Bruner Modernidad centro y periferia.pdf

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Estudios Pblicos, 83 (invierno 2001).ENSAYOMODERNIDAD: CENTRO Y PERIFERIACLAVES DE LECTURAJos Joaqun BrunnerJOS JOAQUN BRUNNER. Realiz estudios de sociologa de la educacin en la Univer-sidad Catlica de Chile y en la Universidad de Oxford. Director del Programa de Educacin,Fundacin Chile. Ex Secretario General de Gobierno (1994-1998). Ha sido profesore investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y es autorde numerosas publicaciones en los campos de la sociologa, la educacin y la cultura. Entreestas ltimas, El Caso de la Sociologa en Chile: Formacin de una Disciplina (1988); ElEspejo Trizado: Ensayos sobre Cultura y Polticas Culturales (1989); Educacin Superioren Amrica Latina: Cambios y Desafos (1990), Globalizacin Cultural y Posmodernidad(1998).A partir de una revisin de la literatura sociolgica pertinente pu-blicada durante las ltimas dos dcadas, J. J. Brunner analiza losfenmenos de desarrollo, difusin y recepcin de la modernidaddentro de la dialctica centro/periferia. Enfoca la modernidad comopoca histrica, entramado institucional, experiencia vital y un com-plejo juego de discursos. El estudio conduce a replantear el debatesobre la modernidad en la cultura de Amrica Latina y examinalas diversas y contradictorias visiones que al respecto se han formu-lado.242 ESTUDIOS PBLICOSLMi seora! No entiende usted bien estos tiempos! Lopasado pisado! Pisado lo pasado! Abquese a las no-vedades! Slo las novedades nos atraen.(J. W. Goethe, Fausto)He didnt ask, Where will you spend eternity? asreligious the-end-is-near picketers did but rather,With what, in this modern democracy, will you meetthe demands of your soul?(Saul Bellow, Ravelstein) a primera edicin de la Enciclopedia Britnica (1768-1771) noregistra entrada para el trmino modernidad. Define moderno escuetamen-te, en cambio, como en general, algo nuevo, o de nuestro tiempo, enoposicin a lo que es antiguo. La ms reciente edicin (1995), en tanto,dedica doce apretadas pginas al concepto modernizacin, con aproxima-damente 16 mil palabras. Incluye captulos sobre la revolucin de la moder-nidad, la naturaleza de la sociedad moderna, su difusin a la sociedadmundial y el advenimiento de la posmodernidad. Durante los dos siglos quemedian entre ambas ediciones, el inters y la produccin intelectual sobre lamodernidad no han cesado de incrementarse. En la actualidad, una bsque-da en Internet sobre dicho trmino en idioma ingls arroja 159 mil pginaselectrnicas y, en espaol, 47.9001.A qu se debe tan notable incremento? Bsicamente a dos fenme-nos que son parte, a su vez, del propio despliegue de la modernidad.Primero, la sociedad moderna desarrolla una aguda conciencia sobres misma. En efecto, las prcticas sociales son constantemente examinadasy reformadas a la luz de la informacin generada sobre esas mismas prcti-cas, lo cual transforma constitutivamente su carcter (Giddens, 1990,p. 38). Esa conducta se manifiesta de dos maneras principalmente. De unlado, como problematizacin de la vida cotidiana, donde los individuosdeben hacer sentido de sus existencias en un medio crecientemente desen-cantado. Del otro, a nivel intelectual, por una acelerada acumulacin y usodel conocimiento en todas las esferas de la actividad humana especializada.En esto inciden el desarrollo de la ciencia y la tecnologa, la educacinsuperior masiva y la revolucin de la informacin y las comunicaciones.Con la modernidad el mundo se vuelve intensamente auto-reflexivo y sujetoa conocimiento.1 Buscador Google, 7 de febrero 2000.JOS JOAQUN BRUNNER 243Segundo, los procesos de base que dan forma a la modernidad estoes, una revolucin continua en la produccin, una incesante conmocin detodas las condiciones sociales, una inquietud y movimiento constantes [que]distinguen a la poca burguesa de todas anteriores (Marx y Engels,1872) configuran un entorno de creciente complejidad y cambio. Sermoderno equivale a vivir e interpretar el mundo como un constante proce-so de creacin y destruccin, en medio de ciclos de estabilidad y crisis(Wittrock, 2000). Significa compartir una especial sensibilidad hacia letransitoire, le fugitif, le contingent, como Baudelaire (1961, p. 677) carac-teriz hace casi 150 aos la esencia de esta poca. Y no para vivir a lamoda ni meramente observar la agitada vida de la ciudad sino para arran-car del instante sus posibilidades de historia2 y gozarlo, al final del da,como mundo transformado por la actividad humana3. Tambin por estemotivo la modernidad es tremendamente inquietante y obliga a un angustio-so saber.A pesar de esa proliferacin, que en la literatura sociolgica va,digamos, de Simmel a Giddens, no parece existir una descripcin de lamodernidad que rena sus mltiples dimensiones en un nico conjuntocoherente. Menos an si a esa produccin de suyo vasta se agrega la de lasrestantes ciencias sociales y las interpretaciones historiogrfica y de la filo-sofa. La dificultad deriva del hecho que la modernidad necesita ser analiza-da, simultneamente, como poca, estructura institucional, experiencia vitaly discurso. Este artculo ofrece una caja de herramientas para salir al en-cuentro de esa necesidad.pocaDnde arranca y termina la modernidad? Los autores difieren pueslas perspectivas son distintas, igual como los intereses de conocimiento, lasideologas autorales y la percepcin sobre el fenmeno analizado. Segn seestime que el origen de la modernidad se encuentra en la reforma protestan-2 Segn expone el propio Baudelaire: Pero no hay que engaarse. Constantin Guysno es un flaneur; lo que hace de l, a los ojos de Baudelaire, el pintor moderno por excelenciaes que a la hora en que el mundo entero abraza el sueo, l se pone a trabajar y lo transfigura.Dicha transfiguracin no es anulacin de lo real, sino juego difcil entre la verdad de lo real yel ejercicio de la libertad (Foucault, 1999, p. 344).3 Recurdese el famoso pasaje del Fausto: Quisiera ver una muchedumbre as encontinua actividad, hallarme en un suelo libre en compaa de un pueblo tambin libre.Entonces podra decir al fugaz momento: Detnte, pues; eres tan bello! La huella de misdas terrenos no puede borrarse con el transcurso de las edades. En el presentimiento de tanalta felicidad, gozo ahora del momento supremo (Goethe, 1999, p. 390).244 ESTUDIOS PBLICOSte, o la Ilustracin, o la revolucin francesa, o la revolucin industrial o elmodernismo esttico, su comienzo se fechar, respectivamente, a comien-zos del siglo XVI, durante el siglo XVII, a fines del XVIII, a caballo entreste y el siguiente o al iniciarse el siglo XX, con la dcada cubista. Ahorabien, si se quiere criticar la modernidad, el punto de arranque deber mos-trar, por s solo, su rostro amenazante. Como hace un historiador britnicocuando anuncia: el mundo moderno comenz el 29 de mayo de 1919,recordando el da en que Eddington prob empricamente la teora de larelatividad de Einstein. De ah en adelante se habra confundido, equivoca-da, pero quiz inevitablemente, relatividad con relativismo. Tal tesis per-mite al autor sostener seguidamente que, a partir de ah, la idea de unabsoluto qued sepultada: absoluto del tiempo y el espacio, el bien y elmal, del conocimiento, sobre todo de los valores (Johnson, 1985: 4). Di-cho en serio, es probable que la modernidad traiga consigo el germen de supropia destruccin, el nihilismo, el cual, como seala Vattimo (1990) signi-fica precisamente el fin de los valores supremos4.Similar enredo reina en torno al fin de la modernidad. Por de pronto,no es una idea que concite acuerdo intelectual, segn se aprecia en eldebate entre modernidad y posmodernidad (Casullo, 1989). En seguida, suspropios sostenedores hacen coincidir dicho fin con diferentes fenmenos,tales como la emergencia de la sociedad post-industrial, la revolucin infor-mtica, el desplome del socialismo burocrtico, la globalizacin de losmercados y la prdida de crdito y consiguiente incredulidad frente alas meta-narraciones o grandes relatos que sirven como eje discursivo a lamodernidad. No hay manera, entonces, de encontrar un terreno comn? No esas. De hecho, la narrativa estndar sita el origen de la modernidad en elsiglo XVII, cuando surgen nuevos y poderosos modos racionales de pensarla naturaleza y la sociedad (Toulmin, 1990). En la querella entre antiguos ymodernos stos salen triunfantes justamente en virtud se dice de susmtodos racionales superiores encarnados en las ciencias, la ingeniera y lateora poltica.No todos concuerdan con dicha narrativa, sin embargo5. Se le criticaexagerar la influencia de los antecedentes intelectuales de la modernidad4 Slo all donde no est la instancia final y bloqueadora del valor supremo Dios,los valores se pueden desplegar en su verdadera naturaleza que consiste en su posibilidad deconvertirse y transformarse por obra de indefinidos procesos (Vattimo, 1990, p. 25).5 Segn J. C. Alexander (1995) el desarrollo terico de las ciencias sociales deposguerra en los pases centrales puede interpretarse como una conflictiva sucesin de narra-tivas terico-ideolgicos sobre la modernizacin.JOS JOAQUN BRUNNER 245(Wagner, 1994), error que sera compartido tanto por quienes adelantanesos antecedentes al siglo XVI con la reforma protestante segn haceBarzun (2000) o con el humanismo renacentista segn prefiere Toulmin(1990) como por quienes los postergan hasta el ottocento, con Kant y laIlustracin, segn propugna Habermas (1988).En efecto, la modernidad no es asunto de un petit troupeau desphilosophes o de antecedentes intelectuales solamente. No surge de la cabe-za de los pensadores del Siglo de las Luces, o de los reformadores religio-sos, o de los enciclopedistas franceses, por valiosa que haya sido la contri-bucin de cada uno de esos grupos. En el trasfondo de la modernidad haytoda una transformacin de poca y civilizacin, que trae consigo nuevasideas, instituciones, experiencias y discursos.Respecto de la influencia de la Ilustracin, en tanto, no puede esqui-varse el hecho de que ella posee dos caras; una que pone nfasis en laregulacin y construccin del orden (racional) desde arriba y otra que su-braya el principio de la auto-regulacin (Bauman, 1990, 1987). A un ladola libertad de los modernos (Brunner, 1992a); al otro, las modernas discipli-nas descritas por Foucault (1977).Es vital entender todo esto para luego comprender cmo se difundela modernidad fuera de su espacio europeo-occidental de origen. De locontrario, si se insiste en una exclusiva genealoga filosfico-ideal de lomoderno, pronto se ve uno obligado a lamentar que los pueblos hispnicosno hayan tenido una edad crtica. Dicho en otras palabras, que no hayanseguido automtica y fielmente el patrn de desarrollo de la modernidadque implcitamente se postula como universal y, por ende, el nico vlido.Segn ha dicho grficamente Octavio Paz: la gran diferencia entre Franciae Inglaterra por un lado, y Espaa e Hispanoamrica, por el otro, es quenosotros no tuvimos siglo XVIII. No tuvimos ningn Kant, Voltaire, Dide-rot, Hume (O. Paz, 1979, pp. 44, 34-35)6.Tampoco hay discrepancias en cuanto a que la modernizacin arran-ca en Amrica Latina durante el siglo XIX, junto con la constitucin de losestados nacionales y el incipiente desarrollo de la produccin capitalista.Ms discutida, en cambio, es la idea de que la asimilacin social de lamodernidad se habra iniciado recin a comienzos del siglo XX, junto6 Mucho antes la historiografa anglosajona sobre la Espaa del siglo XVI habaconstatado esta peculiaridad. De que, como dice B. Hamilton (1963), Espaa permanecicasi intocada por la Reforma protestante o el Renacimiento en su forma italiana; no tuvo unarevolucin cientfica que pueda ser citada, ni un equivalente de Hobbes o Locke; ningnsurgimiento de individualismo poltico, nada de teora de contrato social, ninguna revolucinindustrial. Para un tratamiento innovador de estas materias puede consultarse R. Morse(1982).246 ESTUDIOS PBLICOScon la emergencia de un sistema de produccin cultural diferenciado parapblicos masivos (J. J. Brunner et al., 1989), incluso con independencia desi los contenidos transmitidos se ajustan o no a los estndares de la Ilus-tracin.Estructura institucionalNadie objeta, a esta altura, la formulacin de T. Parsons (1964) en elsentido de que la organizacin burocrtica, el dinero y los mercados,un sistema legal con normas universalistas y la asociacin democrticatanto en sus formas gubernamental como privada pertenecen a laestructura del tipo moderno de sociedad. La dificultad estriba, ms bien,en saber: (i) si acaso esos componentes son suficientes para explicar socio-lgicamente la modernidad y (ii) cmo se difunden dentro de una mismasociedad y progresivamente a otras, hasta abarcar todas las regiones delmundo.Respecto a (i), la literatura especializada entrega diversas respues-tas. Pero, en definitiva, todas revuelven sobre los mismos componentes.As, por ejemplo, las dimensiones institucionales de Giddens (1990, cap. II)capitalismo, industrialismo, supervisin (surveillance) y poder militarcorresponden, el primer par, a modos de organizacin de la economa enfuncin de los mercados y, el segundo par, a expresiones burocrticas enfuncin del poder. A veces se reduce la modernidad a uno slo de esoscomponentes, como hace la Enciclopedia Britnica (1995: 280) cuandoenuncia: la sociedad moderna es la sociedad industrial. Modernizar unasociedad es, ante todo, industrializarla. En otras ocasiones los componen-tes se multiplican y combinan: la democracia con el industrialismo, laeducacin generalizada con la cultura de masas, los mercados con las gran-des organizaciones burocrticas (J. Larran, 1996: 20).Suele acusarse a ese tipo de enfoque de ser puramente descriptivo yfaltarle, en consecuencia, una teora suficiente para las cuestiones queaborda (Luhmann, 1997). No es acertada esa acusacin, sin embargo. Enefecto, tanto los analistas clsicos de la modernidad como sus epgonosposeen una teora explicativa, trtese de la racionalizacin del mundo enWeber, retomada luego por Habermas (1988) y Touraine (1994); o delcapitalismo y la burguesa en Marx, tesis reelaborada por Berman (1982); ode la divisin del trabajo y la diferenciacin de las sociedades en Dur-kheim, tema que despus asume el mismo Luhmann (1997) .Respecto a (ii), sostiene S. Huntington que la modernizacin, amnde ser un proceso revolucionario un cambio radical y total en los patro-JOS JOAQUN BRUNNER 247nes de la vida humana es un proceso complejo que abarca todas lasreas del pensamiento y el comportamiento humanos. Incluira, al menos,la industrializacin, la urbanizacin, la movilidad social, la diferenciacin,la secularizacin, la expansin de los medios de comunicacin, un incre-mento de la alfabetizacin y de la escolarizacin y una ampliacin de laparticipacin poltica (Huntington, 1968). A esa visin, compartida amplia-mente entre los analistas, le falta sin embargo un tamiz ms fino paraidentificar los dispositivos que operan concreta y vitalmente como soportesde transmisin y difusin de la modernidad. Una reciente historia del sigloXVII britnico ofrece un anlisis de esa naturaleza. Ampla el crculo dedispositivos transportadores de modernidad para incluir elementos tan dis-pares como nuevos cnones del gusto; estilos de sociabilidad y visiones dela naturaleza humana; el desarrollo de los espacios culturales urbanos,como cafs, tabernas, sociedades eruditas, salones, clubes de debate, asam-bleas, teatros, galeras y salas de concierto; el establecimiento de hospitales,prisiones, escuelas y fbricas; la difusin del peridico y la aceleracin delas comunicaciones; el comportamiento de los consumidores y el marketingde nuevos productos y servicios culturales (Porter, 2000). Segn muestra elautor, son esos dispositivos los que producen el efecto de reorganizar elentramado de la vida con inevitables consecuencias sobre las perspectivassociales y las agendas de realizacin personal. Habremos de volver sobreesto al referirnos a la modernidad como experiencia.Pues bien, cmo se despliegan concretamente los procesos de mo-dernizacin, tanto en sus aspectos macro como de tamiz fino? Imposibleresponder en tan breve espacio. De todas formas, caben cinco breves consi-deraciones.Primero, dentro del naciente orden capitalista, ya en el siglo XVexistan lo que hoy llamamos pases desarrollados por un lado y pasessubdesarrollados por el otro; han cambiado las naciones favorecidas pero,en lo que respecta a sus leyes, el mundo no ha cambiado apenas: siguedistribuyndose, estructuralmente, entre privilegiados y no privilegiados(Braudel, 1994, p. 86). Luego, la difusin de la modernidad asunto dis-tinto a los procesos de modernizacin que operan siempre desde dentroposee una direccin estructural: desde el polo privilegiado, el centro, haciala periferia. Lo anterior vale tanto para la Gran Bretaa del siglo XVII,tocante a la relacin entre Inglaterra, por un lado, y Gales, Irlanda y Esco-cia por el otro (Porter, 2000, cap. 10), como para la Amrica Latina de lossiglos XIX y XX en relacin con Europa y Estados Unidos.248 ESTUDIOS PBLICOSSegundo, si bien la modernidad transmitida desde el centro posee unncleo comn un programa cultural que gira en torno a una concep-cin del futuro caracterizado como un horizonte de diversas posibilidadesrealizables a travs de la accin humana autnoma (Eisenstadt, 2000: 3),su construccin histrica, en cambio, incluso en el centro, adopta una varie-dad de formas en lo tocante a las ideas que la informan, el ordenamiento desu estructura institucional y los agentes sociales que la impulsan (Porter,2000; Witrock, 2000; Heideking, 2000; Touraine, 1994).Tercero, dichos procesos de difusin igual que la experiencia dela modernidad necesitan entenderse, por tanto, no slo desde el centro ysu punto de vista imperial sino tambin desde las periferias receptoras, consu propia matriz institucional capitalismo, urbanizacin, burocracia,etc. y sus micro-dispositivos de recepcin y re-transmisin de la moder-nidad.Cuarto, en las sociedades perifricas, a su turno, los procesos demodernizacin operan no slo bajo la presin de fuerzas ciegas (el merca-do, la burocracia, la secularizacin, la mediatizacin de la sociedad, etc.)sino que hay, adems, agentes sociales y polticos que impulsan dichosprocesos. Sobre stos interesa sealar que por opuestos que puedan sersus proyectos modernizadores siempre forman parte de la poblacinincluida y, por eso, una de las cuestiones centrales de la modernizacinviene a ser la relacin que se establece entre esos agentes con los gruposexcluidos (indgenas, por ejemplo), los factores tradicionales y en generallos elementos que entran en tensin con el secularismo, de manera deasegurar as una base inclusiva para la modernidad (Eickelman, 2000; Gle,2000; Robles, 2000; Franco, 1992, pp. 79-109; Noemi, 1997).Quinto, los procesos de difusin / adopcin / adaptacin de la mo-dernidad en la periferia configuran, inevitablemente, constelaciones cultu-ralmente hbridas, mezcla de elementos culturales heterogneos, disconti-nuidades y reciclamientos, fenmenos todos que adquieren su singularidadexclusivamente dentro del contexto socio-histrico en que tienen lugar7.Debe repararse, con todo, a riesgo de caer en un macondismo, figura de laque hablamos ms adelante, que la modernidad se construye, tambin en elcentro, a travs de dichas mezclas y contradictorias superposiciones detecnologas, modos de produccin, temporalidades, pautas de vida y valora-7 Segn seala Carlos Fuentes en una entrevista (1992, p. 35): Acabo de escribiruna novela sobre eso, y se llama La Campaa. Empieza en Buenos Aires, la noche del 25 demayo de 1810, y termina en Veracruz, Mxico, diez aos despus; y son las aventuras,precisamente, de la Ilustracin en tierras aztecas y de incas y de negros y de esclavos y todasestas cosas.JOS JOAQUN BRUNNER 249ciones. As por lo dems lo observa Sarmiento en su viaje europeo el ao1845, que lo lleva a descubrir, junto a la industrializacin toda una vastaEuropa de estilo de vida inesperadamente arcaico (Halperin Donghi, 1987,pp. 196-211).ExperienciaMax Weber sostena que a sus contemporneos deba resultarles casiimposible imaginar el desgarro que signific el paso desde una sociedaddonde el ms all significaba todo a una donde la razn triunfa y se erigeen motor de la ilustracin moderna. Tras haber vivido inmersas por siglosen sus comunidades, donde la economa se hallaba subordinada a finespolticos o culturales, las personas deban ahora satisfacer sus necesidadesen el mercado y vender all su trabajo, aceptar la disolucin de los lazostradicionales y la profanacin de todo lo que hasta ayer haban credovenerable y seguro. En un primer momento, no entendan qu era lo quelas afectaba y andaban a tientas [], en busca de un vocabulario con elcual compartir sus desgracias y sus esperanzas (Berman, 1989: 68). En unsegundo momento, en cambio, ya en el siglo XIX, el entorno haba cambia-do completamente. El centro o sea, aquel ncleo de ciudades donde esms intensa la experiencia de la vida moderna; el Pars de Benjamin o elBerln de Simmel (Frisby, 1992) da origen a nuevas vivencias y a unanueva conciencia de ellas.Nacidas de una sociedad donde todo lo slido se desvanece en elaire, ellas son producto de la vorgine causada por el capitalismo. Es unasociedad que arroja a las personas a un remolino de desintegracin yrenovacin perpetuas, de conflicto y contradiccin, de ambigedad y angus-tia (Berman, 1989). El mundo exterior es percibido por tanto como unincesante flujo de actividades y situaciones siempre nuevas. Al mismo tiem-po, esos momentos fugaces y fragmentarios pasan a constituirse en el eje denuestra vida interior. Al individuo moderno ningn deleite le satisface,ninguna dicha le llena, y as va sin cesar en pos de formas cambiantes(Goethe, 1999, pp. 390-391). Precisamente, para Simmel la esencia de lamodernidad reside en el psicologismo, la vivencia e interpretacin delmundo en funcin de las reacciones de nuestra vida interior y, de hecho,como un mundo interior8.8 Georg Simmel, Die Kunst Rodins und das Bewegungsmotiv in der Plastik.Citado en D. Frisby (1992, p. 94)250 ESTUDIOS PBLICOSCmo confluyen ambos aspectos, el mundo exterior en continuatransformacin y su interiorizacin como mundo de vida en constante pro-ceso de renovacin? M. Berman responde con la descripcin ms potente yhermosa con que1 contamos hasta ahora: Ser modernos es encontrarnos enun entorno que nos promete aventuras, poder, alegra, crecimiento, transfor-macin de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza condestruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos9.Ah est! Un mundo exterior pleno de posibilidades y riesgos que, enel mismo acto, experimentamos al interior con ambigedad y angustia,como auto-realizacin y destruccin de uno mismo. Giddens (1991) haelaborado sociolgicamente tales tpicos bajo el concepto de las tensionesy tribulaciones que envuelven la construccin y trayectoria de la identidadpersonal en la alta modernidad.Podemos aceptar entonces, sin ms, que tales son las vivenciastpicas de la modernidad? O se trata, ms bien, de la experiencia propiadel ncleo ms dinmico del mundo, donde se concentra toda una moder-nidad econmica avanzada y se renen el esplendor, la riqueza y laalegra (Braudel, 1994, pp. 96-97); esto es, Londres, Pars, Viena, Amster-dam o Nueva York? Incluso dentro de aquel ncleo urbano, a quien co-rresponde esa clase de vivencias? A cualquier ciudadano o slo a undeterminado grupo social esa burguesa a la que Marx atribuye un papelaltamente revolucionario en la historia? Y, todava ms acotadamente,acaso no cabe imaginar que dicha experiencia corresponde, en realidad,slo a los representantes intelectuales y artsticos de la visin clsica delmodernismo el Fausto de Goethe, el Manifiesto de Marx y los poemas enprosa sobre Pars de Baudelaire y al modernismo de comienzos del sigloXX; el simbolismo, el expresionismo; el futurismo, el constructivismo, elsurrealismo? (Anderson, 1989).Tampoco es evidente que exista una suerte de nexo necesario entreun grupo social la burguesa revolucionaria que no puede existir sino acondicin de revolucionar incesantemente los instrumentos de produc-cin por un lado y, por el otro, una determinada experiencia humanavivida como un torbellino de emancipacin y desintegracin. La accinsobre la economa no se traduce inmediata ni unvocamente en la psicologade los individuos o los grupos. Para confirmarlo basta pensar que no existeuna nica manera en que las diferentes burguesas modernizantes interiori-zan los efectos de su accin sobre el mundo. Las elites del sudeste asitico,por ejemplo, o la burguesa chilena que impulsa la modernizacin de la9 M. Berman (1993, p. 3)JOS JOAQUN BRUNNER 251economa durante los aos 70 y 80 del siglo pasado en alianza con losmilitares, ciertamente no han vivido la misma experiencia de autoensan-chamiento y autodescomposicin que segn Berman singulariza la vi-vencia de la burguesa europea-occidental del siglo XIX. Lo interesante,ms bien, es que cada una de esas burguesas adquiere en el transcurso dedicho proceso, cada una a su propia manera y a travs de las respectivasmediaciones religiosas, ideolgicas, familiares, de tradicin, de posicin enla sociedad y el Estado, una especfica sensibilidad moderna (Berger etal., 1988; Brunner, 1981).En suma, no hay algo as como una nica vivencia prototpica de lamodernidad, situada por fuera y por encima de los lmites de la geografa,el tiempo, la clase social y las culturas locales. Sin duda, hay una matrizcomn magistralmente captada por Berman pero, en seguida, existeuna gran variedad de modalidades espirituales, vitales, materiales, tempora-les, sociales y espaciales a travs de las cuales los elementos de esa matrizse combinan y especifican, segn se trate de la ciudad de Nueva York deAllen Ginsberg (Berman, 1995: cap. 5), de Santiago de Chile durante lapoca de Balmaceda (Subercaseaux, 1988), de Lima en el 900 (Ortega,1986), de Buenos Aires entre 1920 y 1930 (Sarlo, 1988), de las vanguar-dias estticas latinoamericanas a comienzos del siglo XX (Moraes Belluzo,1990), de las mujeres islmicas en la esfera pblica (Gle, 2000), de laselites nacionalistas de la India (Kaviraj, 2000), de los guetos contempor-neos en Kingston o Brixton y en el banliue parisino (Brunner, 1998), deTijuana aquel lugar donde las fronteras se mueven entre Mxico yEstados Unidos (Garca Canclini, 1989) o de grupos modernizantes bajoinfluencia de la tradicin confuciana (Weiming, 2000).DiscursoNo hay mejor manera de entender la modernidad como poca, es-tructura institucional y experiencia vital que atender a los discursos con queella habla de s a travs de las mltiples voces de la calle y del alma, depensadores y artistas, de la plaza y el mercado, de ciudadanos y personasprivadas. Por eso los textos ms sugestivos sobre la modernidad son preci-samente aquellos que con inteligencia renen y dejan hablar a un mayornmero de voces. A partir de esas expresiones se construyen luego lasexplicaciones de segundo orden sobre la modernidad; los relatos de suproyecto y trayectoria. Y tambin la crtica de aquellos, en un entramadodiscursivo cada vez ms denso y polifnico.252 ESTUDIOS PBLICOSSe recordar que existe una narrativa estndar sobre el origen ydespliegue de la modernidad, cuyo foco explicativo se encuentra siguien-do a Max Weber en el proceso cada vez ms intenso de racionalizacindel mundo. La amplia aceptacin de tal tesis importa el predominio, asi-mismo, de una visin racionalista sobre el significado de la modernidad(Toulmin, 1990, p. 81). A su turno, y como reaccin a lo anterior, variasvertientes crticas de la modernidad giran tambin en torno a la problemti-ca de la racionalizacin separacin entre racionalizacin y subjetivacin(Touraine, 1997), contraposicin entre racionalidad formal y sustantiva(Habermas, 1988) en tanto que el posmodernismo emprende directamen-te la desconstruccin de la racionalidad moderna (Lyotard, 1984).Por lo dems, dicho marcado nfasis en la razn instrumental ycalculadora, y en el proyecto de racionalizacin de la sociedad, explicarael carcter a-cultural tanto de las teoras positivas como negativas sobrela modernidad. Quiere decir que unas y otras describen las transformacio-nes que trae consigo la modernizacin (y sus efectos creativos o destructi-vos) en trminos de operaciones culturalmente neutras, independientespor tanto de los contextos culturales donde esas transformaciones ocurren.Se parte as de la creencia que la modernidad constituye un paqueteuniversalmente aplicable y que, en todos los casos, sus consecuencias sonuniformes, para bien o para mal (Taylor, 1992).Por nuestra parte, tambin en Amrica Latina contamos con unaversin estndar sobre la recepcin de la modernidad. Uno de sus rasgosms distintivo es que, en vez de tener un carcter a-cultural, ella es, alcontrario, densamente cultural, buscando entender las dinmicas y efectosde la modernizacin dentro de contextos situados de significacin. Se tratade una narrativa elaborada a lo largo de las dos ltimas dcadas del sigloXX con la participacin de la sociologa y la antropologa (Garca Canclini,1994), conjuntamente con historiadores(as), analistas culturales, ensayistasy escritores de ambos sexos. Busca responder a la pregunta ms generalsobre cmo se transmiten y difunden, desde un centro avanzado, las institu-ciones y la experiencia vital de la modernidad y cmo se reciben, adaptan yexperimentan en las regiones intermedias y marginales (Braudel, 1994,pp. 97-101). Esta cuestin se ha vuelto crucial desde el momento que laglobalizacin est sirviendo de acelerador y multiplicador de la moderniza-cin alrededor del mundo (Roberts y Hite, 2000).En qu consiste, entonces, dicha versin latinoamericana estndar?Bsicamente, en una interpretacin de la modernidad vista desde los dispo-sitivos la ciudad, el mercado, la escuela, la esfera privada, el consumo,JOS JOAQUN BRUNNER 253los mass media; en general, por tanto, desde las mediaciones (Barbero,1999, 1987) como una experiencia de heterogeneidad cultural (Brunner,1994, 1992) que se constituye por va de mltiples hibridaciones de signifi-cados (Garca Canclini, 1993, 1989).Segn Herlinghaus y Walter (1994), esta versin ofrece dos aportesoriginales.Primero, una asimilacin creativa de las ideas posmodernas paraanalizar la modernidad, explotando su naturaleza y vivencia fragmentarias,de collage, superposiciones, mezcla de temporalidades, disyunciones, sucarcter ambiguo, combinado, sus enmascaramientos e ironas, sus flujos yentrecruzamientos, sus entradas y salidas, sus maneras desiguales de estarpresente / ausente, sus espacios y expresiones, sus desigualdades y convul-siones; todo eso sin dejar de confrontar los procesos de economa poltica yde poder global que organizan la matriz de la modernidad en la regin10.De hecho, se ha argumentado que lo posmoderno sera una expresin avantla lettre que adopta la modernidad en Amrica Latina (Brunner, 1992, pp.102-107); por tanto, no el final de sta sino, ms bien, su comienzo comomanifestacin cultural de la globalizacin11. En vena similar suele decirseque Amrica Latina se encuentra con la modernidad no a partir de lostextos escritos sino de las imgenes de la televisin; no de la mano de Kantsino de Madonna. J. M. Barbero (1999) proporciona a este respecto un finoanlisis sobre la relacin entre modernidad y medios de comunicacin ma-siva, entre oralidad y nuestra modernidad diferente.Segundo, el desarrollo de una concepcin de modernidad que, bajoel signo de una modernidad perifrica, opera sobre la base de muy marca-dos imaginarios de lo propio; imaginarios posibles de invocar mediantealgunas de las dicotomas del discurso identitario latinoamericano de losltimos dos siglos: civilizacin / barbarie, modernizacin / modernismo,dependencia / autodeterminacin, nacional / global, democracia / autorita-rismo12. Ntese que el discurso sobre lo propio y la identidad se presentaahora: (i) imbricando distintas modalidades de la cultura (alta, media, baja;de elite / popular; popular y de masas; local / cosmopolita; tradicional /10 Conviene recordar aqu la prevencin de Harvey (1997, p. 117): que uno de lospeligros de las descripciones posmodernas es que evitan confrontar las realidades de laeconoma poltica y las circunstancias del poder global y terminan as celebrando las reifica-ciones y fragmentaciones, los ocultamientos, los fetichismos locales y grupales, y negandotoda forma de teora que pudiera capturar los procesos econmico-polticos.11 Para un anlisis de la tesis del posmodernismo latinoamericano avant la lettre,vase Ydice (1992).12 Un excelente texto donde se despliega esta conversacin sobre los tpicos ydicotomas de la ilustracin, la modernidad y la identidad latinoamericana es Marras (1992).254 ESTUDIOS PBLICOSmoderna; oral / escrita / electrnica / multimedia); (ii) a partir del anlisisde procesos de globalizacin, nacin y mercado, y (iii) en relacin a sujetosque estn, ellos a su vez, continuamente en tren de crear y renovar susidentidades. Segn expresa grficamente Carlos Monsivis (1994, p. 158):En todas partes la cultura de masas intenta volverse real a s misma hacien-do que la gente experimente sus vidas de acuerdo a los modelos industria-les. Y dijeron los medios masivos: sta, y no otra, es la vida del pueblo y alpueblo le gust su imagen y su habla y procur adaptarse a ella. [] Lonacional (lo Nuestro) y lo social (deberes y derechos voluntariamente asu-midos) corren hoy, pblicamente, a cargo de la alianza incierta de lascostumbres, la interiorizacin de la voluntad estatal, los islotes democrti-cos y comunitarios y las canciones, la radio, el cine, el teatro comercial yla televisin. No cabe mejor definicin!La particular recepcin latinoamericana de la modernidad13 dife-rente, por ejemplo, a la que Berman (1995, cap. 4) describe para la Rusiadel siglo XIX, Eisenstadt (2000) para sociedades no-occidentales y Gle(2000) para algunas naciones islmicas da lugar a ciertas experienciastpicas de relacin con la modernidad central.En un extremo, sta se impone por ausencia obligando a la periferiaa asumirla como un simulacro; la historia se vuelve un baile de mscaras(Paz, 1992). La idea subyacente aqu es que Amrica Latina no puede teneruna verdadera modernidad (o sea, la modernidad central), pues le faltan losantecedentes intelectuales y las instituciones que le dieron origen en Euro-pa. Dicho dficit histrico conducira a una experiencia de la modernidadcomo disfraz que encubre y disimula. Escuchemos a Octavio Paz (1979,p. 64): Realidades enmascaradas: comienzo de la inautenticidad y la men-tira, males endmicos de los pases latinoamericanos. A principios del sigloXX estbamos ya instalados en plena pseudomodernidad: ferrocarriles ylatifundismo; constitucin democrtica y un caudillo dentro de la mejortradicin hispanorabe, filsofos positivistas y caciques precolombinos,poesa simbolista y analfabetismo. La misma idea se reitera en variosautores. Entre ellos Gruzinski (1993, pp. 83-84) agrega un giro interesante.Seala que la ausencia de revolucin industrial, de alfabetizacin y dedemocratizacin a la europea habra llevado a pasar sin transicin de unprolongado mundo barroco que no terminara nunca de extenderse a lolargo de los siglos XIX y XX, al mundo neo-barroco de la posmodernidad.Esta idea empalma bien con aquella otra segn la cual Amrica Latina tuvo13 Su modo descentrado, desviado de inclusin y de apropiacin de la modernidad,como bien dice Barbero (1999, p. 86).JOS JOAQUN BRUNNER 255(y luego destruy) una modernidad barroca, alternativa a la modernidadilustrada (C. Cousio, 1990).Segn esta visin, la modernidad nos viene impuesta desde fuera y,en el proceso de adaptarnos a ella, se generan simulacros y distorsiones. Laperiferia imita al centro. Le pide prestado un traje histrico que le vienemal y la desfigura. Es una perspectiva emparentada con las teoras de ladependencia y el imperialismo cultural, as como con las corrientes acad-micas que, en su momento, analizaron la comunicacin como un procesouni-direccional y sus efectos sobre las naciones y las personas como unaverdadera jaula simblica.En el extremo opuesto, la periferia dialoga con los temas de lamodernidad central y global como propios. Es decir, se los apropia ya seacon imaginacin, con irreverencia, con adaptacin o con adopcin recepti-va; sin imitarlos o simularlos meramente sino en comunicacin directa conellos. Evidentemente, no se trata de una comunicacin libre de trabas nidistorsiones, desde el momento en que opera a travs de las estructuras ydispositivos de la desigual distribucin mundial del capital, el conocimientoy las tecnologas (Brunner, 1998). Es una modernidad de inscripcionesmltiples y ya no slo una de doble inscripcin, de la que habla BeatrizSarlo (1988, pp. 44, 48) a propsito de Borges: europeo acriollado, hom-bre con origen; ciudadano del mundo y al mismo tiempo de una patria quelimita estrictamente con Buenos Aires. [] Vinculado con esto, un princi-pio que Borges proclama: la originalidad no es un valor. Esta ltima frasepodra estar inscrita en el umbral de la modernidad latinoamericana. Sugie-re que ella puede leerse solamente como expresin de una inter-textuali-dad; es un producto de transferencias, citas, apropiaciones, adquisiciones,pillajes incluso; un gran y desordenado proceso de acumulacin cultural apartir de medios precarios y ricas, complejas, mediaciones. Y, a partir deall, una apertura a lo universal. Pero, cul es la universalidad postulada?Precisamente la que cultivar Borges desde entonces: colocarse, con astu-cia, en los mrgenes, en los repliegues, en las zonas oscuras, de las historiascentrales. La nica universalidad posible para un rioplatense. Al mismotiempo, Borges elabora los mecanismos de su ficcin que le permiten parti-cipar en la universalidad: citas, traducciones, versiones desviadas, fal-sificaciones (Sarlo, 1988, p. 49), similares por tanto a los dispositivosculturales que Amrica Latina emplea para participar en las corrientes de lamodernidad contempornea.En suma, ya no se trata de indagar qu hacen con nosotros, sino depreguntar al mismo tiempo qu hacemos nosotros con aquello que hacen denosotros (Barbero, 1999, p. 68). Aqu la modernidad global se impone por256 ESTUDIOS PBLICOSadopciones y transferencias y genera respuestas adaptativas y de integra-cin; en esencia, procesos endgenos y exgenos imbricados. A partir deall hay una experiencia compartida de las diferencias pero dentro de unamatriz comn proporcionada por la escolarizacin, la comunicacin televi-siva, el consumo continuo de informacin y la necesidad de vivir conectadocomunicativamente en la ciudad de los signos (Brunner, 1994, p. 77).Amn de los procesos ms generales de transformacin del entorno global:un mercado mundial capitalista en expansin y altamente cclico; un indus-trialismo que adopta nuevas formas bajo la presin incesante de las tec-nologas; medios de comunicacin y control cada vez ms interactivos ypersonalizados; movimientos masivos de gente dentro y entre naciones;internacionalizacin del derecho; drsticas redistribuciones de la divisindel trabajo y las ocupaciones con efectos masivos sobre el empleo; revolu-cionario incremento del conocimiento y los sistemas expertos en las msdiversas esferas de la vida y multiplicacin de los riesgos manufacturados(Beck, Giddens y Lash, 1994). En fin, esta visin se encuentra emparentadacon las teoras de la globalizacin y de las modernidades mltiples14 y conlas corrientes hermenuticas de la comunicacin y el anlisis cultural. Sussostenedores son criticados por el sector que sospecha de los simulacros dela modernidad latinoamericana pero, en cambio, suelen posicionarse exito-samente en el mercado de los analistas simblicos (R. Reich, 1992), enparticular, de las consultoras internacionales y del applied knowledgemanagement.Entre ambas visiones se despliega un amplio abanico de posicionesdiscursivas sobre la modernidad latinoamericana. Aqu destacaremos elmacondismo y el marianismo cerca del polo del simulacro y, al otrolado, prximas al polo de integracin a la modernidad global, dos visionesopuestas sobre sta y su futuroMacondismo y marianismo son fuentes importantes de la escuela delsimulacro. Macondismo: sera una manera de manifestar lo misterioso, omgico-real, de Amrica Latina; su esencia innombrable por las categorasde la razn y por la cartografa poltica, comercial y cientfica de los mo-dernos (J. J. Brunner, 1994, pp. 63-68). Una estrategia intelectual, porende, destinada a subrayar nuestra diferencia esencial no nuestra moder-nidad diferente; quiere decir: no podrn entendernos (a los latinoamerica-nos) fcilmente, admonicin dirigida ante todo al mercado acadmico del14 Vanse los artculos de la revista Daedalus (2000) dedicados a multiple moderni-ties, en particular Eisenstadt (2000) y la bibliografa ah citada.JOS JOAQUN BRUNNER 257norte donde la divisa de la diffrence se cotiza al alza15. Quiere decir,tambin: modernidad: no te aceptaremos fcilmente! Es decir, un espe-cfico sentimiento de rechazo, malestar y desajuste frente a la modernidad ysus riesgos. En el fondo, se trata de un escamoteo de la historia que, comobien seala Halperin Donghi (1987, pp. 277-294), ocurre simultneamenteen la literatura mgico-realista y en las ciencias sociales latinoamericanasde los aos sesenta. Mientras aquella mistifica la imagen de Amrica Latinay la sumerge en un tiempo cclico y una naturaleza prodigiosa, las cienciassociales a su turno la mistifican al declarar agotada su realidad ypostular que ella slo puede redimirse a travs de una revolucin a la veznecesaria e imposible.A pesar de lo difundido de este sentimiento en crculos intelectuales,artsticos, acadmicos y polticos de la regin, nadie, sin embargo, confiesade buen grado navegar en las corrientes del macondismo. Ms que de unaescuela de pensamiento se trata en consecuencia de una perspectiva, unestilo, un momento que aparece en los anlisis culturales latinoamerica-nos, con mayor o menor nfasis segn los autores16.El marianismo17, por su lado, postula que la cultura latinoamericanatiene un substrato catlico-barroco constituido durante los siglos XVI yXVII, el cual conformara un peculiar ethos cuyas caractersticas esencialesson dos. Primero, es resistente frente a los intentos modernizadores de las15 Pues existe, como dice Nelly Richard (1994, pp. 220-222) a propsito de ladifusin del lxico posmoderno de la crisis de la centralidad, una positiva re-significacinde lo marginal y, en esa misma medida, una revalorizacin cultural de la periferia. Estefenmeno viene de ms atrs sin embargo. Ya para el perodo de los sesenta del siglo pasado,se ha observado de la existencia en los Estados Unidos de un pblico dispuesto a asistir coninfatigable cortesa a las manifestaciones de una actitud intelectual donde se combinabanun lenguaje implacablemente revolucionario y una prctica profesional de corte mucho msconvencional. Y se recuerda an hoy las giras triunfales de algunas de esas personalidadesvigorosamente escindidas por los Faculty Clubes y centros latinoamericanos de ese pas, queintrodujeron en la soolienta oratoria posprandial all practicada la vibrante novedad de losllamados a la violencia redentora (Halperin Donghi, 1987, pp. 289-290). Algo similar sub-siste hasta hoy, bajo otros ropajes. Ahora son la crtica no-violenta del proyecto global demodernidad, el contraste de ste con la imagen real-maravillosa de una Amrica Latina queno abandona su alma macondiana y la exaltacin de las diferencias y los mrgenes, los quereciben la atencin de aquella parte de la Academia norteamericana dispuesta a renovar esegesto de infatigable cortesa.16 Un buen ejemplo es Marras (1992a). Hay pasajes de macondismo, asimismo, enlas entrevistas dadas por O. Paz y C. Fuentes y ausencia de ese espritu en la entrevista deVargas Llosa todas en Marras (1992). Otra fuente de manifestaciones de este tipo seencuentra en Clacso (1988).17 As denominado por referencia al sincretismo religioso de la sociedad novohispa-na y el papel central que all juega el culto mariano. Como bien seala Octavio Paz (1979,p. 48) La creacin ms compleja y singular de la Nueva Espaa no fue individual sinocolectiva y no pertenece al orden artstico sino al religioso: el culto a la Virgen de Guadalu-pe. Vase M. Garca de la Huerta (1999), Reflexin Decimotercera dedicada a Alcancessobre el Marianismo.258 ESTUDIOS PBLICOSelites ilustradas. stas fracasaran reiteradamente debido, precisamente, asu iluminismo no slo ajeno sino contrario a ese ethos; afirmacin que valetanto para la empresa jesuita de los siglos XVII y XVIII como para losposteriores experimentos ilustrados, desarrollistas, revolucionarios-marxis-tas o autoritario-monetarista. Segundo, dicho ethos crea su propia sntesiscultural expresada a travs de la religiosidad popular, cuya racionalidad essimblico-dramtica antes que instrumental y que, en la escisin cartesiana,permanece por ende del lado de la subjetividad y los sentimientos. Estaforma de religiosidad sera una de las pocas expresiones autnticas de esasntesis que permea el conjunto de la cultura latinoamericana; todas suspocas y todas sus dimensiones: del trabajo al arte, de la poltica a losestilos de vida (Morand, 1984)18.En cuanto posicin intelectual, esta perspectiva conecta con el ma-condismo y con otras corrientes fundamentalistas, tales como el indige-nismo y el neo-indigenismo. En tanto estrategia en la lucha de posicionesacadmicas sus efectos se limitan al campo intelectual catlico principal-mente, pero se proyectan, a travs de la funcin cultural ms amplia queejerce la Iglesia, a lo largo de sus organismos educacionales, organizacio-nes no-gubernamentales y de sociedad civil.Macondismo y marianismo se hallan emparentados y difieren a lavez. Ambos tienen un inescapable fondo romntico. Ambos buscan respon-der a la pregunta sobre lo especfico de la cultura latinoamericana. Ambostienen un sesgo historicista. Pero mientras aquel es una construccin secula-rizada sobre la ausencia de la Ilustracin y la superposicin de la Contrarre-forma y la anti-ilustracin a las culturas aborgenes, experimento forzadoque no sirve para solidificar una nueva identidad, este ltimo, en cambio,interpreta el choque de las culturas hispnico-indgenas (y negra posterior-mente) como un encuentro que lleva a un sincretismo y luego a una sntesiscultural de fondo religioso.Si vamos al polo opuesto el de la modernidad globalizada y con-flictivamente integrada nos encontramos all con lo que Berman calificacomo visiones abiertas y visiones cerradas de la modernidad, que dan lugara otros tantos discursos sobre la experiencia de nuestra poca.Las visiones cerradas habran olvidado el modernismo dinmico ydialctico del siglo XIX en que, como deca Marx, todo est impregnadode su contrario. En cambio, ahora imponen una aceptacin acrtica, deciego entusiasmo, respecto de la modernidad o, en el otro extremo, surechazo y condena con gesto resignado. En ambos casos la modernidad se18 Para un anlisis crtico de esta perspectiva, vase Larran (1996, cap. 5) y Garcade la Huerta (1999, Reflexin Decimoprimera).JOS JOAQUN BRUNNER 259concibe como un monolito cerrado, incapaz de ser configurado o cam-biado por los hombres modernos (Berman, 1995, p. 11). Ciertas des-cripciones neo-liberales ingenuas de lo moderno caben en la vertiente delmonolitismo optimista. Al monolitismo pesimista, a su turno, correspondenalgunas descripciones venidas del progresismo y, paradjicamente, tambindel neo-conservantismo. Ambos ven en la modernidad un callejn sinsalida donde el capitalismo avanzado habra terminado por borrar cual-quiera alternativa concebible al statu quo imperial de un capitalismo deconsumo (Anderson, 1989, pp. 113-114)19.Por el contrario, las visiones abiertas conservan una aguda concien-cia sobre las dos caras de la modernidad; su impronta creativa y transforma-dora por una parte y su carcter destructivo por la otra. Sobre esa basebuscan mantener en alto los ideales modernos persiguiendo completar suproyecto inconcluso (J. Habermas, 1988), o abrir las compuertas haciamodernidades mltiples (Daedalus, 2000), o convocar a las personas en lamultitud que estn empleando y estirando sus poderes vitales, su visin,cerebro y coraje para generar fuentes y espacios de significado, de liber-tad, dignidad, belleza, gozo y solidaridad (M. Berman, 1989a, pp. 128,129).Al comenzar el siglo XXI, predomina entre los grupos dirigenteslatinoamericanos la visin cerrada sobre la abierta. Se ha identificado lamodernidad con los aspectos amenazantes de la globalizacin, lo cual hadifundido un estado de nimo conservador incluso entre grupos progresis-tas. Se ha confundido modernidad con el irresistible avance del mercadocapitalista, con lo cual ella aparece como una maquinaria desbocada, ajenaa las motivaciones y fines humanos. Se cree, en suma, que vivimos el findel futuro como idea rectora de nuestra civilizacin (Paz, 1992, p. 439).Mientras tanto el pueblo de Amrica Latina de Lima a Baha, de Mana-gua a Guayaquil, de Sao Paulo a Santiago de Chile va incorporndosegradual y contradictoriamente a la modernidad: a travs del voto y la televi-sin, de la escuela y los mall, de las ciudades y sus enfermedades, delturismo y las migraciones, de las nuevas tecnologas y el desempleo. Alcontrario de lo que se dijo sobre el siglo XIX latinoamericano20, ahoranuestras actitudes vitales estn cambiando, mas no nuestras ideas y nuestrasleyes. Y la inteligentsia parece atemorizada frente al futuro justa al mismomomento que las masas se incorporan conflictiva e inexorablemente a lasociedad moderna.19 Para una crtica de la modernidad desde el lado neo-conservador, vase Bell (1977).20 Me refiero a la frase de Octavio Paz (1992, p. 444): En el siglo diecinuevecambiaron nuestras ideas y nuestras leyes, no nuestras actitudes vitales.260 ESTUDIOS PBLICOSBIBLIOGRAFAAnderson, P. (1989). Modernidad y Revolucin. En N. Casullo (comp.), El DebateModernidad, Posmodernidad. Buenos Aires: Puntosur Editores.Barbero, J. M. (1999). Contemporaneidad Latinoamericana y Anlisis Cultural. Madrid:Iberoamericana.Barbero, J. M. (1987). De los Medios a las Mediaciones. Comunicacin, Cultura yHegemona. Barcelona / Mxico D.F.: Gustavo Gili.Barzun, J. (2000). From Dawn to Decadence. 1500 to the Present. 500 Years of WesternCultural Life. Nueva York: Harper Collins.Baudelaire, Ch. (1961). El Pintor de la Vida Moderna. 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