El Puro Cuento 10

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    09-Mar-2016

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Cuento rabe

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  • Felipe Reyes MirandaAL FINAL, SLO EL ABISMO

    Soy la Luna. La encantada, la difusa. La que se pierde y apa-rece en los eternos crculos de la vida. La que muere, la que resucita. Soy la luz que envuel-ve a la noche, la que alza los mares hasta tocar las estrellas. Soy la inalcanzable, la que se va, la eternamente presente.

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    Maite Villalobos

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    Donde nace el agua

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    Entre los enigmas que otan en Donde nace el agua, Maite Villalobos hace entrecruzamientos de la realidad y un mundo habitado por fantasmas. Los espacios que la poeta canta son la intimidad del hogar y el medio inmediato; los personajes que logra construir son fuertes, pero el que encierra las emociones es el pueblo; al mismo tiempo que se oyen c ros tambin se escuchan murmullos y maledicencias, silencio, sabidura ancestral, una naturaleza no siempre idlica. La muerte que en-vuelve al pueblo de este libro y que lo llena de espectros tiene un toque festivo, pues cada acto lleva consigo el despertar de lo sensual. ste no es un poemario en blanco y negro; por el contrario, es colorido, tiene los tonos del cempaschil y la cochinilla y podemos rastrear su belleza con el ol-fato y beber pulque y aguamiel mientras recorre-mos sus calles de piedra. Hay un imaginario que toma de lo mexicano su inspiracin, pero que lo transforma en algo ms, en interioridad, en voces secretas que revelan verdades. La autora realiza una catbasis, el yo potico es testigo y parte del entramado social del pueblo; observa, se involu-cra y canta una cancin depurada que conjura el pasado.

    Mara Cruz

    www.elpurocuento.com

    nm. 10 50 pesos

    AHMAD MOUALLAMOHANNAD ORABI

    Pjaros en el alambreLas matrioshkas de Rimsky-Korsakov

    contemporneorabeCuento

    NAGHIB MAHFUZZAKARIYA TAMERIBRAHIM SAMUELGASSAN KANAFANIMUHAMMAD SHUKRIJABBAR YASSIN HUSSINYABRA IBRAHIM YABRAMOHAMMED HASSAN ALWANFAZA GUNEWAJDI AL AHDALOSAMA ESBEREl

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    CinescrituraWashington Irving y Florin Rey:

    Cuentos de la Alhambra

    1. Nadie puede pretender que los cuentos slo de-ban escribirse luego de conocer sus leyes, porque no hay tales leyes; a lo sumo, cabe hablar de pun-tos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese gnero tan poco encasillable.

    2. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me deca que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe

    ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos

    en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entien-da esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco e caces cuando, en realidad, estn minando ya las resistencias ms slidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que pre eran, y analicen su primera pgina. Me sorprendera que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulati-vamente, que no tiene por aliado al tiempo; su nico recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que as expresado parece una metfora, expresa sin embargo lo esencial del mtodo. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como conde-nados, sometidos a una alta presin espiritual y formal.

    3. Un cuento es signi cativo cuando quiebra sus propios lmites con esa explosin de energa espiritual que ilumina bruscamen-te algo que va mucho ms all de la pequea y a veces miserable ancdota que cuenta. La idea de signi cacin no puede tener sen-tido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensin, que ya no se re eren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la tcnica empleada para desarrollar el tema.

    Julio Cortzar

    1. Nadie puede pretender que los cuentos slo de-ban escribirse luego de conocer sus leyes, porque no hay tales leyes; a lo sumo, cabe hablar de pun-tos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese gnero tan poco encasillable.

    2me deca que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe

    ganar por que la novela acumula progresivamente sus efectos

    en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entien-

    La novela gana siempre por puntos;el cuento, por k.o.

    Hermenutica y recepcin de la obra de arte literaria

    Gloria VergaraAda Aurora Snchezcoordinadoras

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    La interseccin texto-lector, o para decirlo en trmi-nos de Hans Robert Jauss, la fusin de horizontes que se presenta entre el texto y el lector a partir de una lectura con intenciones estticas, acontece como una revelacin en que ambas instancias han podido decirse algo. El texto habla cuando el lector distingue sus sea-les, sus indicios, su estructura preorientadora, y atien-de su llamado. El texto apela a un otro, pero en actitud comprometida, consciente de que en toda lectura se re-construyen constantemente los horizontes desde donde se parte y hasta donde se llega. En este encuentro de voces, de miradas tericas, se compilan seis trabajos que re exionan, en general, so-bre la naturaleza de la obra de arte literaria, sus modos de aprehensin, recepcin e interpretacin, as como de la experiencia esttica del lector. En todos ellos se percibe la con rmacin de una tesis que la teora de la recep-cin y la neohermenutica han defendido: la obra de arte literaria es ms que el texto y emerge en razn (y gracias a) quien la recibe.

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  • Cuentos rabes11

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    10Mxico, df, 2011

    ndice

    Las es y sus puntosIntroduccin a la historia del cuento en la literatura rabe: de los orgenes a la actualidadAntonio Martnez Castro

    ndice2

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    Un clavel para el cansado asfaltoZakariya Tamer

    Un largo inviernoIbrahim Samuel

    Si fueses un caballoGassan Kanafani

    No siempre los nios son tontosMuhammad Shukri

    LeyendaJabbar Yassin Hussin

    El barcoYabra Ibrahim Yabra

    Haneef de GlasgowMohammed Hassan Alwan

    MimounaFaza Gune

    Crimen en la calle de los restaurantesWajdi al Ahdal

    He venido para indicarte el caminoOsama Esber

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    Cuente

    Mohannad Orabi

    Ahmad Moualla

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  • Cinescritura100

    La cuartaJulio Cortzar

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    El diez

    Colaboradores

    112

    Editorial Praxis, Vrtiz 185-000, col. Docto-res, del. Cuauhtmoc, c.p. 06720, Mxico, dfVentas: 57 61 94 13

    Colaboraciones: elpurocuento@editorialpraxis.com

    Todos los derechos de reproduccin de los textos aqu publicados es-tn reservados. Reserva de derechos para el uso exclusivo del nombre: 04-2006-100514362500-102.

    DISeOCarlos Adampol

    Galindo

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    Esta revista no cuenta con apoyo de instituciones extranjeras o nacionales, de estado o privadas. Es una publicacin libre que se hace con el trabajo independiente de quienes aparecen en el directorio y gracias a las colaboraciones de los generosos autores. No se establece correspondencia sobre textos no solicitados.

    CONSEJO DE REDACCINDaniela Camacho, Carlos Adampol Galindo,

    Javier Muoz Njera

    DIRECTORC a r l o s L p e z

    97

    Washington Irving y Florin Rey: Cuentos de la AlhambraEstrella Asse

    Las matrioshkas de Rimsky-KorsakovRebeca Mata Sandoval

    PimientaNaghib Mahfuz

    Pjaros en el alambre107

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    Introduccin a la historia del cuento en la literatura rabe: de los orgenes a la actualidad

    Antonio Martnez Castro

    Si bien se han hallado cuentos en manuscritos y tabli-llas de culturas semticas tan antiguas como la babi-lnica, asiria, caldea e incluso la faranica, no puede hablarse de cuento rabe hasta que dicha lengua se esta-bleci en la forma actual con el advenimiento del islam. Muchos estudiosos sostienen que el profeta Mahoma fue el primer narrador de cuentos, de manera que leer algunas azoras del Corn bastara para encontrar bellos cuentos como el de Jos (xii), o el de La caverna (xviii) por mencionar slo un par que tenan un fin religioso y moralizante, y versaban sobre pueblos an-tiguos, profetas y enviados.

    Salvedad hecha de la poca preislmica, en cuanto se fija la gra-mtica y escritura rabes, y se consolida el califato como rgimen poltico, arranca la historia de la literatura rabe cuyas pocas de-nominaremos de acuerdo con el devenir, esplendores y desmorona-mientos de esa civilizacin. Vamos a recorrerla de forma sucinta a travs del cuento hasta llegar a la literatura rabe moderna a la que pertenecen el elenco de autores presentados y traducidos para este nmero de la revista El Puro Cuento. Huelga decir que la divisin

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    presentada es cuestionable, y no es en absoluto nica, pero es conveniente para sintetizar catorce siglos de literatura rabe.

    Antes de comenzar el viaje temporal, se hace preciso distin-guir la va por la que se transmi-ten los cuentos y el registro de lengua en los que se narran. As, los cuentos (hikaya) son orales y mayormente en dialecto, mien-tras que el cuento literario (qis-sa) viene escrito y en rabe culto. La tradicin oral en la cultura rabe, con sus caractersticas de rima, actuacin e interaccin con el pblico, ha conocido una extraordinaria amplitud en la cultura ra-be popular y desde tiem-pos remotos hasta poca muy recien-te los cuen-t a c u e n t o s itinerantes, con su caja m g i c a , describan las hazaas p i c a s d e A n t a r a y Ab Z a i d a l - H i l a l . Ms recien-temente, la

    radio, y en menor medida la televisin, han contribuido a desarrollar esta tradicin y sus variantes de las que no nos va-mos a ocupar por ser orales y en dialecto, pero que ameritan ser mencionadas.

    El cuento literario (qissa) parte del Corn, como se ha dicho, y atraviesa todas las po-cas. Destacan durante el califato Omeya (680-756 d.C.) el Libro de las canciones de Abu al-Faray al-Isfahani que versa sobre las canciones y melodas que se cantaban y bailaban en un am-biente de lujo, vino y deleite ante los califas y recuerda los ricos

    o b s e q u i o s que por ellas obtenan los cuentistas . T a m b i n son de esta p o c a l o s cuentos de M a y n n y Laila, de Yamil y Bu-zaina, don-de se ensalza la castidad y nobleza del amor Udr de los bedui-nos. La lite-ratura abas

    Ilustracin del manuscrito de Badr al-Din Lu,lu,, un gobernante de Mosul del siglo xiii, del Kitb al-Aghn (Libro de las canciones) de Abu al-Faray al-Isfahani, libera de Feyzullah, Istanbul.

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    (756-1250 d.C.) se caracteriz por una apertura a otros pueblos (shuubiyya) donde el poder rabe, hasta entonces predomi-nante, se resquebraj y se mezcl con las influencias de persas y turcos. De esta larga poca cabe destacar Las mil y una noches, Calila y Dimna, escritos por autores de origen persa, y El libro de los avaros, de al-Yahiz, que nos informa sobre la socie-dad abas, muy especialmente en Basora y en el Jorasn. Otro tipo de cuento de esta poca son las maqamat, especialmente las de al-Hamadani y las de Hariri, que son cuentos cmicos, dialo-gados, medio en prosa, medio en verso, y de gran complejidad lin-gstica cuyo hroe es siempre el

    mismo y con ardides sale bien parado de los trances que se le plantean.

    La tercera y ltima poca, antes de abordar la literatura moderna, es la de la Decadencia (1250-1797 d.C.), que, como su propio nombre lo indica, se caracteriza por una extrema me-diocridad en la creacin artstica y en la intelectual que hacen que no haya autores notables ni obras reseables. Sin nimo de enumerar las variantes de la cuentstica rabe clsica a travs de esta rpida enumeracin, se hace palmario que esta pro-duccin no puede clasificarse en sentido estricto conforme a lo que hoy se denomina cuen-to (short story) puesto que se limita a descripciones externas, es hermtica y responde a arque-tipos y modelos.

    En los ltimos doscientos aos la literatura rabe moderna se define por su relacin con Oc-cidente. La conquista de Egipto por Napolen, y la consiguiente llegada con l de la imprenta, la prensa y el pensamiento cien-tfico, determin el punto de partida y desde entonces hasta hoy dicha historia puede divi-dirse en cuatro grandes etapas: Comienzo del Resurgir o el Des-pertar (1797-1876), el Renacer

    al-Yahiz (Basora, 776-868)

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    (1876-1948), las Corrientes Revolucionarias (1949-1967) y la Literatura del Desastre, que ocupa el periodo que va de la Guerra de junio de 1967, o Guerra de los Seis Das, entre rabes e israeles hasta el da de hoy. La totalidad de los autores de esta antologa pertenecen a los dos ltimas etapas.

    El comienzo del resurgir (1797-1876) va estrechamente ligado al regreso de estudiantes enviados en misiones cientfi-cas a Francia. Su repercusin fue modesta, pero plantaron la semilla que permitira la madu-racin posterior de nuevos gne-ros literarios en la cultura rabe como lo fueron el teatro, la no-vela y el cuen-to. Su principal motor fue la traduccin, los autores cono-can una lengua europea, prin-cipalmente el francs y el in-gls (se traduje-ron Los cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, o El l-timo abencerraje

    de Chateaubriand); sin embar-go, no puede hablarse todava del cuento rabe.

    Ms tarde, la segunda poca o el Despertar (1876-1948) estuvo igualmente marcada por el contacto con Occidente, pero los mviles fueron la emigra-cin a Amrica del Norte y Sur de muchos rabes de Oriente Medio, debido a la miseria que comport el agnico desplome del Imperio Otomano, as como la colonizacin de gran parte del Mundo rabe y la implantacin de universidades europeas y es-tadunidenses en Beirut y en el Cairo. En esta poca se produjo

    Grabado de una edicin rabe de Calila y Dimna. Biblioteca Nacional, Pars

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    un verdadero trasvase de formas artsticas y descubrimientos, y los primeros narradores de cuen-tos que aparecieron en los albo-res del siglo xx copiaban obras occidentales slo que ambienta-das con personajes y hechos del mundo rabe. Los cuentos eran costumbristas y melanclicos, y evolucionaron para tratar los cambios de las costumbres y cmo los personajes se adaptan y reaccionan ante esto: campo-ciudad, riqueza-pobreza, etc-tera. Los autores de esta poca fueron los verdaderos pioneros

    del cuento y las tertulias y aso-ciaciones literarias; tambin las primeras revistas contribuyeron eficazmente a su nacimiento. De esta poca son los hermanos Taymur, Mohamad y Mahmud, Yahya Haqqi, considerados los padres del cuento rabe, Salim al-Bustani y Jalil Yubrn Jalil.

    Los egipcios, y los sirio-liba-neses en menor medida, fueron los portadores del estandarte en los inicios. Sin embargo, en la tercera poca, o la de las Corrientes Revolucionarias (1948-1967), aunque con ms fuerza en el Masherq, se diver-sifican las nacionalidades de

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    los narradores de cuentos, y en literatura moderna ya se puede hablar del Magreb y del Golfo Prsico. La independencia llega a la totalidad de los pases y se pasa del costumbrismo a un rea-lismo ms comprometido que cuestiona la realidad y se tiene fe en el papel de la literatura como motor de cambio social. El tema principal es el tiempo, el destino, su fuerza. El tiempo tiene un inmenso poder cam-biante, poco preciso. Qu es lo que pueden hacer los hombres en relacin con el tiempo? Qu libertad tiene el hombre? En los aos sesenta se definen las caractersticas de un gnero especfico; insistencia en una corta extensin y un breve espacio de tiempo, detalles profundos; se desarrolla el anlisis psicolgico de un reducido nmero de perso-najes y los finales se dejan a la imaginacin interpretativa del lector. De esta poca es parte de la produccin cuen-tstica de Yusuf Idriss, Zakaria Tamer, Edwart Jarrat, Naghib Mahfouz, Gassan Kanafani, Yabra Ibrahim Yabra.

    Hasta este momento la literatura estuvo marcada por la lucha por la independen-c i a ; d e s p u s , p o r e l

    optimismo y la esperanza fruto de las revoluciones. Pero las re-voluciones se convirtieron, tras la derrota del 67, en regmenes totalitarios de mano frrea que suprimieron derechos y liberta-des, y cuyos continuos fracasos crearon desgarramientos e in-certidumbre. La literatura de esta ltima poca, o poca del Desastre, se cre al margen de las instituciones y consolid el cuento y el cuento corto: se fragment la estructura que consolidaron los realistas; las recias descripciones dejaron de reflejar un escenario claro que el hroe con sus buenas acciones

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    lograba cambiar y pasaron a ser descripciones parciales de ele-mentos desconexos que expresa-ban mejor el mundo interior desmembrado que haba perdido su integridad frente al rgido mun-do exterior; el tiempo y el lugar pasaron de ser unitarios a entre-mezclares y confundirse; apareci el antihroe derrotado cuya carac-terstica ms sobresaliente era el profundo sentimiento de fracaso. Se trata de una generacin que ha

    visto sus sueos frustrarse y que se precipita hacia la individualidad. A esta poca pertenecen el resto de los narradores de cuentos de esta antologa (Muhammad Chukri, Jabbar Yassin Hussin, Hanan al-Shaykh, Faiza Guene, Moham-mad Hassan Alwan, Najwa Binshatwan, Wajdi al-Ahdal, Osama Esber, Ibrahim Samuel); dentro de este marco comn, cada escritor tiene voz propia y un estilo particular.

    Despus de que has soltado la palabra, sta te domina. Pero mientras no la has

    soltado, eres su dominador.Proverbio rabe

    Cal

    gra

    fo F

    arou

    k H

    adda

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    Un clavel para el cansado asfalto*

    Zakariya Tamer

    La adolescente estaba echada en su cama; aburri-miento frente al da todava joven; escuchaba ojos entornados la cancin que vena de la ra-dio de los vecinos: en aquel momento, una voz femenina cantaba, su voz era una ciudad verde hacia la que viajaba un dulce sol, un cielo bien azul, y pjaros en busca de una eterna primavera, mientras campanadas apacibles recorran la llanura em-papada de tristeza. La voz agudizaba sus timbres melosos y tiernos, y la msica flotaba sobre la voz, como aves inquietas de color ceni-za que sobrevuelan una campia dorada.

    La cancin produca en el alma de la adolescente un gozo ful-gurante, desacostumbrado, que ocultaba, en el fondo, la pena de negros capullos a punto de reventar.

    Su cuerpo, abandonado sobre la colcha, haba alcanzado su sazn, lo mismo que la ha alcanzado un vino aejo olvidado del da en que

    * Traduccin de Mara Jess Viguera

    Siri

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    tonaci. Su carne, hasta entonces, no haba sentido al hombre; ahora era un mar de olas dormi-das al sol que rompe a llorar mansamente: echa en falta el crujir de las barcas y el rtmico batir de los remos obedientes a marineros sin rostro cuerpo de recio y hmedo vello que huelen a mar.

    De improviso, la cara de su madre aparece en su imagina-cin, y le parece estar oyndola repetir como de costumbre:

    Los hombres corren dciles tras la mujer en cuanto la aper-ciben; pero, en cuanto se han satisfecho, corren para alejarse de ella.

    La adolescente recuerda lo que le cont en cierta ocasin la vecina vieja acerca de aquella mujer raptada por siete hom-bres, de los que no pudo escapar hasta pasadas muchas nochesLa mirada perdida, inexcrutable, de la vieja al contarlo, le hacen sentir sospechar que aquella mujer fue la misma vieja vecina en los das de su juventud.

    La adolescente repite sin voz:Siete hombres y slo una

    mujer; siete hombresLos siente, a su alrededor, en

    la habitacin; con manos vidas palpan su cuerpo, jadean, ex-halan como un vaho de animal

    sudoroso y empapado por una llovizna de primavera.

    Uno de los siete dice:Desnuda estar todava

    ms hermosa! Y los dedos se precipitan

    sobre sus ropas y las desgarran.No siente ninguna vergen-

    za; una ola de ternura la invade; se confirma a s misma:

    Ya estoy desnuda, y los siete alrededor de mi cama

    El primero de todos dice: Su rostro es un arrullo de

    paloma. Es ms hermosa que mi madre.

    Y el segundo:Qu belleza!... En mi vida

    me he acercado a una mujer. Y el tercero:Su carne tierna, morena,

    clidaY el cuarto:Ay! Qu dejadez!... La

    suavidad de sus senos me hace desmayar.

    Y el quinto:Su boca es un clavel

    estremecido.Y el sexto:Morir si no soy como

    la lluvia que cae en el bosque esparciendo sus aromas.

    Ay, diosa ma! es la splica desesperada del sptimo.

    La adolescente temblorosa:Oh, oh!

  • 13el puro cuento

    Desde fuera de la habitacin, su madre la llama a toda prisa; los siete hombres se esfuman en cuanto la chica abre los ojos. Se dice:

    Qu felicidad si mi madre hubiera muerto!

    En aquel mismo momento, un sol brillante se clava en el camino por el que, penosamen-te, unos hombres cabizbajos marchan tras un atad que hace poco era un rbol a cuya sombra los pjaros cansados gustaban acogerse, y ahora ha sido transformado en una gran caja de madera para guardar un cuerpo, fro y amarillento, que ayer, no ms, fue un hombre con hogar y futuro, proyectos y realizaciones.

    Me canso.Falta mucho para el

    cementerio?Qu hacemos despus del

    entierro?Tengo hambre; nos iremos

    a comer algo.El sepulturero lo tena ya

    todo preparado en el cemente-rio, y esperaba de pie, esbozando una sonrisa atravesada, enmasca-rada tras una expresin compun-gida, que se iba haciendo ms y ms sombra a medida que se acercaba el cortejo fnebre.

    La caja fue dejada en tierra, junto a una fosa profunda. Se abri la caja; el cuerpo unas manos corrieron a cogerlo iba envuelto en una sbana anudada en los extremos de los pies y la cabeza. Una mujer rompi en lamentos. Un hom-bre llor en silencio. Vete lejos, alegra! Nios, cierren los ojos! Dnde ests, muerte?; cuando me encuentre contigo, en ese instante fugitivo Mil veces te he de hundir mi cuchillo en el cuello! La noche de la fosa traga al cadver. Una gran piedra tapa la boca del hoyo; al colocarla, se levantan remolinos de polvo. En cuestin de segundos la gente se dispersa, el cementerio queda vaco, nadie, solo un cuervo que grazna en la punta de un rbol, pero enseguida se lanza al espacio azul y lo bate con sus alas negras.

    Dos jvenes, al llegar afuera, se paran, cerca todava de las ta-pias del cementerio. Uno, largo y chupado como un rbol seco, comenta:

    La visin del cadver me ha puesto mal el cuerpo.

    A m tambin, como si hubiese sido el mo propio el que enterraban dice el otro, re-choncho, bajo, ojos escondidos tras unos cristales oscuros; si

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    tobien la muerte es un asilo lleno de descanso para los viejos.

    Tambin nosotros nos haremos viejos; no siempre se es joven.

    A qu viene eso? Ay, odio el da, la luz, el

    alboroto, las voces, el calor del sol, el gento; todo esto me recuerda constantemente a la muerte! Lo presiento: un da, no muy lejano, entregar mi cabeza al as-falto para que sea aplastada por las veloces ruedas de un auto-mvil, y quiz, mientras oigo cmo cruje mi crneo, est yo diciendo: Ciudad ma, toma mi sangre: un clavel carmes para tu pecho cansado!.

    El gordo se re: Hablas como un loco.Todos estamos locos!

    Dostoievski fue un demente! Sartre era un neurastnico que no soporta el sol! Rimbaud, un nio sin educar! Tchaikovsky, una rana melanclica! Lorca, un ruiseor negro! Kafka, un grillo de piedra! James Mason, un tambor!

    Todos somos tambores reventados que se han quedado incluso sin resonancia, peroA qu conduce estar parados bajo este sol? Vamos a seguir andando!

    Una niita, apoyada tras la reja de una ventana que da al camino por donde van, les son-re; tararea la nia una cancin ingenua y alegre:

    Mam, cundo llegars? Vienes muy tarde, mam.Del alminar de una vieja

    mezquita sale una voz bien timbrada:

    Dios es grande! Dios es grande!...

    El flaco dice a su compaero: Entremos a rezar.Rezar ? Para qu ?...,

    incluso Dios ha renegado de nosotros.

    Un viejo que atraviesa la calle renqueando, murmura:

    De qu me aprovechar todo el oro del mundo cuando me haya muerto?

    En el cine, un muchacho se llena de audacia y, turbadsimo, toma contacto con el brazo de la chica que ocupa la localidad vecina.

    Un obrero el cansancio se le pinta en la cara bosteza y dice para sus adentros, mien-tras mastica el gran bocado que acaba de pegar:

    Todos los das me rompo por ti la frente, mendrugo, sobra del rico.

    Sobre el suelo de una an-gosta calle se ha desplomado

  • 15el puro cuento

    un joven; sus mechones rubios acarician suavemente su plida frente; con las manos crispadas intenta contener la sangre que se le escapa por dos heridas, profundas y prximas, que tiene en el pecho

    Me muero Por qu tuve que meterme con su hermana?

    Rpidamente se forma a su alrededor un crculo de cuerpos que se apretujan; un crculo de caras, bocas y ojos dilatados al mximo

    Quin lo ha herido?No sabemos.Vi correr a un hombre

    alto, como huyendo.Se est desangrando a

    chorros. Hay que avisar a la polica

    y a una ambulancia. Una mujer de cuerpo abul-

    tado se para, llena de espanto, a mirar al joven rubio que gime y se retuerce. Un chico en la pri-mavera de la vida aprovecha la confusin para colocarse detrs de la mujer y ceir su cuerpo al de ella. La mujer se ha quedado petrificada unos segundos, pero enseguida se aleja de all, brusca-mente, a buen paso Record su misin: en la oscuridad del seno materno, un nio indefen-so aguarda el momento en que ella lo coja entre sus brazos, el

    momento de abrirse a la luz del mundo y convertirse en un ser con nombre y padre, hermanos y casa, barrio y ciudad, y una cama pequea en la que ir creciendo ao tras ao.

    Un camarero grita tan fuerte que su voz se oye por encima de todas las del Gran Caf:

    Uno solo!Camarero! Un vaso de

    agua fra! Tus fichas son las ne-gras! A ti te toca! Voy a ganar! Yo le dije: Qu vas a perder por darme un beso?, y ella va y me contesta con aire ingenuo: Y t qu vas a perder si yo no te lo doy?. El coche est averiado Total, que el burro sigue siendo el amo. Abajo mi padre! Viva la mujer del vecino! Maldi-cin, todos hemos de morir!

    Un hombre de rostro tacitur-no aparece en la entrada del caf; se sienta en una de las mesas y, mientras echa las bocanadas de humo de su cigarrillo, se dice: Qu sentido tiene seguir vi-viendo? Me voy a suicidar; me ha abandonado para prostituir-se. Estoy triste. Ella, que amaba a los nios de sonrisa inocente, me ha dejado y se ha hecho una prostituta. Qu hermosa era! Mi almohada adoraba su pelo. Y su boca un jardn de cerezas maduras produca

  • 16el

    pur

    o cu

    ento

    constantemente en mi sangre el cosquilleo del viejo sol. Sus ojos, dos sumisas palomas de alas rotas. Cada vez que se tumbaba en el patio de mi casa, debajo del limonero, susurraba con voz trmula:

    El escritor entrecruza una historia con sus propias dudas, preguntas y los

    valores. Eso es arte.Naguib Mahfouz

    Tengo miedo.Y yo le contestaba con ardor:No me tortures, que llora-

    r como un nio que acaba de encontrar ahorcada a su madre.

    Mi amada entonces sonrea satisfecha

  • 17el puro cuento

    Un largo invierno*

    Ibrahim Samuel

    El hombre se apart sbitamente del regazo de su es-posa como si se estuviera alejando de una apestada, y apenas si lo hubo hecho la mujer grit, sintiendo escalofros y con el corazn dislocado: pareca que la piel de una vbora le hubiera rodeado el cuerpo desnudo bajo el edredn:

    Ya estn aqu!Tambin l se estremeci y al instante se sentaron en la cama: l,

    enseando el fuerte torso donde resplandecientes gotitas de sudor brillaban sobre el vello; ella, mostrando lo senos temblorosos enci-ma del volcn de su corazn. Casi sin atreverse a respirar miraron, expectantes y temerosos, hacia la puerta. No se oa nada, nada en absoluto, slo un silencio amenazador, acechante, impenetrable, slo roto por el latido de sus corazones; adems, el aliento entrecortado de ambos no haca sino aumentar la alerta y el pavor.

    Permanecieron sin aliento durante unos pocos segundos que les parecieron horas. Despus l le lanz una mirada inquisitiva y la mujer se la devolvi, confusa y turbada. Finalmente el hombre movi la cabeza sin hablar y ella respondi encogindose de hombros, lo cual increment la perplejidad de su marido; ella, por su parte, no dejaba de observarlo fijamente con un miedo difuso. Entonces l musit, intentando dominar su creciente temor:

    Qu te ha pasado?Ella contest con una voz que pareca venir de debajo del

    cobertor:

    * Traduccin de Mara Dolores Jimnez

    Siri

    a

  • 18

    el p

    uro

    cuen

    toNo has odo nada?Hurg en su memoria, pero

    no hall ningn sonido o movi-miento extrao, quiz porque en ese momento estaba sumergido en los brazos de su esposa como si estuviera buceando en las profundidades del mar, o acaso por sus insistentes y rtmicos jadeos; o a lo mejor oy algo pero no le prest atencin, o le prest atencin pero no le dio importancia porque no lleg a imaginar lo que ella, sin duda, s haba hecho.

    l cogi su mano bajo la manta y sinti su temblor. Movi-do por una vaga inquietud que le empezaba a aparecer, le susurr:

    No y t? La mujer baj la voz como

    quien le cuenta un secreto a un grupito de gente:

    Pues el sonido de un coche al principio de la calle

    Entonces el hombre recorri mentalmente la calle Pero si haba llegado la hora conveni-da! Ni siquiera haba entrado por la puerta: haba estado dan-do paseos arriba y abajo a pesar del fro y de la persistente lluvia, con lo que comprob que las puertas y ventanas de los vecinos estaban cerradas, a oscuras y en silencio. Luego record que en el jardn colindante a su casa no

    haba ms que perros callejeros, de manera que haba hecho caso de las advertencias de los camaradas: Quizs la entrada principal est vigilada, as que ser mejor que te vayas hacia la parte trasera, sbete a la morera y culate por ah. Y eso fue lo que haba hecho! Es ms, cuando estaba medio subido al rbol, ech una larga y escrutadora mirada alrededor y como quiera que no viera a nadie, rpida-mente salt al patio de la casa. Al caer, lo pies golpearon con fuerza en el pavimento, as que se qued en cuclillas pegado al suelo y escuchando furtivamente cualquier sonido o carraspeo que revelara que los vecinos se haban percatado de sus idas y venidas.

    Haba pensado en tirar algu-na piedrecilla a la ventana de la habitacin, pero no lo hizo por-que la puerta ya estaba entorna-da segn lo acordado. Cuando ya se haba deslizado al interior reprimi el deseo de despertar a sus hijos. La verdad es que mora de ganas por hacerlo, y aquellas respiraciones superpuestas en la habitacin no paraban de atormentarlo, pero refren el impulso con resolucin, temien-do que la alegra, la agitacin y gritos de los nios desvelaran a los vecinos. Se limit a colmar

  • 19el puro cuento

    de suaves besos las cabecitas dormidas, y a abrazarlos con la mirada durante unos minutos; entonces, despus de estrechar contra l a su mujer en completo silencio, se marcharon juntosAs pues, cmo se haban ente-rado de que estaba all? Cmo lo saban? Cmo?

    Apartando de s la obsesin que lo haba perseguido desde el momento en que pens verla, le pregunt:

    Ests segura?Por supuesto que lo he

    odo, era algo as como puertas de coches cerrndose al princi-pio de la calle.

    Chissst!l le apret con fuerza los

    dedos e intent destaparse, pero sinti que las piernas estaban paralizadas, como si las tuviera adheridas y sumergidas en el tierno calor que flua alrede-dor de sus cuerpos, fundidas en el ardor del cosmos, que se cobijaba en la cama de ambos, miembros que profundamente horadaban la jugosidad del cuerpo de la mujer, refugiado a su vez en el suyo como si aquella fuera la primera vez

    Dijo intentando aplazar lo inaplazable:

    Tal vez fuera la lluvia o el gorgoteo del agua en el canaln

    Hasn, algo me dice que son ellos, escucha, escucha ahora.

    Ella volvi la cabeza hacia la puerta y el hombre contuvo la respiracin tratando de percibir algo. Entonces oy lo que pare-ca un ruido lejano, el sonido de unos pasos imprecisos e irre-gulares. Salt de la cama y ella lo sigui. El marido le susurr:

    No enciendas la luz. Ven, aydame a encontrar la ropa, y no abras si llaman a la puerta

    Se puso a rebuscar nerviosa y torpemente la ropa, y de igual manera los pensamientos em-pezaron a darse trompicones en su cabeza: Joder! Pero qu necesidad tena yo de venir? La secreta nunca me ha podido echar el guante y ahora, as, con toda facilidad, yo solito voy y me entrego Cmo he podi-do meter la pata de semejante forma? Cmo no pens que ellos? Bueno, a lo hecho, pecho! No, no, esto no es una metedura de pata, ni una estu-pidez! Y si no, a ver, qu sera ms correcto, quedarme lejos de mi mujer, escondido como las ratas? Ao y medio me iba a estallar el alma! O el corazn se me secara escondido de la po-lica, s, pero tambin de ella y de mis hijos. Las ideas le bullan

  • 20

    el p

    uro

    cuen

    toc a d a v e z c o n ms intensidad, en consonancia con los agitados y presurosos mo-vim ientos que haca mientras se vesta: Por otro lado por qu hemos pensado precisamente que son ellos? Quiz no sea eso, a lo mejor tan slo son chirridos, y noso-tros hemos credo que, entonces se le ocurri que podra sondearla sobre esta ltima idea , sin darse cuenta de que, en definitiva, lo ni-co que buscaba era confirmar que el deseo que senta fuera as:

    Meis, amor mo

    S?Pero desech

    la idea porque de repente le pare-ci una estupidez sera de idiotas esperar a que en-trasen en la casa

    para creerlo, y zanjando todo asomo de duda, dijo:

    Meis, aydamehas visto mi kufia?

    Emp e z aron a b us car Slo por verla has dejado que te cogieran! Maldita sea la hora en que se te ocurri ve-nir!. Ay, amigo, es que si no fuera por el fro, la nostalgia y la soledad, no lo habra hecho! Cualquiera de los que estamos perseguidos por motivos po-lticos viviendo escondidos como ratas echa de menos a los suyos en lo peor del invierno y est harto de las calles vacas, del barro, de ir de ac para all y de la noche cerrada; aora el aroma de sus hijos, anhela sus travesuras, que lo abracen y que se le cuelguen del cuello. Bueno, admito que soy un prfugo, pero lo que yo no entiendo es por qu. Ella interrumpi sus pensamientos mientras le ayudaba a ponerse la kufia:

    Hasn, rpido, que podra ser que

    Acab de ponrsela y se diri-gi de puntillas hacia la puerta de la habitacin, la abri y vio que la casa estaba sumida en la oscuridad y el silencio, adems de velada por la lluvia que caa. No se oa ms sonido que el

  • 21el puro cuento

    tac-tac de las gotas sobre el bi-dn de gasoil para la calefaccin, sobre la madera y sobre el empe-drado del patio, un repiqueteo rpido, continuo e inquieto, como los latidos de su corazn. Cogi la mano de su mujer y se apresuraron hacia la morera; al llegar all, l la rescat de las profundidades de las sombras y la apret contra su pecho.

    Meis, no despiertes a los nios, y tampoco les digas que he venido. Si llaman a la puerta no abras, deja que lo hagan los vecinos y t hazte la dormida. Me voy. Diles a los camaradas que se ha anulado la cita del primer sitio que acordamos y que nos reuniremos en el otro que se dijo, en el alternativoNo lo olvides, eh?

    Entonces se call, de repente sinti que el tiempo se le iba. Se agarr a una gruesa rama y se dispona a impulsarse hacia el rbol cuando su esposa lo llam con una voz dbil y ronca que pareca salir de las profundida-des de la tierra:

    HasnEl hombre se volvi hacia

    ella, pero la mujer no dijo nada, solamente extendi las manos, lo abraz y lo apret; lo apret hasta que sinti que su propio pecho se rompa y alojaba a su

    marido all dentro, en su ser, en sus venas, para despus ce-rrarlo y as ocultarlo del mundo entero, del hielo que de repente senta y que se le meta en los huesos, de la pavorosa noche que los envolva, del zumbido del espantoso silencio, de las garras del rbol que se extendan para arrebatrselo Lo apret, y as lo ocult en sus ojos, que lo de-seaban ardientemente; lo ocult de la soledad y de la negrura del mundo, de las esperas, de la ansiedad, del estar en guardia, de las ausencias, del largo invier-no que an no haba terminado con sus vidas.

    Pero sbitamente y con la misma fuerza que el amor le haba hecho abrazarlo minutos antes el miedo le hizo apar-tarlo de s cuando oy el rumor de unos pasos cercanos a la puerta de la casa. Lo empuj, se volvi y se fue muy de prisa. Cuando l desapareci entre las ramas para descolgarse en el callejn trasero, ella ya haba llegado a la habitacin y cerra-ba la puerta con cautela. Des-pus se meti en la cama y se tap. Entonces sinti que la soledad devoraba su cuero, al tiempo que un negro presenti-miento desgarraba su acechan-te corazn.

  • 22

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    uro

    cuen

    to

    Si fueses un caballo*

    Gassan Kanafani

    Dedicado a Fyez, a Lams y a todos los pequeos a

    los que deseamos un mundo propio.

    Si fueses un caballo te pegara un tiro en la cabeza! Por qu un caballo? Por qu no un perro, un gato, una rata o cualquier otra cosa, si es que tena que ser

    animal para que se le pudiera dar un tiro en la cabeza?Desde que empez a adquirir conciencia de lo que las palabras

    significan no recuerda cundo exactamente le oa esa frase a su padre. Verdaderamente era extrao que su padre fuese la nica persona del mundo a la que haba odo desear que su hijo fuera un caballo, y slo un caballo, y lo ms raro es que, por muy airado que estuviera, su padre no le deca eso a nadie ms!

    En un principio pens que su padre detestaba a los caballos ms que a nada en el mundo entero, pues a nadie le deca: Si fueses un caballo te pegara un tiro, como no hubiese llegado al colmo de la irritacin.

    Pens tambin que su padre no odiaba a nadie en el mundo tanto como a l, y que precisamente por eso es por lo que slo a l le deca esas palabras.

    Pero el tiempo le hizo desechar esta idea tan inconsistente, porque descubri que a su padre le gustaban los caballos, que los haba llegado a conocer muy bien y que no se separaba de ellos sino cuando se iba lejos del campo.

    * Traduccin de Carmen Ruiz Bravo

    Pale

    stin

    a

  • 23el puro cuento

    Slo una vez en que, contra su costumbre, su padre estaba contento y complaciente, apro-vech la oportunidad y se lanz a decir: Por qu cuando tie-nes muchas ganas de librarte de m deseas que sea un caballo?.

    Frunciendo de pronto el ceo, su padre, le contest en tono severo: T no entiendes de estas cosas. Hay situaciones en que matar un caballo es ne-cesario y til.

    Pero yo no soy un caballo!Ya lo s, ya lo s. Por eso

    deseara a veces que Dios te hubiese creado caballo.

    Dicho eso, su padre le volvi las anchas espaldas y se march. Pero dio unos pasos, interrum-pi la marcha, se par y le mir atentamente con ojos duros. En

    vano quiso saber qu es lo que estaba pensando:

    Tanto me odias?No te odio.Entonces?Te tengo miedo.Se hizo un breve silencio

    entre padre e hijo antes de que aqul remprendiera la marcha. Cuando el padre ya estaba su-biendo por la ancha escalera, l se dio cuenta cunto quera a ese pobre viejo que haba pasado la mayor parte de su vida solo y apartado. De joven se haba dedicado a los caballos, pero pronto dej todo; su mujer haba muerto tras haberle dado un hijo, y entonces l se lo llev a la ciudad y vendi todos los caballos y todos los prados en los que dejaba sueltos a la Negra,

  • 24

    el p

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    cuen

    tola Blanca, Rayo y Len. Por qu haba hecho eso su padre? Nun-ca se le ocurri preguntrselo. Si lo hubiera hecho, no habra obtenido respuesta.

    Conoca bien a su padre. Saba que para l el pasado era un enorme cofre de madera cerrado con mil cerrojos cuyas llaves haban sido arrojadas a la oscuridad del ocano.

    En una ocasin le haba in-trigado la historia, y haba deci-dido descubrir sus arcanos a la primera oportunidad que se le presentara.

    Su padre haba ido al campo a visitar a algunos amigos y parien-tes que le quedaban all. Subi a su habitacin, en la que pocas veces haba estado. Por primera vez se dio cuenta de la cantidad de fotografas que adornaban la pared fotogra-fas de caballos verdaderamente hermosos. Introdujo una na-vaja por la rendija del cajn y lo abri. Luego sac un cuaderno de tapas de piel negra y se dej caer en la butaca.

    Fue una gran desilusin. No haba nada til en el cuaderno. Todo eran nmeros, precios, nombres y pedigrs que llegaban a tener cientos de aos. Slo frases cortadas, escritas en los mrge-nes, sin inters, como palabras errticas de alguien que estuviera

    soando: 20-4-1929. Me dije-ron que lo vendiera o lo matara.

    Fue pasando las hojas con inters. Le pareci que haba encontrado el cabo del hilo, y le daba miedo perderlo.

    1-12-1929. Es el mejor que tengo y no lo voy a dejar. Siguen aconsejndome que lo mate o lo venda.

    20-3-1930. Son supers-ticiones molestas. Rayo es el mejor caballo que he visto en mi vida y el ms tranquilo. No lo matar!.

    En la ltima pgina, una mano temblorosa haba trazado la ltima frase de este diario tan asombroso:

    20-7-1903. La tir del lomo contra la orilla, salvaje-mente. Luego le destroz el crneo con las pezuas y la fue empujando con las manos hasta tirarla al ro. Abu-Muhammad le ha dado un tiro en la cabeza.

    Abu-Muhammad dijo: Ha-ba que haber matado al caballo cuando naci, en el instante en que caa sobre la paja. Matarlo luego se hace muy difcil. Cuan-do un caballo vive contigo uno, dos, tres aos, se vuelve como un hermano o ms an. Va a matar un hombre a su hermano? Tu pa-dre que Dios le perdone no

  • 25el puro cuento

    quiso, dijo que era el mejor caba-llo que nunca haba visto.

    Nosotros le dijimos que este tipo de caballos es muy hermoso, pero que eso no tena que engaarle. l exclam: Pero si es un caballo de raza!. Y nosotros insistimos: Te har perder ms de lo que vale. Tu padre Dios le perdone es un hombre terco. Ni mat al caba-llo, ni lo vendi, ni se deshizo de l. Nosotros le dijimos: Abu-Ibrahim, al menos, no te montes en l! Pero no nos oy!.

    T no recuerdas a tu madre. Era una mujer guapa, adorable, y tu padre la amaba con locura. En estos prados no habamos visto a nadie que quisiera tanto a su mujer como tu padre. Ella, que en paz descanse, era muy hermosa y tena un gran encan-to. Vivi con ella, creo recordar que un solo ao, al cabo del cual te dio a ti a luz, antes de que el caballo la tirase a orillas del ro.

    Que por qu queramos que matase al caballo? Qu pregunta tan difcil, hijo mo! Es una pregunta a la que slo pueden contestar personas con experiencia y conocimiento. Yo soy un anciano. Por qu no preguntas a otro?

    Tu padre no te odia. Te teme. Desde que eras nio y

    todava no tenas fuerzas ni para llevar una piedrecita, ya te tena miedo. Si yo estuviera en tu lugar, no preguntara por qu.

    Por qu le tema su padre? Por qu slo su padre? Todos los compaeros del hospital saban que l era un hombre pacfico y tranquilo, que en la vida haba matado una mosca. Por qu nadie ms que su padre le tema? Por qu no le tena miedo nin-guno de los enfermos que se en-tregaban confiados a su bistur? Su cara no expresaba nada capaz de provocar temor. Por qu iba a tenerle miedo su padre? Por qu l y no los dems?

    Una noche se colm la medida!

    Estaba durmiendo en su ha-bitacin cuando oy un violento grito de dolor que provena de la habitacin de su padre. Corri escaleras arriba y se lanz hacia la puerta. Su padre se retorca sobre la cama. No necesit mu-cho tiempo para descubrir una apendicitis aguda que podra ha-cer crisis de un momento a otro.

    Mientras los enfermeros lo llevaban en la camilla a la sala de operaciones, el padre pregunt: Quin me va a operar?. Al-guien le respondi: El mejor cirujano de toda la ciudad es tu hijo.

  • 26

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    cuen

    toEl viejo se agit violenta-

    mente en la camilla, intentando liberarse de las manos que lo sujetaban. Como fracasara en su intento, empez a gritar con todas sus fuerzas: Cualquier otro mdico, pero que no sea mi hijo!. Cualquier otro cirujano, pero mi hijo, no!.

    Por qu? Miles de opera-ciones haban pasado con xito por sus dedos! Estaba convulso en la camilla. Ahogado de do-lor y de espanto, grit mien-tras luchaba para no perder el conocimiento:

    Me matar, me matar!Qu disparate!Disparate o no, no quiero

    que mi hijo entre al quirfano. Ni siquiera para mirar. No lo quiero ah.

    Era intil seguir discutiendo. l conoca a su padre ms que nadie. Y por eso dej caer los brazos, dndose por vencido, y se volvi a la sala de espera.

    El mdico que operaba le dijo: Creme, la operacin de tu padre es la ms difcil que se me ha presentado en la vida! Parece que la anestesia local hizo su efecto y ha estado parlotean-do durante toda la operacin.

    Tu padre ha contado cosas muy chuscas que no entendera ni el propio demonio! Dijo que

    Abu-Muhammad no s quin ser esa criatura es un hombre imparcial y sin sentimientos y que, por eso, l s que puede matar un caballo, y en cambio, el dueo del caballo, no!

    Me gustara que hubieras odo lo bien que habla tu padre de su juventud. Se refiri a tu madre y a lo hermosa que era aqu llor un poco, quiz por influjo del olor a alcohol que emanaba la habitacin. Luego dijo que l era responsable de la muerte de Rayo. A propsito, quin era este Rayo?

    Tu padre habl tambin de un caballo que llevaba con l treinta aos, que haba naci-do en una noche de tormenta de una madre de pura raza y de un padre que trajo un beduino desde el corazn del desierto. Era el caballo ms hermoso del mundo, segn tu padre. Era de un blanco plateado puro, sin mcula. Tu padre dijo que en cuanto vio el caballo salt la valla y que lo describi con todo detalle intent que se pusiese de patas. Pero en cuanto lo hizo, todos observaron que una gran mancha desigual de color marrn rojizo ocupaba todo su lado derecho. Tu padre dijo que al principio se asom-br ante la mancha, pero que

  • 27el puro cuento

    Abu-Muhammad enseguida grit desde detrs de la valla: Hay que matar a ese caballo inmediatamente!. Tu padre le pregunt encolerizado por qu, y Abu-Muhammad le contest: Es que no ves esta mancha de sangre? La mancha significa que el caballo causar un accidente mortal a una persona querida. Lleva con l desde su nacimiento la sangre del sacrificio. Y por eso, antes de que tenga ms carcter, hay que matarlo!.

    Tu padre, tal y como l dijo, quiso acabar con la leyenda, y no mat al caballo. Deca que era fcil de montar, dcil e inte-ligente, y que haba vivido en la cuadra muchos aos sin hacer dao ni a una mosca.

    Aqu tu padre se call y se rindi al sueo. Y si quieres la verdad, me alegr con su silen-cio an ms que con su historia, porque estas fantasas me atraan tanto que me hacan perder la concentracin. Por eso, cuando se call, el trabajo volvi a su cauce.

    Has odo en tu vida una leyenda parecida? Has odo hablar de un caballo que lleva la sangre de su vctima sobre su cuello desde que nace? Tu padre lo cont con una fe tan cndida que yo me qued asombrado.

    Es que nunca has discutido con l de estas charlataneras?.

    Ya iba casi a amanecer cuando parti hacia casa. La conversa-cin de su amigo el mdico le se-gua dando vueltas en la cabeza.

    As que esta era la historia! sta era la historia del odio que le tena su padre desde haca treinta aos! Precisamente por eso le tema su padre, y precisa-mente por eso hubiera deseado que l fuera caballo para darle un tiro en la cabeza.

    As que esa era la historia!La mancha marrn rojizo

    que ocupaba, muy desviada, gran parte de su lado derecho y de su espalda, una mancha como esa era la que ocupaba el costado de Rayo, la sangre de la vctima, como deca la fbula, la mancha de la que le dijo su chica un da, mientras jugaba con l: Es el lunar ms grande que he visto en mi vida; pero, por qu es rojizo, como si fuese una mancha de sangre?. As que era ella! Su pobre padre le tena miedo porque llevaba, desde que naci, la sangre de su vctima en el costado, igual que Rayo haba llevado la de su madre antes de tirarla, destrozarle el crneo y luego empujarla al ro.

    As que esto era lo que haba torturado a su padre durante

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    totreinta aos y lo que le haba hecho desear que su hijo fuera un caballo para tener derecho a dispararle un tiro en la cabeza!

    Una leyenda sin importancia que acababa con la vida de la gente. Una tontera con la que su padre haba vivido treinta aos. Un dique de terror que se haba levantado entre pa-dre e hijo. Por qu? Porque Abu-Muhammad no conoca la sencilla explicacin mdica que se esconde detrs de tan desconcertante enigma. Una mancha marrn rojizo porque su padre

    De pronto se par en medio del camino, y pens:

    Mi padre, mi padre intent acabar con esta leyenda y quiso desafiar a la supersticin. Y cul fue el resultado? Parece que Abu-Muhammad es quien ven-ci. Mi padre perdi el combate y el precio fue demasiado.

    Una mancha marrn ti-rando a rojo. Nosotros sabemos explicarla, pero no sabemos por qu est aqu y no all No sera posible que fuese un signo? Un signo de algn tipo? Abu-Muhammad dijo que mi madre montaba muy bien a caballo y los saba tratar. Entonces, por qu la mat Rayo? Por qu

    insisti en destrozarle el crneo y luego empujarla al ro, sin motivo? Por qu este empeo en matarla?

    Abu-Muhammad gan el combate y mi pobre padre lo perdi, perdiendo al tiempo su juventud. Pero mi pobre padre libra ahora otro combate conmigo. Quin lo ganar de nosotros?.

    Camin un poco. Luego volvi a detenerse. Un pensa-miento tonto haba estallado en su cabeza!

    He cedido la operacin a ese mdico charlatn y curioso sin oponerme para nada, y nicamente porque el delirio del enfermo me haca sufrir. Lo habr matado el mdico con su negligencia, distrado por escu-char? Si ha sido as, el que lo ha matado he sido yo. Yo hubiera podido operarlo perfectamente, a pesar de la tozudez del pobre viejo; qu es lo que he hecho, tonto de m?.

    Se par un momento, luego gir y empez a correr de vuelta al hospital. El sol ya haba em-pezado a declinar. Haca resonar el empedrado de la calle con sus grande pies, y el eco volva, como si fuesen las pezuas de un caballo.

  • 29el puro cuento

    No siempre los nios son tontos*

    Muhammad Shukri

    La marcha empez desde uno de los barrios. Eran siete: dos llevaban una pancarta blanca en la que no haba nada escrito. Un nio con una paloma blanca dentro de una jaula verde preceda a la marcha. Por cada barrio por el que pasaban se les juntaban otros nios que llevaban jaulas con pjaros. Les seguan sus pe-rros, y muchos llevaban en brazos gatos, conejos, gallos y pollitos. La marcha creca cada vez que salan de un barrio y entraban en otro, y ya no era posible contarlos. Callados como no se haban mostrado hasta entonces, su marcha haca sonrer a los transentes, pero ninguno se rea; la gente se preguntaba por el sig-nificado de aquella marcha. Los animales que llevaban la hacan ms confusa. Los grandes no saban, y quiz slo los siete pequeos lo supieran. Tal vez ni lo supieran los nuevos nios participantes en la marcha. Ni hablaban, ni se empujaban, ni se adelantaban unos a otros. Marchaban y marchaban por los barrios antiguos, crecan y crecan; su gran nmero y su riguroso silencio asombraba a algu-nos transentes. Estos nios estn hoy ms sensatos de lo habitual, deca la gente. Padres y madres iban con la marcha, caminaban tras ella o a un lado. Los nios se separaban de sus padres y de sus madres y se unan a la marcha. Un nio lloraba en el camino, de-seaba participar en ella, pero su madre, temerosa, se lo impeda.

    * Traduccin de Pedro Martnez Montvez

    Mar

    ruec

    os

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    toPataleaba, lloraba, le morda la mano, hasta que se solt de ella y se uni a la marcha, silencio-so, tranquilo. Ni siquiera se limpi las lgrimas para no al-terar el orden de la marcha.

    Cuando llegaron a la plazue-la, se detuvieron un instante. Los parroquianos de los cafs se pararon tambin por respeto a la marcha. En torno a ellos se reuni una gran muchedumbre; gentes tranquilas y calladas se asomaban por los balcones de los hoteles y las casas. Ellos miraban slo hacia adelante, formaban un mundo totalmente propio, no se vea a un solo nio lejos de la marcha. Cuando los nios son tan sensatos, los ma-yores tienen que respetarlos; el mundo parece tener entonces otro significado.

    As le dijo uno de los tran-sentes a su amigo. La marcha se movi hacia delante. Llegaron a la gran plaza. Se pararon. Forma-ron un crculo y se adelantaron tres al centro del gran crculo: dos de ellos alzaron en hom-bros al ms pequeo. El nio pequeo sac un papel blanco en el que no haba nada escrito. Se puso a discursear en silencio: abra la boca sin decir nada. To-dos miraban al pequeo orador que abra la boca sin decir nada.

    Cuando termin su silencioso discurso, dobl el papel y se lo meti en el bolsillo. Pequeos y grandes aplaudieron. Los dos nios bajaron con ternura a su pequeo colega. El portador de la paloma blanca dentro de la jaula verde se adelant y la solt al aire. Los otros nios soltaron tambin al aire los centenares de pjaros y de palomas. Quedaron libres tambin los animales que no volaban. Aplaudi la mu-chedumbre. Alborbolearon las campesinas y las ciudadanas que vestan chilaba y velo. Toda la gente ahora sonrea y se rea. Se par el trnsito de automviles algunos minutos. No se oy ni un solo claxonazo de protesta por la detencin del trnsito. Todos contemplaban los pjaros y las palomas que revoloteaban y los animales que no volaban, sal-tando entre los pies sin que nadie los tocara. Los nios empezaron a separarse alegres y gritando:

    Vivan las palomas!Vivan los pjaros!Vivan las gallinas!Vivan los conejos!Vivan los gatos!Vivan los perros!Padres y madres abrazaban a

    sus hijos y los besaban.

  • 31el puro cuento

    Leyenda*Jabbar Yassin Hussin

    Hay una montaa en la regin de Kirmn. Si uno coge una de sus piedras y la parte en dos ver en su interior una figura humana

    que est sentada o de pie.Del libro El provecho de las ciencias y la eliminacin

    de las cuitas, de Al-Qizwini (muerto en 1283)

    Me llamo Yamil Yusuf Al-Urfali y, aunque este nombre no se corresponde con mis rasgos, puede acomodarse con mis orgenes. Mi familia tiene races otomanas y se instal en Bagdad hace dos siglos, durante los das de las guerras entre los

    * Traduccin de Francisco del Ro Snchez y Abdelrahim Mahmoud El Shafi

    Irak

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    togobernadores circasianos y los albaneses. Mi abuelo, que sobrevivi a la peste de 1830, presuma de ser amigo del go-bernador Daud Pach, cuando ste era derviche en la cofrada Kilaniyya.

    Los hombres de mi estirpe viven largo tiempo si no los ma-tan, pasando los ltimos aos de su vida en la soledad de la vejez. No es sta mi situacin hoy, pues an no he llegado a la edad en la que muri mi mujer y me he pasado la juventud huyendo de la muerte.

    Hace pocos aos volv a mi patria chica, el barrio de Sali-hiyya, en Bagdad, tras un largo viaje que se llev la mitad de mi vida. Hoy, lindando los sesenta, aspiro a vivir algunos aos ms antes de que me sorprenda la muerte. Vivo en la casa familiar que restaur a mi vuelta. Cuan-do regres, al trmino de los sangrientos acontecimientos, mis padres ya haban fallecido haca mucho tiempo.

    Me hizo falta un ao para asentarme en mi nueva vida, y no sin dificultades. Tena ms de cincuenta y cinco aos y los pri-meros recuerdos de mi ciudad no encontraban un lugar en ella des-pus de tanto tiempo. Tras acabar el trabajo, pasaba todo el tiempo

    en la casa familiar. No tena otra opcin: an no he conseguido adaptarme a la vida de esta poca tan cambiante. Si durante ese periodo me cas fue para vencer la soledad dentro de este casern. Mi mujer se encargaba de todo, permitindome dedicarme por completo a los minerales raros que haba ido reuniendo durante mis aos de peregrinacin por diferentes pases.

    Desde mi juventud he ido reuniendo pequeas piedras raras y fsiles diversos recogidos durante aos en las cimas de las montaas y en los campos ara-dos. Iba de un lado a otro con una maleta en la que guardaba estos minerales, junto con una copia del Corn que perteneci a mi familia y una Biblia que compr en una librera de Bag-dad antes de partir: era lo ms valioso que me quedaba de mis largos viajes. Y aunque durante todos estos aos haba llevado siempre conmigo mi fe y mi ido-latra, al final volv nicamente con las piedras; los dos libros se los regal a un amigo francs que viva en Poitiers.

    Las piedras las coloqu en un armario de cristal que est a la entrada de mi casa. Me pasaba el tiempo clasificndolas una y otra vez segn su composicin y su

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    origen geogrfico. Los pocos vi-sitantes que frecuentaban la casa se paraban a menudo ante las piedras y los fsiles de enormes espirales o de extinguidos peces, y siempre mostraban su admira-cin ante este tipo de pasatiem-po. Yo no prestaba atencin a las preguntas de las visitas, ya que mi pasin por las piedras era muy antigua, tena los mismos aos que mi peregrinaje. Mi esposa era la que explicaba a todos el sentido de mi modesta coleccin de minerales y su origen geogrfi-co. Disfrutaba demostrando sus conocimientos, como si hubiera sido ella la que la haba reunido. Yo no me opona, ya que eso me exima de contar mi pasado por esos pases lejanos. A veces me sonrea al verla confundirse al mencionar lugares que nunca haba visitado.

    Algunos conocidos de mis padres me censuraron por colo-car esas piedras a la entrada de una casa que era testimonio de la piedad de mi familia. Pero eso no me avergonzaba en absoluto, pues estaba convencido de que la piedad de los mos se deba ms a la tradicin familiar que a la religin o al ascetismo. En cualquier caso, yo no estaba muy entusiasmado con la herencia que me haban dejado.

    Cierta tarde, mientras hojeaba Las coincidencias en las gemas de Al-Bayruni un libro del que nunca me separo durante la tarde, mi esposa vino para de-cirme que en la puerta haba una mujer que quera verme. Dej el volumen y me dirig al recibidor. La mujer entr y me salud desde lejos. La invit a que se acomodara y ella se sent en una silla enfrente de donde yo estaba. Entretanto, mi esposa sali y la mujer y yo nos quedamos mirndonos.

    La criada que trabaja en esta casa es mi pariente por parte de mi difunto marido. Ella me ha contado que colecciona piedras y cuentas, de modo que he venido para ensearle dos raros ejempla-res mov mi cabeza en seal de asentimiento y me qued a la escucha. Ella prosigui: Mi esposo fue soldado en los aos treinta y combati a los kurdos en las montaas durante la poca de las revueltas del Mula Mustafa Al-Barzani. Mi difunto marido disparaba con su fusil al aire, pues segua esa fatua de Abu Al-Hasan Dios tenga misericor-dia de l que prohbe matarse entre personas de una misma religin. l me cont muchas historias sobre los kurdos.

    Cuando extend la mano so-bre la mesa para coger el paquete

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    tode tabaco, ella dej de hablar. Hice un gesto con la cabeza para que continuara con su relat.

    Una vez, cuando volvi de permiso, nos trajo a m y a su otra esposa (pues estaba casado con dos mujeres) dos cuentas que haba comprado a un mago kurdo en Taktak, cerca de Sulaymaniya. Desde entonces las dos nos hici-mos como hermanas, aunque no tuvimos hijos, ya que l era estril.

    Dej de hablar y se puso a mirarme. Le hice de nuevo un gesto para que siguiera.

    Su otra esposa muri un ao despus del fallecimiento de mi marido, justo el mismo da. nicamente me dej su ropa y su cuenta, que est araada desde el da siguiente a su falleci-miento. Que Dios tenga piedad de ella y de todos los difuntos. Desde entonces esa piedra va conmigo y descansa junto con la ma en esta bolsa. Son como dos hermanas inseparables.

    Sac del bolsillo de su ves-tido una bolsita de tela y trat de abrirla con una aguja que llevaba consigo. Cuando lo consigui me entreg dos pie-drecillas idnticas, semejantes a dos trozos de hgado del tamao de un meique. Esto aument an ms mi asombro, pues yo esperaba que me fuera a ensear

    dos piedras de anillo cuya forma y engaste disean los joyeros de ms fama. Cuando examin las cuentas deduje que eran de un tipo que abunda en las laderas de las montaas que se levantan en la frontera de Irn e Irak. Una lgrima corra por la mejilla de la mujer. Suspir y dijo:

    Mire! Una de ellas tiene un araazo en medio, como si lo hubiera trazado la ua de mi hermana, que Dios tenga piedad de ella.

    Pero yo no colecciono piedrecillas! No creo que aa-dan nada a mi coleccin con-test framente.

    Son cuentas benditas. Si una se pierde pero tienes la otra guardada, la primera encontrar a su hermana sin importar la distancia que las separe.

    Pero yo no colecciono cuentas. Esto que me trae lo podemos encontrar por miles en las laderas de las colinas de Jankn y del monte Hamrn. Son piedras vulgares.

    Pero son benditas me interrumpi.

    Ha visto mis minerales? Forman un conjunto de ejem-plares raros que tienen colores que no podemos encontrar sino en escasas ocasiones. En cuanto a los fsiles

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    Sin embargo mis cuentas son benditas volvi a decir. Elevando un poco el tono de voz, aadi: Muchas veces he perdido una de ellas y siempre la he encontrado en este abrigo. Por designio del Creador, ella sola vuelve y aadi suplicando: Qudeselas por el dinero que quiera! Con usted estarn a salvo.

    Ella me extendi la pequea bolsa de tela y la cog poniendo a cambio en su mano cincuenta dinares. Poco despus se fue y no volv a verla nunca ms. Das des-pus, cuando estaba a punto de terminar por tercera vez la lectura de mi libro, mi esposa vino para informarme del fallecimiento de esa mujer. La haban encontrado muerta en la cama, sola como haba vivido durante los ltimos treinta aos. Cerr el libro y me acord de las dos cuentas. Me dirig al armario de cristal, pues las haba dejado all, al lado de un cuarzo procedente del oeste de

    Francia. Al verlas descubr que la otra piedrecilla tambin tena un araazo en su centro, como si le hubieran pasado un cuchillo por encima. Ahora s que se parecan como dos gemelas.

    Esa misma tarde vaci el armario de cristal y coloqu los minerales y los fsiles dentro de la vieja maleta que me haba acompaado en mis viajes duran-te aos. Despus puse tambin en ella las dos cuentas. Baj con la maleta al stano y la dej junto a un deteriorado mueble familiar y unos libros amarillentos car-comidos por la humedad. All vi unas bandejas de cobre llenas de verdn al lado de pergaminos repletos de frmulas misterio-sas de los derviches a los que mi abuelo acompaara en la cofrada de Kilaniyya.

    Antes de subir la escalera cerr bien la puerta del stano. Luego tir la llave al Tigris.

    Le silence, poema de Kyle J. Currathers. Caligrafa de Julien Breton-Kaalam

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    El barco*Yabra Ibrahim Yabra

    El mar es el puente de la redencin. El mar tierno, suave, con sus canas, afectuoso.Y hoy el mar ha vuelto al vigor de la juventud. Sus olas baten en un fiero ritmo la presa que impulsa hacia la faz del cielo capullos, anchas orillas y brazos extendidos como redes. El mar es una nueva redencin hacia occidente!, al sacrificio del can! A la costa en la que irrumpi la erup-cin del amor de la espuma del mar y la saliva de la brisa. Yo no saba (apenas puedo mencionarla!) que Lami, la propia Lami, mi pobre Lami, Lami que llora algunas veces, traidora a su familia por mi causa, que re, que corre ante m, que Lami estara tambin all, en este barco griego de doce mil toneladas, que teje su red y luego la desgarra ante Beirut, Alejandra, Pireo, Gnova y Marsella.

    Juego peligroso! Estamos aqu para huir. Yo estoy aqu porque no puedo hacer de Lami mi mar, mi barca, mi aventura. Lami no ha sido ma sino unas horas. Unas horas en las que la he conocido toda minuto a minuto. Beso a beso. Y cuando se desabroch la blu-sa, botn a botn, en lo oscuro de aquella casa que me alquil mi amigo para un da slo me conozco los detalles de aquello como de una cancin de la radio. El sabor de sus labios segua en los mos, y a veces lo senta con la lengua; temo que se desvanezca con los das: entre Lami y yo haba un amor inexpresable en palabras, por el tacto o por la razn. Un golpe de existencia e inexistencia. Se parece ms a decir que tengo ojos, nariz y boca, pero que no veo, huelo, ni hablo. Y a Lami, hela aqu, con el mar, con Beirut, con Junio, con los pasajeros de segunda clase, con su marido. Y si est con su marido, de qu sirven el mar, Beirut, Junio y todos los sonrientes y felices pasajeros?

    * Traduccin de Carmen Ruiz

    Pale

    stin

    a-Ir

    ak

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    Haba una chica italiana que volva de Lbano. Una mu-jer que frisaba los treinta (afir-maba que tena veinticuatro) y deca que hua de su marido. l mismo la haba acompaado hasta el barco, y cuando ste zarp, y comenz a deslizarse y girar, ya fuera del muelle, se

    obstin en decir que hua. Un matrimonio que haba durado un ao le dejaba un solo recuer-do susurrante, deca Emilia. Tan solo el recuerdo del panorama del monte azulverdoso tinti-leante sobre Beirut. Com-prendes? El recuerdo es de un paisaje, no de un sentimiento.

    Basmala 16 por Ibrahim Abu Touq

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    toDe un pas, no de una persona. Aprend el ingls en Polonia y pas una temporada en Londres. He dejado a mi marido y l cree que voy a volver. No volver. Gracias. Me cogi un cigarro y se lo encend. Llevaba una cha-marra escotada y sin querer se desliz mi vista entre sus pechos encerrados por el sostn tirante. Luego encendi mi cigarro y Emilia Farnezi habl, mitad disgustada y mitad alegre por lo vaco de su corazn. Estbamos inclinados sobre la barandilla del barco, al atardecer, cuando ya la nave se acercaba a la costa griega que se extenda en todas direcciones. La mayora de los viajeros seguan echados en la siesta. Unos pocos saldrn de sus estrechos camarotes como las palomas de sus nidos o como los ratones de sus madrigueras. Algunas caras te recuerdan pjaros (manos de cera, uas afiladas, nacaradas, que recuer-dan a canarios), otros a roedo-res, topos, alebrijes, y algunos a verduras. Caras de coliflores y berenjenas. Y a veces caras que parecen engao de la vista ngeles! Pero la cara de Emilia era de los invernales, siempre recordndome el mal. En los azules ojos haba un destello afilado que confirmaba la clara

    perfidia de sus labios gruesos. Una cara que se acercaba a la redondez de una cara infantil, indicando que no era ste su verdadero rostro. Porque en los ojos, en los labios, a pesar de su constante sonrisa haba dureza y violencia, como si dijera: Si te fas, all t.

    Pero me adelanto a los acon-tecimientos. Parece que haba una cierta relacin entre el rostro de Emilia Farnezi y el de Lami cuando la vi con su marido, el doctor Faleh Hasib, entre los pasajeros, despus de que el bar-co zarp y estaba en la baha de Beirut. Fij en ella mis ojos con la sbita rapidez del que mira una enorme piedra que le cae encima y al instante me retir de la zona de peligro. Me traicion. Yo me haba retirado al nico lugar en que me crea a salvo de ella. Haba salido de entre un grupo de gente apoyada en la baran-dilla que gritaba, soaba, y me haba ido al otro lado del barco diciendo: Es coincidencia? Decisin? Persecucin? Es rabia? Es que no nos ha bas-tado ya lo que hemos hecho y dicho antes de que se casara? Coincidencia, no cabe duda. Maldita coincidencia. Tengo que ignorarlo. Ya no soporto a las mujeres. Quiero soledad.

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    Que nadie me conozca por mi nombre o mi cara. Uno de un milln. Que cruza un camino lleno de gente que pasa y no lo ve. Pero Lami me haba visto en ese fugaz instante. La sonrisa le bailaba en todo el rostro: su rostro, a pesar de lo moreno, delataba claramente lo que tras l se velaba. Sus ojos no saban ocultar un secreto. Pestaas negras de pupilas alcoholadas, como los ojos de las antiguas estatuas sumerias, desbordantes de afecto, pasin, inmediatez. No, su cara no era de hipcrita. Ojal lo fuera. Si tuviera que ha-ber una aventura con una mujer, que tuviera la cara como Emilia. Un rostro mundano, terrestre, con la astucia del zorro que debe tener una mujer de aventura. Pero el rostro claro y directo de Lami, que expresaba lo que contena en una sola mirada, es rostro de tragedia. Es el rostro que siempre te lleva a la pasin y a la tristeza.

    Y me haba llevado. Lo olvi-d unos meses, me sorprendi luego, me sumergi enseguida en un sentimiento de odio, y despus de insensibilidad y tri-vialidad. Luego me dej en un crepsculo de luz. Es la vuelta de un amor que era como las visiones del profeta, sabedor

    del fuego, el color y el placer que hacen del cuerpo semillas que giran en un vaso de vino. Pero yo, ese da, al verla cuando menos lo esperaba, dese que no hubiera estado, haber podido retroceder por las escaleras del barco al lugar que lo une con el muelle, y haber hui-do. He huido, pero est como el muro, como el mar, como el demonio, delante de m.

    En la vida hay muchas ago-nas. La muerte. La enfermedad. La decepcin de los hijos. La decepcin de los padres. El sol que quema la nuca y el fro que paraliza los dedos. La muerte, el asesinato y la traicin del amigo. Pero las soportamos. Para bien o para mal, las soportamos. Mientras que sigamos sin poder suicidarnos, tenemos que sopor-tarlas, y hacen falta escamas en la piel y herosmo para soportarlas. Pero la mayor agona es lo inde-limitable. Es que caiga enamo-rada tu compaera ante ti y no la alcances. Alcances miles de mujeres y quede esa agona en tu garganta. Y te lleve la pena y te sorprenda con el rostro deseable que te invade de estupor y de lo trivial de vivir, y ves de nuevo las visiones y se renueva la dolorosa pena. La muerte es una agona y sta es otra.

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    toLa noche de aquel da, des-

    pus de que zarpara el barco y vimos alejarse los edificios de Beirut que el monte Lbano abrazaba, y de que nos cansamos de estar apoyados en las baran-dillas y finalmente nos rendimos al mar cuando del horizonte desapareci el ltimo vestigio de tierra firme; la noche de aquel da, cuando los pasajeros iban a familiarizarse con sus estrechos camarotes y con los que los com-partan y se preparaban para la cena, encontr que bajaban al camarote vecino al mo al doctor Faleh Hasib y a su esposa. Los vi entrar cuando yo sala. Y se pararon en la puerta:

    Assam? S, es Assam!.El do ctor Fa leh g rit ,

    terminando:Lami, mira ! Assam

    as-Salman!.Lami (con tono teatral):

    Quin? Assam?Yo (con tono tambin teatral):

    Qu coincidencia! Hola, doc-tor; hola, Lami. (Qu suerte!).

    Rpidos apretones de manos.El doctor: As que, si Dios

    quiere, a Italia?.Yo: No, no; ms lejos: a

    Londres.Lami: Qu coincidencia!

    Nos encontraremos tambin en Londres!.

    Rieron y re. Anduve. Blas-fem. Maldije. Entre m y Lami no iba a haber ms que una pared! Pero de hierro! Y el muro lo refuerza su marido. El marido lo refuerza todo. A m no me refuerza ms que otra mirada que emana de los ojos de Lami con tristeza, deseo, ilusin.

    Me esforc esa noche por esquivarlos, y tuve suerte. Los vi en el comedor, y me sent en un sitio que me permita darles la espalda. Y baj a mi camarote muy pronto, despus de cenar. Mi compaero era un comer-ciante de Damasco, de encanta-dor acento. No era muy locuaz, pero cuando hablaba, uno senta que estaba frente a temas vitales inabarcables, si se comparaba con l. Saba no nicamente el precio de cada cosa, sino cmo, dnde y cundo se deben usar. Hablaba de jabn, perfumes, nylon. Yo no poda decir ms que vaguedades acerca de mi asombro ante los jardines de Dummar, la Mezquita de los Omeyas y los helados del zoco de Hamidiyya. El comerciante se rea porque haba dejado de tomar helados desde que estudiaba preparatoria. Nos presentamos: Assam Salman y Sawkat Abu-Samra. Apenas

  • 41el puro cuento

    se desliz Sawkat Abu-Samra en la cama de sbanas crujientes, se durmi.

    Yo tambin me dorm ense-guida. Pero me despert como si no, sin que quedara en mis ojos seal de que haba dormido. Me despert con el ruido de las olas que golpeaban, ordenada y burlonamente, el costado del buque, shhhhh shhhh Luego o moverse, es ms, sent en mi brazo un movimiento vago cuyo sonido llegaba por el redondo ojo de buey con el golpear de las olas. Pero no tard en darme cuenta de que el movimiento estaba detrs de la pared que daba con mi brazoel movimiento de Lami y su mari-do. Qu pared tan dbil! Dios mo, yo que la crea de hierro!... Y hacan el amor. Lami derro-chaba su belleza, derramaba su femineidad, daba de sus labios y sus pechos al otro lado de la pared Salt de la cama como si me hubieran mordido. Cmo pasar la noche oyendo todo esto de Lami, Lami?

    Me vest apresuradamente y sal a popa, hasta que terminara la vehemencia de los amantes detrs del muro, hasta que pul-verizara la imagen de esta mujer detrs de mis ojos.

    El hombre carga algunas experiencias en un pliegue de su piel, como la enfermedad. Como una lcera que no mata ni cicatriza. Y el hombre se en-frenta con los das y las nuevas experiencias mientras la lcera de sus entraas se humilla e irri-ta. Y si despierta, hay que tomar un anestsico que slo termina con el dolor momentneo, pero no con la posibilidad de dolor. El dolor se hace una parte del ser, convive con el corazn y la razn, y aparece, a veces, en una forma que contradice a la lgica y al razonamiento, como si fuera una alegra cons-tante! Todos nosotros estamos expuestos a este masoquismo sentimental. Mientras llevamos esta experiencia semejante a una enfermedad en el pliegue de la piel, por qu no intentar con-vertirla en fuente de poemas no escritos que braman en el alma sin espera?

    La popa del barco estaba desierta, si no fuera por tres o cuatro personas, todas solas, cargando, sin duda, con su en-fermedad en forma particular. Sal maldiciendo, y ante mis ojos el rencor llenaba el mar, el deli-cado, sombro mar, de olas que batan contra el barco en un susurro burln

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    Haneef de Glasgow*

    Mohammed Hassan Alwan

    Estaba cruzando el puente de Al Khaleej cuando me llam. Mis ojos se enjugaron un poco, pero mi es-posa no dijo nada. Felicidades, me dijo, y en su voz llevaba el olor a lana,

    como la que uno espera de un hombre cuya garganta ha sido tejida en Cachemira. Pareca como si todava sintie-ra la misma lealtad hacia m, como la que haba definido nuestra relacin a lo largo de veinte aos y que le haba inspirado el da de hoy a enviar sus mejores deseos va telefnica desde Glasgow en una llamada que seguro le habr costado bastante.

    La llamada lleg de manera inesperada, justo en medio del puente, por eso la conversacin pareca vacilante, torpe, lista para caer en cualquier momento en la frialdad de la formalidad, la cual no consideraba apropiada. Baj la velocidad y me esforc en ser tan amable con l como l lo era conmigo, con la esperanza de que mis pecados no proliferaran. Era una situacin extraa, intentar intimar con un amigo cuyo rabe es muy errado y cuyo ingls se encuentra en estado rudimentario, y cambiar entre uno y otro idioma era lo ltimo que mi afecto necesitaba, ya que, en el mejor de los casos, era cauteloso y no sola expresar de manera inesperada sentimientos como ste.

    Haban pasado dos aos desde la ltima vez que lo abrac, cuando me anunci que su visa de inmigrante para Gran Bretaa haba por fin sido aprobada, diez aos despus de que lo soara. Su maleta,

    * Traduccin del ingls de Diego Gmez Pickering

    Ara

    bia

    Saud

    ita

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    preparada de forma admirable para el viaje al norte, me record que no habamos sido mucho ms amables con l que aque-lla tierra prometida. Durante veinte aos haba recorrido las calles de Riyadh hasta que la ciudad le result tan familiar

    como las mismsimas montaas de Cachemira y ni las unas ni la otra gozaban de jerarquas en su memoria. Su vida se haba dividido entre los dos lugares de tal forma que preferir uno sobre otro a estas alturas de los cuarenta amenazaba con lisiar su

    La amistad duplica las alegras y divide las angustias por la mitad.

    Francis Bacon

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    or Ju

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    tomemoria, lo cual era lo ltimo que necesitaba, sobre todo si tomamos en cuenta que estaba a punto de emprender el cami-no a un tercer lugar, una nueva ciudad de la que no saba qu albergaba para l.

    Cuando dej Riyadh, la visa estampada en su pasaporte no era muy distinta de aquella con la que haba entrado al pas vein-te aos atrs, y aunque su estatus migratorio no cambi, despus de su partida se llev consigo las muchas experiencias que fueron escritas durante sus das en estas tierras. Recuerdo cuando tena cinco aos cmo celebr jubi-loso la llegada del nuevo chofer de la familia. Tena el cabello negro y los labios gruesos, era muy alto y delgado, aunque la sazn de mi madre pronto cambi este ltimo atributo, causndole la aparicin de una considerable barriga que no se llevaba muy bien con su altura. Record nuestra despedida dos aos atrs. Segua siendo alto, pero su cabello comenzaba a acumular algunas canas de ma-nera metdica, adems de que recientemente empez a verse muy cansado. Su sentido del humor haba decado y su des-parpajado estilo para rer haba desaparecido por completo. Ni

    siquiera estaba seguro de que lo hubiese escuchado rer a lo largo de los ltimos aos.

    Durante largo tiempo ocup ese terreno intermedio entre fa-milia y servidumbre, incapaz de cruzar del uno al otro. Fue y vino a casa decenas de veces y en cada ocasin su humilde valija volva a reventar, llena de pequeos rega-los, prendas y distintos textiles, ornamentos en mrmol, fruta de India y videos que filmaba en su pueblo. Nos juntbamos todos en el cuarto de la televi-sin, mi madre se sentaba atrs mientras que mis hermanos y yo ocupbamos un lugar privi-legiado enfrente del televisor, l se sentaba sin obstruir junto a la videocasetera, extendiendo su largo brazo de vez en cuando para sealar algn callejn en la pantalla, o una tienda, o un vericueto del camino. Camina un poquito ms, esa es la casa de la hermana de mi madre. Dos calles despus a la izquierda, la casa de mi hermano mayor. Lo interrumpamos con cual-quier cantidad de preguntas que variaban de acuerdo con la edad de la persona que las haca. Yo, haciendo caso omiso de la historia familiar que intentaba explicarnos, le pregunt: aca-so no hay asfalto? Haneef se

  • 45el puro cuento

    rio, al igual que mi madre y mi hermano mayor, mientras que mi hermana pequea esper, como yo, una respuesta.

    Su infancia se haba pospues-to por mucho tiempo. Su padre se haba convertido en alcalde de su pueblo en Cachemira dos aos antes del nacimiento de Haneef. Con su nueva posicin en el gobierno y su consiguiente estatus, se haba hecho de una segunda esposa a fin de forta-lecer su prestigio. Haneef y su hermano pequeo fueron engendrados por esta segunda mujer. Todo pareca indicar que ambos hermanos sacaran eventualmente provecho de los muchos beneficios y la posicin inherentes a los hijos de un gran sheik y su joven y preferida esposa. Pero nada de eso pas, puesto que, como le sucede a cualquier sheik, su padre muri y la mayora de sus hermanastros mayores estaban en la edad de dejar el pueblo y lanzarse a bus-car trabajo a las cuatro esquinas de la tierra.

    As que su infancia se pospu-so, como la de cualquier hur-fano. Dej la escuela cuando todava era muy chico, para ven-der guantes de lana que su madre teja para los soldados apostados en la frontera. El camino entre

    su casa y las barracas estaba lleno de ruido de las bombas distantes y de las canciones de nios burlndose de los indios que inventaban vvidas historias sobre su cobarda y debilidad. Cuando cumpli los veinte, una oficina de reclutamiento lo enganch y lo trajo a Arabia Saudita y l sinti que su vida apenas iniciaba, de la misma manera en que lo siente ahora en Glasgow, padre de tres ni-as, con cuarenta aos de edad, preparando hamburguesas halal para estudiantes universitarios y esperando el da en que su pro-ceso de naturalizacin britnica est completo.

    Cuando Haneef vino a Ara-bia Saudita la primera vez, Ri-yadh era un plcido oasis en medio del desierto, extrao pero confortable. El sonido de la lla-mada a la oracin emanando de docenas de minaretes al mismo tiempo inspir en su alma un sentido de sobrecogimiento y le reconfirm que los musulmanes eran personas que amaban a Allah y a la llamada a la oracin y que adems lo cuidaran bien. Ganaba un salario que su bol-sillo nunca hubiese concebido antes y reciba tres abundantes comidas diarias a cambio de manejar un flamante auto en

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    touna ciudad moderna y de regar algunos rboles del jardn. Era un exilio sin dientes. La buena vida estaba a su alrededor y la gente no tena preocupaciones ni muchas expectativas. Su co-razn estaba tranquilo y, recor-dando que an no haba vivido su niez, decidi saborearla con nosotros al igual que un rumian-te se acerca el bocado al hocico para masticarlo una segunda vez.

    Luego, la crisis de la edad adulta le peg. De repente cay en cuenta de que llevaba veinte aos recorriendo las calles de Riyadh y ni l ni la ciudad ha-ban cambiado. Su cumpleaos nmero cuarenta le peg de ma-nera particular, como se le pega al clavo de una tienda de cam-paa que se rehsa a clavarse en la arena por miedo a quedarse ah perdido para siempre. Sus tres pequeas hijas, a quienes haba puesto nombres rabes, estaban muy lejos de sus brazos, en Cachemira, arreando pavo-rreales e hilando lana, esperando el regreso a casa de su padre, el hroe. Crecan a pasos tan agi-gantados que su lejano corazn no poda soportarlo. Akbar, su amigo paquistan, quien traba-j por espacio de treinta aos como chofer en Riyadh, acababa de morir de un coma diabtico

    cerca de la casa de su empleador en Al-Wuroud. Se colaps a la mitad de la calle, dejando caer los huevos, el peridico y una lata de aceite que llevaba con-sigo. No era la manera en que Haneef quera morir.

    El maldito volante crucificaba sus hombros al tiempo que nos llevaba adonde fuera que quisi-ramos, pero a ningn lugar que l quisiera. Mientras tanto, los nios de la familia para la que trabajaba estaban cam-biando. Crecan y comenza-ban a hablar un lenguaje que resultaba demasiado com-plicado para su diccionario humano, compilado a lo largo de veinte aos de intimidad y leal servicio. Para los com-pasivos ojos de mi madre fue revelador que aquel hombre fuerte y honesto que contra-t despus de enviudar para servirle a ella y a sus hijos ya no era fuerte aunque siguiese siendo honesto. Alguna ocasin lo escuch teniendo una conver-sacin terriblemente triste con nuestra sirvienta marroqu; sus llorosos ojos parecan brillantes aceitunas verdes. Estaba toman-do la taza de t que ella usual-mente le preparaba al atardecer. En esta ocasin, estaba sentado al lado de ella, junto a la puerta

  • 47el puro cuento

    de la cocina, contndole sobre sus hijas. Dijo que poda oler el barro acumulado en sus pies incluso a miles de kilmetros de distancia. Ella le platicaba sobre su madre enferma y su hija, a quien su exmarido se haba llevado consigo a Italia, despus de lo cual no haba escuchado de ella. Estos inesperados pedazos de tristeza cayeron sobre el suelo de la cocina y recorrieron los pasillos como el aroma de pedazos de maloliente queso caduco.

    l regres a su cuarto y la sirvienta se fue a su casa. Sus dolores conjuntos se quedaron tirados en la puerta de la cocina para ser mordisqueados por los gatos que merodeaban por ah de noche. Mi madre incremen-t su salario so promesa de que hara su mejor esfuerzo para ahorrar dinero y dejara de com-prar aparatos electrnicos que le llamaran la atencin. Le peda que se retirara como si tratara con un nio, mientras l mova la cabeza en seal de vergenza sin emitir palabra. Ella le dio la libertad de trabajar los fines de semana, transportando frutas y vegetales junto a algunos de sus compatriotas, con el fin de que pudiera ganarse un dinerito extra.

    l me dijo que quera mu-darse con su familia a algn otro lado, lejos de su pueblo en Cachemira, donde nunca podra estar seguro de que no seran atacados por los indios y sus balas perdidas en esa contendida frontera entre los dos pases. Me dijo que quera comprar una pequea pick-up para trasladar pasajeros entre sus casas en las montaas y la estacin de trenes, con eso sera suficiente para ganarse la vida. Luego me dijo que todo lo que haba ganado en Arabia Saudita se lo haba gastado en su costosa boda y en las muy generosas remesas que enviaba a la esposa que haba dejado atrs y a quien visitaba una vez por ao, sembrado su vientre con una pequea nia del color del trigo.

    Haneef, el soltero, durante sus primeros quince aos como chofer con nosotros haba sido muy diferente de este preocu-pado y distrado personaje cuya presencia en nuestra casa pa-saba ahora casi desapercibida. Antes su sonrisa era ms amplia y viva su vida plenamente. Nosotros ramos su familia y pareca como si nunca se fuera a ir con una visa de salida final. Pero durante los ltimos cinco aos, Haneef, el padre, era una

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    topersona lgubre la mayor parte del tiempo. Tena una pequea familia en Cachemira de la cual preocuparse y sus facciones sonrientes desparecieron para ser remplazadas por un rostro tenso y un seo atribulado. Su usualmente elegante apariencia se desvaneci para dar lugar a ropas tradicionales que le hacan parecer un albail paquistan cualquiera.

    Ahora, con su voz agrietada a travs del telfono, lo ms entusiasta que poda hacer era tardarme lo ms que pudiera con mis saludos y preguntarle sobre sus hijas. Sin embargo, como eso no requera ms que un par de preguntas, cuando mucho, me vi obligado a repetirlas en ms de una ocasin y posterior-mente, conforme se terminaron las mismas, le inquir sobre Glasgow y su gente. l se rio, mucho saudita por aqu, seor Muhammad, estudiando en la universidad, vienen al restauran-te por comida halal. Yo les digo que estuve en Arabia Saudita durante veinte aos, ellos no lo creen. No tena certeza sobre si ver a los sauditas en Glasgow, quienes se haban convertido en sus clientes predilectos, le deleitaba o le molestaba. Cierta-mente no todos pueden ser de su

    agrado y Haneef nunca hubiese esperado que fuesen tan amables con l como lo estaban siendo ahora en Glasgow.

    Recuerdo un da que estan-do en Riyadh nos llam desde la comisara y tuvimos que ir a sacarlo de ah. Estaba baado en sangre, se haba peleado con cinco sauditas que intentaron sacarlo de la carretera mientras conduca. Su cara pareca una pelota a punto de reventar a pe-sar de su sonrisa despreocupada y la sangre seca en su frente y sobre su bigote, lo que indicaba que el altercado debi haber durado varios minutos antes de ser interrumpido por los transentes. Los cinco sauditas no estaban en mejores condi-ciones que l, haban aprendido que la vida en Cachemira, en una regin fronteriza con-tendida por dcadas, forjaba corazones orgullosos y puos fuertes.

    Me dola el hecho de que la conversacin con un hombre que, si he de ser cuando menos honesto, desempe un papel tan importante en los recuerdos de mi niez, fluyera con tanta dificultad. Esos recuerdos son ntidos, conservan su color na-tural, y a pesar de ello no logro encontrar palabras espontneas

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    para transmitir en medio de semejante ter telefnico. To-dos los recuerdos estaban en mi mente, pero eran incapaces de hablar. Jugando futbol en el bochornoso calor veraniego, regando el jardn durante las tar-des, la transmisin de lucha libre por televisin los martes por la noche, los partidos de la selec-cin nacional durante los Juegos Asiticos del 88, las noches ati-borradas de Ramadn, nadando en la baha de la media luna, cambiando focos fundidos, las barbacoas durante el aburrido invierno, las oraciones del Eid con todos sus Allahu Akbars, cantando en restaurantes de comida rpida, arrebatndole el micrfono a la nalgona sirvienta marroqu y cientos de recuer-dos ms que conserva cualquier nio que pasa de los cinco a los veinticinco aos. Haneef estaba presente en todos y cada uno de ellos, justo en medio de la accin, ya que ninguno de ellos hubiera sido posible si l no hubiese esta-do ah. Fue l quien me ense a limpiar las cabezas de los video-casetes con gotas de gasolina; a diferenciar entre el hindi y el urdu; a arruinar el futbol uti-lizando repelente para insectos; a parar el ruido emanado por las luces de nen sin necesidad

    de cambiar las bombillas. Eso era cuando aprender todas esas cosas sencillas resultaba intere-sante, antes de que creciera y los placeres de la vida gradualmente se desvanecieran.

    Haneef se despidi con las palabras que su limitado voca-bulario rabe le permiti y yo lo hice mientras cruzaba los metros restantes del puente. Me qued prendado del telfono por un momento, irritado, intentando aprisionar un poco de la voz de Haneef adentro a fin de poder mantener una conversacin mucho ms civilizada con pos-terioridad. Una conversacin que estuviera a la altura de su refinada calidad humana, no slo una que fuera ms burda de la que yo tena.

    Abr la ventana esperando que el aire soplara para expli-car mis ojos llorosos, y esper que mi esposa me preguntara algo, puesto que me miraba fijamente desde el inicio de la conversacin.

    Con quin hablabas?.Con Haneef, nuestro anti-

    guo chofer.Y por qu las lagrimas?.Lo extrao.Al chofer?.

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    Mimouna*Faza Gune

    1. El grito

    Dejo escapar un sonoro grito.Tan fuerte que pega contra el techo antes de caer en pedazos sobre el suelo de baldosa, como miles de minsculas bolitas rodantes.

    Un grito estridente, irritante y horrible, no pueden imaginarse qu tan perforante. De la categora de los pesos pesados, a la par de esas armas de sonido utilizadas ahora por los paramilitares y la polica para dispersar a las multitudes hostiles. Un grito capaz de desatar un terremoto.

    Pero los rostros de las rumorosas ancianas apostadas a mi alre-dedor son de satisfaccin; de hecho, de alivio.

    Un fuerte olor a carnicera llena el ambiente, el calor es abrumador. Estoy a punto de la sofocacin, y todo el vaivn en torno no me ayuda.

    Finalmente puedo ver a una joven mujer que yace a lo lejos, temblando, con una brillante frente y la cara rosada. Sus ojos desbordan en lgrimas al tiempo que me mira por vez primera.

    Es un 19 de agosto del ao 1947 y he nacido.

    El nacer es slo el principio del morir.

    Thophile Gautier

    * Traduccin del ingls de Diego Gmez Pickering

    Arg

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    2. El inicio del morir

    Si est preguntndose por qu comenzamos a gritar tan pronto asomamos nuestra nariz, he aqu mi respuesta: No recuerda lo que se siente despus de pasar nueve meses en la oscuridad?.

    Por un lado pens que esos nueve meses no terminaran nun-ca. Me senta profundamente solo. Forzado a enfrentar, solo, los incontables y sobrecogedo-res cambios que me sucedan. Estaba constantemente alerta de nuevas cosas que me bro-taban del cuerpo en todas direcciones; brazos, piernas, dedos y cabello nuevo fue traumtico. Imagine que cada vez que usted se ve al espejo por la maana se percata que le ha crecido una nueva oreja o un nuevo pie. Como siempre sucede con todo, termin por acostumbrarme. Debo admitir que era hermoso presenciarlo e impecable su factura, admiraba la calidad y las proporciones pre-cisas. Recuerdo particularmente el momento en que descubr mis manos. Creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que ese fue el da en que lo supe

    Dorm mucho. Mentira si dijera que el sitio era incmodo. Disfrut de las mejores siestas de

    mi vida ah, de forma particular durante los primeros meses, cuando el espacio abundaba y poda estirarme. Despus de eso las cosas se dificultaron. Rpida-mente gan milmetros, luego centmetros y, hacia el final, estaba francamente hacinado.

    El mundo exterior Claro que uno posee cierta intuicin sobre el mismo, una conciencia, ciertas pistas y otras cosas sobre las que uno est seguro. Una de ellas principalmente: que nadie llega a l por casualidad.

    Incluso cuando era un em-brin tena la expectativa de que el futuro fuese sombro. As que saqu el mejor prove-cho de ese confortable mundo durante mi estada en l, flotan-do en su ambiente hidratante, a sabiendas de que aquel senti-miento de seguridad no durara mucho tiempo.

    Afortunadamente tuve algu-nos indicios, voces que con el tiempo se hicieron familiares. Algunas veces me exasper lo que escuchaba y pate con fuerza alguna de las paredes del derredor. En varias ocasiones, dej que mi ira diera un portazo a lo que llamaba mi recmara provisional. El problema era que ms all de que los enten-dieran en un sentido propio,

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    tomis gestos despertaban dicha. Evidentemente, durante esta primera etapa crean que yo era vigoroso.

    Hay muchas cosas que esca-pan de nuestro conocimiento. Es imposible dejar de pregun-tarse por qu aterrizamos aqu y no en algn otro lugar. Cmo es que terminamos en este pue-blo, en el seno de esta familia, hablando este idioma y viviendo esta historia?

    Si queremos responder a di-chos cuestionamientos slo nos queda una opcin: creer que hay un poder superior que con un objetivo ulterior acomod todas las circunstancias en ese orden. La otra opcin sera confiar en lo que comnmente se conoce como suerte, con el peso que ello conlleva; vivir con las constan-tes preguntas hasta que llegue la salida final que nadie puede ignorar. As lo creo yo de forma fehaciente.

    Como a muchos de noso-tros, a m no me place que mis preguntas queden sin respuesta.

    Una anciana con la frente ta-tuada me coloc en el ardiente pecho de mi madre, al que sen-ta latir. Ella se vea sumamente frgil y joven. Ca en cuenta de que segua llorando casi como una nia por lo que la anciana

    tatuada le pidi que guardara silencio como si le estuviera hablando a un nio. Otra an-ciana, esta vez chimuela, tom el cordn umbilical y lo cort. Me levant y me carg hasta una tina en donde me lav con un spero pedazo de tela que remoj en agua caliente, el cual me rasp la piel, algo que no me gust.

    Mir las manos de la anciana; eran finas, huesudas y estaban salpicadas de manchas de color marrn. De vez en cuando se acomodaba los canosos cabellos debajo de la mascada que cubra su cabeza.

    Debe haber por lo menos una docena de mujeres movin-dose agitadamente alrededor de mi pobre madre. Parecan gallinas viejas, cadveres con piel y huesos cuyos alaridos saliendo de las cuerdas vocales se escuchaban como el jaloneo de un duro mecate colgado a lo largo del cuarto.

    Mi joven madre estaba ex-hausta y se rindi cansinamente.

    Ellas la baaron, levantndo-la de nueva cuenta, hablndole con voces silenciosas al tiempo que la anciana chimuela me ter-minaba de limpiar. Me unt con un jabn negro, echndome cubetazos de agua caliente, me cubri de gena y repiti la

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    operacin. A continuacin me pint los prpados con una pasta negra preparada a base de anti-monio y almendras quemadas. Por ltimo, me arrop con una manta de lana especialmente tejida para la ocasin, colocando mis manos entre los dobleces de la tela para impedir que me to-cara la cara. Entonces, la anciana sac del bolsillo de su delantal un pequeo pauelo de color blanco que guardaba un dtil fresco. Con sus encas desnudas como nico instrumento batall para masticar la mitad antes de meterme la otra por algunos segundos en la boca, lo que me dej un delicioso sabor azuca-rado. Recit algunas oraciones invocando mi proteccin antes de regresarme envuelto y momi-ficado a los brazos de mi madre, aunque su mirada estaba perdida en el espacio y no me prest mayor atencin.

    De pronto, un nio entr en la habitacin. Llevaba consigo un bastn de madera ms alto que l; su pelo rizado estaba despeinado y lleno de polvo. Mientras charlaba con mi chi-muela baadora, se arreglaba el dobladillo de sus bermudas azules con una mano mientras se recargaba en el bastn con la otra.

    Madre! Qu ha pasado? Mi padre y todo mundo quie-ren saber! No te escuchamos gritar!.

    Ella volte con una mirada matadora.

    De repente, se agach y recogi una sandalia para arrojrsela. El nio apenas la esquiv y se ech a rer.

    Si no han escuchado nada all afuera por lo menos habrn entendido lo que estaba pasan-do. Regresa y dile a tu padre que no tiene caso, que no hay necesidad de ser maceta para no pasar del corredor. Seguro que eso s lo entiende. ndale, vete ya, y devulvele el bastn a tu padre!.

    Una ligera brisa levant la cortina floreada que serva de puerta, revelando un pequeo patio en donde las gallinas ca-careaban bajo un ardiente sol. Mientras se retiraba, el nio agrandado persegua a los po-lluelos intentando pegarles con su bastn.

    Estaba cansada y senta cmo mis prpados se hacan cada vez ms pesados.

    Y cmo le va a poner?, pregunt secamente a mi madre la mujer tatuada.

    Finalmente, volteando a ver-me, mi madre me dio un corto y

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    topenetrante vistazo antes de con-testar: Mimouna. Un silen-cio pesado se hizo presente. Tres o cuatro de las ancianas tomaron sus enaguas, enroscndolas alre-dedor de su cuerpo. Entraron de nueva cuenta en el anonimato y con amplios movimientos de sus brazos que abatan el aire caliente saludaron al resto de las gallinas antes de desaparecer con sus vestidos blancos.

    Un nuevo baile de la verde cortina floreada nos permiti presenciar la procesin de las viejas gallinas cruzando sus pa-sos con las verdaderas, sas que s tienen plumas.

    3. El regreso

    Cmo envidiaba a Abdelhaq.El chiquillo de la cabeza des-

    peinada y bermudas azules que sola correr de aqu para all se convirti en un estudioso joven. Su escuela quedaba a nueve kil-metros de distancia. Se levantaba antes de que cantara el gallo, par-tiendo rumbo al final del mundo antes del amanecer. Su madre, Khelthoum, el cadver chimuelo, no quera que estudiara. Trat de evitar que lo hiciera por todos los medios; afortunadamente se dio

    por vencida. Tras la muerte de su esposo, mi abuelo Ahmed, ella cedi mucho. Lo nico que qued del viejo fue su bastn colgado de un clavo sobre el horno de pan.

    Ah, y casi lo olvidaba: quince hijos.

    La gente dice que mi abuelo engendr hijos fuertes, a partir de lo cual forj su reputacin. La gente lleg a preguntarle si segua alguna dieta especial. La verdad es que no entiendo a los rabes y sus supersticiones. Si todos sus hijos estn vivos no es por arte de magia, mucho menos por suerte o por algo que mi abuelo be-biera o comiera, sino por gracia de Dios, que hizo a mis abuelos particularmente frtiles y les dio quince hijos con buena salud. Quince hijos! Aunque pensndolo bien, creo que son ingratos al imputarse todo el crdito por ello. Mi abuelo era un viejo grun que se quejaba de todo, nunca le dio gracias a Dios a pesar de que recibi innu-merables favores. No solamente su esposa sino tambin sus tierras eran muy frtiles; tristemente, el rido era su corazn.

    Todos los das aconteca el mismo ritual. Nuestra casa es-taba situada en una colina desde donde se podan ver las tierras

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    de la familia, sus campos arados, y en medio de ellos un sendero que corra por entre los rboles de oliva. Mi madre, quien saba la hora a la que el abuelo Ahmed volva por lo general del zoco, lo esperaba con la mirada mientras colgaba la ropa a secar en el pa-tio. l sola portar un turbante de colores brillantes, amarillo o anaranjado, as que resultaba fcil de identificar. Yo disfrutaba ayudando a mi madre en sus labores, senta que desempea-ba una funcin importante. La mula cargada batallaba al subir el cerro mientras que mi abuelo mascaba tabaco montado en el lomo de la bestia.

    El camino era tan largo y empinado que entre el momento en que se avizoraban los primeros rasgos del turbante amarillo en el horizonte y el momento en que mi abuelo Ahmed bajaba de la mula a las puertas de casa, mi madre tena tiempo suficiente para tenerle todo listo. Tena que sacar el pan del horno, calentar el agua, poner el aceite de oliva en un pequeo plato, preparar el t y colocar en el pa-tio el tapete de paja con cojines para su espalda.

    No haba amarrado mi abue-lo la mula a un rbol cuando mi madre ya corra a su encuentro,

    ayudndole con sus cestas y ade-lantndosele para descargarlas en la cocina. A continuacin le quitaba los zapatos y le sobaba los pies con el agua caliente a la que aada sal en grano con antelacin. Finalmente le ser-va el t junto con el pan recin horneado, que encantaba de sopear en el aceite de oliva. Cuando todo estaba hecho, mi madre poda descansar tran-quilamente. Pero si ocurra cualquier complicacin durante esta perfectamente ejecutada operacin, mi abuelo se enco-lerizaba llegando a escupir en la cara a mi madre.

    No era su padre sino su sue-gro, el padre de su marido. Quiz eso lo haca peor todava.

    Abdelhaq era el ms peque-o de los quince hijos de esa gran familia y el nico que to-dava viva ah. Todos los dems se casaron y dejaron el hogar. Bueno, eso de dejaron es mucho decir, pues vivan a tan slo unos cuantos metros de distancia. Construyeron casas de piedra propias imaginando que gana-ban su independencia ahora que estaban esparcidos en las tierras familiares. Todos a excepcin de uno que esparca su alma al ir a trabajar mucho ms lejos de ah; el octavo, Mohammed, mi

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    topadre, estaba en Francia y nunca lo haba visto.

    Es el invierno de 1953 y estoy tejindole a mi padre un par de gruesos calcetines utilizando la lana de nuestras ovejas y dos finas plumas de gallo como agujas. Regresar a Argelia a principios de primavera, no aguanto las ganas de que llegue ese momento.

    4. El ltimo exilio

    Mi madre y yo estbamos muy emocionadas con el regreso de mi padre. Al final iban a encontrar respuesta todas las preguntas con las que haba molestado a mi madre durante todos estos aos. Hasta ese mo-mento mi padre era tan irreal para m como el coco con el que los adultos suelen asustar a los nios para que se comporten o como ese hroe disidente Juha, cuyas extraordinarias aventuras se conocen alrededor del mundo rabe. Mi padre perteneca a esa lista de personajes imaginarios que poblaban mi imaginacin. No hubiera podido reconocer su cara o su voz y sus gustos eran desconocidos para m. Mi abue-la Khelthoum ms que recordar

    cosas del pasado las terminaba confundiendo, con quince hijos no es sencillo recordar. Mi ma-dre me haba contado minucias que se me hacan un tanto sosas. De lo que poda inferir, mi pa-dre no era muy platicador que digamos.

    Estbamos paradas en el pasi-llo, alertas, tal como cuando mi abuelo vena a casa desde el zoco. Mi padre se acerc hacia nosotras envuelto en la bruma de las pri-meras horas del da como salido de un sueo; fue mgico a la vez que confuso. Se vea muy guapo. Mi abuela se ech a llorar mien-tras corra a su encuentro, seguida de mi madre. Estaba acostum-brada a ver a mi madre llorar, pero que la abuela Khelthoum llorara era algo que vala la pena presenciar. Me haba incluso convencido a m misma de que dentro de su pecho viva un viejo sapo en cuclillas en el lugar en donde deba estar su corazn.

    La sesin de besos y abrazos fue corta pero intensa. Me par a un lado, un poco intimidada, as que l me pidi que me acercara.

    Mi madre me anim dndo-me una pequea palmada en la espalda mientras le deca a mi padre: Esta es Mimouna! Me es de gran ayuda!.

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    En efecto, era muy guapo. Tena un elegante y delgado bigote, a travs del cual podas verle los labios y, cuando son-rea, una excelente dentadura tambin, a diferencia de todos mis tos que tenan dientes re-pugnantes por mascar tabaco, as como enormes bigotes ma-rrones que cubran sus bocas. Uno poda pensar que en lugar de bigotes se habran colgado una cola de mula en la cara. Qu buen mozo era mi padre!

    Como dije desde un princi-pio, tienes de dos: creer o confiar en la suerte.

    Mi padre regres unos cuantos meses an-tes de la guerra. Se dio cuenta que deba venir a casa a partir de una carta de su hermano Abdelha-ziz, escrita por Abdel-haq (la nica persona en la familia que poda leer y escribir), en la cual le adverta : regresa tan pronto como te sea posible, vamos a iniciar la cosecha. Claro que todo estaba escrito en cdigo.

    Y entonces lleg la guerra . Hambru-n a . L a Cruz Roja . Exilio por tierra hacia

    Marruecos. Escuela. Miedo. El soldado que encaon a mi hermano pequeo, Mustafa, cuando tena apenas unos meses de nacido y dorma cargado sobre las espaldas de mi madre, dijo: Le vamos a disparar ahora mismo, antes de que crezca y se una a los otros en el cerro.

    Y luego la libertad.Despus de corear la si-

    guiente cancin con todas mis fuerzas.

    La promesa

    Juramos por los rayos que destruyen,por los ros de generosa sangre que se

    derraman, por las brillantes banderas que ondeanvolando orgullosas en las altas

    montaas, que estamos en una revuelta, ya sea para

    vivir o para morir.

    Estamos determinados a que Argelia viva,As que sean nuestros testigos!

    Somos soldados levantados en pro de la verdady hemos luchado por nuestra

    independencia. Cuando hablbamos, nadie nos escuchaba,as que hemos adoptado la voz de la plvora

    como nuestro ritmoy del sonido de las armas como nuestra

    meloda.

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    Y lleg mi turno de poner pie en Francia. A los veinte me cas con un trabajador no calificado, chaparro, rechoncho, medio bruto y fumador empedernido, pero la verdad es que era tam-bin muy amable. Su corazn estaba en el lugar indicado y eso era lo que me gustaba de l.

    El problema fue que l traba-jaba demasiado y yo me senta desplazada, sola, cada uno de los das que el Seor cre. La crueldad del exilio, dejar atrs una familia numerosa, todo ese espacio, todo lo que uno ama, los seres queridos, la madre pa-tria, para encontrarte atrapada en un dcimo piso de una torre de concreto llena de tristeza e in-quilinos en igual medida; yo no entenda su idioma ni qu decir de su forma de entretenerse. Y la

    manera en que los fran-ceses hacen a sus perros vestir elegantes abri-gos durante el invierno me pareca sumamente ajena. Cuando estaba esperando a mi primer hijo enferm mucho y perd el apetito, estaba adelgazando desmedi-damente. Una depre-sin seria me dijeron los doctores. No me dieron muchas esperanzas ni a m ni al beb.

    Todos los das a las diez, dos y seis en punto, las monjas de la parroquia de Saint-Ger-main me visitaban. Me conso-laban y me ponan inyecciones, pero yo estaba anestesiada por la tristeza y sus agujas no tenan ningn efecto.

    Conforme el tiempo pas, la situacin mejor. Conoc a otras mujeres como yo. Nos encon-tramos a travs de la nostalgia compartida. Nuestros hijos crecieron y tuvimos que lidiar con demasiados cambios. Even-tualmente aprend a hablar la lengua, pero no fue sencillo.

    Ahora estamos viejas y nues-tros hijos se han casado. Mi hija mayor acaba de dar a luz a una pequea nia. Felizmente estos son tiempos distintos. Lo

    Estamos determinados a que Argelia viva,as que sean nuestros testigos!

    Ay, Francia! Dejemos atrs la pltica sin sentido.

    Hemos dado vuelta a la pgina como se hace con los libros.

    Ay, Francia! Ha llegado el da de saldar cuentas!

    Preprate! He aqu nuestra respuesta!El veredicto, nuestra Revolucin ha de

    regresar.Estamos determinados a que Argelia viva,

    as que sean nuestros testigos!

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    celebramos de la manera en que debe festejarse un cumpleaos. Y si hubiese habido un buey yo misma le hubiera cortado el pescuezo. Es mi turno de ser abuela, por vez primera. Qu extrao se siente. No puedo sacarme de la cabeza a la abuela Khelthoum, Dios la tenga en su santa gloria.

    Mientras recorro estos re-cuerdos puedo con toda since-ridad afirmar que no creo que la suerte gobierne aleatoriamente nuestras vidas o que yo sea fruto de una lotera sin sentido.

    Mi padre muri. l era un verdadero creyente y me trans-miti todo su amor y su fe, sin los cuales, como les he dicho, esta vida carecera por completo de sentido, sera slo sufrimien-to insoportable, salpicada de algunos fugaces y ftiles peque-os placeres. Mientras me arro-dillo frente a su tumba, le ruego a Dios que tenga piedad de l y, de nueva cuenta, lo veo como aquel da en que batallaba por subir el cerro arropado por la niebla a travs del camino de rboles de oliva.

    Del rbol del silencio pende el fruto de la seguridad.

    Proverbio rabe

    Caligrafa abstracta por Khawar Bilal,s

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    Crimen en la calle de los restaurantes*

    Wajdi al Ahdal

    Si Sana es la capital del pas entonces la calle de los restaurantes es la capital interior de esa ciudad multidimensional. Si alguien presume de haber esta-do en Sana, pero nunca ha escuchado el nombre de esa ca-lle, entonces tenga por seguro que esa persona no ha estado en Sana realmente. Como su nombre lo indica, la calle est compuesta por una hilera de restaurantes que se especiali-zan en platillos tpicos y un puado de cafs visitados por cientos de personas todos los das.

    Fue en uno de esos cafs, durante una tormenta de arena impe-netrable por los rayos solares, que una cara poco familiar apareci. La cara de un hombre que vesta un caro traje marrn acompaado de una corbata rosa y que cargaba un portafolios Samsonite. Se sent al lado de un poeta convertido en crtico literario y le hizo una pregunta un tanto extraa, le pidi que lo acompaara a un banco cercano a la calle de los restaurantes para declarar sobre uno de los clientes del caf, a cambio de lo cual recibira una cuantiosa cantidad de dinero. El crtico, dudando de la seriedad de la oferta, sonri de manera sarcstica y con los labios partidos, fruto de su diabetes. Sin embargo, el extrao personaje, quien se identific como emisario del banco, sac 20,000 riales de su portafolios y los meti al bol-sillo del crtico, prometindole la misma cantidad cuando hubiera

    * Traduccin del ingls de Diego Gmez Pickering

    Yem

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    rendido su declaracin. El crti-co carraspe y sus ojos brillaron. Se ape del bastn que utilizaba para intimidar a jvenes escrito-res y se encamin al banco.

    El emisario lo guio a la ofi-cina del gerente del banco. Tras entrar, el crtico qued sorpren-dido, no poda creer que a tan vasta sala le llamaran oficina; se senta intimidado por el lugar y lo avergonzaban sus ropas rodas. En su precipitado acer-camiento al gerente, un hombre de corta estatura y tan delgado como una caa de bamb, tro-pez y casi se da en la cabeza con un incensario del que emanaba humo perfumado. El gerente del banco le dio la bienvenida y lo invit a sentarse. Una joven y glamorosa mujer le ofreci caf sin azcar; el cual prob rego-dendose de su amargo sabor.

    Una amplia sonrisa dibujaba el rostro del gerente mientras se diriga al invitado.

    Es uste d un cr tic o literario?.

    S, el mejor de Yemen.Es cierto que recibe di-

    nero de algunos escritores a cambio de alabar su trabajo?.

    Eso es mentira, los sionistas y la cia alimentan ese tipo de falsedades.

    Conoce a Abdullatif Mu-hammad Ahmad?.

    Abdullatif..Abdullatifah, s que lo conozco.

    Perfecto. Quiero que me cuente cada detalle que sepa de esta persona, sean nimiedades o cosas importantes.

    Por qu, acaso est rela-cionado con usted de alguna manera?.

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    toEso a usted no le incumbe.

    Por favor limtese a hacer lo que le indico, no haga ninguna pregunta.

    El gerente se acomod en su silln reclinable e hizo una seal al crtico para que comenzara. Seguido de un pesado e inquie-tante silencio, el crtico esper el momento propicio para iniciar. Inhal hasta que sus cachetes se hincharon para despus exhalar e incorporarse.

    Lo que s es que trabaja como servidor pblico en el Ministerio de Informacin....no. no es amigo mo pero los cafs renen a toda clase de personas, desde hombres comu-nes y corrientes hasta espritus. Suele ir a tomar el t todos los das. Su majestad est ah desde primera hora de la maana y se queda en la calle de los restau-rantes andando de aqu para all como cabra errante hasta que las tiendas cierran a las diez de la noche. Desayuna tres o cuatro bizcochos y una taza de t con leche. Almuerza tarde; se cuela en el restaurante de uno de sus conocidos del barrio para comerse las sobras despus de que la cocina ha cerrado sus puertas. No s qu haga para la cena, porque vuelvo a casa antes de que oscurezca. Dice

    ser un decorador de interiores, pero ms bien parece un enor-me monstruo marino que se ha arrastrado, sin levantar sospe-cha, desde las profundidades del mar hasta nuestro mundo a travs de las alcantarillas.

    Al parecer estudi en el ex-tranjero, es uno de esos pseudo europeos que pretenden pasar desapercibidos y que estn des-lumbrados por el pas en el que estudiaron. Estn tan metidos en esa nueva y poco convencio-nal forma de vida que cuando regresan a Yemen les cuesta mucho trabajo encajar en la sociedad de nueva cuenta; son incapaces de honrar sus tradi-ciones y costumbres. Es como si estuviesen suspendidos en el aire, con sus races cortadas e imposibilitados para reinte-grarse. Como si de todo lo que los rodea estuvieran separados por una delgada membrana, estn envueltos por sus propias obsesiones, su desprecio por los dems, su desdn y arrogancia los atrapan. Estn arropados por sus pretensiones, su inflexible ego es evidente en sus eternos ceos fruncidos.

    Se sienta en el caf como si fuese un genio, la atraccin principal. Es lo suficientemente ingenuo como para creerse una

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    personalidad famosa, obligado a dirigirse a la turba desde un pedestal. Se permite creer que es una celebridad, a tal punto que incluso llega a disfrazarse para ocultar su verdadera apariencia y no ser perturbado por sus supuestos admiradores. Asume que sus subordinados imitan sus medidos movimientos, porque a final de cuentas l es una estrella internacional.

    Desde el momento en que Allah nos concede el amanecer, est fuera de casa tomando vino barato. Lo he visto sentado en el caf con un peridico oficial bajo las nalgas. Aunque el diario ostenta versos cornicos y los smbolos de nuestra nacin, l lo usa para mantener limpios sus pantalones. Gradualmente des-pierta de su borrachera conforme llega la tarde. S, regularmente se queja del sistema. De hecho, comienza el da con una feroz invectiva en la que maldice ver-gonzosamente a nuestra nacin; nuestra nacin de cinco millones de hroes y cinco millones de de-lincuentes. Permanece as todo el da, turbulento y tempera-mental, petulante y agresivo. Cree que todo el mundo quiere insultarlo y hacerlo menos. Si se detiene a escucharlo, uno se da cuenta de que le guarda rencor

    a todos aquellos que son exito-sos; despotrica, maana, tarde y noche, contra ricos y famosos, utilizando un vulgar lenguaje que apesta a repulsin.

    Una vez, un compositor de tez morena visit breve-mente el caf. Tan pronto se hubo retirado, nuestro amigo vocifer a todos los presentes: Dios todopoderoso, acaso los albailes reciben educacin musical estos das?. No con-lleva un tono racista esa aseve-racin? No es sta la flema de un hombre derrotado, de un desgraciado arruinado por sus propias insuficiencias? Fui yo quien tuve que mostrarle que estaba equivocado.

    En otras ocasiones pierde las casillas cuando ve que un ar-tista talentoso recibe aprobacin y respeto, despreciando sus logros al hacer referencia a sus orgenes humildes. Sospecho que tiene una violencia latente dentro de s y suea con destruir el mundo, con tirarlo a la basura. Llegu a esa conclusin despus de escu-charle alabar a Osama bin Laden, algo bastante extrao, podr uno pensar, para provenir de la boca de un diseador de interiores. A pesar de no ser religioso y no estar ni remotamente vinculado con ningn movimiento islmico,

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    toes seguidor de Bin Laden, lo considera su salvador y deposita en l sus mayores esperanzas. Alguna vez le escuch afirmar afanosamente que Osama bin Laden es el nico hombre capaz de poner fin al caos que reina en el mundo.

    Y si acaso las palabras de alguien ms llaman la atencin de los asiduos al caf, lo consu-men los celos. Se voltea con cada uno, deja todo patas para arriba y dice: Vayan a cultivarse de la boca de las cabras!. Est pirado. En verdad se cree un hombre muy importante y acta con los dems de acuerdo con esa creencia. As que no es de los que responden el saludo o cualquier pregunta; se siente un rey que desdea la conversacin con todo aquel que es de menor rango. Camina con la cabeza er-guida hacia el cielo; slo la baja cuando se topa con alguno de sus familiares. No re ni sonre. Tuerce las cejas y sus facciones las determina el ceo fruncido. Sus ojos irradian fiereza a todo aquel que osa mirarlo. Se rodea de misterio, de un aura de pres-tigio y pretensin; no rebaja su forma de hablar ni relaja las apretadas lneas de su rostro.

    No alza la voz, solamente susurra, ya que no quiere que los

    informantes lo reporten. Cons-truye un muro de engreimiento a su alredor que refuerza con el autoengao. Detrs de los lentes oscuros que siempre porta, sus ojos se mueven de izquierda a derecha monitoreando de forma constante hasta el ms mnimo movimiento de la audiencia.

    Una vez lo vi introducirse entre un gran grupo de conseje-ros que rodeaban al ministro. Se par energticamente enfrente de l como si fuera uno de los de la elite cercana, su ca-beza en alto de tal forma que su nariz casi tocaba la del ministro, intimidndolo, pensndose un personaje distinguido. Y cuando habla para qu ms podra ser que para pedir apoyo financiero. Pero cuando el ministro ordena que se le traiga una modesta cantidad de efectivo a entregarse debajo de la mesa, nuestro amigo comienza a discutir ferozmente; le alza la voz, perdiendo las casillas y acallndo-lo a gritos. Los guardaespaldas in-tervienen y lo fuerzan a someterse de manera humillante. Entonces l se va, resoplando y tosiendo, enfatizando su mueca y con el cuerpo convulsionado.

    La ltima vez que lo vi? Fue en el caf hace tres horas. Estaba sentado, llevaba un traje azul marino a rayas; a decir

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    verdad era horrendo, sobre todo si se le vea de cerca y uno se daba cuenta que ni siquiera estaba planchado. Ahora re-cuerdo que me vio dirigindome al caf, as que se detuvo, volte y se dirigi hacia m, intentando cruzarse en mi camino. Me dio una fuerte palmada en el hombro, como queriendo provocarme para ventilar su rencor a travs de una pelea conmigo, pero lo ignor por completo y segu andando como si no estuviera ah.

    El gerente del banco mir su reloj y le pidi al crtico que parara.

    Con esto es suficiente?.S. Pase a la ventani-

    lla para recoger el resto de su recompensa.

    Gracias.Algunos das despus el ge-

    rente del banco pidi que se en-contrara alguna persona ms que pudiera declarar sobre Abullatif Muhammad Ahmad; en esta ocasin al emisario le tom un poco ms de tiempo dar con ella.

    Abdullatif, el decorador de interiores, es el nico hombre que ha intentado propasarse conmigo. Me bes en la boca cuando la calle estaba atiborrada de gente como si no le importara lo que los dems fueran a pensar. Me le qued mirando en silencio

    mientras que las mejillas me quemaban de la vergenza.

    El corazn me salta y siento un ardor por todo el cuerpo cada vez que lo veo, como si dentro de m hubiera un horno encendido. Todos los das me pongo en una esquina de la calle de los res-taurantes a pedir limosna. l se sienta sobre un limpio pedazo de cartn en su banca favorita. Cuan-do est de buen humor, me lanza miradas lascivas y me molesta envindome besos. Se burla de m y me provoca utilizando un lenguaje nauseabundo, que nun-ca le he escuchado a nadie ms. Tengo diecisiete aos, cojeo con ayuda de una muleta y tengo un serio problema de sobrepeso. Me dio polio cuando era pequea y aqu sigo, una lisiada nia gorda a quien nadie quiere. Aunque a veces fantaseo con convertirme en su esposa y con pasar el resto de nuestros das juntos.

    Como estoy obsesionada con l, he memorizado sus hbitos cotidianos, su comida favorita y hasta la marca de cigarros que fuma. S lo que le agrada y lo que detesta. Puede que lo conozca mejor que su propia madre. Para desayunar prefiere frijoles con carne picada y siempre desayuna en un peque-o restaurante fuera de la vista

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    tode los transentes, situado en donde la calle de los restaurantes se topa con pared. Almuerza una rica y cremosa salta en uno de los restaurantes cercanos. No s qu es lo que cene, porque mi hermano me lleva a casa en carro por lo menos una hora antes del atardecer. Una vez me qued fuera hasta altas horas de la noche y un grupo de nios de la calle me atac, quitn-dome las ganancias del da y dejndome llena de moretones.

    Abdullatif tiene menos de cincuenta, es de estatura media-na, piel clara, con una barba y bigotes bien cuidados; tiene pe-queos ojos hundidos y cabello negro sin canas, aunque creo que se lo pinta. Usa lentes de sol y el silencio y arrogancia que ema-nan de ah generan miedo en cualquier corazn. Siempre viste de traje, en todos los aos que llevo de conocerlo nunca lo he visto vestir casualmente. Nunca lo vern slo de camisa o suter. Prefiere los trajes plateados o verdes y las corbatas doradas o rojas. Lo nico que echa a per-der su sofisticada imagen son los zapatos, que por lo general no combinan con su traje aunque sus botas usualmente s lo hacen. Lo que ms me atrajo de l son los maravillosos sombreros

    de colores que siempre se encar-ga de portar, producto del mejor sombrero.

    Es un hombre como cual-quier otro, aunque tambin un filsofo ilustrado. En una ocasin le escuch dar ctedra a unos jvenes: Si el mundo dejara de girar como loco sobre su propio eje entonces el gnero humano dejara de perseguir el pan de cada da y se relajara.

    El da en que inici la guerra entre Lbano e Israel, apareci muy tarde, sin rasurar y con la cara oscura y perturba-da. Se peg la radio a la oreja con la antena al aire; sigui la guerra a cada minuto como si fuera un verdadero libans que el destino coloc en Yemen. En ese entonces se olvid por completo de m, pasaba el da entero escuchando las noticias. Caminaba de arriba abajo como lobo atrapado en una jaula, aunque he de confesar que me encanta su forma de caminar. Camina como nadie ms, con pasos cortos y cierta musicali-dad, a ritmo de baile. Su cabeza se mueve a la par del resto del cuerpo como si caminara no slo con sus pies sino con toda su humanidad. Camina como un orgulloso len.

  • 67el puro cuento

    Una vez me dio una hoja verde, no s de qu rbol pre-cisamente, y me pidi que la viera detenidamente y le dijera a qu me recordaba. Me romp la cabeza y lo pens muchas veces, pero no logr darle una respuesta. Me dej reflexionan-do mientras fue a tomarse un t de Adani. Le daba un sorbo de vez en cuando, intercalando con miradas hacia m. Finalmente se me ocurri decir que la hoja era como el corazn de la humani-dad, me sent aliviada y mi cara brillaba de alegra. Supuse que esa respuesta sera de su agrado. Cuando termin su t se puso de pie y volte a verme con una mirada inquisitiva. Lleg a la conjetura de que haba dado con la respuesta y se acerc a m, pidindome que hablara con un gesto de la mano. Cuando escuch mi respuesta levant las cejas, se tall la nariz y me dijo que estaba equivocada. Cul es, entonces, la respuesta co-rrecta?, le pregunt. Tom mi mano y me explic con su dedo

    ndice: Esta hoja se parece a tu coo. Se fue riendo a carcaja-das. Yo me qued temblando y casi me desmayo de la vergenza por la que me haba hecho pasar. Al final me di cuenta de que tena razn, las hojas s tienen cierto parecido con las partes nobles de las mujeres, o ms bien al contrario.

    Una semana despus al ge-rente del banco lo carcoma un ardiente deseo de saber ms sobre Abdullatif Muhammad Ahmad. Contact a un perio-dista conocido como Ranjala que trabajaba en un peridico de la oposicin. Le orden que concertara una entrevista con un oscuro decorador de interiores. Slo unos das despus, la en-trevista sera publicada en el pe-ridico. Era un artculo a ocho columnas con una fotografa en la que el decorador de interiores se vea a sus anchas, con la cabeza reclinada a la derecha y su mano extendida hacia el fotgrafo, como buscando tocarlo. A con-tinuacin el texto de la misma:

    Hoy conoceremos bajo el reflector a Abdullatif Muhammad Ahmad, uno de los mejores decoradores de interiores de este maravilloso pas. Este sensible artista lleva una vida disciplinada. Pueden coordinar sus relojes con el suyo, pues siempre llega en punto de las 7 a.m. a la calle de los restaurantes y se acomoda en su lugar predilecto, junto a la oficina

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    tode correos, para llevar a cabo las tareas del da. Presenciando cmo se apropia de su banca, uno tiene la impresin de estar frente a un guila que se posa desapercibida en lo alto de una montaa o frente al go-bernante de un reino que va ms all del dbil conocimiento humano. Pasa el da y parte de la noche pegado a ese venerable trono, como si para l ese fuera el centro de creacin, un pulcro espiritual preservado del absurdo que gira a su alrededor. Es un lugar fijo, quieto, siempre presente y que no osa mezclarse con las convenciones terrenales ni con las actividades rutinarias de la gente ordinaria.

    Nos solicita a m y al fotgrafo que le mostremos nuestras acre-ditaciones de prensa antes de iniciar la entrevista. Afortunadamente yo cargo con la ma, la cual lee detalladamente antes de devolverme. Cruza las piernas y se queda viendo a un punto fijo en el horizonte mientras rememora un vvido pasado que me cuesta trabajo creer a pesar de sentirme relacionado con l.

    Soy Abdullatif Muhammad Ahmad Bilbiid y nac en 1958 en el distrito de Hadremawt. Me crie hurfano en casa de mi abuelo. A la edad de diez aos mi to me llev consigo a Abu Dhabi, pero despus de algunos meses muri y mi ta me ech a la calle. Corr con suerte, pues una familia maronita libanesa me adopt, tratndome como a uno de los suyos. Finalmente pude experimentar una vida digna. Tuve una educacin muy enriquecedora, como jams la imagin; fui a escuelas francesas, aprend a dibujar, a tocar el piano, a bailar y a hablar francs, ingls y espaol. Solamos pasar las vacaciones de verano en Beirut hasta que estall la guerra civil en 1975 y empezamos a vacacionar en diferentes pases europeos cada verano. La riqueza de mi familia me permiti viajar alrededor del mundo, he cruzado el Atlntico en una decena de ocasiones y recorrido el continente americano otras tantas, de norte a sur, pas por pas. He visitado Chile, conozco las calles de Santiago tan bien como este caf, porque viv ah por dos aos en casa de mi hermanastra libanesa. Intent estudiar ingeniera civil ah, pero no me gust, as que me fui a Pars para estudiar diseo de interiores.

    Viv con mi familia libanesa durante diecisiete aos, deleitndome con todos los placeres terrenales y accediendo a lujos nunca pensados. El dinero caa en mis manos, como venido de cofres sin fondo. Prob los mejores vinos que ofrece el mundo y no hay raza, color o nacionalidad de mujer que no haya tenido el gusto de conocer en la intimidad. Tan slo en Chile tuve veinte novias, cuyas fotografas todava conservo y que, cuando muera, me acompaarn a la tumba. Las mujeres chilenas

  • 69el puro cuento

    son las nicas que permanecern en mi corazn por siempre. Cuando muri mi padre adoptivo mi familia decidi emigrar definitivamente a Europa, as que los dej y me involucr en el mundo de los bienes races, en el cual rpidamente me hice de un nombre al tiempo que ganaba una fortuna.

    Me he casado en dos ocasiones. Mi primera esposa era francesa, una reina de belleza de Niza con la que slo estuve un ao. La segunda era egipcia y viv con ella tres aos antes de divorciarme. El destino me jug chueco y termin en prisin; despus de mi liberacin me deporta-ron de Abu Dhabi a Yemen, eso sucedi a principios de los noventa. Las relaciones entre ambos pases estaban tensas por la ocupacin iraqu de Kuwait. Durante todo mi tiempo en Abu Dhabi, Yemen nunca estuvo en mis pensamientos y nunca se me ocurri regresar ah.

    Nunca me desesper; al contrario, trat siempre de salir avante. Invert el dinero que gan en los Emiratos por mi contrato en bienes races y logr ganar una de las mayores ofertas pblicas anunciadas en aquella poca por el banco. Mis competidores queran hundirme, pero a pesar de tener cerca de $800,000 dlares en el banco no pude (y hasta la fecha no he podido) tener acceso a ese dinero para hacerles frente. Mi nimo decay an ms con la guerra civil de 1994, eso me puso los pelos de punta, sufr del sndrome de ditransmisin cerebral, una rara condicin mdica sobre la que la ciencia poco sabe. Cuando me enferm, mis clulas nerviosas enviaron impulsos al espacio, llevando consigo cada pensamiento y habilidad que posea, siendo capturadas en el espacio por seres con aparatos especiales. Las utilizaron para espiarme y prevenir que alcanzara lo que deseaba. Luego sus malvadas seales atacaron mis clulas cerebrales con ondas, intentando destruirme y convertirme en un criminal para perpetrar actos bestiales. Me hicieron esto porque me rehus a convertirme en su seguidor y llevar a cabo sus rdenes. Queran terminar conmigo como fuera posible. He sufrido esta enfermedad a lo largo de los ltimos diecisiete aos. Cada vez que lo intent, estos seres impidieron que me ganara la vida de forma decente; lucharon en mi contra cada vez que busqu trabajo. Incluso ahora, clientes potenciales son alejados bajo el argumento de que sufro de una enfermedad mental. A pesar de todo esto, todava estoy en control de m mismo y de mis facultades mentales.

    Son la escoria de la creacin, su desecho y podredumbre. Lo reto a encontrar alguno honorable dentro de ese grupo. Y le puedo asegurar que no soy la nica persona en este pas que se ha visto desprovista de

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    En esta ocasin el emisario del banco fue directamente con Abdullatif. Lo encontr en el caf, bebiendo sus penas. Lo abord sin intermediarios y le dijo que el gerente del banco haba ledo su entrevista en el peridico y quera resolver un asunto pendiente relativo a su cuenta. El decorador de inte-riores lo mir despectivamente de arriba a abajo y le pidi que le ensease su tarjeta de presen-tacin. El emisario sac de su portafolios Samsonite una tarje-ta de presentacin color rosa que sirvi para confirmar lo que ha-ba dicho con antelacin. Con una voz amenazante y ronca, el decorador de interiores dijo:

    Entonces, cundo recibir mi dinero?.

    Lo recibir tan pronto cumpla con una condicin.

    Qu condicin?.Necesitamos que cometa

    un crimen. Solamente uno. Despus puede venir al banco y disponer de sus $800,000 dlares.

    De qu est usted hablan-do? Acaso est loco?.

    El emisario sac un sobre ne-gro de su portafolios Samsonite y removi su contenido.

    Mire, seor Abdullatif, aqu hay un cheque por $800, 000 dlares al portador. Si cumple con nuestra nica con-dicin puede presentarse en ventanilla y el dinero ser suyo.

    su riqueza. Esto no es una cuestin personal, sino relativa a todos y cada uno de esos pobres infelices que han visto perder el dinero que por derecho les corresponde. No le corresponde a todos los que estn ahogados en deudas un poco de la bonanza petrolera? Mi problema es que llevo a cuestas la carga de las preocupaciones de todos, y eso me quita el sueo. Envan mensajes a mis nervios a lo largo de toda la noche. Apenas si puedo dormir una noche por semana.

    Opresin, injusticia y criminalidad eran trminos sobre los que haba escuchado, pero con los que no estaba familiarizado. En lo que a m respecta eran solamente palabras que aparecan en las pelculas o que formaban parte del diccionario. Pero desde que volv las he en-contrado incrustadas en la realidad; las he sentido en cada recoveco de este pas. Hay alguna cada ms calamitosa que sta? Esta escoria criminal ha convertido al pas en un basurero sin fondo, en un mercado donde todo est a la venta.

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    Aqu tambin tiene la lista de diecisiete crmenes que hemos seleccionado; su trabajo consiste en elegir uno.

    El decorador de interio-res se quit los lentes de sol y mir atentamente la lista en la hoja azul, leyndola para sus adentros. El emisario observ cmo la cara del decorador de interiores se puso de color rojo, como si alguien le hubiese tirado un chorro de aceite hirviendo; todo su cuerpo temblaba de coraje. El estmago del emisario se derriti de miedo cuando el decorador se puso de pie como un gigante y rompi en pedazos la hoja de papel azul sobre su cabeza. Comenz a gritar como loco, reprendiendo al banco, a los bancos de todo el mundo. De repente una cacofona de silbidos y gritos proveniente de cada esquina se alz sobre la calle de los restaurantes, convirtindola sbitamente en un energmeno volcn de farfullo. El emisario sali a toda prisa y tropezando, humillado por la escena, casi ca-yendo de sopetn en el intento.

    La humillacin sufrida por su emisario no pas desaperci-bida para el gerente de banco; sin embargo, decidi intentar de nueva cuenta por otros me-dios. Un loco se apareci en el

    caf; tomando al decorador de interiores por sorpresa, agarr su copa y le ech la bebida caliente en la cara. Inmediatamente se enroscaron como gallos de pe-lea. La polica lleg en tiempo rcord a instancias del gerente de banco. Uno de los oficiales vaci un lquido rojo sobre la cabeza del loco, logrando que pareciera haber perdido la con-ciencia. Esposaron al decorador de interiores y lo llevaron a la comisara, mientras que a su loco adversario lo llevaron en ambulancia al hospital. Poco tiempo despus, al decorador de interiores se le imputaron cargos por intento de homicidio, lo cual implicaba hasta diez aos de prisin.

    El decorador de interiores pas diecisiete meses en prisin. Olvid cmo era la luz del sol, los tiempos felices que haba vivido. Su celda era estrecha y estaba atiborrada de ladrones, violadores y matones. La expe-riencia lo cambi por completo; el pelo se le llen de canas, su espalda se jorob, la barba le creci y su cuerpo se convirti en nada ms que piel y huesos. El gerente de banco consider entonces que era el momento oportuno para poner a su emi-sario en accin.

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    toUno de los das de visita, el

    emisario lleg a la crcel con su portafolios Samsonite bajo el brazo, reiterando la oferta previa y enterita a Abdullatif. En esta ocasin el decorador de interiores no estall iracundo, su expresin ni siquiera cambi, estaba tan impasible como un dolo de piedra. El emisario lo agarr de su corbata rosada y le advirti:

    Hemos quemado tu ex-pediente, eso quiere decir que tienes dos opciones. O te saca-mos de aqu con una llamada o te refundimos aqu el resto de tus das porque ante los ojos de la ley no sers nada ms que un criminal sin delito.

    Pas un momento de silen-cio, como si se tratara de un velorio, tras el cual el decorador de interiores despert de su en-simismamiento y dijo:

    Un da la verdad saldr a la luz.

    El emisario rio tan fuerte que escupa sin cesar.

    La verdad? Qu ingenuo eres, amigo, la verdad vale lo que estamos dispuestos a pa-garte. Nosotros, los dueos del dinero, tenemos los derechos de propiedad sobre la verdad que codicias. Tienes que entender que la verdad est en el bolsillo

    de cada uno. Tu bolsillo est vaco y el mo est lleno, as que la verdad no te pertenece a ti sino a m.

    El decorador de interiores estudi durante algn tiempo los dedos cortos y delgados del emisario antes de volver a hablar, con detenimiento:

    Quiero saber qu crimen he cometido a los ojos de tu jefe.

    Tu crimen es que no has cometido crmenes en lo absoluto.

    Por qu entonces tu pa-trn insiste en convertirme en criminal?.

    Porque est empeado en darte lo que por derecho te co-rresponde, los $800,000 dlares, pero solamente si demuestras merecerlos.

    Merecerlos? Mancharse las manos con sangre inocente, a eso llamas merecerlos?.

    Mi jefe es un filsofo con una perspectiva nica. Ha desa-rrollado toda una nueva teora moral, t eres uno de los ca-sos de estudio en los que est trabajando.

    Yo?.S. En resumidas cuentas, la

    teora dice que el hombre se con-duce por la vida de una manera criminal, como un depredador

  • 73el puro cuento

    en la selva, con el propsito de obtener sus ttulos materiales y morales dentro de la sociedad. Y dado su rcord criminal se convierte, por definicin, en un buen ciudadano.

    Eso quiere decir que el mejor ciudadano tiene que ser el peor de los criminales?.

    Precisamente. Y si uno rechaza esta teo-

    ra tajantemente puede conser-var su inocencia?.

    En dichas circunstancias, a uno no se le considera buen ciudadano. Uno sera inevita-blemente clasificado como un criminal que ha perpetrado el peor de los actos, no haber tenido el coraje suficiente para cometer un crimen.

    La moralidad de su jefe es tortuosa.

    Al contrario, es muy fran-ca. Una vez que la adopte la ver de la misma manera.

    El decorador de interiores guard silencio, ponderando el asunto de forma profunda. El emisario fue paciente, no quera interrumpir el hilo de pensamiento del prisionero que pareca haber abandonado esta vida detrs de la reja metlica. Los rayos del sol comenzaron a descender, el decorador de interiores se agit. Se abraz a

    s mismo, como avergonzado, y dijo trmulo:

    Tiene un cigarro?.El emisario sac un paquete

    de su bolsillo, tom uno y lo encendi. Luego hizo lo mismo para el preso y se lo pas a travs de las rejas. El decorador inhal el humo con gran placer, gimi orgsmicamente. Cuando hubo terminado, le pidi al emisario la hoja de papel azul en donde estaba escrita la lista.

    El decorador de interiores apareci al da siguiente, recin rasurado y con traje nuevo, en la calle de los restaurantes. La gente not que haba envejecido y caminaba ahora encorvado. Preguntaron dnde haba esta-do todos estos meses, pero no obtuvieron respuesta.

    El invierno lleg y fue amar-gamente fro. Mucha gente evit salir de casa antes del amanecer. Los habituales de la calle de los restaurantes cuchi-cheaban unos a otros sobre la trgica muerte de la limosnera lisiada desde su juventud. Haba sido encontrada a primera hora, bocabajo, en una terraza de pie-dra cercana a la oficina de co-rreos, con un hilito de sangre saliendo de la comisura de su boca. Se deca que haba sido envenenada.

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    He venido para indicarte el camino*

    Osama Esber

    Mira su imagen por la maana y se forma en la mente paisajes de una zona lejana: montes cubiertos de junglas, casas de concreto atrin-cheradas como si tuviesen miedo de la naturaleza y sus probabilidades; gente desconfiada. Sus labios murmu-ran, sus cabezas se dirigen hacia arriba donde aparecen la montaa sagrada y sus ramificaciones que descienden ha-cia un valle donde se construy en un extremo una nueva fortaleza que revive la imagen de la antigua ciudadela en la que habitaron antepasados que permanecen presentes como un ttem en el que se apoya todo el mundo, incluso durante la mxima realizacin individual.

    Revisa las otras imgenes, vuelve a centrarse en ideas que cruzan con el pasado, que han variado desde su nacimiento para alcanzar su forma actual. No desea profundizar en mimos ni posibilidades confirmadas. Todo se mueve hacia el futuro. Por qu el pasado? Por qu sus personajes y sombras? Qu queda de esos tiempos que pueda alimentar al espritu preocupado y hambriento? Esto es lo que intenta defender, confirmarlo y predicarlo a su manera. Sin embargo, todos se aferran a los momentos en los que otras personas atravesaron el tiempo y separaron los planetas de sus discrepancias. Les dijo que se trataba de una discrepancia pasajera. Creaba alergias impuestas por el tiempo de aquel entonces. Para l la palabra no

    * Traduccin de Nahi Alech

    Siri

    a

  • 75el puro cuento

    tiene historia y si la tuviese no importara porque es bilogo como la historia de su cuerpo.

    La maana tiene preguntas tambin, con ella despiertan los colores y sonidos, se abre el horizonte. La ventana de su casa mira hacia una colina desrtica, atravesada por gran nmero de cables de electricidad y telfono. Cuando se dio media vuelta para echar un vistazo, los rayos del sol

    ya haban ocupado la falda de la colina como si la luz hubiese ter-minado de conquistar el mundo.

    Su mente es una hoja en blan-co que necesita alguien que escriba en ella. En una edad como sta, las cosas al igual que el tiempo no tienen valor. El cuerpo se lanza en todas las direcciones y crea la qumica de su presencia, se fija en los detalles, pero no espera que el pequeo

    Al Zahir: El Manifiesto,uno de los nombres de Al

    Al Z

    ahir

    por

    Sam

    ir M

    alik

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    todescuido provoque averas o fisuras. Necesitaba de todos los segundos para regresar a su conflicto con las palabras, y fracasaba en llegar a expre-siones que quera para sus libros. Sabe que ahora el libro est desterrado a pesar de su reproduccin en nmeros su-persticiosos y un dilogo nulo.

    Muchas veces creaba otros personajes partiendo de su ima-gen y cambiando sus rasgos como la edad, el color de los ojos o el cabello. Era en s mismo fuente inagotable de todos sobre los que hablaba en sus obras.

    Ella no pensaba que algn da habra de cambiar de esta manera. Todos aquellos a quie-nes amaba deseaban su cuerpo y viceversa, no le era muy claro por qu el ser humano no anuncia la identidad de sus deseos innatos. Cuando le dijo te amo acudi a las palabras; l no intentaba son-dear sus profundidades porque ella pudo expresarse con xito, por lo que no le aparecieron puntos dbiles a travs de los cuales pudiera introducir nuevos efectos. Ms tarde supo que le faltaba madurez interna y que se asombraba con las personas, incluso las falsas. Pareca como si necesitara de algn tipo de re-conocimiento que confirmara su

    presencia o despertara un inters continuo que le otorgara lo per-dido durante la infancia. Tena un espacio que l no pudo llenar.

    Resisti el deseo de encen-der un cigarrillo y volvi en la memoria a la cafetera que mira hacia el pueblo, las casas ah dispersas de forma aleatoria segn la distribucin del terreno de construccin. En la lejana aparece una fortaleza rodeada por superficies vacantes y de-lante de l su cara de siempre. No encontraba el motivo por el que su cara resultaba familiar; a veces le pareca de una dureza oculta debajo de la piel, alguna preocupacin, una sensacin de miedo producido por una reac-cin que asecha y slo aparece en momentos determinados.

    Sale de su memoria y echa un vistazo a travs de la ventana para ver la colina totalmente cubierta de luz. Vuelve con su mirada ha-cia el interior de la habitacin y se ve sentado en una mesa. En este momento cruza ante sus ojos la imagen de una escultura de Azer-baijn, otra de frica, una copa antigua y palillos de incienso que ella trajo y se olvid de encender, mientras que l no pens hacerlo porque el incienso le recuerda a los mausoleos.

  • 77el puro cuento

    No not ningn cambio en ella. Iba y vena sistemtica-mente, llenaba la casa de flores, cambiando detalles; sala de los lugares comunes y descubra un caos guiado por la coordina-cin que sus retoques aadan al sitio. Cuando se marchaba, las cosas volvan a su lugar de siempre; entonces crey que su presencia provocaba efectos en las cosas, tensaba lo habitual, abra las puertas a lo desconoci-do y creaba un nuevo ambiente en el cual los momentos llovan magia que a su vez reconstitua el cuerpo y el alma. Entonces despegaban nuevas sensaciones con las cuales cargaba las pala-bras. Necesitaba una presencia que le hiciera olvidar la decepcin a la que conducan las palabras, a las que vea como un ejrcito de hormigas que cargaban las cosas a su guarida para almacenarlas. Entonces el mundo pareca vaco.

    Una noche tormentosa lleg a su pueblo y toc a la puerta; cuan-do sta se abri todos se sorpren-dieron. Vesta ropa distinta, para los que eligieron el camino, un camino que forjaron expertos en el arte de la publicidad. Su familia no esperaba aquel extrao cambio. Cuando recibi una llamada suya aquella noche sinti un cambio en el tono de su voz, intercalada

    con llanto. Cuando lleg estaba plida, no la reconoci. Sinti aquel vaco entre los dos. No entenda aquel cambio rpido y extrao. Ella le cont todo, segn dijo, pero sus palabras ocultaron muchos detalles que hubieran bastado para explicar las cosas. Reconoci que se haba equi-vocado desde que entr a la casa de los guardias del camino que le dijeron que ah comenzaba la historia y que deba ponerse cierta ropa para recorrerla.

    Haba visto a una persona de su trabajo que frecuentaba la habitacin y sinti una mirada incmoda proveniente de unos ojos que emanaban odio. Eso lo confirm cuando ella le dijo que le haba pedido que la odiara. Debemos odiar para que se nos abra el camino.

    No viaj aquel da tal como lo tena previsto. Volvi de la es-tacin y acudi a una cita que le haba concertado la persona que se present ante ellos para que re-conociera los rasgos del camino. Cuando sali de la casa sinti miedo. Segn dijo, le pidi que pasara la noche con l, pero ella no lo pens dos veces, lo dej y se fue a la estacin. Subi con ella al autobs y la esper hasta que lleg la hora de partir. Esa fue una de las contradicciones

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    tode su historia que l no quiso resaltar, evitando presionarla.

    Intent culparlo, lo acus de ignorarla, de no darle suficiente amor, lo que la hizo vulnerable a influencias externas. l no dijo nada y al da siguiente todo volvi a la normalidad.

    El tiempo pas como acos-tumbra hacerlo, a l se le olvid lo sucedido y volvi a reinar la armona. Algunas veces le hablaba del camino, de sus vctimas, sus guardias, sus pros y sus contras y del gran pblico que lo segua. Le dijo que era una carretera abierta a la mente que conduca a la tranquilidad y a la aceptacin, construida haca mucho tiempo, pero que no llevaba a ninguna parte, no conllevaba solucin alguna y absorba los dems caminos.

    Ella acuda al silencio cuan-do terminaba l de conversar, no saba si le gustaba su char-la o no, prefera el silencio aunque lo llenara el habla, el habla que busca aliados en otros caminos slo recorridos por individuos durante el sueo. Individuos cuyas palabras hacen una fuerte alianza con aquellos caminos, al tiempo que se con-ducen contra sus voluntades, convencidos u obligados, para andar un camino que nadie

    sabe hacia dnde se dirige y que requiere un silencio perenne de la mente.

    Cada vez que vena, l notaba cambios en su tono de voz y en sus palabras, como si nuevas ideas salieran de su cabeza, hablando de los beneficios del camino. Lo sorprendieron sus convicciones. Entonces ests lejos de mi camino. No te equivoques, no podra amar a otra persona, pero el camino es el que controla mis ideas. Le pidi que le hablara del camino. Dijo que conduca a la seguridad interna y que la protega del miedo. A lo que l contest que en su interior ella nunca sera ms que una sirvienta de los guardias del camino.

    Los puentes entre ellos se derrumbaron, no le permitieron acercarse a ella, quien insista en que andar por el camino requera pureza de algn tipo. Supo que la perseguan y que el camino por el cual la llevaban conduca a la cama, sinti que eran semillas de pequeos parasos, que ellos tenan su camino, que adoraban la posesin y que todo el que caminaba ese camino formaba parte de sus propiedades. Ya le haban atacado intensamente, quemaron algunos de sus libros y amenazaron a las libreras que los distribuan. Pero no tena

  • 79el puro cuento

    miedo, ellos no representaban la verdad para l, lo mostraba la vio-lencia tras la que se escondan. Ahora lo atacaban de nuevo pero desde dentro, desde el n-cleo de su experiencia, alzndose con la victoria.

    Algunos amigos le pidieron que escapara. Le dijeron que lo iban a matar y que deba alejar-se. Se rio burln y dijo que no traicionara los muchos caminos con los que soaba y que saba habran de abrirse algn da, cuando los pies podran elegir la direccin que llevara hacia ella. Los caminos que busco y sueo, en los que entreno mis palabras para descubrirla, des-aparecern si me alejo, dijo. Aljense ustedes si sa es su eleccin. Le pidieron distan-ciarse de ella, le dijeron que ella no se ausentaba de las reuniones de los guardias. Cmo puedes fiarte de ella?.

    Nunca dud ni un segundo de ella, ni siquiera le pidi que regresara las llaves de su casa. Un da ella lleg y comenz a hablar sobre las ventajas del camino, pero cuando lo invit a caminar en ste, l sinti un rechazo extrao. Le pidi que se alejara de l por un tiempo, que pensara en la eleccin entre los caminos de ellos y los de l.

    Al salir ella de la casa, eligi una cinta de msica, la coloc en el reproductor y alz, cantando, la voz al mximo. El sonido de la msica llen la casa, eclips los clxones de los carros y la voz de la gente en el exterior, borr su imagen del mundo y desper-t en l deseos ocultos. Sac papeles y comenz a escribir hasta sentir un repentino ago-tamiento, apag el reproductor de msica y sali de la casa para dar una vuelta por las calles de la ciudad.

    Ella no volvi durante un mes completo. l sinti que ella haba elegido su camino, que caminaba en l sin desviarse, que se alejaba y no regresara. La ha absorbido la esponja, y tal vez la dren y la tir al lado del camino. Se imagin una escena horrible que rpi-damente sac de su cabeza. Decidi partir de la ciudad por una semana para descansar del dolor punzante. Fue al pueblo y se encontr con algunos amigos y parientes. Conversaron sobre el camino, entonces sinti que todos estaban casi convencidos de que la nica va de salvacin era ese camino. Se enfureci, atacando con intensidad sus ideas. Le respondieron que es-taban aburridos del camino del

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    que l hablaba y de otros tantos iguales, caminos ambiguos, desconocidos y que no llevaban a ninguna solucin.

    Volvi decepcionado del pueblo. Al menos en la ciudad todava haba gente que compar-ta sus creencias, poda sentirse seguro entre ellos. Al llegar a casa durmi una hora, luego se sent a la mesa para escribir sus reflexiones sobre la visita. Antes de terminar la dcima lnea es-cuch la llave dando vueltas en la cerradura de la puerta. Sinti tranquilidad nacida de las ganas que tena de verla. La puerta se cerr de la misma manera de siempre, l escuch esos pasos conocidos acercndose. Se estre-meci como cuando ella se pa-raba detrs de l, apoyando las manos en sus hombros y besn-dole el cuello, extendiendo la mueca para alejar los papeles y el bolgrafo de la mesa, y pidin-dole correr la silla hacia atrs para sentarse en sus piernas y susurrarle que le contara un cuento. Aunque eso no volvi a suceder despus de que el cami-no se interpusiera entre ellos, separndolos y abriendo un va-co imposible de cerrar. Final-mente regres. l sinti entonces que una flor se abra en su interior, emanando un aroma

    desde mundos ocultos. Aunque no sinti esas manos sobre sus hombros, ni sus labios en el cuello, ni su cuerpo entre los brazos, ni el perfume dejando huellas en su camisa, ni el color de su lpiz de labios pintando su cachete. l mantuvo su misma posicin. Los pasos siguieron acercndose y se detuvieron detrs de l. Sinti un metal fro tocando su cabeza. Escuch una voz que no era la suya diciendo al mismo tiempo que pona la mano en el gatillo: He venido para indicarte el camino.

    La ll

    amad

    a por

    Sam

    ir M

    alik

  • Mohannad Orabi (Damasco, 1977) se gradu de la escuela de Bellas Artes de la Universidad de Damasco en el ao 2000. Sus enigmticos autorretratos, ahora parte familiar del universo pictrico rabe, lo han convertido en uno de los ms importantes artistas plsticos de su generacin. Ha exhibido frecuentemente en el mundo rabe y en Estados Unidos, Europa y Asia, incluidas las siguientes ferias: Art Palm Beach, Miami International Art Fair y Scope Art Fair (en Basilea, Suiza). Sus exhibiciones individuales en la International Gallery Expo de China y en la feria Art Hong Kong en 2009 despertaron un notable inters en el circuito internacional.

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    Ahmad Moualla (Damasco, 1958) es considerado uno de los pilares del movimiento posmoderno del expresionismo sirio. Su obra posee fuertes influencias lricas y mezcla de forma nica la personificacin y la interpretacin. Graduado de la escuela de Bellas Artes de la Universidad de Damasco, Moualla continu su formacin en la Ecole Nationale Superieure des Beaux Arts de Pars, Francia. A lo largo de su prolfica carrera ha participado en numerosas exhibiciones en lugares como Dubai, El Cairo, Estambul, Pars, Bahrain, Kuwait, Viena y Berln, entre otros. Desde 2007 su obra forma parte del catlogo de subasta de arte contemporneo rabe de la casa Sothebys. Fue reconocido con el premio al mrito artstico Al Burda en los Emiratos rabes Unidos.

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    Acrlico sobre tela, 95 x 95 cm, 2010 Acrlico sobre tela, 120 x 100 cm, 2010

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    Acrlico sobre tela, 2007

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    Acrlico sobre tela, 90 x 200 cm, 2009

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    Acrlico sobre tela, 40 x 80 cm, 2010

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    Acrlico sobre tela, 60 x 60 cm, 2010

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    Acrlico sobre tela, 180 x 50 cm, 2010

    Acrlico sobre tela, 80 x 80 cm, 2010

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    Acrlico sobre tela, 200 x 200 cm, 2008

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    Pimienta*Naghib Mahfuz

    En el caf La Felicidad hay muchas cosas interesan-tes. Una de ellas, Pimienta, un chico de doce aos o poco ms. Su verdadero nombre es Taha Sanqar, pero se le conoce por Pimienta. Est en el caf desde las primeras horas de la maana hasta la noche, para acercar la candela a los que quieren fumar un narguile.

    Ya se sabe que los motes no son injustificados, pero ste est es-pecialmente bien puesto: el muchacho es vivo, gil, acude como una avispa antes de que el cliente haya acabado de llamarle. No para en todo el tiempo de moverse ni de hablar.

    Trabaja all desde hace un ao por una piastra al da, adems de su narguile, y una taza de t por la maana y otra despus de la comida. Con esto est ms que satisfecho. Se siente orgulloso cada vez que piensa que se gana el sustento y puede disponer de una piastra; as que, como l dice: Yo, feliz y contento.

    No por eso cree que est todo hecho. Su meta inmediata est en el da en que el patrn le autorice a llenar y servir los narguiles, trabajo que supone el ascenso de chico a mesero despus quin puede predecir adnde llegar!

    Consecuente con su ambicin, ejercita sin parar sus cuerdas vo-cales, voceando las consumiciones. Y es que en un caf popular una buena garganta es tan importante como en una academia de canto.

    Una de las cosas que ms le gustan a Pimienta del caf La Felicidad es la tertulia de estudiantes que se rene all las tardes de los das de fiesta y en vacaciones. Se acomodan en un rincn. Charlan. Juegan al chaquete. Beben t y jengibre. Son personas del pueblo, pobres, igual que los dems clientes, pero los estudios se les han subido a la cabeza; se sienten superiores y mantienen las distancias. Han dejado de vestir el yillab, aunque alguno siga llevando calzado de madera.

    * Traduccin de Mara Jess Viguera y Marcelino Villegas

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    toSe renen a pasar el rato.

    Mientras sorben su t o su jengi-bre, uno cualquiera de ellos lee en alto un peridico vespertino. Los otros lo escuchan. A continua-cin se lanzan a comentarlo y dis-cutirlo larga y apasionadamente.

    Una tarde, Pimienta entendi por primera vez lo que decan, y se llev una gran alegra. Acaba-ban de leer, entre otras cosas, la noticia del juicio incoado contra un alto funcionario acusado de corrupcin.

    Automticamente se encen-dieron los comentarios

    ste ha cado en manos de la ley por casualidad. Hay otros mu-chos que deberan estar en la crcel, pero la justicia hace la vista gorda!

    Y fueron hacindose ms directos y menos contenidos:

    El mal no est slo en los funcionarios; hay otros ya me entienden, peores, y todava ms canallas. En este pas, si estuviera bien equilibrada la balanza de la justicia, estaran llenas las crce-les y vacos los palacios!

    Rivalizaban en sacar a relucir nombres, en despellejarlos y en rebozarlos por el lodo, con voces alteradas, fuera de s:

    Fjense en fulano, sin ir ms lejos saben cmo ha amasado su inmensa fortuna?... (Y acto seguido enumeraban los atropellos y los robos con que

    haba conseguido hacer dinero. Se daban tantos detalles que pa-reca estar contndolo el propio secretario o administrador del interesado.)

    No dejaron de hacer la di-seccin de ningn personaje importante. Las vidas se interpre-taban a gusto del consumidor. Se barajaban defectos. La frase que serva de trampoln era:

    Y saben cmo ha amasado su fortuna fulano?...

    Todo lo dems sala despus. Uno de el los concluy,

    furibundo:En este pas el robo est

    permitido! Pimienta entendi la frase

    sin dificultad, aunque haba sido dicha en lengua culta. Le gust. Una pasin enterrada revivi en su interior: Qu bien suena eso de que ste es un pas de ladrones! Caramba, de modo que el robo est permitido aqu! Pimienta lleva lo de robar en la sangre; ha sido criado a pechos del robo. Es a lo que est acostumbrado desde la cuna: su madre, que trabaja como vendedora de manzanas, se dedi-ca en los ratos libres a encontrar alguna que otra gallina perdida, y su padre, el to Sanqar, vende-dor ambulante de cacahuates, es muy aficionado a llevarse la ropa tendida en los patios, y tiene una habilidad especial para escurrir

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    el bulto. A pesar de todas estas ayudas, la familia no prospera.

    Aquella noche tuvo un final desagradable para Pimienta. Cuando volvi a casa, mejor dicho a la habitacin donde vi-van todos, encontr a su madre levantada todava, preocupada y desconsolada, rodeada de sus hijas, llorosas. El chico se asust al encontrarse con aquello. Antes de darle tiempo a preguntar, su madre le explic: Un polica se ha llevado a tu padre. Pi-mienta comprendi la situacin. Se acerc a su hermana mayor, y sta le dijo algo ms: que lo ha-ban denunciado por robar unas camisas y unos calzones, y que se lo haban llevado a la comisara. Despus de un momento de si-lencio, aadi que, por lo menos, tena crcel para unos cuantos meses o quiz aos.

    Pimienta no vea a su padre casi nunca: por la noche ya estaba dormido cuando ste volva de sus vagabundeos, y por la maana sala para el caf antes de que su padre se hubiese levantado. A pesar de esto, contagiado por el ambiente, se puso triste y llor.

    De pronto record lo que haba odo por la tarde y se acerc a contrselo a su madre: que el pas estaba lleno de ladrones, que el robo era legal La mujer no estaba para fantasas; lo apart,

    le chill agriamente que se callara y acab pegndole una bofetada.

    Al despertar a la maana si-guiente, Pimienta haba olvidado el da anterior, como si hubiese nacido de nuevo. Se fue para el caf, con su paso rpido, sin distraerse.

    No era la primera vez que metan a su padre a la crcel.

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    Washington Irving y Florin Rey: Cuentos de la Alhambra

    Estrella Asse

    Grata la voz del aguaa quien abrumaron negras arenas,

    grato a la mano cncavael mrmol circular de la columna,gratos los finos laberintos del agua

    entre los limoneros, grata la msica del zjel,grato el amor y grata la plegaria

    dirigida a un Dios que est solo, grato el jazmn.Jorge Luis Borges

    Es comn identificar a Washington Irving como uno de los pioneros de las letras estadunidenses. La peculiaridad de sus relatos, la sobria escritura de sus ensayos y las ancdotas que contienen sus biografas, lo colocaron a la cabeza de la nueva generacin de escrito-res que sobresalieron en el panorama literario del siglo xix. Predecesor de Edgar Allan Poe y Nathaniel Hawthorne, muy pron-to esta tpica triada de cuentistas habran de impulsar el gnero ms all de su frontera geogrfica, logrando as su plena autonoma.

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    Con la publicacin de The Sketch Book of Geoffrey Crayon (1820), traducido al espaol como Libro de apuntes, Irving populariz el gnero del sketch en esta coleccin, mezcla de cuentos y ensayos. Con el seud-nimo de Geoffrey Crayon, el au-tor imprimi un original estilo en los cuentos ms famosos que incluye, como The Legend of Sleepy Hollow, (La leyenda del jinete sin cabeza), versin que Tim Burton adapt a la pantalla en 1999, o Rip Van Winkle, que se inspir en la antigua leyenda de los durmien-tes de feso.

    El sketch se distingui de otros gneros narrativos breves por su naturaleza anecdtica,

    analtica y descriptiva; se incor-por con xito en los peridicos y revistas inglesas desde el siglo xviii para dar a conocer sucesos o aspectos culturales; por ejem-plo, experiencias de viajes. Des-cendiente directo del ensayo, el sketch se nutri tambin del periodismo, aunque, al paso del tiempo, se combin con recur-sos imaginativos y no slo docu-mentales, al estilo de cuentistas que lo cultivaron, como Prosper Mrime, Ernest Theodor Hoff-mann o Poe mismo.

    A tono con el espritu ro-mntico de su poca, Irving sigui alimentando ese gnero a travs de los largos viajes que emprendi por distintas partes del mundo, que fueron

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    ingredientes fundamentales de otras colecciones; en ocasiones, con base en su diario personal (Extracto de las notas del diario de Washington Irving, 1928) o fruto de los pases que visit (Cuentos de un viajero, 1824). Su permanencia en Europa por ms de quince aos y el pres-tigio literario que adquiri lo acercaron al ncleo diplomti-co de los Estados Unidos en el extranjero. En su larga estancia en Espaa, recibi la oferta del embajador de su pas para ocu-par el puesto de investigador residente y con ello la tarea de profundizar en el pasado del descubrimiento de Amrica.

    Estudioso incansable de la historia y la literatura espao-la, Irving se convirti en un hispanista reconocido, hecho que aument su prolfica ca-rrera con publicaciones que le merecieron el cargo de em-bajador de su pas en Espaa. Tras la aparicin de Historia de la vida y viajes de Cristbal Coln (1828) y de Crnica de la conquista de Granada (1929), cuyas ediciones circularon de manera continua en mltiples traducciones, con Cuentos de la Alhambra (Tales of the Alham-bra, 1832) consolid el curso de publicaciones en las que puso de

    relieve el trasfondo histrico de la cultura rabe en su larga estada en la pennsula ibrica.

    De su etimologa Al-Hamr, diminutivo que se adapt del nombre completo, Qalal-hamr (fortaleza roja), el im-ponente conjunto del palacio, ciudadela y fortaleza, enclava-dos en las colinas que rodean Granada capital en otros tiempos del emirato islmico en Espaa la Alhambra es el legendario reducto oriental que se edific entre los siglos ix y xiv y que transform parte de su fisonoma, luego de la unifi-cacin religiosa impuesta por los reyes catlicos, Fernando e Isabel, en 1492, coyuntura que plasma Irving en su escri-tura: Tal es la Alhambra: una roca musulmana en medio de tierra cristiana; un elegante recuerdo de un pueblo vale-roso, inteligente y artista, que conquist, gobern, floreci y desapareci.

    Pero el deseo de Irving tras-pas las altas murallas de la fortaleza morisca; en su texto anidan relatos que evocan un legado que no slo remite a su esencia histrica, tambin cohabitan en una suerte de ar-quitectura potica que traza una gua a los ntimos rincones de la

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    imaginacin. Afn a los orgenes de los cuentos orales, los tales preservan sus recursos folcl-ricos, su naturaleza hbrida que flucta entre los episodios inverosmiles de las leyendas y la realidad que los circunda, entre el contenido objetivo y la presencia de un nuevo narrador que reactiva la expresin po-pular que perpeta el sentido de su conserva-cin: valor de un rico bagaje que rejuvenece al liberarlo de las ataduras del pasado, tradi-cin que cruza los tiempos y se resignifica en el encuen-tro de Oriente y Occidente.

    En ese uni-verso narrativo, que se compo-ne de casi cua-renta relatos, Irving es histo-riador y hom-bre de letras, conjuga la ma-gia orientalis-ta de antiguas historias, como La leyenda

    del prncipe Ahmed, El astrlogo rabe o La leyen-da del soldado encantado, igual que anima habitaciones, salones y patios que el autor recorri: reminiscencia de los antiguos fundadores nazares y anexin de crnicas de hostiles recuentos de destruccin y muerte que se leen en Moha-med Ibn Alahmar, el fundador

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    de la Alhambray en Yasuf Abul Hagig, el finalizador de la Alhambra.

    El azar que impuls el paso del viajero grab en sus pala-bras el inicio de la aventura que lo aguardaba, para el viajero imbuido de sentimiento por lo histrico y lo potico, tan inseparablemente unidos en los anales de la romntica Espaa, es la Alhambra objeto de devocin como lo es la Caaba para todos los creyentes musulmanes; descanso o regocijo que ali-ment su fantasa con dulces quimeras y gozando esa mezcla de sueo y realidad que consume la existencia murmullo de las cascadas de agua en la fuente de Lindaraja, matices melancli-cos que vislumbran el punto final de su trayecto: Un poco ms, y Granada, la vega y la Alhambra desaparecieron de mi vista. As termin uno de los ms delicio-sos sueos de una vida que tal vez piense el lector estuvo demasiado tejida de ellos.

    Despus de Irving, vendran oleadas de visitantes de otras nacionalidades, escritores que abrevaran de sus pginas las emotivas vivencias del autor entrelazadas en la secuencia de sus historias, amoldables en su forma y contenido; de igual

    manera, accesibles como piezas independientes que se extraen sin afectar la totalidad que unifi-ca el marco que las encuadra. Tal estructura elstica existe como clula de un trabajo extenso que se desgaja de su unidad central y puede ser expandible en el fluir de imgenes que fueron materia prima de adaptaciones cinematogrficas.

    Entre otras, la pelcula ho-mnima del libro de Irving , Cuentos de la Alhambra (1950) del director espaol, Antonio Martnez Castillo, mejor co-nocido como Florin Rey, que haba consolidado su carrera con una produccin importante que incluye ttulos como La aldea maldita (1930), la cual marc la transicin del cine mudo al cine sonoro en Espaa. Con la idea de crear un cine espaol comercial que recreara temas populares, el director realiz la triloga, La hermana San Sul-picio (1934), Nobleza baturra (1935) y Morena Clara (1935), como seala Agustn Snchez Vidal, afn a su idea de hacer un cine costumbrista que reflejara el folclore y el arraigo a la msica tradicional espaola.

    La compleja transformacin tcnica del audio y las innova-ciones tecnolgicas provocadas

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    por el desarrollo de la industria flmica, sobre todo en los Esta-dos Unidos, fueron determinan-tes para Florin Rey, quien viaj a Francia para familiarizarse con novedosos sistemas en auge en aquella poca; su estancia en ese pas durante tres aos le vali una contratacin como director de doblajes en la sede francesa de los estudios Paramount.

    El ascenso de su carrera dis-minuy en el transcurso de la Guerra Civil y busc en Alema-nia estudios cinematogrficos con la idea continuar los xitos hasta entonces obtenidos. Sin embargo, a su regreso a Espaa, enfrent un pblico muy dis-tinto al de la preguerra. Hacia finales de los aos cuarenta y principios de los cincuenta, las pelculas de Rey tuvieron poca aceptacin y marcaron un decli-ve definitivo en su trayectoria.

    A pesar de que Cuentos de la Alhambra fue calificada por al-gunos crticos de fantasa ex-tica, su realizador conserv en la pelcula elementos estticos que haban emparentado traba-jos anteriores. Rey sigui la lnea de los musicales folclricos o espaoladas un gnero, segn Marvin DLugo, que alcanz en la primera mitad de los aos cincuenta su mayor expresin.

    La presencia de artistas de la cancin andaluza y una trama de carcter cmico o melodra-mtico lograron pelculas que impactaron principalmente en pblicos de bajo nivel cultural. Los nombres de Juanita Reina, Lola Flores, Carmen Sevilla y otros fueron recurrentes en esce-nas que se reprodujeron en ms de ochenta pelculas de ese pe-riodo. No en vano Rey dijo que el cine espaol tena la obliga-cin de orientarse hacia Amrica y mostrar a su audiencia un cine apegado a sus races folclricas, donde hubiera mujeres more-nas y msica espaola.

    Siguiendo el esquema co-mn de otras pelculas ro-daje en locaciones andaluzas, aparicin de gitanos y delin-cuentes annimos, ambienta-ciones regionales y personajes de rangos o mbitos sociales opuestos la adaptacin de Cuentos de la Alhambra sig-nific la recuperacin de un libro entraable que divulg la cultura hispana en el resto de Europa y en Amrica.

    A modo de prembulo, Rey caracteriza a Irving en su na-tal Nueva York en 1830 y lo convierte en el narrador que desarrolla la trama en retrospec-tiva. Asimismo, interviene en

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    algunas escenas como consejero que ayuda a los personajes a resolver intrincadas situaciones, pues fue su pluma la que les dio cuerpo y alma. Aunque el ttulo de la pelcula sugiere una adaptacin global respecto de su origen literario, el hilo con-ductor se apoya especialmente en el cuento Leyenda del gobernador y el escribano, una recreacin completa de las esferas sociales en pugna cons-tante. Los ncleos de poder se dividen entre un gobernador militar que defiende la autono-ma de la Alhambra y el corre-gidor de Granada, quien busca incrementar su dominio en esa regin. Alrededor de ese con-flicto se aaden los incidentes de una pareja de enamorados que desafan la autoridad; las pericias de la astuta joven, que protagoniza Carmen Sevilla, se enlazan a una intriga en la que no falta el tono festivo de canciones y bailes que relajan la tensin y anticipan la con-clusin de un final feliz.

    Florin Rey y Washington Irving interactan desde ngu-los distintos. El director recons-truye una parte del microcosmos en los sitios que el escritor conoci, reproduce en los di-logos el acento que emana de la

    tierra que le dio cobijo, aprove-cha el talento de una figura que supo proyectar el encanto de longevas historias que irradian en sus pginas. El escritor enri-quece la perspectiva historicista, absorbe de los monumentos ruinosos una Espaa que fue puente de comunicacin entre dos mundos apartados entre s, un testimonio que perdurar inscrito en los muros de la Al-hambra, el sentimiento de una voz que se mantiene intacta.

    Ttulo: Cuentos de la AlhambraAo: 1950Pas: EspaaDuracin: 114 minutosDirector: Florin ReyMsica: Jess Garca LeozFotografa: Heinrich

    Grtner

    Reparto:Carmen Sevilla Mario Berriata Jos Isbert Nicols D. Perchicot Carmen Snchez Juan Vzquez

  • 107el puro cuentoel puro cuento

    Las matrioshkas de Rimsky-Korsakov

    Rebeca Mata Sandoval

    La estructura abismada corresponde al desarrollo de una accin dentro de los lmites de otra accin y la encontramos en la recopilacin de cuentos rabes que conocemos como Las mil y una noches. El ttulo de estos relatos lo conforman Los mil y un cuentos que pro-ceden de Persia. La historia de Scherezada se aade ms tarde. La primera compilacin moderna se public en El Cairo en 1835. Hasta 1704 se hizo la primera traduccin al francs de estos re-latos; posteriormente apareci la traduccin al ingls de sir Ri-chard Francis Burton como Arabian Nights. La idea del nmero mil corresponde a una cifra que tiene que ver con la infinitud.

    Nikolai Andrievich Rimsky-Korsakov (1844-1908) es el ms joven del grupo de los cinco nacionalistas rusos. Su obra ofrece una exaltacin del color y la tendencia a la fbula; de esta forma sus imgenes se vuelven inmateriales. La obra de un artista por lo general se nutre de sus experiencias. As encontramos que el to Piotr llevaba al nio Nikolai a todos los servicios religiosos del monasterio cercano; as, a temprana edad el pequeo aprendi de memoria las canciones de los campesinos y los temas religiosos. Al cumplir 12 aos, ya haba hecho cuatro viajes para visitar a un pariente que era almirante de la flota imperial, ya que la familia Rimsky-Korsakov

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    estaba conformada por militares y marinos. Nikolai ingres a la Escuela de Cadetes Navales y as se forj una vida de navegante, sin abandonar la msica. Pas dos veranos a bordo de un buque escuela y en 1862 egres de la Escuela Naval como guardia ma-rina y fue destinado a la fragata Almas. Visit Inglaterra, Estados Unidos, Ro de Janeiro, Espaa, Italia y Francia. Convertido en un profesional del mar, regres a San Petersburgo tres aos des-pus. All estren una sinfona que haba compuesto durante sus largas travesas. El pblico se sorprendi al ver que un marino uniformado sala a recibir los aplausos. La Rusia de Rimsky es maravillosa en sus lmites con el oriente, extica.

    En el auge del inters por el Oriente y como un reflejo de sus propios viajes y un poco con el alma de Simbad, Rimsky-Korsa-kov compone Scherezada (1888). Su intencin es la de ofrecer una serie de figuras de caleidoscopio, brillantes escenas orientales por medio del trabajo libre del mate-rial sonoro. Su trabajo se aseme-ja a un juego de matrioshkas que va encerrando una estructura dentro de otra.

    El compositor trat de no encauzar al oyente por ninguna

    ruta. Los episodios que inicial-mente se llamaban Preludio, Balada, Adagio y Final, acaba-ron teniendo una referencia a episodios en especfico en los que el oyente crea sus propias referencias a partir de los ttulos y del material sonoro. A pesar de su intento porque la obra no se vinculara a referencias concre-tas, pues en la segunda edicin las suprimi, las indicaciones de su plan original se han man-tenido en los programas hasta nuestros das. As tenemos:

    1. El mar y la embarcacin de Simbad: Presenta las voces principales: la de Schahriar, que escuchamos en los primeros compases, y luego la de Sche-rezada en los solos de violn; estas voces darn continuidad y unidad a la obra entera, ya que aparecen en todos los nme-ros. En medio de ambas voces o temas, escuchamos el mar. Aunque podemos distinguir con claridad las cuatro partes en que se divide la pieza, existen motivos meldicos que unifican el movimiento.

    2. Relato fantstico del prn-cipe Kalendar: Est constituido por un tema y variaciones que cambian en virtud de su acom-paamiento y que narran la

  • pjaros en el alambre

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    historia de Schahriar cuando a su regreso de la guerra encuentra a su esposa con sus amantes en medio de una orga. Un silencio anuncia la aparicin del sultn.

    3. El prncipe y la princesa: Es el movimiento ms sim-ple de la obra y se encuentra construido sobre dos temas de danza, uno sentimental y el otro voluptuoso. Al final recapitula el tema inicial para cerrar con languidez, semejando el sopor de los amantes.

    4. Fiesta en Bagdad: El barco naufraga contra las rocas vigila-das por un guerrero de bronce.

    5. Conclusin: Esta pieza cierra la obra mostrando el tema de Schahriar, Scherezada y la fanfarria que ilustra el naufragio, adems de introducir nuevos temas.

    La estructura de la obra se parece ms a la de una suite que a cuatro episodios separados, como parece haber sido la inten-cin del compositor. Mantiene la unidad antes mencionada por medio de los temas y las voces del sultn y la princesa. Rimsky-Korsakov insista en que la aparicin de los leitmotivs slo constitua material para el desarrollo sinfnico que aparece

    a travs de la obra entrelazn-dose y mostrando diferentes caractersticas sin que corres-pondan a imgenes definidas. Sin importar los esfuerzos del msico, el solo de violn nos lleva a travs de las cuatro esce-nas o historias como la voz de Scherezada, abriendo y cerrando o dejndonos en suspenso en medio del relato para pasar de un movimiento a otro. Al inicio de la obra, las olas nos arrastran junto con el barco de Simbad y nos sitan en un escenario especfico. Aunque no sepamos dentro de cul de sus viajes nos encontramos, nos otorga la li-bertad de elegir nuestra propia aventura.

    Scherezada fue interpretada por nica vez por Rimsky-Kor-sakov en 1890 en el Teatro de la Moneda en Bruselas. El xito que tuvo no le pareci al com-positor y prohibi que fuera interpretada o que se utilizara en un ballet. Sus esfuerzos resulta-ron insuficientes para contener el triunfo de la obra, que adems de la enorme cantidad de inter-pretaciones, se convirti en un ballet muy famoso.

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    Wajdi al Ahdal (Sana, 1973) es autor de la novela El filsofo de la cuarentena, finalista del premio de Literatura rabe en 2008.

    Mohammed Hassan Alwan (Riyadh, 1979) es uno de los autores sauditas ms representativos de su generacin. Ha publicado dos novelas y una coleccin de relatos cortos.

    Osama Esber (Latakia, Siria, 1963), poeta, novelista y editor, desde el 2004 publica la revista literaria de ms renombre en Siria, Al-Fikr. A fines de los noventa particip en el Programa Interna-cional para Escritores de la Universidad de Iowa, Estados Unidos.

    Faza Gune (Pars, 1985) naci en Francia de padres ar-gelinos; escribi su primera novela a los diecisiete aos, convir-tindose en un xito de ventas (360, 000 copias vendidas). Ha sido traducida a una decena de idiomas.

    Jabbar Yassin Hussin (Bagdad, 1954) es periodista; su filiacin con el partido comunista iraqu lo hizo objeto de tor-turas durante el rgimen de Saddam Hussein, hasta obligarlo al exilio en Francia, donde radica desde 1976. Su obra, compuesta por novelas, cuentos e historias infantiles, versa principalmente sobre la experiencia del exilio.

    Gassan Kanafani (Acre, Palestina, 1936-Beirut, 1972) es una de las principales figuras de la literatura palestina del siglo pasado. Su obra, en la que las historias cortas tienen gran peso, es considerada como un himno de resistencia del refugio palestino. Fue asesinado por un coche bomba por los servicios secretos israeles.

    Naghib Mahfuz (El Cairo, 1911-2006) es el escritor egipcio ms conocido de la poca moderna. En 1988 recibi el Premio Nobel de Literatura, convirtindose en el primer autor de origen

  • 111el puro cuento

    rabe, y el nico hasta la fecha, en ostentar dicho galardn. Escri-bi ms de 350 cuentos a lo largo de su carrera, que se extendi por cerca de 70 aos.

    Antonio Martnez Castro es arabista por la Universi-dad Autnoma de Madrid. Tom cursos de rabe en el Inalco de Pars, en varios pases rabes y un magister de literatura rabe en la Universidad San Jos, de Beirut. Ha trabajado como pro-fesor de espaol en universidades de Beirut, Damasco, Sanaa. Es profesor de rabe en la Escuela Oficial de Idiomas de Almera. Adems de algunas traducciones, ha publicado artculos sobre literatura rabe contempornea en las revistas Hesperia, Nacin rabe y Anaquel Panrabe.

    Ibrahim Samuel (Damasco, 1951): sus cuatro novelas publi-cadas a la fecha lo colocan como uno de los autores de referencia en el mundo rabe. Ha sido traducido a una decena de idiomas.

    Muhammad Shukri (Nador, Marruecos, 1935-Rabat, 2003) se convirti en uno de los ms importantes escritores marroques de todos los tiempos. Su obra cumbre es la triloga autobiogrfica compuesta por los libros El pan desnudo, Tiempo de errores y Ros-tros, amores, maldiciones.

    Zakariya Tamer (Damasco, 1931) es uno de los ms cono-cidos, ledos y traducidos autores de cuentos del mundo rabe. Tambin escribe historias para nios y trabaja como periodista independiente escribiendo columnas satricas en los diarios. En 2009 se hizo acreedor al Premio Internacional de Literatura Metrpolis Azul en Montreal, Canad.

    Yabra Ibrahim Yabra (Beln, 1919-Bagdad, 1994) naci en el seno de una familia ortodoxa-siraca en Palestina; se refugi en Irak despus de los acontecimientos de 1948. Poeta, novelista, traductor y crtico literario; estuvo a cargo de la publicacin de la mayor parte de la obra de T.S. Eliot en la regin.

  • El diez

    En muchas culturas, el tiempo se mide por dcadas. Mu-chos dioses han redactado las reglas del juego mediante declogos.Entre los mayas, el dcimo da es nefasto, porque pertenece a

    Thoh, dios de la muerte.Diez es el nmero de la tetraktys de los pitagricos, que juraban

    de la siguiente manera: No, lo juro por aquel que ha transmitido a nuestra alma la tetraktys en que se encuentran la fuente y la raz de la eterna naturaleza. La siguiente pirmide contiene el 10. En la cspide est el uno, la divinidad, el principio de todo; en la parte de abajo se ve la dualidad, lo masculino y lo femenino, principio de la fecundidad; tambin, el dualismo profesado por muchas culturas, el ying y el yang, el cielo y la tierra, la gloria y el infierno, la luz y la noche, el movimiento pendular, la anttesis; en la tercera lnea se ven tres puntos que simbolizan los tres niveles de la vida humana: lo corporal, lo intelectual y lo espiritual; los cuatro puntos de la ltima lnea simbolizan la base de la pirmide: los cuatro elementos, los puntos cardinales de la Tierra, las cuatro estaciones del ao.

    .. .. . .. . . .

    En esta figura se ven cuatro puntos en los tres lados que cierran el tringulo, alrededor de uno. Tambin se observan 3 tringulos en la base de la pirmide, dos ms sobre stos y el ltimo que corona los 6 tringulos.

    La suma de los primeros 4 nmeros del sistema decimal da 10: 1 (mnada, es el punto) + 2 (dada, la lnea) + 3 (trada, el

    tringulo) + 4 (ttrada, la pirmide).

  • Felipe Reyes MirandaAL FINAL, SLO EL ABISMO

    Soy la Luna. La encantada, la difusa. La que se pierde y apa-rece en los eternos crculos de la vida. La que muere, la que resucita. Soy la luz que envuel-ve a la noche, la que alza los mares hasta tocar las estrellas. Soy la inalcanzable, la que se va, la eternamente presente.

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    Maite Villalobos

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    Donde nace el agua

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    Entre los enigmas que otan en Donde nace el agua, Maite Villalobos hace entrecruzamientos de la realidad y un mundo habitado por fantasmas. Los espacios que la poeta canta son la intimidad del hogar y el medio inmediato; los personajes que logra construir son fuertes, pero el que encierra las emociones es el pueblo; al mismo tiempo que se oyen c ros tambin se escuchan murmullos y maledicencias, silencio, sabidura ancestral, una naturaleza no siempre idlica. La muerte que en-vuelve al pueblo de este libro y que lo llena de espectros tiene un toque festivo, pues cada acto lleva consigo el despertar de lo sensual. ste no es un poemario en blanco y negro; por el contrario, es colorido, tiene los tonos del cempaschil y la cochinilla y podemos rastrear su belleza con el ol-fato y beber pulque y aguamiel mientras recorre-mos sus calles de piedra. Hay un imaginario que toma de lo mexicano su inspiracin, pero que lo transforma en algo ms, en interioridad, en voces secretas que revelan verdades. La autora realiza una catbasis, el yo potico es testigo y parte del entramado social del pueblo; observa, se involu-cra y canta una cancin depurada que conjura el pasado.

    Mara Cruz

    www.elpurocuento.com

    nm. 10 50 pesos

    AHMAD MOUALLAMOHANNAD ORABI

    Pjaros en el alambreLas matrioshkas de Rimsky-Korsakov

    contemporneorabeCuento

    NAGHIB MAHFUZZAKARIYA TAMERIBRAHIM SAMUELGASSAN KANAFANIMUHAMMAD SHUKRIJABBAR YASSIN HUSSINYABRA IBRAHIM YABRAMOHAMMED HASSAN ALWANFAZA GUNEWAJDI AL AHDALOSAMA ESBEREl

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    CinescrituraWashington Irving y Florin Rey:

    Cuentos de la Alhambra

    1. Nadie puede pretender que los cuentos slo de-ban escribirse luego de conocer sus leyes, porque no hay tales leyes; a lo sumo, cabe hablar de pun-tos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese gnero tan poco encasillable.

    2. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me deca que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe

    ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos

    en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entien-da esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco e caces cuando, en realidad, estn minando ya las resistencias ms slidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que pre eran, y analicen su primera pgina. Me sorprendera que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulati-vamente, que no tiene por aliado al tiempo; su nico recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que as expresado parece una metfora, expresa sin embargo lo esencial del mtodo. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como conde-nados, sometidos a una alta presin espiritual y formal.

    3. Un cuento es signi cativo cuando quiebra sus propios lmites con esa explosin de energa espiritual que ilumina bruscamen-te algo que va mucho ms all de la pequea y a veces miserable ancdota que cuenta. La idea de signi cacin no puede tener sen-tido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensin, que ya no se re eren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la tcnica empleada para desarrollar el tema.

    Julio Cortzar

    1. Nadie puede pretender que los cuentos slo de-ban escribirse luego de conocer sus leyes, porque no hay tales leyes; a lo sumo, cabe hablar de pun-tos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese gnero tan poco encasillable.

    2me deca que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe

    ganar por que la novela acumula progresivamente sus efectos

    en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entien-

    La novela gana siempre por puntos;el cuento, por k.o.

    Hermenutica y recepcin de la obra de arte literaria

    Gloria VergaraAda Aurora Snchezcoordinadoras

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    La interseccin texto-lector, o para decirlo en trmi-nos de Hans Robert Jauss, la fusin de horizontes que se presenta entre el texto y el lector a partir de una lectura con intenciones estticas, acontece como una revelacin en que ambas instancias han podido decirse algo. El texto habla cuando el lector distingue sus sea-les, sus indicios, su estructura preorientadora, y atien-de su llamado. El texto apela a un otro, pero en actitud comprometida, consciente de que en toda lectura se re-construyen constantemente los horizontes desde donde se parte y hasta donde se llega. En este encuentro de voces, de miradas tericas, se compilan seis trabajos que re exionan, en general, so-bre la naturaleza de la obra de arte literaria, sus modos de aprehensin, recepcin e interpretacin, as como de la experiencia esttica del lector. En todos ellos se percibe la con rmacin de una tesis que la teora de la recep-cin y la neohermenutica han defendido: la obra de arte literaria es ms que el texto y emerge en razn (y gracias a) quien la recibe.

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