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  • Eduardo HalfonMonasterioTraduccin de Dami Alou

  • Ttulo original: What Happened to Sophie Wilder

    Queda rigurosamente prohibida, sin la autorizacinescrita de los titulares del copyright, bajolas sanciones establecidas en las leyes, la reproduccintotal o parcial de esta obra por cualquier medioo procedimiento, incluidos la reprografa yel tratamiento informtico, y la distribucin deejemplares mediante alquiler o prstamo pblicos.

    Eduardo Halfon, 2014c/o Indent Literary Agencywww.indentagency.com

    de esta edicin: Libros del Asteroide S.L.U.

    Fotografa de cubierta: Library of Congress

    Publicado por Libros del Asteroide S.L.U.Avi Plus Ultra, 2308017 BarcelonaEspaawww.librosdelasteroide.com

    ISBN: 978-84-15625-84-1

  • Depsito legal: B. 10.935-2014Diseo de coleccin y cubierta: Enric Jard

  • Para mi hermana, para mi hermano

  • Una jaula sali en busca de un pjaro.

    FRANZ KAFKA

  • Uno

    Tel Aviv era un horno. Nunca supe si enel aeropuerto Ben Gurin no haba aireacondicionado o si ese da no estabafuncionando o si tal vez alguien habadecidido no encenderlo para que as losturistas nos adaptramos rpido a lapastosa humedad del Mediterrneo. Mihermano y yo estbamos de pie,agotados, desvelados, esperando a quesal ieran nuestras maletas. Era casimedianoche y el aeropuerto ya nopareca un aeropuerto. Me extra ver

  • que algunos pasajeros, tambinesperando sus maletas, habanencendido cigarros, y entonces yotambin saqu uno y lo encend y deinmediato el humo amargo me refrescun poco. Mi hermano me lo arrebat.S o l t un suspiro de humo entreindignado y rabioso y murmur algunainjuria mientras se secaba la frente conla manga de su playera. Ninguno de losdos quera estar all, en Tel Aviv, enIsrael.

    Nuestra hermana menor haba decididocasarse. Nos llam a Guatemala desde

  • un telfono pblico para decir que habaconocido a un judo ortodoxonorteamericano, o ms bien que losrabinos de su yeshiv de Jerusaln lehaban presentado a un judo ortodoxonorteamericano, de Nueva York, deBrooklyn, y que haban tomado ladecisin nunca entend quines, si losrabinos o ellos dos de casarse. Mipap agarr el telfono, grit un rato,intent disuadirla otro rato, y despus,resignado, le pidi o suplic que nosesperara, que bamos en camino.Llevaba ella casi dos aos viviendo y

    estudiando la Tor y otros textosrabnicos en una yeshiv de mujeres en

  • Jerusaln. Al principio todos pensamosque era nada ms una leve fiebresionista o hebraica, un arrebato juvenilpor encontrar manifestaciones msprofundas de la religin de nuestrosabuelos, y que ya se le pasara. Peropronto empez a cambiar su discurso.En cartas, en llamadas, sus palabras yano eran suyas. Su lenguaje se fuetornando, como sucede siempre congente repentinamente devota, en unlenguaje arisco y frvolo, en una prdicanada tolerante. Cambi legalmente sunombre a la versin en hebreo. Empeza enviarnos fotos donde sala tapndosea veces con un pauelo, a veces con

  • una peluca sus hermosos rizos negros:segn las reglas y costumbres judasortodoxas, nos explic, la belleza de unamujer se manifiesta en su cabello, que esuna tentacin para los hombres, y ellas,por tanto, deben esconderlo. Igual con lapiel. Mi hermana, joven y guapa, ya slousaba vestidos flojos, largos, de unapieza, que no mostraran sus hombros, nisu cuello, ni sus brazos, ni mucho menossus piernas. Como si fuese prisionera deun atuendo. Como si la tentacin pudieseocultarse nada ms bajo un vestido flojoy una peluca. Recuerdo que durante esetiempo una sola vez volvi a Guatemala,de visita. Nos advirti con arrogancia

  • que ya no poda tocar a ningn hombreal saludarlo; que sus comidas laspreparara ella misma en las dos vajillasque traa desde Israel, una para lcteos yotra para carnes; que en las veinticuatrohoras que dura el shabt tenamosprohibido montarnos a un auto, trabajar,leer, echar agua en todos los inodorosde la casa excepto uno ni idea de porqu, encender cualquier lmparasalvo aquellas que, estratgicamente,ella haba dejado encendidas desde elocaso del viernes previo y debanmantenerse encendidas hasta el ocasodel sbado. En algn momento,recuerdo, sentados los cinco alrededor

  • del comedor de la casa de mis padres,mi hermana nos anunci tajante que,segn ella, segn sus nuevos maestros yrabinos ortodoxos, nosotros cuatro noramos judos. Mi pap peg un par dealaridos. Mi mam se puso de pie y semarch llorando, y mi hermano se fuetras ella. Vaya, le respond a mihermana, al menos en eso s estamos deacuerdo.

    El carrusel negro segua inmvil.Llevbamos casi una hora esperandoque salieran las maletas. Aunque mihermano refunfuaba de cuando en

  • cuando, ningn otro pasajero parecamuy molesto, tampoco muy sorprendido.Quizs porque todos sabamos que lasmedidas de seguridad en Israel sonmayores. Quizs porque despus detantas horas de vuelo uno nada msagradece ya no estar metido en su mediometro de avin.Cunto es de aqu al hotel?, me

    pregunt mi hermano. Todava nosfaltaba el trayecto en taxi a Jerusaln.Mis paps haban llegado unos dasantes para no s qu preparativos de laboda y nos haban dicho que al salir delaeropuerto tomramos un taxi al hotelKadima, en Jerusaln, que no era ms de

  • media hora de viaje, que all nosestaran esperando. Iba a contestarle ami hermano que aproximadamente mediahora, cuando de pronto me encandil unbatalln de aeromozas de Lufthansa.Eran cinco o seis chicas, todas vestidasc o n sus relucientes uniformes deLufthansa y con sus gorritas amarillas deLufthansa y sonriendo sus enormessonrisas de Lufthansa. Nosotroshabamos volado en Lufthansa, vaFrankfurt, donde el avin, primeroestacionado en la puerta de embarque yluego en su recorrido lento hacia eldespegue, fue vigilado y escoltado pordos patrullas de la polica alemana y una

  • tanqueta militar.Las cinco o seis aeromozas se

    dirigieron juntas hacia un pasajero queestaba fumando recostado contra unenorme cartel de cerveza. Yo deinmediato me sent culpable y machaqumi cigarro en el suelo. El seor, un tipode tal vez cincuenta aos, calvo, gordo,plido, sudoroso, en pantaln corto ysandalias de hule, les mostr supasaporte y su boleto y al mismo tiempoempez a discutir recio con ellas, quizsen hebreo o en rabe. Una de las chicasse qued con los documentos del seory, por sus muecas y ademanes, parecaestar dicindole que las acompaara a

  • alguna parte. Pero el seor slo gritabay gesticulaba cada vez ms recio. Dealgn lado salieron dos soldadosvestidos de verde y sosteniendoametralladoras y se colocaron a amboslados del seor. Uno de los soldadosinsista en quitarle su mochila, pero elseor la tena aferrada contra el pecho ypareca estar gritndole que no estabadispuesto a cederla vivo o, cuandomenos, sin una buena pelea. Habaempezado a girar el carrusel negro yacon las primeras maletas. A ningnpasajero le import. Todos mirbamosal seor con una mezcla de curiosidad ymiedo y algo de expectativa. Incluso

  • varios pasajeros se haban acercado,por metiches, por si acaso, por si lasaeromozas necesitaban ayuda o apoyo.Pero de pronto, en un movimientoexperto y premeditado, los dos soldadossujetaron al seor, lo botaron al suelo,lo esposaron, y luego, mientras l seguagritando en hebreo o en rabe, se lollevaron medio arrastrado. As de fcil.As de rpido.Varias aeromozas de Lufthansa tambin

    se marcharon. Pero dos se quedaronparadas en el mismo sitio, hablando ensusurros y tambin tranquilizando avarios de los pasajeros. Mi hermano memiraba con los ojos muy abiertos

  • mientras mova la cabeza. Quizspensando: linda bienvenida. O quizspensando: a dnde mierdas nos hantrado. Alc los hombros. Qu mspoda decirle.Nos acercamos despacio al carrusel de

    maletas que segua crujiendo yrechinando, pero crujiendo y rechinandocon garbo, con donaire, como unaopulenta reliquia. No s por qu volv lamirada una vez ms hacia las dosaeromozas de Lufthansa. Y tampoco spor qu acaso influy el brillo de suuniforme amarillo haba tardado tantoen reconocerla.No puede ser, le dije emocionado a mi

  • hermano, agarrndolo fuerte del brazo.Qu pasa? Mire, le dije. Mire qu?All, le dije, la aeromoza, le dijesealando con la mirada. Creo que esella, le dije. Cree que es quin? Quizslos uniformes amarillos de Lufthansaan lo tenan medio deslumbrado, oquizs no la recordaba, o quizs nuncala conoci y yo slo le haba contado deella. La aeromoza, le dije sealando denuevo con la mirada. Ya, la veo, y qupasa con la aeromoza? Lo solt y mequed vindola unos segundos, inseguroo temeroso. Creo que es Tamara, le dije.Es quin? Tamara, le repet un pocosorprendido de haber recordado su

  • nombre despus de tanto tiempo, unnombre que de pronto me son sublime,ajeno, hasta inventado.Mi hermano la observ unos segundos

    mientras tambin haca un esfuerzo porretroceder todos esos aos en sumemoria y ubicarse en el pasado yprocesar aquellas empolvadas imgenes.Pero usted est loco, me dijo, eso esimposible, cmo puede ser la misma?Es ella, le dije y me qued estudiando unpoco sus ojos y sus labios y sus mejillasplidas y pecosas y su pelo colorcastao cobre y apenas salpimentado decanas y tiene ahora el pelo ms corto ycanoso, le dije a mi hermano, pero es

  • Tamara, le dije ya casi convencido ycaminando lentamente en esa direccin.Oiga, adnde va?, le o decir detrs dem, si ya estn saliendo todas lasmaletas. Era posible? Era Tamara? M e reconocera despus de tantosaos? Se acordara de m? Me daraun abrazo o un beso o a lo mejor unabofetada? No lo haga, me grit mihermano por encima del chirrido delcarrusel, no es ella.Tamara?, tocndole el hombro.

    Era la una de la maana cuando por finsalimos mi hermano y yo a la acera del

  • aeropuerto. Haba varios taxis, dealgunas compaas, de mltiplescolores. Sin pensarlo mucho nosacercamos a una furgoneta roja y blancaque pareca ms formal y le dijimos alconductor que al hotel Kadima, enJerusaln. El tipo, deprisa y comoenojado, nos dijo yes, yes, Kadima,Yerushalayim, y seal con la manohacia atrs. Abrimos las dos puertastraseras, guardamos nuestras maletas,luego dimos la vuelta y entramos por lapuerta lateral. En la primera fila habauna pareja de turistas franceses que,supuse, tambin iban al hotel Kadima deJerusaln. Los saludamos mientras nos

  • tumbbamos detrs de ellos, en lasegunda fila, exhaustos.Y entonces?, me volvi a preguntar mi

    hermano con impaciencia. El taxistaestaba gritndole a alguien por radio.Empez a parecerme extrao que nocerrara su puerta, que no arrancara elmotor de la furgoneta para marcharnos.Me va a contar o no?, pregunt mihermano con los ojos medio cerrados ytono bravucn y yo recost la cabeza enel respaldo del asiento. Escarlata, ledije.Antes de verla sonrer con pudor, antes

    incluso de verla abrir un poco ms sumirada azul mediterrnea, supe que

  • Tamara finalmente me haba reconocidoal ver desaparecer, en un repentinotorrente escarlata, las minsculas pecasde sus mejillas. Pero despus todo fuetorpeza. Nos abrazamos con torpeza.Nos preguntamos y respondimos cosascon torpeza, con clich, con el caos quegenera la emocin y el temor de unreencuentro en medio de pasajeros ymaletas y el bochorno del aeropuerto yla evidente gravedad de su uniforme deLufthansa: interrumpindonos ytropezndonos por querer resumir tantosaos en unos cuantos segundos. Luegocallamos con la misma torpeza, ambosquizs pensando en un encuentro breve y

  • pasado que creamos haber dejado atrspero que de pronto volva y explotabacon la potencia de un volcn. Mepregunt en ingls cunto tiempo estaraen Israel, y le balbuce que unos das,que pocos das, slo para la boda de mihermana menor, y s, una boda ortodoxa,y s, en Jerusaln, y s, en el hotelKadima. Su compaera de Lufthansa lallam, como apurndola, y Tamara lerespondi algo en hebreo. Luego sac unpedacito de papel y escribi su nmerode telfono y me dijo que por favor lallamara, que viva muy cerca del hotelKadima, que poda pasar a buscarme yllevarme a conocer algunos sitios. De

  • acuerdo, Eduardo?, pronunciando minombre como si no fuera mi nombre ocomo si fuera una versin de mi nombreslo para ella, y lanzndome fugazmentehacia un bar escocs y unas cuantascervezas y una boca en forma de corazny pezones que se muerden duro o semuerden suave, todo depende. Deacuerdo?, y se acerc. Me entreg elpapel. Puso su mejilla escarlata ypecosa contra la ma y la dej all y porfavor llama, susurr, ahora sin torpezaalguna y susurrndome mucho ms queesas tres llanas palabras. Me gustsentir el contraste entre su aliento tibio ysu mejilla helada. Me gust reconocer su

  • olor. Dobl el papel y lo guard en elbolsillo de mi camiseta. Llamars?,retrocediendo unos pasos. Le dije queseguro, que esta vez s, que contaraconmigo, y una ligera sonrisa, y entoncesTamara me dijo algo en hebreo, quizshasta luego, quizs ms te vale, y semarch con su compaera de Lufthansa.Llamar?, me pregunt mi hermano,

    quien llevaba ms de una horadurmindose y despertndose ymaldicindome a m, al taxista, a losvestigios militares puestos comodecoracin a lo largo de la autopista, alos turistas franceses, a la eterna ylaberntica odisea nocturna hacia nuestro

  • hotel de Jerusaln. No s, le dijenegando con la cabeza vanamente en laoscuridad de una furgoneta vaca, ya sinms pasajeros: uno de los cincopasajeros, un joven israel volviendodel Per, nos haba explicado enespaol que aquello era un tipo de taxicolectivo, llamado sherut. Guardsilencio, recordando el rostro sonrojadode Tamara, recordando con placer elolor a lavanda de Tamara, y recordandode pronto el anillo de oro blanco en suanular izquierdo.Llevaba puesto un anillo de oro

    blanco? Se lo haba visto o me loestaba imaginando ahora, en el silencio

  • de una furgoneta vaca? Se habacasado?Cuando por fin nos detuvimos en la

    entrada del hotel eran las tres de lamadrugada.

    Siempre duermo mal en los hoteles. Leped al recepcionista, como hagosiempre, una habitacin en el ltimopiso, que no diera hacia la calle ruidosa,lo ms alejada posible del ascensor, ys in puerta interna que comunicara a lahabitacin contigua. Pero por algnerror o malentendido, nos explic elviejo de mala gana en su psimo ingls,

  • le quedaba una sola habitacindisponible, con cama matrimonial.Ambos estbamos demasiado cansadospara alegarle. Nada ms le recibimos lallave en silencio, y subimos en unascensor pequeo, arcaico, que apenasfuncionaba.Todo en la habitacin me pareci

    gastado y mugriento: el bao, lassbanas, la alfombra gruesa e insonora yllena de manchas misteriosas, lascortinas de manta verde olivo. Antes deacostarnos desenchuf el televisor,desconect la alarma en la mesa denoche, y tap cualquier grieta o franja deluz (siempre viajo con un rollo de cinta

  • adhesiva). Pero igual, echado al lado demi hermano, dorm mal. En algnmomento de la madrugada medespertaron unos gritos o gemidos, comolos de un beb llorando, o como los deuna mujer en pleno orgasmo. No supe sivenan de afuera o de una habitacinvecina o si yo los estuve soando. Amedioda finalmente me ba, me vestmi hermano dorma profundo, ybaj a desayunar al lobby.El restaurante estaba vaco. Lleg el

    mismo viejo de la recepcin que noshaba recibido a las tres de la maana yque haba tenido que soportar, a las tresde la maana, mis neurosis y exigencias

  • de habitacin silenciosa. Luca fatal.Ms desvelado que yo. Su camisablanca arrugada, sucia, medio fuera. Surostro verdoso y sin afeitar. Sus pocashebras de pelo negro (un negro falso,excesivo, de tinte) como ensalivadas asu calva. Me dijo en ingls que sloservan el desayuno hasta las once. Yome qued mirndolo como si no lehubiese entendido, y l suspir y me dijoque me sentara, que ya tratara debuscarme algo en la cocina. Mesorprendi su amabilidad, quizs porqueme lo dijo todo con voz spera y rostrogrun. Le sonre. Caf? Que s, quegracias, que negro, y me ubiqu en la

  • mesa ms prxima a la entrada.Me decepcion un poco notar que nada

    all dentro pareca Israel. Era unrestaurante cualquiera, de un hotelcualquiera, con la misma decoracin ymobiliario y hasta la misma msica defondo que cualquier otro hotel barato.No s por qu, acaso porque seguamedio desvelado, acaso por idiota,esperaba encontrarme un suelo arenosoy muros inmensos de arcilla bblica.Volvi el viejo recepcionista. Sindecirme nada coloc sobre la mesa unabandeja grande con pan pita, aceitunasverdes, cubos de queso feta, rodajas detomate y pepino, y luego una extraa taza

  • de caf. Quera preguntarle cmofuncionaba aquello, qu malabares tenaque hacer para tomrmelo, pero l ya sehaba marchado, quejndose de algo ensusurros. Estudi el artilugio de plsticorojo y poco a poco fui descifrando queencima de la taza haba un filtropersonal, por llamarlo as, lleno de aguacaliente y caf molido, y que ese filtropersonal se estaba vaciando lentamente,es decir, estaba goteando hacia abajo micaf recin percolado. Esper conpaciencia y posiblemente sonriendohasta que la taza se termin de llenar.Quit el filtro de plstico y lo puse a unlado, sobre el mantel. Quizs por

  • novedoso, quizs porque el ingenieroque an soy se deslumbra con ese tipode mecanismos, ese primer caf israelm e pareci exquisito. Beb despacio,sintiendo una especie de bienestar uoptimismo, y pensando en Tamara.

    Se me ocurri salir del hotel a dar unavuelta, caminar un poco, tal vez fumarmeun cigarro. Cuando pas por el lobby, elmismo viejo de la recepcin me hizoseas. Me entreg un papel amarillo.Era un formulario estndar, como dememorndum, con una nota escrita depuo y letra de mi mam (slo

  • maysculas). Que estaran fuera todo elda haciendo compras y preparativos dela boda, que nos juntramos en la noche,a cenar. Pens en llamar a la habitacinpara despertar a mi hermano y decrselo.Pero slo le devolv la nota al viejo, leagradec, y sal del hotel.Me doli la claridad del da. Indeciso,

    me qued un rato mirando el trfico, lasvitrinas de algunas tiendas, el pasoapurado y nervioso de los peatones.Not que un taxista estaba sentado en sutaxi, leyendo el peridico. Me acerqu yle pregunt en ingls si poda llevarmeal mercado de Jerusaln: lo primero quese me ocurri. El seor dej a un lado

  • su peridico y arranc el motor.Llevaba puesto un gorro como de

    pesca, color caqui. Tena el radioencendido demasiado recio a unaestacin de noticias o un programa dedebate, en hebreo, y mientras conducame espiaba por el espejo retrovisor. Depronto me grit en un ingls aceptableque de dnde era. Le dije que deGuatemala. No s si no me oy o noentendi o no le import. Pero judo?,me grit en un tono casi insolente.Sonre y le dije que a veces. Cmo asa veces?, sus ojos achicados, supregunta abusiva, su voz cida yobstaculizada, como si hablara con la

  • boca llena de uvas. Me dio perezaexplicarle una broma tan mala. Slo lepregunt si poda fumar. Yes, good,cigarette, dijo an investigndome por elespejo retrovisor. Me quedaba un ltimocigarro guatemalteco. Arab?, mepregunt y le dije que no. Son malos losrabes, sentenci en su pobre ingls porencima de los gritos del noticiero y elruido del viento que entraba por suventanilla. Not su nuca rolliza y sudaday color carmes. Iba a decirle que miabuelo haba sido un rabe judo deBeirut, y mi abuela una rabe juda deAlejandra, y mi otra abuela una rabejuda de Alepo, y que eso entonces me

  • haca a m tambin un poco rabe trespartes rabe, de hecho, una parte polaco, pero slo me qued mirando su nucacomo escaldada por el sol y jugando conmi ltimo cigarro, sin encenderlo. Maloslos rabes, dijo. Muy malos, dijo. Hayque matarlos, dijo observndome por elretrovisor. Fren tarde y brusco en unsemforo rojo. Mrelos, dijo el taxista.Delante de nosotros, entre el grupo depersonas cruzando la calle, pas unaseora en burka negro que llevaba de lamano a una nia de cinco o seis aos.Gente inmunda, dijo. Hay que matar atodos los rabes, volvi a gritarme pore l espejo retrovisor. No cree usted?,

  • pregunt observndome, acasoretndome. Sus ojos en el espejo desbito me parecieron negros, vacos, sinvida, igual que los ojos falsos de unmueco. Tiene razn, le dije a sus ojosnegros, hay que matarlos a todos, le dije,y sus ojos negros por fin me sonrieronun poco. Pero cmo lo hacemos?, lepregunt. Eh?, balbuce, sus ojostemblando en el espejo retrovisor. Qumtodo propone usted para matarlos?,enunci y el seor se qued callado,perplejo o quizs molesto, y yo traguamargo.Me sorprendi mi reaccin tan cnica.

    Estaba ms fastidiado conmigo mismo

  • que con el seor y su ignorancia y suestpida perorata de odio hacia losrabes. Me pregunt cuntos israelespensaran como l. Me pregunt cuntosjudos pensaran como l. Decid que lomejor sera no saber la respuesta.El taxista aceler y avanz rpido por

    unas pequeas callejuelas de Jerusaln:palabra, record de pronto con acritud,que significa ciudad de paz.Tard en darme cuenta del cigarro

    aplastado en mi puo.Me bajo aqu, le dije aunque no saba

    dnde estbamos. El seor me espetalgo en hebreo y slo le repet,implacable, que me bajo aqu. Fren con

  • brusquedad a un lado de la calle. Botlos escombros de mi cigarro en el suelode su taxi y le entregu unos cuantosdlares y lo dej hablando solo, quizsinsultndome, quizs ofrecindome elvuelto.

    La brisa soplaba suave, hmeda. Hacacalor. Camin mucho, medio perdido,entre las personas que parecan todas enu n mismo y lento peregrinaje. Seguacon un sabor metlico en la boca. Seguapensando en la imagen del taxista, y ensus ojos negros, y en su nuca gorda ysudada, y en sus palabras injuriosas.

  • Segua pensando en mis abuelos rabes:mis tres partes rabes.

    Pensando en mi abuela materna. Hija depadres sirios, quienes huyeron de Alepoy llegaron a Amrica y, debido a unavida itinerante y llena de naipes mibisabuelo, decan, era un jugadorempedernido que despilfarraba todo eldinero de la familia en pquer yapuestas, sus hijos fueron naciendo enMxico, en Panam, en Cuba, enGuatemala. Mi abuela sola contar quesu padre sirio slo les permita a sushijos besarle la mano. Nada ms. Slo

  • besarle la mano. Como si fuese un jequepoderoso, engarbado, enjoyado,fumando su narguile de oro.

    Pensando en mi abuelo paterno. DeLbano. l y sus siete hermanos yhermanas haban huido de Beirut aprincipios del siglo XX (mi bisabuelamuri en esa huida, y qued enterrada enalgn cementerio judo de Crcega).Curiosamente, tal vez empleando unaestrategia comercial de sobrevivencia,ellos decidieron que cada hermano yhermana se instalara en una ciudaddistinta: en Pars, en Guatemala, en el

  • Distrito Federal mexicano, en Cali, enLima, en La Habana, en Manhattan, enMiami (el to abuelo que ms recuerdo,guapo, cantante de pera, socio o amigode la mafia italiana de Miami, pastiempo en una crcel de la Florida porgigol). A mi abuelo libans, tras unosaos viviendo en Pars, le toc rescatarde la bancarrota a su hermano enGuatemala. All conoci a mi abuela.All abri una tienda en el Portal delComercio. All se hizo construir unpalacio.

    Pensando en mi abuela paterna. Nacida

  • en Alejandra, Egipto. Con sus padres yhermanas, zarp de Egipto cuando tenasiete aos. El barco, tras varios mesesen alta mar, finalmente ancl en unpuerto de Centroamrica y, segn laleyenda familiar, mi bisabuelo crey queestaban llegando a Panam, donde vivauno de sus primos lejanos. All sebajaron del barco. Y all se quedaron.En Guatemala. Por accidente.

    Llevaba ya un par de horas dandovueltas en no s qu calles y callejonesrepletos de gente. La caminata, o elsudor, o la nostalgia, o el simple paso

  • del tiempo me fue calmando un poco. Enun quiosco cambi dlares por shekels.Necesitaba cigarros. Tena sed. Entr aun bazar de esquina, lbrego y sucio,t i p o abarrotera. Una israeladolescente, de diecisiete o dieciochoaos, me vendi una cajetilla decigarros y una cerveza bien fra y le diun sorbo largo a la cerveza all mismo,en el mostrador, de pie frente a ella. Susfacciones eran fuertes, marcadas,hermosas: ojos grandes y oscuros, cejasgruesas, pelo muy negro, narizprominente, piel tersa y joven y de unsuave tono olivceo. Tena algo redondoy verdoso tatuado en el hombro. De

  • pronto coloc su mano derecha justoencima de la bombilla de una rsticalamparita del mostrador, y se puso ahacer sombras de animales en el techo.Cada vez que haca una sombra nuevasusurraba una palabra en hebreo. Elnombre de cada animal, supuse. Tal vezhizo un perro, y un cisne, y un caballo, yun cocodrilo. Me termin la cerveza ensilencio, nada ms mirando su pequeamano jugar con la luz ambarina de labombilla. Luego le agradec en hebreo yme desped en hebreo y ella sonriguapa y burlona ante mi pronunciacinen hebreo, mientras arriba, en el techo,la sombra de su mano me deca adis. A

  • veces es fcil confundir belleza conjuventud.

    Camin ms. Camin por callesestrechas y empolvadas, por grandesavenidas comerciales, al lado devendedores de higos y dtiles yvendedores de shawarma y vendedoresde falafel, frente a demasiadas tiendascon porqueras para demasiados turistas.Al rato llegu a unas gradas quedescendan hacia una plaza enorme,bulliciosa, llena de gente congregada enuna esquina. Reconoc el Muro de losLamentos. El Kotel, en hebreo. Sent una

  • ligera sensacin de vrtigo y me sent enuna grada a observar desde arriba elenjambre que era la plaza.Encend un cigarro. Mientras fumaba,

    trat de recordar la historia de esepedazo de muro tan solemne y tanbblico, de ese ltimo vestigio deltemplo de los judos, de misantepasados. Slo pude recordar lacancin de The Cure.Levantndome, an tarareando el tema

    de la flauta de Robert Smith, machaqumi cigarro sobre la grada de arcilla, ybaj.De inmediato me empezaron a acosar

    judos ortodoxos ataviados con largos

  • camisones negros y trajes negros ygorros negros. Acaso rabinos. Meagarraban del brazo y me jalaban y meofrecan no s qu cosas en hebreo oingls. Uno tras otro. Acechndome.Rodendome, como los buitres de lacancin. Pas al lado de un tipoarrodillado y pidiendo limosna. Pas allado de otro tipo que pareca estargritndole a la ciudad entera, con furia yquizs hasta con lgrimas y en un inglsde cristiano baptista, de espeso acentosureo. Viuda, le grit. Esclava, le grit.Tributaria, le grit. Yaces tan sola entretanta gente, le grit con an ms furiapero ahora vindome a m, como si yo

  • fuese el culpable de su congoja, yentonces apur el paso entre los rabinosy predicadores y turistas y soldados ypor fin llegu hasta el muro. Vi apersonas rezando en voz alta, y apersonas rezando en silencio, y apersonas rezando mientras sehamaqueaban, y a personas rezandoescondidas bajo un gran manto blanco(talit, en hebreo), y a personas rezandocon cajitas negras sobre sus frentes yfilacterias enrolladas alrededor de susantebrazos (tefiln, en hebreo). Vi apersonas tomndole fotos al muro, y apersonas besndolo, y a personasmetiendo papelitos doblados entre las

  • grietas y ranuras. Vi los matorrales quebrotaban a lo largo y alto del muro:secos, escasos, decados. Se me ocurri,vindolo todo, que jams el nombre deun muro haba sido ms exacto.Me acerqu. Estir una mano con

    discrecin, con cautela, como siestuviese haciendo algo prohibido, y lotoqu. Quera sentir algo, lo que fuera,cualquier cosa. No sent ms que piedra.

    En otro viaje, a otra ciudad, disfrazadoen un femenino gabn color rosa,tambin toqu el ltimo vestigio de loque fue el muro del gueto de Varsovia.

  • Una ltima pared de ladrillos rojos entredos edificios de Varsovia, entre lascalles Sienna y Zota. Meda tal vez dosmetros y medio de alto por diez metrosde largo. Lo toqu varias veces, desdevarios ngulos, de ambos extremos, conambas manos. Y tampoco sent nada. Oquizs me resist a sentir algo. Pero depronto, al acercarme an ms, descubrque muchos de los ladrillos tenan unsmbolo grabado en la arcilla roja, comoen bajorrelieve. Siempre el mismobajorrelieve: una especie de pequeocrculo con dos nmeros dentro undiez y un uno, separados por una lneadiagonal. Se me ocurri, repasndolo

  • con el dedo, que acaso era el emblemade la empresa de ladrillos, que acasoera el logotipo de la empresa que sehaba encargado de fabricar todos losladrillos para el muro de Varsovia, defabricar miles y miles de ladrillos queencerraran a un pueblo entero duranteaos, hasta eliminarlo de la ciudad,hasta matarlo de hambre. Segurepasando el logotipo con el dedo. Meimagin a los trabajadores de esafbrica, ingenuamente produciendoladrillo tras ladrillo tras ladrillo con elmismo logotipo en bajorrelieve, comotatundolo en bajorrelieve: sus espaldasanchas, sus brazos fornidos, sus rostros

  • mugrientos y sudados, sus manos yateidas para siempre de rojo.

    Estaba por marcharme del Muro de losLamentos cuando not que en el suelo,bajo mi pie, haba un pequeo papelblanco y sucio, doblado en dos. Meagach, lo recog, lo sacud un poco y lodesdobl. Estaba en hebreo. Era unafrase negra, corta, escrita en letrashebreas. Reconoc dos o tres letras.Record la inutilidad de mis clases dehebreo (memorizar nada ms la fonticade consonantes y vocales), de nio,antes de cumplir trece aos. Se me

  • ocurri que probablemente era laplegaria de alguien y que, tambinprobablemente, se haba cado de algunaranura del muro. Volv a doblar elpapel. Y no s por qu, ya alejndomedeprisa, casi corriendo, casi huyendo dealgo o de alguien, lo guard en elbolsillo de mi pantaln.

    Entre las aves tendris por abominables,y no se comern por ser abominacin,las siguientes.El novio de mi hermana, en saco negro

    y camisa blanca, hizo una pausa.Yo baj el enorme men. Lo vi con la

  • frente elevada hacia el techo, comoposando, o como concentrado, o comobuscando all las palabras de la Torque recitaba en ingls, de memoria.Pens que en cualquier momento secaera al suelo su gorrita negra.Que era de Brooklyn. Eso nos dijo al

    noms sentarse. Que haba nacido ycrecido en Brooklyn. Su pap, nos dijo,an era un chofer en Brooklyn. Delimusina, nos dijo. Su mam trabajabaen un saln de belleza de Brooklyn.Estaban divorciados. No se hablaban.No eran ortodoxos. Jams iban a lasinagoga. Llevaba aos sin saber nadade su nica hermana. Nos dijo que l era

  • un alcohlico annimo, que le gustabadecirlo as, de entrada, de frente. Notena por qu esconderlo. se era l.Que nadie de su familia, nos dijo,asistira a la boda.El guila, el quebrantahuesos, el azor,

    empez a enumerar lento.Hizo otra pausa. Segua con la mirada

    fija en el techo. Su gorrita negra seguafirme. Estaba sujeta a su cabello liso ycastao con un clip metlico.El gallinazo, continu, el milano segn

    su especie, toda clase de cuervos, elavestruz, la lechuza, la gaviota, elgaviln segn su especie, el bho, elsomormujo, el ibis, el calamn, el

  • pelcano, el buitre, la cigea, la garzasegn su especie, la abubilla, y elmurcilago.Por fin baj la mirada. Me sonri.

    Mientras tomaba un sorbo de agua,orgulloso de s mismo y de su memorialiteral de la Tor, le dije que elmurcilago no era un ave. Lo escuchtragar. As est escrito, me regasecndose los labios con el dorso de lamano. El murcilago es un mamfero, ledije. Pues as est escrito en el libro deLevtico, repiti ignorndome,parapetndose en esa lectura siempreliteral de los religiosos. Vuela, le dije,parece un ave, le dije, pero no es un ave.

  • sas, dice en el Levtico, me dijo, sonlas aves abominables, que no secomern. Silencio. Ahora bien, en laMishn, continu, dice que las aves derapia no son ksher, pues para que unave sea ksher, sta debe cumplir contres caractersticas. Existe una especied e murcilago, interrump su exgesisprevio a que enumerara esas trescaractersticas, que hiberna seis mesesen coito. En qu?, pregunt mi mam.E n coito, seis meses, le articul,mirando de nuevo el enorme men (mipropio parapeto). No es as, me corrigimi hermano. Es que esa especie demurcilago, explic, se reproduce slo

  • en hibernacin, estado que dura seismeses y en el cual los machos seaparean con mltiples murcilagoshibernando, medio dormidos, que ni seenteran. Sonri. Algunos de los cuales,dijo sonriendo ms grande, tambin sonmachos. Treinta y cinco por cientotambin son machos, agregu. Eso, conun guio, treinta y cinco por ciento delos machos se aparean con machos. Ysilencio.Habamos visto juntos un documental

    sobre murcilagos, esa tarde, cuando yovolv a la habitacin del hotel, mientrascompartamos en la angosta terraza uncigarro de hebras de tabaco, liado con

  • maestra por mi hermano, y que mi pap,al llegar a buscarnos y mostrarnos sunueva gorra de bisbol (EL PADRE DE LANOVIA, en letras doradas), haba credoun porro de marihuana.Ya, le dije a mi hermano, slo por

    seguir con el tema, pero me gusta mspensar que un solo coito puede durarseis meses. De qu cosa?, pregunt mipap como recin despertado, su nuevagorra an puesta, an tiesa. De Myotislucifugus, dije. De coitos largos, dije.De murcilagos bisexuales, dijo mihermano. Ambos sonremos. Pero dequ hablan?, pregunt mi mamimpaciente, casi exasperada. S que era

  • marihuana, dijo mi pap, mitadbromeando, mitad ingenuo. Me extraque mi hermana, bajo peluca y gorro (supropio parapeto), slo nos estuvierajuzgando con la mirada, sin decir nada.El novio de mi hermana pidi de nuevola palabra, alzando una mano. En fin,segn la ley, s se puede comer pato, meautoriz, su tono piadoso, su mano enademn sacerdotal. Iba a agradecerle subondadosa autorizacin. Por suerte llegel mesero.Mi mam, quizs para no echarse a

    llorar, slo le daba sorbos rpidos a sut verde con azcar. Mi hermana y sunovio anunciaron que, pese a ser un

  • restaurante supuestamente ksher, nocomeran nada en un lugar as, un asdicho con nfasis, en itlicas; ydesdeosos, alejados, susurrndosecosas entre ellos prohibido tocarsehasta despus de la boda, nada msbebieron agua. Mi pap y mi hermanocompartieron en silencio una bandejaenorme de chow mein de verduras. Mipato pekins result seco y sobrecocido.

    Sent una patada en la pierna y mesepar an ms de mi hermano y, bocaarriba en nuestra cama matrimonial, meesforc por recordar aquellas seis

  • palabras.De nios, mi hermano y yo dormamos

    en el mismo cuarto, en camas separadas,esquinadas perpendicularmente, cabezac o n cabeza. Todas las noches, traslavarnos los dientes y meternos entre lassbanas, por fin llegaba mi mam, yrecoga nuestra ropa, y ordenaba unp o c o nuestros juguetes tirados en elsuelo, y ya rezaron?, nos preguntaba.Entonces cada uno, bien metido entre sussbanas, repeta aquellas seis palabrasen hebreo, aquel mismo rezo en hebreo.Deprisa, mecnico, memorizado.Primera palabra: shem. Segundapalabra: yisrael. Tercera palabra:

  • adoni. Cuarta palabra: elojeinu. Quintapalabra: adoni. Sexta palabra: ejad.Seis palabras. Las mismas seis palabrasen hebreo que para nosotros nosignificaban nada, que no tenan ningnsentido ms all de invocar la presenciade mi mam, quien llegaba a decirnosbuenas noches, a besarnos buenasnoches. Cada uno balbuceaba esas seispalabras y luego reciba su beso en lafrente y luego se poda dormir. La vidaera simple entonces. El sueo era dulce.Los rezos, mecnicos o no,comprensibles o no, tenan su propiosentido. No puedo imaginarme que unrezo, cualquier rezo, tenga un sentido

  • ms profundo que un beso materno en lanoche. No recuerdo en qu momentodejamos de decir aquel rezo mi hermanoy yo. Quizs en el cinismo de laadolescencia. Quizs cuando nosseparamos de cuarto. Quizs cuando mimam par de ofrecernos un beso en lanoche a cambio de aquellas seispalabras, y aquellas seis palabrasperdieron definitivamente todo susignificado, toda su lgica.Sent en mis pies los pies fros de mi

    hermano, quien respiraba dcil yprofundo a mi lado. Acaso para joderlode vuelta o para comprobar si en efectolas recordaba o para ver si an tenan en

  • m alguna secuela maternal y mgica ydulce, empec a susurrar aquellas seispalabras en la oscuridad de la noche,tumbado boca arriba, soplndolas haciaa r r i ba , empujndolas con todo mialiento hacia arriba. Una, y otra, y otravez. Hasta que las seis palabras seconvirtieron en una materia plana ydeforme y yo me aburr o tal vez fuiquedndome dormido.

    Diez minutos ms le doy al cabrn.Mi hermano, furioso, estaba sentado en

    la acera, bajo la escasa sombra de unciprs, y liaba otro cigarro. Me qued

  • callado. Conozco sus furias, y lo mejores quedarse callado. Llevbamosesperando casi una hora frente a unvecindario de Jerusaln llamado KiryatMattersdorf.La noche anterior, al salir del

    restaurante chino, mi hermana nos habapedido que nos juntramos con su novioall, en la entrada de ese vecindario,sobre la calle Panim Meirot. Que nosquera mostrar el barrio de la yeshivdonde estudiaba. Mi hermano y yo deinmediato nos sonremos y pensamos lomismo. De ninguna manera. Le dijimosque no gracias, y mi hermana sacudi lacabeza disgustada y dijo no s para qu

  • vinieron y luego murmur algo quizs enhebreo y se dio la vuelta y se marchenrabietada. Pero al da siguiente (denuevo, en la madrugada, yo haba odo osoado los mismos gritos o gemidos) mimam lleg a la habitacin adespertarnos: su mirada perdida, su tonode splica, que por favor furamos, queno nos costaba nada, que slo un rato,que por el bien de nuestra hermana y denuestro cuado. Esa palabra us.Cuado. No haba pensado en l comoun cuado. Existen palabras que depronto no dicen nada.

  • Pasaron caminando a nuestro lado dossoldados muy jvenes, ambossosteniendo ametralladoras, ambosuniformados de verde, ambos con boinasverdes en la cabeza, y vindolos, acasoya aburrido de tanto esperar, record depronto la nica vez que toqu en unconcierto de heavy metal. Tena quinceo diecisis aos. Me haban llamado portelfono porque necesitaban un pianistacon cierta urgencia para un concierto esefin de semana, y saban que yo tocabapiano. Era un grupo de punk o heavymetal o una mezcla bizarra de los dos.Se llamaba, para el escndalo de mispaps, Crucifix. No entend la urgencia.

  • Tampoco entend qu tena que ver elpiano con el heavy metal. Y aunque nome gustaba para nada ese tipo demsica, halagado, ingenuo, acept.Ensayamos un par de veces en la casadel vocalista y rpido me aprend suscanciones de acordes montonos,simples, repetitivos. Me present el dadel concierto vestido en jeans y camisade botones y ellos se rieron de miatuendo de nio bien y, usando cueros ycadenas y maquillaje negro y botasnegras y una boina verde militar,procedieron a disfrazarme de punk.Tocamos el concierto en un teatro llenode adolescentes, y yo fui metiendo teclas

  • aqu y all, como pude, donde pude.Volv a casa todava un poco eufrico.Tal vez hasta tarareando alguna de susmetlicas melodas. Entr al bao yencend la luz y contempl al punk en elespejo. Mi disfraz, supongo, funcionaba.Moj una toalla y me acerqu al espejopara quitarme la pintura negra de losojos y descubr que en la boina verde,justo en medio de mi frente, haba unaenorme esvstica negra. Una esvsticanazi. Me quit rpido la boina y laexamin de cerca, ya sin la distorsindel espejo. La esvstica estaba bordadacon hilo negro. Un bordado de fbrica,experto. Record que mientras me

  • disfrazaban alguien haba puesto deprisala boina verde en mi cabeza. Yo jamsla vi, jams me vi con la boina puesta,jams supe que haba tocado frente alpblico durante dos horas disfrazado depunk nazi. Eso me haca un nazi, almenos durante esas dos horas, al menosa los ojos de aquellos adolescentes?Sent algo en el estmago. Tal veznuseas. Pasaba de la medianoche peroigual volv a salir a la calle. Caminvarias cuadras hasta distanciarme losuficiente de mi casa. Llegu a unterreno baldo y lanc la boina entreunos arbustos, lejos, con fuerza, como siestuviese lanzando hacia la noche mi

  • honor o mi culpa.

    All viene, le dije a mi hermano, viendoal novio de mi hermana cruzar la callehacia donde estbamos nosotros, conpaso lento, desdeoso. Segua vestidocon el mismo traje negro y la mismacamisa blanca que la noche anterior. Nopueden fumar dentro, nos dijo al nomsllegar, sin saludo alguno, sin disculpaalguna por su retraso. Mi hermanorezong algo, se puso de pie y, con unrictus que yo conozco muy bien,continu fumando despacio y nos hizoesperar de pie hasta haberse terminado

  • entero el cigarro.Mientras caminbamos hacia la

    entrada, el novio de mi hermana nosexplic que Kiryat Mattersdorf era unvecindario jared: quizs una de lascorrientes ms conservadoras entre losjudos ortodoxos, tambin conocidoscomo ultraortodoxos. Algo nos estabadiciendo del rabino que lo habafundado en 1959, cuando pasamos allado de una talanquera grande, anabierta, pintada de amarillo. Y esto?, lointerrump. Para cerrar la calle msta r de , dijo, durante el shabbos (lapalabra en ydish para el shabt). Lepregunt por qu. Dijo que era

  • prohibido que circularan por all autosdurante el shabbos. Dijo que conducir unauto durante el shabbos era prohibido.Dijo que esa ley estaba basada en una delas treinta y nueve prohibiciones de laMishn, el primer libro escrito sobre lastradiciones orales judas. Dijo que unjudo jams pregunta el porqu de algoescrito en los textos sagrados, pues sass o n las leyes del Todopoderoso. Dijoque por ser viernes haba muchaactividad. Ya cae el shabbos, dijo. Yapreparndonos para el shabbos, dijo conla vista hacia el cielo, que empieza enmenos de una hora.Con voz de gua, y con cierta prisa, nos

  • mostr por fuera el edificio dondeestaba su yeshiv. Nos mostr eledificio que era la sinagoga, y eledificio que era la escuela, y el edificioque era el hogar de ancianos. Seguimoscaminando por la calle y l nos siguimostrando los edificios donde viva nos qu rabino famoso, y no s qu otrorabino famoso, y no s qu otro rabinofamoso, diciendo sus nombres como sisupiramos quines eran, o como si nosimportara. Nos present a varios de susamigos, todos vestidos como l y todoshablando como l y casi todosnorteamericanos. Las mujeres, ataviadascon los mismos vestidos y pauelos que

  • mi hermana, nos ignoraban. Los niosortodoxos jugaban y rean alrededor denosotros como juegan y ren todos losnios.Mi hermano no deca nada. De vez en

    cuando slo nos voltebamos a ver omirbamos el reloj o sacudamos lacabeza. Sent como si de repentehubisemos entrado en otro pas. En unpas radicalmente distinto a aquel quehabamos dejado apenas unos pasosatrs, justo del otro lado de latalanquera amarilla. En un pasfsicamente aislado, decididamenteencerrado en s mismo, enclaustradoentre talanqueras amarillas y grandes

  • muros invisibles.Not que muchos de los hombres se

    dirigan hacia la puerta de entrada de unmismo edificio viejo, color crema. Depronto nosotros tambin nos dirigimoshacia la entrada de ese mismo edificioviejo, color crema. Subimos unasescaleras oscuras hasta el cuarto nivel,el ltimo nivel, y por primera vez esatarde me puse nervioso.

    El apartamento ola a sudor, a tafetn, agente encerrada. La puerta principal semantena abierta, y hombres trajeados denegro iban y venan. Algunos llevaban

  • puesta una ligera gabardina negra.Algunos usaban sombrero de fieltronegro. Algunos tenan la barba greudamientras que otros la tenan ms fina yrecortada. Algunos nos saludaban con ungesto pomposo o nos susurraban algo enhebreo o en ydish. Pasamos por elvestbulo de entrada y por el comedor ypor un largo pasillo y llegamos a unasala llena de hombres de pie y sentadosen sofs y sillas plegables. Quizsveinte o treinta hombres, todos vestidosde negro, todos rezando. No haba ni unasola mujer. Al fondo, sobre un silln quems pareca un trono, logr ver un granmontculo blanco. De tela blanca. De

  • seda blanca o satn blanco. Me dio laimpresin que todos los hombres alldentro estaban rezndole a esemontculo blanco. Tard en comprenderque en medio del montculo blanco,surgiendo del centro del montculoblanco como una redonda y peludasemilla, haba una cabeza.Rab Scheinberg, nos susurr el novio

    de mi hermana. Quin? Lento, conpetulancia: Rab Chaim PinchasScheinberg. Y quin es?, le preguntviendo la cabeza pequea, redonda,barbuda, como envuelta en canas, y elnovio de mi hermana adopt un airesolemne y resopl ligeramente para

  • d e j a r clara mi ignorancia. Un granrabino, dijo. Rosh yeshiv, dijo. Moreidasra, dijo. Posek, dijo. Gadol hador,dijo. Y yo slo entend que era unanciano importante y muy respetado enesa comunidad. Ya, le dije,descubriendo de pronto que lo que elanciano tena encima eran docenas,quizs cientos, de mantos blancos, detalit blancos. Y por qu est as?, lesusurr al novio de mi hermana. Cmo?As, le dije, escondido, casi enterradodebajo de tantos talit. Tales, mecorrigi, usando la palabra en ydish envez de la palabra en hebreo. Yo sabapoco del significado entre los judos de

  • ese manto blanco, talit o tales o como sellamara, ms all de que los hombres lousaban durante los rezos, sobre loshombros y a veces sobre la cabeza,como un tipo de bufanda o tnica.Record el mo de nio, lleno dedelgadas lneas celestes y doradas.Record su funda de gamuza colorcorinto. Record una vez que lo bot amedio rezo en la sinagoga sefard (habados sinagogas en Guatemala: una sefardy vieja en el centro de la ciudad; y unaasquenaz y ms moderna, construida enla forma de una estrella de David, justoal lado de un McDonalds), y mi papme ri como si hubiese quebrado algo

  • valiossimo y luego me oblig arecogerlo del suelo y besarlo. El noviode mi hermana, en susurros, nos explicque rab Scheinberg era el nico rabinodel mundo que usaba tantos tales a lavez. Y por qu lo hace?, le pregunt enmurmullos. Me sonri con arrogancia.Tal vez le gust mi pregunta. Haymuchas opiniones entre los rabinos decmo deben hacerse los tales, dijo, y decmo debe amarrarse un tzitzit. Qu eseso? Tzitzit, dijo, son los cordeles quecuelgan de los extremos de un tales.stos, dijo, mostrndome los suyos. Ya,balbuce. Rab Scheinberg, dijo, quiererespetar todas las opiniones de cmo

  • hacer un tales y cmo amarrar un tzitzit,y por eso cuando reza se pone tantostales, dijo, muchos tales, dijo, un talespor cada opinin. Guard silencio y yome qued mirando la cabeza pequea yplida del anciano. Pareca faltarle aire.Pareca sofocado. Pareca estarahogndose entre tanta tela. Parecasepultado bajo aquello que debasalvarlo. Sent lstima, y miedo, y talvez cierta humildad. O sea, susurr depronto mi hermano, quien hasta entoncesno haba dicho nada: lo que l quiere, enlugar de tomar su propia postura, esquedar bien con todos a la vez. Pero elnovio de mi hermana o no lo oy o

  • decidi ignorarlo. ste es un privilegiopara ustedes, dijo. Quera que loconocieran, dijo. ste es mi regalo paraustedes, dijo. Yo me quedar aqurezando, ustedes pueden irse, dijo, y selo trag la masa de hombres de negro.

    Afuera empezaba a oscurecer. Latalanquera amarilla estaba puesta.Reinaba un ambiente festivo en losedificios de Kiryat Mattersdorf, en lascasas y apartamentos, en el vecindarioentero. Pero no entre nosotros dos.Salimos en silencio a la calle Panim

    Meirot, la calle principal, y nos pusimos

  • a esperar un taxi. De repente le dije a mihermano, sin haberlo pensado mucho, nos qu tan serio, que no ira a la boda.Pas de largo un taxi, casi deprisa.Luego otro. Cmo que no ir a la boda?Pues eso, le dije, que no ir a la boda.Y por qu? No saba qu responderle,cmo explicarle la frustracin queestaba sintiendo ante tanta prepotencia,ante tanta farsa. O era miedo? O eraotra cosa? De qu quera escaparme,realmente? De qu estaba huyendo? Nosaba. Slo saba que en ese momentonecesitaba alejarme lo ms posible detodo aquello, y de todos aquellos, ytambin, a lo mejor, si pudiera, hasta de

  • m mismo. No s, le susurr a mihermano, y l frunci la frente y sacudila cabeza y me dijo subido de tono quese trataba de mi hermana, que era laboda de mi hermana, que habamosviajado a Israel por eso, por ella, que yoestaba loco. S, tal vez, pero no ir. Nopuedo. Pas de largo otro taxi. Nopuede o no quiere?, me pregunt mihermano, su voz ya un tanto agresiva.Suspir y le dije igual de agresivo queera la misma mierda. Es por todo esto,supongo, me dijo casi como una injuria,su mirada encendida sealando haciaatrs, quizs hacia los edificios deKiryat Mattersdorf, quizs hacia el

  • judasmo entero. Le dije que s, que talvez. Pues si es as, dijo, usted estsiendo ms intolerante que ellos. Mequed callado. Le guste o no, dijo, loacepte o no, usted es tan judo comoellos. Dijo: Es as. Dijo: sa es suherencia. Dijo: Lo lleva en su sangre.Se me ocurri, viendo a mi hermano de

    pie ante todos los edificios grises deKiryat Mattersdorf, que ese discurso deljudasmo llevado en la sangre, que esediscurso del judasmo no como religins i no como gentica, sonaba igual aldiscurso de Hitler.Hay pensamientos que brincan oscuros,

    viscosos, como ranitas.

  • Ninguno de los dos volvi a hablar.Finalmente se detuvo un taxi. Al nomsabrir la puerta para entrar, empezamos aor gritos y aullidos detrs de nosotros.Era un grupo de judos ultraortodoxos deKiryat Mattersdorf. Estaban iracundos.Estaban gritndonos e insultndonos porquerer montarnos a un auto durante elshabt. Algunas piedras nos cayeroncerca.

    Esa noche, de nuevo sin poder dormirpor el cambio de horario o por el hoteltan viejo y mugriento, y fumando en laangosta terraza de la habitacin que

  • daba hacia un barrio oscuro y quizsabandonado de Jerusaln, ech de menosa mi hermana. Esa mujer ortodoxa, enatuendo y peluca y prdica, no era mihermana. No saba quin era. Pero noera mi hermana.La record de nia. Su mirada enorme

    de nia, su nariz pequea y respingada,sus lindos rizos negros. Y record esto:a mi hermana, tan tmida en pblico,escondida tras las piernas de mi pap,sin soltar las piernas de mi pap. Yrecord esto: a mi hermana chupndoseel pulgar hasta los diez u once aos. Ellaslo se chupaba el pulgar derecho, yslo se lo chupaba cuando sostena en

  • sus manos una vieja y gastada frazada delana color amarillo huevo que ella,para nuestra diversin pblica, llamabaTeta, y cuya costura de encaje rascabacon la ua de su ndice derecho a la vezque se chupaba el pulgar (hace poco meenter, incrdulo, que de tanto rascar lacostura durante esos aos, deshilvanuna docena de frazadas amarillas). Yrecord esto: una carta que mi hermanale haba escrito al hada de los dientespara advertirle de nuestra prximamudanza. Nos cambiamos de casa, lehaba escrito. Por favor no olvide llegarpor mis dientes. Y record esto: lareaccin de mi hermana cuando

  • finalmente, tras aos de admirarlo,conoci en persona a Mickey Mouse, ensu primer viaje con nosotros a Orlando.Mire, mi amor, all viene Mickey, lehaba dicho mi pap. Mi hermana rpidobaj la mirada al suelo y se puso abuscar un ratoncito en el suelo, y luego,al descubrir al enorme bicho frente aella, se ech a llorar de tristeza. Yrecord esto: a mi hermana en el regazode mi mam, en un balcn privado delWinter Garden Theater de Broadway,adonde habamos acudido una noche aver el musical Cats, basado en elpoemario de T.S. Eliot El libro de losgatos habilidosos del viejo Possum. Al

  • inicio de la obra se apagaron todas lasluces, y los actores, disfrazados degatos, maquillados de gatos, sus ojostitilando de verdes y rojos y amarillos,salieron a merodear sigilosos entre elpblico. Un gato negro, encaramado enel borde de nuestro palco privado, casise cay del susto al or los alaridos depnico de mi hermana, y tuvo que salirsedel personaje y susurrarle a mi hermanaque por favor no gritara, que no era ung a t o de verdad sino un hombrecualquiera, un hombre comn ycorriente, un hombre nada msdisfrazado de gato.Sonriendo, dej de recordar y

  • machaqu mi cigarro en el suelo.Estaba por abrir la puerta de vidrio de

    la habitacin cuando de repente volv aor los mismos gritos o gemidos. No loshaba soado, entonces. All estaban denuevo, afuera, abajo, en algn lugar deese barrio oscuro y abandonado deJerusaln. Ahora no me pareca el llantode un beb, sino de muchos bebs.Como un hospital o una guardera entera,pens, cuyos bebs se han puesto allorar o a gritar a la vez, casi al unsono.Unos gritos agudos, fuertes, horribles,sufridos. Aunque por ratos parecan mslos gritos de un animal o de un grupo deanimales, quizs asustados, quizs

  • muriendo o por morir. Pens en losgritos de los corderos. Pens en unamatanza de corderos. Pens en corderossacrificados. Ni modo, estaba enJerusaln. Me qued escuchando duranteunos minutos. No saba qu hacer. Nolograba entenderlos. No lograba vernada. No haba luces ni luna ni un almaen las calles. De pronto, acaso rendido odemasiado asustado, di media vuelta yentr a la habitacin. Mi hermanodorma el sueo inmvil y delicioso deun nio.

    Estoy abajo.

  • Eran las ocho de la maana. Me habadespertado el telfono y tuve que salirde la cama y tambalearme hasta elescritorio para contestar. Era Tamara.Que estaba abajo. Que ya me conoca,rindose, burlndose, aludiendo alpasado, y que entonces mejor mebuscaba ella. Que quera pasar el daconmigo, llevarme a conocer unos sitios.Mi hermano segua en la cama,profundo. Pens rpido en la comida yel rezo que tenamos agendado con mihermana y su novio y todos sus amigos yrabinos ultraortodoxos de la yeshiv.Sent un escalofro. Enseguida bajo, ycolgu.

  • Al salir del ascensor, vi a Tamarasentada en un silln del lobby, suspiernas cruzadas, largas, desnudas. Lehice seas con la mano para que mediera un momento y camin hacia larecepcin. Ella avanz despacio haciam, y esper en silencio a mi ladomientras yo salud al mismo viejo(empec a verlo no como recepcionistasino como dueo, uno de esos dueosomnipresentes y cascarrabias que noconfan en nadie ms o que sondemasiado avaros para pagar a alguien)y le ped un memorndum amarillo paradejar una nota a mis paps,excusndome. El viejo luca peor que

  • nunca. Su rostro ms verdoso y seco. Sumirada enrojecida. Su ropa arrugada.Parecan temblarle las manos.Observaba a Tamara a mi lado, siempreserio, siempre malhumorado, y musitalgo en hebreo que me son displicente.Tamara lo ignor o tal vez no lo oy otal vez su comentario no fue tandisplicente. Iba vestida con una viejapantaloneta caqui, rasgada, muy corta;sandalias de cuero; una blusa de linoblanco, floja, transparente, que dejabaver la parte superior de sus hombrospecosos y un sostn rojizo. Nada ms.Nada de maquillaje. Su pelo cobrizoalborotado y greudo, como si se

  • acabara de despertar. Su mirada msazul de lo que yo recordaba. Cuandotermin y le entregu la nota al viejorecepcionista, ella de inmediato me dioun abrazo fuerte, premioso, ya sin suuniforme de Lufthansa y sin torpezaalguna. Aunque quizs parte de eseabrazo fuera su respuesta al comentariodisplicente del viejo cascarrabias, megust que me abrazara as de fuerte yentera. Me gust ver sus pocas canas.Me gustan tus canas, le dije y ella mesonri slo con sus grandes ojosmediterrneos. Luego dio un paso atrs yse qued con mis manos en las suyas,nuestros dedos enlazados, y not con

  • deleite que no llevaba puesto ningnanillo. Pero cre descubrir muy tenue,muy fugazmente, una argolla de pielplida en su anular izquierdo. Tal vezme haba imaginado su anillo de boda,en el caos y calor del aeropuerto? O talvez ella se lo haba quitado esa mismamaana? Tal vez lo haba dejado encasa, bien escondido en algn cajn ocofre o joyero? Sub la mirada. Mejorno saber.Vamos, sentenci, ya jalndome.

  • Dos

    Cuando la conoc, en un bar escocs,tras no s cuntas cervezas y casi unacajetilla de Camel sin filtro, Tamara mehaba dicho que a ella le gustaba que lemordieran los pezones, y duro.No era aqul un bar escocs, sino un

    bar cualquiera en Antigua Guatemalaque slo serva cerveza y que sellamaba (o le decan) el bar escocs. Yome estaba tomando una Moza en labarra. Prefiero la cerveza oscura. Mehace pensar en tabernas antiguas y

  • duelos de sables. Encend un cigarro yella, sentada en un banquito a miderecha, me pregunt en ingls si lepoda regalar uno. Adivin por su acentoque era israel. Bevakash, le dije, quesignifica de nada en hebreo, y le extendla carterita de fsforos. Ella se pusoamable de inmediato. Me dijo algotambin en hebreo que no entend y leaclar que slo recordaba tres o cuatropalabras y uno que otro rezo suelto y talv e z contar hasta diez. Quince, si meesforzaba. Vivo en la capital, le dije enespaol para demostrarle que no eraestadounidense y me confes perplejaque jams imagin que hubiese judos

  • guatemaltecos. Ya no soy judo, lesonre, me jubil. Cmo que ya no, esono es posible, grit como suelen gritarl o s israeles. Se volvi hacia m.Llevaba puesta una blusa tipo hind deliviano algodn blanco, jeans gastados yunas alpargatas amarillas. Su cabelloe r a castao y tena los ojos azulesmeralda, si es que existe el azulesmeralda. Me explic que recin habaterminado su servicio militar, que estabaviajando por Centroamrica con suamiga y haban decidido quedarse enAntigua unas semanas para tomar clasesde espaol y hacer un poco de plata.Con ella, me seal. Yael. Su amiga,

  • una muchacha seria y plida y dehombros bellsimos, me haba servido lacerveza. La salud mientras hablaban enhebreo, rindose, y cre escuchar que enalgn momento mencionaron el nmerosiete, pero no s para qu. Entr unapareja de alemanes y su amiga se fue aatenderlos. Ella agarr mi mano confuerza, me dijo que mucho gusto, que sellamaba Tamara, y cogi otro cigarro sinpreguntarme.Ped una cerveza y Yael nos trajo dos

    Mozas y un plato de papalinas. Se quedde pie frente a nosotros. Le pregunt aTamara su apellido. Recuerdo que eraruso. Halfon es libans, dije, pero mi

  • apellido materno, Tenenbaum, espolaco, de d, y ambas pegaron ungrito. Result que Yael tambin seapellidaba Tenenbaum, y mientras ellaslo verificaban en mi licencia deconducir, me puse a pensar en la remotaposibilidad de que fusemos de lamisma familia, y me imagin una novelaentera sobre dos hermanos polacos quecrean a toda su familia exterminada,pero que de pronto se encontraban, trassesenta aos sin verse, gracias a dos desus nietos, un escritor guatemalteco yuna hippie israel, que se habanconocido por accidente en un barescocs que no era ni siquiera escocs

  • en Antigua Guatemala.Yael sac un litro de cerveza barata y

    llen tres vasos. Me devolvieron milicencia y brindamos un rato pornosotros, por ellas, por los polacos. Nosquedamos callados, escuchando unavieja cancin de Bob Marley ycontemplando la inmensa brevedad delplaneta.Tamara tom mi cigarro encendido del

    cenicero, le dio un profundo jaln y mepregunt en qu trabajaba. Le dije serioque era pediatra y mentirosoprofesional. Levant una mano comodiciendo alto. Me gust mucho su manoy no s por qu record un verso de un

  • poema de e.e. cummings que cita WoodyAllen en alguna de sus pelculas sobre lainfidelidad. Nadie, le dije mientrasatrapaba su mano elevada como a unaplida y frgil mariposa, ni siquiera lalluvia, tiene manos tan pequeas.Tamara sonri, me dijo que sus padreseran doctores, que ella tambin escribapoemas de vez en cuando, y supuse queme haba atribuido la lnea decummings, pero no se me antojcorregirla. Y ya no solt mi mano.Yael llen los vasos mientras yo

    fumaba torpemente con la izquierda yellas hablaban en hebreo. Qu pas, lepregunt a Tamara y, con un puchero de

  • pesadumbre, me dijo que el da anterioralguien le haba robado sus cosas.Suspir. Estuve caminando toda lamaana, por el mercado de artesanas,por algunas ruinas, por todas partes, ycuando me sent en una banca delparque central (as le dicen losantigeos, a pesar de que es enrealidad una plaza), me di cuenta de quealguien haba rasgado mi bolsn con uncuchillo. Me explic que haba perdidoun poco de dinero y tambin algunospapeles. Yael dijo algo en hebreo yambas se rieron. Qu, interrumpcurioso, pero siguieron rindose yhablando en hebreo. Apret su mano y

  • Tamara record que yo estaba all y medijo que el dinero no le importaba tantocomo los papeles. Le pregunt qupapeles. Sonri enigmtica, como unavendedora holandesa de tulipanes.Cuatro hits de cido, susurr en su malespaol. Tom un sorbo de cerveza. Tegusta el cido?, me pregunt, y le dijeque no saba, que en mi vida lo habaprobado. Con euforia, Tamara me habldiez o veinte minutos sobre lo necesarioque era el cido para abrir nuestrasmentes y as volvernos personas mstolerantes y pacficas, y yo en lo nicoque poda pensar mientras ella perorabaera en arrancarle la ropa all mismo,

  • enfrente de Yael y la pareja de alemanesy cualquier otro voyeur escocs quequisiera espiarnos. Para callarla ycalmarme, supongo, encend un cigarro yse lo entregu. La primera vez que probcido, dijo mientras compartamos elcigarro, con mis amigos en Tel Aviv, mepuse medio dormida, muy, muy relajada,y creo que vi a Dios. Me parecerecordar que dijo Dios, en espaol,aunque tambin pudo haber dichoHashem o God o Adoni o YHVH, eltetragrmaton impronunciable de cuatroconsonantes. No supe si rerme y slo lepregunt cmo era el rostro de Dios. Notena rostro. Y entonces qu viste? Me

  • dijo que era difcil de explicar y luegocerr los ojos mientras adoptaba un airemstico y esperaba alguna revelacindivina. No creo en Dios, le dijedespertndola de su trance, pero shablo con l todos los das o casi todoslos das. Se puso seria. No teconsideras judo y tampoco crees enDios?, pregunt en tono de reproche, yyo slo sub los hombros y le dije paraqu y me fui al bao sin darle la menoroportunidad a un tema tan intil.

    Mientras orinaba me percat de que,pese a estar un poco borracho, ya luca

  • una flcida ereccin. Haba un charcooscuro junto a mis pies. Una viejabombilla colgaba del techo. La paredfrente a m, del otro lado del nicoinodoro, estaba llena de un coloridografiti. Frases y dichos y nombres ydibujos y hasta poemas. Mi mirada deinmediato busc lo tachado, loprohibido, y record los lienzos deJean-Michel Basquiat, que en ellosescriba y luego tachaba algunaspalabras, para que stas, dijo, se vieranms; el solo hecho de estar vedadas,dijo, obliga a querer leerlas. Luego melav las manos pensando en mi abuelo,en Auschwitz, en los cinco dgitos

  • verdes tatuados en su antebrazo quedurante toda mi niez cre que estabanall para que, como l mismo me deca,no olvidara su nmero de telfono. Sumanera de tacharlos, supongo, deprohibrmelos. Y pens en d, en suapartamento de d, ubicado en laplanta baja de un edificio en la esquinade las calles eromskiego y PersegoMaja, nmero 16, cerca del mercadoZielony Rynek, cerca del parquePoniatowski, y en el cual l y su noviaMina y sus amigos estaban jugando unapartida de domin cuando los soldadosalemanes o polacos los capturaron atodos, una tarde, en noviembre del 39. Y

  • pens en el rostro entre cnico ydesilusionado de mi abuelo cada vezque yo le deca que quera viajar aPolonia, a d, al mercado ZielonyRynek, al edificio nmero 16 en laesquina de las calles eromskiego yPersego Maja, donde aquella tarde lvio por ltima vez a sus hermanos ypadres y adonde, desde aquellainterrumpida partida de domin, ennoviembre del 39, l ya jams volvera.Para qu quiere usted ir a Polonia, medeca. No debe usted ir a Polonia, medec a . Los polacos, me deca, nostraicionaron.

  • Bar Mleczny Familijny. Eso vi en otraciudad, ante otro bar, pintado en letrasde oro en el vidrio de la puertaprincipal. Milk bar, record haber ledoen algn lado antes de viajar a Varsovia.Bar de leche. Unas cafeteras clsicaspolacas. Muy comunales. Muy baratas.Vestigios de otra poca, de una pocams austera, menos globalizada. Yosegua de pie en la calle Nowy wiat Nuevo Mundo, en polaco, me enteraradespus, helndome color rosa en lanoche prematura, y viendo a travs de laenorme vitrina a los clientes ycomensales: la mayora de ellos tambinvestigios de esa otra poca. Su ltimo

  • bastin, pens. Su ltimo oasis de aquelviejo mundo, pens, justo en medio dees te mundo tan extrao y tan nuevo.Todo adentro radiaba de blanco en lanoche. Todo pareca tibio, y cmodo, ydelicioso. Pude ver que el men, en unapared, estaba escrito slo en polaco. Depronto entr una pareja de jvenes.Aprovech el impulso y entr con ellos.La cola avanzaba rpido. Primero

    hacia la ventanilla donde una seorapelirroja tomaba los pedidos y cobraba,todo sin expresin alguna en su rostro; yluego hacia una segunda ventanilla quedaba directo a la cocina, y a travs de lacual uno reciba sus platos. Intent leer

  • el inmenso men escrito en la pared,pero no lograba descifrar ni reconocerel nombre de nada. Seguimosavanzando. Enfrente de m, los dosjvenes se quitaban guantes y bufandas ygorros y se alistaban para ordenar. Mevolv hacia las mesas y not que todoscoman deprisa, en silencio, conmovimientos y gestos casi mecnicos.Quizs disfrutaban de su cena, peroparecan empeados en no mostrarlo. Depronto, de reojo, vi un espectro rosadoen el vidrio, y tard en comprender queese espectro era yo, an vestido con elgabn rosado. La pareja por fin lleg al a primera ventanilla. Pidieron sus

  • platos, y pagaron a la seora. Era miturno. Me tocaba. No saba qu hacer, niqu pedir, ni qu decir. Me acerqu a lapareja y les pregunt si hablaban ingls.Un poco, dijo el tipo y me sent menosnervioso. Le pregunt si poda ordenarpor m. Se qued mirando mi enormegabn rosado, tal vez confundido por mienorme gabn rosado, y yo sent lacreciente ansiedad de los viejos a misespaldas aguardando su turno y estuve apunto de gritarle al tipo que por favor,que tena hambre, que mi maleta demierda segua perdida. Pero por suerteslo le dije que no hablaba polaco. lconsult con su pareja. Ambos estaban

  • rapados, vestidos de negro, y tenantatuajes en los brazos y cuellos y aretesen los labios inferiores. Pero ququieres? Le respond que lo que fuese,que l decidiera, que lo tpico. Unasopa? S, eso, una sopa. Y tal vez unakielbasa? S, tambin, una kielbasa. Yun t negro? S, gracias, un t negro, y ocmo l le orden todo a la seorapelirroja de la primera ventanilla.Tambin te ped un postre, dijo. Tegustar, dijo. Naleniki z serem, as sellama, y sonri. Le agradec de nuevo yel los avanzaron unos pasos hacia lasegunda ventanilla. La seora pelirrojame dijo algo que no entend pero que

  • supuse era el monto que le deba por micena. Le entregu unos cuantos billetes,unos cuantos zotys, y ella, siempreparca, y sin expresin alguna, y tanantiptica y automtica como su antiguacaja registradora, me pas mi vuelto.Me sent entre dos viejos polacos, sin

    quitarme el gabn color rosa. Pens queambos se parecan un poco a mi abuelo.Trat de no verlos como traidores, de nojuzgarlos como traidores, de nocondenar a todos los viejos polacos aser para siempre traidores. Me esforcintilmente en olvidar las palabras demi abuelo. Y entrando en calor mientrascoma ya plato tras plato (lo mejor: ese

  • postre, que result una versin polacade crepas o blintzes), por fin comprendque toda mi cena haba costado pocomenos de dos dlares. La granmatemtica del socialismo.

    La voz chillona de Bob Dylan sonaba alo lejos. Tamara estaba cantando. Yaelhaba llenado de nuevo mi vaso ycoqueteaba con un tipo que parecaescocs y que muy posiblemente era eldueo del bar. Me qued mirando aYael. Tena una argolla plateada en elombligo. La imagin en uniforme military portando una tremenda ametralladora.

  • Volv la mirada y Tamara me estabasonriendo mientras cantaba. A Tamaraslo poda imaginrmela desnuda.Tom un buen trago hasta vaciar el

    vaso. Un anciano indgena haba entradoal bar y estaba tratando de vendermachetes y huipiles. Le dije a Tamaraque ya iba tarde a una cita, pero que nospodr amos juntar al da siguiente.Puedes venir t de la capital? Claro,con gusto, treinta minutos en auto (en lacalle estaba aparcado el viejo Saabcolor zafiro que me sola prestar unamigo). Muy bien, dijo, yo salgo declases a las seis, nos juntamos aqumismo? Ken, le dije, que quiere decir s

  • e n hebreo, y sonre a medias. Meencanta tu boca, tiene forma de corazn,dijo, y luego roz mis labios con undedo. Le dije que gracias, que me gustamucho cuando rozan mis labios con undedo. A m tambin, susurr Tamara ensu mal espaol y luego, an en espaol ymostrando todos sus dientes como unaleona hambrienta, aadi: Pero me gustams que me muerdan los pezones, yduro. No entend si ella saba muy bienlo que estaba diciendo o si lo habadicho en broma. Se inclin hacia m yme eriz todo con un beso en el cuello.Estremecido, pens en cmo seran suspezones, si redondos o puntiagudos, si

  • rosados o bermellones o de un violetatraslcido, y ponindome de pie paramarcharme le dije en espaol quelstima, que yo los muerdo suave,cuando los muerdo.Pagu todas las cervezas y quedamos

    en vernos all mismo, a las seis de latarde. La abrac fuerte, sintiendo algoque no se puede nombrar pero que es tanrecio y tan obvio como la fumata blancadel pontificado en una oscura noche deinvierno, y sabiendo muy bien que yo noregresara al da siguiente.

  • Tres

    El cuerpo de mi abuelo era un bultosobre la cama. Yo poda verlo desde elumbral, rgido, boca arriba, pequeo,tapado de pies a cabeza con su propioedredn cuadriculado negro y corinto.Era sbado. Haba muerto esamadrugada de sbado, mientras l y miabuela dorman. Prohibido, hasta elcrepsculo, hasta el final del da, tocarni mover ese pequeo bulto sobre lacama que unas horas antes haba sido miabuelo.

  • Entr despacio, tratando de percibir elolor de la muerte. Pero no ola a nada, ono ola a nada ms que medicinas ypomadas y al sedentarismo que siempreacompaa a los ancianos. Mi abuelaestaba sentada en la otra orilla de lacama, es decir, en su lado de la cama,dndole la espalda al cuerpo de miabuelo. Me pareci mucho msencorvada. Miraba hacia abajo. Sostenauna bolsa de hielos sobre su rodillaizquierda. Frente a mi abuela haba unseor calvo, gordo, de barba pelirroja ydesgreada, trajeado de negro y con unacamisa color crema. Estaba sentado enuna silla que evidentemente no

  • perteneca a all, al dormitorio de misabuelos, y que a lo mejor alguien habaentrado esa misma maana. El seor seajust la gorrita y me salud con unmovimiento de la cabeza, en silencio, surostro en una permanente muecaestreida. Camin hacia l. Deinmediato se puso de pie y me tendiuna mano pastosa. Mis condolencias,susurr en un mal espaol, y no s porqu, quizs por mis nervios, quizs porel tremendo esfuerzo que haca l porsonar solemne, me re un poco. Lasolemnidad, entre desconocidos, resultauna farsa. El seor se puso an msserio y estaba por comentarme algo o

  • reclamarme algo cuando mi abuela porfin subi la mirada. Leibele, balbuce,buscando mi mano en el aire. Asllamaba ella a mi abuelo, Leibele, quees Len, en ydish. Me agach y le di unbeso y la abrac y mi abuela entonces sequed con mi mano entre las suyas,sujetndola fuerte, aferrndose a ellacomo si fuera una boya en el mar, se meocurri entonces, mientras senta un levemareo y vea cmo la bolsa de hielosestaba a punto de deslizarse a laalfombra. Le pregunt qu le habapasado a su rodilla. Mi abuela quisodecirme algo pero no pudo y nada msfrunci los labios.

  • Debe ponerse esto, me dijo el seor, untanto brusco, entregndome una gorritablanca. Por respeto, dijo, y yo me quedmirando la gorrita blanca en mi mano.Kip, en hebreo. Yarmulke, en ydish.Por respeto a quin?, pens enpreguntarle. Slo me la puse. Sintese,sintese, dijo el seor. Se hizo a un ladoy me seal la silla y yo se lo agradec.El asiento estaba tibio.Mi abuela susurr algo, como para s

    misma, como para nada ms hacersepresente, y se qued sacudiendoligeramente la cabeza. Segua aferrada ami mano. Segua con la bolsa de hielosapenas balanceada sobre su rodilla

  • izquierda. Tena la mirada opaca ydispersa de alguien a quien le han dadounos cuantos calmantes.Shlomo, dijo el seor.Sub la mirada. Intent concentrarme

    pero slo descubr que su barba rojiza,alrededor de los labios, estaba llena demigas de galleta o pan. Yo soy Shlomo,el rabino, dijo el seor. No nosconocemos, dijo, usted y yo, y tal vez sepercat de mi mirada sobre su barbagreuda, sucia, porque de inmediato sela frot con una mano y migas cayeroncomo copos de nieve sobre la alfombra.Pero yo s s quin es usted. El nieto,dijo. El artista, dijo y yo me sent un

  • poco insultado y no supe si me estabaconfundiendo con mi hermano, pero medio pereza preguntarle o corregirlo yslo le dije que s, que ese mismo.Hablaba lento, el rabino, a empellones,

    con un espeso acento extranjero. Acasoun acento ydish o israel. Se me ocurrique a lo mejor era el nuevo rabino, puesen una comunidad juda tan pequeacomo la de Guatemala (cien familias,suelen decir) los rabinos siempre sonimportados. Recuerdo de nio a unrabino de Miami Beach, ms serio queortodoxo, que siempre estabamoqueando y con un pauelo hmedo enla mano y que haca todos los rezos en

  • ingls. A un rabino de Panam que sefug con dinero robado. A uno deMxico que slo vena de vez encuando, para las fiestas, y a otro tambinde Mxico que sudaba tanto al rezar que,a medio servicio, tena que cambiarsede gorrita. Pero la gran mayora de losrabinos, segn mi memoria, eran deArgentina. Uno, que pregonaba todo eltiempo a favor del Boca Juniors y encontra de los matrimonios mixtos, dejembarazada a una guatemalteca catlicacon la que luego se cas (autogol,filosof entonces mi abuelo). Otroargentino, un joven simptico llamadoCarlos que lleg justo en los aos que

  • yo empec a distanciarme del judasmoy de la familia (no se puede uno sin lootro), slo me hablaba de jazz. Desdeentonces yo escuchaba jazz. l tambinescuchaba jazz o saba de jazz o quizsno saba ms que unos cuantos nombresy los usaba como puente hacia m. Encualquier caso, yo estaba muyconfundido con todo, muy susceptible yfrustrado con todo. Recin me habamarchado de la casa de mi padre, de lareligin de mi padre, del mundoacristalado de mi padre. Y apreciabamucho que Carlos, en vez de hostigarme,slo me hablara de Armstrong yColtrane y Parker y Monk y Mingus y

  • Brubeck. Salvo la ltima vez que lo vi( s e mudara luego con su familia aIsrael). Fue en la calle, frente a unaheladera para nios. Nos saludamos.Charlamos un poco. Yo le cont misituacin, quizs con algo de ansiedad otristeza, pues Carlos, de la nada, mepregunt si recordaba la historia deAbraham. El primer judo, agregsonriendo. Le dije que no, que ms omenos. Sin dejar de sonrer, me cit unafrase del libro del Gnesis: Vete de tutierra, y de tu familia, y de la casa de tupadre, a la tierra que te mostrar. Lechlcha, me dijo en hebreo, con un guio, yeso fue todo.

  • All, ante m, en otra ciudad, en unmonumental pilar blanco de la iglesia dela Santa Cruz, estaba el corazn deChopin.N o entend si ste yaca dentro del

    pilar blanco o debajo del pilar blanco.Pero all estaba, ante m, en el interioropulento y lbrego de una iglesia deVarsovia, segn los ltimos deseos deChopin.Dos das despus de morir en Pars, en

    1849, su corazn fue extrado yconservado en alcohol. En brandy, dicenalgunos. En coac, dicen otros. Suhermana Ludwica luego lo transport de

  • Pars a Varsovia, en secreto, decontrabando por la campia y la fronteray los varios puestos de gendarmesprusianos, en una urna de cristalhermticamente sellada y, dicen algunos,bien escondida debajo de su falda: elcorazn de su hermano menor, flotandoen brandy o coac, entre el calor de suspiernas. Y as, en una urna de cristal,ste pudo por fin ser sepultado en esepilar blanco de la iglesia de la SantaCruz que yo ahora tena ante m, y dondeha reposado desde entonces. Salvo losltimos meses de la segunda guerramundial. En agosto de 1944, durante ellevantamiento de Varsovia, el corazn

  • fue exhumado por un general nazi deapellido Zelewski: no slo elresponsable del asesinato en masa decientos de miles de civiles polacos, y elidelogo primero de la ubicacin yfuncionamiento de Auschwitz, sinotambin un apasionado amante de lamsica clsica. Para as proteger elcorazn de Chopin de los bombardeosalemanes, dicen algunos; para asguardarlo l mismo, dicen otros, entre sucoleccin de mementos y curiosidades.Sal de la iglesia a la noche helada. Me

    aboton mi gabn color rosa,observando a todos los peatones,observando los viejos edificios de la

  • universidad de Varsovia, del otro ladode la calle Nowy wiat. Encend uncigarro y me sent a fumar en una bancade granito negro frente a la iglesia de laSanta Cruz, y no s por qu me puse apensar en el pianista de jazz DaveBrubeck, y en su gira polaca. En marzode 1958, el gobierno estadounidense lepatrocin a Brubeck una gira de doceconciertos, en siete ciudades polacas.Como una especie de diplomaciamusical o cultural, en plena guerra fra.Como emisario de la vida americana.Como embajador de lo cool (su futuroapodo). Brubeck viaj entonces a travsde Polonia con su ya famoso cuarteto y

  • con su esposa Iola, y en el ltimoconcierto, en Pozna n, cuando elpblico le pidi un bis, Brubeck sali alescenario y toc por primera vez unap i e za ti tulada Dzikuj (gracias, enpolaco), que haba compuesto o escritoen su cabeza esa misma tarde, mientrasviajaba en el tren desde d. Una piezadulce, melanclica, nostlgica, ms omenos modelada a semejanza de algunade las melodas de Chopin, acaso algunode sus nocturnos, acaso el Preludio enmi menor. Deca Brubeck que era suhomenaje a Chopin. Deca Brubeck que,tras visitar unos das antes la casa delgran pianista y compositor, de pronto

  • haba recordado una escena de su propiainfancia, en la granja de ganado de sufamilia, en California: sentado en elsuelo junto al piano, junto a los pedalesdel piano, junto a los pies descalzos desu madre, mientras ella tocaba Chopin.Y es que la msica de Chopin, decaBrubeck, siempre estuvo muy presenteen el jazz. Y es que el jazz, en aquellospases, durante aquellos aos, paraaquellas personas detrs de la cortina dehierro, deca Brubeck, era la voz de lalibertad.Se acerc a la banca de granito negro

    una nia de cuatro o cinco aos, muyplida y muy abrigada. Me dijo algo en

  • polaco. Solt una bocanada de vapor yhumo y slo alc los hombros. La niacoloc sus pequeas manos enguantadassobre la banca, se puso a acariciar elgranito negro. Le sonre. Ella tambinme sonri y volvi a decirme algo,quizs a pedirme algo. Sacud la cabeza.La nia, recostada sobre la banca, mesegua sonriendo con picarda y a lomejor tambin con pasmo ante mienorme y afeminado gabn color rosa.Sus manos se deslizaron por el granitonegro, despacio, como si fueseprohibido, hasta llegar a un botnmetlico que yo no haba ni visto. Lopresion con sus dos manos y de

  • inmediato empez a sonar una meloda.Suave. Lejana. Apenas discernible entreel ruido de tanta gente y tanto trfico.Una seora de pronto le grit algo a lania y la nia sali corriendo hacia ellay se marcharon tomadas de la mano. Yome qued sentado unos minutos,vindolas desaparecer entre el bulliciode peatones, fumando en mi gabn colorrosa, y escuchando cmo emanaba,desde las profundidades del granitonegro, acaso desde las profundidades deVarsovia misma, una psima grabacinde la marcha fnebre de Chopin.

  • Mi abuela me solt la mano y se moviun poco y el edredn negro y corintotambin se movi un poco y yo penscon espanto que estaba por ver el rostroya muerto de mi abuelo.Quera decirme algo mi abuela, pero no

    le salan las palabras, o tal vez no sabaqu palabras decirme. Me inclin unpoco hacia ella, como para ayudarla.Ay, Eduardito, susurr, y despus, conuna mediana sonrisa, aadi: As ledeca su abuelo, verdad?, y repiti minombre en diminutivo un par de veces,su quijada temblando, su voz poco apoco apagndose, su mirada celeste denuevo hundindose en el suelo. Observ

  • su rostro. Una seora dulce, mi abuela,muy compasiva y afable, pero tambinexcesivamente sentimental. Alguna vezme cont que su padre, mi bisabuelo, unjudo de Alepo que perda todo eldinero de la familia jugando a losnaipes, slo les permita a sus hijosbesarle la mano. Nada ms. Slo besarlela mano. Nunca, me dijo entonces miabuela con una tristeza brutal, le di unabrazo a mi padre.Lejos, en el comedor y en la sala, se

    oan los murmullos crecientes de lasprimeras visitas.

  • Recuerdo cuando de nio le pregunt ami pap qu hacan esas personastumbadas sobre un viejo colchn.Todo en aquella casa ajena me pareci

    demasiado oscuro. Los espejos estabantapados con sbanas blancas. Sobre elmantel blanco de una mesita haba unacandela encendida, roscas, sandwichitosde queso, polvorosas de ans y vainilla.En el suelo de la sala haba un colchnviejo, endeble, lleno de manchasamarillas y terrosas, como de cafchorreado. Los miembros de la familiadirecta llevaban siete das sentadossobre ese inmundo colchn, me enteraraluego, pasando all todas sus horas de

  • vigilia. Tenan prohibido baarse.Tenan prohibido cambiarse de ropa.Tenan los rostros plidos, grisceos,sin maquillar (las mujeres) y sin afeitar(los hombres), con las miradas opacas ychiclosas de gente a la que no le restauna sola lgrima, gente que las hallorado todas y hasta unas cuantas dems. Tenan puestos calcetines blancos,pero calcetines blancos que haca sietedas que haban dejado de ser blancos.Las camisas de los hombres estabanrasgadas, es decir, los bolsillos de suscamisas estaban arrancados,deshilachados sobre el corazn, y param eso era a la vez horrible y fascinante,

  • como si estuvieran viviendo con lastripas fuera.Mi pap me observ desde arriba,

    alterado, sus ojos un poco ms abiertosque lo normal, a lo mejor porque yo lehaba hecho la pregunta muy recio y lasala, demasiado pequea, demasiadooscura, empezaba a llenarse de otrasvisitas. Su respuesta me lleg en un hilosusurrado, fro, cauteloso, bien dirigidoy hermosamente entonado para que sloyo lo percibiera: Estn de luto.Luto. La palabra cay pesadamente

    sobre aquella imagen y sobre aquellamezcla contradictoria de horror yfascinacin que yo estaba sintiendo.

  • Como un velo. O ms bien como un tul.O ms bien como una de esascalcomanas que se pegan a una playeracon el calor de una plancha y que pareceya formar parte de la playera, del tejido,y aunque con el paso del tiempo tal vezse difumine y descascare un poco, lasombra de esa calcomana permanecer.Porque uno crece y entonces busca yentiende el significado y el significanted e una palabra como luto, su sentidopsicolgico (Freud: El luto es lareaccin a la prdida de un ser querido,o la prdida de una abstraccin que hatomado el lugar de algo, como la patria,la libertad o un ideal), su sentido

  • filosfico (Derrida: No hay entonces unmetalenguaje para el lenguaje en que untrabajo de luto est trabajando), o hastasu sentido literario (Mann: Aquello quenombramos estar de luto por nuestrosmuertos quizs no sea tanto lamentar elno poder llamarlos de vuelta, sinolamentar el no poder querer hacerlo).Uno estudia y lee y se queda mediocalvo y adopta una mirada acadmicacuando dice palabras como luto. Unollena la palabra luto de entendimiento, lacolma de sabidura y de evangelio, y lapalabra luto, ahora s, empieza adifuminarse y descascararse, empieza aperder poco a poco su sentido ms

  • elemental. Su fuerza. Su horror. Suviolencia. Su absoluta inmensidad enmedio de aquella sala mal iluminada dembar por la luz de una candela, conroscas y sandwichitos de queso y olor afamilia encerrada y un colchnsalpicado de manchas extraas ysbanas blancas batindose ligeramentecontra los espejos mientras unaspersonas, descalzas y fachudas, decantres veces el kdish. Tres veces el rezode los muertos. Y yo agarraba fuerte lamano de mi pap. Y no soltaba la manode mi pap porque la palabra luto mesegua horrorizando, porque la imagendel luto me segua horrorizando, porque

  • estaba absolutamente convencido deque, bien escondido bajo alguna de lassbanas blancas, se revoloteaba ysacuda el fantasma del muerto.

    El rabino estaba hablndole a mi abuela(que ni se enteraba) de No y el diluvioy un arcoris entre las nubes y yo mepuse a repasar con la mirada eldormitorio de mis abuelos. All, junto ala cama, segua colgada la nica fotoque mi abuelo logr conservar de sufamilia en Polonia, en d, muertostodos en guetos o campos deconcentracin: sus hermanas Raquel

  • (Ula) y Raizel (Rushka), su hermanomenor Salomn (Zalman), sus padresSamuel (sastre) y Masha (lavandera).Ro s t r o s grises, insulsos, para mdemasiado distantes. Pens en la ltimavez que le haba dicho a mi abuelo quequera viajar a Polonia, a d, y en sureaccin casi violenta, y para qu quiereusted ir a Polonia, me dijo, y no debeusted ir a Polonia, me dijo, pero luegome anot en un pequeo papel amarillosu direccin exacta en d: planta bajadel edificio en la esquina de las calleseromskiego y Persego Maja, nmero16, cerca del mercado Zielony Rynek,cerca del parque Poniatowski. Y pens

  • en el nmero tatuado en el antebrazo demi abuelo, 69752, nmero verde ygastado que de nios nos deca era sunmero de telfono, y sonrea, y que lotena tatuado all para no olvidarlo. Ypens en Rena Kornreich, otra polacasobreviviente de Auschwitz que, aosdespus, segn cuenta ella misma, sequit quirrgicamente su nmero, 1716,pero en vez de tirarlo, guard esepedacito de piel, ese pedacito de ella,en un frasco con formaldehdo. Y pensen Primo Levi, en el nmero tatuado enel antebrazo de Primo Levi, 174517, yen cmo, mientras mi abuelo evitaba sunmero, y lo esconda, y haca bromas

  • con l para no reconocerlo, y mientras laseora Kornreich se arrancaba el suyo,Primo Levi dej rdenes de que sunmero quedara inscrito en su tumba. Yall, entonces, en una lpida delcementerio judo de Turn, quedaroncincelados su nombre y su nmero: sunombre de pila y su otro nombre mssiniestro. Ambos, supongo, se quiera ono, partes intrnsecas de su identidad.

    El rabino ahora estaba hablndole a miabuela (que ni se enteraba) sobre no squ pacto de Dios (Hashem, repeta)tras el diluvio, y yo segu estudiando el

  • dormitorio de mis abuelos. Descubrtres cosas fuera de lugar. En la mesa denoche de mi abuelo haba una candelaencendida; el espejo de la pared, sobreel tocador, estaba cubierto con unaenorme sbana blanca; la ventana, quesiempre se mantena cerrada debido alchifln, estaba completamente abierta.Shlomo haba terminado ya su pequeahomila y le pregunt sobre estas trescosas. An de pie, pareci disfrutarmucho de poder explicrmelas. Meexplic en susurros que cuando muere unjudo se enciende una candela en su casaporque la llama ahuyenta energasnegativas; que cuando muere un judo se

  • cubren todos los espejos de su casa paraa s eliminar vanidades; que cuandomuere un judo se abre la ventana delc u a r t o donde yace su cuerpo,simblicamente, para as, como dice laTor, en el libro de Daniel, asistir a sualma a ascender al cielo. Shlomo sonribenvolo y remat con un par depalabras en hebreo y yo estoy seguro deque escuch arpas. De pronto l se meacerc un poco, se agach otro poco.Pens que estaba a punto de decirmealgo ms, algo muy ceremonioso, algoinmensamente judo. Apret los dientes.Ayer, susurr, regres de Tikal.Me qued viendo el lnguido derretir

  • del hielo sobre la rodilla de mi abuela.Usted ha estado en Tikal, dijo Shlomo.

    A m me gust mucho Tikal, dijo, y paraasegurarse de haberme transmitido bientodo su entusiasmo por las ruinas mayasen la selva de Petn, enunci dos veces:Mucho, mucho. Yo no dije nada. Mepareci que su entusiasmo estaba fuerade lugar delante de un muerto. Queraponerme de pie y decrselo y quizssusurrarle alguna excusa y salir deldormitorio de mis abuelos. Pero elrabino coloc su manota tibia y peludasobre mi hombro y, muy quedo, casirespirando las palabras hacia abajo,empez a contarme de su viaje, de los

  • templos mayas, del calor de la selva, delos animales de la selva, de todos losturistas, de su gua, Juan, un tipochaparro y moreno y un gua estupendo,dijo, un tipo muy amable, dijo anoprimiendo fuerte mi hombro, comopara mantenerme quieto, como siadivinara mis intenciones de querermarcharme lo antes posible. Conoceusted al gua Juan?, me pregunt y yoslo le sonre con cuanto cinismo cabaen mi sonrisa. Estuvo con nosotros todoel da, Juan, y al final del da, fjeseusted, nos pregunt si queramos ver elocaso desde uno de los templos, norecuerdo cul de los templos, tal vez el

  • ms grande y alto. Shlomo alz sumirada hacia el techo del dormitorio demis abuelos, metafricamente. Que lofreca llevarnos hasta all arriba, nosdijo Juan. Que desde all arriba, nosdijo Juan, podramos ver muy bien elatardecer sobre el dosel de la selva.Lo interrumpi un rumor de sandalias

    en el pasillo. Supe de inmediato que eraJulie, la seora salvadorea que llevabaveinte aos trabajando como cocinerade mis abuelos.Julie entr al dormitorio y camin

    directo hacia m y yo quise levantarmepara abrazarla, pero el peso de algo,quizs de la mano del rabino sobre mi

  • hombro, me lo impidi. Julie me sonricon sus dientes de plata y oro. Nosabrazamos a medias. Por fin estdescansando don Len, dijo y se volvihacia el edredn negro y corinto y yorecord la ltima vez que vi a mi abuelocon vida, o bueno, con un soplo de vida,unas semanas antes, al noms volver yode un largo viaje balcnico(persiguiendo fantasmas) y portugus(rasgando realidades). Haba llegado asu casa a despedirme de mi abuelo,saba que por ltima vez. Ya estaba muyenfermo. Casi inconsciente. Muydelgado y dbil y con la piel escamosa yde un tono amarillento. Deliraba. Crea

  • ver a su madre, al pie de la cama. Creaver a soldados alemanes. Mis tosestaban tomando caf en el comedor,mis primos vean en la sala un partidode la liga espaola. Me asom despacioal dormitorio y me qued en el umbral,observando a Julie al lado de la cama,arrodillada sobre la alfombra,acariciando la calvicie de mi abuelo.Nunca entr. No fue necesario. Medesped de mi abuelo por ltima vez, ensilencio, desde el umbral, mientrasobservaba a Julie de rodillas y con suuniforme blanco y escuchaba cmo ellale susurraba a mi abuelo palabrasintiles, palabras piadosas, palabras de

  • nimo y cario.Julie se sent en la cama, junto a mi

    abuela. Cogi una mano de mi abuelaentre las suyas. Quiere usted algo, doaMatilde?, le pregunt. Pero mi abuela nodijo nada. Doa Matilde, que si quierealgo? Y con dificultad mi abuela sedespabil y le dijo que no, que nada,que muchas gracias. Julie rpido se pusode pie. Suspir. Hice manzanillas endulce, me dijo ya caminando hacia lapuerta, de espaldas. Saba cunto megustaban sus manzanillas en dulce. Leapart un poco en un bote, oy, me dijo.No se vaya a ir sin su bote.Mi abuela ajust la bolsa de hielos

  • sobre su rodilla y el rabino apret mihombro y capt mi atencin y entonces,dijo, subimos hasta arriba del templo enTikal, dijo, a ver el atardecer.Sent algo en el vientre. Quizs furia.Desde all arriba la selva no terminaba

    nunca, susurr el rabino mientras sefrotaba la barba greuda. El sol eracolor naranja, y estaba bajando y comoescondindose entre los rboles. Unacosa increble, dijo.Mi abuela empez a toser. Se cubri la

    boca con un pauelo sucio.Haba un seor indgena all arriba, en

    el templo, dijo Shlomo. Estaba sentadoall arriba. Descalzo. Moreno. Sus

  • caites de cuero y caucho a un lado.Tena un cuaderno abierto sobre suspiernas, y dibujaba el ocaso.Mi abuela segua medio tosiendo en el

    pauelo. Shlomo volvi fugazmente sumirada, como para callarla.El seor indgena dibujaba el ocaso,

    repiti Shlomo, una mano an sobre mihombro, la otra dibujando algo invisibleen el aire. Pero lo dibujaba as, a todaprisa, dijo imitndolo. Haca l undibujo muy rpido, dijo, con suscrayones de colores, y despusarrancaba el papel y lo dejaba tiradosobre el templo de los mayas, sobre laspiedras de sus antepasados, y se pona a

  • dibujar de nuevo otro ocaso. Entiendeusted? Porque cada dibujo era distinto,cada ocaso era distinto, como si setratara realmente de muchos ocasos.Todo iba cambiando muy rpido. Elpaso de las nubes, la posicin del sol, elcolor del cielo. Todo. Y el seorindgena estaba dibujando deprisa esoscambios. Plasmndolos all, en suspapeles. Estaba registrando en suspapeles los momentos de un ocaso, oalgo as, dijo Shlomo. Pero en vez deusar una cmara, estaba hacindolo consus ojos y sus manos y sus crayones decolores. Con su imaginacin, dijo. Unacosa increble, dijo emocionado, tan

  • emocionado que ya no me hablaba ensusurros, sino en un tono elevado, casimitolgico. Y el seor indgena,continu, dejaba sus dibujos tiradossobre el templo, y algunos hasta se losllev el aire. Como si stos no leimportaran, dijo, o como si eso, dijo, nofuera lo ms importante. Shlomo seagach an ms, se me acerc an ms.Y fjese usted, dijo tibio. A nosotros,que ramos diez o quince turistas, hastase nos olvid ver el ocaso en la selva ynos quedamos viendo a ese seorindgena dibujndolo con sus crayonesde colores. Increble, no? Para nosotrosse volvi ms interesante el artista y su

  • arte del ocaso que el ocaso mismo.Shlomo sonrea sucio entre su barbarojiza. Usted entiende eso, verdad?Usted tiene que entender eso.Unas voces se acercaban por el pasillo.

    Yo aprovech la pausa para quitarme deencima la mano del rabino, que se quedperplejo y casi ofendido, y levantarmede un brinco de la silla.Entraron dos viejos en sacos negros,

    corbatas negras y expresiones negras.Dos amigos de mi abuelo, supuse. Nolos reconoc pero aparentemente ellos sme conocan y se acercaron y ambos medijeron que lo sentan mucho, que donLen haba sido un gran hombre, un gran

  • judo, un gran sobreviviente. Y mientrasellos seguan hablando yo pens en elnmero tatuado en el antebrazo de miabuelo. Pens en los cinco dgitosverdes y gastados y ya murindose en elantebrazo de mi abuelo, bajo aquelgrueso edredn negro y corinto. Pensen Auschwitz. Pens en tatuajes, ennmeros, en dibujos, en templos, enocasos. Pens en decirles a los dosviejos que se equivocaban, que antetodo mi abuelo haba sido un granbebedor de whisky, un experto bebedord e whisky. Pero slo les balbuce ques, que grande, que gracias, mientras porprimera vez senta ganas de echarme a

  • llorar, y entonces me alejaba rpido delpequeo bulto que haba sido mi abueloy sala corriendo del cuarto y de la casay ya afuera en la calle, ya muy lejos detodo, por fin me quitaba la gorritablanca y la dejaba tirada en un basurero.

  • Cuatro

    El viejo y pesado Citron marrn estabaaparcado frente al hotel Kadima.Abr la puerta y tuve que quitar una

    pequea maleta del asiento del pasajeroantes de poder entrar y sentarme. Lepregunt a Tamara para qu la maleta.Sonri. Una sorpresa, dijo, lanzndolahacia atrs. Y adnde me llevas?, lepregunt pero Tamara slo encendi elmotor y sonri de nuevo y me preguntpor mi hermano. Era tu hermano el queestaba contigo, en el aeropuerto? Le dije

  • que s, que mi hermano menor, quecatorce meses menor. Es que soniguales, exclam Tamara. S, le dije, aprimera vista, aunque en realidad somosmuy diferentes. En qu sentidodiferentes?, pregunt con un frenazo. Mihermano es ms alto, le dije. Msmoreno, le dije. Ms dulce, le dije. Mslibre, le dije. Y tiene las manos de undios. Tamara solt una breve risa. Y tuhermana? Ah, mi hermana, empec adecirle pero me qued callado a mediafrase, quizs pensando un poco o quizssintiendo un poco o quizs buscando lapalabra perfecta. Mi hermana es la msintrpida, pude haberle dicho. Mi

  • hermana es la ms etrea, pude haberledicho, pero etrea de mercurio, etreade una hoja seca en la brisa, etrea deesos pequeos gestos, como tronarse losnudillos o pasarse la lengua por el labiosuperior, que no dicen nada y a la vezdicen todo. Cundo es la boda?,pregunt Tamara. Maana en la tarde, ledije, pero no ir. Ella se volvi haciam, su expresin confundida. Qudices? Conduca mal, abrupto,acelerando y frenando en el ltimomomento, jalando y empujando lapalanca de velocidades como con rabia.Tem marearme. Que he decidido no ir ala boda, le dije, sujetando fuerte la

  • manecilla y exagerando mi decisin. Nopuedo ir o no quiero ir, le dije, no s.Ella gru algo. Acaso un reproche.Acaso slo un gemido. Probablementeno me crey. Tras un silencio lepregunt por su amiga, Yael. Qu amigaYael? Tu amiga, le dije, Yael, le dije, laque estaba viajando contigo cuando teconoc. No s de quin hablas, Eduardo.Cuando te conoc yo recin habaterminado mi servicio militar y estabaviajando por Centroamrica, dijo. Sola,dijo.No entend. Pens que estaba

    bromeando. Pens en decirle que Yael,que aquella chica que trabajaba en el

  • bar escocs de Antigua Guatemala, queaquella chica con mi mismo apellidomaterno, que aquella chica con hombroshermosos y una argolla de plata en elombligo.De pronto Tamara se inclin hacia la

    guantera y sac una cajetilla verde. Nisupo que se haba pasado un alto. Sedetuvo en una esquina, mal estacionada.Volvi a inclinarse hacia la guantera ysac un fajo gordo de papeles o postalesy mira esto, me dijo. Encendi las lucesde emergencia.Eran fotos en blanco y negro, impresas

    sobre un grueso papel cartulina. Anolan a productos qumicos. Todas

  • estaban fuera de foco, fuera de cuadro.En una logr descifrar una nariz deperfil; en otra, la mitad de una sonrisa;en otra, parte de un cuello; en otra, unaceja gruesa y oscura. No entend. Ques esto?, le pregunt. Las hizo un amigode mi padre, me dijo Tamara. Un viejojudo, dijo, y luego, como una velozestocada, aadi: Un ciego. Tamara nosonrea. Jugaba con la cajetilla verde ensus manos. Un fotgrafo ciego?, lepregunt. Se puede ser fotgrafo yciego? Bocin un auto atrs de nosotros,quizs insultndonos por estar malestacionados. Todas sus fotos son denios palestinos, dijo Tamara. l viaja a

  • ciudades y pueblos palestinos, y tomafotos a nios palestinos. Una vez, dijo,fui con l y mi padre a Ramala. l sesentaba en una banca o a veces sesentaba en el suelo y esperaba a que sele acercara un nio o una nia, y deinmediato, as noms, les daba sucmara, una antigua Leica. Los nios sefascinaban tanto con su cmara comocon su confianza, y con su ceguera. Ymientras ellos tocaban la cmara, lestiraba una mano y empezaba a tocarlosa ellos. Sus cabelleras, sus brazos, sushombros, y especialmente sus rostros.Despacio. Suave. Con algo similar acario. Estaba conocindolos con sus

  • manos, supongo, con el tacto. Los niosno se daban mucha cuenta o slo serean un poco. Luego le devolvan lacmara y l entonces tomaba una solafoto de cada nio. O ms bien, de unafaccin de cada nio. Muy rpido. Casisin que ellos se enteraran. Cuandobamos de vuelta a casa, ya en el auto, lepregunt cmo decida qu detallefotografiar. Tamara guard silencio,esperando a que se alejara una ruidosacamioneta, luego continu. Primero lme dijo que no saba. Despus depensarlo un rato me dijo que siempre eldetalle ms bello, por supuesto. Despusde pensarlo otro rato, ya sonriendo, me

  • dijo que la mirada siempre sabeencontrar el detalle ms bello. Tamaraabri su puerta. sas son copias de lasfotos que hicimos ese da, en Ramala,dijo. No s por qu las mantengo en elauto, dijo. Te gustan? Iba a responderleque s y no. Iba a responderle que PaulWittgenstein, tras perder el brazoderecho durante la primera guerramundial (Qu tipo de filosofa serrequerida para sobreponerse a eso,escribi su hermano Ludwig), no sloaprendi a tocar piano con una mano,sino que comision a grandescompositores como Prokfiev, comoStrauss, como Ravel que le

  • escribieran obras y conciertosnicamente para la mano izquierda. Ibaa responderle que, segn el cuaderno denotas de Thelonious Monk (o MelodiousThunk, como le deca su esposa), ungenio es aquel que ms se asemeja a smismo. Pero slo volv a meter las fotosen la guantera, entre el lo de mapas ypapeles y envoltorios de dulces ychocolates y algo que me pareci un parde condones nuevos, an en sus paquetesde plstico.Ten, dndome la cajetilla verde, ahora

    regreso.NOBLESSE, en letras blancas. VIRGINIA

    BLEND, en letras negras.

  • Encend un cigarro. Haca calor dentrodel Citron. Acaso porque segua conlas fotos de nios en la mente, not quehaba dos nias del otro lado de la calle,jugando entre los peatones. Tendrandiez o doce aos. Tal vez eran hermanaso mejores amigas. De repente una deellas se lanz de clavado hacia el suelo.Y se par de cabeza. Y as, esbelta, bienerguida sobre sus manos, empez acaminar hacia delante entre todos lospeatones. De lo ms normal. Un peatnde cabeza. Un peatn patas arriba. Unpeatn al revs. Luego, siempre sobresus manos, gir y camin de vuelta hacia

  • donde estaba la otra nia. Ahora letocaba a la otra nia. No se atreva. Suamiga o hermana pareca estarmotivndola, explicndole cmo. Peroen vano. La primera nia entonces secuadr de nuevo, estir sus brazosdelgados hacia arriba y volvi alanzarse de clavado hacia el suelo,volvi a caminar patas arriba entre lospeatones. Perfecta. Elegante. Con lagracia estudiada y precisa de unagimnasta. Sus piernas rectas. Sus piespunteados en el aire, entre todas lascabezas de los peatones. Al terminar, laotra nia aplaudi. Ambas aplaudieron.Baj la ventanilla del Citron y, echando

  • la colilla fuera, se me ocurri que laspiruetas de la gente son siempreincomprensibles. Luego se me ocurrialgo extrao: que no deba olvidar esaescena; que deba hacer un esfuerzo porrecordar la escena de la nia caminandode cabeza en una acera de Jerusaln,patas arriba en Jerusaln, patas arribaentre israeles; que deba buscar eldetalle ms bello y hacerle una fotomental, una foto de ciego; que algn daentendera yo por qu. Cerr los ojos,como imitando al viejo fotgrafo, comosi con eso bastara, como si misprpados fuesen el obturador y con slocerrarlos se fijara una imagen. Cuando

  • los abr, las dos nias estabanalejndose deprisa, zigzagueando ymedio brincando entre la gente, bienagarradas de la mano.

    Encend otro cigarro. Mir mi reloj. Melimpi el sudor de la frente con la mangade mi camisa. El tictaquear de las lucesde emergencia empez a molestarme.Haba un indigente en la acera a mi

    lado. Viejo. Barbudo. Empolvado.Envuelto en trapos y mantas de lo queparecan ser los colores de la banderaisrael. Estaba murmurndose a smismo, hincado en un pedazo de cartn.

  • Fum un rato antes de comprender que elbulto a su lado pequeo, todo blanco,absolutamente quieto era un gato. Mepareci ilgico que un gato estuviesequieto entre tantos peatones. Demasiadotieso, pens. Quizs era un peluche,pens. O quizs dorma. O quizs estabamuerto. Estaba muerto? Abr la puerta ysal.El indigente, a dos o tres pasos de m,

    balbuce algo. Me acerqu lento, sincerrar la puerta. Observ al gato,deseando que se moviera, que bostezara,que se estirara como tiende a estirarseun gato, que hiciera algo, lo que fuera, losuficiente para comprobar que no estaba

  • muerto. Pero cuanto ms lo observaba,desparramado, inerte, esculido, ms meconvenca de que en efecto estabamuerto. Machaqu mi cigarro en elsuelo. Me acuclill para verlo mejor. Elgato tena los ojos abiertos. Pareca noparpadear. De pronto el indigente megrit, acaso en hebreo, probablementepidindome limosna. Luego empez arerse. Recio. Cada vez ms recio. Surisa slida y seca como si fuera unaserie de olas rompindose contrapeascos. Estaba burlndose de algoatrs de m, a mis espaldas. Me volv.No haban pasado ni dos minutos, peroalrededor del Citron marrn circulaba

  • un grupo de soldados, cuatro o cincosoldados, todos jvenes, cada uno consu fusil. Estaban nerviosos. Estabanmirando dentro del auto. Camin haciaellos y ellos se pusieron ms nerviososy empezaron a gritarme en hebreo y meapuntaron con sus fusiles y yoinstintivamente sub los brazos ytambin dej de or. Ya no oa nada.Algunos peatones empezaron adetenerse, a gritarme, pero slo vi susbocas gesticulando y gritando, sin orsus gritos. Vi que el indigente seguarindose, sin or su risa. Vi que uno delos soldados, una chica rubia, mepreguntaba algo, sin escuchar su

  • pregunta. Vi cmo desde lejos llegabaTamara, corriendo en cmara lenta, conuna bolsa de plstico en sus manos, y almismo tiempo sent como si alguienquitara las bolitas de algodn de misodos y poco a poco pude or la voz deTamara calmando a los soldados enhebreo. Algo as, supuse: queperdonaran, que era su Citron marrn,que el idiota all parado con los brazosen alto era su amigo guatemalteco que nosaba que en Israel no se dejan autosabandonados a media calle. Lospeatones otra vez murmuraban. Elindigente otra vez se rea. Los soldadosno aflojaban sus fusiles. Tamara me dijo

  • en ingls que subiera al auto. Que ahoramismo. Entr y me sent y cerr lapuerta. Le recib la bolsa de plstico, yella de inmediato arranc el motor. Medisculp, perturbado, pero ella no dijonada. Slo mene la cabeza mientras nosponamos en marcha. Me enjugu elsudor de la frente y la nuca. El gatoblanco segua desparramado en lamisma posicin.

    Que tiene muchos nombres, me dijomientras conduca y mezclaba sobre supierna, en un fino papel de liar, hebrasde tabaco y piedritas de hachs. Que los

  • israeles lo llaman valla de seguridad, ocerca de separacin, o cercaantiterrorista. Lami el papel y loenroll largo y compacto. Maniobrabael timn con los codos. Haca rato nocambiaba de cuarta velocidad. Que lospalestinos lo llaman el muro de lasegregacin racial, o el nuevo muro dela vergenza, o el muro del apartheid.Encendi el porro con el mechero.Aspir. Que los medios decomunicacin internacionales, segn susesgo poltico, lo llaman muro o cerca ovalla o barrera, depende. Exhal unanube dulce y azulada. Me pas el porro.No me gusta el hachs. Pero no pude

  • decirle que no. Fum un par de jalones yse lo devolv y nos quedamos callados,nada ms mirando el inmenso muro ocerca o valla o barrera, depende. No melo haba imaginado tan alto, ni tan largo,ni tan grueso, ni tan imponente. Parecano terminar nunca. Quise profundamentetocarlo. Estaba por pedirle a Tamaraque se detuviera cuando de pronto mesent mareado, acaso por su manera tanviolenta de conducir, acaso por lamezcla del hachs y el calor dentro delCitron y la descarga de adrenalina queacababa de sufrir ante los soldados,acaso por algo mucho ms efmero yoscuro. Abr por completo la ventanilla,

  • saqu un poco la cabeza y, respirando unaire tibio y fresco, pens en otros muros.Pens en muros chinos y muros alemanesy muros estadounidenses. Pens enmuros sagrados de templos y en muroshmedos y enmohecidos de mazmorras.Pens en los muros de ladrillo de ungueto, en los muros alrededor de unpueblo entero metido en un gueto,sufriendo de hambre en un gueto,murindose despacio y silencioso en ungueto. De repente vi, o cre que vi, oimagin que vi (bamos muy rpido y yotena los ojos casi cerrados y las pupilasdilatadas) la figura toda negra de la niapintada en el muro por el artista ingls

  • Banksy: su trenza negra, su fleco negro,su faldita negra, sus zapatos negros, sumirada negra hacia arriba, toda ellamirando hacia arriba, hacia el cielo,mientras se eleva por el muro con laayuda de un racimo de globos negrosque sujeta en su pequea mano negra. Seme ocurri, con la cabeza medio defuera y ya sintiendo el sabroso letargodel hachs, que un muro es lamanifestacin fsica del odio hacia elotro. Una manifestacin palpable,concreta, que busca separarnos del otro,aislarnos del otro, eliminar al otro denuestra vista y de nuestro mundo. Perotambin es una manifestacin a todas

  • luces intil: por ms alto y grueso que seedifique, por ms largo e imponente quese construya, un muro nunca esinfranqueable. Un muro nunca es msgrande que el espritu del hombre queste encierra. Pues el otro sigue all. Elotro no desaparece. El otro nuncadesaparece. El otro del otro soy yo. Yo,y mi espritu. Yo, y mi imaginacin. Yo,y mi racimo de globos negros.Tamara me despabil con un suave

    codazo. Me ofreci el porro, que aceptsin dudarlo, casi aliviado. Ms all desu nombre, dijo acelerando fuerte en unacurva, es lo que es.

  • Luego todo fue arena. Las ondulacionesen el paisaje. Los olivos. Las palmerasde dtiles. Los beduinos y camellos a unlado de la carretera. El cielo y las nubesy quizs hasta el viento mismo. Como siestuvisemos atravesando una acuareladonde cada cosa haba sido pintada conun mismo pincel arenoso, sobre unmismo lienzo arenoso, de un solo colorarenoso, pero con un sinfn de matices yptinas. Incluidos nosotros.

    Desndate.Tamara estaba de pie frente a m. Alz

    los brazos, se quit la blusa de lino

  • blanco, y la tir a un lado. Pate, patede nuevo, y sus sandalias de cuerocayeron sobre la blusa. Se baj lapantaloneta caqui, despacio, y tambinla tir a un lado, sobre la blusa.Desndate, me orden una vez ms, todaella sonriendo en su bikini rojo, laspecas de su rostro despertndose en elsol. Empec a sudar. Met las manos enlos bolsillos de mi pantaln. El bikinimoderno fue inventado por un ingenierofrancs, le balbuce, mi voz an torpe yalelada, o al menos me son torpe yalelada en aquel lugar tan desrtico. PorLouis Rard. En 1946. Tamara fruncil a frente. Mi mano derecha de pronto

  • encontr un pequeo papel. Rard tome l nombre del atoln Bikini, segubalbuceando, el papel apretado en mipuo derecho, mi puo derecho apretadodentro del bolsillo del pantaln. Unatoln en medio del ocano Pacfico, ledije, donde ese mismo ao losestadounidenses haban llevado a cabopruebas nucleares. Lo sabas? Apretms el papel, contemplando las lneasde sus piernas y caderas, la lisura de supanza, la leve sugestin de sus pezonesredondos o puntiagudos, rosados obermellones o violeta traslcido? atravs de la tela del bikini rojo. Yacllate, Eduardo, y qutate la ropa.

  • Sonrea rotunda, categrica. Adopt unsutil tartamudeo (como me sugera haceru n amigo, en momentos de crisis) yempec a balbucear alguna excusa sobremi traje de bao y qu lstima que notengo uno conmigo. Mira en la maleta,dijo dndome la espalda pecosa, en elasiento de atrs, dijo con los pies yadentro del agua, encontrars all dostoallas y un traje de bao para ti. Noquise preguntarle de quin era el traje debao. No quise saber. Mejor no saber.Slo permanec quieto unos segundos, elpapel bien apretado en mi mano,vindola entrar como una diosa al marazul ndigo.

  • Flotbamos solos. No haba nadie ms.El agua estaba caliente y aceitosa y olafuerte a azufre. De pronto me asust unardor insoportable en la punta del pene.Pens en el hachs. Tamara, mirndome,casi esperando mi reaccin, se ri. Teduele ah, verdad?, me preguntmientras chapoteaba y se rea. Es la sal,dijo. Algo que no advierten las guas deturismo. Ya te pasar. Flotbamos cercapero sin llegar a tocarnos. Me dijo queaunque le encantaba el mar Muerto,detestaba las hordas de turistas. Me dijoque haca aos, con unas amigas, habadescubierto esa pequea playa privada.

  • Me dijo que trataba de baarse allseguido, que la sal era muy buena parasu piel, que la sal era muy buena paramuchas cosas. Me dijo, sonriendo,restregando cristales invisibles entre susdedos, que los sacerdotes egipcios seabstenan de comer sal porque creanque aumentaba el deseo sexual. Me dijo,quizs nadando un poco hacia m, que aun hombre enamorado los romanos lollamaban salax, que significa en estadosalado, y que es, me dijo con algo depicarda, el origen de la palabra salaz.Me dijo que en el teatro tradicionaljapons, previo a cada obra, se solaesparcir sal sobre el escenario para

  • proteger a los actores de los espritusmalignos. Me dijo que en Hait la nicaforma de romper un hechizo ydevolverle la vida a un zombi era consal. Me dijo que los franceses, hasta1408, salaban a un beb en vez debautizarlo, y que los holandesescolocaban trozos de sal en su cuna, yque los rabes protegan a sus hijosponindoles sal en las manos en lavspera del sptimo da despus de sunacimiento. Me dijo que tambin losantiguos judos, como sucede en el librode Ezequiel, rociaban a un beb con salpara protegerlo del mal de ojo. Me dijoque, segn el Shuljn Aruj, el libro de

  • las leyes judas, los judos slo debentocar la sal con los dedos medio yanular, pues si un judo usa el pulgar sushijos morirn, y si un judo usa elmeique se volver pobre, y si un judousa el ndice se convertir en asesino.Me dijo que para los judos la sal era unpacto, y un convenio, y una supersticin,y un castigo, y una ruina, y unapermanencia, y una bendicin, y unadesgracia, y tambin un secreto. Guardsilencio. Le pregunt qu secreto. Lepregunt cmo saba tanto sobre la sal,pero Tamara slo sonri y me dijo queestbamos en el punto ms bajo delplaneta. Eso, por all, me dijo

  • sealando con su mirada unas rocasaltas y de tono amarillo, es dondealgunos expertos creen que la esposa deLot, al darse la vuelta para ver ladestruccin de Sodoma, se convirti enuna estatua de sal. Y eso, all, me dijosealando con su mirada una enormemeseta, fue la fortificacin bblica deMasada, donde antes de rendirse a lastropas romanas, una poblacin entera dejudos se suicid. Tamara sac unamano del agua y se chup un dedo. Yeso, all, me dijo sealando con sundice recin chupado las montaas delotro lado del mar, es Jordania. Me gustms su ndice plido y largo que las

  • grises montaas de Jordania. No muylejos de nosotros, en alguna parte de esemismo mar muerto y salado, sedesvaneca ya la plegaria de alguien.

    Nadie baja la mirada. Eso pens en otroviaje, caminando mi primera tarde porlas grises calles de Varsovia, vestidocon un gabn color rosa, an desvelado,an con la misma ropa arrugada y suciabajo ese horrible y deslumbrantegabn color rosa en que haba viajadodesde Guatemala. Nadie me saludaba.Nadie me sonrea. Pero tampoco nadiebajaba la mirada. Hombres y mujeres,

  • jvenes y viejos, todos me miraban devuelta con firmeza pero sin juicio algunoen sus miradas, y sin emocin, y sincuriosidad, y hasta sin realmente vermedesentonando de rosa. Como si para lospolacos bajar la mirada fuese una sealde cobarda. Como si para los polacosel ltimo en bajar la mirada, el ltimoen parpadear, fuese declarado elganador del juego. Pero de un juegocardinal. De un juego implacable. De unjuego entre dos peatones ciegos que sinsaberlo se estn jugando la vida.No eran an las cuatro de la tarde y ya

    haba cado la noche. Caminaba deprisapara entrar en calor. Estaba mal

  • abrigado, o apenas abrigado con aquelgabn color rosa, y tal vez recordandoque no hay soledad ms profunda quever a todos los dems pasajerosmarchndose felices del aeropuerto, yser el nico all parado, frente a uncarrusel que da vueltas ya sin ningunamaleta, recin llegado a un pas tanajeno y frvolo y sintiendo una desnudezque nada tiene que ver con ropa, con esaropa que ahora histrinico peatnrosado en una ciudad abismalmente gris yo extraaba y aoraba y que seguaperdida por algn rincn del mundo.Un oficial del aeropuerto de Varsovia

    me haba ayudado a rellenar un

  • formulario. Luego me observ serio yme dijo en muy mal ingls quemandaran mi maleta al hotel. Empec abalbucearle que slo estara una nocheen ese hotel, que slo estara una nocheen Varsovia, que al da siguienteviajara en tren, y aqu, a media frase,me interrump un segundo mientrasmeda mis palabras, mientras decida enese vasto segundo si decirle o no aloficial que ira en tren a Auschwitz; o siquizs decida en ese segundo si ira ono en tren a Auschwitz, al Bloque Oncede Auschwitz, donde haba estado presomi abuelo, en el 42. Aunque en parte poreso haba viajado a Polonia, para ir a

  • Auschwitz, para ver la mazmorra en elstano del Bloque Once donde habaestado preso mi abuelo, la verdad es queno saba si finalmente me montara enese tren rumbo al campo de exterminio ylas cmaras de gas y el crematorio y elBloque Once y la mazmorra en el stanodonde mi abuelo haba sido entrenadopor un boxeador, en el 42. No s por quno me decida a ir. Miedo aAuschwitz? Miedo a la palabraAuschwitz? Miedo a viajar en tren aAuschwitz? Miedo a volverme parte delas hordas del turismo que van aAuschwitz, de ese turismo deplorable, yamarillista, y que hasta podra decirse

  • que rinde culto a la pornografa de labestialidad? En cualquier caso, y sindecir cosas indebidas, miedo a algo.El oficial del aeropuerto segua

    observndome en ese eterno segundo desilencio, acaso confundido, acasoesperando a que yo completara aquellafrase. Y yo entonces abr un poco laboca, como para motivar a las palabras.Pero las palabras, caprichosas,insolentes, no queran motivarse. Baj lamirada. Met rpido la mano en elbolsillo de mi pantaln y sent lafrialdad del papel amarillo y pens enlas manos de mi abuelo, plidas ypulcras y dibujando sombreros y

  • jugando con piezas de domin. Miabuelo haba sido capturado porsoldados de la Gestapo frente a su casade d, en noviembre del 39, mientrasl y sus amigos y su novia jugaban unapartida de domin. Tena diecisis aos.Pasara el resto de la guerra losprximos seis aos como prisioneroen varios campos de concentracin,incluido Sachsenhausen, incluidoNeuengamme, incluido Buna Werke,incluido Auschwitz, donde le salv lavida un boxeador polaco, entrenndolo apelear no con los puos, sino conpalabras. Mi abuelo sali de Polonia enel 45, y jams quiso regresar, jams

  • volvi a pronunciar una sola palabra enpolaco. Vivi el resto de su vida enGuatemala, intensamente ofendido consus compatriotas, y con su pas natal, ycon su lengua materna. Los polacos, medeca, nos traicionaron. Y entonces cadavez que yo le comentaba que queraviajar a Polonia, que quera conocerd, mi abuelo se rea en burla, o sepona de pie y se marchaba enfurecido,o escupa un par de insultos dirigidos am o quizs a la totalidad del pueblopolaco. Pero unas semanas antes de quemuriera, ya dbil y raqutico y hastadelirando (crea que haba soldados dela Gestapo en su dormitorio, junto a su

  • lecho de muerte, esperndolo), miabuelo me escribi su direccincompleta en un pequeo papel amarillo:planta baja de un edificio en la esquinade las calles eromskiego y PersegoMaja, nmero 16, cerca del mercadoZielony Rynek, cerca del parquePoniatowski. Como un pequeotestimonio amarillo. O como un pequeomapa del tesoro familiar. O como unapequea herencia a un nieto. Yo recibese papel amarillo de su mano trmula ylo dobl en dos y supe de inmediato quemi abuelo me haba dado mucho ms queun pequeo y arrugado papel amarillo.Era un mandato. Una orden. Un

  • dictamen. Un itinerario. Una gua deviaje. Unas coordenadas en el oculto yaccidentado mapa familiar. Era, en fin,una plegaria. Su ltima plegaria. All, enese doblado papel amarillo, en esosltimos garabatos de su puo y letra queyo ahora de pie en el aeropuerto deVarsovia aferraba como un talismn,estaban los ejes de la historia de miabuelo, una historia que, de algn modo,tambin era la ma. Al final, nuestrahistoria es nuestro nico patrimonio.El oficial polaco segua observndome

    con firmeza. Intent sonrerle, pararecuperar un poco de calma o levedad,para no sentirme tan abandonado en

  • plena Varsovia. Slo me sali unamueca torpe y forzada. El oficial, serio,impasible, esperaba en silencio, como sisupiera que yo haba dejado incompletaaquella lejana frase sobre Auschwitz,como si estuviese dndome tiempo paraque yo la completara y le dijera lo quetena que decirle. Y entonces reunfuerzas y apret el papel amarillo en mipuo y me par recto y me apresur acompletarla.Que al da siguiente, le dije, viajara en

    tren, le dije, al sur, le dije.Sent algo amargo en la boca. El sabor,

    se me ocurri al marcharme, delpusilnime.

  • Burekas. Cmo? Burekas, me repitiTamara, enunciando despacio las tresslabas mientras me pasaba la bolsa deplstico. Hay de queso y espinaca, dijo.Mi desayuno favorito, dijo.La puerta del Citron estaba abierta

    atrs de nosotros, y la msica del radioapenas se oa, como un susurro blanco yconstante, o como una ligera brisa.Tamara tambin haba comprado doscafs con leche y azcar, en vasitos decartn: ya fro, claro, demasiado ralo ydulce, claro. Pero sentados frente a unmar bblico, an descalzos y mediodesnudos y medio mojados y

  • compartiendo un cigarro sobre una playade arena y sal, no me import.Al terminarnos las burekas y el caf,

    Tamara empez a contarme de su trabajoen Lufthansa. Me dijo que al inicio lohaba pensado como temporal, slomientras encontraba algo mejor. Me dijoque llevaba casi cinco aos all. No estmal, dijo. Pagan bien. Viajo mucho.Sonri con sarcasmo, como si sa fuerala respuesta del manual. Y el seor delotro da?, le pregunt, el del relajo enel aeropuerto? Tamara me quit elcigarro y le dio un jaln y lo de siempre,dijo, tipos problemticos, dijo, y no dijoms. Le pregunt si alguna vez le haba

  • pasado algo as en el aire, en plenovuelo. Nada muy grave, dijodevolvindome el cigarro. Pero pensque igual no me lo dira. Luego mequed pensando en aviones. Fum. Elcigarro saba a Tamara. Tamara saba asal . La vi darse la vuelta despacio yestirarse boca abajo, larga, delgada, surostro ahora muy cerca de mi pierna, suslabios casi besando mi muslo. A veces,le dije nervioso, sueo que estoy en unavin secuestrado por terroristas rabes.Fum de nuevo, viendo cmo ella, conmano experta, deshaca el nudo rojo delbikini en su espalda. Es un sueorecurrente, le dije exhalando. Uno de los

  • terroristas rabes en el avin se meplanta enfrente, le dije, y yo, con pnico,empiezo a recitarle las pocas palabrasen rabe que recuerdo deca mi abuelolibans. Su rostro pecoso volteado haciam, Tamara me miraba hacia arriba consus grandes ojos azules. Lajem bashin, ykibe naye, y lebne, y mujadara, que sontodos nombres de comidas rabes, peroson las nicas palabras rabes que mes. Tamara sonri ligero. El terroristarabe entonces me ensarta una pistola enla cara y me grita que me vaya a lamierda, que parezco un judo, que soy unjudo, y acerca ms su pistola. Puedosentir la punta de la pistola aqu, en la

  • frente, le dije a Tamara, y el tipo rabeest a punto de disparar, a punto demeterme un tiro en la cabeza y matarme,y entonces le digo que no, que seequivoca, que yo no soy judo.Tamara dej de sonrer y estir la

    mano, pidindome el ltimo jaln delcigarro. Mir sus tobillos, sus pies.Poda sentir la tibieza de su aliento enmi muslo.se es tu sueo recurrente?, me

    pregunt seria, aplastando la colilla enla arena. A veces hay alguna variante, ledije. Como cul variante? Como porejemplo que le digo al terrorista mabruk,una palabra que dice mucho mi pap, y

  • que significa felicitaciones en rabe. Ledices felicitaciones a un terrorista? Aveces. O a veces le digo shesh besh, quesignifica seis cinco. Shesh significa seisen persa, y besh significa cinco en turco.Shesh besh. Seis cinco. Es lo que gritabami abuelo libans cuando jugbamosbackgammon en una soberbia mesa deconcha y perla que haba trado deDamasco, en los aos veinte, y l tirabalos dados y sala un seis y un cinco, yshesh besh, gritaba.Estuvimos callados un tiempo, nada

    ms escuchando el ruido blanco delradio, del agua apenas mecindose, deun pjaro meldico y macizo y medio

  • perdido en el cielo celeste.Escuchndolo, record que Beethovenalguna vez dijo o quizs dijo que lainspiracin para las cuatro primerasnotas de su Quinta sinfona acaso lascuatro notas ms importantes en lahistoria de la msica haba sido elcanto de un pjaro.Tamara respiraba dulce, cadencioso,

    adormecida ya sobre su toalla. Yo mequed mirando el brillo del mar hastaque se me nubl la vista, y de pronto,con la vista an nublada y llorosa, creentender que haba algo elemental enesas aguas compartidas, algo ms alldel salitre y de lo bblico y de los

  • turistas untados de lodo, algo ms bajoque el punto ms bajo del planeta y msambiguo que un muro imponente einvisible en medio del mar, entre dospases, entre dos culturas, separadas yunidas por esa agua tan muerta y tansalada y de la cual todos venimos yhacia la cual todos vamos, todos saladoscon fuego, y todos salados con sal.

    Entonces, me incit Tamara, en tusueo niegas ser judo, niegas tus races,tu tradicin, tu herencia, niegas todo contal de salvarte?Me sequ los ojos con una mano.

  • Tamara no se dio cuenta. Tena lossuyos medio cerrados, acaso por el sol.S, supongo, le dije. Mientes? S,

    miento. Un poco cobarde, no? S,quizs, un poco. Y eso no te molesta?,abriendo los ojos. Qu cosa? Puesnegar tu judasmo, mentir, hacerte pasarpor otro con tal de salvarte. Se apoy enlos codos. El bikini rojo apenas sujetabasus pechos. Casi poda distinguir lasombra oscura de sus pezones. Mirrpido hacia el agua. Y por qu deberamolestarme?, musit. Es slo un sueo,le dije y Tamara hizo una mueca comodiciendo no seas tonto, o como diciendoningn sueo es slo un sueo. Adems,

  • le dije, es lo mismo que un judohacindose pasar por otro, disfrazado deotro, para sobrevivir a los nazis. Tamarano dijo nada. En mi opinin, continucon una sonrisa apenas perceptible, msvale ser un mentiroso vivo que un judomuerto. No, no es lo mismo, Eduardo,susurr recostando su cabeza de nuevosobre la toalla, tal vez molesta por algo.Su pelo, hmedo y alborotado y apenascanoso, rozaba mi muslo. Brevementenot que tena el bikini rojo metido entresus nalgas, como chupado por susnalgas, y percib el primer hormigueorecorriendo mi sexo.

  • Haba un judo en Guatemala que sellamaba Peter, le dije a Tamaraintentando no mirar sus nalgas tanblancas, aunque en realidad no sellamaba Peter. Era un judo polaco, unjudo de la Galitzia polaca, llamadoYosef. Pas todos los aos de la guerraen Polonia, sin salir jams de Polonia,viajando libremente por los pueblos ylos bosques y las montaas de Polonia,viviendo entre los nazis con un nombrefalso. Con el nombre de otro. De un talPeter Zsanowsky. Adopt la identidadpolaca y el nombre polaco de un leadorllamado Peter Zsanowsky, y as,enmascarado, camuflado, mintiendo,

  • logr salvarse. Ya en Guatemala, hastasu muerte, hasta en su lpida, siempre sellam Peter.

    El bisabuelo judo de un amigo, le dije aTamara intentando no mirar suspantorrillas redondas y suaves,consigui salir de Alemania con lospapeles de identidad que le quit a unsoldado alemn, a un soldado nazi deapellido Neuman. Sali disfrazado de unsoldado alemn de apellido Neuman.Sali disfrazado de uno de los soldadosalemanes que queran matarlo. Se hizopasar por otro y as se salv. Al llegar a

  • Argentina, decidi conservar el nombrede su verdugo y salvador. Neuman.

    La familia del escritor polaco JerzyKosinski, le dije a Tamara intentando nomirar el costado expuesto de su pecho,se salv de los nazis hacindose pasarpor una familia catlica. A finales del39, la familia, an de apellidoLewinkopf, huy de d, la ciudad demi abuelo. De hecho, la casa de losLewinkopf (en la calle Gdaska)quedaba a pocas cuadras de la casa demi abuelo (en la calle eromskiego), yno me es nada difcil imaginar al

  • pequeo Jerzy Kosinski, an llamadoJerzy Lewinkopf, jugando domin conmi abuelo, o jugando ftbol con miabuelo, o jugando escondite con miabuelo entre los rboles del parquePoniatowski. Los Lewinkopf finalmentellegaron a Dbrowa Rzeczycka, unpueblo campestre en el sur de Polonia.Adoptaron la identidad de una familiacatlica de apellido Kosinski.Alquilaron un apartamento. Colgaron del as paredes crucifijos y retratos de laVirgen; les dejaban las telaraas y elpolvo, le dije a Tamara, para que noparecieran nuevos o recin puestos. Elpequeo Jerzy acompaaba a su padre a

  • la iglesia todos los domingos. Recibacatequesis. Fue monaguillo. Hizo suprimera comunin. Tena cuidado denunca orinar en el campo frente a susamigos catlicos. Y as se salv,fingiendo ser parte de una familiacatlica, disfrazado de monaguillo,adoptando ya para siempre hasta sumuerte en una baera de Nueva York,cincuenta aos despus el apellidoKosinski.

    Mi abuelo polaco, mientras estaba presoen el Bloque Once de Auschwitz, le dijea Tamara intentando no mirar el lunar en

  • la curvatura baja de su espalda, conocia un prisionero judo a quien le decanKazik, y que era uno de los encargadosde retirar del Muro Negro la pila decuerpos recin fusilados. Gnadenschuss,me explic mi abuelo. Un solo tiro en lanuca. Le decan Kazik pero se llamabaKazimierz Piechowski, me cont miabuelo. Era un polaco, de Tczew, mecont mi abuelo. Era el de los tobillos,me cont mi abuelo: el encargado decargar o arrastrar todos los nuevoscadveres del Muro Negro, de uno enuno, de los tobillos, hacia el crematoriode Auschwitz. En junio del 42, junto conotros tres prisioneros, me cont mi

  • abuelo, Kazik se escap por la puertaprincipal de Auschwitz, vestido deUntersturmfhrer (subteniente) de lasSS. Con un uniforme robado, negro,ntido, que esconda su cuerpo yaesculido y tambin el nmero tatuadoen su antebrazo (918), Kazik se disfrazde Untersturmfhrer de las SS, grit enalemn las rdenes que gritara elUntersturmfhrer de las SS, los guardiasinmediatamente le abrieron el portnprincipal de Auschwitz (Arbeit MachtFrei), y disfrazado de su enemigo,fingiendo, mintiendo, logr liberarse.

  • Hace algunos aos, le dije a Tamaraintentando no mirar el leve montculorojo entre sus muslos que quizs era suvulva alzada y tibia, conoc a un viejojudo polaco que se salv de los nazisdisfrazado de nia catlica.Discreto, ajust un poco mi traje de

    bao.Me dijo que un da de invierno, ya

    vestido de nia, haba viajado con suspadres a un monasterio en medio de unbosque, en las afueras de Varsovia. Medijo que ese da nevaba en el bosque, yque el monasterio en la nieve, entretodos los rboles nevados, le pareciuna cosa mgica y azul. Me dijo que sus

  • padres lo entregaron a unas monjascatlicas del monasterio, junto con uncertificado falso de nacimiento y otrocertificado falso de bautismo, y sedespidieron de l. Me dijo que tenaentonces cinco aos. Me dijo quepasara el resto de la guerra en esemonasterio ubicado en las afueras deVarsovia, disfrazado de nia catlica,vestido y peinado y acicalado como unania catlica. Con trenzas doradas. Confalda y pollera. Viviendo durante aosentre nias y monjas catlicas. Hincadoy persignndose y rezando en latn, medijo, entre todas las nias catlicas.Me enderec un poco. Volv a ajustar

  • mi traje de bao.Durante los primeros das o las

    primeras semanas en el monasterio, medijo, haba mantenido su mano izquierdabien cerrada, hecha un pequeo puo.Me dijo que las monjas intentabanabrrsela, aflojrsela, pero que l slola empuaba ms fuerte, ms duro, comoalistndose para golpear a alguien. Medijo que coma as, que se baaba as,que rezaba as, que hasta dorma con sumano izquierda hecha un puo bajo laalmohada. Me dijo que justo antes dellegar al monasterio, su padre, hincadoen la nieve del bosque, haba tomado sumano izquierda y le haba escrito all, en

  • su palma, con tinta negra, su nombreverdadero. Su nombre de nio. Sunombre en hebreo. Su nombre judo.Para que no lo olvidara. Para que loguardara en secreto. Su padre, derodillas, lo haba nombrado con tintanegra entre las lneas de su palma, ensecreto, en medio de un bosque, en lasafueras de Varsovia. Mientras me lodeca, alz la mano y me mostr supalma, le dije a Tamara. Me pareci untestigo jurando lealtad, le dije. Tras daso semanas viviendo en el monasterio, ledije, su nombre verdadero se hababorrado.Tamara abri un poco la boca, acaso

  • para decirme o preguntarme algo, perono la dej.Recuerdo que la nica vez que le

    tembl la voz, le dije, fue cuando merecit, con tono benvolo y lleno deafecto, el nombre de cada una de lasmonjas. An se saba los nombres decada una de las quince o veinte monjasque lo cuidaron. Tambin recuerdo queme describi en detalle el interior deaquel monasterio en el bosque, le dije aTamara, pero no recuerdo nada de esadescripcin. Seguramente me describilos pasillos sin luz y los muros antiguosy los techos altos y cncavos delmonasterio. Seguramente me describi

  • todas las imgenes religiosas y catlicasdel monasterio, el eco permanente en lospasillos de los cnticos en latn. Pero nolo recuerdo. Slo recuerdo su mirada.Pues mientras estaba describindomelo,se mantuvo con la mirada hacia arriba,viendo hacia arriba. Una miradaenigmtica, y piadosa, y asustadiza.Como si an pudiera ver desde dentroaquel monasterio. O como si anestuviera dentro de aquel monasterio. Ocomo si nunca hubiese salido de aquelmonasterio en el bosque, le dije aTamara, aquel monasterio que loencerr durante aos y le salv la vida.Porque a travs de su mirada, le dije, de

  • esa mirada temerosa y casi infantil, pudeimaginarme lo que sinti viviendo all,encerrado, cautivo no slo de aquellosmuros antiguos y hmedos y oscuros,sino tambin de otra lengua, y de otrosrezos, y de otra vestimenta, y aun de otraidentidad. Y tambin pude imaginarmetodo lo dems. Imaginarme a sus padresdejndole crecer el cabello hasta formaresas trenzas doradas; a sus padresvistindolo con una falda color rosa ypequeos zapatos de nia; a sus padrespintndole un poco los labios y lasmejillas; a sus padres escribindole sunombre en la palma de la mano; a suspadres convencindolo en ydish de que

  • su nombre ya no sera se, escrito entinta negra en la palma de su mano, sinoTeresa o Natasza o Magdalena; a suspadres dicindole adis frente a laenorme puerta del monasterio en lanieve, quizs ambos cubiertos de nieve,quizs ambos sabiendo que ya jamsvolveran a verlo, quizs ambosllorando ante esa nia bonita y catlicay tan confundida.Hice una pausa, mientras rascaba con

    la ua de mi ndice unas minsculaslajas de sal.Por supuesto que l perdi a sus

    padres, continu, y perdi su infancia, yperdi su inocencia, y perdi su nombre,

  • y perdi su religin y su pas y hasta suhombra, pero se salv, disfrazado denia catlica durante aos en unmonasterio en el bosque. Neg sujudasmo y neg su hombra, y as sesalv, le dije a Tamara. O quin sabe, ledije, quizs su judasmo y su hombra lefueron arrebatados, y as se salv.Slo se oa el raspar insistente de mi

    ua en la sal.Y es que es as, no?, le dije a Tamara,

    que me miraba severa, casi triste. Cadapersona decide cmo quiere salvarse, ledije. Si con una doctrinafundamentalista, o con una serie defbulas y alegoras, o con un libro de

  • reglas y normas y prohibiciones, o conu n disfraz de leador polaco o desoldado alemn o de nia catlica o dej ud o ortodoxo, o con una mentiracobarde y soada en un avin. Con loque sea, con lo que ms nos hagasentido, con lo que menos nos duela.Tamara me miraba ms triste que nunca.Aunque la verdad es que son mentiras,le dije. Y todos nos creemos nuestrapropia mentira, le dije. Y todos nosaferramos al nombre que ms nosconvenga, le dije. Y todos actuamos laparte de nuestro mejor disfraz, le dije.Pero ninguno importa, le dije. Al finalnadie se salva.

  • Se lo haba dicho como una especie depunto y aparte, o como si supiera de questaba hablando, o como si en realidadlo creyera.Permanec callado, viendo hacia la

    nada. Me senta vaco. Pero vaco depalabras. Vaco de emociones. Vaco decolor. Vaco de todo aquello que nosllena o que suponemos nos llena.De pronto percib un leve dolor en la

    mano izquierda. No me haba dadocuenta de que haca rato la tena cerrada,bien apretada, empuada con demasiadafuerza. Pero pese al dolor, an no queradesempuarla. Quizs por mantener lapose de valentn. Quizs por miedo de

  • que al abrirla encontrase all escritoentre las lneas de mi palma con tintanegra mi otro nombre, mi nombrehebreo: Nissim. A los ocho das dehaber nacido, segn dicta la tradicinjuda, y como Eduardo no era un nombrehebreo, mi padre, en hebreo, me nombrNissim. O milagros. Mi nombre hebreo,Nissim, quiere decir milagros. Peromirando mi puo apretado se me ocurrique ese nombre, mi otro nombre, minombre judo, el nombre que mi padrealgn da escribi con tinta negra sobremi pequea palma de recin nacido, conel tiempo tambin se haba borrado.Tamara alz una mano y la estir hacia

  • m, acaso slo estirndola, acasobuscando mi puo, acaso pidiendo uncigarro ya inexistente, y la dej caersobre mi muslo. Y all se qued sumano. Tibia, suave, inerte, dedos haciaarriba. Como si fuese un objetocualquiera o como si no fuese una manosuya sino de alguien ms. Una manoajena. Una mano de otra. Una manofrgil y seca y ardiente y toda manchadade sal.Y t te salvas? No entend su

    pregunta. De pronto su voz me sondistante, ronca, aterciopelada. Que si tte salvas, en el avin, de los terroristasrabes? Baj la mirada, buscando algo.

  • Te salvas, al final de tu sueo? Busqusu espalda, sus hombros pecosos, suscaderas anchas, su culo redondo yblanco y casi desnudo y rociado de finosvellos transparentes. La mano seguainmvil sobre mi muslo. Lejos, lasmontaas de Jordania seguan grises yquietas.

  • ColofnLa cura para todo es agua salada:

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  • Nota biogrfica

    Eduardo Halfon naci en 1971 en laciudad de Guatemala. Ha publicadoEsto no es una pipa, Saturno (2003),De cabo roto (2003), El ngel literario(2004), Siete minutos de desasosiego( 2007) , Clases de hebreo (2008),Clases de dibujo (2009), El boxeadorpolaco (2008), La pirueta (2010),Maana nunca lo hablamos (2011) yElocuencias de un tartamudo (2012).Algunas de sus obras han sidotraducidas al ingls, francs, alemn,

  • italiano, serbio, portugus y holands.En 2007 fue nombrado uno de los 39mejores jvenes escritoreslatinoamericanos por el Hay Festival deBogot. En 2011 recibi la becaGuggenheim.

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