El médico y el santero

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EL MDICO Y EL SANTERO Jos M ara Dvila

a Dvertencia

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sto que sigue, que optimistamente esperamos leis, ha querido ser una novela. Quizs el tema (vidas cruzadas o vidas paralelas) sea tan antiguo y tan choteado como la mana de escribir, pero es innegable que, quien se da a estos menesteres, se arriesga a todo con tal de producir un volumen ms o menos o grueso y ms o menos aceptable. Pues bien: decimos que se trata de una novela y confiamos, oh, amable lector, oh, crtico despiadado, en que, considerndola como tal, no le atribuyis al autor ninguno de los juicios, palabras, actos y resultados finales de cualquiera de los personajes. Nos consta que el autor, viejo conocido nuestro, piensa y obra de muy diferente manera, ms mala que lo bueno y ms buena que lo malo de los susodichos personajes. En cuanto al estilo, la pulcritud, el idioma, la calidad literaria y el valor intrnseco del libro, s os creemos con derecho de pensar, decir, publicar y hasta reclamar todo lo que os venga en gana. Varios amigos del autor

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PRIMERA PARTE

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os dos fueron coetneos y casi vecinos desde su llegada al mundo. Marianito vio, como primera, la luz mortecina de una lamparilla de aceite, encendida para gloria y regocijo de San Joaqun y Santa Ana, y no para ayuda del mdico pueblerino y de la comadrona astrosa, que actuaban confiando ms en los dedos que en los ojos. Si mal no recuerdo, el acontecimiento debe haber tenido lugar all por el ao de gracia de 1876, primero del advenimiento al trono de su cuasi majestad don Porfirio Daz y anterior inmediato al de la promesa inicial de la tan decantada y tan raramente cumplida no reeleccin. Fue un parto natural; demasiado natural. Casi no hubieran sido necesarios los servicios profesionales del galeno, ni el aejo empirismo de la partera. La buena seora que echaba un nuevo ser a este Valle de Lgrimas, no era ni delicada, ni medrosa, ni tierna, ni primeriza. El retoo vena ocupando ms o menos el cuarto o el quinto lugar en escala cronolgica y llegaba con la puntualidad, desparpajo y buen modo con que se presentan a diario los periodistas y los burcratas en las cantinas ms cercanas a sus respectivas oficinas o redacciones. Se trataba de un alumbramiento perfecto: espontneo, de trmino normal, eutcico y natural segn dijera el doctor discpulo de Hipcrates. El futuro colega de ste se presentaba (sin protestar por el chocante apodo de Feto que inmisericordemente le aplicaban) de la mejor manera: sin languidez ni distocia alguna para el acto, en la cmoda postura de vrtice occipitofrontal y bajo el411El mdico y El santEro

clsico ritmo de los diez tiempos. Poco dur el quejarse de la parturienta y no se alter un instante la impasible cara del progenitor que, desde su mecedora vienesa, observaba el caso con la misma tranquilidad con que observa el ganadero el parir de sus vacas lecheras. La consulta al calendario del ms antiguo Galvn revel que el intruso traa en su etiqueta un nombre bastante raro, antimnemnico y difcil de pronunciar, y se convino en un prximo bautizo en el que las sacras aguas, los leos, la saliva cural y la sal de Colima, grabaran ms indeleblemente que el mejor tatuaje, uno ms sencillo y normal: Mariano.

El otro no arrib tan fcilmente. Trajo consigo dolores y peligros, lgrimas y gastos, desesperacin y sangre. Pero en cambio, todas las parientas y comadres de la mam que, moqueando y jeremiqueando daban ms pena que la sufrida seora, estaban acordes en decir y profetizar que el mueco tendra la gran suerte, puesto que haba cado parado!. Parado, s. Haba nacido con mil dificultades y despus de presentar el hombro, las nalgas y un brazo; pero tras de cien manipulaciones, posturas, cortadas, consultas y desesperos, vino a salir descaradamente de pie. Amoratado, casi negro, sin respiracin y con el cordn umbilical anudado al cuello, fue un milagro que el doctor le salvara la vida a fuerza de nalgadas y movimientos bruscos. Vivi, y en cuanto sus primeros vagidos anunciaban el triunfo de la ciencia y del esfuerzo, ya estaba sobre l el seor cura (llamado in artculo mortis y pronto a sustituir por los menesteres bautismales los ociosos leos de la extremauncin) trocando el fnebre y desolado requiescant in pace por el prometedor pheta! Aqu s parece que no hubo premeditacin al aplicar el nombre; tal vez la urgencia del caso hizo olvidar el consabido rengln de un futuro directorio telefnico, mudando la simple y usual estructura de un Juan, un Pedro, un Luis o un Manuel, por el onomstico que en el calendario de pared se lea bajo el terrible apodo de: Rufiniano; perteneciente a alguno de los tres bienaventurados

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que el santoral menciona y que, en el caso de nuestro pequeo Rufis, como despus se le llam, no sabemos si corresponda al reverendo obispo de la Iglesia de Bayeux (tierra del famoso aguardiente de naranja) o al mrtir del siglo IV, o al hijo del rey de Libia (antes de Wavell, Rommel y Auschinleck). Marianito y Rufis entraron a la vida; uno en Aguascalientes, Barrio de San Marcos, y otro en San Luis Potos, Barrio de Tequisquipam. El primero, encomendado a los cuidados de un hombrachn corpulento, bigotudo, mal hablado, atezado por los soles reverberantes de las yermas estepas zacatecanas en su profesin arriesgada y viril: la de comerciante-arriero, que haca los servicios de transporte y compraventa de mercaderas entre las regiones vecinas de Los Altos, en Jalisco, las de Silao y Len, en Guanajuato, y las de San Luis, Zacatecas y su hidroclida residencia; hombrachn que era nada menos que su padre, y a la cariosa atencin de la mam: seora en toda la extensin de la palabra, descendiente inconfundible de las puras razas vascongadas que haban dejado impolutas las caractersticas de estatura, blancura de la piel, azul oscuro de los ojos y vigor fsico que casi igualaba al del cnyuge. El medio social de esta familia no era, ni la aristocracia que empezaba a formarse con la ranciedad y vacuidad que an se nota entre la cursilera de nuestras provincias, ni el de las clases pobres que, hoy como entonces, se aglomeran en las vecindades y se tropiezan en las callejuelas de los mercados o en las puertas de las pulqueras y tendajones. Dueo de una gran recua mular y de no pocos carros y guayines, el jefe de la familia de Marianito posea tambin un casern inmenso, frente a frente del hermoso jardn sanmarqueo y cerca de la iglesia que anualmente serva y sigue sirviendo de pretexto, con su benvolo patronato incluso, a los ms dismbolos y menos honestos regocijos, que ponen en peligro la salvacin eterna del pueblo santurrn. Un casern colonial que ocupaba casi media manzana, construido tal vez a fines del siglo XVII, en los tiempos en que brillaban los pinceles de Andrs Lpez y de Jos de Alzbar, en el estilo macizo, pesado y ostentoso, aunque achaparrado y vulgarn, con que los ricachos mineros de la poca pretendan imitar, sin los consejos sabios del arquitecto, las construcciones que los franciscanos

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haban erigido, o los edificios que albergaban a las autoridades del gobierno o a la casa de moneda. Fachada de piedra rosa de las canteras vecinas, de un solo cuerpo; ocho o diez ventanas, gruesamente enrejadas desde el nivel de la acera; canalones tambin de piedra y, a guisa de caones, para drenar las extensas azoteas y un inmenso portaln, con portillo y torno, tallado a pura azuela de mano en dura madera de mezquite. Transpuesto este portaln y rebasado el ancho cubo del zagun, se desembocaba a un patio rodeado por tres lados de imponente arquera, cuyas dimensiones lo hacan parecer ms una plaza pblica que tranquila residencia de familia modesta. Este patio y el corraln del fondo, que usualmente albergaba a las cansadas mulas en sus tardos regresos, eran rengln semestral de renta para la familia de Marianito, cuyo padre los arrendaba, tanto en las ferias de Navidad como en las de San Marcos, del 23 de abril al 10 de mayo, estas ltimas, para establecer el palenque de gallos, que haca figurar sus peleas como nmero principal de las paganas y, al mismo tiempo, religiosas festividades. En este latifundio rosa y gris empez a crecer nuestro futuro doctor. Sus primero pasos oyeron el tropel de la mulada esperada con ansia que se volva fervorosa alegra cuando, tras del alud de bestias alazanas, bayas, retintas y zainas, llegaba orgulloso el patrn en su caballo alteo, puro de sangre como el jinete, de incuestionables ancestros rabes que se revelaban en la cabeza amplia e inteligente, el pelo suave y corto, los ojos grandes, anchos los ollares, delgado el cuello, sedosas las crines, arqueada la cola, las patas finas y las pezuas pequeas y duras. Caballo tordillo que, no obstante ser criollo legtimo de Arandas o de San Miguel, hubiera sido la envidia, no diremos del marqus de Guadalupe, sino hasta del ms atrevido y vagabundo berebere. Y cuando no eran estas escenas de montera las que destruan el montono rosa-gris del casern, eran los festejos consabidos: la feria, que traa consigo una abigarrada y absurda multitud de charros, galleros, cantadoras, tahres, vendedores, policas, muchachas bonitas, limosneros, curas y Dios sabe qu ms. El patio se barra, se regaba y se emparejaba; desapareca el polvo removido por los cascos de la recua, se alejaba un poco el olor perenne a estircol y a heno podrido, se daban vacaciones al sol,

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ocultndolo con extensa lona, percudida y remendada y se construan, con tablas rsticas, cuerdas y soga de ixtle y sillas de tule, las graderas que rodearan el palenque de los gallos, cuidadosamente trazado en crculo, con las clsicas medidas, precisamente en el centro del local. El corraln posterior se destinaba a las galleras y a los pastores. Desde ocho das antes del comienzo de cada feria, el barrio entero despertaba con el nutrido quiquiriquear de los varios centenares de arrogantes gallinceos. El viejo deporte al que los griegos llamaban alectromachia, preparaba sus gladiadores con cuidados escrupulosos, en los que intervenan, desde la desconfianza del gallero que ocultaba cuidadosamente sus tapados, hasta la supersticin de las bendiciones y las novenas para que el giro, el cenizo o el blique, resultaran invictos. Trajn con que el nio empez a familiarizarse y que esperaba con ms ansiedad que el regalo de los Santos Reyes en la Epifana. Ruido agradable de msica, de gritos, de malas razones, de cantar de gallos y de mujeres, de chiflidos montaraces y hasta de uno que otro balazo en noches agitadas, en que la borrachera superaba a la lealtad en las apuestas. El da de las primeras peleas de compromiso era maravilloso: el coronel jefe del batalln enviaba la banda militar a tocar a la entrada del zagun desde poco despus de medioda; el gobernador haba anunciado su presencia y ya se le tena reservada una buena silla, prstamo urgente de la sacrista, en el mejor lugar del anillo, junto al asiento, entre el juez de plaza y el coronel, que vena a cobrar con chapuzas e imposiciones el alquiler de la banda. La Gran Plaza de Gallos de San Marcos se adornaba a todo lujo: candiles de aceite y mecheros de brea se alistaban por doquiera; quinqus y velas se preparaban para las peleas nocturnas; la carpa, el patio y hasta los arcos que ya pertenecan a la vivienda familiar, se llenaban de banderolas, oriflamas, estandartes, pendones, gallardetes y gonfalones de papel de china en todos los colores, pero especialmente en verde, blanco y rojo; se tejan y extendan guirnaldas de hojas frescas, de paxtle y de palma tierna; se regaba serrn teido de almagre y azarcn en el hmedo y aplanado piso y se abasteca la cantina interior de toda clase de bebidas: coac, champaa, manzanilla, tequila, mezcal, cerveza, pulque y el rico colonche de la

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tuna recin exprimida que, en hondas tinas de madera, espumaba sabroso, abriendo el apetito con su color de sangre fresca, apenas desvanecido por las rebanadas de pltano y el polvo de canela con que se perfumaba. En la parte trasera del palenque se levantaba un tablado para las cantadoras: guapas hembras tapatas, de falda de seda, blusa de lino bordada, rebozo de Santa Mara y zapatillas de charol, como la Chinaca, de Nervo, empuando cada una, al igual que sus acompaantes, la guitarra, el requinto, el bajo o el guitarrn, que armonizaban las valonas, los corridos, los jarabes y los valses de moda. La funcin no poda empezar sino hasta la llegada del seor gobernador que, cuando menos para estos menesteres, no era del todo impuntual. Modorro an de la breve siesta, descenda de su coche milord de capota tirada, acompaado por el coronel y por uno o dos compadres de los que ahora son conocidos como lambiscones. Gobernador y coronel revelaban a las leguas su origen soldadesco, rstico e improvisado. El primero vesta de negro, aunque en las altas y pequeas solapas el luto se destea con la presencia de impertinentes manchas de mole, de caldo de pollo o de pulque curado; un grueso bastn de puo de plata haca recordar a quien lo viera, por asociacin inmediata de ideas, la espada del oficial chinaco o ms remotamente el machete del campesino; tal era la forma en que lo manejaba. La cara morena y rugosa encuadrada bien sobre el cuello alto y tieso, que haca destacar el contraste de los bigotes y la perilla bien ralos y la corbata de plastrn. El coronel no se apeaba el uniforme y le costaba trabajo saber cundo deba dejar descansar su cabeza de cepillo del aplastado quep, que pareca un aditamento irremovible a su personalidad. Sin ceremonias entraban al palenque, la banda cesaba de tocar, pues los msicos tambin reclamaban el derecho de ver y apostar en las peleas, el juez de plaza sonaba una rajada campanilla y el gritn anunciaba el programa: Doce peleas de compromiso entre Len y Lagos, con quinientos pesos y quinientos reales; tantos a la balanza tantos tapados no hay quin retape? Va a comenzar la primera pelea, seores: aqust un gallo, traigan l otro!. Y mientras la complicada intervencin de galleros, jueces, corredores y apostadores preparaba la

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pelea, otro gritn se lanzaba al ruedo con cuatro naipes en la mano para anunciar la rifa: Se va a rifar un bonito sarape de Saltillo al color: diez pesos el palo Coronel: pa ust guard as de espadas Noms queda el oro, qun quere el oro?. Las cantadoras hacan su nmero: un jarabe zapateado sobre el tapanco, que llenaba el ambiente de polvo, de ruido y de olores a hembra perfumada y a sudor ertico, opacando las melodas del canto y las armonas del guitarrn y las vihuelas. Luego se haca la pelea: gritones y corredores ayudaban a dejar solo el ruedo que, simblicamente, se divida con un dimetro aproximado hecho con la punta del bastn del mismsimo gobernador: la raya. De un lado se colocaba don Chendo, el gallero maoso, terror de todas las ferias y conocido en todos los rincones donde se jugaba algo o se haca algn negocio torcido. Don Chendo ensalivaba la navaja de su gallo retinto, le arrancaba plumas de la golilla, le soplaba en el pico y le daba palmaditas en los costados. Rovirosa ya estaba preparado: la botana con su cuerda pendiente de la boca, dos navajas encajadas en la cinta del sombrero, el cigarro encendido montando provisionalmente el pabelln de la oreja y la mano derecha sujetando al animal por las fuertes plumas de la cola, en busca de una ventaja, aunque fuera mnima. Este pollo cenizo era de desconfiarse; todos conocan la gallera de don Chendo, pero Rovirosa?, slo el diablo sabe de dnde sacaba tanto animal: ganadores, perdedores buenos y despreciables venados, pero no haba feria en que no diera alguna sorpresa. Sueltos los gallos, comenzaba la ria, furiosos, decididos; saltando con fuerza el uno contra el otro, salpicando de plumas y de gotas de sangre, hasta que el mejor, bien prendido de la cresta del contrario, le atizaba feroz pualada, que haca borbotear la sangre por el pico, mientras que el buche abierto mostraba una que otra semilla de maz de la parca comida lograda a escondidas del cuidador. Gan Rovirosa, perdi usted, seor! Se hizo la chica, branse las puertas! Y cmo sonaban los pesotes fuertes, los tostones, las pesetas y hasta las cuartillas y los tlacos, al irse embolsando en poder de los afortunados! Pero eso no era todo para Marianito. Cuando empez a andar solo, acompaado de la nana, greuda y sucia, sala a ver la feria, en todo su apogeo alrededor

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del jardn; desde los fuegos artificiales que se quemaban en el atrio de la iglesia hasta las carreras de caballos que parecan jams empezar y mucho menos terminar, por el tiempo que tomaba a los corredores el ponerse de acuerdo con respecto a la salida, el lado, la vara, el carril, la apuesta, la ventaja y hasta la historia de los tatarabuelos de bridones y jinetes. El recuerdo de los primeros aos de niez en Mariano no puede traer a su memoria ms escenas que las relacionadas con mulas, caballos, tahres, borrachos, gallos, campanas, cohetes, msica ranchera y la terneza maternal, siempre preocupada por surtir la mesa de imponentes golosinas, de platillos suculentos y de humor inagotable, como los mejores presentes para el marido, en recompensa a las ausencias largas y a las penas y acechanzas de los frecuentes cuanto jugosos viajes. A los cinco aos, Marianito empez a concurrir a la escuela. Un remedo de aproximacin a la pedagoga en donde, entre dos pacientes y feas solteronas que batallaban a diario con la pipiolada y el seor cura que mandaba por sta para que concurriera trisemanalmente a la doctrina en la casa cural, lograban ensear a los educandos 75% de oraciones, 10% de silabario, 5% de aritmtica elemental y dejaban libre 10% ms para que se compenetraran de los juegos callejeros, las blasfemias u obscenidades en uso y lo que buenamente pudiera pescarse al andar por esas calles de Dios. Buenas mujeres las dos maestras (de algn modo habr que llamarlas, adems de sus nombres propios, que eran los de: Cleofitas y Lolita), verdaderas mrtires en el apostolado de la educacin, que lo mismo soportaban una hora entera de: jot - j, jot - j, jot - j, jot - j, jot - j, que consolaban al mocoso enclenque vctima del ms desarrollado, cambiaban de calzoncillos a los que se orinaban o nalgueaban con materna confianza a los atrevidos y traviesos. Pero conforme la razn despertaba, los padres de Marianito vean la necesidad de hacer ms seria la educacin. El muchacho prometa, confesaba el uno a la otra. No haba sacado la fuerza herclea del padre, aprovechable ya en los dos mayorcitos, que lo mismo aparejaban una bestia que jineteaban un potro,

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cargaban media fanega de maz o se liaban a golpes con el ms plantado mozo. Pero en cambio se le notaba aficin al estudio: su manera de leer, casi de corrido; la facilidad con que, espontneamente, ayudaba a la mam o al pap a sacar las cuentas de la raya o del gasto mensual; el inters por descifrar con buena voz y clara intencin los difciles interrogatorios del padre Ripalda o las oraciones del Lavalle Mexicano; todo haca creer que el nio no apuntaba para arriero y vala la pena, habiendo de dnde escoger, dedicar un retoo a formarse en actividad un poco ms distinguida e interesante. El paso por la escuela oficial fue un xito. Los cinco aos fueron otros tantos blasones de orgullo para el arriero ricachn y para su buena mujer, que derramaban lgrimas de gozo al leer, con dificultad, las calificaciones anuales, parejitas como soldados de plomo en formacin, mostrando una hilera ininterrumpida de P.B., P.B., de tres en fondo, que indicaban el resultado supremo del trabajo anual: Perfectamente Bien, en todas las materias: aritmtica, lectura, geografa, geometra, caligrafa, lecciones de cosas, etc., lo mismo en aplicacin que en aprovechamiento y en conducta. Y al premio escolar, que nunca pasaba de ser, o una brillante medalla de bronce con un listn tricolor, o un libro de historia o de civismo, se aadan los premios paternales que, con la envidia fraterna, menudeaban lo mismo en dinero efectivo que en golosinas, en ropa nueva, en juguetes de Guadalajara o en lo que al aplicado chico se le ocurriera comprar de los tendajones de barrio. El xito escolar le mereci casi dos aos de descanso y de vagancia. En algunas ocasiones, acompa al padre en sus viajes de arriera y comparti con l los goces y las dificultades del camino. Conoci pueblos nuevos, gan en musculatura y salud y se convenci tambin de que no le atraa la carrera de los negocios mercantiles. El espritu investigador empez a desarrollarse en l, y a la vuelta de los ltimos viajes ya conversaba con la madre sobre la existencia de las escuelas preparatorias, sobre las carreras liberales y, principalmente, sobre la profesin mdica, que pareca haberlo elegido, llamndolo a su ejercicio, por la facilidad, frecuencia y poca atencin con que, durante todos sus aos, vea morir los gallos en el palenque.

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Marianito cumpli los doce aos y entre este aniversario y el de los trece se convino en prepararlo para que ingresara a una buena escuela preparatoria. Un escribano que manejaba la parte fiscal de los negocios de su padre y el seor cura, que haba desistido de sus propsitos de inculcar en Marianito la vocacin religiosa, aprovecharon su despierta inteligencia para dejarlo ms listo que una escopeta de pelo, si es que por acaso necesitaba presentar un examen de admisin que justificara la verdad de sus certificados escolares. Y en un viaje paterno, mezclado entre la recua de mulas cargadas, de machos montados por los mozos y de carretas rechinadoras, trepado sobre su propio penco tordillo, descendiente de aquel que siempre respondiera pronto a la espuela del pap, hizo el viaje a San Luis Potos. Los hermanos lo despidieron con algo de envidia y un poco de incipiente respeto; la servidumbre lo vino a dejar hasta el portn y la madre se qued llorando, despus de darle la bendicin y arreglarle el morral del itacate, ms abundante y sabroso en la ocasin que el del marido. Viaje bonito, audaz, semibrbaro, como todos los que, sin comentario posterior, haca su padre tan a menudo; expuesto al mal tiempo, a la seca de los salitrosos campos potosinos y quizs a las acechanzas de los grupos de bandoleros que frecuentaban la regin, ya como rebeldes o ya como decididos salteadores. En ocasiones anteriores, not Marianito la falta de algunos mozos amigos y hasta pareca recordar que una vez lleg su padre con el brazo en cabestrillo. Miedo? Nada! Era la fantasa exaltada del muchacho que reuna todos estos aislados eslabones y se haca conjeturas, suposiciones y hasta sueos, quizs en espera de un verdadero combate contra los asaltantes que merodeaban por la regin. Pero no hubo incidente. La caravana lleg a San Luis Potos, despus de zigzaguear en su ruta para tocar los pueblos de Pinos, en Zacatecas, y Ojuelos, de Jalisco, entrando al estado potosino por la regin de las salinas, algunas de las que haban sido descubiertas por el abuelo de Marianito. El pedazo desrtico, interrumpido apenas por una que otra nopalera tupida, magueyales raquticos y espordicos mezquites amarillentos, era una esperanza de riqueza de su pap, quien a menudo hablaba de las minas de sal gema y hasta se atreva a realizar productivas

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exploraciones cargando la mulada, cuando volva de vaco, de tequesquite y de sal de terrn. Slo que ltimamente, por incomprensibles maniobras de una compaa inglesa, el asunto se le haba puesto difcil y hubo vez en que tuvo suerte de escapar el pellejo cuando lo recibieron a tiros al querer llenar sus costales. Desde entonces, aquel lugar en donde, segn expresin ranchera, se haba zurrado el diablo, y que ms tarde viniera a ser el capital ms fuerte de los lords Stanhope, fue tan vedado para levantar la sal, como los mares de la India son actualmente para los secuaces de Mahatma Gandhi. La ltima noche de viaje se pernoct en un ruinoso mesn de Villa de Arriaga, desolado pueblo que haca honor a la etimologa de su nombre, pues, sin saberlo quien como tal lo bautiz, no es ms que lo expresado por las races del vasco: Arri, piedra, y aga, lugar: un sitio rido en donde se diera cualquier cosa por disfrutar del verdor o de la sombra de una huerta, un jardn o un miserable arbolito. El fro cortante de la planicie reuni a los huspedes del mesn alrededor de una pira econmica y prudentemente alimentada con escasos troncones de mezquite, boigas de vaca y ramas secas de los nfimos arbustos. Marianito se acurruc junto al padre y ste aprovech la oportunidad para contarle la historia de las famosas salinas: el abuelo (Q.D.D.G.) las haba descubierto, localizado y denunciado ante la autoridad respectiva en merito San Luis; todava se conservaban los planos sellados y nadie, honradamente, podra dudar de la legtima propiedad de los yacimientos, entre los que se contaba uno: El Tapado, que an soaba seorear. Pero quin sabe cmo diablos vino el negocio a caer en manos ajenas y el caso es que, sin decir por aqu te llego, de un da para otro se plantaron unos extranjeros que ni sacan, ni dejan sacar, que dizque porque estn esperando el ferrocarril; como si las mulas no tuvieran tan buenos lomos y las carretas tan fuertes, ruedas para extraer y transportar arrobas y ms arrobas! Cuando seas mayorcito te entregar los papeles, a ver si logras sacar a estos sinvergenzas. Tendrs que ponerte bien con los polticos de San Luis y tal vez hasta con los de Mxico, pues a m, maldito el caso que me han hecho.

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Bien deca mi tata, que haba que esconder todos los tequesquitales, como hizo con el nico que queda y mal haya pa lo que sirve; por eso le puso el nombre de Salinas del Tapado, pero pa m questos gringos son capaces de destapar hasta al ms hartado tunero. La noche enfriaba demasiado. Alrededor de la hoguera, los arrieros y los mozos, mirando de vez en vez y con respeto al amo, que dormitaba cabeceando, contaban a media voz cuentos de aparecidos y mentiras de viaje, o hacan proyectos para la llegada a San Luis, donde decan con eso de los trabajos de las minas de San Pedro y de los trenes, haban llegado muy buenas muchachonas de Guadalajara, de Len y hasta de la merita capital, quezque no cobraban ms que tostacho. Alboreando, sali la caravana por el seco y pedregoso camino, acelerando el paso como el que ha llegado a alcanzar a ver la meta ambicionada. Nueve o diez leguas no hacen una jornada, ni menos para gentes de su temple. Llegaron a Mezquitic al tiempo del almuerzo que se hizo en comn, bajo una especie de oasis formado por cinco o seis mezquites que crecan junto a una nopalera cerrada y cargadita de tunas cardonas. En el suelo calichoso, el mozo Jacinto descarg una enorme canasta, mientras los dems aflojaban las cinchas de las bestias. Luego encendi una lumbrada pequea, sobre ella acomod una hojalata tiznada que siempre traa, por ms precavido, y empez a sacar de la cesta panzuda las gordas fras, las tortillas enchiladas y los pedazos de carne seca que cada quien iba engullendo sin ceremonias ni cumplimientos. Tres buenos sorbos de agua fresca, del pellejo que la contena y una docenita de tunas escogidas y peladas sobre el propio nopal completaron la refeccin que, en cuanto a sabrosura, vitaminizacin y salubridad, envidiaran ahora las ms grandes eminencias en materia de diettica. Al atardecer, y entrando por el rancho de Los Morales, vieron destacarse la torre de la iglesia de Tequisquipam, apresurando el paso siguiendo por toda la ancha avenida, polvosa, pero bordeada de rboles verdes y bien cuidados, y torciendo a la izquierda por La Corriente entraron al rumbo de Las Nueve

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Esquinas para venir a alojarse al Mesn de Santa Clara, casi en el centro de la ciudad y sobre la calle de Allende. Un mesn viejo, lbrego y medio ruinoso como todos los que haba conocido. Pero qu gusto le dio a Marianito, despus de haber ayudado a la descarga, el agua, el pienso y el encorralamiento de la recua, salir a pasear de la mano de su padre y vestido con su traje charro de gamuza, su sombrero de vara de San Francisco del Rincn y sus botines rechinadores, orgullo de la industria peletera de su tierra, por la plaza del mercado, por la calle de Hidalgo y por la Plaza de Armas donde, por suerte, tocaba una banda militar exactamente igual a aqulla cuyos sones y desafinos tena tan grabados, que se plantaba frente a su casa al inaugurarse cada feria! En el camastrn arreglado por los mozos, junto al de su padre, apenas si pudo conciliar el sueo pensando en mil proyectos listos para desarrollar en el curso de su nueva vida. Al amanecer, lo despert su padre: Ahora s tenemos que vestirnos de curros, Marianito, pues yo s lo que son estos catrines de las escuelas elevadas y tambin s cundo se debe ser charrito y cundo no. Grtale a Jacinto que se traiga la caja grande de la mula alazana, la que est mocha de una oreja y que saque mi ropa y la tuya, tal como la arregl tu mam. Jacinto lleg con el envoltorio enorme y de l salieron los dos trajes de pao negro, las camisas con cuello, puos y corbata, los sombreros, bastante apachurrados, y hasta pauelos blancos para sustituir los paliacates colorados y mugrosos. En la gran pila del centro se lavaron con jabn de Cocula, de aquel jaspeado de azul ail que se manufacturaba a domicilio; se llam al barbero ms prximo para que rasurara al padre, respetando los majestuosos bigotes, y cortara el pelo de Marianito que, en verdad, ya haba crecido ms de la cuenta. Para eso de las nueve y despus de un reconfortante almuerzo en las fondas del mercado, al que no faltaron ni las ricas natillas de leche cocida, idnticas a las que siempre les guardaba la madre, ni la calabaza con piloncillo, ni los frijoles refritos, padre e hijo llegaban al Jardn de la Compaa buscando el despus famoso Instituto Cientfico y Literario.

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Frente al jardn y pegada al Instituto se alza la iglesia de la Compaa de Jess, que, lo mismo que dicho Instituto, fueron construidos en el local que ocup el primer edificio de la ciudad, erigido por los jesuitas ms o menos por el ao de 1600, pues debe recordarse que la primera poblacin potosina se construy a unos veinte kilmetros de ese lugar, cerca del Cerro de San Pedro, mineral de oro que dio el nombre a todo el estado. Como buenos catlicos y para no olvidar los encargos maternos, nuestros hombres entraron devotamente a la iglesia, mojaron sus dedos en la pila de agua bendita, santigundose y doblando la rodilla, rezaron una breve oracin. Salieron y, a los pocos pasos, encontraron el portn del Instituto, abierto ya y lleno de muchachos que, con libros bajo el brazo, entraban, salan, gritaban, corran y hacan una alharaca que desconcert a Marianito. El viejecito portero los atendi y los acompa hasta el pie de la escalera que conduca a la Secretara. Marianito respir con emocin, con gusto y con esperanzas, como el que cree haber perdido el portamonedas lleno y lo encuentra en el ltimo bolsillo. Le agrad el espectculo: un patio amplsimo, embaldosado y limpio, rodeado de una pesada y alta arquera de dos cuerpos que sostena los techos de ocho sombreados corredores, cuatro abajo y cuatro arriba, en los que paseaban, con los ojos atentos al libro abierto, cincuenta, cien o doscientos estudiantes, mientras otros, sentados en bancas de madera adosadas a los muros, conversaban o discutan animadamente. El registro fue fcil. Marianito traa todos sus documentos escolares en regla, su pap vena provisto de cartas de recomendacin del seor gobernador y como la vbora estaba llena de monedas, no hubo dificultad para dejar pagado por adelantado todo lo que importaba el tratamiento de interno por el ao entero. Casi al mismo tiempo, una seora enlutada, flaca y con ojos de tristeza matriculaba a otro muchacho tambin delgaducho y mal vestido, aunque solamente en la condicin de externo, que no devengaba pago alguno. Este muchacho era Rufis.

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Y no por ser pobre, hurfano de padre y externo del Instituto, vamos a hacerle el agravio de callar, por lo que a l se refiere, lo que tan minuciosamente hemos dicho con respecto a Marianito. Rufiniano, el que haba nacido parado!, no haba tenido hasta ese momento ocasin alguna que confirmara el augurio de las amigas y comadres de su mam sobre su indudable buena suerte. A los trece o catorce aos, saba ya que, en efecto, se haba presentado de pie al nacer y que esto era considerado como la gran promesa para el futuro; pero, haciendo un balance de ese corto periodo de la vida, en verdad que le salan debiendo no slo los intereses, sino hasta el principal de lo prometido. Haba nacido, con las miles de dificultades ya descritas, de una buena seora: doa Cuquita, resignada esposa de un capitn de infantera del 27.o Batalln, hombre de pelo en pecho, pendenciero, borrachn y mujeriego, cuya efmera vida encontr temprano fin en una accin de campaa contra bandoleros asaltantes de la diligencia cuando Rufis tena apenas seis o siete aos. Desde entonces, el cuidado de su educacin estuvo encomendado, ms que a la viuda cuya desolacin le impeda hasta pensar, al hermano de sta: un pobre sacristn de la catedral cuyo semisagrado oficio comprenda las varias funciones de campanero, perrero y chantre; pues hay que reconocer que, como alumno destripado del Seminario Conciliar, tena, adems de una indiscutible devocin, conocimientos musicales y litrgicos (primus in cera, id est, primus in tabula cerata), y de vez en vez arriesgaba la voz un poco aguardentosa en los versculos del Salmo y hasta en las notas del gregoriano. Rufis se peg a este buen hombre, to y padrino, santo incanonizable y a la par que ayudaba a soplar en el fuelle del rgano, a sonar las esquilas, a cuidar de la cera y hasta vesta el traje rojo y blanco del monaguillo para ayudar a misa, aprenda latinajos, adquira el porte mstico del oficio y desarrollaba una cultura especial, admirando a diario esculturas y tallados, lienzos y murales, artesonados y ornamentos, bajo la influencia txica del incienso y de la msica sacra que hacan flotar el espritu muy arriba de esta tierra hostil y avarienta.

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Las ocupaciones santas no impidieron, ni al to ni al sobrino, que este ltimo terminara satisfactoriamente su educacin primaria, y la viuda venci al sacristn convencindolo de lo til que sera dedicar al nio al estudio de una carrera liberal: la del mdico, por ejemplo. De ah, el encuentro fortuito de los dos jvenes en la Secretara del Instituto. Aunque era notable la diferencia fsica y moral entre los dos jovencitos, Mariano, criado entre arrieros y tahres y Rufianito entre beatas y sacristanes, los dos simpatizaron a primera vista. El aspecto humilde, santurrn, enclenque y tmido de Rufis se olvidaba al estudiar su cara, inteligente, sus ojos brillantes y movedizos, su cabellera larga, rizada y de un color tirando a caoba barnizada. Pareca que la cabeza era lo nico que tena vida al surgir de un cuerpecillo inmvil y delicado. Marianito le sonri, con su franqueza de ranchero por abolengo; el secretario los present como compaeros que llegaban a un mismo tiempo al Instituto y la manaza de Marianito apret una especie de molusco desnutrido, que no otra cosa le pareca de seguro el conjunto de largos dedos de Rufis, acostumbrados slo a manejar el incensario y a sonar las campanillas de la iglesia. La amistad comenz abiertamente, si bien en plano diferencial, que haca de Marianito un protector y de Rufis un protegido; slo que sin reticencias soberbias, humillaciones ni rincones por parte de uno ni del otro. El secretario entreg a los futuros estudiantes una lista de libros que seran necesarios: Aritmtica y lgebra, Lengua Nacional, Primer Curso de Francs, Races Griegas y Latinas, etc., etc., tom nota de que Marianito quedaba como interno, encomendado a los cuidados de un tutor que su padre seal en la persona de un espaol, abarrotero de fortuna y bien conocido: don Lucas Acvez, y se convoc para la inauguracin de las clases, que comenzaran el lunes de la siguiente semana. Los muchachos conversaron largo rato, o mejor dir que convers Marianito, versus los tmidos monoslabos de su interlocutor, hasta que el primero fue llevado por el secretario en persona y acompaados del apuesto padre, a ver el

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futuro domicilio del alumno; caminaron por el largo y sombreado corredor, traspusieron el primer patio y en el segundo le fueron siendo mostrados a Marianito los incipientes adelantos de la Eton potosina: un gran embaldosado en adoquines de cantera rosada, limitado, al norte, por la cocina y el comedor, en el que jugaban, ociosas, unas cuantas centenas de moscas sobre las tablas de pino de las mesas, satisfacindose con el olor dejado por los alumnos del ao anterior o adelantadas con la promesa de nuevos mendrugos y frescas manchas de manteca; al poniente, se abra la comunicacin con el patio principal y por los otros dos costados se distribuan los dormitorios: enormes, oscuros y altsimos salones que debieron haber sido bodegas o talleres de la Compaa de Jess y en los que ahora se acomodaban seis, ocho y hasta doce internos en cada uno, escogiendo, ad lbitum, el rincn, la ventana o la proximidad a la puerta, segn las aficiones, antigedad y gusto de cada quien; pero eso s, aportando cada husped su propia cama, su silla, su cmoda o bal, su colchn con almohada y su ropa de cama. El aspecto general de cada dormitorio era todo, menos lo que ahora conocemos por colegio de internos, pues ni se soaba siquiera en la uniformidad, el confort, la blancura y la eficiencia de los actuales equipos. Quin haba trado un miserable catre de tijera, cubierto de una lona vieja en la que, las frecuentes orinadas de la adolescencia, que hacan irremediables a veces el fro, la pubertad y la falta de buenos cobertores, haban dibujado mapamundis y proyecciones de Mercator en todos los tonos del sepia; quin estaba provisto de jactanciosa cama de latn, de cabecera ornamentada con angelitos, flores, cruces y dibujos, que eran buena ayuda, junto con las duras tablas que soportaban el boludo colchn de lana o de borra sin varear, a la proliferacin de las chinches, prximas a despertar del prolongado sueo y el forzado ayuno que originaban las vacaciones; los mediocres disponan de camas de fierro o de madera, cacarizas las primeras y rechinadoras las otras, testigos todas de ms de un sueo prohibido, con su solitaria resolucin. Y las cmodas, bales, sillas y burs ms parecan, en conjunto, el almacn semivaco de un montepo en quiebra o un puesto de fierreros cerca de El Rebote: cmodas de cajones

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transversales, barnizadas en negro, como si fueran un hacinamiento de atades superpuestos; burs con carpetas de mrmol, las ms veces quebradas o desportilladas, cuya parte inferior, que se abra en forma de puerta al tirar una fantstica argolla de latn simulando corona de laurel, daba entrada a la apurada mano izquierda que, en las tinieblas de la noche, buscaba el bacn para evitar nuevos ensayos cartogrficos en los colchones; bales y mundos de todos tipos y colores, desde los cajones rectangulares de tosca madera en bruto, cerrados con un desproporcionado aldabn que pretendiera soarse cerradura de la caja de Pandora, hasta los arcones de cedro, inalterables, aristcratas, olorosos y trincheras inexpugnables para la fauna parasitaria. No faltaban las petacas forradas de hojalata labrada en imposibles colores, con su abultada tapadera inflando casi hasta reventar y hasta las modestas almohadillas de lona, olorosas an a la mula alazana en cuya grupa vinieron desde el rancho. Y las sillas? Vlganos, Dios!: unas chaparritas, que no levantaban dos palmos del suelo, en esqueleto de huejote torneado y entintado (que no pudiramos decir pintado) con abstrusos colores y con el asiento en pita tejida y coloreada tambin de fucsina violeta, verde o anaranjada; otras ms altas y, por lo tanto, ms presumidas, oliendo tambin a industria rstica, como sas que fabrican en Tenancingo, de patas chuecas, pero labradas, de alto respaldar con dos o tres travesaos y de asiento de tule formando cuatro ngulos unidos en el centro por su vrtice; no faltaban, por supuesto, algunas importadas, con asientos de cuero, con brazos acojinados y hasta alguna mecedora de Viena, cuyas volutas de madera de haya dejaban ver las roturas y agujeros en el bejuco de tejido octagonal. Marianito escogi su rincn; el mozo se encarg de colocar los muebles tan pronto los trajeron y a otra cosa. La vida estudiantil preuniversitaria transcurri entre la paz y la mansedumbre de la poca. Marianito y Rufis fueron pasando los aos preparatorianos sin pena ni gloria y con los pocos incidentes que la vida claustral poda brindar: el gobernador que vena a la reparticin de premios, aquel general don Carlos Dez Gutirrez, amo y seor de la tierra de la tuna, dispensando su sonrisa al alumno

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aventajado que, si las cosas seguan bien, podra esperar un gran puesto de juez civil en Guadalczar, de administrador de rentas en Tancanhuitz y hasta de diputado local, con sus ciento y tantos pesos mensuales de sabrosas y bien ganadas dietas. El escndalo que estuvo a punto de provocar el cierre del Instituto, ocasionado el da en que un grupo de internos, entre los que se contaba Marianito, resolvi intervenir, por la altsima ventana trasera del edificio, cuando la banda de guerra del Batalln, con doce cajas y veinticuatro cornetas entonando diana, opacaba, por ensima vez, los gritos desaforados del recluta castigado con doscientos sablazos en las posaderas! (los muchachos haban mandado imprimir un centenar de hojas con los tan poco respetados preceptos de la Constitucin del 57, en que se prohiban los palos, los azotes, la mutilacin y la infamia), y al bizarro coronel no le pareci que se le recordaran en la forma en que ahora se reparte la propaganda por avin, contestando el consejo con una docena de tiros de Remington, tal vez en son de susto, pero que provocaron ms de una diarrea y el que la ventana fuera cegada para siempre. Las Semanas Santas en que ambos muchachos, muy vestidos de negro y acompaando a la mam de Rufis y al to sacristn, hacan el recorrido clsico de las iglesias: Catedral, con su torre hurfana y sus campanas desentonadas; el Carmen, la del maravilloso frontispicio a lo churriguera; San Jos, a medio hacer, por la polvosa Alameda; San Agustn, escondida entre casas de burgueses; San Francisco, Aranzaz y Tercera Orden, dando frente al jardn donde cada domingo buscaban los ojos juveniles de los estudiantes el encuentro con la mirada de las muchachas que salan de misa de once; la Merced, Santiago, San Sebastin, San Juan de Dios, Tequisquipam y hasta la humilde del Montecillo, que contrastaba con el recorrido final, por la amplia y recta calzada, hasta el Santuario del Guadalupe, donde haba que descubrirse desde antes de subir al atrio, siquiera fuera por la placa de mrmol que recuerda la celebracin de una hipottica misa por don Miguel Hidalgo y Costilla, durante su aventura libertadora.

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Las posadas, en las que, aunque no se hubiera ideado bailar, se diverta la muchachada con el rezo profano, con la aglomeracin al reventarse la piata y con ms de algn manoseo al sexo contrario, en sta o en otra ocasin propiciatoria. Los maitines, en las iglesias de barrio y en sus plazas correspondientes, olorosas a hachones de brea, a gorditas de cuajada, a cacahuates tostados, a enchiladas con cebolla, a pollo frito, a pasteles; fruta de horno, colonche, limas de Chamacuero, tunas frescas cardonas amarillas, blancas, taponas camuesas y de alfafayuca, y a trabajo de msculos en tierra temprada, donde la sabia naturaleza protege el olfato que la falta de agua envenenara. El Grito en el Palacio de Gobierno, bajo las falaces palabras de Pax, Jus Lex, esperado entre el murmullo de las nueces al quebrarse (el ruido de uas cacahuatero), el acompasado masticar de la dulce caa por interminables filas de rancheros pacientemente sentados en las banquetas y los ocasionales gritos del borrachito patriotero: Viva Mxico, jijos de la tostada!, hasta que los marciales acordes de don Jaime Nun hacan voltear las caras hacia el balcn en donde ondeaba el pabelln tricolor, sin que pudiera verse la cara, ni menos orse la breve arenga del mandatario que lo sostena. Las pintas cuando cansaba y abrumaba el estudio, a gozar el verde raqutico de las huertas de Soledad de los Ranchos, a comer vainas de mezquite en las yermas afueras de la ciudad, para volver con halitosis provocada, a confirmar la fastuosa nueva de que TRAA AGUA EL RO DE SANTIAGO!, y darse cuenta de que, cuando menos en esa ocasin anual, los palos perdan la cscara que los guardaba. Pero una vez s que Rufis se neg terminantemente a acompaar a Mariano que, por haber reunido unos cuantos pesos de mesada paterna rigurosa y puntualmente pagada por don Lucas, era el compaero codiciado de tanto bruja peligroso como abundaban en el Instituto. La curiosidad, la vanidad, la jactancia y puede ser que tambin la necesidad fsica de la ardiente primavera provocaron el intento de la primera aventura sexual. Dos estudiantes de Medicina y uno de Leyes, que ya se decan duchos en la materia, convencieron a Mariano de lo maravilloso de una fuga nocturna y una visita al barrio del placer potosino.

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El deseo fue bastante para aflojar la boca de la vbora que le serva de cinturn y de ella salieron cinco o seis relucientes monedas con su borrosa balanza en la que, simblicamente, se cargaba el peso en el platillo del mal. La fuga era lo de menos: bastaba con un real al bedel para hacerlo ms mudo que la Esfinge. Otra propina al mozo de la casa contigua y la oscuridad de la noche temprana protega ya en la calle empedrada el camino de los cuatro mocetones hacia el paraso del amor. Salieron del centro de la ciudad, donde las farolas de aceite acabadas de encender simulaban bien un remedo de alumbrado y llegaron al barrio prohibido, de callejas sucias y malolientes, angostas banquetas y humildes casas cuyas puertas se escondan entre las ventanas enrejadas. El ms bravo del grupo toc discretamente; por la ventana contigua se asom un bulto, cambi frases con el audaz y al poco tiempo se oy quitar una tranca, descorrer una cadena, rechinar un cerrojo y girar unas bisagras. Entraron al zagun, que estaba a oscuras, volvi a cerrarse el portn con el mismo proceso a la inversa y se present una vieja criada con un quinqu en la mano: Quihubo, Nachito, qu milagro! A cunto ha que ast no se asomaba por ac. Las muchachas, pregunte y pregunte por ast, y ast tan orgulloso que ya ni nos vesita. Marianito, si no es que tambin los otros dos hasta entonces mudos compaeros, se quedaron dem de la popularidad y hombra del tal Nachito. Y el tal Nachito, muchachn de veinte o veintids aos, orgulloso de la callada admiracin que provocaba. Nada, mi vieja, que aqu te traigo conocidos y un corcho nuevo. A ver cunto dan por l las putas! Mariano tard en darse cuenta de que l era el corcho nuevo, pero al adivinarlo se puso ms rojo y avergonzado que una doncella a la que inesperadamente se pide en matrimonio. El grupo pas, acompaando a la vieja que alumbraba el camino, por un patio lleno de macetas de todos tipos y edades que olan a ruda, a albahaca, a yerbabuena, a mejorana, a hueledenoche y a hinojo y entr al saln que debi

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haber sido el antiguo comedor. All, alrededor de la mesa, alumbradas con otro quinqu ms luminoso, se encontraban hasta media docena de muchachonas medio cubiertas con el rebozo, algunas, y otras con el chal negro que revelaba mejor posicin social (?). Marianito como que empez a temblar; se le trabaron las quijadas, sinti calor en las mejillas, buf, se arrebuj en su capa dragona y se sent en la silla que encontr ms prxima. El tal Nachito era una bala! A todas las conoca por sus nombres y, sin meterse a presentaciones ni a prembulos, comenz a tirarlas de los chales y los rebozos para hacerles notar la presencia del avergonzado Marianito. Las de los rebozos: gatas de indiscutible origen o mestizaje otom, se sonrean y se defendan contra el guasn; las de chal: obreritas, esposas abandonadas o putitas profesionales, tomaron mejor la chanza y con todo desparpajo se acercaron al atribulado corcho. Pero al fin tuvo ste que reaccionar y haciendo de tripas corazn escogi a la que le pareci ms apropiada y arranc con ella rumbo a la oscuridad de la primera puerta. Era la de un cuartucho hmedo, maloliente, con su imprescindible veladora de aceite encendida al pie de la imagen del celestinsimo San Antonio, su cama de latn que pretenda ser coqueta a travs de una colcha de paciente tejido de bolillo y un ropero ms prximo al derrumbe que la Torre de Pisa, si estuviera en el Distrito Federal. La muchacha rea a mandbula batiente del aspecto avergonzado y pudibundo de Mariano. Hubo de ayudarlo, casi de forzarlo a que se tirara en la cama y, ante la negativa rotunda a mayores confiancitas, apenas si consigui desabrocharle la bragueta de los pantalones. Pero la habilidad del ms antiguo oficio en la superficie de la tierra allan las dificultades y bien pronto el novel Casanova desquitaba con gran gusto y contento la paga ulterior veinte reales! que tuvo que hacer por l y por todos sus compaeros. La hazaa estaba cumplida y Marianito se senta un hombre cabal, satisfecho del acto realizado y con un nuevo caudal de machismo para las subsecuentes jactancias, que mucho le habran de servir, ya que sus aventuras de arriero, de

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gallero y de rijoso estaban demasiado gastadas por el uso y la exageracin. Slo que le quedaba un extrao escozor espiritual que no saba si atribuirlo a la importancia sexual del suceso acaecido, a las conversaciones tan frecuentemente odas sobre los venreos de moda que, entre parntesis, todo muchacho cuajado se senta con la obligacin de contraer o de haber contrado, o a las menos importantes reliquias consistentes, como es fcil imaginar al conocer la nula higiene de la poca, en escoriaciones, ms o menos inocentes o en residuos parasitarios de alegre reproduccin. Como nunca hay goce completo, ni mucho menos duradero, toda la eufrica satisfaccin de Marianito se vino abajo cuando, creyendo poner una pica en Flandes, se atrevi a referir lo sucedido a su buen amigo Rufis, con la santa intencin de invitarlo a repetir la aventura. No fueron reproches, condenaciones, anatemas y hasta amenazas los que obtuvo por respuesta! Rufis, que aceptaba de buen grado y hasta sonrea de los cuentos verdes, de los versos pornogrficos y del lenguaje blasfemo, se indign contra la realizacin de hechos impuros. El pudor es pagano, la castidad es cristiana, dijo alguien y con razn. Con el mstico Rufis se poda pecar de todo lo sicalptico, casi sin reproche; pero qu distinto fue el saber que su amigo Marianito haba pecado contra la castidad! Lo menos que exigi, para que la amistad se reanudara, fue una contricin absoluta, garantizada por una pronta confesin en la mismsima iglesia de la Compaa. No haba para qu ser reacio, sobre todo en el caso de Mariano, criado dentro de las enseanzas cristianas, y la misma tarde de la conversacin, siguiente a la noche de la aventura, todo humilde y devoto hubo de presentarse, con Rufis de lejano testigo, al confesionario del padre Valero. Un Yo pecador me confieso dicho con voz trmula del penitente; un enrgico Hijo, di tus pecados y un sudar tinta para referirlos, condujeron a la verdadera causa del acto de atricin: el sacerdote pregunt con la maa y experiencia innegables de sus aos y Marianito solt el gravsimo pecado mortal contra el sexto mandamiento. El confesor lo reprendi, lo aconsej, le exigi un

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sincero arrepentimiento y, al darle la absolucin, le recet una larga serie de oraciones que, adems, no surtiran efecto alguno si el paciente no se comprometa solemnemente y respetaba en adelante su compromiso de no repetir el pecado. Hay que confesar que el sacrlego de Marianito, a pesar de todas sus promesas, ni un momento dej de sentir, all muy adentro, tal vez ms abajo del corazn, quizs ms abajo de los intestinos, el piquete rebelde de Satans, que pareca hablarle por telfono desde el orificio impdico del meato hasta el odo, para decirle: Adopta el compromiso. Por lo pronto, te salvas y despus veremos. Pero de cualquier manera, un sentimiento de descanso y de beatitud invadi todo su ser al terminar el Ego te absolvo in nomini patris, sentimiento que se hizo ms slido y agradable cuando Rufis le estrech la mano, satisfecho de su reingreso al redil.

Los meses de estudio se siguieron, con el solo alivio anual de la vuelta en vacaciones a la casa paterna. En algunas de estas veces Rufis le hizo compaa, con la anuencia y el encanto de su pobre madre que, al par que se congratulaba de dar esas raras ocasiones de esparcimiento al hijo descriado, vislumbraba un periodo de ms holgura personal en sus mseros gastos y quizs hasta soara en las probabilidades de un nuevo medio social. Marianito iba cada vez mejor en sus estudios, pero Rufis bajaba cada ao de nivel. En los ltimos de la preparatoria Rufis hubo de verse reprobado en qumica y an llevaba, irregularmente, los dos aos de ingls que por ningn lado le penetraba. Y no eran razones: ni la dedicacin total y absurda en el primero, ni la falta de talento en el segundo. Qu va! Marianito segua dndole mordiscos a la fruta prohibida, escapndose del Instituto cuantas veces poda y aadiendo al parvo uso del sexo el semanal aliciente del trago y de la juerga. Pero los estudios no eran pesados y con un par de horas de preparacin excepto los das de San Lunes, injustamente atribuidos con exclusividad a los artesanos, las calificaciones nunca bajaban del ms o menos satisfactorio BIEN.Jos mara dvila

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Rufis tena otros motivos de esparcimiento y desatencin. Le haba dado por las artes plsticas y se pasaba los das, ya fuera de la exigua biblioteca del Instituto, hurgando los anaqueles para encontrar vestigios de pintura, escultura y tallado en los viejos y apolillados volmenes, ya recorriendo las iglesias para ver, medir, tentar y rasguar las imgenes o ya desbastando a punta de navaja los pedazos de madera de pino o de cedro que se hallaba, para hacer caras, cuerpos, volutas, hojas, flores, frutas y qu s yo qu ms. Ambos muchachos llegaron a la profesional ms o menos a un tiempo. Bien Marianito y a duras penas Rufis, quien an deba materias preparatorianas, cuya deuda se toleraba en atencin a su conducta y a su pobreza. Los dos abrazaron con ardor los principios de la carrera de mdico cirujano: la anatoma descriptiva, la histologa, la tcnica anatmica, los apasion. Haba que verlos desde el primer curso, buscando el acceso a los anfiteatros de los mseros y mugrosos hospitales de provincia, juntando huesos en los osarios de los cementerios, cargando bajo el brazo los voluminosos tratados de anatoma y memorizando, como si se tratara de rezos, la infinita lista de nombres raros y difciles! Y era que, en los largos paseos por los corredores del Instituto, siempre se vea a los estudiantes de medicina como ms empeosos, ms asiduos y ms tenaces. Hasta los de corto cacumen trataban de mejorar, a fuerza de desvelos, de repeticiones y de tazas de caf negro! Haba uno de tercero o de cuarto, indgena de raza pura, lampio como una nalga, que se haba propuesto memorizar toda la patologa con su propio sistema de mnemotcnica y se pasaba las horas recorriendo el patio, de norte a sur y de oriente a poniente, recitando casi en alta voz el texto de la prxima clase: La tabes mesentrica es una enfermedad, la tabes mesentrica es una enfermedad, la tabes mesentrica es una enfermedad, la bates metensrica es una enfermedad, la tables mesentrica es una es una es una qu?, es una qu?, es una qu? (y volva a ver el libro), ah!, es una enfermedad. Pero los mdicos titulados en provincia, por buenos que resultaran, llevaban gran desventaja en el ejercicio de la profesin, por lo que, a sugerencia de

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Marianito, sus padres accedieron a que se trasladara a la capital de la Repblica a cursar los tres ltimos aos y a recibir all el ttulo. Los dos amigos inseparables se despidieron despus de unas vacaciones agradablemente transcurridas en Aguascalientes y durante las que el tentador Satn venci a Cristo, es decir: Marianito, despus de un domingo de feria en el que menudearon los mezcales, los colonches y los catalanes con prisco, llev a Rufis al burdel provisional de San Marcos y lo inici en los secretos de Venus. Terminaba el ao; el fro de los ridos cerros zacatecanos se haba colado hasta el vecino pequeo estado y escarchaba los pastos raquticos, buenos apenas para el ganado de lidia. Amaneca cuando se despidieron. Rufis parti en la diligencia para San Luis Potos y Marianito se qued preparando su caballo para salir, en compaa de su padre y de los mozos que lo dejaran en Len o en Silao, encaminado ya hasta la capital. De verdad que ambos sintieron la despedida. No hay amistad ms sincera ni cario ms puro que el de los aos mozos; cuando no se pide ni se da; cuando lo que se tiene es mutuo y cuando ni la ambicin ni la envidia manchan el claro espejo de las almas.

Muri el siglo XIX, y lleg este vigsimo endiablado, trayendo miles de profecas y augurios que arspices y pitonisas de toda calaa se empeaban en amontonar, sobre guerras, pestes, sequas, terremotos y todas las plagas imaginables que se atribuan a los infelices e impuntuales cometas, al parto de una mula que haba dado a luz un hermoso muleto, a la Santa de Caborca o a los infernales inventos modernos que, personificados en el ferrocarril, el fongrafo, la luz eltrica, competan en el sentido material con las ya tan popularizadas herejas de Bergson y de Kant y las cuchicheadas, aunque inconcebibles, lucubraciones de Kropotkin o de Carlos Marx.

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Mxico era jauja, cuando menos la capital, que ya presuma de Pars chiquito y se daba el tono de presentar temporadas formales de pera italiana, de comedia francesa, de toreros espaoles, de prostitutas internacionales y de circos extranjeros y nacionales como el celebrrimo del seor Orrin y mister Bell. Marianito se deslumbr al desembocar recin bajado del ferrocarril que por primera vez en su vida haba abordado, tomndolo en Silao en pleno Paseo de la Reforma, por donde transitaban lujosos carruajes de tipos no imaginados por l: desde el land diplomtico tirado por tres troncos de caballos ingleses, hasta la calesa familiar, parienta de su vieja y conocida diligencia, cuyas mulas trotaban al chasquido del ltigo del cruel auriga. Boquiabierto se qued aquella maana soleada de domingo; olvid las petaquillas y morrales con la consecuente prdida de alguno, no obstante la confianza depositada en el fiel cuanto abotagado mecapalero que, por un miserable real, se comprometa a servir de bestia de carga y de gua para que Marianito arribara salvo y completo a su destino: la casa de unas viejecitas potosinas con quienes ya se haba arreglado la pensin, que incluira cuarto, tres comidas y merienda, lavado de ropa y cambio de sbanas cada semana y zurcido de calcetines, calzoncillos y camisetas. La tal casa quedaba en un segundo piso de vieja construccin colonial, en la calle de la Amargura, cuyo principal estaba ocupado por dos establecimientos comerciales, a saber: El Puerto de Damasco, tienda de ropa y mercera, propiedad de algunos hijos del Profeta que cada vez se multiplicaban dentro del mismo espacio vital, y La Pasadita, pulquera y fonda que mitigaba la sed y el apetito de todos los mozos, cargadores, dependientes y vagos del populoso barrio. Las viejecitas, doa Conchita y doa Petrita, lo recibieron como si siempre lo hubieran conocido. Cuidaban de otros cuatro o cinco pensionistas de provincia y a todos los tuteaban y trataban como si hubieran sido de la familia. Ms de media docena de gatas entraban, salan y se atravesaban, murmuraban y rean indiscretamente, disponiendo tambin de la casa-pensin como si fuera cosa propia. Los ojos avizores de Marianito descubrieron que, cuando menos dos, estaban no diremos no tan malas, sino requetebuenas.

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La instalacin fue fcil. Le record el internado potosino, con la promiscuidad de habitacin, el olor a alhucema, a chinches machacadas y a orines secos, las camas duras y la infernal iconografa tapizando las paredes. En cambio, el cuarto tena una ventana con un amplio balcn que daba a la mismsima calle de la Amargura, y por el extremo contrario la puerta de entrada, que desembocaba en un agradabilsimo corredor con piso de ladrillo de jarro, barandal de fierro forjado, pilares macizos de piedra y una infinidad de tiestos, plantas, jaulas, pjaros y flores que hubieran hecho el encanto de los ms distinguidos botnicos y ornitlogos del pas. En este sabroso parque interno, baado por el sol desde las nueve hasta el medioda, no faltaban el perico hablador, los cenzontles que silbaban cuatro compases de la Traviata, los canarios y verdines, los gorriones intiles y mudos, ni aquel gato barcito que, en la no muy grata para l, compaa de dos despreciables perrillos de raza desconocida, ronroneaban y ladraban (naturalmente que cada cual a su propia manera) cada vez que un husped o una gata les pasaban de cerca. La inscripcin en la Nacional de Medicina fue cosa fcil. Ya sin el embarazo del preparatoriano novel y con el auxilio de los nuevos compaeros de pensin, entre los que haba algunos ya casi doctorados, Marianito se present con todo aplomo a llenar los requisitos que el viejo albergue de la Inquisicin exiga a principios del ao escolar. Pronto, las ctedras y el estudio lo absorbieron y la vida estudiantil lo conquist, convirtindolo en uno de los ejemplares clsicos del estudiantado de la poca. Volaron los meses y los aos y la proximidad de los exmenes lo encontraba como a la mayor parte de sus colegas de los aos superiores: ms o menos bien preparado en todas las materias, aunque, justo es confesarlo, con ms dosis de audacia que de sabidura; arrancado hasta el punto de tener empeado uno que otro libro, una que otra prenda de vestir y todo el adorno superfluo: reloj, anillo, medalla de oro, fistol, cadena y hasta el rosario de concha con su libro de devociones que su mamacita le haba entregado para el viaje; debiendo tres meses de

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pensin a las viejecitas, que no por aejas eran menos enrgicas en el cobro; enamorado hasta el punto de hacer versos y dar serenatas de una de las hures que Allah haba mandado como hijas de alguno de los muchos rabes, turcos, sirios o babilonios que usufructuaban El Puerto de Damasco y, para colmo de desgracias, enredado con una de las gatas buenas mozas, la mejorcita en verdad, que daba seales inequvocas de su preocupacin fsica y mental, al anunciar al futuro mdico que Selene no la visitaba haca tres meses y que ni la ruda, ni el romero, ni el ocote hervido, ni los saltos en cuclillas le haban servido para volver a la normalidad. Las relaciones con la casa paterna tampoco andaban muy bien que digamos, sobre todo en cuanto al subsidio econmico, que se haba suspendido, al saber el remitente que Marianito se haba echado encima de lo que corresponda a todo un ao, de los pasajes de regreso para las vacaciones y hasta de alguna cuentecilla que la confianza paterna le haba encomendado cobrar. Marianito se resolvi a pasar las vacaciones en la metrpoli, dentro de la brujez ms espantosa, y se prepar para tomar la decisin heroica en los casos de desahucio que, como el suyo, hacan imperdonable la presencia de los acreedores y especialmente de doa Conchita y doa Petrita, que no lo dejaban a sol ni a sombra. Escamote hbilmente las prendas, libros y objetos de su pertenencia y en una noche oscura y lluviosa, como las que sirven para cometer el peor de los crmenes, se escap por el balcn, descolgndose como los actuales hombresmosca, para reunirse en la calle con su adorada gatita cmplice y complaciente que le ayudaba a la fuga y al escamoteo a cambio del amor. Un topillo con todas las reglas del arte, que se dignific al presentar, a la inversa, la escena shakespeareana de Romeo y Julieta en el balcn de la calle de la Amargura. La mudanza no era para muy lejos. En la calle Cerrada de la Misericordia se haba arreglado ya una accesoria de dos piececitas, brasero, azotehuela y patio general interior, que tomaban entre dos recin formadas parejas: Marianito y su gata, que ahora dejaba de serlo para convertirse en su querida, con el mexi-

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cansimo nombre de Lupe y otro amoroso estudiante que se haba robado a una muchacha de mejor posicin, aunque no tan bonita y resignada como aqulla. La Cerrada de la Misericordia ocupaba una sola cuadra entre las largas avenidas del Reloj y de Santo Domingo; pero no obstante su exigidad, algn guasn que antes habit la accesoria de Marianito y compaa, haba puesto en grandes y negros caracteres, sobre la puerta de la calle, el nmero 1000. El nido se amuebl lo mejor que se pudo. Cada uno de los cuatro pjaros contribuy con algo: sillas de tule, mesas de ocote, catres de madera que acusaban su origen rural en las cintas de vaqueta restirada que hacan de tambor, colchones ms o menos pulcros, bacinillas, ollas, cazuelas y hasta vasos de vidrio, de ese vidrio verdoso y granujiento que, de figones y pulqueras, ha pasado a decorar los escaparates de la Quinta Avenida neoyorquina y los comedores de los magnates americanos. Las dos parejas se llevaban muy bien. Todo era amor en aquel nido que, a pesar de su pequeez, daba lugar para que los trtolos se sintieran parejas independientes y hasta se dijeran: Cada quien en su casa y Dios en la de todos. Lupita adelantaba en maneras y compostura con el alejamiento de las serviles labores y el ejemplo de la nueva compaera, al par que le creca alarmantemente el volumen abdominal. Marianito tomaba las cosas ms con resolucin que con paciencia. Estaba convencido de que su amasiato tena todo, menos amor, por lo que a l corresponda y hasta se aventuraba, desafiadoramente, a pasarle a la linda flor del Corn, con la que ya platicaba a hurtadillas, se acompaaba en el mercado de La Lagunilla y se cambiaba correspondencia. Pero un sentimiento que no sabemos si calificarlo de hombra, de satisfaccin sexual, de conformidad franciscana o de sinvergencismo sublimado, lo haca sentirse bien al lado de la Lupita, que nada peda, por nada protestaba, a nadie molestaba y se manifestaba encantada de la vida ante el terrible problema que acosaba a su galn. Estos amancebamientos tan mexicanos, que siempre han dejado el otro o los otros hijos, como fruto prematuro de la vida, eran, son y seguirn siendo una regular contribucin al rengln demogrfico de nuestra tierra.

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Marianito haba dejado de escribir a su casa, de tener noticias de Rufis y hasta de frecuentar a los que pudieran estar en comunicacin con sus padres. En cambio, estudiaba lo ms que poda y se haba conseguido un empleo de enfermero en el hospital, que, mal que bien, daba para los frijolitos, sumado a lo que entre l y el compaero de accesoria, lograban obtener en los primeros y amenazadores ensayos de alivio (?) a la humanidad, i. e. curacin de gonorreas, y asistencia seudomdica a los vecinos, que de seguro se amparaban ms en el nombre de la calle (La Misericordia) que en la eficacia de los galenos. La vida frugal de principios de siglo no exiga grandes presupuestos. La explotacin de la holgazanera, de la vanidad y de la estulticia estaban an en ciernes, puesto que ni la velocidad en el traslado, generalmente intil, exiga el uso de los burgueses automviles o de las proletarias planillas de camin; ni el cinematgrafo caro y alcahuete alejaba de los libros baratos o las conversaciones amenas; ni las modas londinenses venidas por correo areo, los catlogos de Montgomery Ward o las vitrinas llamativas del comercio metropolitano obligaban a matarse para conseguir el sagrado abono, como en los tiempos presentes. Ni siquiera haba preocupaciones mensuales por el recibo de la Compaa de Luz o de la Telefnica; por el sorteo del Palacio de Hierro o por la cuota del sindicato! Dichosa edad en la que lo ms grave era la modesta cuenta del casero o el remiendo de a dos reales en el botn agujereado y en las culeras de los pantalones! Y la vida era tan buena o mejor que la de ahora: seis das de estudio y trabajo por uno de verdadero descanso en Peralvillo, en Chapultepec, en la Viga, en la Alameda o cuando menos en el hermoso Zcalo, sombreado por los rboles sentenciados y ejecutados despus por el robo de vista colonial a los edificios. Las diversiones de franca risa tampoco faltaban, pues adems de las ocasionales visitas al teatro, al circo o a los festejos religiosos del barrio, sobraba material en la Escuela de Medicina, en el hospital y en la propia casa para rerse con liberalidad. Aquel compaero de clase, tonto y tartamudo, que acostumbraba

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sentarse en el poyo ms alto del saln y que, indefectiblemente, era llamado por el profesor de anatoma: A ver, seor Gutirrez, pase al pizarrn. El llamado bajaba los cinco escalones que formaban los poyos abrindose paso con miles de trabajos entre los compaeros, que lo miraban de reojo, tropezando y pidiendo disculpas a media voz. Al fin, despus de cinco minutos de descenso, atravesaba el saln, llegaba al tablero enorme, tomaba en la derecha el gis y el trapo enyesado en la izquierda, borrando cuidadosa y diligentemente hasta el ltimo vestigio de rayas en el pizarrn. Transcurran otros cinco minutos; el profesor, exasperado, se atusaba los bigotes amenazadores, la clase quedaba en suspenso; Gutirrez dejaba el gis y el trapo sobre el canal del pizarrn y volvindose hacia el profesor, con admirable aplomo, aunque con la voz un poco triste, deca: El se-se-se-se-se-se-se-se-o-o-o-o-or Gu-gu-gu-gu-gu-gu-tirrez, no-no-no-no-no-no-no-no sa-sa-sa-sa-sabe la-la-la-la-la-la llllllllecccc-cin. O aquel otro zapoteca, de tercer ao, que se entusiasmaba con los estudios de latn que probablemente haba hecho en su tierra aunque nadie lo creyera y los aplicaba a todas sus frases: Ubi comprabitis lterum prendedorcitum? Y el otro que los iba a despertar a media noche a la pobre accesoria, sin miramiento alguno para la presencia preconyugal del otro sexo y luego que ya los vea bien despiertos, despus de tres o cuatro sacudidas de hombros y de la peligrosa salida a la azotehuela, a riesgo de pescar una pulmona, preguntaba con voz zumbona y olorosa al aldehdo de los tragos ya ingeridos: Hermanito del alma, no he podido acostarme sin venir a preguntarte si no te choca mucho la palabra chochocol.

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Pero al fin la carrera se hizo. La nueva centuria encontr a Marianito de buena salud y en un estado social-financiero cuyo balance podra expresarse como sigue: M arianito a la viDa,DEBE HABER

25 aos de edad, Ttulo de Doctor en Medicina, Ciruga y Partos, Una novia rica, de porvenir y bonita (la del Corn) Capital, $0.00

Prdida de su padre, Parto a su favor de un hijo natural, Una querida de lastre, madre, pobre e ignorante. Crditos, $0.00

Para empezar la brega, el asunto no iba tan mal y mucho menos con las ilusiones, la fe, la seguridad y las indudables buenas cualidades de Marianito. Entretanto, nos ocuparemos del amigo Rufis, a quien hace varios aos que dejamos olvidado en la antigua Tangamanga (San Luis Potos).

Rufis destrip en la misma provincia. No poda ser de otro modo, pues toda la firmeza con que manejaba el cuchillo al tallar la madera se le converta en femenina debilidad cuando se trataba de hender la flcida carne de un cadver. Los msculos, las articulaciones, las medidas y las proporciones del cuerpo humano que tan bien saban sus ojos trasladar a la mano hbil en el dibujo, en la escultura o en el tallado, se le convertan en un diccionario chino al tratar de recordarlos por sus denominaciones tcnicas. Para Rufis, las vrtebras con todas sus complicaciones de: apfisis, diapfisis, arco neural y foramen transversarium seguan siendo

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lisa, llana y corrientemente: el espinazo; en msculos, el esplenio segua siendo el cogote; el trapecio, lomo; los glteos, nalgas; los bceps, conejos y los gemelos, pantorrillas. Pero en cambio, qu precisin para dar con el lpiz la curva o la sombra exactas de un brazo en tensin, de un torso doblado o de un pecho levantado! La ciencia se le volvi arte y el presunto mdico se convirti en lo que sus compaeros llamaban monero. Su vida sigui siendo austera por varios aos. Al lado de la beatfica mam, no se afrent, ya con la barba y el bigote apuntando hirsutos en su cara, de seguir ayudando a su to el sacristn que, convencido de la inutilidad de los esfuerzos para darle un ttulo profesional, se resolvi a conseguirle encomiendas de sus muchos amigos, cannigos, diconos, curas y seglares y alguna vez hasta del Reverendsimo e Ilustrsimo Doctor y Maestro Don Ignacio Montes de Oca y Obregn (alias Ipandro Acaico), para pegar un brazo del Cristo que se haba cado de la cruz; repintar la cabeza de Santa Ana, que se haba desteido a fuerza de ensear a leer a la Virgen Mara; darle una relujadita a San Lorenzo para que no se quemara tanto en la parrilla; enderezar la columna de San Simen; volverle a abrir las heridas de flecha a San Esteban; darle bola a San Benito de Palermo, que ya se estaba poniendo gris; injertar dedos nuevos a Santa Cecilia para que pudiera tocar el rgano; y hasta enderezar a San Luis Gonzaga, que pareca estar medio torcido. Como resultado de tanto encargo mal pagado y de tanta prctica gratuita, Rufis lleg a contar, cuando menos lo pens, con un taller suficiente para cualquier trabajo de su agrado y con el que, apurando el sentido comercial que no le faltaba, podra ganarse la vida, sostener a su madre en mejores condiciones que las que le daban la poco puntual pensin del extinto capitn y las escasas aportaciones del to sacristn, sobre quien de seguro andaba la vigilancia muy estrecha en lo relativo a las limosnas. Tarific su trabajo, se puso en contacto directo con los numerosos clientes y se arriesg a ejecutar obra original que iba, desde el retablo impresionista o surrealista pintado al leo sobre una hojalata o una tapa de caja de puros hasta la talla en madera del santo patrono solicitado,

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cuyos generales, antecedentes, fisonoma e idiosincrasia eran concienzudamente estudiados por Rufis, antes de empezar la obra, en el Ao Cristiano y en todas las monografas que se daba maa para encontrar, ya en las bibliotecas pblicas o ya en las de las viejas iglesias cuyos tesoros coloniales estaban abiertos a su curiosidad. Bien pronto, el remendn lleg a tallista y, entre sus antiguos colegas y sus amigos de la intimidad, el monero de marras pas a sustituir en definitiva ese apodo, lo mismo que el mucho peor de Rufis, por el ms adecuado y decente de el Santero. El taller se convirti en estudio y los visitantes ya no eran slo los sacerdotes de sotana rada, los colegas de su to en ms humildes menesteres o las beatas que traan a reparar al buey del prximo nacimiento, o al San Antonio, que acababa de sufrir un duro castigo por negarse a conseguir un buen novio o un regular amante. Ahora que el estudio daba a la calle, en una accesoria ms o menos espaciosa, el santero, armado de punta en blanco con la gubia, el escoplo, la escofina, la V o el formn, y trajeado con la bata sucia y pintarrajeada y la boina vasca que lo hacan un Marcelo con todas las de la ley, se honraba con las frecuentes visitas de un Gedovius, de un maestro Armenta, de un Moret o de un Muoz, en cuanto a pintores y dibujantes, y ya poda charlar, casi de t a t, en muchas materias estticas, con Manuel Jos Othn, con Primo Feliciano Velzquez, con don Manuelito Muro y hasta con el gobernador y con el obispo, zafio el primero y cultsimo el segundo, que vena a ver cmo andaban las hechuras de sus frecuentes y bien pagados encargos. De aquel taller modesto, ms que de las aulas tan desganadamente atendidas por Rufis, sac ste un buen caudal de cultura, especialmente en lo relativo a su oficio. All aprendi a mencionar a Roldn y a La Roldana, a Becerra y a Berruguete; supo que los maestros flamencos y alemanes haban llevado el arte maravilloso de sus toscas herramientas a Len, a Plasencia y a Toledo, de la Vieja Espaa, en las manos pacientes del Maestre Teodorico y de Juan de Malinas; entendi de los atributos que debera llevar cada santo o santa, para no confundir a San Jorge con San Miguel, ni a San Isidro con San Expedito.

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Cuando menos se lo esperaba, cualquiera de los concurrentes le espetaba un recitativo nuevo, acabadito de aprender, sobre las diferencias entre el barroco clsico y el churriguera, con referencias fehacientes a la fachada laboriosa de la iglesia del Carmen; en otras, el cannigo Nava, obeso, moreno y gritn, opinaba sobre la sorprendente aproximacin y el asombroso parecido que, sin llegar a copia, exista entre el Cristo que acababa de tallar Rufis para una iglesia de Guadalczar y el Crucifijo de Brunelleschi, en la parroquia florentina. Hay que ver resoplaba el enorme cannigo cmo este muchacho puede dar a la sagrada imagen todo el espritu que necesita para constituirse en la verdadera sntesis de la devocin de los feligreses. Yo he visto por horas enteras, con uncin, con admiracin y con ojos de artista, muchas de las reputadas como las obras magnas de la cristiandad; tengo en la retina el Santo Cristo de Orvieto, de Nicols de Nuto; el de Benvenuto, en el Escorial; el de Montez, en Sevilla; y para no ir ms lejos, el de Vela, que est en nuestra Catedral. Ninguno, si no es el de Florencia, tiene la divina humanidad del trabajo de Rufis: la flacura de los brazos y piernas, la estrechez del pecho, pues Cristo no puede concebirse como atleta; la cabeza grande, las facciones semticas solamente la gracia de Dios ha podido conducir la mano de este muchacho hacia tamaa perfeccin de expresin de lneas y de carcter! No es para tanto, padre interrumpa el licenciado Velzquez, en verdad que el muchacho no lo hace tan mal, pero no lo vuele, porque de un da para otro se nos va y nos deja las iglesias y los oratorios para ser colmados de esas horripilantes imgenes de terracota o de yeso que les ha dado por traer de Europa, con el pretexto de que son ms baratas y estn listas ms pronto. Parecen santos de boudoir con esos colorines y esas formas, ms sensuales que religiosas. No blasfeme, licenciado, acurdese de que muchas de esas imgenes estn ya colocadas en sus sagrados lugares, bendecidas por el seor obispo y respetadas por los fieles que en ellas confan con toda razn. Est bueno, padre, pero es que aqu estamos hablando de arte y no de religin; usted mismo se acaba de embelesar con la anatoma del crucifico, con

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sus facciones, con su cabeza inteligente, con sus rasgos hebraicos y eso no me dir usted que es devocin propiamente dicha. Es diletantismo esttico, tan pagano como pudiera ser el mo. Ave Mara Pursima! Ya empez este buen licenciado con sus barbaridades y, a mi pesar, me va a hacer largarme antes de tiempo. No sea correln, padrecito, acurdese que su deber est en catequizar y si, como no soy un descredo, lo fuera, usted no puede rehuir la obligacin de atraer la oveja descarriada al buen camino. Mire, licenciado, usted no es ni descredo ni descarriado. Le confieso que, inclusive en las materias que estudi en el seminario, le tengo respeto. Hasta se me figura que se desvela con la Suma Teolgica y con el Derecho Cannico con tal de venirnos a tomar el pelo a estos humildes siervos de Dios, que mal sabemos recitar una misa. Padre!, que est usted pecando de soberbia en la modestia. Dios me perdone, hijo, pero la verdad es que usted me desconcierta con esa fama que se trae de discutidor sin par y de dialectista mximo. El santero dejaba pendiente la talla, tiraba la gubia sobre el banco de trabajo y abra la boca para seguir el hilo de una discusin balad, que le pareca el extracto de la sabidura humana. El dilogo del padre y el licenciado era interrumpido por los dems concurrentes; el tema se haca difuso: del incidente se pasaba al dogma, del dogma a la doctrina, de la doctrina a lucubraciones ms abstrusas; hasta que, inesperadamente, alguno de los concurrentes ms jvenes soltaba una verdad de a folio, o una frase positivista, o una alusin hereje y el pobre padre Nava se santiguaba, levantaba el vuelo de la sotana y sala ms que de prisa del estudio, con el pretexto ms o menos peregrino de un servicio religioso. Rufis volva a empuar el escoplo, meneando la cabeza donde la duda cruel haba abierto una ligersima herida, que no dejaba de doler cada vez que, al quedarse solo, repasaba el tema de la conversacin y comparaba las argumentaciones contundentes del doctor Silva, de Othn o de Revilla, con la huda

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vergonzosa del estimado cannigo. Y al da siguiente, lo primero que haca era ir a confesar la nueva duda, si posible, con el mismsimo cannigo que, dicho sea de paso, logr imponerle penitencias duras, pero no consigui hacerle olvidar los razonamientos pecaminosos que provocaran las herejas. Seguro ya de su maestra en la talla, la ebanistera, la pintura religiosa y hasta en complicados trabajos de ornamentacin, Rufis pudo dedicar algn tiempo a llenar las lagunas que haba dejado en su cerebro la pasin por el arte. Cepill los conocimientos preparatorios, se dio tiempo para visitar otros grupos de amigos y se hizo frecuente comprador de libros nuevos, que poco a poco lo iban convirtiendo en lo que, por aquel entonces, se llamaba un librepensador. Slo que su manera de ser librepensador era precisa y llana en el sentido escueto de las palabras. Pensaba, a su parecer, libremente; pero se empe y cumpli el propsito de jams expresar sus ideas, de no dar a conocer sus dudas y de argumentar solamente para consigo; ya que el cario para su madre, el respeto al to sacristn, la tradicin de su propia educacin y quizs un complejo desconocido de proteccin al oficio, estaban por delante de cualquier exabrupto o de la menor indicacin que lo pusiera fuera de la catlica grey. Su vida privada era modelo de virtudes para la sociedad de la poca: frecuentador de las iglesias, en las que la costumbre de ser devoto lo haca concentrarse ms en el estudio de las muchas obras de arte que sus ojos absorban; callado como un seminarista prximo a consagrarse, buen hijo como siempre lo haba sido, casto como el que ms y arrepentido del pecado que Marianito lo hiciera cometer en Aguascalientes; honrado en sus tratos, cumplido en sus trabajos y respetuoso de todo lo que mereca ser respetado. Pero este dechado de virtudes no poda impedir que, de vez en cuando, le gustara ms una Magdalena que un Jess crucificado y que, cuando le llegaba una clienta guapa, la atendiera con ms dedicacin que a los molestos y ya bien conocidos beatos que le daban la mayor parte de sus ganancias. Cmo se acordaba entonces del sinvergenza de Marianito! Tan descarado, tan metiche, tan hombrote, tan despreocupado y se pona a escribirle cartas

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que empezaban por querer ser cariosas y confianzudas, se hacan serias y predicadoras, y acababan por ser latosas y pedantes. Jams consigui que su amigo del alma le contestara una sola de sus misivas! En cambio, con la mam del doctor, de reciente viudez, s se carteaba a menudo. La buena y heroica seora segua viviendo en Aguascalientes, llevando con toda su energa femenina los negocios del difunto y enfrentando la terrfica tarea de manejar dos broncas recuas: la de mulas cargueras y la de los hermanos de Marianito que, cual ms, cual menos, haban resultado ediciones de su padre bien corregidas y aumentadas en cuanto a lo rudos, malhablados, jugadores, borrachones y pendencieros. Todos los sinsabores de la difcil arriera los contaba la santa seora a nuestro Rufis en interminables cartas que, con su buena letra de ranchera acomodada y con el abuso de las encomiendas y los pedidos a Dios nuestro Seor, a la Santsima Virgen y a todos los santos de su personal amistad, llegaban ms puntuales que el recibo del casero, a principios de cada mes. Muchas de estas cartas eran verdaderas colecciones de quejas y de tristezas por la poco correcta conducta de Marianito, llegada a odos de la mam y por su impuntualidad verdaderamente cruel en materia de correspondencia. Afigrese usted, mi buen amigo, don Rufiniano deca la pobre viejecita en alguna de sus cartas, que de Marianito no s ms de lo que ha poco me cont mi compadre don Fulgencio, que estuvo en la capital al arreglo de algunos negocios. Desde la muerte de su padre, mi marido, a quien Dios tenga en su santa Gloria, apenas si he recibido dos cartas escritas a la carrera y sin pensar que las mandaba a su madre. Dios me lo perdone y la Santsima Virgen me ampare, pero estoy tentada a creer que a Marianito le han dado algo. Don Fulgencio dice quezque tiene por ai alguna mujer, que se ha olvidado de sus deberes para con la Santa Madre Iglesia y que no anda muy bien de sus gastos. San Jos ha de amparar a mi pobre hijo en esa ciudad que, como yo le deca al difunto que de Dios goce, no es ms que la perdicin de los muchachos. Me hubiera hecho caso y l me perdone, para haberlo dejado aqu, en nuestro pueblo, con su gente, que otra cosa sera.

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Y la pobre seora vea la paja en el ojo de Marianito y no se daba cuenta de las vigas en los de sus hermanos, que eran prendas de las que el diablo empea y jams viene a redimir. Rufis le contestaba siempre con puntualidad, con frases cariosas casi como de hijo; le daba consejos respecto al negocio y hasta se atreva a sugerirle que trasladara su domicilio a San Luis, por entonces ms prspero que la villa hidroclida, donde l podra ayudarle a sacar algo de las famosas salinas denunciadas por el abuelo de Marianito. Termin por pedirle su consentimiento para hacer un viaje a la capital y ver la manera de traerse a ste a practicar su profesin en la provincia, pues desde entonces era fcil suponer el trabajo que costaba abrirse paso en la metrpoli, ante la competencia de tantos mdicos que, por sistema, rehuan el llamado de las necesidades rurales, soando en establecer un consultorio elegante en Plateros, en Santo Domingo, en Las Damas o en Santa Teresa. La seora accedi a esta ltima propuesta y Rufis, sin aceptar cooperacin econmica alguna de la buena madre, se despidi de la suya pidiendo su bendicin junto con la del to sacristn, como si fuera a hacer un viaje de cacera al frica Central; hizo un bulto de sus mejores ropas y una maana, muy temprano, sin ms compaa que la del cargador crudo y tosijoso, apestoso a mezcal y al cuero mal curtido de su enorme y grueso delantal en el que luca el disco de bronce con el nmero 7, atraves la Alameda, en la que ensordeca el cantar de los tordos que levantaban el vuelo matutino; lleg a la nueva estacin de piedra rosada que ostentaba un rtulo negro con letras doradas: Ferrocarril Nacional de Mxico, atraves el zagun oscuro y se plant frente a la va a esperar el tren del norte. Casi puntual lleg ste, arrastrando el carro de exprs, el de tercera, repleto de viajeros proletarios, casi encimados, sobre bancos insoportables de tiras de madera; el de segunda, con sus mugrosos y duros asientos forrados de bejuco; el de primera, jactndose de su felpa verde, de su alfombra de pasillo llena de basura y de sus luces de petrleo y el pullman, hermtico, ignorado, de donde sala un olor confuso a extranjera, mezcla de tabaco del toro, chicoria, humo de cocina y patas de gringo.

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Rufis haba comprado su modesto boleto de tercera clase y con el equipaje al hombro corri en el mismo sentido del tren para subir antes que otros y poder acomodarse en aquella repleta lata de sardinas. Su propsito de hacer el viaje haba sido inquebrantable y por eso estaba dispuesto a soportar las veinte y pico horas en aquella atmsfera de emanaciones humanas, de tacos y tortas compuestas, de chillidos infantiles y malas razones adultas; interrumpido todo a veces por el rasguear de una guitarra, la armona de un organillo de boca o los gritos del conductor norteamericano que, con un irreprensible gesto de repugnancia, entraba dos o tres veces durante el da y otra durante la noche a pedir el boleto de los pobres greasers que haca el favor de transportar su poderosa compaa. Rufis se arrebuj en su cobija de lana, se incrust entre varios huarachudos del Bajo e hizo lo posible por dormirse o adormecerse la mayor parte del viaje. El fro hua temeroso del carro lleno de carne humana y as, aunque el invierno empezaba a apuntar, nuestro amigo pudo llegar a Mxico sin ms molestias que las de la sagrada mugre, pero con la nariz libre del impertinente catarro. Nadie lo esperaba en la estacin, pero tena la ltima direccin de Marianito: Calle Verde n. 74, por Campo Florido. Tom una calandria y al trote cansado de los trasnochadores jamelgos, vio pasar el Caballito, la Alameda, el viejo Teatro Nacional; despus, la Fuente del Salto del Agua y al fin vino a parar frente a una casa en cuyo portn se hallaba fijada una placa de latn en la que se lea el nombre y la profesin de Marianito. Rufis le dio un tostn al cochero, baj sus bultos, llam con el aldabn de fierro en forma de mano que agarra una pelota y a poco sali a abrir una gata sucia y desgreada. Marianito dorma. La sirvienta fue a despertarlo y, para contento y descanso espiritual de Rufis, se encontr con que habitaba solo en aquella casa. Temblando haba venido el Santero por temor a encontrarse con la querida de su amigo. Qu le dira? Cmo la tratara? Qu clase de pjaro podra ser? Pero los temores haban sido vanos: Marianito abraz efusivamente a su viejo amigo y, pasando a travs de un cuarto que serva de consultorio, lo

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introdujo a las habitaciones. Rufis vio con desconfianza los instrumentos y muebles de su amigo: una rudimentaria mesa de operaciones, forrada con tela ahulada; un perchero del que penda una especie de vasija de peltre manchada por el permanganato, una vitrina polvosa con el instrumental, otra repleta de medicinas, dos o tres sillas en regular estado y una mesa encumbrada de revistas y diarios en espantoso desorden. La asepsia andaba muy lejos de la profesin.

Durante el tiempo que dejamos de ver a Marianito, le haban sucedido cosas dignas de ser recordadas: Logr desvincularse a medias de la Lupita, la que volvi al lado de sus humildes padres a Coyoacn en compaa del retoo y con la promesa (cumplida, entre parntesis) de recibir un puntual auxilio econmico mensual y otras menos puntuales visitas; Se hizo de alguna clientela de barrio y consigui un puesto remunerado, en prctica de venreas, en el Hospital de la Canoa; Formaliz sus relaciones con la hermosa libanesa de El Puerto de Damasco, de la que ya es tiempo de decir que se llamaba Zaida, y Planeaba tambin abandonar la capital para ir a ejercer la medicina a cualquier otra parte. El trabajo para deshacerse de Lupita fue relativamente fcil. Mariano acept registrar al nio con el apellido paterno, consol a los suegros ilegales con su mejor discurso y con la promesa de ayudar a la madre y al hijo per scula seculrum, expuso su categora social como mdico recibido, los antecedentes del lo amoroso, el favor que le haca a Lupita dando su nombre al heredero y consigui al fin que los buenos viejos no slo aceptaran su idea, sino que se fueran complacidos y altamente agradecidos del yerno morgantico de clase superior.

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Hacerse de clientela fue ms difcil, pues no cualquiera encomienda las ms queridas partes de su cuerpo al primero que se presenta con una placa de latn. Hubo de resolverse Marianito a no torear las blenorragias, sino curarlas de verdad, para que al cabo de algunos meses ya hubiera gente esperndolo en el zagun de su casa. El puesto en La Canoa lo consigui, como siempre se consiguen, gracias a la influencia de un amigo; pero no era el tal puesto ningn lecho de rosas. Haba que ver el trabajo de la inspeccin semanal a las pobres meretrices: La cantidad de mentadas de familia que se ganaban los mdicos cada vez que ordenaban la internacin de una enferma o de una sospechosa! Y despus, las guardias nocturnas; con la conciencia cargada de responsabilidad, imponiendo toda su autoridad sobre los guardas venales y lascivos, que lo mismo aprovechaban un rato en la dulce compaa de una hembra acabada de encamar por las ostentables manifestaciones de la impureza de su sangre, que toleraban las ms asquerosas manifestaciones lesbianas entre dos asiladas que, al amparo de la noche, hacan una verdadera cruza de sus enfermedades. La formalizacin de sus relaciones amorosas con Zaida no fue tampoco cafetera rusa. Tuvo que luchar contra el celo verdaderamente oriental de la arbiga familia, que por ningn motivo aceptaba la entrada al clan, a pesar del catolicismo comn, de un extranjero o peor que eso, de un mexicano, y que daba claras muestras de que hubiera preferido ver a la Flor de Damasco refundida en un harn y cubierta con un tcharchaf antes que encomendarla a las solicitudes de Marianito. Por fortuna para ste, la muchacha ya estaba ms que mexicanizada y, con una energa de la que nadie la creyera capaz, puso a sus padres y hermanos las peras a veinticinco, obligndolos a aceptar al novio con sus visitas, sus regalitos y hasta sus besitos a las escondidas. Pero lo que s se le haca cuesta arriba, a pesar de sus intenciones, era el viaje fuera de la capital. Deba resolverse a comenzar todo de nuevo; a casarse, por lo pronto; a dejar el empleo y la clientela y a resignarse a vivir mediocremente en cualquier provincia como mdico de aldea. Mxico tena un sinfn de atractivos que no como quiera se abandonan: los teatros, con su tanda incipiente, a cuyas

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lunetas delanteras era Marianito asiduo concurrente y no muy desconocido en los camerinos de tanta artista simptica que ayudaba a pasar agradablemente la velada; los paseos a Chapultepec, a Xochimilco, a Tllpam, a La Villa, a Santa Anita, con las mil fiestas que le recordaban, mejorando, el terruo natal, como si se estuviera en perpetua feria de San Marcos; el paseo de San Francisco en donde, a medioda, se deleitaba contemplando las toilettes suntuosas de las cocottes y de las damas aristcratas que paseaban en los coches abiertos, tirados por hermosos caballos; las buenas fondas, Sylvain, La Concordia, La Mariscala, con sus platillos especiales que atraan al ms dispptico; las peas de amigos y colegas que acostumbraban reunirse en la tequilera de Manrique, a saborear, no sabemos qu con ms deleite, si el chismorreo social y poltico o el rico tequila alteo, y hasta las nocturnas excursiones a las casas non sanctas de Dolores o del Callejn de Tarasquillo. Marianito y Rufis reanudaron la conversacin interrumpida en los albores de la mocedad, como si no hiciera ms de veinticuatro horas que haban dejado de verse. Tu mam me manda de embajador para ver si consigo sacarte de la capital y llevarte a San Luis o a Aguascalientes. La verdad es que te has portado muy mal con ella y no dir conmigo, porque no vale la pena. Tu ltima carta la recibi hace ms de seis meses y las noticias de tu vida que le llevan los compadres no son de las mejores. Marianito se sonri con tristeza como si le apenara de veras esa ingratitud involuntaria. Qu quieres, hermano, el trabajo, la brujez, el deseo de no hacer llorar a mi mamacita con recuerdos de mi pap tanta cosa! S, tanta cosa, ya las sabemos casi todas: la novia, la Lupita, los amigos, el retoo, la parranda y qu ms? No, manito, es que t no puedes comprender que cuando se sale de las faldas maternas, del hogar, del terruo, las cosas se vuelven de otro modo. Lo mismo te hubiera pasado a ti, con todo y tu santidad, fuera del ambiente eclesistico en que has vivido, lejos de tu madre y de tu to; oliendo otras cosas

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distintas del incienso y escuchando algo que no llega a rezos ni a plegarias. Te confieso que no estoy nada conforme de m mismo, que soy peor de lo que t te imaginas y que tambin busco alguna manera de cambiar de vida. Estoy seguro de que, aunque no hubieras venido a recordarme cosas viejas, ms pronto de lo que te imaginas hubiera hecho mi liacho, me caso con la novia y me largo con la msica a otra parte. Slo que yo no haba pensado ni en tu tierra ni en la ma. He estado proyectando incorporarme al Ejrcito, donde me darn el grado de mayor e irme a la campaa del yaqui, a apaciguar a los mayas en Quintana Roo o a combatir la bubnica en Mazatln. Porque la verdad es que ya estoy harto de manipular penes y hurgar vaginas a precios de ocasin. Lo que no te ha cambiado es el lenguaje, Marianito; aunque ahora les llames a las mismas cosas con nombres ms elegantes. Qu va! Es herencia, hermano. Pero dejmonos de eso y cuntame de tu vida. S que has progresado mucho, que eres un verdadero artista y que vas que vuelas para inmortal. Y, entre parntesis, sigues igual de rezandero, de creyente y de bueno como eras antes? Porque me parece que un imaginero, como a los de tu oficio se les llam en el siglo pasado, no puede divorciar sus creencias de sus obras y mal puede imprimir divinidad a una talla la mano de un mal pecador. Rete, si quieres, Mariano, pero ni yo mismo entiendo qu diablos me sucede. T eres el nico con quien puedo confesarme sinceramente, pues la verdad siento que ni en el confesionario digo a mis anchas lo que tendra que decir. Qu caso curioso!, pero la verdad es que, no obstante que sigo cumpliendo con la Iglesia como antes, me parece que nuevos pensamientos vienen sustituyendo a los que antiguamente me satisfacan por su simplicidad y me doy cuenta de que a los propios asuntos de la religin les busco inconscientemente explicaciones simoniacas y razones herejes. Hombre! Eso es nada ms que el natural desarrollo de la lgica en cualquier individuo que llega, como t, a la mayor edad y a quien el roce con personas de diversos tipos impide que lo dominen las inhibiciones y que por

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dondequiera encuentre tabes. Si hubiera seguido como tu to, viviendo en las iglesias, o si del Instituto Cientfico te hubieran trasladado al Seminario Conciliar o tal vez hasta con el simple hecho de haber seguido trabajando dentro de tu propia casa, sin ms interlocutor obligado que tu mamacita querida, no hay que poner en duda que tu devocin, rayana en necedad, sera igual o peor que la que te adornaba en tu niez. Pero es que el razonamiento, el espritu deductivo, la lgica, crecen, como las plantas, a la luz del sol, al aire libre y sujetas a ventarrones, heladas, granizadas y sequas. Tu alma no es ms que el terreno en que se han desarrollado y tu subconsciente es el que se va encargando de desembarazarlas de malezas, de parsitos y de plagas, que no otra cosa son el oscurantismo, la llamada gracia, que te cierra los ojos a la fuerte luz de la ciencia, y el respeto a las tradiciones que, si se hubiera seguido ortodoxamente, nos tuviera a la fecha viviendo en cavernas y comindonos los unos a los otros. Tal vez! Marianito, aunque tus razonamientos me parezcan, como de costumbre, inaceptables, porque sigues siendo tan vehemente y tan apasionado como cuando estbamos en la preparatoria. Tu materialismo no es ms que el tema de moda, el esnobismo de los que han ledo una docena ms de volmenes que la generalidad de las personas en nuestro medio. Yo voy por otro lado. Sigo aceptando mi religin con el respeto y la devocin de siempre; creo en sus dogmas, en sus misterios; acepto su ritual, acato sus mandamientos hasta donde la carne pecadora lo consiente y contino considerando redentor el acto de la confesin y la atricin completa. Pero mis dudas han abierto un zanjn paralelo a este camino llano y fcil que sigo sin dificultad. Me parece que estamos viviendo en un mundo de egosmo, de injusticias, de mentiras y de malas artes. Buscando una frase breve te dir que soy un heresiarca en materia social, porque considero que los elementos directores del mundo actual no lo llevan por buen camino y que la Iglesia, como asesora en esta materia terrena, ha hecho muy poco por ayudar y se sigue conformando con predicar la gloria para los que sufren, en vez de buscar, juntamente con los legos, una mayor justicia en la distribucin de lo que de bueno pueda encontrarse en este Valle de Lgrimas.

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Hasta esta expresin me choca y creo que, a fuerza de hacer y perfeccionar las caras de angustia, las heridas sangrantes y las muecas dolorosas en mis crucifijos, en mis vrgenes y en mis santos, he llegado a pensar en una transformacin del catolicismo con rumbo hacia la alegra, la sonrisa, la satisfaccin y la aventura! Qu te parecera un San Lorenzo acostado en un chaise longue, una Magdalena sonriente y aliada o un San Saturnino dando un pase natural al toro, en vez de dejarse arrastrar por l?

Rufis vena con ganas de conocer la capital, pero de conocerla en el ms amplio sentido de la palabra y lo que ms le interesaba era ver los teatros, la tanda, las artistas; toda esa bohemia que, a pesar de su misticismo y su religiosidad, se le agitaba en el espritu desde que las no muy frecuentes conversaciones de los pocos potosinos que visitaban Mxico la mencionaban con fruicin, con jactancia y con envidia; la gracia de Rosario Soler, las piernas de Mara Urea, los encantos de Elvira Lafn y el salero de Esperanza Pastor. Dejando para las horas diurnas las inspecciones minuciosas de los templos capitalinos, el beatfico imaginero se propona no perder una sola noche de tanda, de comedia, de zarzuela, de pera o de cualquier espectculo que se realizara frente a las candilejas. Parecale que una actividad compensaba a la otra, pues si una pudiera considerarse pecaminosa, de seguro que no habra manera de encontrar nada ms edificante que la primera. Y as, en la alegre compaa de Mariano, altern con los Ricarditos tandfilos en las lunetas delanteras, se enamor en silencio de la Goyzueta y la Vivanco, aplaudi a rabiar a la Bonoris y a Gavilanes y se aprendi de memoria, desde el tango de El bateo: El da que yo gobierne, si es que llego a gobernar, hasta la romanza del Chin Chun Chan con que Pepn Pastor haca llorar a las enamoradas: Cuando la luna resplandeciente quiebra sus rayos en tu balcn.

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Hasta lleg a conocer a las famosas hermanas Moriones, empresarias del Teatro Principal, que le parecieron la personificacin, en gnero femenino, del sacerdocio en materia de arte teatral! El tiempo volaba y Rufiniano, el redentor, se haba comprometido a rendir buenas cuentas del descarriado Mariano. Convinieron en escribir a la mam de ste pidiendo la venia para el matrimonio con la rica y hermosa libanesa y no tard en llegar la respuesta, dulce, cariosa, consecuente: Mi hijito del alma: Tu seor padre, que en paz descanse, tus hermanos y yo, hubiramos querido verte casado con una mujer de las nuestras. Muchas veces te ha soado contrayendo el sagrado yugo con una muchacha de nuestra patria chica, con una pueblerina como yo, pero que te entregara toda su vida inocente, sin malicia y sin reservas, como acostumbramos en nuestros pueblos. Te acuerdas de las hijas de mi compadre don Chon?, de las Morales?, de las Esparza? Ya va para mucho tiempo que no te miro, pero me imagino que estars igual de guapo, de hombre y de fuerte que el difunto. Cualquiera de aquellas muchachas de Aguascalientes se hubiera enamorado de ti y yo, a cualquiera de ellas la hubiera tenido ms cerca, ms de casa, ms hija y menos nuera. Pero qu le vamos a hacer, mi hijito! Tu carta me convence de que te has enamorado, de que has pensado bien el asunto y de que tu futura esposa es digna de ti, de que es buena cristiana y de que, Dios mediante, ser tan compaera y tan mexicana como la que yo te hubiera escogido, no obstante haber nacido a tantas leguas, hablando en otra idioma y con otras costumbres. Yo te bendigo, mi hijito, y tambin la bendigo a ella, mientras me dan el gusto de verlos a mi lado. Tu madre que te quiere

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Alea jacta est dijo Rufis. Amn contest, guasn, Marianito, y en menos tiempo del que ocupa para multiplicar un calculista paranoico, entre ambos arreglaron todos los preparativos, de los que no era el menos difcil la peticin formal de la mano a los padres de la criatura. No falt un mdico de respetable edad, antiguo profesor de Marianito, que, enfundado en ceremoniosa levita cruzada (que por lo dems era su indumentaria usual, hasta para las operaciones de vientre) y acompaado de Rufis, se presentara en El Puerto de Damasco, y con la misma naturalidad de quien va a comprar tres metros de muselina, pidiera la mano de Zaida, no sin antes hacer un panegrico del novio, al que contestaron los presuntos suegros: Bor Dios, seor doctor, barece que el Barianos no es bala bersona y si la Zaidas quere casar, buede casar, burque ya barece que es su tiempos. Tal pareca como si El Puerto de Damasco encontraba un buen cliente para salir de una mercanca mula, cuya dilatada venta retrasaba tambin la salida de las dems: otras cinco o seis hermanitas que tampoco parecan demostrar preferencia hacia sus coterrneos, pues todas haban olvidado el rabe y les haba entrado el cario por el noviazgo a la mexicana: nada de celosas, velos, tcharchafs ni cuidado de amas o mams; sino rejas de ventana, salidas a escondidas y chacoteo cada vez que se presentaba la ocasin. Catlicos Mariano y Zaida, el matrimonio se celebr en la iglesia de Campo Florido, con todas las caractersticas del caso, pues de ambos lados haba dinero: poco en el masculino y de sobra en el femenino. Adornos florales, msica de cuerda tocando a Mendelssohn y fotografas a todo lujo. Lo nico que pona nervioso al apuesto cnyuge, provocando frecuentes viradas de cabeza hacia los fieles y hacia la puerta central, era la posibilidad de una visita inesperada, la de Lupita con el primognito, que viniera a contestar afirmativamente al inquirirse sobre algn impedimento. Pero no hubo nada; la pobre de Lupita, dedicada al chamaco en el lejano Coyoacn, ni cuenta se dio de que su primer amor se perda definitivamente, exportado al extranjero.

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Es obvio mencionar la meta del viaje de bodas. La tunera ciudad de Manuel Jos Othn se haba escogido de antemano y, ahora s, hasta Rufis goz de las delicias de una buena cama en el pullman, discretamente lejana de la que tomaron los recin casados. Zaida era, adems de bonita, amable, simptica e inteligente; pero los ojos adivinadores de la suegra, que para entonces ya haba establecido sus reales en San Luis, dejando la arriera a cargo de los otros hijos y formando un nuevo hogar comn con la familia de Rufis, descubrieron luego en ella lo que nunca pudiera haber encontrado en una nuera del pas: un poco de coquetera, otro poco de exageracin en las demostraciones de cario y soltura en demasa para el medio ambiente provinciano. Pero, en fin, esos defectillos eran peccata minuta al lado del amor y las zalameras con que se trataban los palomos. La nueva casa, enmudecida por la viudez y la pena de esperar siempre las escasas visitas de los otros hijos, se inund de alegra; hubo nuevos tiestos, frescas flores, trinos de pjaros y canciones de las bocas felices, besos ostensibles y a hurtadillas, visitas y paseos. Slo Rufis, taciturno de nuevo y entregado en cuerpo y alma a sus tallas, sus estofados y sus relieves, miraba a la pareja con ms curiosidad que admiracin, con ms lstima que envidia y con ms desapego que amistad; como si los estuviera anatmicamente estudiando, para modelos de sus prximos santos o como si comparara la vida ruidosa de que hacan gala con el silencio y la atencin que l guardaba en su taller. Y lleg el da de partir. No porque la luna de miel se hubiera acabado, ni porque la compaa de los familiares se hiciera molesta, sino porque la holganza del mdico no poda durar toda la vida, ni el dinero materno iba a dedicarse a mantener a los trtolos en su jaula. Mariano acept entrar como mdico militar, con el grado de mayor, a un batalln que se destinaba para guarnicin en un estado distante, y para all se fue, todo uniformado a la francesa, con quep de lado, sus insignias relucientes, una remuneracin bastante modesta y la mujer grvida en el cuarto o quinto mes de la gestacin. Qu atinado era Marianito para este asunto de la paternidad! En la despedida, a la antigua, la madre de Mariano lloraba a lgrima viva como si presintiera que no volvera a ver a su hijo, la de Rufis lo bendeca conJos mara dvila

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legtima devocin, los hermanos que vinieron, unos comerciantes y otros arrieros o cosa por el estilo, envidiando los galones, el viaje y la mujer del que se iba; los antiguos compaeros, compadeciendo al viajero que cambiaba la molicie de un consultorio provinciano por la ilusin de un puesto de relumbrn y Rufis, el catlico ferviente, el mstico santero sintiendo un nudo en la garganta al abrazar a su mejor amigo, el liberaln, el descredo, el masn, el mujeriego que, a todas esas pecaminosas cualidades aada ahora otra peor: la de soldadn. Parti el tren silbando por el polvoso campo potosino y el cortejo de la despedida abord el coche de punto cuyos famlicos caballos trotaban lentamente, como para dar tiempo a que el consuelo llegara a la madre, que perda de vista al hijo, dejndole al amigo, que la acompaara de entonces en adelante. De nuevo, el concierto de tordos aturda en los ramajes de la Alameda gris y seca; las campanas de El Carmen taan llamando a cualquier servicio matutino y por las calles adoquinadas se oan los gritos de las indias tecas que pregonaban: Nopalitos, nia, Nopalitos, mialma.

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SEGUNDA PARTE

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e pasaron los aos octavianos y montonos. El hroe de la paz, como le llamaban los cientficos, o el odioso dictador, como empezaban a nombrarle los que se haban cansado de la tutela, haba olvidado la combinacin del viejo cofre en que haba encerrado definitivamente la Constitucin, la Ley Electoral y todo lo que, despus de haberle servido de bandera, se haba convertido en estorbo. Viejo y repetido ciclo de gobiernos en los sufridos pases de la Amrica Latina! Marianito haba dejado la efmera carrera en el Ejrcito y por all, en un lugar tropical en donde su ciencia le haba procurado buena y pagadora clientela, llenaba la casa de hijos que el vientre paridor de la oriental le brindaba casi anualmente. Pero su carcter y su salud iban cambiando ostensiblemente; el jacobino se trocaba en tolerante, el impdico en casto, el nocherniego en hogareo y el hablador en taciturno. A veces, reaccionaba su naturaleza rebelde y autoexaminaba su condicin; llegaba a pensar en un general decaimiento fsico que empezaba a minar sus facultades. Polvos de aquellos lodos, sola exclamar, recordando alguna le precoz que se haba adentrado no slo en su organismo, sino hasta en su espritu. Se acomodaba a la rutina de la vida burguesa de provincia, con una afinidad digna de los ms conocidos bueyes cansados del porfirismo. Levantarse tarde, a pesar del calor; hacer dos o tres visitas en el carruaje

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tirado por un viejo caballo, llegar al casino a hora temprana para jugar las copas y atiborrarse de dracs de coac; comer con demasiada largueza, dormir una siesta que terminaba en cruda, recibir otro par de enfermos en el consultorio; concurrir, entorpecido por las copas, la comida y el sueo, a cualquier tertulia cursilona y acostarse a dormir con la esposa que no se haba cansado tan pronto como l, que no tena lesiones luticas, que no daba seales de ninguna arterioesclerosis prematura y que empezaba a sentirse la vctima de la tragedia conyugal. Los hijos crecan en el mayor descuido paterno; toda la tradicin de la vieja casona sanmarquea, con su religin, su disciplina, su trabajo rudo y su concordia, no eran sino un punto oscuro en la memoria de Mariano. Los muchachos hacan lo que les daba su real gana, sin rey ni roque, no siendo raros los das en que el sanguneo galeno tena que levantarse de la siesta, para curarles la herida provocada por una pedrada de las pandillas enemigas o la luxacin obtenida en la cada de un rbol ajeno. Marianito lea El Imparcial, de don Rafael Reyes Espndola, y El Pas, de don Trinidad Snchez Santos. Inconscientemente, se percataba de que la lectura de El Ahuizote o de Nueva Era le habran hecho perder la clientela que se curaba mal y pagaba bien. Por eso es que sus ideas haban dado un cambio completo de frente. No conceba cmo poda existir un ser consciente que no estuviera satisfecho con el pacfico gobierno de don Porfirio, con los suaves procedimientos del Partido Cientfico y con el tranquilo estado de cosas que garantizaba vidas y haciendas. Malditos revoltosos, jijos de su tal y tal, que no buscan otra cosa que la intervencin de los gringos!. Porque ya sonaba, y fuerte, la campaa del descontento en todo el pas, dividiendo en cada ciudad, en cada pueblo y en cada aldea, no slo a la sociedad en general, sino a las mismas familias. Un da, en el casino, a la hora de la copa, un jovenzuelo se puso a rajar del gobierno en forma asaz descomedida; el doctor sali a la defensa, platnicamente, estpidamente, tan apasionadamente como saben defender los desinteresados. Se levantaron las voces, las botellas y los bastones; los medrosos huyeron, los viejos trataron de poner paz, pero el zafarrancho, con heridos y golpeados no

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tuvo fin hasta que el prefecto en persona, llamado por el cauto cantinero y acompaado de media docena de jenzaros, impuso la autoridad. Es obvio decir que en la sucia crcel no entraron ms que los de la oposicin, pues hubiera sido un verdadero desacato social molestar a las importantes personas que defendan al gobierno. Marianito hizo un berrinche terrible y, a la maana siguiente, dos colegas suyos fueron llamados con el triste encargo de ver qu hacan para remediar un derrame cerebral, que lo tena al borde del sepulcro. En plena juventud, a los treinta y pico aos, con una mujer joven y media docena de retoos, el galeno se transformaba en una carga para la familia y para la sociedad. Menos mal que algunos dineritos ahorrados hacan ms llevadero el golpe que truncaba la carrera e invalidaba la vida.

Dejaremos por un rato a nuestro doctor, batindose contra la hemiplejia, los hijos, la mujer y el cambio de temperatura poltica, mientras volvemos al amigo Rufis que, definitivamente, pareca haber mudado de carril, cuando menos en lo que a su vida filosfica corresponda. Poco a poco, iba dejando los rezos y las iglesias y aunque el tallado lo volva devoto frente a la imagen por terminar, muchas veces se daba un gusto irnico en las caras y las posturas de los santos y lo mismo levantaba imperceptiblemente el cendal de un Cristo, que desde la cruz miraba los abundosos senos de Magdalena, para hacerle asomar el pubis, que le haca un gesto cachondo a San Ciriaco, al arrodillarse junto a Santa Paula, para sufrir la lapidacin. Adems, haba mudado de compaas y en tanto que decaa la sabrosa tertulia del taller, aumentaban sus visitas a otros centros bien diferentes. Conspiraba, perteneca al Partido Antirreeleccionista y haba dejado a don Primo Feliciano, al padre Castro, al cannigo Nava y a sus edificantes

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contertulios por la compaa de Pedro Antonio Santos, de Gregorio Senz, de lvarez y de otros por el estilo. Don Porfirio haba resuelto defenderse. Orden la prisin de Madero y cuando ste obtuvo como gracia la ciudad de San Luis por crcel, Rufiniano, tmido al principio, cauto a veces y descaradamente despus, lo acompaaba en aquellos interminables paseos por la Alameda, espiado por la polica, pero enterndose de las visitas a hurtadillas de los conspiradores del norte y de los emisarios poblanos. Pronto, Rufis era un revolucionario convencido. Haba que componer el mundo y no era mal lugar Mxico para empezar la tarea. En el gobierno local las cosas no andaban muy derechas. La esculida figura de don Blas Escontra, llamado al Ministerio de Fomento, haba sido sustituida por la mefistoflica del cetrino y bigotn don Pepe Espinosa y Cuevas, a quien las lenguas viperinas haban trocado el nombre, con obvias razones, por el de Pipe, Espinazo y Huevos. Tron el cohete, vol Madero, el polizonte Macas se escabech a dos o tres, y Rufis, dejando arte, madre, taller, clientela, devocin y todo, huy tambin con rumbo a la frontera. Tocole el turno de sufrir a la pobre beata que junt sus pesares con los de la mam de Marianito, para vivir, de ah en adelante, sin esperanzas y sin holguras. El ro Bravo comenzaba a arder de pasiones en ambos lados. Los Vzquez Gmez, Chech Campos, Pascual Orozco, Pancho Villa, Jimnez Castro, Zaragoza, Rafael Cepeda y cien ms llenaban a diario con sus nombres las primeras pginas de la prensa fronteriza. Se derrumbaba el Csar cuajado de medallas y saboreando todava la champaa majestuosa del baile del Centenario. Rufis form de los primeros. Se le vio en la tribuna poltica, en el combate formal, en compaa del lder y en dondequiera que se necesitaba un hombre convencido, honrado y valeroso. Mucho tiempo pas sin que supiese de su madre, de su to el sacristn y sobre todo de Marianito quien, dicho sea de paso, no hubiera tragado muy bien aquella media vuelta tan decidida. Triunf Madero, y Rufis continu en la provincia, intransigente, oponindose a las combinaciones con el Partido Cientfico y con los viejos, maosos y

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apolillados generales del Ejrcito Federal. Y tuvo que emigrar para dejar algunas semillas estriles de su arte frente a la contemplacin ignara de los pochos y los cholos, en las iglesias de barrio pobre, sostenidas por las pauprrimas colonias mexicanas. Dos o tres aos de exilio, durante los cuales pudo leer a Walt Whitman, a Marx, a Rosa Luxemburgo, y enterrar ms hondamente la escuela catlica sin que, sin embargo, este entierro evitara que sus hbiles manos dibujaran, pintaran y esculpieran con la mayor santidad, los motivos ms religiosos y los aspectos ms msticos. Era el cuerpo que, por inercia, segua en el camino del arte eclesistico, dirigido por el subconsciente inevitable, reido con el espritu que abra los ojos a nuevas ideas, quiz tan falaces y tan errneas como las olvidadas. Pero su cuerpo era el raro hermafrodita que engendraba y para. Y los hijos de su arte y su tcnica iban purificando los altares, hermoseando los templos, alentando las almas, con la paradoja inconcebible de una devocin que no se siente, de un amor que no goza, de un alumbramiento en que no se sufre. El arte religioso es la suprema manifestacin de una poca en que el alma humana no tena otra vlvula de expresin que la metafsica. Es mejor llenar un retablo de imgenes inofensivas que ayudan a conservar a los devotos en estado de gracia, que echar al mundo criaturas vivientes para que se odien, se roben, se maltraten y se asesinen. La castidad en un artista comulga con el espritu de la revolucin mundial, lo mismo que la concupiscencia comulga con la bajeza de los burgueses. stas y otras frases por el estilo dijo en alguna conferencia sobre arte religioso de Mxico, que no se pudo negar a dictar. Por poco sale apedreado y excomulgado. Un da volvi a la tierra. Lo llamaba el doctor Mndez, que, en San Luis Potos haba sido de los poqusimos profesionistas tenaces en la conservacin del espritu primordial del maderismo. Madero haba muerto, Huerta hua. Flix Daz ya no sonaba y don Porfirio buscaba para su vejez un calor oaxaqueo, imposible de encontrar en la Galia, tan distinta y tan difcil de comprender para el mestizo juarista.

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Cmo haban cambiado las caras y las cosas! El to sacristn haba muerto en olor de santidad (a medias, por aquello de las limosnas), la beatfica madre estaba muy viejecita y viva en compaa de la mam de Marianito, de los calamitosos hijos de ste y de ste mismo que se pasaba el da renegando, leyendo, rezando, tomando dracs de mezcal y paseando en su silln de ruedas. La flor del Corn haba desaparecido, sin dejar ni olor a azufre; no era para menos el porvenir que se le presentaba, y de seguro que prefiri irse a El Puerto de Damasco a vender bergancas y berfumes y a vestir putas antes que desnudar demonios. Marianito tena el corazn ms suave que una esponja. Ver a Rufis y echarse a llorar fue todo uno. Lo abraz con su brazo til desde el silln de enfermo, y lo convid al primer mezcalito. Se nos cruzaron las vidas, Rufis; t vienes en plena juventud, fuerte, sano, completo y aqu me tienes a m, hecho una ruina y un estorbo. Pero te lo digo con gusto, sin envidia, pues estoy tan convencido de la inutilidad de mis quejas, que hasta versos les hago a mis dolores. Oye ste:Encadenado a mi silln me veo y el dolor, como el buitre a Prometeo, me roe las entraas

Qu te parece?, y sobre todo, a estas alturas. No seas pesimista, Marianito. La ciencia ha adelantado mucho y no ser difcil curarte. Acurdate que soy mdico, hermano, y aunque slo atend partos y cur sfilis y gonorreas, s muy bien que estoy perdido para siempre. Ojal que sea para pronto. De veras crees difcil sanar? Imagnate que las meninges sabes lo que son las meninges?, se te han pegado como si estuvieran encoladas, por un derrame copioso de los vasos sanguneos del cerebro. Crees que algn cirujano se arriesgara a trepanarme

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el crneo, para sacarme los cogulos, que ya han de estar bien endurecidos y a intervenir con sus herramientas en la parte ms delicada del cuerpo? Quizs alguna vez la ciruga llegue a realizar esta clase de milagros, pero por lo pronto no tengo ms fe que la fe en Dios, no para que me sane, sino para que me ayude a sobrellevar el suplicio. Mecachis! Que te has vuelto ms mocho que mi to y que mi mam, juntos y multiplicados. El dolor, Rufis, el dolor del cuerpo y el dolor del alma, que a ti no te han herido y ojal nunca te hieran. Bueno, pero, Marianito; de verdad que me tienes sorprendido y no s si en favor o en contra. Qu te sucedi con todas aquellas doctrinas, rebeldas, blasfemias y herejas que eran el mejor de tus patrimonios espirituales? Ser la gracia, que me toc como a Saulo en el camino de Damasco, o ser que tengo ms tiempo para las consideraciones introspectivas. No s, pero hay algn valor espiritual, del que estoy consciente, que me ha dado fe, que me ha aclarado muchas dudas y que me ha resuelto muchos misterios. A ver, a ver interrumpe con algo de irona el nuevo Rufis, eso de la resolucin de los misterios me intriga y creo que, si me lo explicas detenidamente, me dar mucha luz en la interpretacin de mis tallas en madera; pues debo decirte que, aunque he dejado las herramientas por algn tiempo, tengo el sano propsito de volver a esculpir santos, remendar altares y estofar madonas. Pero no quiero incomodarte ahora y dejaremos para despus una conversacin larga en la que, con tiempo, con prolijidad y con franqueza de amigo o de hermano, me ilumines sobre la Santsima Trinidad, sobre la virginidad de Mara, sobre la transustanciacin y sobre otras cosas que, por haberse desvanecido en mi mente actual, requieren un nuevo aliento para que surja el poder de la inspiracin en mis realizaciones. Dejemos el asunto, mi Rufis, y hablemos de tu vida. Mariano extendi su nico brazo vivo en una seal de silenciamiento, dibuj en sus labios un poco torcidos una ligera sonrisa de amargura y se qued

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mirando fijamente, con mirada de apstol que ha resuelto efectuar una catequizacin al amigo de la infancia. Rufis cont sus peripecias, se esmer por definir su nueva posicin espiritual, sin lastimar la anterior y sin herir los sentimientos de todos los que habitaban en la casa que lo reciba como al Hijo Prdigo. Quera hermanar los extremos ms opuestos. Vaci su erudicin en materia social, mezclndola con las reminiscencias escolsticas de sus primeros aos. Cristo y Carlos Marx, los mrtires del cristianismo y los obreros sentenciados en Chicago, el franciscanismo y el comunismo, la Ciudad Eterna de San Agustn y la Tercera Internacional; pero siempre, el desarrollo, la madurez de un rebelde que descubra la injusticia reinante; la revelacin de un producto de la gleba que liquidaba las situaciones aceptadas a fortiori y entraba de lleno en el campo de la lucha, para cambiarlas en alguna forma y por algn procedimiento an no claro, todava impreciso, pero de fatal aplicacin. La mam de Rufis interrumpi la conversacin, para ofrecer una copita mientras se arreglaba la mesa del medioda. Traa sobre una bandeja una botella de mezcal de La Flor, cuatro vasitos de vidrio verde, corriente y arenoso y un plato desportillado, lleno de rodajas de rbano bien untadas de limn, de naranja y de chile piqun; un salero de dedo completaba el servicio. Los dos amigos y las dos viejas, vestidas stas de negro riguroso, la cabellera partida en dos bandos, recin peinadas por la criada que se pula en cepillar y escarmenar el pelo con las escobetas de ixtle y los peines de palo de naranjo, hacer la raya de en medio con una aguja de arria y despus tejer las trenzas con ms solidez y dureza que si estuviera haciendo una reata de lazar; los cuatro, digo, saborearon el aguardiente del agave para abrir el apetito. Pasaron al comedor, pequeo, embaldosado con ladrillo, atenuada la luz que porfiaba en entrar por la puerta y la ventana, con largas y blanqusimas cortinas de punto; en las paredes, algunas cromografas que presentaban manjares absurdos para la ciudad seca, mediterrnea y fra, como era San Luis Potos; en uno de los cuadros haba langostas de rojo encendido, ostras frescas, viscosos calamares y una botella de vino del

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Rin; en el otro, frutas exageradamente tropicales, un pastel casi arquitectnico y una copa burbujeante de champaa al lado de un agujereado pedazo de queso de Gruyer. En cambio, en la mesa, sobre el limpsimo mantel deshilado en la casa de Aguascalientes, el molcajete original desbordndose de salsa colorada, las tortillas humeantes envueltas en la servilleta de manta, el convoy con el aceite, el vinagre, la sal, la pimienta y un timbre que nunca haba sido necesario tocar, pues de ningn modo hubiera sido atendido el llamado por sirviente alguno. Pero qu comida ms sabrosa! Sopa de letras con queso de cabra, arroz con su par de huevos montados, cocido ms rico que el mejor puchero espaol, nopalitos en chile colorado, frijoles refritos, tunas cardonas peladas y cajeta de membrillo. El caf no lo menciono por detestable; pero en cambio, por olvido, haba dejado de mencionar lo ms importante de la gastronmica recepcin a Rufis, que no fue ni el mezcalito aperitivo, ni el mexicansimo men, ni la limpieza de los manteles y las servilletas, sino la irrupcin, en calidad de blitzkrieg, de cuatro hijos de Mariano que llegaban de la escuela o de la pinta, con un hambre de campo de concentracin y dispuestos a arrojarse sobre todos los comestibles, si la energa de la abuela paterna no los detiene, los hace saludar a Rufis y los manda a lavarse las manos, esto ltimo obedeciendo de mala gana, riendo por el lugar, el jabn de Cocula, la toalla y la palangana de peltre cacarizo que, sobre un tripi de fierro, tal vez ms viejo que el trpode de la Pitonisa de Delfos, ocupaba el centro de la recmara infantil en la que las cuatro camas angostas y duras una por cada rincn emanaban el provinciano y hogareo olor a orines secos al sol. Por fin, todos se sentaron a la mesa. La madre de Rufis rez alguna cosa ininteligible y la criada empez a servir. Marianito tena queja de sus hijos y no la pudo disimular, a pesar de la presencia de los inculpados. Eran todos, para hablar en plata, una punta de vainas, flojos, malcriados y sinvergenzas, sin remedio ni esperanza. Toda la conversacin adulta se concret a los muchachos que, hipcritamente, sonriendo por dentro, coman sin chistar, dando una curiosa impresin

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de respeto para el recin llegado, quien, de seguro, por s o por poder, era padrino de dos o tres de las calamidades. Una de las seoras aconsejaba que el ms grande entrara al Seminario Conciliar; que el segundo, un poco burro, dejara la escuela en la que no avanzaba y fuera, como aprendiz, a algn taller y hasta hubo amenaza de que uno de los otros se internara en la Escuela Industrial Militar, establecimiento correccional que era el coco de los pilluelos potosinos. Rufis se puso a estudiarlos uno a uno casi sin opinar en la discusin reinante y, sin querer, in mente, les empez a encontrar parecido con algunas de sus tallas en madera. Nachito, el mayor, era igual al Santo Cristo que adornaba el retablo del altar de la derecha, en una iglesia de Saltillo; Manuel, el segundo, era una larga figura, estilo Domenicus Theotocpuli y le recordaba, al soplar sobre el plato de caldo hirviente, aquella Mezza figura dun giovinetto villano che sta soffiando en un tizzone per reanimare la fiamma, que se encontraba, haca poco, en el Museo de Npoles o la cara desgarbada del Nio, en La Sagrada Familia del propio pintor; figuras ambas que, por la maldita reminiscencia que es la disculpa de los plagiadores, l mismo tena la seguridad de haber reproducido en algunos de sus monos. El tercero, alazn, tostado, pelirrojo y con un acentuado prognatismo, tena cara de ser el mismsimo demonio; pareca igual o ms grandecito que los de mayor edad y era el foco principal de la conversacin, de las quejas, de las advertencias y de las amenazas comunes: que si le haba roto la cabeza de una pedrada al hijo del vecino, que si superaban los das de pinta a los de clase, en el mes anterior, que si no se limpiaba las orejas y las uas, que si robaba los libros de su pap y los iba a vender a los fierreros, que en fin, era verdaderamente insoportable. El cuarto, Ramn (olvidbamos decir que el tercero no se llamaba Diablo, sino Luis), con poca diferencia de edad y tamao respecto de sus tres mayorales, pareca el ms callado y razonable; hablaba poco, coma bien y responda correctamente cuando se le interpelaba. Pero, para ser francos, sumando los cuatro elementos, la composicin resultaba peor que el trinitrotoluol, para desgracia perenne de las dos ancianas y de la escasa servidumbre, pues, por lo que a Mariano respectaba, su condicin de paraltico lo haca ajeno a los

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diarios sanquintines, barandas y zafarranchos que amenizaban el manso vivir de aquella casa. Los consejos de Rufis y su relativa influencia con los nuevos barbajanes que, segn el calificativo de Marianito, gobernaban el estado, vinieron a ser de gran auxilio en la resolucin del problema: Nachito se ira con Rufis a la capital, para ser internado en un buen colegio; Manuel entrara de aprendiz de joyero en el taller de los hermanos Ascanio, antiguos conocidos del santero; el diablo de Luis se escapaba de ser mandado a la correccional, cambiando ese destino por el ofrecimiento de portarse bien, como monaguillo, en la iglesia de San Juan de Dios, y Ramoncito se quedara de compaa, de lazarillo y de consentido del doctor, pues de verdad se notaba que el cario de ste se reconcentraba en el xocoyote, al que ocupaba de lector de amanuense, de mandadero, de confidente y de amigo. Ninguno tom en cuenta, al organizar tan satisfactoriamente el fantstico programa de paz y rehabilitacin, ni el tiempo ni las circunstancias ni, esencialmente, las variadas idiosincrasias y el libre albedro de los menores.

El pas estaba dividido como nunca; los nuevos centuriones de la Revolucin echaban suertes sobre la tnica de la Patria y ninguno quera entenderse con el otro, si el entendimiento significaba el menor sacrificio de mando. Obregn haba entrado a Mxico y se planteaba la Convencin de Aguascalientes, Villa, Maytorena, Pelez, Carrasco, Zapata, Alvarado qu s yo cuntos ms, se disponan a tomar bando, pero no por razones ideolgicas, sino (confesmoslo con franqueza) por circunstancias geogrficas, por acomodos econmicos o por simple casualidad. Rufis se incorpor con la gente del general Murgua, con un grado cualquiera, para asistir a la famosa Convencin y, contra toda su

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voluntad, tuvo que dejar a Nachito al cuidado muy relativo de la mam, a quien, como es fcil suponer, encontr ya reincorporada a la colonia arbiga de El Puerto de Damasco. Al regresar a Mxico, despus del redondo fracaso de Aguascalientes, Rufis fue designado por el primer jefe, don Venustiano Carranza, previo movimiento de influencias, para que hiciera lo posible por cuidar el patrimonio artstico, de las pinacotecas religiosas, de los viejos templos y de las reliquias existentes, pues, en son de paz o en trueno de guerra, los cuadros que haban adornado las crujas y las capillas del Colegio de San Jos de los Naturales, de la Casa de Arrepentidas; los lienzos enormes de los conventos de Balvanera, Santa Clara y Corpus Christi; las riquezas que empezaron a dibujarse en tiempos de don Martn de Mayorga y de don Bernardo de Glvez, en fin, lo mejorcito del maravilloso acopio iconogrfico colonial: Echaves y Tresguerras, Herreras y Zurbaranes, Murillos y Cabreras, Cifuentes y Conchas, Villalpandos, Correas, Ibarras y Vallejos; lo que, por un descuido, haban dejado de llevarse los soldados de Napolen Tercero, en pago de los famosos pasteles, empez a viajar de incgnito con rumbo a los Estados Unidos o a esconderse en los salones de los nuevos coleccionistas: generales en su mayora, que saban tanto de pintura como de estrategia, pero que, bien aconsejados, escondan para su ulterior usufructo, en esttica o en dinero, las mejores pertenencias artsticas de la nacin. Tarea ardua, difcil, peligrosa, la de guardin de aquellas maravillas contra la estulticia y la voracidad reinantes. Muchos aos despus habra de ver Rufis el fracaso de sus desvelos, cuando, en misin oficial, recorriera los museos de Nueva York, de Washington y de Chicago; asistiera a reuniones en las casas de los millonarios de Wall Street y visitara, en el propio Mxico, a los prceres y libertadores (como les llamaba el general Cabral) que, por arte de magia, haban heredado de un antepasado desconocido un Descendimiento, un San Sebastin o una escena evanglica. Pero, en fin, haca lo que poda: peleaba, investigaba, acusaba, reivindicaba y hasta, personalmente, se ocupaba de las restauraciones de lo que se haba

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averiado por el mal trato; se compunga ante el retablo de Tepotzotln, del que haban volado las inapreciables tallas en madera y marfil, y relinchaba de coraje al enterarse de cmo, impunemente, Bustillos, el Nacional Monte de Piedad, el Luz Savin y tantos otros rematadores se tapizaban con el tesoro perdido. Cuando don Venustiano evacu Mxico, ante la amenaza zapatista, Rufis tambin fue a dar a Veracruz, para regresar incorporado a las fuerzas de Coso Robelo y emprender despus, nuevamente, el apostolado de redencin pictrica, que nuevos jefes, con nuevas aficiones, hacan ms difcil e infructuoso. En esta vuelta, 1916, se encontr con que Nachito, harto de comer kipi, de atizar el narguile y de or el idioma del profeta, haba hecho mutis, sospechndose que anduviera incorporado con los zapatistas. Mal fin para la misin de tutor, que lo haca recaer en su mana de preocuparse slo por los hijos de su arte y dejar en paz a los mortales. La honradez ntida y austera de Rufis, en cuanto al vil metal se refiere, tambin haba sufrido una que otra modificacin. Por ningn motivo hubiera prevaricado haciendo un dao a su apostolado artstico; pero en cambio, como la casi totalidad de los mexicanos, estaba convencido de que robarle al fisco o al erario no solamente no era pecado, sino que poda considerarse como virtud. As es que, con sus amistades, su posicin de revolucionario indiscutible y un poquito de maa, hizo algunos negocitos que pronto le permitieron comprar una casa, amueblarla y mandar a San Luis por su mam, por la de Marianito, por ste y por la prole del mismo. Todo el mundo viajaba con pase!, pues si no, pa qu peleamos? Al recibir a la familia en la estacin, se encontr con que la mam de Marianito haba muerto meses antes, por lo que ahora, a cambio de su propia mam, l se converta en el pap de su amigo y, consecuentemente, en el abuelo de los hijos de ste. Bien es cierto que faltaba uno: Luisito, quien a los doce aos, y por una teleptica afinidad con su hermano Nacho, se haba ido a la bola, probablemente como mascota en las decadentes fuerzas de algn cabecilla poco nombrado. No se saba ms de l, como tampoco se saba del mayorcito. Mariano

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traa consigo lo que le restaba de su modesto capital, que tan cuidadosamente haba sido guardado y tan parcamente gastado por la mam de Rufis, en los aos de la desaparicin de ste. Otra vida comenzaba: Rufis iba a las oficinas pblicas, a la prensa, a las juntas polticas y, con bastante repugnancia, tambin a las juergas dionisacas de sus correligionarios y amigos. Marianito era llevado por un mozo y por Ramn, en su silla de ruedas, a las iglesias, al Bosque o a vagar por esas calles de Dios, para revivir los gratos recuerdos de la juventud. Cuando llova o cuando haca mucho fro, el paraltico tena que permanecer en casa, quejndose del reuma, renegando del insomnio, aliviando el dolor con morfina, con cloral, con mezcal o con marihuana y escuchando a Ramoncito que lea, por la ensima vez, el Libro de Esdras, el Evangelio de San Lucas o el galimatas de El Grifo de Patmos, como llamaba el propio doctor al discpulo predilecto de Jess. Al principio, Rufis se disgust de que su casa, a donde forzosamente concurran polticos y militares, despidiera con frecuencia el caracterstico olor a petate quemado que, de vez en cuando, sustitua, en la boquilla de hueso del doctor, a la cara jeringuilla de Pravatz o al jarabe de cloral inasequible. Pero poco a poco fue aceptando la situacin y al cabo de tiempo, se conformaba con aclarar que no era l quien se las tronaba, sino el doctor o que su mamacita haca sahumerios de la yerba para curar un asma inveterada. Y despus, a solas, sonrea benvolamente sentado frente a la cama de Marianito, al entrar en las discusiones absurdas, que ultrapasaban lo metafsico por parte de ste, bajo el influjo de su devocin religiosa y del humo de la cannabis, y se esforzaban por descender a la realidad, vanamente, prosaicamente, por parte del santero renegado. Rufis deca el doctor, avejentado, uncioso, con la boca reseca y los ojos entrecerrados, t debas fumarte un cigarro de marihuana para que entraras, como yo, en el terreno de la explicacin de lo misterioso, de lo ultraterreno. Cierta vez, me preguntaste por algunos dogmas y te reste de mi actual estado de gracia espiritual. Pues te confieso que, ahora que el dolor fsico me ha hecho

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experimentar desmedidamente todas las drogas, todos los estupefacientes y todos los narcticos, me parece que, de la combinacin de ellos, ha de salir algn da un nuevo alcaloide que quizs se llamar espiritualina, apocalipsina, extasina, misterina o algo por el estilo. Figrate que, cuando procuro mitigar los dolores del vientre, de la pierna, del brazo o de lo que fuere y a fuerza de calmantes, especialmente del humo de la cannabis, entro en un risueo estado de contemplacin, se me presenta todo en estado simblico; por ejemplo, esa excelente copia de la Virgen de Guadalupe me hace pensar que, su original, no puede haber sido pintado por un pobre diablo como el famoso indio Marcos, a quien se le atribuye, pues su composicin revela amplsimos conocimientos en anatoma, en ginecologa, en obstetricia y en el ms sublime simbolismo. Entrecierra un poco los ojos aunque creo que no te bastar hacerlo si no le agregas una fumadita a este cigarro y fjate que todo el cuadro no es sino una estilizacin de la vulva materna: en los pliegues del manto podrs distinguir muy bien, por pocos conocimientos ginecolgicos que tengas, los labios mayores y menores, limitando la hendidura vulvar; las manos juntas sealan claramente el cltoris, con sus cualidades de erctil, impar y medio; hasta la aureola luminosa recuerda un monte de Venus rubio y bien distribuido Qu brbaro! exclam Rufis, sin poder contenerse. Y con esos desacatos y esas blasfemias te llamas a ti mismo catlico, mstico y hasta intrprete de las Sagradas Escrituras! Hermeneuta, querrs decir y lo soy, pues interpreto no slo las Escrituras, sino los misterios de la Iglesia, en forma mucho ms aproximada a la lgica, que la usada por los escritores y los predicadores de cualquier tiempo. Otro ejemplo: la mayor parte de las gentes toman el trabajo como una virtud, como una bendicin, como un derecho o como un privilegio, siendo que, segn el Gnesis, se trata precisamente de todo lo contrario. Dios o Jehov, como quieras llamarle, maldijo a Adn y a Eva y conden al primero, fjate bien, en calidad de punicin, de sentencia o de castigo, a ganar el pan con el sudor de su frente, es decir, a trabajar. De modo que, el destino de la humanidad, que

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en los aos venideros haga en realidad un esfuerzo ascensional de verdadera superacin, de verdadera semejanza a Dios, tendr que ser la holganza en su forma ms absoluta y definitiva. Slo volveremos a parecernos a Dios, tal y como l nos hizo a su imagen y semejanza, cuando logremos liberarnos de su castigo (el castigo slo puede imponerlo el superior al inferior, y nunca el semejante). Trabajar es cumplir una condena. Holgar es gozar de la liberacin. Por eso es que aquellos individuos que se distinguen por lo dinmicos, por lo activos, por lo eficientes y por lo trabajadores, como resultan verdaderamente antinaturales, sufren en vida el castigo extraordinario de jams poder descansar, por lo que, cuando dejan las ocupaciones a que dedicaron su vida, por aficin o por necesidad, o se mueren de tedio, o se pasan los ltimos das arruinando su espritu con una mala simulacin del trabajo. Y lo peor del caso es que las Evas tambin han tomado, sin corresponderles, su parte de castigo, pues Jehov se dirigi a Adn y le habl en singular; pero en fin, la mujer con tal de imitar al compaero, es capaz de aceptar inclusive hasta el trabajo. Pues buena est tu filosofa. Afortunadamente, no ests en posicin de salir a la calle, vistiendo la tnica de los profetas, a predicar tu evangelio, que seguramente tendra muchos adeptos. Si es que ya los tengo, aunque todava son vergonzantes, como lo fueron los catecmenos en los principios del cristianismo, como lo son los conspiradores, como tienen que ser todos los que intuitiva o conscientemente comienzan un movimiento de liberacin. Pero dime si no participan de mis ideas los diputados, los militares en tiempo de paz, los burcratas, los marinos en alta mar, los sacerdotes, las monjas, los billeteros y en fin, todos aquellos que han reducido a su mnima expresin el castigo bblico y aun los que, sin poder escapar de l, buscan la manera de reunir algn dinerito para el descanso, siempre utpico, de sus ltimos das. Y qu otras puntadas por el estilo te has alcanzado? Millares y, desde tu punto de vista, como revolucionario militante que eres y por tanto, antagnico a mi manera de pensar, cosas tan lgicas como stas: ustedes, los rebeldes, los salvadores del proletariado, necesitan empezar por

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hacer justicia a quienes los han antecedido en la historia de la humanidad. Es preciso que le erijan la mayor estatua o bauticen la mejor avenida con el nombre de una personalidad rebelde por excelencia y a la que nunca se ha hecho justicia sobre la tierra. Me refiero a Luzbel; Satans, Belceb, el Diablo o como se llame; el primero en enfrentarse a un dictador y el primero en llevar a cabo, con todo xito, la ms grande de las revoluciones. En seguida, necesitan glorificar a Can, cuyo fratricidio ha sido juzgado mal por los hebreos, pues indudablemente que no se trat ms que de una justa indignacin, provocada por el parcial procedimiento de Jehov, al recibir con agrado las ofrendas de Abel y hacer gesto de desaire a las del pastor poco afortunado. Despus vienen aquellos tres viriles sacerdotes israelitas que se le opusieron a Moiss, tambin por los mismos motivos dictatoriales: Cor, Datn y Abirn quienes, ms que los anualmente resucitados mrtires de Chicago, deberan tener estatuas en todas las plazas pblicas y ser los epnimos de todos los pueblos que aman la libertad Bonito estilo de religin el tuyo, que busca precisamente los detalles antitticos para poder afirmarse! Es que yo soy absolutamente ortodoxo en mis creencias y no acepto que se desvirte el valor de los hechos, ni mucho menos el significado de las cosas. Creo ciegamente en todo lo que manda creer la Santa Iglesia, pero me considero con el derecho de buscar a cada creencia ciega una luminosa interpretacin pero ay!, el dolor fsico, como el que en estos momentos comienza a perturbarme, es el peor enemigo de mi escuela filosfica. Haz el favor de alcanzarme la botella del cloral y me sirves en un caballito, como si te estuvieras sirviendo un tequila. La conversacin decay, el sopor se empez a aduear del sufrido cuerpo de Mariano, y Rufis lo dej, semidormido, marchndose a reflexionar, a solas, sobre la metamorfosis de su viejo amigo, el librepensador, el hereje, el descredo, el charro fornido de la juventud que pareca haberse convertido en otra persona. Rufis hubiera podido ser diputado al Congreso Constituyente de Quertaro, si as lo hubiera deseado. Tena edad, mritos revolucionarios, cultura y amigos

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suficientes para que su presencia en la curul se considerara como lo ms natural. Pero no se haba podido deshacer del todo del complejo tmido de la sacrista. No se senta lo suficientemente fuerte de espritu; tena, por aquel entonces, miedo de tropezarse con colegas verdaderamente preparados, con oradores de fuste, con socilogos competentes, con brillantes legisladores a lo Jefferson, a lo Mirabeau, a lo Desmoulins o a lo Francisco Zarco; pensaba que le faltaba cuajarse un poco ms, estudiar mejor a su pueblo y meditar con ms serenidad. Y as dej pasar, de propsito, la oportunidad de asentar su firma en la Magna Carta de los Estados Unidos Mexicanos. Pero, aos despus, con mayor bagaje de ciencia y de maas, de sabidura y de empirismo, trajo una credencial, ms o menos legtima, de no importa qu estado de la Repblica y escal las gradas del Palacio del Factor, bien protegido por su fama de revolucionario precursor, por el talento que no le faltaba, por la amistad ntima con los mandones del momento y por la escuadra 45 que ya se haba acostumbrado a usar como parte indispensable de la indumentaria. El rescoldo de la honradez revolucionaria no se haba enfriado del todo en Rufis. Fue a la Cmara Baja con los mayores deseos de ser el paladn de sus electores, de luchar por su bienestar, de modificar las leyes malas y de promulgar otras buenas, de trabajar, en fin, con verdadero empeo, por lo que l crea la consagracin de su vida. Lleg en un lunes del mes de julio, cargando con el sagrado costal de la expresin popular. En persona, se present a la Oficiala Mayor llevando en los hombros el bulto de cotense, bien cosido, lacrado y marcado, que contena las boletas supuestamente cruzadas por los diligentes electores. Para su fortuna, haba sido candidato nico del distrito. Cualquiera se hubiera atrevido a disputarle la eleccin! En la primera junta, se enter con satisfaccin de que lo designaban en primer trmino para una de las comisiones revisoras de credenciales. Los que parecan conocer ms el teje-maneje de la cuestin le sonrean, lo saludaban con afecto y le hablaban de todos los casos electorales que parecan dar lugar a dudas, a debates o a francas luchas.

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Diligentemente, fue a buscar cul era la otra comisin revisora, a la que tocaba estudiar su paquete electoral, pues estaba dispuesto a hacer todas las aclaraciones pertinentes. Al llegar a la mesa en que esta comisin trabajaba, el compaero que presida se levant, le dio un abrazo y le dijo: Compaero, aqu est el dictamen en su favor y esperamos los de esta comisin que luego nos mande los nuestros. Asombrado por la presteza en el trabajo, fue a inquirir por su sagrado costal cuya confeccin, en trminos legales, le haba costado tanto trabajo y se encontr con que ni siquiera haba sido abierto y desde das antes se le haba obsequiado, lo mismo que muchos de los otros, al intendente de la Cmara, para que lo vendiera como papel viejo. Al principio, se desconcert; quiso que su comisin se distinguiera haciendo una revisin minuciosa, busc a los ms duchos para consultarles sobre la situacin y qued, por fin, convencido de que no haba un solo presunto diputado que tuviera ms inters ulterior en las boletas, pues todos se concretaban a ejercer sus mayores esfuerzos por aparecer en las listas finales para su aprobacin. Su caso propio era claro. No haba tenido contrincante y esto haca obvio el triunfo, pero otros, en cuyos distritos se haban celebrado verdaderas loteras, encuentros olmpicos, luchas campales, free for all y de donde venan cinco, seis u ocho paquetes electorales, con qu derecho aceptaban tal irregularidad? Call su protesta por no parecer ridculo y firm disciplinadamente los dictmenes de los compaeros que integraban la comisin que, a su vez, haba dictado favorablemente su caso. Pero poco despus se dio cuenta de que no todo estaba tan mal como se lo haba imaginado. Se abrieron las sesiones del Colegio Electoral y all vio subir a la tribuna a los que ante el criterio conjunto de los ya consagrados (por la nitidez de la eleccin o por la astucia de los muy expertos) atacaron, defendieron, injuriaron, lamentaron, hicieron rer y hasta lloraron en defensa de sus respectivas situaciones. Rufis vena de suerte y no obstante ser tan bisoo, pesc una Secretara de la Cmara. Probablemente, hubiera pretendido dicha comisin, aduciendo como

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mritos los de saber leer de prisa y corrido, tener buena memoria para pasar lista y una regular voz de bartono que resonaba en todo el saln. Pero lo cierto es que no se atrevi a pedir, como muchos lo hacan a voz en grito, que lo nombraran esto o aquello y su designacin result de una rifa turbia en la que, milagrosamente, salieron agraciados con las posiciones ms jugosas: Comisin de Administracin, Comisin de la Contadura Mayor de Hacienda, etctera, los mismos expertos que las haban tenido en anteriores legislaturas. Al da siguiente de la rifa, el oscuro Rufis, a quien ahora incumba, por pertenecer al cuadrunvirato secretarial, el manejo del personal de las oficinas y la imprenta de la Cmara, experiment la sorpresa de ver ante su modesta casa no menos de una docena de automviles y a otros tantos estimables colegas que venan a recomendarle parientes, pistoleros, queridas y paniaguados, para chambitas ms o menos sabrosas, cuyos emolumentos variaban desde 3 hasta 15 pesillos diarios. Por supuesto que, despus de haber sido sorprendido por los primeros recomendados que, a la Puerta Gallola, le sacaron la firma para nombrar, uno a su pintarrajeada amante de turno y otro a un sobrino idiota, en las calidades de jefe de seccin, la primera, y de corrector de pruebas, el segundo; a los dems tuvo que sacarles la vuelta esperando darse cuenta exacta de lo que se trataba. Lleg el da primero de septiembre y Rufis, portando el primer frac que se mandaba hacer en su vida, sinti el goce espiritual de los ungidos del Seor al pasar la lista del Congreso General a los compaeros que, como ridculos pinginos, lucan la mal llevada vestimenta archiburguesa, en espera de la llegada del primer magistrado, que vendra a leer el anual frrago de exageraciones y mentiras. El debut tuvo gran xito. Alabaron su vivacidad, su presteza y su diccin; no falt quien admirara el corte de la indumentaria y hasta hubo quien lo llamara un secretario decorativo. Pero la sesin de apertura no poda terminar con el simple aplauso al presidente, que sala en medio de los acordes del Himno Nacional. Algo haba que

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hacerse para manifestar la propia satisfaccin, por lo que el grupo ms distinguido de los seores diputados abord sus flamantes automviles y se dirigieron al Caf Coln para empezar el festejo nocturno con unas cuantas libaciones. El Caf Coln (lo dir por los poqusimos provincianos o extranjeros que no lo hayan conocido) era uno de los principales landmarks de la poltica mexicana. Sus verandas y corredores de cristal, que permitan a los consumidores contemplar el hermoso Paseo de la Reforma, dejaban traslucir muy frecuentemente gritos, carcajadas, injurias, bofetadas y tiros, que se cambiaba la parroquia, generalmente por cuestiones de orden poltico. Sus ltimos propietarios o administradores (verdaderos hroes): Parajn, el septuagenario que hasta haca poco luchaba contra la vida en un establecimiento similar; Sisebuto, aquel gachupincito de mejillas encendidas como cerezas no s si de las frecuentes mentadas de los consumidores o de la aficin al tequilita y los viejos y gruones meseros que, invariablemente, alteraban las cuentas en su favor, conocedores todos de las altas y bajas en la poltica mexicana; y la clientela: diputados, senadores, generales, artistas, prostitutas de postn, periodistas y tambin algn pequeo porcentaje de gente decente que, especialmente los domingos, vena a saborear y a llevar para casa, juntamente con la mona consabida, paquetes perfectamente endubillados que contenan, ya los pastelitos genuinamente franceses, ya los caracoles a la bordalesa, despidiendo el incitante aroma a cilantro y ajo, ya los taquitos de picadillo, de chorizo, de pavo y de rajas o la cazuela de pollos a la cacerola, que muchas veces se enfriaba y se corrompa en el automvil del bondadoso padre de familia que haba pensado en llevar un buen bocadito a casa y finalmente variaba de rumbo, terminando la noche en el burdel, sin acordarse de la esposa, de los nios, del chofer en ayunas ni del pollo a la cacerola En el Caf Caln, derrumbado por la piqueta burocrtica para elevar en su lugar, sin respetar siquiera los recuerdos amorosos del adyacente Hotel Panamericano, una oficina ms en dnde holgar, derribada tambin a ltimas fechas por su inutilidad manifiesta. En ese Caf Coln para el que sin duda habr una sabrosa monografa firmada por alguno de los saudosos supervivientes, entr

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Rufis en compaa de un bigotn presidente de la Cmara, orgulloso de haber ledo la contestacin al mensaje presidencial (naturalmente, escrito por otros), de dos de sus compaeros secretarios (el cuarto era abstemio, casto, hogareo, discreto, pero tambin sinvergenza) y de una media docena ms de padres de la Patria, todos con ganas de juerga, coac, mujeres, juego y escndalo. La morigeracin y el recato de Rufis tenan y haban tenido en los largos aos de revolucin, sus recesos y alternativas, por lo que en nada se extra al tener que participar en el programa de parranda. Generalmente, era el primero en pedir una botella de coac Martell extra, para imponerse sobre los mediocres que se conformaban con el cuatro letras, cuyas V.S.O.P. tuvieron que ser el motivo consabido de las comunes interpretaciones: Virgen Santsima, otro poquito!, Vebe sin oler, pendejo, con ortografa dispensada, y otras menos viejas y menos ortogrficas an. La forma en que se ha bebido el coac en Mxico, durante todos los aos anteriores a la escasez provocada por la guerra, que determin una media vuelta hacia el whisky escocs, fue digna de admiracin en el mundo entero. Los directores propietarios de las fbricas del Martell y del Hennessy vinieron en persona a visitar la capital y manifestaron que nuestro pas era, sin lugar a dudas, el mejor consumidor per cpita de la vieja agua de vida. Porque nosotros lo bebamos a lo macho y sin tantos remilgos, melindres y cucamonas, como las que le hacen los franceses a las dosis homeopticas con que halagan solamente su olfato y nunca su garganta. Aquellas copas coaqueras inmensas, como bombillas de quinqu, en que los avarientos burgueses de la conservadora Galia escancian, con exagerada uncin, unas gotas de la aromtica bebida (perdn por tanto adjetivo), para recrearse infantilmente, acariciando y calentando con las manos el finsimo cristal, cubriendo la estrecha boca para que no vuele el espritu del nctar y despus aspirando ms bien que tomando cantidades insignificantes, nos mueven a risa y a desprecio cada vez que las vemos o que nos obligan, aristocrticamente a usarlas. A los mexicanos nos ha gustado y nos seguir gustando el coac tomado liberalmente, en caballitos o en copas de triple

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capacidad, con la mayor frecuencia posible y a todas horas: antes de la comida, despus de ella, con la cena, a media noche, en la madrugada y hasta para las crudas subsecuentes. Y no como el liqueur afeminado que tiene su hora, su media y sus circunstancias especiales. Para eso tenemos buen hgado y mejor cabeza y si no, que lo digan don Sstenes Rocha, Victoriano Huerta, Pancho Serrano y quin sabe cuntos otros. Pues en esta forma, seores y seoras (debo emplear este vocativo porque estoy tratando con oradores parlamentarios), bebieron Rufis y sus colegas no menos de botella por crneo, apenas distrados los tragos por una que otra botanita sabrosa y picante. Solamente, los que hemos sido asiduos concurrentes a las cantinas mexicanas, los que sabemos entrar en un cuarto de domin sin que el compaero pueda hacer la ms ligera protesta por algn error de ficha; los que manejamos el cubilete con soltura, viendo las caras de los dados y llamando la jugada en menos de un dcimo de segundo, sin equivocacin posible: Full de cuinas y reyes! Pachuca! Piojos con periodo, dejo cuarenta y siete en una!; los que sabemos jugar a la chingona a todo chingar, por arriba y por abajo, no hay empate, el que empata pierde y el que pierde paga, conocemos, cmo en el ambiente poltico, en el de los grandes negocios, en el del periodismo, en el de las artes, las letras, la banca, etc., en fin, en todo lo que no sea el reaccionarismo claustral de los archiburgueses o la miseria espantosa de los que de todo carecen; conocemos digo, cmo la cantina mexicana engendra y mata alegras y dolores, hace y destruye amistades, provoca matrimonios y divorcios, glorifica herosmos y bajezas, acepta buenas y malas acciones y juega el papel esencialsimo en la vida que, en los pases anglosajones, correspondera al club; entre los israelitas a la sinagoga y en los pueblos rabones a una suma de plaza principal, barbera, farmacia y casa cural. Y cmo en la cantina se olvidan las dificultades y se pasan, sin sentir, las horas y las horas! No la del alba, sino la contraria, pues hacia la noche sera cuando el grupo abandon el Coln para seguir la juerga en sitio ms apropiado.

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Vmonos a una casa de primera, porque sta es de segunda! dijo el seor presidente del Congreso. Al cabo que a estas horas todas son bonitas! aadi otro legislador. Pos pquenle, que ah viene Fierros! concluy otro, recordando vagamente los tiempos de la pelea. Y los automviles zumbaron, en fila india, primero, y despus disputndose la delantera, como si fuera en pista, por el Paseo de la Reforma y la Calzada de los Insurgentes. Dos pesos de llantas dejaron en cada derrapada al enfrenar frente a la famosa casa de las calles de Orizaba. Desde adentro, se adivinaba ya, por la fecha (primero de septiembre, apertura del Congreso) y por el ruido escandaloso de los motores, la calidad de la clientela. Se abri la puerta. Ruth, la Bandida, la Pueblito, la Fierritos, la Dos Equis, Consuelo, Magdalena, ngeles y una docena ms esperaban a sus esplndidos amigos, pues hay que decir que la mayora de los concurrentes eran veteranos de legislaturas pasadas y que el nico novato era el pobre de Rufis.

En la casa del flamante legislador extraaron la falta de la primera noche. Despus de haberse ausentado por meses y aos enteros sin tener de l la menor noticia, ahora resultaba que, por unas cuantas horas y sin que hubiera de por medio siquiera la intervencin de una cnyuge airada y envidiosa, el hogar heterogneo se senta desasosegado. Nadie durmi esperando en vano or el chirriar de la llave en el cerrojo de la puerta, los lentos pasos del diputado, el ruido de los zapatos al caer, con dos minutos y medio de intervalo, sobre el piso hueco de duelas de ocote, el grifo del lavabo que daba cuenta de la ltima ablucin y el sonoro roncar, en si bemol mayor, que le dejara su to el sacristn como herencia

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y recuerdo de su canto gregoriano. Marianito, en su insomnio crnico, repas durante todas las horas de la vigilia la mayor serie de hiptesis concebibles sobre la ausencia de Rufis. Le habra pasado algo? Lo habra matado alguno de los innmeros barbajanes que integraban el Congreso? Lo plagiaran los del otro partido? Hasta el pequeo Ramoncito se alarm por la falta del padrino, que noche a noche acostumbraba conversarle algo antes de dormir, o que, junto a la silla de ruedas de Mariano, lo escuchaba leer, como loro amaestrado, un captulo de cualquiera de los incomprensibles librajos religiosos, teolgicos, histricos o filosficos que el doctor pretenda utilizar como narcticos coadyuvantes. Amaneci; llegaron los peridicos sin noticia alarmante alguna; Ramoncito se fue al colegio; el doctor sali en su silln a dar una vuelta por la Alameda; la viejecita se fue a misa; las gatas llegaron del mandado; todo el mundo se sent a comer y, de Rufis, ni sus luces. Podra, cuando menos, haber telefoneado deca la mam, sin poder disimular su congoja. Habr salido de la ciudad comentaba una criada confianzuda. Es que ustedes no saben lo que es la poltica comentaba Mariano; en mala hora le dio a Rufis por meterse en ese lo; no volver a ser dueo de sus actos, pues tendr que seguir el hilo a tanto sinvergenza, para poder congraciarse con todos. Pero no hay cuidado, que si algo malo le hubiera acontecido, bastante conocido es y bien elevada su posicin para que no hubiramos recibido ya la noticia. Terminaban de comer cuando se present el perdido, recin baado, acabado de rasurar y con el traje de etiqueta mal cubierto por una gabardina prestada. Nada, hombre dijo al adivinar la ansiedad que haba despertado, tal parece como si tuviera esposa, suegra, yernos, nueras y qu s yo, que me estuvieran esperando. Parranda completa hasta el amanecer, hojas con aguardiente en una esquina y la indispensable reparacin en los Baos del Factor, de donde, despus de un masaje, dos sudadas, tres enjabonadas y una polla con

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dos huevos, he salido peor que nuevo. Si hasta parece que acabo de confesar y comulgar de lo fresco y purificado que me siento. En verdad te digo, fray Mariano sigui en un tono zumbn de predicador, que si tu iglesia sustituyera esos dos sacramentos inexplicables por un buen bao turco-romano y un masaje sueco, los creyentes se sentiran verdaderamente perdonados de sus culpas, lo que no sucede cuando piensan que con doce padresnuestros y veinticuatro avesmaras resulta muy barato el pago de un robo, de un asesinato o de otro pecado mortal. Bonita administracin, excelente gobierno! exclamaba Mariano, que comienza por festejar una fecha en que se iza la bandera nacional en seal de respeto, con una juerga descomunal, a la que se arrastran personas decentes, hombres puros como t. Ex decente y ex puro, Marianito contestaba Rufis. Pues no se te deben olvidar los varios aos que tengo de convivir con el verdadero mundo que es y ha sido el que batalla, el que rie, el que disputa, el que se mueve. Bah! Un buen gobierno solamente puede hacerse del estudio, del reposo, de la meditacin. Qu diferencia entre estos canbales encumbrados y los productos que empezaba a dar Mxico despus de su larga era de paz: grandes mdicos como el maestro Liceaga, filsofos como don Gabino Barreda, financieros como Limantour, industriales como Landa y Escandn e igo Noriega, msicos como Ricardo Castro, educadores como don Justo Sierra, internacionalistas como don Ignacio Mariscal; plyade de gente sabia, morigerada, honesta, que poda y saba hacer gobierno, gracias a la tranquilidad reinante y a su elevada posicin! Marianito interrumpi Rufis, permteme que te cuente un gracioso suceso que me fue referido hace muchos aos por mi to el sacristn y que viene de molde para lo que te sucede a ti y a tus admirados cientficos. Nunca has odo el cuento del campanero? No?, pues ah te va: En la iglesia de un pueblo, all por los alrededores de San Luis, haba un campanero que tambin la haca de sacristn y como tal se encargaba de cobrar

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las limosnas, encender y apagar las ceras, asear la capilla y comprar los menesteres del uso religioso. Era un hombre devoto, casi tan santo como mi difunto to, pero tena los ligersimos defectos de ser muy borracho y muy ladrn, por cuyos motivos el seor Cura se vio obligado a ponerlo de patitas en la calle. Y el pobre campanero, que nunca se consol con su inesperado cese, aliviaba su pena yendo a sentarse todas las noches, desde las siete y media, en una de las bancas del parque cercano a la iglesia, prefiriendo aqulla en que estuviesen algunas personas. Y cuando se llegaba la hora en que su sucesor empuaba la cuerda de la esquila para dar el toque de las ocho, nuestro hombre daba con el codo un golpecito a quien estuviera ms prximo en la banca y le deca con una expresin de absoluto desprecio: Fjese qu ocho. As estn ustedes los derrotados, Marianito. Nada de lo que nosotros hacemos o hagamos les satisface ni les satisfar y siempre seguirn siendo los campaneros despedidos, que dirn a cada nuevo paso de la Revolucin: Fjense qu ocho. Marianito, es decir, el doctor, pues el ttulo profesional es lo nico que no se pierde en este mundo, aunque se olvide lo estudiado y se cambie de actividades, tena ideas muy especiales en todas las disciplinas de la vida que, si bien nunca fueron publicadas, pues su auditorio y sus comentadores no pasaban del grupo familiar, el mozo que empujaba la silla de ruedas, un sacerdote dominicano y los boleros de la Alameda, conviene recordar, por si algn da surge un plagiario que intente apoderarse de ellas, como los compositores se apoderan de Mozart, de Haydn o de Bach, sin ms disculpa que la de la inconsciente reminiscencia y sin ms escrpulo que el muy forzado del modernismo, gracias al cual se logra cambiar las sonatas, los conciertos, las misas y los impromptus, en valsecitos, boleros, danzones y fox-trots. Por ejemplo: el legendario Quetzalcatl se estaba empezando a poner de moda. Con ese nombre, con el de Kukulcn, con el de Gucumatz o con el de Votn, estaba siendo trado y llevado con veneracin, como un verdadero precursor y animador de las civilizaciones precortesianas. Se estaba formando, pudiera decirse, un kukulcanismo (suena ms fcil que el trabalenguado

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quetzalcoatlismo), como en otras ocasiones se formaran el alamanismo, el cortesismo, el iturbidismo y el porfirismo, alrededor de artificiosas aureolas, que se pretendan descubrir, circundando a los correspondientes personajes de la Historia. Pues bien, Marianito, que bien pudiera llamarse un porfirista, un iturbidista o un alamanista, se convirti en un enemigo acrrimo de Quetzalcatl, a quien consideraba como un extranjero pernicioso, un economista rampln, un falso profeta y el causante nada menos que de la ruina total de la antiguamente prspera pennsula de Yucatn, cuyos centenares de ciudades y cuya deslumbradora civilizacin deba su desaparecimiento al plumibarbado personaje. Y aqu est el porqu, segn el propio Mariano: Los toltecas, los mexica y los maya han legado a nuestros fantaseadores arquelogos el mito de Quetzalcatl para explicar todo lo que no se presta para acomodarle otra solucin ms lgica. Don Alfredo Chavero dice que el personaje en cuestin naci el ao Ce catl, correspondiente al 895 d.C.; su madre (la de Quetzalcatl, no la de don Alfredo Chavero) fue Chimalma, quien en vez de recurrir al antiguo medio de fabricar hijos, imit a la Santa Virgen Mara, slo que, en vez de aceptar la visita de una inocente paloma, se trag un chalchihuite, en calidad de elemento engendrador. Segn el propio don Alfredo, el mencionado hijo de un chalchihuite, o sase Quetzalcatl, muri el ao Ome catl, que vendra a ser el 935, lo que le da una prematura muerte, pues entonces, si Pitgoras no miente, no tena ms que 40 aos. Cuando menos le llevaba 7 a Jesucristo. En vida, Quetzalcoatlito se dedicaba a ocupaciones ms o menos divertidas, como las de hacer casitas de colores, fabricar piedritas raras y cazar culebras, aves y mariposas. Pero tambin se le atribuye el haber descubierto el mundialmente famoso chocolate, el pulque y hasta el tequila, con el que se pona cada ptima que senta volverse profeta. Como a San Antonio (y sigo citando a Chavero), los demonios intentaron engaarlo muchas veces y llegaron hasta a escarnecerlo y a mortificarlo. Pero,

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en justicia, hay que decir que l no les haca mucho caso, sobre todo cuando le exigan escabecharse unos cuantos toltecas en calidad de sacrificio, hasta que, en un Congreso Ecumnico de Demonios, presidido por los estimables camaradas: Tezcaltlipoca, Ihuimcatl y Toltcatl, decidieron prepararle un mezcalito especial, tal vez curado de peyote, de marihuana o de coca, que bebi sin temor y sin medida hasta llegar a sentirse el mismsimo conejo de la luna. La animacin del barbn lleg a tal estado que lo hizo ponerse a bailar y hasta a improvisar canciones, como buen antepasado de Miguel Lerdo de Tejada, entre las que Mxico a Travs de los Siglos ha conservado con verdadera veneracin esta hermossima estrofa, que no sabemos si correspondera a una danza, a un son, a un corrido o a un jarabe:Palacio de plumas ricas, templo de caracolitos: dicen que voy a dejaros, ay, ay, ay, ay, ay, ay!

y sta otra, que le compuso a una damisela a quien le haban conseguido los propios demonios para amenizar el cuete:Querida esposa ma Quetzalpetlaltzn: gocemos este da tomando un poquitn Ay, ay, ay, ay, ay, ay!

Hay, hay, hay que darse cuenta de que el ay, ay, ay, ay!, que pusieron de moda Miguel Fleta y Ortiz Tirado, se usaba ya desde los tiempos de Quetzalcatl. Quien lo dude, que consulte el texto citado. (Mxico a Travs de los Siglos, tomo I.). Todo lo referido es cafetera rusa, si recordamos que el padre Durn, Becerra Tanco y el propio Sigenza y Gngora, no obstante la fama de inteligente que ste ltimo dej, consideraron a Quetzalcatl como a uno de los apstoles: Santo Toms, llamado el Ddimo, por haber sido gemelo y todo por el solo

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hecho de que coatl, que significa culebra, tambin se utilizaba como coate o cuate (mellizo) y habiendo sido cuate Santo Toms, ergo: se haba tornado en Quetzalcatl. Misterios de la induccin y la deduccin de los arquelogos, cuya lgica, ortodoxamente aristotlica, es siempre por el estilo del caso que nos ocupa. Pero, en fin, nos hemos desviado de la fobia del doctor hacia Quetzalcatl para meternos en las honduras inescrutables de la historia precortesiana. Seguiremos, por tanto, para llegar a una conclusin ms lgica que la de nuestros sabios de museo, misma a que haba llegado Marianito, recordando que el nombre del tan mentado Dios nahua, fue encontrado en la pennsula yucateca, slo que traducido a Kukulcn. Y aqu sigue el disertar de Marianito: En primer trmino, no es cierto que haya habido un solo individuo, una persona nica, fsica primero y metafsica despus que, sincronizadamente, apareciera entre los toltecas, los mexica y los maya. No seor. Quetzal, lo mismo quiere decir pluma, que pjaro, que apndice capilar colorido, y Coatl lo mismo significa culebra que sabidura, doctorado, ciencia. Y la manera de representar a una persona barbada, con barbas rubias, negras, castaas, canosas o grises (todo lo cual es una variedad en el colorido) que, a la par de su extraa prestancia entre tanto indio lampio, reuna conocimientos diferentes a los posedos por stos, no podra ser otra, jeroglficamente hablando, que la de una sabia serpiente con un apndice colorido. No es esto ms fcil y lgico que todo lo dems? Pues hay ms an: la persona as representada no era uno solo; eran muchos. Eran individuos de procedencia oriental u occidental que, por angas o mangas, vinieron a dar a estas tierras, sin que nadie los esperara y buscaron la manera de pasrsela lo mejor posible. Y entre esos muchos venan unos jvenes de barba rubia como el sol, otros de barba bermeja como el petirrojo, algunos azuleando como el polgamo rey de la leyenda, otros de largos y rizados pelos castaos como la caoba, quienes ms luciendo la albura de los apstoles y otros tirando a gris como don Venustiano. De seguro, no faltara hasta quien trajera las barbas verdes de tanto comer hierbas y no poderse lavar, o guasones que se la hubieran

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teido de azul o de morado, con el zumo de los caimitos y de las tunas cardonas, haciendo una variedad que no poda tener ms representacin escrita que la idntica al plumaje de las aves. Estos seores, lidos y escrebidos de ms para nuestros antepasados, que slo cultivaban la caza, la pesca, la guerra, la astronoma, la coreografa, la religin y el coito, cometieron el gravsimo pecado de ensear a borrachos a los hasta entonces abstemios aborgenes. Pero no conformndose con tamaa falta, decidieron predicar lo que pomposamente se llama la civilizacin del maz, a gente que para nada necesitaba de esta gramnea, pues los bosques, el mar, los ros y las guerras daban protenas, grasas e hidrocarburos, para vivir saludablemente. En Yucatn sucedi lo peor: la tierra vegetal era escasa; apenas si una capa de pocos centmetros cubra el subsuelo calcreo y esta capa de humus estaba bien protegida por los altsimos cedros, los zapotes chicleros, las caobas y toda esa flora gigante que ahora existe nicamente en el sur de la pennsula, a donde no lleg la enseanza de Kukulcn. Los kukulcanes indujeron a los mayas, toltecas o quienes fueren, a derribar los frondosos bosques que albergaban frutos y piezas de caza sin cuento, para sembrar maz, quizs trigo, tal vez frijol; la tierra se fue empobreciendo, las lluvias provocaron la irreparable erosin, el humus fue arrastrado hacia el mar y todas aquellas ciudades prsperas y hermosas que vivan florecientes de la silvicultura, Mayapn, Tulum, Chichn, Uxmal, Labn, Zay y cien otras, empezaron a sufrir hambres. La tierra pobre ya no poda sostener a sus pobladores y stos emigraron, murieron, desaparecieron, quizs por la pelagra, por la avitaminosis, por el escorbuto, hasta dejar el misterio de las ruinas cuya solucin tan fcil, yo, Mariano, he descubierto con ms lgica que todos nuestros eminentes arquelogos. Y stas son las razones por las que Marianito no comulgaba con Quetzalcatl y no perda oportunidad de retar a quienes con l conversaban, seguro de catequizar a muchos en el sentido de su arcaica forma.

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Rufis estaba muy descompuesto. No fue difcil llegar a esta conclusin ni para su mam, ni para Marianito, pues ya no era el hogareo tempranero que llegaba a tiempo de tomar la merienda en familia, que dejaba el saco y el chaleco sobre una cama para dedicarse a jugar con Ramoncito, al que en vano trataba de ensear su arte u oficio de tallista, o mejor dicho de santero; ya espaciaban aquellas sabrosas conversaciones llenas de filosofa barata, de ciencia vulgarizada, de poltica de campanario o de simple crtica humana, que hacan olvidar sufrimientos y dolores al doctor antes de entrar al cotidiano suplicio de la cama. Rufis estaba descomponindose. Llegaba tarde o de plano no llegaba, y como nadie en su casa se atreva a preguntarle el porqu de las trasnochadas, l mismo tuvo que hacer su confesin general a Marianito. Por fin, se haba encontrado una mujer que le gustaba, pero A mi edad, Marianito, no voy a andar haciendo papelitos de novio romntico pegado a la reja, ni convidando al cine a una familia entera para pagarme con el simple tocar de una mano. Tampoco me voy a echar a cuestas la tarea escabrosa y difcil de enamorar una jamona, viuda, solterona o divorciada, que haga juego con mis aos o que por tener tantos, sea ms maosa que yo. Al grano, Rufis, qu quieres decirme? preguntaba, impaciente, Mariano. Pues hablando en plata, hermano, que me he decidido por lo ms fcil y prctico, naturalmente dentro de mi amor por la esttica y la tranquilidad. Y s? Te acuerdas de aquella parranda que me corr un primero de septiembre? Me acuerdo que no llegaste en toda la noche y que despus me quisiste asustar con el relato, como yo te asust hace muchos aos cuando viniste de San Luis a sacarme de este centro de perdicin. Bueno, pues el relato de entonces no fue nada, cuando menos para tu actual mojigatera, peor que la ma de hace veinte y pico de aos, comparado con lo que me pasa. Al grano, pues.

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Me estoy acordando de que, entre los rescoldos de la cruda, te refer que llegamos a un burdel de primera, que haba muchas hembras y que yo me qued con una llamada Magdalena. Y? Vieras qu mujer ms linda! Tendr unos veinte o veinticinco aos. Podra ser mi hija. Es de Tepatitln; de mediana estatura, blanca, muy bien hecha, con el pelo castao claro, la dentadura intachable, las facciones correctas, el estilo discreto naturalmente que fuera de la cama, bonita conversacin, sabe cantar El modelo ideal para tu obra mxima. Exactamente; el modelo ideal para mi obra mxima, para la obra que yo me s: la que nunca ejecutaron mis manos, ni mis formones, ni mis gubias, ni mis pinceles. El modelo ideal si no fuera puta. Tambin lo fue Tamar, esposa de Her y de Onn; prometida de Selah, la que no tuvo empacho en acostarse con Jud, su suegro, y que, sin embargo, es antepasada nada menos que de Nuestro Seor Jesucristo. Ya ves que no me asustas con el epteto. Pues, ya que ests tan franco, abreviar la conversacin para decirte que la tal Magdalena me gusta mucho y que, como se me haca cuesta arriba el estar desempeando el papel que ya te puedes imaginar, he pagado su cuenta con Ruth, la he sacado del burdel y le he puesto una viviendita ms o menos decente. No obstante su procedencia, me ha purificado, rejuvenecido, fortificado; ya me dio por ensayar de nuevo las viejas herramientas y mientras ms la veo, ms recuerdo todos mis intentos vanos por reproducir la verdadera hermosura de unos ojos dulces, de una boca sensual, de una piel impoluta, de unas formas armnicas. Adivino tu problema y lo disculpo, pues aunque somos tu mam y yo y Ramoncito quienes lamentamos las ausencias, no veo la manera de arreglar el caso, pues no creo que ests decidido a casarte. Ni quin piense en eso, pero tampoco soy el hipcrita que va a encerrarla como si fuera su esclava. Te advierto que, con el mayor cinismo, me he decidido

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a llevarla conmigo en el coche, al restaurante, al cine, a los toros y a donde sea de su gusto; aunque te confieso que siempre con el temor de que algn majadero me quiera poner en ridculo y yo tenga que romperle el bautismo con cinco tiros en la chapa del alma. Tardado, pero seguro. Yo empec con querida y acab con religin; t empezaste con iglesia y acabaste con burdel. Y si vieras cmo me gusta? Parece una verdadera seora: cuando llego, me recibe con un cario que nunca se me dispens; pues aunque lo tuve de mi to, de mi madre, de ti, de tus muchachos, esto es cosa diferente. Es la suma del cario que le he tenido a todos mis monigotes, ms el que tengo a todos ustedes y probablemente sobre otro poquito. Te comprendo, Rufis. A toda tu espiritualidad, a todo tu fervor religioso bien escondido en el subconsciente debajo de todo ese montn de lodo que te ha echado encima el mundo, a tu carcter devoto y uncioso, se ha juntado la parte mejor y ms explcita del amor: la de la carne, la de la materializacin y, en vez de criticarte o de reirte, te alabo el gusto, la oportunidad y la decisin con que has tomado el asunto. Y no vayas a creer que hay egosmo de mi parte al encomiar tu actitud pecaminosa que, como quiera que sea, nos garantiza, a tu mam y a m, el disfrute de tu persona con ms seguridad que si te casaras con una nia acaparadora, dscola e indudablemente intransigente con nuestras poco edificantes costumbres. Simplistamente, veo que has encontrado lo que te gusta y creo que, como artista que eres, mereces ms el premio esttico, romntico y sentimental de estos amores, que la cruz enigmtica de un matrimonio difcil de predecir. Por mi parte, Rufis, tendra verdadero gusto en conocer a tu Magdalena, pero no s qu pensar de tu mamacita al despertrseme el deseo de no quebrar esta armona familiar, esta convivencia tan sui gneris de nuestras gentes, con la necesidad de que vivas aparte y se nos vayan haciendo escasas tus visitas. Te confieso, Marianito, que nada he pensado hasta ahora. Pero en estos momentos me siento seguro de que, a los aos que mi mam tiene, cualquier persona, hombre o mujer, experimenta una serenidad especial que llama a la

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ms amplia tolerancia; que hace olvidar los prejuicios, aunque stos hayan nacido de una arraigada religiosidad, y que, si de buenas a primeras cometo el desacato de espetar a mi mamacita el relato de mi situacin, naturalmente, con un poco de recato en lo relativo a los antecedentes, no encontrar en ella ms que comprensin y benevolencia. Pues lo raro es que yo tambin creo lo mismo, pero, por respeto a la tradicin humana, deja que sea yo quien le plantee el problema, ya que en tu calidad de hijo, te sentirs ms cohibido y, por lo mismo, menos convincente. Y el doctor le plante el caso a la mam de Rufis con tal dialctica y tan buena argumentacin que, a las pocas semanas, el diputado haca arreglos a la casa, compraba muebles nuevos y presentaba a la pecadora Magdalena ante la complaciente y beatfica mam, el filosfico y sonriente Marianito y el asombrado Ramoncito, quien vea con gusto el ingreso de una nueva compaerita, punto medio entre las edades de l y de los otos miembros de la familia. La casa se ilumin: hubo macetas con plantas siempre frescas, un perrito zalamero, colores nuevos que alegraron la vista, perfume agradable que contrarrestara el de las medicinas y las ropas descuidadas del doctor, y la risa abierta, desbordante, maravillosa, de esta Magdalena que, ms que la arrepentida y llorosa del cuento evanglico, pareca la causa nostrae laetitiae del latinizado Rufiniano. La progenitora de ste gust de la nueva compaa. Magdalena era devota y rezandera (como todas las que desempean y han desempeado el antiguo oficio), sobre todo de San Antonio, que tan gran favor le estaba haciendo, y primero perda la caricia bisoa de Rufis que la misa dominical. Su casi-suegra se encantaba de ver la carita virginal, encuadrada en el leve chal de burato, embelesada sobre el Novsimo Lavalle o inclinada con profundo respeto cuando el monaguillo haca sonar las campanillas a la hora de la elevacin. Si Rufis la hubiera visto en estos momentos, de seguro habra pensado (herejn y majadero) en la similitud de gesto que ofrecan sus ojos entrecerrados y su boca entreabierta a la hora del rezo y a la hora del pecado. Y habra dicho, aunque fuera para s mismo, que Magdalena era cachonda hasta en el xtasis religioso.

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La nueva adquisicin se volvi el ngel del hogar. El doctor se encantaba cuando Magda lo besaba con respetuoso cario, en la frente, por las maanas y cada vez que se despeda; Ramoncito se encantaba tambin de sentir los besos frescos en las mejillas; la mam de Rufis senta goce inefable con los besos de la hija inesperada, en esa forma duplicada y chueca, chas por la derecha y chas por la izquierda, con que se saludan las mujeres; y Rufis, Rufis?, no podemos decir cmo ni dnde ni en qu forma se complaca tambin con el sculo maravilloso.

Estamos llegando a las fechas aproximadas en que las edades de nuestros dos amigos, Marianito y Rufis, sumadas, pasaban largamente el siglo. Dos vidas cuyo paralelismo en lo fsico, difera absolutamente de su personalidad en lo espiritual. Existencias trazadas sobre el mismo plano, pero cuyos rumbos, proviniendo de orgenes separados por los 90 grados del rectngulo, se encontraban en la juventud y revirtiendo su orientacin, se proyectaban nuevamente hacia distintas metas. El que fuera fogoso, prctico y mundano, Marianito; el de naturaleza sana y fuerte, de mente despreocupada, de virilidad a toda prueba y de salvaje origen, caa en la llanura de la inercia, vegetaba entre la inmvil sementera de la meditacin, se clavaba en la cruz de su parlisis y llenaba las lagunas secas de su mocedad con el agua tranquila de la metafsica. Marianito, en la edad madura, hubiera sido capaz de internarse en un convento, de hacerse mrtir por la religin y hasta de castrarse slo para estar seguro de su repulsin hacia los tres enemigos del alma: el demonio, el mundo y la carne. En cambio, el eucarstico Rufiniano, el producto de los altares y las sacristas, el de las beatas manos que tan bien saban infundir la santidad a sus obras de arte, el que rezaba y crea, el sobrino del sacristn que cantaba el gregoriano,

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se converta en un revolucionario con toda la barba; exuberaba de ideas nuevas, combata el oscurantismo religioso, abandonaba su proverbial castidad y se converta en lo que los franceses llaman un bon vivant, y los americanos un jolly good fellow. As es la vida comentaba algn viejo conocido de ambos, las inhibiciones, cualquiera que sea el sentido en que se siembren, cuando son adquiridas en la infancia, tienden, como la atraccin magntica o como la propia electricidad, a convertirse en energa contraria. Es como la vieja experiencia del pndulo de sauco o del peine que se frota, que primero atraen e inmediatamente despus rechazan al otro elemento. Pero en donde exista la mayor aberracin de las vidas de nuestros amigos era en sus productos, en las obras que legaban a la posteridad y de las que, para hablar con franqueza, no se poda saber cules eran mejores, cules las ms vivientes y cules las de ms inters abstracto. Qu sera mejor: la esterilidad biolgica de Rufis que produca tan slo obras de arte, monos ms o menos santos, pero, de todos modos, obras que la posteridad tendr que admirar y encomiar, o la fecundidad gentica de Marianito, cuya media docena aproximada de retoos andaban y hacan qu sabe Dios! por esos mundos? Haremos una relacin de lo que ambos haban producido, comenzando, naturalmente, por lo que sucediera al prolfico Marianito: un hijo natural del que no saba una palabra haca ms de veinte aos; cuatro hijos legtimos, todos machos, por fortuna, de los cuales tres: Nacho, Manuel y Luis, se ignoraba dnde andaran y Ramoncito que, aunque algo raqutico fsicamente, descollaba ya con un exceso o ms bien dicho una saturacin de cultura abstrusa en la que se mezclaban resabios de carrera mdica con lucubraciones fantsticas de marihuano, exgesis religiosas y literatura profana sin ton ni son, con toques de diletantismo artstico, herencia de su padrino y aficin cultivada por su invlido padre. Las dos mujeres cuyos vientres echaron al mundo esta herencia tambin eran ajenas a la vida de Mariano, y no es aventurado suponer que, por lo que a

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ellas respecta, tampoco saban un comino del triste estado en que viva el ex cnyuge perdido. Rufis, en cambio, poda mostrarse orgulloso del destino deparado a sus hijos: ms de una docena de crucifijos en las iglesias de San Luis Potos, de Coahuila, de Nuevo Len y de Texas; santos y santas a granel, no slo en los resplandecientes altares de un centenar de templos, sino en las capillas privadas, en los oratorios y hasta en los museos de gente rica, de connoisseurs que daban a sus obras los mejores lugares y el trato ms distinguido, presentndolas como el orgullo mximo de sus respectivas localidades. En tan dismbola manera de perpetuar el nombre, es natural que menudearan las amistosas discusiones, las jactancias y los lamentos, las alabanzas y los reproches; pero el caso es que, singularmente, jams se ponan de acuerdo, pues en tanto que Rufis renegaba de su esterilidad biolgica envidiando la naturalidad y la rudeza de los carios filiales, Mariano se deshaca en elogios por el legado artstico de su amigo y se condola de su pedestre, como l la llamaba, funcin gentica social. Y un da, contando de antemano con la poderosa influencia poltica de Rufis, ambos se pusieron de acuerdo para localizar a sus retoos, con la esperanza, Rufis, de editar una monografa ilustrada de sus obras y Mariano, de satisfacer su ansiedad conociendo, antes de la muerte que presenta cercana, quines de la prole vivan an, qu demonios hacan y cmo eran ahora, pues hasta de las fisonomas se haba olvidado. Y as, mientras un buen fotgrafo sala por el norte, llevando el mejor itinerario que la memoria de Rufis pudo redactar, para obtener las imgenes de sus queridos santos, la polica se entretena en buscar por toda la Repblica al terceto de diablos que, a lo mejor, si no haban desaparecido, haban cambiado de nombre o buscaban el annimo en lugar del santo beso de paz y reconciliacin. Los trabajos fueron mprobos: el fotgrafo pasaba cuentas semanarias y mensuales en forma tal, que haca pensar en si andara buscando cdices indios

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perdidos, coleccionando datos para una enciclopedia o efectuando un censo general con identificacin personal. En cambio, la polica y sus auxiliares en todos los confines del pas, pagada religiosamente por el pueblo, con la mayor diligencia, pues se trataba de obsequiar los deseos de algn cabezn, logr proporcionar, antes de un ao, informes detallados sobre los nios perdidos. Nachito iba que volaba para general, pues haba logrado metrsele a uno de los ms brbaros y atrabiliarios jefes, para quien haca de todo: secretario, jefe de Estado Mayor, cerebro sustituto, cmplice en el robo de los dineros del pueblo, alcahuete, etc., etc. Manuel haba emigrado a los Estaos Unidos y casi gringo ya, se ganaba bien la vida en el prodigioso oficio de Cellini, pues junto con la maestra adquirida en el taller potosino, haba ganado tambin las maas de componer oros de baja ley, doblar gemas, prestidigitar brillantes y otras por el estilo, muy sabidas y productivas entre el gremio. El endemoniado Luis ya conoca casi todas las crceles de la Repblica, se saba de memoria las dos barajas: americana y espaola, y tena una facilidad estupenda para dar un pker de reyes y reservarse uno de ases, con la mayor naturalidad; por las ltimas noticias se saba que, gracias a estas maravillosas virtudes, andaba muy metido en la poltica local de cierto estado del centro, donde no era difcil que pronto resultara electo presidente municipal, diputado o quizs hasta gobernador. Como quiera que sea, los tres ausentes estaban vivitos y coleando y fue fcil para Rufis hacerles llegar noticias de su enfermo padre que deseaba verlos antes de morir. Contest ofreciendo un prximo viaje, el emigrado; el mlite mand decir por conducto de un amigo de otro amigo que tena otro amigo en la capital, que tan pronto como pudiera venir lo hara; y de Luis, slo se supo que recibi el mensaje. Mariano revis, in mente, los informes sobre los hijos mayores y los coment con Ramoncito. Buenos o malos, pelados o decentes, honrados o pillos, tenan la grandsima virtud de no ser tarugos, y la grata sensacin de sentirlos alentar, aunque fuese lejos, dibuj una sonrisa de agrado en la boca torcida del doctor, mejor su humor y le dio tema para hablar de ellos durante muchas veladas.

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Un da, el doctor se sinti ms mal que de costumbre. Un dolor intenso en el bajo vientre lo molestaba a toda hora y, no obstante su estoicidad, su paciencia y el uso y abuso de las drogas estupefacientes y los analgsicos, lleg el momento en que sus ayes y sus quejidos, insoportables para todos, hicieron a Magdalena insistir para que Rufis fuese a buscar un mdico. Sali Rufis en su carro, ya entrada la noche, y se detuvo ante el primer letrero luminoso que anunciaba la clnica de un facultativo. Descendi del vehculo y se aproxim a leer la placa profesional y a tocar la campanilla: Doctor Mariano X, Facultad de Mxico. Qu coincidencia! El mismo nombre de su amigo enfermo. Toc sin vacilar, esper casi un cuarto de hora; por fin, se abri la puerta que daba acceso directo al consultorio; ah tambin esper hasta que apareci el mdico: un joven trigueo, no mal parecido, envuelto ya en el abrigo en previsin de la salida nocturna. Sin hablar mucho, Rufis lo subi a su carro y lo llev a su casa. Desde afuera se oan los gemidos de Mariano. La casa estaba toda iluminada, pues Magdalena, la mam de Rufis y hasta Ramoncito, la recorran de un extremo al otro sin saber qu hacer: hirviendo agua, aplicando trapos calientes al enfermo y tronndose los dedos en la desesperacin de los impotentes ante un suceso penoso. Mariano estaba borracho, casi inconsciente, por el cloral y la morfina, pero no cesaba de quejarse. Con los ojos vidriosos, vio al doctor, pero casi no pudo responder a sus preguntas. Entonces el galeno se dirigi a Rufis: Me quisiera decir cul es el nombre del paciente? Cmo no!, doctor, se llama Mariano X ; segn parece, el mismo nombre de usted. Qu coincidencia!, verdad? Sonri el joven doctor y aadi: No sera impertinencia de mi parte preguntarle algunos datos personales sobre el paciente, si es que usted est emparentado con l o lo conoce desde hace tiempo? Diga usted, doctor, le informar todo lo que quiera. Deseara conocer sus generales.

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Pues mi amigo, tambin doctor, entre parntesis, aunque tiene tantos aos de no ejercer como tiene la hemiplejia que lo abati, se llama como usted, es de Aguascalientes, tiene sesenta y pico aos de edad, es casado, pero ignoro el paradero de su seora; l y yo nos criamos juntos en San Luis Potos, donde yo tambin empec a estudiar la medicina y aunque no nos unen lazos de sangre, siempre nos hemos querido como hermanos. Perdone mi insistencia, seor, que se debe ms a razones personales que al caso mdico presente. Recuerda usted algo de la juventud del doctor, recin recibido, antes de su matrimonio? Rufis abri los ojos desmesuradamente, como si de una sola vez y con la velocidad del rayo se le hubiera presentado toda la historia de Mariano en los meses anteriores a su primera visita a la capital, cuando vino a llevrselo de aquella pobre casa en la antigua Calle Verde. El joven doctor adivin que Rufis recordaba todo, y temeroso de que por alguna corts inhibicin ste se abstuviera de manifestar sus pensamientos, se adelant: S, seor, es precisamente lo que usted est pensando: yo soy el hijo de don Mariano, registrado con su nombre y apellido, y mi madre, Guadalupe, vive todava en la mismsima casita de Coyoacn donde qued desde que desapareci su marido. Sonri el doctorcito con un lejano dejo de tristeza en la sonrisa, mir fijamente al enfermo, que no poda darse cuenta de la escena, y aadi: Pero no crea usted que guardo rescoldos de amargura ni cenizas de rencor. As es la vida y no creo que haya mayor estupidez que la de quejarse por la forma social en que se nace. Yo fui hijo natural y, sin embargo, esto no obsta para que haya heredado, seguramente de mi padre, pues la gente de mi mamacita es ruda e ignorante, las aficiones, el talento o lo que fuere que logr hacerme profesionista. Y aqu me tiene, tan campante y tan bien considerado como si hubiera nacido al mismo tiempo en el altar y en el registro civil, con todos los requisitos de abolengo y legitimidad que tan preciados son para el gnero humano.

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Rufis no tena contestaciones a la mano y se dispuso a seguir escuchando. El joven doctor acerc una silla junto a la cama del paciente y empez a examinarlo. Saba ya de la hemiplejia y pas por alto la pierna y el brazo izquierdos, magros y atrofiados. Auscult, palp, hizo preguntas y al fin decidi quedarse hasta que el sopor concluyera y dejara llegar de nuevo la lucidez a la mente de Mariano. Rufis mand traer un par de sillones ms cmodos, en los que se instalaron los dos para charlar de todo, fumar, tomar caf y esperar el amanecer. Repantigado en el lado de la sombra, Rufis se puso a observar la fisonoma, los movimientos, el gesto y las maneras del juvenil galeno. No caba duda respecto al parecido. Salvo algunos rasgos muy mexicanos: pelo lacio, color moreno, boca gruesa, este Marianito era el mismo que haba visto haca cinco o seis lustros en el consultorio de la Calle Verde, en las Tandas del principal, en la casa de Estrella, en la iglesia de Campo Florido Por no dejar, de vez en cuando le haca preguntas que relacionaba con las reminiscencias de su juventud y le pareca or el mismo tono, los mismos argumentos fanfarrones, la misma suficiencia con que Marianito encaraba la vida en aquel entonces. El ambiente cargado de aquel cuarto de enfermo los venci y ambos dormitaron cuando el enfermo, vencido tambin por las drogas, cay en un sopor silencioso que dur algunas horas antes del amanecer.

Agua! pidi el enfermo cuando al despertar empez a sentir la horrible sequedad de boca, consecuencia de los narcticos. El joven mdico se levant del silln, llen una pistera de agua edulcorada y la llev a la boca del paciente. ste levant la mirada y con la voz todava pegajosa, balbuci:

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Doctor, supongo. S, doctor, soy su nuevo mdico. Pero descanse un poco y despus hablaremos. Rufis tambin se puso de pie y con los ojos nublados por la madrugada y por la emocin, se concret a ver los semblantes del padre y del hijo. Cuando la lucidez haba vuelto por completo al cerebro de Mariano, trayendo tambin, por desgracia, el exacerbamiento de los dolores, Rufis no se aguant y, con los ojos desbordndose de lgrimas, se acerc a Mariano y le dijo: Sabes quin es este muchacho? Cul muchacho? pregunt Mariano. El doctor, no te hagas. Ah, quin es? Es tu hijo, nada menos que tu hijo, el hijo de aquella Lupita, a quien no conoc, pero de quien tanto hablabas. Mariano hizo un esfuerzo por incorporarse, se qued viendo fijamente al nuevo personaje en el drama de su vida y no pudo contener los sollozos y las lgrimas. No llore, doctor, dijo el joven mdico; no es para tanto. Algn da nos tenamos que encontrar y de verdad deploro que sea vindolo en este estado. Usted es mi padre; mi madre siempre lo record con cario y no sera posible que yo le tuviera mala voluntad. Estoy aqu para ver qu puedo hacer por usted, aunque reconozco que usted sabe ms que yo. Mariano se reanim. Casi puede decirse que olvid los dolores y entre lgrima y lgrima, sollozo y sollozo y moco y moco, creci la confianza para con su hijo y empez a relatarle su caso clnico. Rufis se fue al bao, se visti, mand servir el desayuno, present a su mam y a Magdalena como su esposa, a Ramoncito como hermano menor del recin llegado y se march a la calle mientras los galenos se quedaban hablando en trminos mdicos de todo lo que interesaba saber para el tratamiento del enfermo. A medioda, cuando Rufis volvi y Mariano dormitaba bajo el influjo de una inyeccin de morfina, el joven doctor presentaba una cara poco optimista. Rufis

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y l comieron solos y durante la comida supo el primero que su amigo querido estaba muy mal. Adems de sus males acostumbrados, el doctor descubra la existencia de un tumor en el vientre. Era necesario operar y si el tumor resultaba canceroso, la cosa no tendra remedio. De todos modos, los anlisis se hacan indispensables antes de pronunciar cualquier diagnstico. Y Mariano pregunt Rufis, sabe cmo est? Naturalmente que lo sabe; pero le aseguro que es ms mdico que yo, toda la maana hablamos sobre el particular y me ha dicho con toda energa que me prohbe ocultarle el menor detalle de los exmenes, anlisis y observaciones que se le hagan. En la tarde, el enfermo se senta con nimo de conversar y se concert una especie de tertulia nocturna en la que tomaran parte Rufis, l y su hijo. Los primeros temas: recuerdos gratos, aoranzas, intercambio de informes sobre la vida de los dos, que por tanto tiempo haban estado perdidos el uno para el otro; en seguida, filosofa chabacana sobre el estado civil, la sangre, la sociedad, la injusticia humana y al fin, el caso presente, la enfermedad, con todos sus pelos y seales, sus probabilidades de salvacin o de deceso y las mil y una referencias que, aunque profano, no eran extraas a la cultura muy amplia de Rufis.

El cncer, pues yo tambin creo que de eso se trata en mi caso, terrible e inexorable como es, tiene para m la virtud de ser uno de los misterios ante los que la humanidad se estrella en todos sus intentos de descifrarlo. Qu fcil es decir: El cncer y representarlo con un cangrejo, como su nombre lo indica, clavando sus tenazas en el organismo humano! Qu fcil es llevar las estadsticas de los cancerosos y qu fcil es mitigarlo a veces con los precarios medios de nuestra

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pobre ciencia! Pero qu difcil ha sido el encontrar siquiera su razn de ser, el conocerlo como conocemos tantas otras dolencias, el sujetarlo a las pruebas de laboratorio, el combatirlo con xito, el prevenirlo siquiera! Desde el famoso crustceo mitolgico que Juno comision para que mordiera el pie de Hrcules, hasta nuestros das, no creo que la ciencia haya avanzado mucho, pues todo ha sido especulaciones, lucubraciones, hiptesis y eso de aplicar la fantasa a la resolucin de los problemas que palpamos es algo muy potico y muy de mi gusto, pero nada provechoso. Nada de eso, padre contest, titubeando un poco al usar por primera vez este sustantivo, el mdico joven. Es cierto que andamos a ciegas en lo relativo a la prevencin y curacin de este grave mal, quizs el peor de los enemigos de nuestra profesin, pero en cambio, los sabios, los laboratoristas, ya empiezan a descorrer el velo de la primera parte del drama: ya pueden provocar artificialmente la dolencia. Usted de seguro que tiene mucho tiempo sin leer las revistas mdicas y no se ha enterado de que, frotando a diario tras de la oreja de una rata o de un cuyo, con una brocha empapada en alquitrn o brea, se ha logrado producir verdaderos carcinomas en los roedores y No hay que confundir la experiencia con la sabidura. Indudablemente que la investigacin, la repeticin constante de los experimentos y la instalacin de grandes y costosos laboratorios son gran ayuda para el desarrollo de los conocimientos humanos; pero vale muchsimo ms una gran cabeza que un gran laboratorio, un cerebro privilegiado puede sustituir a todos los matraces, las retortas, los microscopios y los reactivos del mundo; la imaginacin y la fantasa son muy superiores al empirismo y al trabajo. Recuerda que los mximos descubrimientos hechos por la humanidad han tenido por padre al talento y, por madre, a la casualidad. Pasteur puso en juego su imaginacin y la casualidad le brind los fermentos; los Curie, tambin imaginativos, nada hubieran sabido del radio si no olvidan una llave sobre una negativa en el cajn en que guardaban la pechblenda; Nobel trabaj mucho, pero no para descubrir, por una torpeza de sus manos, que la nitroglicerina poda mezclarse inocuamente con la arcilla.

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En fin, cada descubrimiento que estudies se ha debido ms a la imaginacin y a Dios, que la ayuda valindose de la casualidad, que a los sistemas, registros y trabajos humanos de que tanto se presume. Si yo estuviera en la posibilidad de establecer o de dirigir institutos de investigacin cientfica, jams omitira emplear, entre sus dirigentes, a dos o tres poetas, tres o cuatro perezosos profesionales y tal vez alguno que otro loco directamente extrado del manicomio. Estas tres especies superhumanas seran el alma, el pensamiento, la inteligencia de los laboratorios y los dems: qumicos, mdicos, bacterilogos, etc., equivaldran a simples obreros de taller. Padre: no s si usted habr ledo que el famoso Henry Ford, cuyo xito en la vida es innegable, no va de acuerdo con esas ideas, pues asegura que la frmula del triunfo es: Inspiracin, perspiracin (o sea, sudor)10% 90%

Al contrario, hijito. Ese seor Ford me da toda la razn, slo que se olvid de aadir a su frmula cuantitativa el exponente cualitativo. Se olvid de decir que el primer diez por ciento es lo bsico, lo esencial, lo aristocrtico, lo principal de la sustancia y que el otro noventa es nicamente el excipiente, el vehculo, el bagazo, el relleno Puede que usted tenga una especie de razn, que pudiramos llamar: razn metafsica, pero la realidad es bien diferente. Qu haramos los mdicos sin los institutos de investigacin, sin los instrumentos, sin las mquinas, sin las sustancias, sin los laboratorios que nos dan la verdad en los diagnsticos? Yo no he negado la utilidad de stos, pero sigo ponindolos en segundo lugar. El diagnstico debe ser hecho por la imaginacin del mdico, despus de poner al servicio de ella todos sus conocimientos. El laboratorio slo confirma y muchas veces yerra. Pero creo que debo ponerte unos ejemplos de lo que es la fantasa en funcin de la medicina, para mejor ilustracin de mis doctrinas;

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ningn sujeto mejor para mis estudios que yo mismo, puesto que reno las cualidades de paciente y mdico, observador y conejo de indias, microscopios y caldo de cultivos. Tomaremos como primer ejemplo el cncer que padezco. T me has confesado el fracaso de la investigacin sobre su origen. Lo nico que dicen y escriben los sapientsimos cancerlogos es que los carcinomas son unas neoplasias que se desarrollan a costa y con el detrimento de las clulas que componen nuestro organismo normal y que, como si tuvieran inteligencia propia y libre albedro, no slo nacen, crecen, se desarrollan y se reproducen como los seres vivientes que conocemos, sino que saben viajar a travs de los canales linfticos, ejercitan una organizada defensa contra los ataques externos y al fin, saben escoger los rganos ms nobles para producir la extincin del cuerpo que han tomado como vctima. Y la ciencia no puede asegurar que sean microbios, bacterias, organismos animados; ni siquiera puede hablar del espritu del cncer como virus, no obstante los petulantes conocimientos sobre las enzimas que transforman la materia. Pues bien, yo, mdico poeta, paraltico en estado contemplativo, mstico ortodoxo, loco por aficin (o ms bien dicho, por necesidad) a las drogas milagrosas y estupefacientes, te voy a decir cul puede ser el origen de la materia que forma esas neoplasias misteriosas, azote de la humanidad. T sabes que la vida en el planeta ha tenido diversas etapas, completamente aisladas unas de otras. Has ledo que las pocas glaciales destruyeron peridicamente, cada tantos millones de aos, todo vestigio de vida sobre la tierra y que sta, al volver a calentarse, por la voluntad de Dios, a mi entender, o por reacciones qumicas ignoradas, segn los sabios incrdulos, comenz cada vez de nuevo el titnico esfuerzo de producir nuevas especies, desde las algas y los helechos proterozoicos, los trilobites y los hipocampos, hasta el Homo sapiens de cuya familia nos honramos en formar parte. Pero quin te asegura que las especies existentes antes de cada periodo glacial estaban compuestas de la misma materia, de idnticas clulas, de tomos anlogos, del mismo elemento vida que las subsiguientes?

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Se asegura y hasta se usa esta tesis en los anuncios de las compaas petroleras, que el aceite mineral procede de la descomposicin de especies animales extintas hace miles de siglos. El seor Sinclair no tiene empacho en mostrarnos, como origen primario de sus lubricantes y gasolinas, a los robustos y repugnantes dinosaurios, brontosaurios, pterodctilos y triceratops. Nosotros, los imaginativos, podramos aceptar su tesis, que tambin es imaginativa; pero, si el petrleo es una grasa de origen animal, por qu no saponifica al mezclarse con la sosa custica, como saponifican el sebo, la manteca, la mantequilla, los aceites vegetales y hasta la grasa humana? De seguro, hay una diferencia fundamental en el punto de partida de esas grasas, como la hay en las materias edulcorantes: las levgiras como el azcar, que desvan a la izquierda el plano de polarizacin de la luz y las dextroglucosas, que manifiestan tendencias completamente derechistas. Pero no me desviar del asunto. T me has dicho que se ha logrado provocar el nacimiento y el desarrollo de carcinomas por medio del alquitrn y del asfalto, por qu no pensar que las neoplasias cancerosas estn formadas por clulas o materias preglaciales y buscar en estas mismas su destruccin, siguiendo el viejo apotegma: Donde est el veneno, est la triaca. Y si t dices que el asfalto y el alquitrn de hulla producen carcinomas y ests, como debes de estarlo, de acuerdo en que ambas materias son muy anteriores a la vida animal presente en la corteza de la tierra, por qu no asociar las lejanas causas con los actuales efectos? Y no creo andar muy lejos de la verdad, pues recuerda que es de la hulla, del asfalto y de los antiqusimos hidrocarburos minerales de donde se obtienen casi todos los medicamentos, los colorantes y los productos sintticos que conoce la nueva qumica. Si vivieran Averroes y Flamel, aquellos alquimistas soadores que pretendan vanamente captar y solidificar un rayo de sol, no tendran que ir ms lejos que a la prxima tlapalera para encontrar la realizacin de sus sueos, comprando todos los colores del espectro, sntesis del sol, en unos cuantos paquetitos de anilinas. La hulla est devolviendo la luz solar que se enterr y se congel

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hace millones de aos, slo que la devuelve como la obtuvo al salir del prisma, en la gama infinita de los colores. Y qu diremos de los colores! Tambin de los sabores y de los olores; pues recuerda que los benzoles son los orgenes de tanto menjurje que ingerimos con olor y gusto a chocolate, a vainilla, a perfumera y a tanta cosa que nos parece nueva, pero que es tan vieja como la tierra misma. De verdad, padre, que sus ideas raras quizs puedan ser absurdas, pero son simpticas y, sobre todo, originales. Pues ah te va otra, que me viene a la mente por haberte hablado de los azcares y las glucosas; otra vacilada como llama el mundo grosero y profano a las lucubraciones de una mente tranquila y organizada para pensar como la ma que, adems, ha tenido varios lustros de abstraccin, de meditacin, de introversin; producto de mis sufrimientos y de la paciencia con que los he soportado. T no me conociste en la flor de mi vida, en el principio de la madurez; viviendo en un cuerpo robusto hasta los cien kilos, amigo como pocos de los placeres de la mesa, hasta el punto que, dentro de la modesta relatividad provinciana, oa siempre llamar a mi casa: la casa de Lculo. All se coma y se beba, hijito (quizs por lo que dejaron de comer t y la pobrecita de tu madre). All nunca faltaron el caviar y las angulas, las ostras y las langostas, los jamones de Westfalia y el queso Gervais, y en cuanto a bebidas, siempre recordbamos a Lutero: Wer nicht liebt Wein, Weib und Gesang der bleibt ein Narr sein Leben lang (El que no gusta de vino, mujeres y canciones es un idiota de por vida); despus de los clsicos dracs o cocktails, nunca me olvidaba de rociar las viandas con un excelente Chteau Lafitte de 1896 o de 1907, un Pichon Longueville de 1908, o con los maravillosos borgoas, Chambertin, Clos de Tart, o el ms modesto Chablis, sin faltar los champaazos de la Viuda, de Mumm o de Pommery. Y naturalmente que yo, el primer gourmet, era quien mayor indulgencia demostraba en el diario banqueteo, con el consabido resultado final: la diabetes, glucosuria o como quieras llamarle, enemiga mortal de los tragones, empez a darme sus primeros pellizcos; mi pncreas se dedic a dulcero y, cuando me atac la parlisis, mi constitucin apopltica se vea amenazada por ese otro

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malestar; dieta forzada, insulina de vez en cuando, hasta que oh, suerte misericordiosa!, oh, generosa casualidad!; tratando de aliviar mis dolores reumticos, de curar mis insomnios perennes, de mitigar mis penas fsicas y morales descubr el remedio a la empalagosa enfermedad, tan fcil, tan natural, tan agradable, tan vulgar, que slo a ti me atrevo a revelarlo, por el temor de que otros me hubieran calificado como el ms burdo profano y el ms charlatn enemigo de la ciencia. ? T, como mdico, sabes que la insulina se usa contra la diabetes porque, gracias al Dr. Banting, cuya imaginacin lo llev a buscar este extracto de las islas de Langerhans, se pudo sustituir la deficiencia del hgado, quemando o transformando por un medio artificial el azcar con que se sobrecarga la sangre. Pero tambin debes saber que, cuando al doctor o al diabtico se les va la mano en la dosis de insulina, tienen que administrar, ipso facto, una generosa cantidad de jaletinas, jaleas, jarabes, mieles o dulces, que el organismo est pidiendo con urgencia. Pues bien, procura recordar otra droga que tambin produce en el organismo una falta o un apetito anormal por los dulces. La verdad, no atino. Has tenido alguna prctica mdica en cuarteles, en crceles o en hospitales de toxicmanos? Alguna, padre. Entonces? Ya caigo. Los que fuman la Cannabis indica, los comedores de haschisch, los marihuanos habituales, siempre procuran comer dulce despus de usar la droga. Si mal no recuerdo, es a lo que nuestros vulgares grifos llaman refinar. Le has dado al clavo. Este deseo, esta falta, este apetito por un alimento dulce no puede ser ms que la carencia de azcar en el organismo. Es ms o menos lo que acontece con los nios que comen tierra por falta de calcio, con las vacas que lamen la pared en busca de sodio. El sistema pide dulce porque se le acab, porque se le quem su racin y quin la acab?, quin la quem? Pues la marihuana, hijito; la marihuana que viene a ser un excelente, inofensivo

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y natural sustituto de la insulina, sin ms peligros que los de las estpidas conveniencias sociales y las agresiones de la polica. Aqu me tienes; murindome de otra cosa, pero curado de la diabetes desde que, como dice el pueblo: me doy las tres.

Mariano se mora y hubo que tomar las providencias que dict su piedad religiosa. Vino el confesor dominico que, despus de encerrarse por dos largas horas con el doctor, sali sonriendo de la habitacin y no pudo contener el comentario: El doctor es un santo. Un santo raro, pero santo. Dios lo tiene ya en su seno, con mi absolucin o sin ella. Y la muerte, que slo esperaba este ltimo consuelo, se present ante la cama del enfermo. Rufis y su mam se creyeron en la obligacin de llamar a presenciar el infausto suceso a todos los que consideraron parientes o deudos del doctor, con el resultado de la ms curiosa y heterognea promiscuidad. Se reunieron: Zaida, la libanesa, esposa todava del agonizante, que nadie supo si vena por la piedad nacida de aejos y agradables recuerdos o por ver si haba herencia de por medio; Lupita, la antigua amante, madre del joven doctor que atenda a Mariano, viejecita y llorosa, enredada en su inmutable rebozo; Ramoncito, triste, muy triste de perder a su viejo amigo, a su padre y compaero de quien aprendiera tantas cosas y heredara tanta sabidura; la mam de Rufis, casi antediluviana, arrugada y apergaminada como los forros de un incunable, pero serena y lcida como ninguno; Magdalena, la querida de Rufis, bonita en sus sollozos y sus lgrimas, haciendo honor a su nombre; Rufis, lloroso tambin, pero dndose maa para tomar, de vez en vez, apuntes al lpiz de la cara y los gestos del moribundo, y el joven doctor, posesionado de su papel y viendo con lstima cmo se iba su casi desconocido progenitor.

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Los otros hijos de Mariano estaban ausentes, pero el cumplido Rufis les telegrafi hacindoles saber el estado de su padre. El velorio fue tal y como son los tradicionales velorios mexicanos: en la amplia sala de la casa de Rufis, decorada en negro por la agencia de inhumaciones, se coloc el fretro en medio de cuatro gruesos cirios que quemaban sus pabilos con pasmosa lentitud. En la cocina herva el caf de olla para los visitantes nocturnos que vendran a llorarle al hueso. Todas las habitaciones olan a formol, salvo el patio, largo y angosto, encumbrado de coronas, cruces y ramilletes, que esparcan el aroma de las flores teidas, de las gardenias y de los lirios. Toda la noche y parte del da siguiente entraron y salieron amigos, parientes y desconocidos, en su mayora vestidos de negro, que venan a dar el psame, a tomar el caf y a dormitar un rato en los sillones y sofs de la sala. Temprano, a la hora de servir las ltimas tazas de caf con peluca, no falt quien reclamara el correspondiente piquete de coac o de habanero. Poco despus de medioda lleg la carroza y aument el ruido de los automviles y los mnibus que se enfilaban para hacer el cortejo. El fretro sali en hombros de cuatro mozos de librea, sucios y apestosos al aldehdo que dejan las crudas. Por fin, el sepelio parti con rumbo al Panten de Dolores, donde, en una fosa de primera clase, descans para siempre el cuerpo averiado, maltrecho, sufrido y aguantador del doctor don Mariano.

Rufis y su gente reanudaron su vivir con una profunda tristeza. Ramoncito fue enviado de interno a un buen colegio, por su propia solicitud; Magdalena, vestida de negro, aumentaba su belleza y su lozana, conservndose rezandera y buena, ayudando a la suegra, viejecita inconmovible, en todas las labores de la casa; de Mariano junior, el joven mdico, no volvieron a or; tampoco supieron mucho de los otros tres muchachos que andaban por esos mundos, cada cual con su afn y sus problemas.

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Rufis dio el viejazo, como luego dicen. El promedio de vida aceptado por las compaas aseguradoras, dos tercios de siglo, ya era mucho para l. Sobre todo, la diferencia de edad, de condiciones fsicas, de presentacin esttica y de sexualidad, para con Magdalena, le formaron un complejo de inferioridad que dio al traste con el amor, las ilusiones y la entereza de carcter. Se retraa ms de lo necesario, pasndose horas y ms horas en el pequeo taller que haba formado en el garaje de la casa, embebido en tallas, dibujos, cortes, artesonados, coloridos y pegajones, sin ton ni son; docenas de figuras empezadas, centenares de trozos de cedro, encino, naranjo, guayacn y caoba, trabajados con volutas, florones, caras, miembros y torsos, eran testigos mudos de su estado de nimo. Su vieja constancia en la gubia y el buril se notaba nicamente en los toques que daba a un grupo grande, un descendimiento, en el que ya se perciba con claridad la maestra con que haba reproducido las caras de Magdalena, de su mam, de Mariano y de l mismo, en los personajes de la pecadora, de la Virgen, de Jess muerto y de Jos de Arimatea, respectivamente. El da que le dio las ltimas pinceladas al maravilloso grupo escultrico (ms o menos por la primavera del ao de gracia de 1942) sinti Rufis una extraa sensacin en el alma y en el cuerpo; sinti algo as como lo que debe sentir un preso al concluir su condena, un penitente al salir del purgatorio o un endrogado al pagar el ltimo recibo. Le pareci que ya estaba a mano con la vida y que ya no haba qu esperar ni qu pedir nada de ella. Satisfecho, sin llegar a estar ahto, conforme, sin aburrimiento, lleno sin derramarse, as senta su espritu sesentn que, por lo dems, moraba en un cuerpo ms o menos sano hasta esa fecha. Dej las herramientas, cerr bien su taller y se meti al pequeo cuarto que le serva de despacho y biblioteca. Con su letra menuda y flaca de ratn de sacrista escribi varias cartas, largas, detalladas, llenas de enmendaduras y de interpolaciones:

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Magdalena adorada: Ya se desequilibr la carrera de nuestros aos, que por un tiempo largo y agradable tuve la ilusin de que fueran ms o menos paralelos. Yo me hice viejo, feo e intil y t te conservas joven, guapa y llena de vida. Obvio sera dejarte dicho lo que te he querido, como es obvio el hablar de tu cario para m. Fuimos una pareja ideal, dos enamorados de novela a quienes slo estorb la gran diferencia de aos que, cada vez ms creciente, no quiero que llegue a empaar lo que para los dos ha sido y ser un recuerdo de infinita dulzura. Me voy de la vida con el corazn todava lleno de gusto, aunque la virilidad no me responda como yo quisiera. Me voy sin agravios y sin rencores. Me voy, porque siempre he sido de los que salen de la corrida antes de que muera el ltimo toro. Me voy, tal vez por idiota, pero eso s, por mi libre y espontnea voluntad. Necio sera darte consejo, dejarte recomendaciones pstumas o tabes de cualquiera naturaleza. Dispnsame que solamente en un caso viole mi deseo de darte la ms amplia, la ms grande libertad. No te dejo ms que una carga que de seguro aceptaras, aunque yo no te lo indicara: mi mamacita, que bien sabes lo poco que habr de durar. T y ella y despus t sola, podrn vivir desahogadamente con lo que me dio mi arte, mi astucia y la Revolucin. Por lo dems, te ruego que despus de mi muerte hagas exactamente lo que te venga en gana. Si me quieres llorar, llrame; si me quieres sustituir, sustityeme. Mi notario tiene, en sobre cerrado, la disposicin que provee para ti y para mi mam, hasta la muerte de sta, que te har mi sola heredera, el usufructo de lo que dejo. Fuiste para m mucho ms que todas mis imgenes y que todos mis sueos. Justo es que no te obligue a cargar con la molestia de cuidar a un viejo regan, temeroso de que algn da te enfade y le pongas los cuernos,

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o enfermo y tirano que cree haber pagado bien a la querida para convertirla en enfermera. Adis, Magdalena. Consulate pronto con lo mejor que puedas encontrar en la vida. Rufis Y otra carta para Ramoncito: Mi ahijado querido: Pronto vas a ser un hombre y creo que no te caern mal, si los recuerdas, los consejos que te deja como nica herencia este viejo padrino: arte: Si tienes disposiciones, procura ser, ante todo, artista, sin importar en qu gnero o en qu rama. Msico, pintor, poeta, cmico, cualquier cosa que tenga como mira principal la esttica, el arte, la participacin personal en la exposicin de lo bello; porque, te lo aseguro, no puede haber mayor satisfaccin para el espritu, que, a la larga, es el que verdaderamente goza, que el sentirse artista y el hacer sentir el arte propio. Adems, recuerda que nuestros tiempos de ahora son bien diferentes de los de la clsica bohemia de Musset y de Gmez Carrillo. El artista de hogao, cuando verdaderamente lo es, come, bebe, se divierte y logra su independencia econmica con bastante desahogo. Y acurdate siempre, dgante lo que te digan, que los nicos enriquecimientos honestos son: o los que hace la Lotera Nacional, o los de los artistas que han capitalizado su talento y sus dotes espirituales. Todos los dems enriquecimientos, sin excepcin alguna, son de origen espurio, producto del latrocinio, de la prevaricacin, del engao o de la explotacin del hombre.

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Dinero: Debo completarte la exposicin que antecede con estas recomendaciones, nacida de la experiencia y confirmadas a travs de los siglos: Nunca demuestres respeto, sino al contrario, el ms profundo desprecio y la ms sealada repugnancia, por los ricos, por los millonarios, por los llamados magnates del comercio, de la banca, de la industria, de las finanzas. Todos son, han sido y seguirn siendo unos redomados pillos. No hay capital de consideracin que no tenga un sucio origen. Quienesquiera que hayan sido diputados, gobernadores, generales, ministros de Estado, jefes de aduanas o de empresas oficiales y que ahora ven pasar sus activos de los seis guarismos, ten la seguridad de que han robado, prevaricado o abusado de sus posiciones para enriquecerse. Desprcialos y trtalos con la cortesa habitual, pero nunca de abajo para arriba. En igual plano, considera a los comerciantes prsperos que ahora manejan millones; sos los han hecho engaando al consumidor, robando al fisco, dando gato por liebre. Recuerda nada ms que el robo al fisco es tan natural, que ni el ms catlico de los causantes revela a su confesor, considerndolo pecado, al llevar una contabilidad doble, el cohechar al inspector del timbre o el pasar su mercanca de contrabando. Los banqueros, ases en la trampa, el agio y la voracidad, no son ms que los sustitutos de los antiguos ladrones de encrucijada que desvalijaban a los viajeros para despus establecerse como dignsimos mercaderes. Y los industriales qu son sino los viles explotadores del sudor humano que, con el pretexto de crear nuevas fuentes de trabajo no hacen sino atar esclavos a las ruedas de molino, presos a los remos de las galeras y bueyes a las carretas del progreso?

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a Mor: Tmalo donde lo encuentres, sin importarte si sale del convento o del burdel. El alma, si existe, tiene que ser impoluta e inmarcesible, y el himen no es ms que una puerca membrana que generalmente quiere vender muy cara la familia de la mujer. Poltica: Si se te presenta una fcil oportunidad, no dejes de dar una entrada por los vericuetos de la poltica. El Congreso de la Unin es una de las mejores escuelas de psicologa. All vers cmo el pasado de los hombres, muy al contrario que el de las mujeres, no tiene importancia alguna. Entre tus estimables colegas, sus seoritas, encontrars ascetas y ladrones, sabios y estultos, tenorios y maricones y toda clase de bichos que, generalmente, despus de pasar por el puesto a que el pueblo NO los eligi, vuelven al annimo de sus mediocridad, perdiendo muchas de sus cualidades previas y ganando todos los vicios y defectos inherentes a la forzada adaptacin. Estudiarlos y desdearlos te ser muy til. inhibiciones: Todo en esta vida est reglamentado y dirigido por tabes e inhibiciones. Estas ltimas van en proporcin directa al talento y a la cultura del individuo. Generalmente, los que estudian, los que piensan, los que razonan, se vuelven tmidos y hasta incapaces para todo lo que llaman la prctica, es decir, para las cosas consuetudinarias. Las inhibiciones impiden ser un buen vendedor, un hbil comerciante, un astuto banquero, un poltico visionario; pues es natural que, quien considera a fondo que va a engaar en una venta, a sorprender en un negocio, a exagerar sobre una inversin o a sealar una ruta que l mismo ignora, se abstenga de hacerlo por sus profundos sentimientos de tica, resultando, como consecuencia, que se quedar al margen de los audaces a quienes ayuda la fortuna.

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Inhibiciones o escrpulos, como quieras llamarles, es muy satisfactorio tenerlos, sobre todo para el confort espiritual, pero hay que olvidarlos cuando se trata de enriquecerse, darse fama, triunfar en algn ramo de la vida o lograr buenas hembras. PoPulariDaD: Si la deseas, fjate bien en todos mis consejos, porque unos van ligados a los otros. No se puede conseguir popularidad sin la ayuda de la mentira, la pose, la demagogia y la adulacin. Ni el pueblo verdadero se escapa de caer en estos seuelos; todava le gusta que le reciten La suave Patria, en vez de exigir que le lean un buen men. Y qu diremos de los ex mandatarios que se consideran, quien ms, quien menos, consagrados por la fama? Los Cincinatos mexicanos regresan a la tierra que nunca haban tenido y en la que, a costa del pueblo, han amontonado prudentemente: residencias palaciegas, tesoros artsticos, maquinaria agrcola, ganados, automviles, queridas y cuentas bancarias de respetable espesor. DecaDencia: Y ahora, como justificacin solamente para ti, de mi viaje al otro mundo y con el deseo de que no sigas el ejemplo, te dir que, desde mi muy propio y egosta punto de observacin, obligado a ser testigo de esta guerra estpida que destrozar al mundo y al espritu humano como ninguna otra lo hizo, creo que hago bien en matarme despus de haber vivido un periodo de Renacimiento Mexicano (pues as concepto al de la Revolucin que yo viv y en el umbral de una inevitable decadencia, peor que la de mis aos y mi salud. Que el mundo est en decadencia y que empeora cada da, son postulados indiscutibles, como te lo probarn estas consideraciones: La gran campaa que floreci en el Renacimiento, en busca de la verdad y que tuvo sus ltimos destellos en el siglo pasado, se considera prcticamente liquidada y ha sido sustituida por los dogmas ms absurdos, por

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las filosofas ms incongruentes y por las teoras ms descabelladas, que tienen en fabuloso auge a las religiones y en creciente aumento al nmero de los estultos. El arte pictrico que debera seguir siendo expresin de belleza, degenera en el fesmo luntico de Picasso, de Rivera o de cualquier embadurnador, ayuno de las ya dichas inhibiciones. La arquitectura y la escultura, que antao hicieran un Partenn, un Pensador o una Santa Prisca, nos presentan ahora las ms horribles monstruosidades, lo mismo en el corazn de Nueva York, que en la Plaza de la Revolucin. La msica (si es que como tal debemos llamar a los bastardos retoos de Apolo y Euterpe) desdea la meloda, rechaza el ritmo, destroza la armona y se presenta ante los ridculos esnobs del actual diletantismo, disfrazada con el horrsono vestuario de los ruidos y las cacofonas. La ciencia deja morir sin esperanza a los cancerosos, a los cardiacos y a los tsicos, mientras emplea la suma de sus esfuerzos en perfeccionar las armas, los aviones, los gases letales y las mquinas guerreras. La diplomacia pierde su tiempo en gambitos infantiles, en discusiones bizantinas y en celadas tenebrosas; cambia el penacho de su gorro montado por el antifaz del salteador y moja la pluma de sus tratados en veneno que mata o en tinta simptica que se borra, mientras la humanidad muere de hambre o se destroza en guerras necias e inconcebibles. La poltica eleva a los audaces y a los ventajosos y las leyes se dictan por los que estn interesados en su productiva interpretacin. El comercio y la industria se alojan en la cueva de Caco y se disfrazan con el negro domin de los especuladores. El patriotismo se resolvi en nazifascismo y el internacionalismo se confunde con el imperialismo descarado. La guerra es negocio fabuloso y la paz, desasosiego universal. La prensa no es la expresin de la opinin pblica, sino el rgano pagado, con propsito avieso para desorientar la verdadera voluntad popular.

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El radio gran novedad merecera ser sentenciado a silencio perpetuo, y a la horca sus locutores. El cine prostitucin del libro y del teatro ha explotado hasta la saciedad los siete u ocho argumentos de que se compone toda la literatura humana, cayendo, como es natural, en el feo vicio de la constante repeticin. En dnde estn, oh vida!, Scrates y Aristteles, Kant y Montesquieu, Voltaire y Goethe, Leonardo y Velzquez, Praxteles y Rodin, Vivaldi y Mozart, Heine y Rubn Daro, Servet y Pascal, Bacon y Pasteur todos los que, en cada ruta seguida, pisaron guijarros y olvidaron rosas, para alcanzar la nica meta posible: el Bien y la Belleza? All estn y all es donde yo voy.

En todos los diarios capitalinos, a octavo de plana, apareci la acostumbrada esquela, sin que Rufiniano pudiera protestar, en su atesmo final, por el cuidado y la devocin con que su piadosa mamacita hizo que se redactara, diciendo que mora en el seno de la Santa Madre Iglesia Catlica, Apostlica, Romana. FIN Mxico, D.F., cualquier da del ao de MCMXLVII

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