa en la medida en que en sta se trata del conocimiento positivo, se ha por el contrario de sealar que, de hecho, es meramente el pensar del entendimiento abstrac-to el que tiene que temer al escepticismo y el que no se puede resistir a ste, mientras que la filosofa contiene en s al escepticismo como un momento, a saber, como lo dia-lctico Pero entonces la filosofa no se queda en el resultado meramente negativo de la dialctica, como es el caso con el escepticismo Este confunde su resultado al retenerlo como mera, es decir, abstracta negacin Como la dialctica tiene como resultado suyo lo negativo, esto es, precisamente en cuanto resultado, al mismo tiempo tiene lo posi-tivo, pues contiene como superado en si aquello de lo cual resulta y sin lo cual no es Pero sta es la determinacin fundamental de la tercera forma de lo lgico, a saber, de lo especulativo o racional-positivo (Hegel, WW8, pp 194 ss)

    El momento especulativo 27

    ahora mismo es ms oportuno calificar a Marx de jnetafsico que de enemgo~dircase. Po el terreno seguro es un fantasma all donde la pretensin d verdad exige elevarse por encima de l. La filosofa no puede alimentarse de teoremas que quieran disuadirla de su inters esencial, en lugar de satisfacerlo siquiera con un no. Los movimien-tos contrarios a Kant lo han sentido desde el siglo XIX, aunque una y otra vez comprometidos con el oscurantismo. Pero la resistencia de la filosofa necesita del despliegue. Incluso en la msica, y sin duda en todo artTet impulso que incita al primer comps no se encuentra cum-plido enseguida, sino slo en el discurso articulado. En tal medida, por mucho que ella sea tambin apariencia en cuanto totalidad, ani-ma a ejercer a travs de sta la crtica de la apariencia, la de la pre-sencia del contenido aqu y ahora. Tal mediacin no conviene menos a la filosofa. Si se permite decirlo con una conclusin breve, como

    lI~cortocrcuito, cae sobre ella el veredicto hegeliano sobre la profun-didad vaca. A quien habla de lo profundo esto lo hace tan poco pro-fundo como metafsica a una novela que refiera las opiniones metafsi-cas de su personaje. Reclamar de la filosofa que aborde la cuestin del ser u otros temas principales de la metafsica occidental es propio de una fe primitiva en el material. Sin duda, ella no puede sustraerse a la 3igldad de esos temas, pero no hay confianza en que le corresponda eTtratamiento de los grandes objetos. Hasta tal punto tiene que temer los caminos trillados de la reflexin filosfica, que su inters enftico busca refugio en objetos efmeros, an no sobredeterminados por las intenciones. La problemtica filosfica tradicional se ha de negar, por supuesto sin desligarse de sus preguntas. El mundo objetivamente arre-XQapgado como totalidad no libera a la consciencia. La fija incesante-mente a aquello de lo que quiere evadirse; su botn no es, sin embar-jjo, otro justamente, que un pensar que con toda frescura y alegra .comienza desde el principio, despreocupado de la forma histrica de siosproblemas. Slo gracias a su aliento cogitativo participa la filoso-fae la idea de profundidad. Modelo de ello en los tiempos moder-nos es la deduccin kantiana de los conceptos puros del entendimiento, cuyo autor, con irona abismalmente apologtica, dijo que era algo profundamente planteado7. Tambin la profundidad es, como a He-gel no se le escap, un momento de la dialctica, no una cualidad ais-lada. Segn una abominable tradicin alemana, figuran como pro-fundos los pensamientos que se juramentan por la teodicea dTmaJy de

    dejeyes.de

  • 28 Dialctica negativa

    la muerte. Callada y subrepticiamente se introduce un termmus ad auem^teolgico, como si lo decisivo para la dignidad del pensamien-to fuera su resultado, Ja. confirmacin de la trascendencia, o la in-IersIori^Taltenondad, el mero ser-para-s; como si_la retirada del mui^dojuera sin ms una con la consciencia del fundamento demun-djxJFrejuejJos fantasmas de la profundidad que en la historia del es-pritu siempre estuvieron bien dispuestos hacia lo constituido, que para ellos era demasiado inspido, su verdadera medida sera la resistencia. ErpodeFcTe To constituido erige las fachadas contra las que se estre-lla la consciencia. Esta debe tratar de atravesarlas. Slo eso arrancara el postulado de la profundidad a la ideologa. En tal resistencia sobre-vive el momento especulativo: lo que no se deja prescribir su ley por los hechos dados los trasciende incluso en el contacto ms estrecho con los objetos y en el repudio de la sacrosanta trascendencia. Donde el pensamiento va ms all de aquello a lo que se vincula, resistindo-se a ello, est su libertad. sta obedece al impulso expresivo del sujeto.^ La necesidad de prestar voz al sufrimiento es condicin de toda^verdad^ Pues el sufrimiento es objetividad que pesa sobre el sujeto; lo que ste experimenta como lo ms subjetivo suyo, su expresin, est objetiva-mente mediado.

    Esto puede ayudar a explicar po iqu a1-lafilos'f'*su exposicin no.le es indiferente y extrfif'W^^m^W'id^MldXir^ vs de ju_expresin -el lenguaje-*se objeti%as,ujntegral momento^ex-presivo, aconceptual y mimtico. EaTib^taAdla.filosofa no es nada msqueja capacidad-para contribuir a darvozasu~faita"de libed STeTmomento expresivo aspira a msrdegerteren concepcin" del mn-do; cuando renuncia al moment.Qj;expresiyO"-y al deber de exposicin-, seTsimila a la ciencia. Expresin y rigor no son para ella posibilidades dlcotmlcas. Se necesitan mutuamente, ninguna es sin la otra. El pen-sar por el que se esfuerza, lo mismo que el pensar en ella, exime a la ex-presin de su contingencia. Slo en cuanto expresado, a travj_de4a exposicin verbal, se_hace el pensar concluyentero~dicho laxamente est mal pensaHo7 Lajexpresin orjliga~aI rior~alo_exprejado. No es unf en s misma a expensas de esto, sino que lo arranca a la per-versin cosista, objeto por su parte de la crtica filosfica. Una filoso-fa especulativa sin basamento idealista requiere fidelidad al rigor para quebrar su autoritaria pretensin de poder. Benjamn, cuyo esbozo original del Libro de los Pasajes aunaba de manera incomparable ca-

    l a exposicin 29

    pacidad especulativa con proximidad microlgica a los contenidos fac-tuales, en su correspondencia sobre el primer estrato (propiamente ha-blando, metafsico) de ese trabajo juzg luego que slo poda llevar-se a cabo como ilcitamente "potico"8. Esta declaracin de capitulacin designa tanto la dificultad de una filosofa que no quiera divagar como el punto en que su concepto se ha de prolongar. La produjo, sin duda, la aceptacin, por as decir como una concepcin del mundo, del ma-terialismo dialctico con los ojos cerrados. Pero el hecho de que Ben-jamn no se decidiera a la redaccin definitiva de la teora de los Pa-sajes nos recuerda que la filosofa es ms an que una empresa cuando se expone al fracaso total, como respuesta a la seguridad absoluta tra-dicionalmente subrepticia. El derrotismo de Benjamn con respecto a su propio pensamiento estaba condicionado por un resto de posi-tividad no dialctica que l arrastr, inalterado segn la forma, des-de la fase teolgica a la materialista. Por el contrario, la equiparacin hegeliana de la negatividad al pensamiento, que protege a la filoso-fa tanto de la positividad de la ciencia como de la contingencia di-letante, tiene su contenido de experiencia. Pensar es, ya en s, negar todo contenido particular, resistencia contra lo a l impuesto; esto el pensar lo hered de la relacin del trabajo con su material, su ar-quetipo. Cuando hoy ms que nunca la ideologa incita al pensamiento a la positividad, registra ladinamente que justamente sta es contra-ria al pensar y que se necesita la intercesin amistosa de la autoridad social para acostumbrarlo a la positividad. El esfuerzo implcito, como contrapartida de la intuicin pasiva, en el concepto mismo del pen-sar es ya negativo, sublevacin contra la exigencia de plegarse a ello que tiene todo lo inmediato. Juicio y conclusin, las formas cogita-tivas de las que ni siquiera la critica del pensaFpiuede prescindir, con-tienen en sj^grmenes crticos; su determinidad siempre es al mismo tiempo exclusin de lo no alcanzado por ellas, y la verdad que quie-ren organizar niega, aunque con derecho cuestionable, lo no acua-do por ellas. El juicio segn el cual algo es as rechaza potencialmente que la relacin entre su sujeto y su predicado sea distinta a como se expresa en el juicio. Las formas cogitativas quieren ms que lo me-ramente existente, dado. La punta que el pensar dirige contra su' material no es nicamente el dominio de la naturaleza convertido en espiritual. Mientras hace violencia al material sobre el que ejerce sus sntesis, el pensar cede al mismo tiempo a un potencial que espera en

  • 30 Dialctica negativa

    lo opuesto a l y obedece inconscientemente a la idea de reparar en los pedazos lo que l mismo perpetr; esto inconsciente se hace cons-ciente para la filosofa. A un pensar irreconciliable se asocia la ex-periencia en la reconciliacin, porque la resistencia del pensar a lo que meramente es, la imperiosa libertad del sujeto, intenta tambin en el objeto lo que por su aprestamiento como objeto ha perdido ste.

    La especulacin tradicional desarroll la sntesis de la diversidad por ella representada, sobre la base kantiana, como catica, e inten-t finalmente devanar a partir de s todo contenido. Por el contrario, el telos de la filosofa, lo abierto y descubierto, es tan antisistemtico

    _como su libertad de interpretar los fenmenos que inerme afronta._Pero ella_sigue teniendo que respetar el sistema en la medida en que lo he-terogneo a ella se le enfrenta como sistema. Hacia ello se mueve el mundo administrado. El sistema es la objetividad negativa, no el su-

    je to positivo. En una fase histrica que ha relegado los sistemas, en cuanto que se aplican seriamente a contenidos, al ominoso reino de la poesa de pensamientos, y que ellos nicamente ha conservado el p-lido contorno del esquema de ordenamiento, resulta difcil represen-tarse vividamente lo que otrora impuls al espritu filosfico al siste-ma. La virtud de la parcialidad no debe impedir a la contemplacin de la historia de la filosofa reconocer lo superior que ste, raciona-lista o idealista, fue durante ms de dos siglos a sus oponentes; stos aparecen, comparados con l, triviales. Los sistemas ponen manos a la obra, interpretan el mundo; propiamente hablando, los dems nun-ca hacen sino aseverar: esto no va; se resignan y dimiten en un doble sentido. Si al final tuvieran ms verdad, eso hablara a favor de la ca-ducidad de la filosofa. A sta le tocara en todo caso arrancar tal ver-dad a su subalternidad e imponerla contra las filosofas que no slo por presuncin se denominan superiores: sobre todo al materialismo se le nota hasta hoy en da que fue inventado en Abdera. Segn la cr-tica de Nietzsche, el sistema no haca sino meramente documentar la mezquindad de los doctos que se desquitaban de la impotencia pol-tica mediante la construccin conceptual de su derecho casi admi-nistrativo a disponer del ente. Pero la necesidad sistemtica, la de no contentarse con sus membra dtsiecta, sino alcanzar el saber absoluto, cuya aspiracin se alza involuntariamente en la perentoriedad de cada juicio singular, fue a veces ms que una pseudomorfosis del espritu en

    Actitud hacia el sistema 31

    el irresisMblgmen4ejgxjo

  • 32 Dialctica negativa

    pacidad, hermetismo y acribia del producto del pensamiento. La gran filosofa se acompaaba del celo paranoico de no tolerar nada ms que a s misma y de perseguirlo con toda la astucia de su razn mientras que ante la persecucin esto se retira cada vez ms lejos. El ms m-nimo resto de no-identidad bastaba para desmentir la identidad, to-tal segn su concepto. Lasjiberraciones de los sistemas, desde la gln-dula pineal de Descartes y los axiomas y definiciones de Spinoza, en los que ya se ha bombeado todo el racionalismo que luego l extrae deductivamente, patentizan con su no-verdad la de los sistemas mis-mos, su desvaro.^

    ~ ETsTstema en el qu el espritu soberano se* crey transfigurado tie-n?^\k,PJPU^M^M%P^PJSW^en l a v i d a a n i m a l d e l a especie. Los depredadores estn hambrientos; el salto sobre la presa es difcil, a menudo peligroso. Para que el animal se atreva son sin duda me-nester impulsos suplementarios. Su fusin con el fastidio del hambre los convierte en una furia contra la presa, cuya expresin a su vez ate-rroriza y paraliza adecuadamente a sta. Con el progreso a la huma-nidad esto se racionaliza mediante la proyeccin. El animal rationa-le, que tiene apetito de su adversario, debe, ya feliz poseedor de un superego, encontrar una razn. Cuanto ms perfectamente obedece lo que hace a la ley de la autoconservacin, tanto menos puede ad-mitir ante s y los dems la primaca de sta; de lo contrario, el labo-riosamente logrado status de hjjov TroA.iTiK:v, como se dice en neo-alemn, perdera su credibilidad. Todo ser vivo que se haya de devorar tiene que ser malo. Este esquema antropolgico se ha sublimado has-ta en el seno de la teora del conocimiento. En el idealismo -de la ma-nera ms explcita en Fichte- rige inconscientemente la ideologa se-gn la cual el no yo, l'autrui, en ltimo trmino todo lo que recuerda a la naturaleza, es menos valioso, de modo que se lo puede zampar sin remordimientos la unidad del pensamiento que se conserva a s mismo. Esto justifica el principio de ste tanto como aumenta su avi-dez. El sistema es el vientre hecho jjritu^ la furia el marchamo de cualquier idealismb;~desrigura hasta el humanismo de Kant, repudia el nimbo de lo superior y lo ms noble con que se supo revestir. La visin del hombre en el centro est emparentada con el desprecio del hombre: no dejar nada indemne. La sublime inexorabilidad de la ley moral era del mismo cuo que tal furia racionalizada contra lo no-idntico, y tampoco el liberalista Hegel lo hizo mejor cuando con la

    El idealismo como furia 33

    superioridad de la mala conciencia sermoneaba a quienes rehusan el concepto especulativo, la hipstasis del espritu*. Lo liberador deJSTietz-sche, verdaderamente un vuelco en el pensar occidental que los suce-sores meramente usurparon, fue que expresara tales misterios. Un es-pritu que descarta la racionalizacin su jurisdiccin- cesa, en virtud de su autorreflexin, de ser lo radicalmente malo que lo rrita en el otro. - Sin embargo, aquel proceso en que los sistemas se desintegraron en virtudae su propia insuficiencia contrapuntea a un proceso social. Lo

    "que quera hacer conmensurable, idqi^n^fcj^cpiijigo^eri.cuanto prin-, cipio de'catijVla ratio,burg.ues_ajlo^prxm^ralnxentg,a los sistemas^ con jit^ejgciejriieiaunque pot^ntiaJ^^nig^jirnjnal/jFueta quedc^cadaj vez rnejio^. Lo que en la teora se prob como vano fue irnicamente confirmado en la praxis. De ah que el discurso sobre la crisis del sis-tema en cuanto ideologa se puso de moda incluso entre todos los ti-pos que antes, segn el ideal ya obsoleto del sistema, no podan dejar de clamar llenos de rencor contra el apercu. La realidad ya no debe cons-truirse, porque habra que construirla demasiado a fondo. Su irracio-nalidad, que se refuerza bajo la presin de la racionalidad particular, la desintegracin por la integracin, provee pretextos para ello. Si, en cuanto sistema cerrado y por tanto irrecojiciliadq con los sujetos^ la

    "sociedadluese examinada por dentro, sera_demasiado dolorosa gara Tos sujetos siempre y cuando stos sigan existiendo de algn modo. Eli "presunto existencial de la angustia, es la claustrofobia de la sociedad con-"vertiHa en sistema. Los adeptos de la filosofa acadmica niegan tenaz-mente el carcter sistemtico de sta, an ayer consigna suya; pueden as hacerse pasar impunemente por portavoces del pensar libre, origi-nario y eventualmente no acadmico. Tal abuso no anula la crtica al sistema. En contraste con la filosofa escptica, que se negaba al nfa-sis, a toda filosofa enftica le era comn el principio de que slo era posible como sistema. Este principio paraliz a la filosofa casi tanto como las orientaciones emp_mstas. Antes de que sta comience, se pos-tula aquello sobre lo que slo ella tendra que juzgar acertadamente.

    El pensar o representar, que slo tiene ante s un ser determinado, el ser-ah, ha de remitirse al mencionado comienzo de la ciencia que realiz Parmnides, el cual aclar y elev su representar, y con ello tambin el representar de los tiempos subsiguientes, al pensamiento puro, al ser en cuanto tal, y con ello cre el elemento de la ciencia (Hegel, WW, 4, p 96 [ed cast Ciencia de la lgica, Buenos Aires, Solar/Hachette, 1976, p 82])

  • 34 Dialctica negativa

    El sistema, la formadle 'exposicin-'de*ft^f1:alfdtl"rS"lf(|ue nada re"-* sulta externo, planteae-l-pensamiento spmo*absi9lutofreTTt1T1,e1M^?P

    de sus contenidos Y^QlatilizajakfigntenM'^eTWpensamientpsujdealis-ji tamente antes^^jpda.argumenjtacjfea^.^jde-bidealisrno.i

    Pero la crtica no liquida simplemente al sistema. Con razn distin-gui D'Alembert, en el apogeo de la Ilustracin, entrejsprit de systeme y espnt systmatique, y el mtodo de la Enciclopedia lo tuvo en cuen-ta. No es sT^lTmotivo trivial de una coherencia, que antes bien cris-taliza en lo incoherente, lo que habla a favor del esprit systmatique; ste no slo satisface la avidez de los burcratas por embutirlo todo en sus categoras. La forma de sistema adecuada al mundo es la que, se-gn el contenido, se sustrae a la hegemona del pensamiento; pero la unidad y la unanimidad son, al mismo tiempo, la proyeccin sesgada de una situacin pacificada, ya no antagonista, sobre las coordenadas de un pensamiento dominador, opresivo. El doble sentido de la siste-mtica filosfica no deja otra eleccin que trasponer a la determina-

    1 cin abierta de los momentos singulares la fuerza del pensamiento otro-ra liberada por los sistemas. Esto no era totalmente ajeno a la lgica

    ide Hegel. El microanlisis de las categoras singulares, que al mismo tiempo se presentaba como su autorreflexin objetiva, deba, sin nin-guna consideracin a nada encasquetado desde arriba, hacer pasar cada concepto a su otro. La totalidad de este movimiento significaba en-tonces para l el sistema. Entre el concepto de ste, en cuanto con-~ elusivo y, por tanto, estancador, y el de dinamismo, en cuanto el de_

    Ta~pura produccin autrtica a partir del sujeto, la cual constituye toda sistemtica filosfica, reinan tanto la contradiccin como la afinidad. Hegel slo pudo reducir la tensin entre el estatismo y el dinamismo gracias a la construccin del principio de unidad, del espritu, en cuan-to algo que al mismo tiempo es en s y puramente deviniente, en re-cuperacin del actus purus aristotlico-escolstico. La incongruencia de esta construccin, que sincopa en el punto arquimdico produc-cin subjetiva y ontologa, nominalismo y realismo, impide tambin, de manera inmanente al sistema, la resolucin de esa tensin. Seme-jante concepto filosfico de sistema se eleva sin embargo muy por en-cima de una sistemtica meramente cientfica que exige una exposi-cin ordenada y bien organizada de los pensamientos, la edificacin consecuente de las disciplinas especializadas, sin, no obstante, insistir estrictamente, desde el objeto, en la unidad interna de los momentos.

    Carcter doble del sistema El sistema, antinmico 35

    Tan implicado est el postulado de sta en la presuposicin de la iden-tidad de todo ente con el principio cognoscente, como legtimamen-te recuerda, por otra parte, ese postulado (una vez cargado como se lo carga en la especulacin idealista), la afinidad mutua de los obje-tos, la cual la necesidad cientifista de orden convierte en tab para lue-go ceder al sucedneo de sus esquemas. Aquello en que los objetos co-munican, en lugar de ser cada uno el tomo al que la lgica clasificatoria lo reduce, es la huella de la determinidad de los objetos en s que Kant neg y que Hegel quiso restablecer contra l a travs del sujeto. Con-cebir una cosa misma, no meramente acomodarla, proyectarla en el sistema de referencias, no es otra cosa que percibir el momento sin-gular en su conexin inmanente con otros. Tal antisubjetivismo se agi-ta bajo la crujiente cascara del idealismo absoluto en la inclinacin a desellar las cosas de que se trata en cada caso mediante el recurso a la manera en que devinieron. Laconcepcin del sistema recuerda, en for-ana invertida, la coherenci~de lo no-idntico que precisamente es vul-nerada por la sistemtica deductiva. La crtica al sistema y el pensar

    ^sistemtico son exteriores mientras no sean capaces de liberar la fuer-za de la coherencia que los sistemas idealistas transcribieron al sujeto

    ^trascendental.

    J2a?KE59#f5.^fe^^ el mtodo puro previo a todo contenido. J^dh^UMheJ&*ii- mita,^ni siquiera el llamado orden espiritual. A^ag^g^ar^-n^dos-sus ^ v e W t A ^ szmi^%p^^mm'mmmmsmmhmimarm^&Amexc,ak Elimina todo ente heterogneo. Esto determina al sistema como devenir puro, puro proceso, en fin esa generacin absoluta como la cual Fichte, en este sentido el autntico sistematizador de la filosofa, explica el pen-samiento. Ya_en Kant lo nico que contena a la ratio emancipada, al progressus ad infinitum, era el reconocimiento, por lo menos for-mal, de lo no-idntico. La antinomia de la totalidad y la infinitud pues eT Incesante ad infinitum hace estallar el sistema que estriba en s y que sin embargo no debe su existencia sinp a la infinitud-jaertene-ce a la esencia idealista. Imita a una antinomia central para la socie-dadlmrguesa. Tambin sta debe, para conservarse a s misma, para mantenerse igual a s, para ser, expandirse constantemente, ir ms anai rechazar cada vez ms lejos los lmites, no respetar ninguno, no permanecer igual a s9. Se le ha demostrado que en cuanto alcanza un

  • 36 Dialctica negativa

    techo, en cuanto ya no dispone de espacios no capitalistas fuera de s misma, segn su concepto tendra que superarse. Esto aclara por qu, a pesar de Aristteles, el concepto moderno de dinmica tanto como el de sistema no era adecuado para la Antigedad. Tampoco a Pla-tn, tantos de cuyos dilogos eligen la forma aforstica, se le podran imputar ni uno ni otro ms que retrospectivamente. La censura que por ello Kant dirigi a los antiguos no es tan lisa y llanamente lgi-ca como se presenta, sino histrica: totalmente moderna. Por otro lado, el sistematismo est tan encarnado en la consciencia moderna, que hasta los esfuerzos antisistemticos de Husserl, que comenzaron bajo el nombre de ontologa y de los cuales luego se desgaj la on-cologa fundamental, se reconstituyeron irresistiblemente, al precio de su formulacin, en un sistema. De tal modo imbricadas mutua-mente, las esencias esttica y dinmica_del sistema no cesan de estar en_ conflict7"SrdebT estar afectivamente cerrado, no tolerar nada fuera deTu jurisdiccin, por ms dinmicamente que se lo conciba, el sis-tema se hace, en cuanto infinitud positiva, finito, esttico. Que se sustente a s mismo de este modo, por lo cual Hegel celebraba el suyo, lo paraliza. Dicho ^burdamente, jo sisteffis^^clS^freteBque es-jtar_acabados_., Chocarreras como la una y otra vez retrada a Hegel de que la historia universal ha culminado en el Estado prusiano no son ni meras aberraciones con un fin ideolgico ni irrelevantes con respecto al todo. En su necesario contrasentido, se d^sjnorona la pre-

    gunta unidad de sistema y dinamismo. ste, al negar el concepto de espritu y en cuanto teora que asegurase de que fuera siempre hay an algo, tiene la tendencia a desmentir al sistema, su producto. No sera infructuoso tratar la historia de la filosofa moderna bajo el as-pecto de cmo se las arregl con el antagonismo entre estatismo y dinamismo en el sistema. El_sistema hegeliano no era en s verdade-ramente algo en devenir, sino que implcitamente ya estaba pensado de antemano en cada determinacin singular. Tal garanta lo conde-na a la no-verdad. Inconscientemente, por as decir, la consciencia tendra que sumergirse en los fenmenos con respecto a los cuales toma posicin. Con ello, por supuesto, la dialctica se alterara cua-litativamente. La unanimidad sistemtica se desmoronara. El fen-meno dejara de ser lo que en Hegel sigue siendo, a pesar de todas las declaraciones en contra, ejemplo de su concepto. Esto carga al pen-samiento con ms trabajo y esfuerzo de lo que Hegel llama tales, pues

    Argumento y experiencia 37

    en l el_ensamiento nunca hace ms que extraer de sus objetos lo que en s ya es pensamiento. A pesar del programa de la exterioriza-cin, se satisface en s mismo, desiste por ms que exija lo contrario. Si el pensamiento se exteriorizase realmente en la cosa, si se rigiese por sta, no por su categora, el objeto comenzara a hablar bajo la insistente mirada del pensamiento mismo. Hegel haba objetado a la teo-ra del conocimiento que slo forjando se hace uno herrero, en la con-sumacin del conocimiento de lo que se le opone, de lo por as de-cir aterico. En esto hay que tomarle la palabra; slo ello devolvera a la filosofa lo que Hegel llamaba la libertad para el objeto que ha-ba perdido bajo el hechizo del concepto de libertad, de la autono-ma del sujeto instauradora de sentido. Pero la fuerza especulativa para hacer saltar lo irresoluble es la de la negacin. nicamente en ella pervive el rasgo sistemtico. Las categoras de la crtica al sistema son

    "al mismo tiempo las que conciben lo particular. Lo que en el siste-ma antes excedi legtimamente a lo singular tiene su lugar fuera del sistema. La mirada que al interpretar percibe en el fenmeno ms de , jo que ste meramente es, y nicamente por ello lo que ste es, secu-lariza a la metafsica. Slo fragmentos, en cuanto forma de la filoso-"iaTharan honor a las mnadas ilusoriamente proyectadas por el idea-lismo. Seran representaciones en lo particular de la totalidad en cuanto tal irrepresentable.

    El pensamiento, al que fuera de la consumacin dialctica no le es lcito hipostasiar positivamente nada, va ms all del objeto con el

    "que ya no simula ser uno; se hace ms independiente que en la con-"cepc'd s'absolutidad, en la que lo soberano y lo complaciente se mezclan, cada uno en s dependiente de lo otro. Quiz a eso apun-taba Kant al eximir de cualquier inmanencia a la esfera inteligible. La inmersin en lo singular, la inmanencia dialctica intensificada al ex-tremo, ha tambin menester, como momento suyo, de la libertad, que la pretensin de identidad recorta, de salirse del objeto. Hegel la ha-bra desaprobado; l confiaba en la total mediacin en los objetos. En la prctica cognitiva, en la disolucin de lo indisoluble, el momento de tal trascendencia del pensamiento se evidencia el hecho de que, en cuanto microloga, slo dispone de medios macrolgicos. La exigen-cia de perentoriedad sin sistema es la de modelos cogitativos. Estos no son de ndole meramente monadolgica. El modelo toca lo espe-cfico y ms que lo especfico, sin volatilizarlo en su superconcepto

  • 38 Dialctica negativa

    ms general. Pensar filosficamente es tanto como pensar en mode-los; la dialctica negatva,~n conjunto de anlisis de modelos. La tP Tosofa se rebajara de nuevo a afirmacin consoladora si se engaase" a s y a otros sobre el hecho de que, sea lo que sea aquello con qu. mueve sus objetos en s mismos, tiene tambin que instilarse en ellos ^desde fuerar-Lo que en ellos mismos espera ha menester de una in-tervencin para hablar, con la perspectiva de que las fuerzas movili-zadas desde fuera, en ltimo trmino toda teora aplicada a los fen-menos, se detengan en stos. Tambin en tal medida significa teora filosfica su propio final: por su realizacin. No faltan en la historia intenciones afines. Bajo el aspecto formal, a la Ilustracin francesa su concepto supremo, el de la razn, le confiere algo de sistemtico; la imbricacin constitutiva de su idea de razn con la de una organiza-cin objetivamente racional de la sociedad priva, sin embargo, al sis-tema del pathos que slo recobra en cuanto la razn renuncia como

    -idea a su realizacin y se absolutiza a s misma como espritu. Eljpen-axxaaia enciclopedia, algo racionalmente organizado y sin embargo discontinuo, asistemtico, laxo, expresa el espritu autocrtico de la

    .Xazn. Este representa lo que luego, tanto por su creciente distancia de la praxis como por su integracin en la rutina acadmica, huy de la filosofa, la experiencia del mundo, esa mirada sobre la realidad de l a que tambin el pensamiento es un momento. No otra cosa es laTP bertacTHeTespxitu. Por supuesto, tan poco prescindible como el ele-mento del homme de lettres difamado por el ethos cientfico pequeo-burgus le es al pensar aquello de lo que la filosofa cientifizada abus, el replegarse meditativo, el argumento, que tanto escepticismo mere-ci. Siempre que la filosofa era sustancial, se conjugaban ambos mo-mentos. Desde una cierta distancia la dialctica habra que caracteri-zarla como el esfuerzo de dejarse penetrar elevado a autoconsciencia. De lo contrario el argumento especializado degenera en tcnica de es-pecialistas privados de conceptos en medio del concepto, tal como hoy en da se propaga acadmicamente en la llamada filosofa analtica, susceptible de ser aprendida y copiada por robots. Lo inmanentemente argumentativo es legtimo cuando recibe la realidad integrada en un sistema a fin de aplicar contra ella su propia fuerza. Lo libre en el pen-samiento representa en cambio la instancia que ya sabe de lo enfti-camente no-verdadero de ese contexto. Sin ese saber no llegara a la erupcin, sta se malograra sin apropiacin de la energa del siste-

    Argumento y experiencia 39

    ma. Que los dos momentos no se fundan sin fisuras tiene su razn en el poder real del sistema, que incluye incluso lo que excede a ste. La no-verdad del mismo contexto de inmanencia se le revela sin embar-go a la abrumadora experiencia de que el mundo, que se organiza tan sistemticamente como si fuera la razn realizada que Hegel glorifi-c, en su vieja sinrazn eterniza al mismo tiempo la impotencia del espritu que aparece omnipotente//La crtica inmanente del idealis-mo defiende al idealismo en la medida en que muestra hasta qu pun-to se leengaa sobre s mismo; hasta qu punto lo primero, que se-gn l es siempre el espritu, est en complicidad con la ciega prepotencia de lo que meramente es. La exige inmediatamente la doc-trina del espritu absoluto. - El consenso cientfico propendera a ad-mitir que tambin la experiencia implica teora. Pero sta sera un punto de vista, en el mejor de los casos hipottica. Representantes conciliadores del cientifismo demandan que lo que ellos llaman cien-cia decente y honesta rinda cuentas de semejantes presupuestos. Pre-cisamente esta exigencia es incompatible con la experiencia espiritual. Si se le reclamase un punto de vista, sera el del comensal sobre el asa-do. Ella vive de l devorndolo: slo si se sumergiera en ella, eso se-ra filosofa. Hasta entonces, la teora encarna en la experiencia espi-ritual aquella disciplina que ya Goethe senta dolorosa en relacin con Kant. Si la filosofa se abandonase slo a su dinamismo y a su buena suerte, no habra freno. Lajdeologa acecha al espritu que, gozando de s mismo como el Zaratustra de Nietzsche, se convierte casi en lo absoluto irresistiblemente. La teora impide eso. Corrige la ingenui-dad 5e ~su atoconfianza sin tener sin embargo que sacrificar la es-pontaneidad ms all de la cual quiere por su parte acceder la teora. Pues de ningn modo desaparece la diferencia entre la llamada par-te subjetiva de la experiencia espiritual y su objeto; el necesario y do-loroso esfuerzo del sujeto cognoscente la atestigua. Enjajituacin irre-conciliada, la no-identidad se experimenta como algo negativo. Ante ello el sujeto se retira a s y a la abundancia de sus modos de reac-

    j337TJfficTnente la autorreftexin crtica lo protege de la limitacin de su abundancia y de construir un muro entre s y el objeto, de su-poner su ser para s como lo en y para s. Cuanta menos identidad se puede'suponer entre sujeto y objeto, tanto ms contradictorio se hace aquello de lo que se cree capaz al primero en cuanto cognoscente, una fortaleza sin cadenas y una autorreflexin abierta. La teora y la ex-

  • 40 Dialctica negativa

    periencia espiritual han menester de su interaccin. La primera no con-tiene respuestas para todo, sino que reacciona a un mundo hasta en lo ms ntimo falso. Sobre lo que estara sustrado al hechizo de ste, la teo-ra no tiene jurisdiccin. ParaJ.a consciencia la movilidad es esencial, no una propiedad contingente. Significa un doble comportamiento: el que procede del interior, el proceso inmanente, el propiamente ha-

    "biando dialctico; y uno libre, como si saliera de la dialctica, desata-do. Sin embargo, no son slo disparejos. El pensamiento no regla-mentado es electivamente afn a la dialctica, la cual, en cuanto crtica al sistema, recuerda lo que estara fuera del sistema; y la fuerza que li-bera al movimiento dialctico en el conocimiento es la que se rebela contra el sistema. A ambas posiciones de la consciencia las une la cr-tica mutua, no el compromiso.

    Una dialctica que no est ya pegada10 a la identidad provoca, si no la objecin de la falta de suelo que cabe reconocer en sus fru-tos fascistas, la de que produce vrtigo. Esta sensacin es central a la gran poesa de la modernidad desde Baudelaire; a la filosofa se le da a entender anacrnicamente que no debera tomar parte en nada pa-recido. Debe decirse lo que se quiere: Karl Kraus tuvo que experi-mentar que cuanto ms precisamente lo declaraba cada una de sus frases, justamente en aras de tal exactitud la consciencia reificada pro-testaba de que pareca que una rueda de molino le daba vueltas en la cabeza. El sentido de tales quejas se puede captar en un uso de la mentalidad dominante. Esta presenta con preferencia alternativas en-tre las cuales elegir, marcar una de ellas con una cruz. Las decisiones de una administracin se reducen as con frecuencia al s o no a los proyectos presentados; en secreto el administrativo se ha convertido en el modelo ansiado incluso de un pensamiento presuntamente an libre. Pero lo que, en sus situaciones esenciales, cumple al pensamiento filosfico es no participar en ese juego. La alternativa alegada es ya una muestra de heteronoma. Sobre la legitimidad de las exigencias alternativas slo podra juzgar la consciencia a la que moralistamen-te se requiere la decisin de antemano. La insistencia en la confesin de un punto de vista es la clusula de conciencia prolongada en la teora. Lo que le corresponde es el embrutecimiento. Ni siquiera en los grandes teoremas conserva lo verdadero de stos tras la elimina-cin de lo accesorio. Marx y Engels, por ejemplo, se opusieron a que

    Lo que provoca vrtigo - Fragilidad de lo verdadero 41

    mediante la contraposicin ms simple de pobres y ricos se aguara la dinmica teora de las clases y su agudizada expresin econmica. El resumen de lo esencial falsea la jssencia. La filosofa que se reba-jase a aquello de lo que ya Hegel se mofaba; si se adaptase a los lec-tores propicios con explicaciones sobre qu se ha de pensar con el pensamiento, se unira a la creciente regresin sin no obstante man-tener el paso. Por detrs de la preocupacin de por dnde, pues, aga-rrarla, lo que hay la mayora de las veces no es sino agresin, el deseo de agarrarla a la manera en que histricamente las escuelas se devora-ban entre s. La equivalencia de culpa y expiacin ha sido transferi-da a la secuencia de los pensamientos. Es justamente esta asimilacin del espritu al principio dominante lo que la reflexin filosfica tie-ne que calar. El pensamiento tradicional y los hbitos de sentido co-

    ~mn que leg tras desaparecer filosficamente exigen un sistema de referencia, un frame of reference, en el que todo encuentre su lugar. Ni siquiera se concede demasiado valor a la inteligibilidad del siste-ma de referencia incluso se lo puede formular en axiomas dogm-ticos-, siempre que toda reflexin sea localizable y el pensamiento a descubierto mantenido a distancia. En cambio, el conocimiento, para fructificar, se entrega a los objetos h fonds perdu. El vrtigo que esto provoca es un ndex veri; el shock de lo abierto, la negatividad, como la cual aparece necesariamente en lo cubierto y perenne, no-verdad slo para lo no-verdadero.

    El desmontaje de los sistemas y del sistema no es un acto de epis-temologa formal. En los detalles nicamente hay que buscar lo que antes haya querido poner en ellos el sistema. Al pensamiento no se le garantiza ni que est ah ni qu sea. Slo as se cumplira el discurso de la verdad como lo concreto, del que constantemente se abusa. ste obliga al pensamiento a detenerse en lo mnimo. Sobre lo concreto no se ha de filosofar, sino partir de ello. Pero en la entrega al objeto especfico se sospecha falta de una posicin inequvoca. Lo existente toma por hereja lo distinto a l, mientras que en el mundo falso la proximidad, la patria y la seguridad son, por su parte, figuras de su-jecin. Con sta los hombres temen perderlo todo porque no conocen otra felicidad, ni siquiera del pensamiento, que la de poder atenerse a algo, la no-libertad perenne. En medio de la crtica a la ontologa, se demanda al menos un pedazo de sta; como si la ms mnima in-teleccin a descubierto no expresara mejor lo que se quiere que una

  • 42 Dialctica negativa

    declaratwn ofintention que luego no pasa de ah. En la filosofa se con-firma una experiencia que Schdnberg adverta en la teora tradicional de la msica: propiamente hablando, de sta uno slo aprende cmo empieza y termina un movimiento, nada sobre este mismo, su decurso. Anlogamente, la filosofa tendra no que reducirse a categoras, sino slo que componerse en cierto sentido. En su progresin debe reno-varse incesantemente, por su propia fuerza tanto como por la friccin con aquello por lo que se mide; lo que decide es lo que en ella se com-pone, no una tesis o posicin; el tejido, no el curso de un pensamiento de va estrecha, ya sea deductivo o inductivo. De ah que la filosofa sea esencialmente no referible. De lo contrario sera superflua; contra ella habla el hecho de que la mayora de las veces se pueda referir. Pero un comportamiento que no guarda nada primero ni seguro y que, sin em-bargo, slo ya en virtud de la determinidad de su exposicin, hace tan pocas concesiones al relativismo, el hermano del absolutismo, que se apro-xima a la doctrina, produce escndalo. Empuja, hasta la ruptura, ms all de Hegel, cuya dialctica quera tenerlo todo, ser incluso prima phi-losophia y, en el principio de identidad, el sujeto absoluto, lo fue efec-tivamente. No obstante, mediante la disociacin del pensar con respecto a lo primero y firme, ste no se absolutiza como flotando libremente. La disociacin precisamente lo ata a lo que l mismo no es y elimina la ilusin de su autarqua. Lo falso de la racionalidad desligada, que se escapa de s misma, la transformacin de la Ilustracin en mitolo-ga, es ello mismo racionalmente determinable. Segn su propio sen-jido^pejisar es pensar en algo. Incluso en la forma lgica de abstrac-cin de algo, en cuanto algo significado o juzgado, la cual no afirma poner por s ningn ente, pervive imborrable para el pensamiento, que querra borrarlo, lo no-idntico con ste, lo que no es pensamiento. La ratio se hace irracional cuando, olvidando esto, hipostasa sus pro-ductos, las abstracciones, contra el sentido del pensamiento. El im-perativo de su autarqua condena a ste a la vacuidad, en ltimo tr-mino a la estulticia y al primitivismo. La objecin contra lo carente de suelo habra que volverla contra el principio espiritual que se man-tiene en s mismo en cuanto esfera de los orgenes absolutos; pero don-de la ontologa, Heidegger el primero, no toca suelo, se es el lugar de la verdad. Es flotante, frgil, en virtud de su contenido temporal. Ben-jamn critic incisivamente la protoburguesa sentencia de Gottfried Keller segn la cual la verdad no se nos puede escapar. La filosofa ha

    Contra el relativismo 43

    de renunciar al consuelo de que la verdad sera imperdible. Una filo-sofa que no pueda precipitarse en el abismo del que parlotean los fun-

    "clamentalistas de la metafsica - n o se trata de sofstica gil, sino de lo-"cura- se convierte, bajo.el .imperativo de su principio de seguridad, en analiticavpotenciaknente en una tautologa. Slo pensamientos ta-Tesqiie van halm^Textremo Tiacen frente a la omnipotente impoten-cia de la colusin segura; slo la acrobacia cerebral tiene an relacin con la cosa, a la que, segn [afable convenue, desprecia por su auto-satisfaccin. Nada irreflexivamente banal, en cuanto impronta de la vida falsa, sigue siendo verdadero. Hoy en da es reaccionario todo in-

    ^tgnjfwdig,, sobre todo con vistas a su aplicabilidad, detener el pensa-Mmientp-Con.Ia fcasxu^^uj^nid.Q^a^ageracinygratuidad. En su for-~ma vulgar el argumento sonara: si quieres, puedo hacer innumerables anlisis de esa clase. Con esto cada uno de ellos se devala. A alguien que, siguiendo el mismo patrn, desacreditaba sus breves formas, Peter Altenberg le dio la respuesta: pues no quiero. Contra el riesgo de deslizarse en lo arbitrario, el pensamiento abierto est desprotegi-do; nada le garantiza estar lo bastante saturado de la cosa como para superar ese riesgo. Pero la consecuencia de su ejecucin, la densidad de su textura, contribuye a salir con bien del trance. La funcin deT concepto de seguridad en filosofa se ha invertido. Lo que antao qui-so superar I dogma y eTtutelaje mediantela autocerteza se convirti en seguro social de un conocimiento al que nada le puede pasar. Efec-tivamente, a lo inobjetable nada le pasa.

    En la historia de la filosofa se repite la metamorfosis de catego-ras epistemolgicas en morales; la interpretacin fichteana de Kant es la prueba ms llamativa de ello, no la nica. Algo anlogo sucedi con el absolutismo lgico-epistemolgico. PamJosjmh2gos^fundj.men^ tales el escndalo de un pensar singelo es el rejajvismo. La dialctica se opone tan abruptamente a ste como al absolutismo; no Buscando umposicin intermedia entre ambos, sino atravesando los extremos, ToTcuales por su propia idea se han de convencer de su no-verdad. Proceder as con eTrelativismo es oportuno, pues la mayora de las veces la crtica que se le hacia era tan formal que en cierto modo de-jaba intacta la fibra del pensamiento relativista. El desde Leonard Nelson popular argumento contra Spengler, por ejemplo, de que el relativismo presupone al menos algo absoluto, a saber, la validez de s mismo, y con ello se contradice, es miserable. Confunde la nega-

  • 44 Dialctica negativa

    cin universal de un principio con su propia elevacin a algo afir-mativo, sin tener en cuenta la diferencia especfica de la relevancia de ambas. Ms fructfero podra ser reconocer el relativismo como una forma limitada de consciencia. En un principio fue la del individua-lismo burgus, que toma por ltima la consciencia individual, por su parte mediada por lo universal, y por ello concede a las opiniones de cada uno de los individuos singulares el mismo derecho, como si no hubiera ningn criterio de su verdad. A la tesis abstracta de la verdad de todo pensamiento se le ha de recordar muy concretamente su pro-pia concfconalidad, la ceguera para el momento supraindividual, cjue es el nico que hace de la consciencia individual pensamiento. Tras esta tesis se encuentra el desprecio del espritu a favor de la prepotencia de las relaciones materiales como lo nico que cuenta. A los puntos de vis-ta incmodos y decididos de su hijo, el padre opone que todo es rela-tivo, que, como en el proverbio griego, el oro es el hombre. El relativismo es materialismo vulgar, el pensamiento estorba el negocio. Absoluta-mente hostil al espritu, tal actitud resulta necesariamente abstracta. La relatividad de todo conocimiento nunca puede afirmarse sino des-de fuera en tanto no se consuma un conocimiento concluyeme. En cuanto la consciencia entra en una cosa determinada y se expone a la pretensin inmanente a sta de verdad o falsedad, la presuntamente subjetiva contingencia del pensamiento se disuelve. Pero por eso el relativismo es nulo, porque lo mismo que por una parte l tiene por arbitrario y contingente, y por otra por irreductible, surge, se ha de derivar, como apariencia socialmente necesaria, de la objetividad: jus-tamente la de una sociedad individualizada. Los modos de reaccin, segn la doctrina relativista, peculiares de cada individuo estn pre-formados, son siempre casi un mugido; en particular, el estereotipo de la relatividad. Tambin la apariencia individualista ha sido, pues, reducida a intereses de grupos por relativistas ms ingeniosos como Pareto. Pero los lmites de la objetividad especfica de los estratos, pues-tos por la sociologa de la ciencia, slo son por su parte correctamente deducibles del todo de la sociedad, lo objetivo. Cuando una versin tarda del relativismo sociolgico, la de Mannheim, imagina poder des-tilar con inteligencia libremente flotante objetividad cientfica de

    Tas~dTversas perspectivas de los estratos, invierte lo condicionante en condicionado. En verdad las perspectivas divergentes tienen su ley en la estructura del proceso social en cuanto un todo preordenado. El

    La dialctica y lo slido 45

    conocimiento de ste les hace perder su gratuidad. Un empresario que no quiera sucumbir a la competencia debe calcular de tal modo que la parte no remunerada del producto del trabajo ajeno se le de-vengue como beneficio, y debe pensar que as est haciendo un can-je equitativo: la fuerza de trabajo por sus costes de reproduccin; pero con el mismo rigor cabe demostrar por qu esta consciencia objeti-vamente necesaria es objetivamente falsa. Esta relacin dialctica su-pera en s sus momentos particulares. La relatividad presuntamente social de las concepciones obedece a la ley objetiva de la produccin so-cial bajo la propiedad privada de los medios de produccin.El es-cepticismo burgus, que el relativismo incorpora como doctrina, es obtuso. La perenne hostilidad al espritu es, no obstante, algo ms que meramente un rasgo de la antropologa subjetivamente burguesa. La produce el hecho de que en el seno de las relaciones existentes de pro-duccin el concepto otrora emancipado de razn debe temer que su con-secuencia haga explotar stas. Por eso es por lo que la razn se limita; a lo largo de la poca burguesa la idea de autonoma del espritu ha ido acompaada del autodesprecio reactivo de ste. No se perdona que la constitucin de la existencia que l dirige le impida aquel desplie-gue de la libertad inherente a su concepto. Su expresin filosfica es el relativismo: no es necesario recurrir a ningn absolutismo dogmti-co contra l, la demostracin de su estrechez lo quiebra. Por ms que sej las diera de progresista, el relativismo siempre llevaba asociado el mo-mento reaccionario, ya en la sofstica en cuanto disponibilidad para los intereses ms fuertes. Una crtica a fondo del relativismo es el pa-radigma de negacin determinada.

    La dialctica desaherrojada carece de algo slido tan poco como Hegel. Sin embargo, ya no le confiere la primaca. Hegel no lo acen-ta tanto en el origen de su metafsica: deba emerger al final como todo transparente. Sus categoras lgicas tienen en cambio un pecu-liar carcter doble. Son estructuras surgidas, que se superan, y al mis-mo tiempo a prori, invariantes. La doctrina de la inmediatez que de nuevo se restaura en cada fase dialctica las pone de acuerdo con el dinamismo. Laya en Hegel crticamente teida teora de la segunda naturaleza no est perdida para una dialctica negativa. Se admite tel quel la inmediatez inmediada, las formaciones que la sociedad y su evolucin presentan al pensamiento, a fin de mediante el anlisis po-ner al descubierto sus mediaciones, segn el criterio de la diferencia

  • 46 Dialetca negativa

    ^inmanente entre los fenmenos y lo que de por s stos pretenden ser. Para tal anlisis lo solido que se mantiene, lo positivo del j^venTfegl, es, como para ste, lo negativo. En el prlogo a la Fenomenol0ia e\ pen-samiento, el enemigo jurado de esa positividad, an se carac(eriza c o m o el principio negativo*. La reflexin ms simple conduce a ^ s t o : [0 qUe no piensa, sino que se abandona a la intuicin, propende a [0 positi-vo malo en virtud de esa disposicin pasiva que en la crtica e Ja ra_ zn se define como la legtima fuente sensible del conocin^e n t o p e r . cibir algo tal como se presenta en cada caso, renunciando a la reflexin, potencialmente es siempre ya reconocer cmo es; por el cont r a r i 0 todo pensamiento provoca virtualmente un movimiento negativo p o r su_ puesto, en Hegel, pese a todas las afirmaciones de lo contr a r 0 ) Ja pr_ maca del sujeto sobre el objeto resulta incontrovertida. LQ nico que la oculta es justamente la semiteolgica palabra espritu, e^ a qUe n o se puede borrar el recuerdo de la subjetividad individual. La cuenta que por ello se le presenta a la lgica hegeliana consiste en s u carcter sobremanera formal. Mientras que segn su propio conceNto debera estar llena de contenido, en su empeo por ser todo al m j s m o tiem-po, metafsica y doctrina de las categoras, excluye de s al e n t e deter-minado, lo nico en que se podra legitimar su enfoque; no st encuentra con ello en absoluto tan lejos de Kant y Fichte, a los que L[egel no se cansa de condenar en cuanto portavoces de la subjetividaq abstracta. Por su parte, la Ciencia de la lgica es abstracta en el sentid^ ms sim-ple; la reduccin a conceptos universales elimina ya de antemano lo contrario a stos, aquello concreto que la dialctica idealista ala rdea de portar en s y desplegar. El espritu gana su batalla contra u n enemi-go inexistente. La menospreciativa expresin de Hegel sol-,re la exis-tencia contingente, la pluma de Krug que la filosofa puede y debe des-dear deducir a partir de s, es un Alto, al ladrn!. Puesto q u e siempre

    La actividad del separar es la fuerza y la labor del entendimient0j e [a m s maravillosa y grande potencia o, me|or dicho, de la absoluta El crculq qUe descan-sa cerrado en s y que en cuanto sustancia mantiene sus momentos es \% relacin in-mediata y por tanto incapaz de causar asombro Pero el hecho de que lo accidental en cuanto tal, separado de su mbito, lo vinculado y slo real en su conexi^ c o n i0 o t r o adquiera una existencia propia y una libertad particularizada es la potencla portento-sa de lo negativo, es la energa del pensamiento, del yo puro (Hegel, WW/

    r2t pp 33 ss [ed. cast Fenomenologa del espritu, Mxico, Fondo de Cultura Econi5mlca) 1973 pp. 23 ss.])

    La dialctica y lo slido 47

    tiene ya que ver con el medio del concepto y ella misma no reflexio-na ms que en general sobre la relacin del concepto con su conteni-do, lo no-conceptual, ja lgica hegeliana est ya_de antemano segura de la absolutidad del concepto que ella se compromete a demostrar. Pero, cuanto ms se cala crticamente en la autonoma de la subjetvT^ dad, cuanto ms consciente se es de ella como algo por su parte me-diado, tanto ms perentoria la obligacin para el pensamiento de ri-valizar con lo que le confiere la solidez que l en s no tiene. De lo contrario ni siquiera existira ese dinamismo con que la dialctica mue-ve la carga de lo slido. No toda experiencia que se presente como pri-maria se ha de negar lisa y llanamente. Si a la experiencia de la cons-ciencia le faltase por completo lo que Kierkegaard defenda como ingenuidad, el pensamiento, desorientado en s mismo, accedera a lo que lo establecido espera de l y slo entonces se hara autnticamen-te ingenuo. Incluso trminos como experiencia originaria, compro-metidos por la fenomenologa y la neoontologa, designan algo ver-dadero, por ms que lo daen pomposamente. Si la resistencia contra la fachada no se alzase espontnea, despreocupada de sus propias de-pendencias, pensamientos y actividad seran copias borrosas. Lo que en ef objeto excede fas determinaciones de ste impuestas por ef pen-samiento no vuelve al sujeto sino como algo inmediato; a su vez el su-jeto nunca es menos sujeto que cuando se siente totalmente seguro de s mismo, en la experiencia primaria. Lo ms subjetivo de todo, lo in-mediatamente dado, escapa a su intervencin. Slo que tal conscien-cia inmediata no es ni continuamente mantenible ni positiva sin ms. Pues la consciencia es al mismo tiempo la mediacin universal y no puede saltar ms all de su sombra ni siquiera en los dpnnees imm^ litotes, que son los suyos. Estos no son la verdad. La confianza en que de lo inmediato en cuantoTo Trme y simplemente primero surja sin fisuras el todo es una ilusin idealista. Para la dialctica la inmediatez no deja de ser ms que lo que ella se da inmediatamente. En lugar de jen^fundamento, se convierte en momento. En el polo opuesto no ocu-rre otra cosa con las invariantes del pensamiento puro. nicamente un relativismo pueril discutira la validez de la lgica formal o de las ma-temticas y la tratara como efmera por ser devenida. Slo que las in-variantes, cuya propia invarianza es algo producido, no se pueden des-gajar de lo que vara, como si con ello se tuviera en las manos toda la verdad. Esta est amalgamada con el contenido cosal que se altera, y

  • 48 Dialctica negativa

    su inalterabilidad es el engao de la prima philosophia. Mientras que los invariantes no se disuelven indiferenciadamente en la dinmica his-trica y en la de la consciencia, son slo momentos en ella; se convierten en ideologa en cuanto se fijan como trascendencia. La ideologa de ningn modo equivale siempre a la filosofa idealista explcita. Est afin-cada en la substruccin de algo ello mismo primero, casi indiferente a su contenido, en la identidad implcita de concepto y cosa que jus-tifica el mundo incluso cuando se ensea sumariamente la dependen-cia de la consciencia con respecto al ser.

    En crudo contraste con el ideal cientfico al uso, la objetividad del conocimiento dialctico no ha menester de menos, sino de ms suje-to. De lo contrario la experiencia filosfica degenera. Pero el positi-^ vista espritu del tiempo es alrgico a l. No todos seran capaces de_ tal experiencia. sta constituira el privilegio de algunos individuos^ determinados por su disposicin y biografa; exigirla como condicin., del conocimiento sera elitista y antidemocrtico. Se ha de conceder que, en efecto, no todos pueden tener, en igual medida, experiencias filosficas, al modo en que, por ejemplo, todas las personas con un coeficiente intelectual comparable deberan poder repetir experimentos de ciencias naturales o comprender deducciones matemticas, por ms que, para esto, segn la opinin corriente, es primero necesario un ta-lento muy especfico. En todo caso, la parte subjetiva de la filosofa, comparada con la racionalidad virtualmente carente de sujeto de un ideal cientfico para el que todo es sustituible por todo, retiene un su-plemento irracional. No es ninguna cualidad natural. Aunque sejia_ aires de democrtico, el argumento ignora lo que el mundo adminis-tr3o~Kace~de~ss miemBros a la fuerza. Los nicos que pueden opo-nrsele espiritualmente son aquellos que l no haya modelado com-pletamente. La crtica del privilegio se convierte en privilegio: as de "dialctico es el curso del mundo. Bajo condiciones sociales, sobre todo las de la educacin, que embridan, enderezan, de mltiples maneras^ atrofian las fuerzas productivas espirituales; bajo la dominante pobreza en imgenes y los procesos patgenos de la primera infancia diag-nosticados, de ningn modo sin embargo realmente alterados, por el psicoanlisis, sera ficticio suponer que todos podran entenderlo todo o siquiera notarlo. Si se esperase eso, el conocimiento se organizara segn los rasgos patolgicos de una humanidad a la que por la ley de

    El privilegio de la experiencia 49

    la perennidad se le arrebata la posibilidad de crearse experiencias, si es que alguna vez la ha posedo. La construccin de la verdad por ana-loga con una volont de tous consecuencia extrema del concepto sub-jetivo de razn- defrauda en el nombre de todos a stos respecto a aquello de lo que tienen necesidad. A aqiiellos que han tenido la di-cha inmerecida de en su composicin^espiritjial no acomodarse por entejrjjsalasP~ara*!^3 ticiaja^la, realidad*,-seprohben!ves.i El criterio de lo verdadero no es su inmediata comunicabilidad a cualquiera. Hay que resistirse a la co-accin casi universal a confundir la comunicacin de lo conocido con esto e incluso a situarla por encima, ahora que todo paso hacia la co-municacin vende y falsea la verdad. Mientras tanto, todo lo lingstico padece esta paradoja. La verdad es objetiva y no plausible. Por poco que inmediatamente agrade a alguno y por mucho que haya menes-ter de la mediacin subjetiva, lo que se aplica a su textura es lo que de un modo demasiado entusiasta ya reclamaba Spinoza para la ver-dad singular: que sea indicio de s misma. El carcter de privilegio que el rencor le imputa lo pierde en cuanto deja de invocar las experien-cias de las que es deudora, sino que se interna en configuraciones y en contextos causales que la ayudan a alcanzar la evidencia o la con-vencen de sus carencias. A la experiencia filosfica lo ltimo que le conviene es;4at.arrogancja>elitista. Debe darse cuenta de hastaqu pun-to, segurTsu posibilidad en lo existente, est contaminada de lo exis-tente, en ltimo trmino con la relacin de clases. En ella las opor-tunidades que lo universal concede intermitentemente a los individuos se vuelven contra lo universal que sabotea la universalidad de tal ex-periencia. Si esta universalidad se produjera, con ello la experiencia de todos los individuos se alterara y abandonara mucho de la con-tingencia que hasta ahora la deforma irremediablemente aun donde todava se agita. La doctrina de Hegel segn la cual el objeto se re-fleja en s mismo sobrevive a su versin idealista porque a una dia-lctica alterada el sujeto, despojado de su soberana, virtualmente se Te convierte an ms en la forma de la reflexin de la objetividad. Cuanto menos se las da de definitiva, de omnicomprensiva, tanto me-nos se objetualiza la teora frente al que piensa. La desaparicin de la

  • 50 Dialctica negativa

    coaccin del sistema permite a ste fiarse ms desinhibidamente de la propia consciencia y de la propia experiencia de lo que tolerara la pa-ttica concepcin de una subjetividad que tiene que pagar su abstracto triunfo con la renuncia a su contenido especfico. Esta es conforme a aquella emancipacin de la individualidad que se oper en el perio-do entre el gran idealismo y el presente, y sus logros, a pesar y a causa de la actual presin de la regresin colectiva, cabe tericamente revo-carlos tan poco como los impulsos de la dialctica de 1800. El indi-vidualismo del siglo XIX debilit sin duda la fuerza objetivadora del

    1 espritu -la de la comprensin de la objetividad y de la construccin de sta, pero tambin le procur una diferenciacin que reforz la experiencia del objeto.

    0 * En rtflga rse*a eik^^dMtWII^K^iB^^Wimmm^^fhs^piin ei m entos ^ffljJjfaX&Aida^se. La obigi}^at iij^ad^dalra&tofca@i.n^Esta da cuenta de la primaca de una triunfante ciencia de la naturaleza con tanta preci-sin como poco reside en el concepto de la ratio en s. A la cual no es lo que menos la ciega el hecho de que se cierra a los momentos cua-litativos en cuanto algo que por su parte se ha de pensar racionalmente,

    i La ratio no es meramente auvaycyT, ascensin desde los fenmenos dispersos hasta su concepto genrico11. Igualmente exige la capacidad de distinguir. Sin sta la funcin sinttica del pensar^la_umficacin abstractiva, no~sera posible: juntar lo semejante significa necesaria-mente segregarlo de lo dismil. Pero esto es lo cualitativo; un pensa-miento que no lo piensa est l mismo ya mutilado y en desacuerdo consigo. En el comienzo de la filosofa europea de la razn, Platn, que fue el primero en instaurar las matemticas como prototipo me-todolgico, confiri una expresin an vigorosa al momento cualita-tivo de la ratio al poner junto a la owaywyff, .con los mismos dere-chos, la ia pea i s . Esta desemboca en el imperativo segn el cual la consciencia, habida cuenta de la distincin socrtica y sofstica entre cpaei y Oaet, debe acomodarse a la naturaleza de las cosas, no com-portarse arbitrariamente con ellas. Con esto, la distincin cualitativa no es slo incorporada a la dialctica platnica^a su doctrina del pen-samiento, sino interpretada como correctivo de la violencia de una

    El momento cualitativo de la racionalidad 51

    cuantificacinjiesatada. _Un smil del Fedro no deja ninguna duda al respecto. En l el pensar organizador y la ausencia de violencia se equi-libran. Invirtiendo el movimiento conceptual de la sntesis, se dice, hay que ser capaz, al dividir en subclases, de guiar el corte por las ar-ticulaciones, de manera correspondiente a la naturaleza, y no inten-tar, a la manera de un mal cocinero, romper cualquier miembro12. Toda cuantificacin sigue conservando como sustrato de lo que se ha de cuantificar aquel momento cualitativo que, segn la exhortacin de Platn, no debe romperse a fin de que la ratio, en cuanto deterioro del objeto que debe alcanzar, no se transforme en sinrazn. En una segun-da reflexin, a la operacin racional se le asocia, por as decir, como momento del antdoto la cualidad que la limitada primera reflexin de la ciencia omiti en la filosofa que le era sumisa y extraa. No hay ningn anlisis cuantificado que no reciba su sentido, su terminus ad

    ^wTMFqu en la retraduccin en lo cualitativo. La meta cogniti-va incluso de la estadstica es cualitativa, la cuantificacin es nica-mente su medio. La absolutizacin de la tendencia a la cuantificacin de la ratio es conforme con su falta de autorreflexin. Tal carencia sir-ve a la insistencia en lo cualitativo, no conjura la irracionalidad. Des-pus nicamente Hegel ha mostrado consciencia de esto sin inclinacin romntico-retrospectiva, en una poca, por supuesto, en la que la cuan-tificacin todava no gozaba tan indiscutiblemente como hoy de la su-premaca. Para l ciertamente, de acuerdo con la tradicin cientfica, la verdad de la cualidad [es] ella misma la cantidad13. Pero en el Sis-tema de filosofa la reconoce como determinidad indiferente al ser, exterior a ste14. Segn la Gran lgica, la cantidad es ella misma una cualidad. Conserva su relevancia en lo cuantitativo; y el quantum vuel-ve a la cualidad15.

    ,AJ-agc-si.uiarn.sia.aJa^^^^ tiypgja..re;uccin.del^ dadg|atpuramen.teJ.gica..Sin duda las cualidades no se liberaran ms en una situacin objetiva que ya no estara limitada a la cuantifica-cin ni seguira inculcando cuantificacin en quien debe adaptarse es-piritualmente. Pero sta no es la esencia intemporal que las matem-ticas, su instrumento, hacen que parezca. Lo mismo que apareci, su pretensin de exclusividad es pasajera. En la cosa el potencial de sus cualidades espera al sujeto cualitativo, no al residuo trascendental de ste, aunque para esto el sujeto no se fortalece ms que mediante su

  • 52 Dialctica negativa

    restriccin debida a la divisin del trabajo. Sin embargo, cuantas ms sean las reacciones suyas reprobadas como presuntamente slo subje-tivas, tantas ms sern las determinaciones cualitativas de la cosa que escapen al conocimiento. El ideal de lo diferenciado y matizado, que, pese a todo el science is measurement, el conocimiento nunca oMcf. del todo hasta en sus ms recientes desarrollos, no slo se refiere a una. "capacidad individual, prescindible para la objetividad. Su impulso lo recibe de la cosa. Diferenciado es quien en sta y en el concepto de sta sabe distinguir aun lo mnimo y lo que se escaFulle al concepto; nicamente la diferencialidad llega hasta lo mnimo. Enjujxastula-do, el de la facultad para la experiencia del objeto - y la diferenciali-dad es la experiencia de ste convertida en forma subjetiva de reac-cin-, encuentra refugio el momento mimtico del conocimiento, el de la afinidad electiva entre cognoscente y conocido. Este momento se va desmigajando poco a poco en el proceso global de la Ilustracin. Pero ste no lo elimina por completo en la medida en que no quiere anularse a s mismo. Incluso en la concepcin del conocimiento ra-cional, desprovisto de toda afinidad, pervive el tanteo de aquella con-cordancia que otrora era incuestionable para la ilusin mgica. Si este momento se suprimiera por completo, a posibilidad' ce que ef suje-to conozca al objeto se hara incomprensible, irracional la racionali-dad desaherrojada. Por su parte, sin embargo, el momento mimtico se fusiona con el racional en el camino de su secularizacin. Este pro-ceso se resume como diferencialidad. Contiene en s tanto la capaci-dad de reaccin mimtica como el rgano lgico para la relacin en-tre genus, species y differentia speciftca. A la capacidad difei-enciadora sigue estndole adems asociada tanta contingencia como a cualquier individualidad inclume frente a lo universal de su razn. Esta con-tingencia, no obstante, no es tan radical como gustara a los criterios del cientifismo. Hegel fue curiosamente inconsecuente cuando acu-s a la consciencia individual, escenario de la experiencia espiritual que anima su obra, de contingencia y limitacin. Esto slo es expli-cable por el deseo de desmantelar el momento crtico que va ligado al espritu individual. En la particularizacin de ste echaba l de ver las contradicciones entre el concepto y lo particular. La desgraciada es casi siempre, y con razn, la consciencia individual. La aversin ha-cia ella de Hegel se niega justamente al hecho que l, cuando le con-viene, subraya: hasta qu punto lo universal es inherente a eso indi-

    Cualidad e individuo 53

    vidual. Segn la necesidad estratgica, l trata al individuo como si fuera lo inmediato cuya apariencia l mismo destruye. Pero, con sta, desaparece tambin la apariencia de la contingencia absoluta de la ex-periencia individual. Esta no tendra ninguna continuidad sin los con-ceptos. Por su participacin en el medio discursivo, segn su propia determinacin siempre es al mismo tiempo ms que slo individual. El individuo se convierte en sujeto en la medida en que gracias a su consciencia jndividual se objetivaren la unidad de s mismo tanto como en la de sus experiencias: una y otra podran estarles negadas a

    Tos animales. Puesto que es en s universal, y en cuanto lo es, alcanza tambin la experiencia individual lo universal. Incluso enja reflexin epistemolgica, la universalidad lgica y la unidad de la consciencia individual se condicionan mutuamente. Pero esto no afecta solamente al lado subjetivo-formal de la individualidad. Cada contenido de la consciencia individual se lo provee su portador por mor de la conser-vacin de ste y se reproduce con sta. Es a travs de la autorreflexin como la consciencia individual puede liberarse de esto, ampliarse. La empuja a ello el tormento de que esa universalidad tenga tendencia a adquirir la preeminencia en la experiencia individual. En cuanto prue-ba efe a rea/facr, a experiencia redobia no simplemente as emociones y deseos del individuo, sino que tambin los niega, con lo cual so-brevive. Lo universal no se deja en absoluto aprehender por el sujeto si no es en el movimiento de la consciencia humana individual. Si se excluyese al individuo, no surgira un sujeto superior, depurado de las escorias de la contingencia, sino uno inconscientemente imitativo. En el Este el cortocircuito terico en la visin del individuo ha servido de pretexto para la opresin colectiva. Incluso cuando est cegado o aterrorizado, el partido, debido al nmero de sus afiliados, debe ser a priori superior a cualquier individuo en cuanto a poder cognosciti-vo. Sin embargo, el individuo aislado, al que no afecta el ukase, pue-de a veces percibir la objetividad de una manera menos turbia que un colectivo que por lo dems ya no es ms que la ideologa de sus gre-mios. El aserto de Brecht, el partido tiene mil ojos, el individuo slo dos, esralso como slo puede serlo toda perogrullada. La fantasa exac-ta 3e un disidente puede ver ms que mil ojos a los que les han cala-do las gafas rosadas de la unidad, que entonces confunden lo que per-ciben con la universalidad de lo verdadero y entran en regresin. A lo cual se opone la .individuacin del conocimiento. \No slo depende

  • 54 Dialctica negativa

    de sta, de la diferenciacin, la percepcin del objeto: ella misma est igualmente constituida a partir del objeto, que en ella reclama, por as decir, su restitutio in integrum. No obstante, las formas subjetivas de reaccin de las que el objeto ha menester han por su parte incesan-temente menester de correccin en el objeto. Esta se consuma en la autorreflexin, el fermento de la experiencia espiritual. El proceso de la objetivacin filosfica sera, dicho metafricamente, vertical, in-tratemporal, frente al horizontal, abstractamente cuantificador, de la ciencia; esto es lo que de verdadero hay en la metafsica del tiempo de Bergson.

    Su generacin, Simmel, Husserl y Scheler incluidos, anhelaba en vano una filosofa que, receptiva a los objetos, se cargara de conteni-do. Lo que denuncia la tradicin, a eso aspiraba la tradicin. Pero esto no dispensa de la reflexin metdica sobre qu relacin guarda cada uno de los anlisis de contenido con la teora de la dialctica. La ase-veracin de la filosofa idealista de la identidad, segn la cual la se-gunda se absorbera en los primeros, carece de fuerza. Sin embargo, objetivamente, no slo a travs del sujeto cognoscente, el todo que la teora expresa est contenido en lo individual por analizar. La me-diacin entre ambos es ella misma de contenido, la producida por a totalidad social. Pero es tambin formal gracias a la legitimidad abs-tracta de la misma totalidad, la del canje. El idealismo, que de ah des-til su espritu absoluto, codifica al mismo tiempo lo verdadero, que esa mediacin se ejerce sobre los fenmenos como mecanismo coac-tivo; esto es lo que oculta tras el llamado problema constitutivo. La_ experiencia filosfica no posee este universal, inmediatamente, como Tenmeno, sino tan abstractamente como objetivo es l. Ha de_Dar_: tir de lo particular, sin olvidar lo que no tiene pero s sabe. Su cami-

    ~o es doble, como el heraclteo, el ascendente y el descendente. Mien-"trafl~determinacin real de los fenmenos se la asegura su concepta, a ste no puede aducirlo ontolgicamente, como lo en s verdadero.

    "Est fusionado con lo no-verdadero, con el principio opresor, y esto aminora an ms su dignidad epistemocrtica. No constituye un te--forpositivo que saciara al conocimiento. La negatividad de lo uni-versal fija por su parte el conocimiento a lo particular, en cuanto lo que se ha de salvar. Verdaderos son solamente los pensamientos que no se entienden a s mismos. En sus elementos necesariamente uni-versales, toda filosofa, incluso aquella con la intencin de libertad,

    Dotacin de contenido y mtodo El existencialismo 55

    arrastra consigo la no-libertad en la que se prolonga la de la sociedad. J l ene en s la coaccin; pero slo sta la protege de la regresin a la arbitrariedad. El carcter coactivo que le es inmanente, el pensar pue-

    jfe reconocerlo crticamente; su propia coaccin es el medio de su li-beracin. Lo primero es instaurar la libertad para el objeto, que en Hegel llevaba a la incapacitacin del sujeto. Hasta entonces la dialctica como mtodo y como de la cosa divergen. Concepto .realidad son,

    AeJa.mjsjri^e.se.n,cia^c^n.tr.adifitoria^Lo que desgarra Atit^nicamear jJa . ip^e jd3d J ^pmdM^delKdomin0 , . . es ia .mismQ.aue . .esoirT- il^dgaiBiSiSsJ-3 diferencia. enjtje^gXc^n^eijtjO^yJ^^r^^c^a^J^g., ^^^^^mH&^ad^uieK^^rmz'q^Tc!L de la contradiccin por-flin2id^J-Q!-.q-ue'nl.

    0- se, pJiegL^Rn'ncipic' ael^.miirioa,B^Sfc!^gn Heteriodelprincipjo,.no como algo^iftiBt^l^TfHeriteTest.Iiiio .como unayiolacion de.lalggi.ca. Por otra parte, el resto de divergencia eTfTl" c'o'cepc^*ornIosofica yfa ejecucin atestigua, adems, algo de la no-identidad que no permite al mtodo ni absorber por entero los contenidos slo en los cuales debe ella, sin embargo, estar, ni espiri-tualizarlos. La prelacin del contenido se expresa como necesaria in-suficiencia del mtodo. Lo que como tal, en la figura de la reflexin universal, se debe decir para no quedar indefenso ante la filosofa de los filsofos, slo se legitima en la ejecucin, y con ello se niega de nuevo el mtodo. Desde el punto de vista del contenido, su exceso es abstracto, falso; ya Hegel tuvo que resignarse a la discrepancia del prlogo de la Fenomenologa con sta. El ideal filosfico sera que la justificacin de lo que se hace se tornara superflua en el mismo ha-cer filosfico.

    El intento ms reciente de ruptura con el fetichismo del concepto -con la filosofa acadmica, sin renunciar a la exigencia de rigor- se dio bajo el nombre de existencialismo. Como la ontologa funda-mental, de la que se haba separado mediante el compromiso poltico, segua presa del idealismo; por lo dems, comparado con la estruc-tura filosfica, conservaba algo de contingente, reemplazable por la poltica contraria siempre que sta satisfaga la characteristica forma-lis del existencialismo. Uno y otro bando tienen sus partidarios. Para el decisionismo no hay lmite alguno trazado. Sin embargo, la com-ponente idealista del existencialismo est por su parte en funcin de la poltica. A Sartre y sus amigos, crticos de la sociedad y reacios a conformarse con la crtica terica, no se les pas por alto que, all don-

    de.lalggi.ca

  • 56 Dialctica negativa

    de alcanz el poder, el comunismo se enterr como sistema de ad-ministracin. La institucin del partido estatal centralista es un sar-casmo de todo lo que otrora se haba pensado sobre la relacin con el poder del Estado. Por eso Sartre lo ha apostado todo al momento que la praxis dominante ya no tolera; en el lenguaje de la filosofa, la espontaneidad. Cuantas menos oportunidades objetivas le ofreca el reparto social del poder, tanto ms exclusivamente ha urgido l la categora kierkegaardiana de la decisin. sta recibe en Kierkegaard su sentido del termmus ad quem, de la cristologa; en Sartre se con-vierte en lo absoluto al que otrora deba servir. Pese a su extremo no-minalismo*, en su fase ms efectiva la filosofa de Sartre se organiz segn la vieja categora idealista de la libre actividad del sujeto. Como para Fichte, para el existencialismo cualquier objetividad es indiferente. En consecuencia, en los dramas de Sartre las relaciones y condicio-nes sociales se convirtieron a lo sumo en suplemento de actualidad; estructuralmente, sin embargo, en apenas algo ms que ocasiones para la accin. A sta la falta de objeto en la filosofa de Sartre la conde-n a una irracionalidad que era, por cierto, lo que menos pretenda el pertinaz ilustrado. La representacin de una libertad absoluta de^ decisin es tan ilusoria como siempre es Ta del yo absoluto del que el mundo emana. Bastara la ms modesta experiencia poltica para hacer tambalearse como decorados las situaciones construidas para ser-vir de pretexto a la decisin de los hroes. Ni siquiera dramatrgi-camente cabra postular semejante decisin soberana en una imbri-cacin histrica concreta. Un general que decide no permitir que se

    La restitucin del realismo conceptual por parte de Hegel, hasta la provocativa defensa del argumento ontolgico, era reaccionaria segn las reglas de juego de una Ilus-tracin sin reflexin Mientras tanto, el curso de la historia ha justificado su intencin antinommalista En contraste con el grosero esquema de la sociologa schelenana del saber, el nominalismo se convirti por su parte en ideologa, la del atnito jEso no! del que la ciencia oficial gusta de servirse apenas se mencionan entidades molestas como clase, ideologa, recientemente incluso sociedad La relacin de la filosofa genuinamente crtica con el nominalismo no es invariante, cambia histricamente con la funcin de la skepsis (cfr Max HoRKHElMER, Montaigne und die Funktion der Skepsis [Mon-taigne y la funcin de la skepsts], Zeitschriftflir Sozalforschung [Revista para la investi-gacin social], VII ao [1958], passim) Adscribir cualquier fundamentum in re de los conceptos al sujeto es idealismo De este el nominalismo slo se divorci cuando el idea-lismo elev una pretensin a la objetividad El concepto de una sociedad capitalista no es unflatus vocis

    El existencialismo 57

    cometan ms atrocidades tan irracionalmente como antes gozaba de stas; que levanta el sitio de una ciudad que ya se le ha entregado me-diante la traicin y funda una comunidad utpica, incluso en los tiem-pos feroces de un renacimiento alemn grotescamente romantizado, habra al punto sido, si no asesinado por los soldados amotinados, destituido por sus superiores. No hace sino concordar harto exacta-mente con esto el hecho de que Gotz, fanfarroneando como el Ho-lofernes de Nestroy, tras haber sido instruido por la masacre de la Ciu-dad de la Luz sobre su libre actividad, se pone a disposicin de un movimiento popular organizado, mscara transparente de aquellos contra los que Sartre esgrime la espontaneidad absoluta. Enseguida vuelve, pues, a cometer tambin el hombre neogtico, slo que aho-ra abiertamente con la bendicin de la filosofa, las atrocidades de las que en nombre de la libertad haba abjurado. El sujeto absoluto no consigue librarse de sus ataduras: las cadenas que quera romper, las del dominio, son una misma cosa con el principio de la subjeti-

    vidad absoluta. Honra a Sartre que esto se manifieste en su drama y contra su principal obra filosfica; sus obras de teatro desmienten la UTosofa de cuyas tesis se ocupan. Sin embargo, las tonteras del exis-tencialismo poltico, lo mismo que de la fraseologa del despolitiza-do alemn, tienen su fundamento filosfico'. El existencialismo pro-mueve lo inevitable, el mero ser-ah de los EarFres, a una actitud que el individuo debe elegir sin fundamento para la determinacin de la eleccin y sin que propiamente hablando tenga otra eleccin. Cuando el existencialismo ensea ms que tal tautologa, hace cau-sa comn con la subjetividad que es para s en cuanto lo nico sus-tancial. Las orientaciones que llevan como divisas derivados del exis-tere latino querran apelar a la realidad de la experiencia corporal contra la ciencia individual alienada. Por miedo a la reificacin, re-troceden ante lo cosal. Bajo mano, esto se les convierte en un ejem-plo. Lo que someten a iTOXTJ se venga de ellas imponiendo su po-der a espaldas de la filosofa en las decisiones segn sta irracionales. El pensar expurgado de lo cosal no es superior a la ciencia individual privada de conceptos; todas sus versiones incurren, por segunda vez, en justamente el formalismo que combaten en defensa del inters esencial de la filosofa. Adicionalmente ese formalismo es luego re-llenado con prstamos contingentes, en particular de la psicologa. Al menos en su radical forma francesa, la intencin del existencia-

  • 58 Dialctica negativa

    lismo no sera realizable en la distancia de los contenidos csales, sino en la proximidad amenazante a stos. La separacin entre sujeto y ob-jeto no sera superable por la reduccin a la esencia humana, ni aun-que sta fuera la individualizacin absoluta. La pregunta por el hom-bre,j)opular hasta en el marxismo de linaje Tukacsiano, es ideolgica, porque dicta segn la forma pura lo invariante de la posible respuesta posible, aunque sta fuera la misma historicidad. Lo que el hombre

    "3eb~e ser en s nunca es ms que lo que ha sido: l est encadenado a ta roca de su pasado. Pero no es slo lo que ha sido y es, sino asi-mismo lo que puede ser; ninguna determinacin Tasta jpara antici-parlo. Hasta qu punto son incapaces de esa exteriorizacin por la que suspiran en el recurso a la existencia humana individual las es-cuelas agrupadas en torno a la existencia, incluso las extremadamente nominalistas, lo reconocen en la medida en que filosofan con con-ceptos universales sobre lo que se reduce a su propio concepto, lo con-trario a ste, en lugar de elevarlo al pensamiento. La existencia la ilus-tran con lo existente.

    De qu otro modo habra que pensar tiene en los lenguajes su le-jano y vago arquetipo en los nombres que no recubren categorial-mente la cosa, por supuesto al precio de su funcin cognoscitiva. Un conocimiento no menoscabado quiere aquello ante lo que se le ha entrenado para resignarse y lo que tapan los nombres que estn de-masiado prximos a ello; resignacin y obcecacin se complemen-tan ideolgicamente. La precisin idiosincrsica en la eleccin de las palabras, como si debieran nombrar a las cosas, no es una de las me-nores razones por las que a la filosofa la exposicin le es esencial. El fundamento cognoscitivo para tal insistencia de la expresin frente al T8e es la propia dialctica de sta, su mediacin conceptual en s misrfa; tal es el punto de arranque para comprender lo que de acon-ceptual hay en la expresin. Pues la mediacin en medio de lo no-conceptual no es un resto despus de consumada la sustraccin, nada tampoco que remitira a una mala infinitud de tales procedimientos. La mediacin de la X.T| j)s, ms bien, su historia implcita. Lo que de alguna manera rrria legitima, la filosofa lo extrae de algo ne-gativo: el hecho de que aquello indisoluble ante lo que capitul y de lo que el idealismo se zafa, sin embargo, en su ser as y no de otra manera es a su vez tambin un fetiche, el de la irrevocabilidad del ente. El fetiche se deshace ante la inteleccin de que el ente no es

    Cosa, lenguaje, historia Tradicin y conocimiento 59

    ^simplemente as y no de otra manera, sino que ha llegado a ser bajo jridjdo_nes. Este devenir desaparece y habita en la cosa, para in-movilizarse en el concepto de sta tan poco como para separarse de su resultado y olvidar. La experiencia temporal se le parece. En la lec-tura del ente como texto de su devenir se toan la dialctica mate-rialista e deaHstL Sin embargo, mientras que para el idealsrrcTlTis-tona interna de la inmediatez justifica a sta como etapa del concepto, materialistamente se convierte en criterio de la no-verdad no slo del concepto, sino ms an de lo inmediato que es. Aquello con que la dialctica negativa penetra sus endurecidos objetos esTa^osTFIidad polTZjiueTajaldad^ de stos ha engaado y que sin embargo se ve en cada uno de_ellos. Pero incluso haciendo un esfuerzo extremo por expresar lingsticamente~tal historia coagulada en las cosas, las pa-laFras^empleadas siguen siendo conceptos. Su precisin sustituye a l a mismidad de la cosa, sin que sta se haga totalmente presente; en-tre ellas y lo que conjuran se abre un hueco. De ah el poso de arbi-trariedad y relativismo tanto en la eleccin de las palabras como en toda la exposicin. Incluso en Benjamin los conceptos tienen pro-pensin a disimular autoritariamente su conceptualidad. Slo los con-ceptos pueden realizar lo que el concepto impide. El conocimiento

    "es jp(jjcras TaeTOU. La deficiencia determinable en todos los con-ceptoTsbTrga-^Titar otros; surgen ah aquellas constelaciones que son las nicas a las que ha pasado algo de la esperanza del nombre. A ste el lenguaje de la filosofa se aproxima mediante su negacin. Lo que critica en las palabras, su pretensin de verdad inmediata, es casi siem-pre la ideologa de una identidad positiva, existente, entre la palabra y la cosa. Tampoco la insistencia ante una palabra y concepto sin-gular, la puerta de hierro que se ha de abrir, es ms que un momen-to, aunque indispensable. Para ser conocido, lo interior a que el cono-cimiento se pliega en la expresin ha siempre menester tambin de algo exterior a ello, j

    _Hay_que dejar de nadar -la palabra suena ignominiosa- con la co^ Jtente rrjncigarTa~filosofa moderna. La filosofa contempornea, hasta hoy dominante, querra excluir los momentos tradicionales del pensar, deshistorizarlo en cuanto a su propio contenido, asignar la his-toria a una rama especializada de una ciencia que establezca hechos. Desde que se buscaba en lajpresunta inmediatez de lo subjetivamente

  • 60 Dialctica negativa

    dado el fundamento de todo conocimiento, se ha intentado, obede-ciendo por as decir al dolo del presente puro, extirparle al pensamien-. to su dimensin histrica. El pensamiento ficticio, ahora unidimen-sional^ se convierte en fundamento del conocimiento del sentido interno. Bajo este aspecto armonizan los patriarcas de la modernidad oficial-mente considerados como antpodas: en las explicaciones autobio-grficas de Descartes sobre el origen de su mtodo y la doctrina ba-coniana de los dolos. Lo que en el pensar es histrico, en lugar de obedecer a la atemporalidad de la lgica objetivada, es equiparado a la supersticin que de hecho era la apelacin a la tradicin eclesis-ticamente institucional contra el pensamiento verificador. La crtica a la autoridad tena toda la razn. Pero no comprende que al cono-cimiento mismo la tradicin le es inmanente en cuanto el momento mediador entre sus objetos. El conocimiento deforma stos tan pron-to como, estabilizados gracias a la objetivacin, hace con ellos tabu-la rasa. Aun en su forma independizada frente al contenido, partici-pa en s de la tradicin en cuanto recuerdo inconsciente; ninguna pregunta podra siquiera ser formulada en la que no se conservase y siguiese actuando un saber del pasado. La figura del pensamiento como movimiento intratemporal, que progresa de manera motivada, anticipa, microcsmicamente, la macrocsmica, histrica, que se in-terioriz en la estructura cogitativa. Entre los logros de la deduccin kantiana destaca el de haber percibido aun en la forma pura del cono-cimiento, de la unidad del yo pienso, en el nivel de la reproduc-cin en la imaginacin, el recuerdo, la huella de lo histrico. Sin em-bargo, como no hay tiempo sin lo que hay en l, lo que en su fase tarda Husserl llamaba la historicidad interna no puede seguir sien-do interior, pura forma. La historicidad interna del pensamiento^ es inseparable del contenido de ste y por tanto de la tradicin. Por el 'contrario, el sujeto puro, perfectamente sublimado, sera lo absolu-tamente desprovisto de tradicin. Un conocimiento que satisficiera

    \ por completo al dolo de esa pureza, la atemporalidad total, coinci-dira con la lgica formal, sera tautologa; ni siquiera habra ya sitio para una lgica trascendental. Laatemporalidad a que la consciencia burguesa, quiz como compensacin de su propia mortalidad, aspi-ra es el colmo de su obcecacin. Benjamin asimil esto cuando ab-jur brutalmente del ideal de autonoma y someti su pensamiento a una tradicin que por supuesto, en cuanto voluntariamente insta-

    Tradicin y conocimiento - Retrica 61

    lada, subjetivamente elegida, carece tanto de autoridad como el pen-samiento autrquico al que acusa de ello. Aunque contrapartida del trascendental, el momento tradicional es cuasi trascendental, no la sub-jetividad puntual, sino lo propiamente hablando constitutivo, el me-canismo segn Kant oculto en el fondo del alma. Entre las variantes de las demasiado estrechas preguntas iniciales de X^&nWc^U'Ptafazon

    '^Wfk^^^^'^^^S^Wl^'^s^^ifm\S^^^^J^t^\xz des-, i&Piie&SflfflS^?lfn2Sd^26' ""r>rro j^SQflJSEiS^al^lBWlraiaa!

    ,gpajes la experiencia espiritual.. La filosofa de Bergson, ms an la novela ae r rous t^e aDandonaron a ella, slo que por su parte bajo el hechizo de la inmediatez, por aversin hacia la atemporalidad burguesa que con la mecnica del concepto anticipa la supresin de la vida. Pero nicamente la methexis de la filosofa en la tradicin sera la negacin determinada de sta. La fundan los textos que ella critica. En stos, que la tradicin le aportay a la que incorporan los textos mismos, se hace su comportamiento conmensurable con la tradicin. Eso justifica la transicin de la filosofa a la interpretacin que no eleva a lo absolu-to ni lo interpretado ni el smbolo, sino que busca qu sea verdadero all donde el pensamiento seculariza el arquetipo irrecuperable de los textos sagrados.

    ^or la sujecin, sea abierta, sea latente, a los textos, la filosofa ad-mite lo que bajo el ideal del mtodo en vano niega, su esencia lin-gstica^Esta^jinlogamente a la tradicin, en la historia moderna de

    l a filosofa ha sido difamada como retrica. Segregada y degradada a medio gara e^efecto, fue~vehcuTo^3eT mentira en la filosofa. El des-precio por la retrica saldaba la deuda que, desde la Antigedad, ha-ba contrado por aquella separacin de la cosa que Platn denuncia-ba. Pero la persecucin del momento retrico por el que la expresin se salvaguardaba en el pensamiento no contribuy menos a la tecni-ficacin de ste, a su potencial supresin, que el cultivo de la retri-ca bajo el desprecio del objeto. La retrica representa en filosofa lo que no puede ser pensado de otro modo que en el lenguaje. Se afir-ma en los postulados de la exposicin por los que la filosofa se dis-tingue de la comunicacin de contenidos ya conocidos y fijados. Como todo testaferro, est en peligro porque fcilmente da el paso a la usur-pacin de lo que la exposicin no puede procurar sin mediacin al pensamiento. La corrompe constantemente el fin de convencer, sin el cual, sin embargo, la relacin del pensamiento con la praxis volve-

  • 62 Dialctica negativa

    ta ajdesaparecer del acto de pensar. La alergia a la expresin de toda la tradicin filosfica aprobada, desde Platn hasta los semnticos, es conforme al impulso de toda Ilustracin a censurar lo indisciplinado de los ademanes hasta en la lgica, un mecanismo de defensa de la consciencia reificada. Si la colusin de la filosofa con la ciencia des-emboca virtualmente en la supresin del lenguaje y con ello_de_la mis-ma filosofa, sta no sobrevive sin su esfuerzo lingstico. En lugar de chapotear en la cascada lingstica, reflexiona sobre sta. Con razn la negligencia lingstica -cientficamente: lo inexacto- gusta de unir-se con el gesto cientfico de la insobornabilidad por el lenguaje. Pues la supresin del lenguaje en el pensamiento no es la desmitologizcin He ste. Con el lenguaje la filosofa sacrifica ciegamente aquello en lo que ella se comporta con su cosa de una manera ms que meramen-te significativa; slo en cuanto lenguaje puede lo semejante conocer a lo semejante. No se puede, sin embargo, ignorar la denuncia per-manente de la retrica por el nominalismo, para el que el nombre est privado de la ms mnima semejanza con aquello que dice; recurrir sin quiebras contra ella al momento retrico. La dialctica, segn el sentido literal, lenguaje en cuanto organon del pensamiento, sera el in-tento de salvar crticamente el momento retrico: de aproximar la cosa y la expresin hasta la indiferencia mutua. Lo que histricamente apa-reci como mancha del pensamiento, su conexin con el lenguaje que nada puede romper totalmente, lo atribuye a la fuerza del pensamiento. Esto inspir a la fenomenologa cuando sta, por ingenuamente que fuera, quiso asegurarse de la verdad en el anlisis de las palabras. En la cualidad retrica la cultura, lajsociedad, la tradicin animan al pen-samiento^ Lo lisa y llanamente antirretrico est ligado a la barbarie en que termina ^^pensamiento^burgus. La difamacin de Cicern, incluso lantipatade Hegel hacia Diderot atestiguan el resentimiento de aquellos a los que la miseria de la vida aparta de la libertad de ele-varse y que consideran pecaminoso el cuerpo del lenguaje. Contra el parecer vulgar, en la dialctica el momento retrico toma el partido del contenido. Al mediatizarlo con el formal, lgico, la dialctica tra-ta de dominar el dilema entre la opinin arbitraria y lo inesencialmente correcto. Pero se inclina hacia el contenido como hacia lo abierto, no decidido de antemano por el armazn: una protesta contra el mito. Mtico es lo perenne, que ha acabado por diluirse en la legalidad for-mal del pensamiento. Un conocimiento que quiere el contenido quie-

    Retrica 63

    re la utopa. sta, la consciencia de la posibilidad, se adhiere a lo con-creto en cuanto lo no deformado. Es lo posible, nunca lo inmediata-mente real, lo que obstruye el paso a la utopa; por eso es por lo que en medio de lo existente aparece como abstracto. El color indeleble procede de lo que no es. Le sirve el pensamiento, un pedazo de la exis-tencia que, aunque negativamente, alcanza a lo que no es. Slo la ms extrema lejana sera la proximidad; la filosofa es el prisma que cap-ta su color.

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